02 abril 2009

Entrevista a Constantino Bértolo

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En tu libro estableces una clasificación bastante nítida sobre el distinto lugar de los críticos en el espectro mediático. Primero presentas a un crítico catador, impresionista, que tan sólo expresa su opinión subjetiva y que funciona como un consumidor que comparte su experiencia, recomendando o desaconsejando la lectura del libro.

Convendría matizar algo el planteamiento antes de tratar de responder. En el libro se plantea que la crítica, y estamos hablando de la llamada crítica de batalla, la que aparece en los suplementos culturales o en las revistas literarias al uso, está ligada por un lado a la opinión o juicio de un crítico y por otro al medio de expresión en donde ese crítico realiza su tarea. Teniendo en cuenta este hecho, aun cuando se pueda hablar del subjetivismo del crítico es necesario recordar que esa posible subjetividad “se objetiva” al ser publicada en un medio, pues los medios no tienen subjetividad. Por decirlo de otra forma: al ser socializada por el soporte se transforma en una información pública que da cuenta básicamente de un juicio cultural e ideológico en el que una supuesta subjetividad se presenta como criterio. Desde ese punto de vista, la ausencia de tal crítica, que además es cuantitativamente mayoritaria, debilitaría al sistema literario dominante y por eso entiendo que no son inocuas o neutrales puesto que intervienen en su mantenimiento. Pertenecen a lo que podemos llamar el subsistema inmunológico del sistema literario dominante. Su relevancia no reside en lo que diga o deje de decir sobre una determinada obra en concreto sino en la significación estética que su presencia, masiva en su caso, arrastra. Con su presencia masiva actúa como disolvente de cualquier otra crítica de distinto tipo que pudiese emerger o hacerse presente. Es una crítica que funciona como el eucalipto: altera el ph del terreno y lo erosiona, lo esteriliza.

Su presencia, y cada vez mayor importancia dentro del discurso mediático, ¿no se debe a que son una propaganda del sistema?
El crítico “impresionista” no es un mero consumidor que comparte su experiencia sino alguien que impone, a través de la publicación, un tipo de experiencia literaria, anclada, ahora sí, en la subjetividad, pero que, por lo dicho, interviene objetivamente en la conformación del concepto de lectura y en la “poética de la lectura” hegemónica. Y todo esto dejando al margen los efectos colaterales de estas críticas sobre la visibilidad de obras, autores y editoriales, sobre las expectativas lectoras o sobre la constitución de la actualidad como tempo cultural ligado al timing mercantil pues no sólo marcan el qué hay que leer sino también el cuando y el cómo. De ahí que no sean tan fácilmente rebatibles como parecen en un principio pues intervienen en la creación de la “opinión literaria” y lo hacen con relevancia porque llueven sobre terreno mojado y propicio: una ideología dominante que no cesa de repetir que todo es subjetividad.

Afirmas que en buena medida estos críticos, como individuos de esta sociedad, presentan el discurso dominante y se legitiman entonces como “críticos”. Son los más fácilmente rebatibles en una discusión: siempre se les puede echar en cara que su opinión no es sino una más, tan valiosa como la de cualquier otro lector, y por lo tanto queda desactivada.
Convendría matizar que al menos en sociedades como las nuestras, rotas y quebrantadas por una clase que usurpa la representación de la sociedad, no es ésta quien tiene capacidad legitimadora alguna en este campo. La legitimidad de estos críticos proviene de la legitimidad, si se puede llamar así, que le concede la propiedad del medio de expresión a través de sus capataces culturales: coordinadores, redactores jefes, jefes de sección... Cierto que en el transcurso de su desempeño cada crítico, utilizando la expresión de Bourdieu, acumulará diferentes capitales simbólicos, pero ese capital no procede en ninguna o en muy escasa proporción del crédito que le haya concedido ese ente difuso que llamamos sociedad. Ese crédito proviene básicamente del medio de comunicación que lo ha acogido para su labor y si tiene valor en todo caso será en razón, y esto es lo que me interesa recalcar, de su función de intercambio dentro del mercado laboral-profesional propio de ese segmento empresarial. De ahí que los críticos en tanto profesionales tiendan a construir de modo más o menos consciente su propia estrategia mercantil encaminada a incrementar o mantener su valor de cambio. Estrategias que pueden llevarles a adoptar actitudes o posiciones diferentes: el crítico que vende manga ancha, el que vende mano estrecha, el que vende aire académico o el que vende aire cool, etc…. Estrategias todas ellas a las que inevitablemente se irán plegando sus opiniones según le vaya resultando oportuno: “he sido muy duro en las tres últimas reseñas ahora vendría bien una entusiasta”; “esta tendencia está emergiendo con fuerza, será bueno que la apoye”; “ahora un poco de sarcasmo para ir creando complicidades”; “este palo le encantará a mis jefes”, “me conviene hablar de esta obra que ha editado esta editorial con gran prestigio pues por ósmosis”… Toda una casuística de la que apenas se habla pero que los buenos editores o los buenos responsables de los departamentos de prensa y relaciones públicas de las editoriales tienen en cuenta.


En qué medida la expansión de los blogs -donde de modo casi uniforme se da tan sólo esta crítica- influye o evidencia este problema. ¿Cómo ves esa crítica virtual, horizontal y carente de autoridad en un futuro?
La aparición de los blogs como soporte de crítica literaria e instancia de intermediación directa entre el crítico y el lector parecería poner en cuestión parte de todo lo dicho y sin duda aquellos que ven en Internet y sus herramientas el arribo de una democratización de los medios de producción de expresión, información y creación, podrían creer que alguno de los planteamientos propuestos han quedado obsoletos. Al respecto cabe decir que esa euforia democrática me parece un tanto prematura. A otra escala menor pero que conviene tener en cuenta, está sucediendo algo semejante a lo que pasó cuando emergió el fenómeno de la radio y la posibilidad de crear con costos accesibles radios locales e independientes. Su expansión generó también la buena nueva de que la comunicación podía escaparse del control de las grandes corporaciones. Y digo que me parece prematura porque entiendo que estamos en una fase exploratoria de la tecnología digital y estamos atravesando por toda una fase permisiva, en la que el poder económico permanece al acecho, que no creo se alargue durante mucho tiempo. En todo caso finalizará cuando el Capital ajuste esa tecnología a sus necesidades y encuentre los medios convenientes para controlar su explotación. No veo lejano el día en que para entrar en una autopista de información habrá que introducir la clave de tu tarjeta de crédito. Me parece que el futuro va hacia ahí. "Sin libertad ni propiedad no se puede avanzar en Internet" ha dicho recientemente el Ministro de Industria Miguel Sebastián. Y claro que quedarán carreteras accesibles, como quedan radios libres con muy escasa presencia, pero mucho me temo que sea el Capital el que jerarquice la circulación de contenidos y en ese momento volveríamos a una situación paralela a la que ha dado lugar a mis reflexiones anteriores. Con todo, y sin adelantarnos a un futuro que nunca está escrito pero en el que Internet dejará huellas profundas, sí puede constatarse que han aparecido blogs que han logrado en el campo de la crítica un crédito muy estimable. Lo sorprendente, o no, es que esa crítica apenas difiere de la critica “en papel” ni en lo que atañe a la selección ni a los criterios a la moda, y prueba de ello es que aquellas “voces” que destacan pronto son abducidas por el sistema de comunicación imperante. Diría por tanto que, en efecto, la aparición de los blogs altera en parte el sistema de legitimación y hace necesario reflexionar sobre los nuevos ángulos que esto puede estar originando. Pero conviene que los árboles no nos impidan ver el bosque ni la tierra, el Capital, sobre la que árboles y bosque crecen en las circunstancias sociales que determinan las actuales relaciones de producción, no vaya a ser que nos hagamos la ilusión, en plan Multitud de Negri o Hardt, de que la externalización de costes a través de la figura laboral del trabajador autónomo modifica en algo el carácter capitalista del conjunto. Claro que también en los sesenta y hablando de que los trabajadores tenían acceso a la compra de acciones de su propia empresa se habló mucho del capitalismo democrático y de masas. Ya se sabe que la sustitución, como motor de la Historia, de la lucha de clases por la fe en el progreso tecnológico es la tentación preferida de los que piensan que la Revolución ya no necesita de los revolucionarios. En cualquier caso lo más prudente parece esperar, con atención, a ver por dónde camina esta autonomía comunicadora y hasta qué punto altera el territorio.

Otra tipología de tu clasificación es el crítico guardián o custodio, que trabaja desde una tradición y con unas herramientas académicas. ¿Cómo se legitima la pertenencia de un crítico a este grupo?
El crítico guardián, o “agente del tráfico literario” si se prefiere quitarle empaque al término, hunde sus raíces en la tan traída y llevada autonomía del arte, de la obra literaria. Lo primero que habría que intentar discernir es el otro constituyente de la tal autonomía ¿autonomía con respecto a qué? Porque si ese elemento no se especifica, de lo que se está hablando es de autismo o independencia aunque a su vez cabría volver a preguntarse ¿independiente de qué o quién? Revindicar la autonomía del arte o de la obra literaria es en sí mismo, más que un argumento sustantivo o descriptivo, un argumento defensivo: la proposición de un sistema nominalista de identidad frente a otras identidades –la moral, la política, el mercado- que tendrían la tentación de invadir el territorio que reivindica como propio lo autónomo. Los intentos de construirse una identidad autónoma en base a la especificidad, tan cara a los formalistas, parecen hoy bastante endebles. Los rasgos o procedimientos lingüísticos que se aducen como pertinentes del lenguaje literario están presentes en otros lenguajes no literarios como puede ser el lenguaje cotidiano o el mismo lenguaje jurídico, mientras que en textos que se han venido considerando como parte de la Literatura estos rasgos pueden no encontrarse. Desde el efecto museo de las instalaciones de Marcel Duchamp las pretendidas especificidades se han venido abajo. Sin embargo el movimiento defensivo del que hablábamos se sigue manteniendo con fuerza en aras de un algo que no acaba de ser definido -¿lo estético?- pero que sí puede ser ubicado dentro de en un espacio que se quiere propio: la tradición del arte, de la literatura…

Pero, entonces, ¿cómo establecer las lindes de “lo literario”?
Lo literario sería aquello que encaja, con mayor o menor resistencia, dentro de la serie de textos que históricamente han venido construyendo el entendimiento consensuado de qué es o no es literatura. No deja de ser una paradoja que finalmente resulte que el concepto tenga que recurrir a lo histórico cuando precisamente está obligado a negarlo. Cuando Musil habla del espíritu y del deber del escritor de mantener su nivel de exigencia yo interpreto que lo que está reclamando es precisamente la necesidad de que la literatura esté a la altura que la propia tradición literaria marca. Para entendernos: que una novela negra o bien mantiene la exigencia presente en Hammet o Chandler o entonces no es literatura. Bueno, pues ese nivel de exigencia es el punto de apoyo desde el que los críticos guardianes proclaman su legitimidad para intervenir sobre las obras literarias. Esto les obliga a, con la actitud de Juno, una doble mirada: sobre la tradición que continuamente tienen que renovar como fuente de legitimación y sobre las obras que la actualidad ofrece en tanto candidatas a ser escrutadas críticamente por ver si cumplen los requisitos suficientes para entrar en ese corpus. De la necesaria mirada que estos críticos están obligados a dirigir a la tradición se desprenden sus estrechos lazos con la crítica académica o universitaria aunque puedan encontrarse críticos con voluntad semejante en el ámbito de la crítica de batalla que es de la que venimos hablando.

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¿Por qué en España no se ha desarrollado una prensa académica de relevancia en la que estos críticos tengan cabida? ¿Es lógico que rebajen su discurso en los suplementos literarios haciendo crítica mercenaria?

El problema de la crítica universitaria hoy es doble: se ha quedado sin Universidad y se ha quedado sin tradición literaria. La Universidad española ha desaparecido como instancia legitimadora de cultura y no creo que esto se haya producido por el descenso cualitativo del conjunto de sus integrantes que acarreó en buena parte la salida administrativa un tanto chapucera – aquello de la famosa idoneidad- que tuvo lugar durante la transición a fin de resolver los problemas que la universidad venía arrastrando desde el tardofranquismo. Más que ese elemento, aun sin dejar aparcada tal cuestión, la Universidad como tantas otras instituciones paga con la pérdida de legitimidad el no cuestionamiento de la continuidad entre el franquismo y el postfranquismo y eso a pesar de que justamente la universidad había sido uno de los lugares donde el nivel de combate y resistencia había sido muy estimable aun sin lograr alcanzar el punto de ruptura. Con la universidad pasa lo mismo que con la institución de la Justicia, con las fuerzas de seguridad, con la Corona o con la bandera: carecen de credibilidad democrática, están manchadas por el franquismo y el paso del tiempo no ha hecho más que incrementar la visibilidad de la mácula. Si a eso se añade que su deseada pero mal encauzada expansión cuantitativa erosionó los componentes elitistas de la institución es fácil entender que la crítica universitaria ha perdido gran parte de su capacidad de intervenir en la circulación de lo literario.
Y por si aun no fuera suficiente lo dicho, está la desaparición de su propia razón de ser: la tradición literaria. En primer lugar porque esa tradición está ligada desde su origen a la construcción de una literatura nacional y como en el caso de la bandera, tampoco la idea de España sale muy bien librada de la transición por las mismas causas ya citadas. La idea de España es hoy patrimonio de la derecha por muchos intentos que la socialdemocracia haya hecho de reconvertir la situación ya sea en plan la España plural o la España constitucional. Y en segundo lugar porque ya acogida a la solución política constituyente de darle la vuelta al traje, poner unos remiendos y quitar algún botón poco acorde con los gustos europeos, la universidad en tanto instancia de crítica literaria se encuentra con que una vez que ha renegado de la generación realista de los cincuenta está condenada a saltar en el vacío bien hacia los brazos de un cosmopolitismo de raíz anglosajona –Benet contra Galdós- o bien hacia una refundación minimalista de la tradición dejándose caer en la narratividad realista –“El caso Savolta” de Mendoza, “Belver Yin” de Ferrero- que el mercado está ofreciendo como “normalidad”.

Pero entonces, fue durante la transición cuando se perdió ese privilegio académico para imponer un orden en el “parnaso literario”.
Creo que el momento clave al respecto puede verse en el rechazo que tanto desde la crítica de batalla como desde la universitaria se desplegó con inaudita virulencia contra la propuesta alternativa que representó en su momento, en plena transición, la publicación de la Historia Social de la Literatura de Carlos Blanco Aguinaga, Julio Rodríguez Puértolas e Iris Zavala que desde posiciones de ruptura ofrecía una relectura de la tradición alejada de la secuencia del nacionalismo literario que con raíces en Menéndez Pelayo o Menéndez Pidal se había desarrollado durante los cuarenta años de la dictadura. Dicho de otro modo: la crítica académica se queda sin objeto propio y salvo dos o tres figuras resistentes –Francisco Rico, Santos Sanz Villanueva, Ignacio Soldevila - todos se hacen semióticos en un fin de semana y pasan de la estilística a la Teoría Literaria con la celeridad del que escapa del barrio contaminado hacia una zona residencial para privilegiados. Esta huída permite comprender cómo aquellos académicos que “descienden” desde la teoría literaria a la crítica de batalla parecen olvidar sus presupuestos teóricos abstractos para hacer crítica subjetiva más o menos salpicada de palabros, pretextos en su sentido etimológico: adornos de lujo, de sapiencias esotéricas. La orfandad literaria que supone volver la espalda a la tradición propia, aún aceptando que la literatura española al menos del XIX es una literatura que respira al aire de las influencias que vienen de fuera –romanticismo, realismo francés, naturalismo, experimentalismo, realismo social, nouveau roman, etc.-, explicaría en parte la fascinación que en nuestro campo literario producen autores extranjeros que parecen contener dentro toda una tradición: Borges, Thomas Bernhard, Cormac McCarthy, W. G. Sebald, Foster Wallace, Robert Walser que son recibidos como iluminadores, como hitos de refundación. Da la impresión de que el campo literario español desprecia o ignora su propia biografía y busca raíces fuera casi de modo compulsivo. Para muchos de los nuevos lectores, críticos y nuevos autores la literatura parece nacer con Paul Auster o con John Ashbery. Cierto que con los parámetros de calidad que hoy predominan el recuento de nuestra tradición literaria no parece ser muy atractivo más allá de Cervantes y que es difícil señalar en nuestra tradición un Henry James, un Flaubert, un Faulkner, un Connolly, una Virginia Wolf, un Eliot, un William Gaddis o un Canetti, aunque tampoco se entiende que se contemple como herencia no deseada a Galdós, Pardo Bazán, Clarín, Cesar Arconada, Díaz Fernández, Sender, Ferlosio, López Pacheco, López Salinas, Manuel Sacristán, Gil Albert, Juan y Luis Goytisolo, García Hortelano, mientras se acoge con entusiasmo a autores menores pertenecientes a otras tradiciones: Zweig, Marai, Baricco, Saroyan. Esto al menos en lo que se refiere a la narrativa pues entiendo que en poesía la tradición no ha sido tan radicalmente expulsada.

¿Ese dar la espalda a la tradición propia explicaría los movimientos últimos que se han dado en España?
Sí, esa desaparición de una tradición literaria operativa estaría también en el origen de algunos de los movimientos de renovación literaria –el Afterpop de Eloy Fernández Porta, Pangea de Vicente Luis Mora- elaborados desde la necesidad de crear espacio literario para nuevas y propias propuestas literarias y remitiéndose a una tradición cosmopolita que si, por una parte quiere dar cuenta del sinsentido de buscar hoy terreno de apoyo en tradiciones nacionales, no duda en aceptar la cultura impuesta por la Nación-Imperio. Algo que desde los Novísimos se viene produciendo de modo recurrente. Llamar global al imperio de las literaturas y estéticas anglosajonas me parece una forma de ocultar una vez más nuestro histórico papel de colonia literaria y cultural. Y no deja de ser curioso que esa orfandad no se produzca, al menos de manera tan radical, en Francia, Italia, Suecia o en la propia Argentina, países con unas burguesías menos cutres literariamente que la nuestra.
Creo que está por escribir una Historia de la Literatura en España que recomponga el escenario. Pero esa Historia debería abandonar el viejo prejuicio filológico de limitar la Literatura de una comunidad a la escrita en la lengua o lenguas de esa comunidad para entender que si la literatura es la forma que cada comunidad tiene de narrarse a si misma, es absolutamente necesario tomar como objeto de consideración para la historia literaria todo lo que esa comunidad lee en cada tiempo, incorporando a la tradición la lecturas de aquellas otras literaturas que vía traducción o conocimiento directo están actuando en cada uno de los momentos de esa posible Historia. Como la universidad es el universo al servicio del nacionalismo, que esto tenga lugar me parece algo imposible porque para bien o para mal hoy la nación España ha dejado de funcionar como espacio cultural común aunque sobreviva como espacio mercantil reconocible.

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El crítico tribuno, que no encuentra hoy espacio en los medios de comunicación, pertenecientes a grupos empresariales que no quieren voces que puedan poner en duda la función meramente mercantil de la creación, ¿dónde puede expresarse? ¿Cuál es su lugar en la sociedad de hoy?

El crítico tribuno encarna la conciencia democrática de la comunidad. Lee en función de aquello que entiende sea conveniente o dañino para el bien común de esa comunidad. En sociedades como la nuestra, fracturada por la lucha de clases y en las que la clase dominante ha usurpado la construcción democrática del bien común y ha impuesto su idea de que éste consiste en la mera suma de los intereses particulares, el tribuno carece de espacio pues sólo podría tenerlo si en el interior de nuestra sociedad esa visión dominante estuviera puesta en entredicho con relevancia suficiente para crear tensión. Y entiendo que eso no está sucediendo, lo que condena a ese posible tribuno a la inexistencia o bien a la marginación casi absoluta a pesar de que ni su vocación ni su entidad se corresponda con lo marginal. Si el tribuno no tiene detrás una parte significativa de la comunidad –con capacidad de intervenir en la lucha por los significados- desaparece o está condenado, quiera o no, a trasmutarse en mero aguafiestas fácilmente neutralizable en cuanto se le acuse de puro, ingenuo, utópico o demás descalificaciones al uso que desde el poder literario dominante se le adjudiquen con total impunidad y regocijo. Ni tiene voz ni altavoz pues carece de medio de expresión capaz de hacerse oír. Por otro lado los poderes literarios hegemónicos tienden a expulsar cualquier atisbo de crítica de este tipo acusándola de antigua, superada, extraliteraria, ideológica, simple, sectaria o dogmática, en función de esa famosa autonomía de la literatura que siempre se enuncia como arma o frontera pero jamás se argumenta de modo convincente.
Entrevista publicada en el número 304 (Marzo 2009) de la revista Quimera.
Por un error en la edición en papel aparece realizada por Antonio J. Rodríguez
Artículo sobre La cena de los notables aparecido en Público