UNO. La novelas inconclusas conforman toda una estirpe en la Historia de la Literatura. Desde las novelas rematadas “de forma apresurada”, como ejemplo quedan los últimos volúmenes de En busca del tiempo perdido, a las que en su misma concepción estaban destinadas a no ser terminadas nunca, caso de El hombre sin atributos de Musil, pasando por esos libros que aunque no se terminaron por razones accidentales, han quedado ensalzados por ese cierre abrupto al que la muerte de su autor les condenó, El castillo de Kafka, con ese final en una frase a medias es, sin duda, la muestra idónea. Lo que sucede es que Luis Chitarroni ha construido el diario de esa novela inconclusa. No la novela en sí, sino el diario del fracaso de su escritura, o de su imposibilidad de existencia como tal. En ese sentido, la referencia a la que nos remite este libro es el Diario de la beca, que conforma el núcleo fundamental de La novela luminosa de Mario Levrero. En esa voluminosa obra maestra, Levrero nos relata el día a día del año que vivió becado por la Fundación Guggenheim para escribir una novela que queda inacabada en buena medida por la imposibilidad de que sea escrita. Leyendo Peripecias del no, de Luis Chitarroni asistimos a esa misma imposibilidad de retratar el grupo de literatos, sus relaciones y sus obsesiones, construidas en torno a una revista, Ágrafa, que se caracterizaba por poner en marcha el ideal juanramoniano de una revista sin firmas, donde las colaboraciones se defiendan por su calidad intrínseca y no por el marchamo de un nombre de prestigio.DOS. Lo que tenemos entre nuestras manos gracias a este libro es el conjunto de textos, referencias y anotaciones de que dispone un editor. Chitarroni va más allá de lo que estamos acostumbrados. No se conforma con colocar al lector en la posición del narrador, con interpelarle directamente para que tenga una participación activa en el libro, sino que, directamente, le entrega la información para que sea él quien construya el libro. El lector se convierte así en editor. Uno de los ejemplos más interesantes en los que un lector puede asombrarse ante las diferencias de lectura de los editores sobre un conjunto de manuscritos, de textos a la espera de ser ordenados y editados, es el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa. En lengua española hay dos versiones fundamentales. Por un lado la que hace ya treinta años realizó Ángel Crespo –y que, con cierto descuido editorial, ha recuperado sin retoque alguno Seix-Barral el año pasado-, y por otro la que hará unos cinco años editó Acantilado con traducción de Perfecto Cuadrado –que, todos lo sabemos, es un heterónimo más de Pessoa, porque nadie puede pasear ese nombre y permanecer impune-, que, junto a la editada por Emecé en Argentina con traducción de Santiago Kovadloff, siguen la edición de Richard Zenith que utilizaba más materiales encontrados en ese enorme baúl del legado pessoano que custodia Teresa Rita Lopes en la Biblioteca Nacional lisboeta. Bien, lo que todo lector que se acerque a ambas versiones puede comprobar pronto es la importancia de la figura del editor, que realiza una lectura intencionada, a través de la que se construye un texto u otro. Chitarroni entrega al lector de Peripecias del no todos esos materiales, y le deja, también, la labor de editarlos, de construir por sí mismo la historia de ese curioso grupo de escritores. Aunque fuera tan sólo por lo novedoso del enfoque, hay que destacar este libro.
TRES. Chitarroni, que es editor de Sudamericana, reconoce que este libro es el reflejo de una frustración constante, motivada porque ya no se leen novelas. Hay un descrédito de la novela porque el lector prefiere otros tipos de ficción. En cambio, otros géneros sí parecen mantener a sus lectores. Por eso ofrece estos fragmentos, escritos durante seis años, para buscarles un desenlace editorial aunque en realidad él continúa practicando en ellos una labor de edición en aras de construir una novela que no tendrá lectores. Pero, entretanto, le ofrece al lector la oportunidad de armar él su propia novela, de entresacar de esa maraña de textos, citas, borradores, algo que le permita entender qué fue Ágrafa. De algún modo, genera no una ficción, sino un entorno ficcional para que el lector reconstruya de modo académico la historia de los participantes de dicha revista.
Lo curioso es que el título tiene mucho que ver con la lectura, con la elección y el rechazo que algunos de los elementos, de las ideas, van suscitando. Esas son las Peripercias del no que ponen título a la novela. Lo que vamos presenciando son los abandonos, las negativas, lo apartado. Podemos hacernos una idea de lo que no será esa novela a medio escribir más que de lo que será. Y, por lo tanto, a poco atentos que seamos, vemos que estamos ante un interesantísimo experimento, el de la novela imposible, la novela que nunca se escribirá porque lo que se nos entrega son los materiales de derribo, de desecho. El libro es la suma de todo lo que no será, del negativo de ese libro que, hipotéticamente, debemos creer que existirá. Frente a la labor de edición sobre los textos del semiheterónimo Bernardo Soares, donde se trata de buscar un orden para el todo, o del Diario de la beca, donde se nos narra la imposibilidad de darle carne a esas experiencias inexplicables, casi místicas que vive Levrero, en Peripecias del no asistimos a la limpieza, a la decantación de unos materiales. Pero, en vez de recibir la mena, se nos entrega la ganga de la extracción. Y eso, lejos de ser un timo –nunca hemos esperado al abrir este libro el gato o la liebre-, es lo que torna a este libro más interesante. Porque es ahí, en los restos de una existencia imposible y tan sólo sugerida, donde este retrato en clave de toda una generación de escritores argentino se nos presenta como más interesante y sugestivo. Quizás la única pega del libro es que a un lector de narrativa al uso no le diga nada, pero, ¿a quién le importan realmente los lectores de narrativa al uso?