UNO. Rodolfo Enrique Fogwill no es muy dado al halago, por eso tienen especial importancia las palabras que dijo sobre Los incompletos de Sergio Chejfec: “Es una novela única y oportuna. Cuestiona las convenciones de la literatura argentina que nos estaban volviendo previsibles y light”. No sé si se debería decirse algo más, pero lo haré de todos modos.DOS. Los incompletos es una novela que obedece a su título tanto en su concepción argumental como en el dibujo de caracteres de un modo preciso y sorprendente. Incompletas son las historias que se van enlazando e incompleto es el retrato de los protagonistas del libro y de los escenarios en los que se mueve. En una entrevista aparecida en el número de la revista Quimera correspondiente al mes de enero de 2009, Juan Trejo destaca que, pese a la unidad temática y formal de sus últimas novelas –se presentan como un capítulo único, un solo enunciado que discurre de manera libérrima siguiendo el discurrir del pensamiento, y de la construcción del mismo, hay que fijarse mucho en la sintaxis de Chejfec- y su brevedad, resulta casi imposible leerlas de una sentada. Y en buena medida eso obedece al ambicioso juego de la construcción de la realidad de sus narraciones. Las personas y los paisajes aparecen siempre indefinidos, abocetados, no, para ser más acertados: difuminados, es como si en sus bordes se hubiera realizado una labor de borrado de contornos, se mezclasen entre sí y en los territorios frontera de su físico o su pensamiento se fundieran con su entorno. Esa falta de concreción, ese aire levemente vaporoso que envuelve al lector hasta hacerle sentir en un mundo de nieblas, supondría una sentencia de muerte para cualquier otro autor. Y, sin embargo, en el caso de la narrativa de Chejfec opera como una virtud más, porque ha sabido destilar un estilo narrativo que hace palpable esa confusión y complicación. Beatriz Sarlo lo explicó de un modo brillante usando unas frases de Cinco:
Con frecuencia, Chejfec expone un drama en miniatura, donde los sentimientos cambian en el transcurrir de una sola frase: “No los amaba [a los amigos] especialmente, aunque al estar solo pensaba en ellos, creía extrañarlos, una débil angustia indicaba que le hacían falta; pero en los reencuentros se tornaba hermético, nada de ellos lo atraía, incluso más, hacía esfuerzos por contener la repulsión.” Algunas frases muestran las alternativas posibles, como rastros que no se descartan porque lo que se busca es un equilibrio de movimientos contrapuestos. Por ejemplo: “Pese a ser un niño, lo miraban como a un adulto; pero no lo miraban, advertía, porque en realidad no había persona que repara en él.” La frase nos hace sentir el peso de la sintaxis, y exige atenerse a su orden. La lectura trabaja dentro de ese orden recorriéndolo varias veces hasta reconocer la contraposición que no se resuelve.La narrativa de Chejfec se contradice, se difumina y se torna etérea, y pese a ello, uno siente como va marcándose a fuego en la memoria del lector. Todo el que lea Los incompletos recordará por siempre ese Moscú desdibujado, lleno de eriales que pueblan los límites de una ciudad borrosa, y el hotel de habitaciones intercambiables, de pasillos que desaparecen, regentado por una mujer huidiza e indeterminada. Todo un universo aéreo, gaseoso, en el que se sumerge el lector. No es una narrativa de historias, sino de atmósferas, de sugerencias. Y en ellas tarde el lector en sumergirse pero, una vez lo ha hecho, no puede escapar de ellas.
TRES. Sin duda, uno de los grandes aciertos de la novela es su estructura. Frente a la narrativa tradicional, arquitectónica, que construye un sólido espacio por el que puede transitar el lector, y donde todos los elementos deben tener una función determinada para sostener el edificio sin sobrecargar la estructura –un modelo narrativo que el cine de Hollywood se ha encargado de convertir en prácticamente el único modelo narrativo existente-, la narrativa de Chejfec –como la de Aira, la de Tabarovsky- es líquida. Cuando se leen, sus novelas parecen dúctiles, terminan donde lo estima conveniente el autor, no responden a una serie de necesidades argumentales, y su objetivo no es tanto el de crear esos espacios por donde discurrir como el de presentar una realidad en la que sumergirse. No transmite ideas –aunque esté repleta de ellas- sino experiencias. No busca una comunicación empática entre el protagonista y el lector, sino la experiencia en sí que se obtiene durante la lectura. ¿Cuál es el mensaje que subyace en Los incompletos? Ninguno. Los incompletos se presenta como una vivencia en sí, no como un mensaje que debe ser entendido o codificado. No persigue, en ningún momento, construirse como una novela convencional, sino que ejemplifica un nuevo modo de narrar cargado de futuro: el discurso es, en sí mismo, el objetivo de la novela, porque es el discurso lo que el lector va a vivir, lo que pasará a formar parte de su experiencia no ya lectora, sino vital. Por eso contemplamos como lo único que permanece inalterables a lo largo del texto es la voz del narrador, un narrador externo, en tercera persona, que va imaginando de modo totalmente libre lo que narra. Parte, apenas, de una postal recibida, que le manda un amigo en perpetuo viaje, pero con esa simple excusa construye una narración que va saltando de protagonista con libertad total, en la que no hay voluntad alguna ni de ser fiel a la realidad ni de cumplir con la verosimilitud que hemos asumido que debe tener todo relato. No, lo importante es decir, construir, elaborar una voz en la que sumergirse, con la que convivir. Y nada más. Pero, por supuesto, nada menos. Porque la historia de Los incompletos es tan etérea que resulta, finalmente, prescindible, pero no su voz, que es de una solidez tal que se queda ya para siempre fijada en la mente del lector.
Sergio Chejfec Los incompletos Alfaguara, Buenos Aires, 2004
La foto es de Graciela Montaldo.
La foto es de Graciela Montaldo.










