15 mayo 2009

La disolución del pasado


UNO. Este es el cierre de la primera novela de Chejfec:
De parecido modo, es así como yo terminaba también encarnando cierto aspecto del relato del cabrito, donde todo cambiaba –cambia– mientras al mismo tiempo se repite, donde cada presente sucesivo era la condensación del pasado, y donde la mención –la narración– de todo suceso implicaba al mismo tiempo la modificación de la historia: lo pretérito retornaba presente en cada verso reducido de la historia del cabrito. El pasado perduraba, sucesivo, como aspirando y previendo llegar hasta un lugar –virtual e inexistente– que habría de ser el de su consunción y que había sido su seno.
Resulta muy interesante para todo lector atento a la trayectoria de Chejfec que ya en la primera de sus novelas publicadas aparezca una de las ideas más recurrentes de toda su obra. Me refiero, claro, a la continua transformación del pasado que se realiza desde el presente. En primer lugar porque el lugar desde el que evocamos el pasado se va transformando y, al hacerlo, transforma de modo consiguiente el pasado y cómo este se proyecta en nuestro presente. No es tan extraño, ya Proust se dio cuenta de que el único modo de tener pasado es reformularlo en el presente. El pasado tan sólo ocurre cuando ocupa parte de nuestro presente y se presenta vigente y actual. No hay otro modo de que exista el pasado, ya que cuando no está formando parte del presente no existe, es tan sólo un archivo a la espera de ser visitado. Y el pasado sólo se visita cuando tiene que ver con el presente, por lo tanto cuando sirve a este, ya sea como documento o demostración, ya sea como sustituto de una carencia que se está viviendo en el momento de la evocación.

DOS. En lo formal esta novela es, sin duda, una de las más extremas de Chejfec. Él ha insistido muchas veces en lo costoso que fue para él la aprehensión del español frente a la presencia del yidish en su familia. De hecho, esta novela juega, muchas veces a construir esa difícil traducción en la que permanecen muchas veces construcciones y fórmulas de esa lengua “tan parecida a la masticación” –tal y como indica el narrador-, que dislocan el sentido de la frase y nos obligan a detenernos en la construcción de la misma, fiel correlato estilístico al arduo trabajo de montaje del pasado que llevan a cabo en las reuniones el grupo de emigrados. Por otro lado aparecen de modo recurrente fórmulas u oraciones íntegras que se repiten a lo largo del libro como esos hitos, esas fórmulas fosilizadas que sirven para ordenar y justificar el pasado común de los protagonistas, como pequeños marcos del acuerdo que han firmado entre todos para hablar de un “pasado común”.

TRES. Esta novela habla de la recreación de un hecho del pasado que es continuamente transformado por sus narradores. Una reunión de supervivientes de la persecución nazi, judíos en su mayoría polacos que recuerdan un hecho puntual en la vida de un perseguido que el narrador de la novela, el propio Chejfec, no puede evitar convertir en su padre, aunque sea en la imagen que se proyecta en su cabeza mientras asiste a la construcción del recuerdo por parte de los narradores supervivientes. No, no escribo un error, precisamente toda la novela gira sobre el acto de la construcción de ese recuerdo. No importa tanto el hecho como la manera en que las versiones superpuestas, negadas y reconstruidas desde el presente de los narradores lo van construyendo. No es, por tanto, aunque utilice temáticamente el periodo, una novela sobre el Holocausto judío, sino sobre los procesos que sigue la memoria y, desde ahí, la historia para construirse. Desde ahí el narrador se pregunta dos cosas fundamentales. La primera es preguntarse por las cosas que se callen, que se ocultan. Escribir sobre la experiencia ajena, sobre aquello que no se ha vivido, supone en su un proceso de creación, de invención, y de esa manera la historia está, siempre, tiznada de la ficción. ¿Cuánto de ficción hay, pues, en la historia? Y, en el caso de que la haya, ¿eso la invalida? ¿No es la Historia, como disciplina, así, con mayúsculas, una rama más de la narrativa? Y, como tal, ¿no tiene siempre algo de ficción, de montaje, de creación? Ya, desde esta punto, queda la pregunta más importante que sobrevuela todo el libro: ¿realmente importa? Chejfec nos sitúa en la incómoda situación de que debe reconocer que no cambia nada el hecho de que estemos ante la realidad o no cuando contemplamos la historia. Pero va más allá, al restar también toda importancia al hecho de que nuestros recuerdos sean inventados. Primero porque da por sentado que lo son, pero en segundo lugar porque al ser invenciones que recreamos según nuestras necesidades, podemos servirnos de ellas de un modo mucho más libre y desprejuiciado. Frente a la solemnidad e inmutabilidad con que pretenden engalanar a la Historia, Chejfec nos demuestra de modo efectivo lo innecesario de la verdad cuando construimos una y otra vez nuestra memoria. Esto convierte esta novela en una narración revolucionaria, puesto que, viviendo como vivimos en la era del registro, donde todo es archivado para servir como documento, desactiva de modo eficaz la necesidad de esa voluntad archivística ya que nadie recurre a esas fuentes sino que prefiere construir, inventar su pasado del modo en que sea necesario. Sirva como ejemplo el recuerdo de la Segunda república española que es evocado de modo interesado por todos los partidos del espectro político español de acuerdo a sus necesidades puntuales. Es así como, frente a la inexistencia de un futuro, y de ese ramillete de futuros posibles que se nos venden como proyectos, nos encontramos con un verdadero menú a la carta en lo tocante al pasado, que se convierte en una nebulosa informe de la que cada uno puede extraer lo que necesite en cada momento. No hay un pasado, sino muchos pasados, y no hay varios futuros, sino tan sólo uno inexistente.
Inquietante y etérea como toda la novelística de Chejfec, Lenta memoria obliga al lector a poner en duda ese abanico de recuerdos que considera su experiencia y mirar de frente a la realidad inasible y cambiante que en realidad lo conforma.
Sergio Chejfec Lenta memoria Puntosur, Buenos Aires, 1990