28 febrero 2009

Para una narrativa líquida

UNO. Rodolfo Enrique Fogwill no es muy dado al halago, por eso tienen especial importancia las palabras que dijo sobre Los incompletos de Sergio Chejfec: “Es una novela única y oportuna. Cuestiona las convenciones de la literatura argentina que nos estaban volviendo previsibles y light”. No sé si se debería decirse algo más, pero lo haré de todos modos.

DOS. Los incompletos es una novela que obedece a su título tanto en su concepción argumental como en el dibujo de caracteres de un modo preciso y sorprendente. Incompletas son las historias que se van enlazando e incompleto es el retrato de los protagonistas del libro y de los escenarios en los que se mueve. En una entrevista aparecida en el número de la revista Quimera correspondiente al mes de enero de 2009, Juan Trejo destaca que, pese a la unidad temática y formal de sus últimas novelas –se presentan como un capítulo único, un solo enunciado que discurre de manera libérrima siguiendo el discurrir del pensamiento, y de la construcción del mismo, hay que fijarse mucho en la sintaxis de Chejfec- y su brevedad, resulta casi imposible leerlas de una sentada. Y en buena medida eso obedece al ambicioso juego de la construcción de la realidad de sus narraciones. Las personas y los paisajes aparecen siempre indefinidos, abocetados, no, para ser más acertados: difuminados, es como si en sus bordes se hubiera realizado una labor de borrado de contornos, se mezclasen entre sí y en los territorios frontera de su físico o su pensamiento se fundieran con su entorno. Esa falta de concreción, ese aire levemente vaporoso que envuelve al lector hasta hacerle sentir en un mundo de nieblas, supondría una sentencia de muerte para cualquier otro autor. Y, sin embargo, en el caso de la narrativa de Chejfec opera como una virtud más, porque ha sabido destilar un estilo narrativo que hace palpable esa confusión y complicación. Beatriz Sarlo lo explicó de un modo brillante usando unas frases de Cinco:
Con frecuencia, Chejfec expone un drama en miniatura, donde los sentimientos cambian en el transcurrir de una sola frase: “No los amaba [a los amigos] especialmente, aunque al estar solo pensaba en ellos, creía extrañarlos, una débil angustia indicaba que le hacían falta; pero en los reencuentros se tornaba hermético, nada de ellos lo atraía, incluso más, hacía esfuerzos por contener la repulsión.” Algunas frases muestran las alternativas posibles, como rastros que no se descartan porque lo que se busca es un equilibrio de movimientos contrapuestos. Por ejemplo: “Pese a ser un niño, lo miraban como a un adulto; pero no lo miraban, advertía, porque en realidad no había persona que repara en él.” La frase nos hace sentir el peso de la sintaxis, y exige atenerse a su orden. La lectura trabaja dentro de ese orden recorriéndolo varias veces hasta reconocer la contraposición que no se resuelve.
La narrativa de Chejfec se contradice, se difumina y se torna etérea, y pese a ello, uno siente como va marcándose a fuego en la memoria del lector. Todo el que lea Los incompletos recordará por siempre ese Moscú desdibujado, lleno de eriales que pueblan los límites de una ciudad borrosa, y el hotel de habitaciones intercambiables, de pasillos que desaparecen, regentado por una mujer huidiza e indeterminada. Todo un universo aéreo, gaseoso, en el que se sumerge el lector. No es una narrativa de historias, sino de atmósferas, de sugerencias. Y en ellas tarde el lector en sumergirse pero, una vez lo ha hecho, no puede escapar de ellas.

TRES. Sin duda, uno de los grandes aciertos de la novela es su estructura. Frente a la narrativa tradicional, arquitectónica, que construye un sólido espacio por el que puede transitar el lector, y donde todos los elementos deben tener una función determinada para sostener el edificio sin sobrecargar la estructura –un modelo narrativo que el cine de Hollywood se ha encargado de convertir en prácticamente el único modelo narrativo existente-, la narrativa de Chejfec –como la de Aira, la de Tabarovsky- es líquida. Cuando se leen, sus novelas parecen dúctiles, terminan donde lo estima conveniente el autor, no responden a una serie de necesidades argumentales, y su objetivo no es tanto el de crear esos espacios por donde discurrir como el de presentar una realidad en la que sumergirse. No transmite ideas –aunque esté repleta de ellas- sino experiencias. No busca una comunicación empática entre el protagonista y el lector, sino la experiencia en sí que se obtiene durante la lectura. ¿Cuál es el mensaje que subyace en Los incompletos? Ninguno. Los incompletos se presenta como una vivencia en sí, no como un mensaje que debe ser entendido o codificado. No persigue, en ningún momento, construirse como una novela convencional, sino que ejemplifica un nuevo modo de narrar cargado de futuro: el discurso es, en sí mismo, el objetivo de la novela, porque es el discurso lo que el lector va a vivir, lo que pasará a formar parte de su experiencia no ya lectora, sino vital. Por eso contemplamos como lo único que permanece inalterables a lo largo del texto es la voz del narrador, un narrador externo, en tercera persona, que va imaginando de modo totalmente libre lo que narra. Parte, apenas, de una postal recibida, que le manda un amigo en perpetuo viaje, pero con esa simple excusa construye una narración que va saltando de protagonista con libertad total, en la que no hay voluntad alguna ni de ser fiel a la realidad ni de cumplir con la verosimilitud que hemos asumido que debe tener todo relato. No, lo importante es decir, construir, elaborar una voz en la que sumergirse, con la que convivir. Y nada más. Pero, por supuesto, nada menos. Porque la historia de Los incompletos es tan etérea que resulta, finalmente, prescindible, pero no su voz, que es de una solidez tal que se queda ya para siempre fijada en la mente del lector.
Sergio Chejfec Los incompletos Alfaguara, Buenos Aires, 2004
La foto es de Graciela Montaldo.

19 febrero 2009

Generación Post-Bife

Pues sí, como a la prensa le gustan las etiquetas sonoras y llamativas, me he animado a etiquetar a toda una generación de autores argentinos que se han popularizado a través de antologías y que están destinados a encarnar esa realidad de la "nueva narrativa argentina". Toca, como siempre, explicar el porqué del nombre publicitario y resultón. Pues muy sencillo, esta es la generación que se ha dado a conocer tras la paridad artificial peso-dólar, ese paraíso ficticio del menemismo, que desembocó en el corralito, que fue un verdadero bife -en el lenguaje coloquial un bife es también un golpe, un tortazo, "te voy a dar un bife"- del que Argentina no se ha terminado de recuperar hoy, casi ocho años después de todo aquello.
Ayer, precisamente, estuve cenando con los tres responsables de dichas antologías. Por un lado Maxi Tomas, que acaba de reeditar La joven guardia en Verticales de bolsillo con tres nuevos cuentos añadidos a la antología que se publicó en la Argentina hace tres años. Se trata de una selección interesantísima para conocer por dónde van los derroteros de la actual narrativa del país austral. La quizás poco afortunada cita que se ha incluido en la cubierta del libro de la edición española incide en demasía en la idea de que los autores buscan contar historias. No es tanto así, sí que se aprecia una voluntad de volver a asuntos más habituales, más cotidianos y, quizás por ello, más cercanos a las preocupaciones sociales o populares, frente a la generación precedente, más interesada en conceptos filosóficos y teóricos que en las historias de la calle. Pero no se trata, tan sólo, de una antología de contadores de historias, sino de verdaderos narradores capaces de jugar con sus herramienta: el lenguaje, para lograr un amplio abanico de efectos en el lector. Además, se da el caso de que es la más "filológica", puesto que es la que, verdaderamente intenta retratar, por encima de cualquier otra cuestión, un mapa generacional.
De mapas, pero de la ciudad de Buenos Aires, se nutre otra antología, la que dirigió Juan Terranova para la editorial Entropía -ojo con esta editorial, que publican casi siempre con criterio y mucho gusto- en la que se reúnen narraciones de escritores residentes en la capital porteña. Buenos Aires/Escala 1:1 está ordenada por barrios, cada uno aporta un cuento escrito por uno de sus habitantes. El resultado es desigual, no podía ser de otro modo, pero muy divertido. Por un lado por la original visión de una literatura "espacial", en la que el lugar físico desde donde se escribe se revela importantísimo, y por otro lado porque permite hacer un "turismo literario" alejado de los tópicos de las rutas literarias o las casas museo al uso. Una buena manera de disfrutar del ambiente porteño y comprender un poco mejor esa apabullante urbe pasa por conocerla a través de las palabras de sus escritores.
Recopilaciones temáticas, de diseño más desenfadado y atractivo con un aire muy comercial, son los libros coordinados por Diego Grillo Trubba. Han sido cuatro: En celo -narraciones de tema sexual-, In fraganti -de tema policíaco-, Uno a uno -cuentos ambientados en la década de los años noventa-, y De puntín -relatos de tema futoblístico. Parece ser que Grillo Trubba ya no realizará más recopilaciones, por lo que puede uno lanzarse a valorar estos cuatro libros como una oportunidad de aproximarse a la narrativa argentina sin prejuicios de ningún tipo, ya que hay narradores ambiciosos y sólidos, otros cargados de referencias, algunos superficiales y, precisamente por esa amplictud de miras, estas antologías se le presentan al lector como un retrato muy exacto de lo que está sucediendo en las calles, los cafés, los talleres de escritura y las librerías argentinas.
No puede uno dejar de envidiar a una literatura capaz de dar cabida a todo este aluvión de nuevas voces. Muchas, con casi total seguridad, caerán en el olvido antes o después, pero eso es lo de menos, ya que estas ediciones nos hablan de unos editores atentos a la novedad y que no tienen empacho en dar a conocer esas nuevas voces, en alimentarlas, a la espera de que vayan llegando obras más cuajadas y que, esas sí, pasen a formar parte de esa entidad casi ectoplasmática llamada "canon literario". En España tan sólo editoriales como Caballo de Troya parecen leer a los nuevos autores y muchas otras, que dicen dedicar su tiempo a dar a conocer nuevos autores, publican apenas un libro o dos al año de esos noveles. Y cuando lo hacen es casi siempre una vez que han doblado la cerviz y, amaestrados, se dedican a replicar los modos y maneras del sistema. En fin, de poco sirve el pataleo más allá de lo relajado que puede sentirse uno tras haber protestado.
Para los que estén interesado en conocer a estos antólogos y su obra, recordarles que hoy, jueves 19 de febrero de 2009, a las siete y media de la tarde, en la Casa de América, charlarán los tres antólogos -Maxi Tomas, Juan Terranova y Diego Grillo Trubba-, junto a dos de los autores que aparecen en el libro de Tomas: Samanta Schweblin y Patricio Pron y junto a una de las referencias de la literatura joven en castellano: Constantino Bértolo, director editorial de Caballo de Troya, con la excusa de la publicación de La joven guardia en España. Tiene toda la pinta de que se hablará más de literatura que de otras cosas, y ya sólo por eso merece la pena darse una vuelta por allí. Tiene toda la pinta de que esta nopche sí habrá una verdadera fiesta de la literatura. Disfrútenla, que luego lamentarán el doble no haber estado y que otros les cuenten cómo fue aquello.

14 febrero 2009

La novela es un tono

UNO. Lo primero que puede afirmar cualquier lector que se acerque a Hombre al agua de Fabricio Mejía Madrid es que resulta incomprensible que no esté editado en España. Ahora que van llegando cada vez con más asiduidad autores latinoamericanos a nuestras librerías, resulta complicado explicar por qué un autor que tiene dos libros editados dentro de la filial de Planeta en México y otros dos editados en la de Mondadori no ha sido ya editado aquí. Bueno, entre tanto toca ir a las bibliotecas o a las librerías de importación para poder disfrutar una de las prosas más sólidas que se pueden leer hoy. No es casual, supongo, que fuera uno de los invitados a Bogotá ’39, y que cada vez se le pregunta a cualquier autor mexicano por los escritores de referencia hoy hablen de Mejía Madrid. Quizás, ese desinterés por su obra tenga mucho que ver con la filiación periodística de su trabajo, el hecho de que libros como El rencor –que se adentra en la historia de un partido tan singular como el PRI y sus más de ochenta años de gobierno- o Salida de emergencia –que recoge crónicas publicadas entre 1994 y 2007- puedan parecer muy lejanos al lector medio español, más ocupado en historias de traductores a los que se les mueren las amantes en la cama o en el encoñamiento de una menopáusica por un turco. Pero eso sería injusto, puesto que, como sucede siempre con la buena literatura, la única que merece la pena compartir, lo importante no es el qué, sino el cómo, y ahí es donde la escritura de Mejía Madrid es verdaderamente revolucionaria.

DOS. Los cuatro elementos clásicos sirven como excusa estructural para las cuatro partes en las que se divide esta novela en la que el hilo argumental es tan delgado que cualquiera entiende que se trata de una mera excusa para levantar ante los asombrados ojos del lector todo un universo hecho de sintaxis clásica y giros sorprendentes. Villoro destacó, con acierto, que esta novela es la de una generación que no conoce otro estado que la crisis, y en buena medida ese es el resumen de todo el libro. El protagonista debe buscarse la vida, y, bajo esa excusa picaresca, que nos habla de la vida al límite, cuando no se tiene un hogar y a duras penas se logra la comida del día a día, Mejía Madrid reconstruye la historia de la capital mexicana a instancias de las peripecias –o de las tribulaciones, mejor dicho- del narrador y protagonista. El terremoto del ochenta y cinco, las sucesivas inundaciones de la ciudad colonial, los experimentos aerostáticos de Joaquín Cantolla y las chimeneas del Popocatéptl sirven como referentes para esos cuatro elementos -tierra, agua, aire y fuego respectivamente-, y a su vez se ven relacionados con diversas crisis en la biografía del narrador de la historia. Explicado así, cualquier podría pensar que la trama de la novela está trabajadísima, y estaría, sin duda, en lo cierto, porque desde el primer momento se intuye que su autor ha tenido mucho cuidado y ha gastado mucho tiempo en construirla, en documentarse y en lograr una historia atractiva. Pero, al mismo tiempo, desde la primera página, uno sabe que el objetivo no es el de armar una historia que atrape al lector. Lo relevante es la voz, esa voz picaresca, modulada por la cultura, por el tiempo, que nos narra, llena de humor, y que es la responsable de la rendición incondicional del lector. Porque, por otro lado, las vicisitudes de la vida del narrador y de sus dos amigos, David y Paula, no son más que una excusa, una excusa para las imágenes, para los chistes y juegos de palabras, para un discurso embriagador.

TRES. Sé que últimamente insisto casi hasta el cansancio en que la literatura no es más que un discurso, una voz que construye un universo –ni siquiera transmite una historia, o no es lo relevante- en el que sumergirnos con verdadero deleite cuando está lograda. La mayoría de los libros que leo últimamente con placer se podían agrupar bajo la categoría “libros que me han enamorado a la quinta página”. Y, una vez he llegado allí, no me importan ya muchos detalles. Es, y no es casual que haya usado la imagen del enamoramiento, como sucede en una relación: si ya está uno coladito le da un poco igual que su pareja tenga detallitos que no le gustarían. Detallitos como que sea racional, que lo que diga tenga sentido o que parezca delirar. Son detalles sin importancia que le exigimos a los desconocidos, pero no a los seres queridos. Con ellos rigen ya otras medidas, otros baremos. Y, de hecho, en la mayoría de los libros que últimamente leo, se da esa situación. Pero lo verdaderamente sorprendente de Mejía Madrid es que en su caso se enamora uno de una voz coherente, perfectamente hilvanada, que nos demuestra que el discurso puede estar muy lleno y al mismo tiempo ser bellísimo y embriagador. La solidez de los enfoques, de cada uno de las soluciones, de la comicidad de las escenas de esta novela es fascinante. Villoro –vuelvo a citarle porque en este caso, como en muchos otros, da en el clavo- escribió de este libro: “Un manual de supervivencia para un Robinson que fuma demasiado, junto a una gasolinera, en el explosivo D.F.”

CUATRO. Porque el verdadero protagonista de toda la narrativa de Mejía Madrid es el D.F. Podríamos tener la ocurrencia de decir que es porque la capital mexicana funciona como imagen y símbolo del mundo, pero leyéndolo uno tiene la certeza de que el mundo se hizo a imagen del D.F. Y Fabricio Mejía Madrid se ha dado cuenta de ello, y se dedica a narrar el mundo, a confeccionarlo desde su verbo.
Fabricio Mejía Madrid Hombre al agua Joaquín Mortiz, México D.F., 2004
La fotografía es de Iván Thays.

11 febrero 2009

Un universo de a pie

UNO. Resulta casi imposible reducir las novelas de Sergio Chejfec a su trama. Posiblemente sea una de las demostraciones más palmarias de que lo menos importante en la buena literatura sea el argumento de la historia. Reducir un libro como Mis dos mundos a una sinopsis es, cuanto menos cómico: Un escritor aprovecha el último día de su estancia en una ciudad del sur de Brasil para pasear por sus calles en busca de un enorme parque que ha encontrado en el mapa turístico que le han entregado en la recepción de su hotel. ¿Qué interés puede despertar dicho punto de partida? Desde luego poco o ninguno, porque la narrativa más exigente no busca despertar el interés, sino crearlo. Ahora, que nos vemos rodeados de mil escribidores que gastan papel y saliva en hablar de que quieren contar historias, resulta doblemente interesante, y por eso necesaria, la figura de autores como Chejfec, que no busca transmitir historias, sino recrearlas en el papel para que el lector las viva. Se podría, por qué no, añadir una segunda oración para esa hipotética sinopsis que aparecería sobre Mis dos mundos en una revista de tendencias: El fluir de la ciudad y las imágenes que va encontrando durante su paseo le sirven como excusa para reflexionar en torno a su vida cuando faltan unos días para que cumpla cincuenta años. Quizás así le daríamos el “profundo calado” que debe comparecer aunque sea de refilón en toda novedad literaria que no quiera ser despreciada como literatura de consumo. Porque el mercado literario, y por extensión el público consumidor que ha generado, quieren irse a la cama convencidos de que la lectura les ha instruido, que bajo una sencilla y vulgar historia de amores familiares contrariados y de lucha por la supervivencia, se está, en realidad, realizando una aproximación al horroroso conflicto que enfrentó a unos hermanos con otros durante tres años del siglo pasado, por ejemplo. La otra opción, la de una aproximación intensa y lograda a la fascinante presencia del mal en la Segunda Guerra Mundial, es otra de las excusas que pueden darte el pasaporte para la portada de un suplemento cultural. Y, sin embargo, cualquiera que haya leído un poco sabe que no son más que bagatelas, gangas, que poco o nada dicen sobre el ser humano y nada aportan al devenir de la literatura.

DOS. Es imposible no pensar en El paseo de Robert Walser cuando uno comienza a leer esta novela de Chejfec. Parecen casi lo mismo y, sin embargo, son casi opuestos. Mientras Walser aprovecha un paseo lleno de visitas, de personajes con los que se relaciona el protagonista –que todos entendemos como un trasunto del autor- para retratarle social y psicológicamente, el protagonista de Mis dos mundos no habla con nadie, tan sólo deambula, y no terminamos de hacernos una idea clara de su posición social, y casi tampoco de su psicología. Tan sólo de su modo de percibir la realidad, de su posición respecto al mundo y cómo dicha perspectiva retrata la tensión que se supone que debería sentir entre la esfera de lo privado y la de lo público, entre su yo y la sociedad, que en su caso se resuelve de una manera muy sencilla: sin conflicto alguno. Lo que nos va contando el narrador de esta novela es que su yo se diluye en el del resto, que es casi inexistente o transparente, que no es más que la voz que se eleva para contar su historia a todo aquel que la quiera escuchar/leer. Y nada más. Supone, por eso, un giro dentro de la obsesión temática de la obra de Chejfec. Si uno lee sus diferentes novelas –como estoy haciendo yo ahora- verá que le obsesiona la idea del ser completo, del ser que aparece en diversas partes, del ser escindido, de las distintas esferas que completan eso que se ha dado en llamar el ser. En el caso de Mis dos mundos hay una interesante evolución, ya que por primera vez el narrador cuenta desde una primera persona y no desde una tercera, como venía siendo costumbre, y, por otro lado, obvia toda referencia a su nombre, lo que facilita de modo casi automático la identificación entre el autor, Chejfec y el narrador de la novela. Ahí podría, sin duda, estar una de las piedras de toque de la interpretación de este libro, el leerlo como una confesión personal. Es algo a considerar, por supuesto, pero tan sólo como una posibilidad más, ante una obra tan escurridiza como la de Chejfec conviene no dar los hechos por obvios.

TRES. Lo verdaderamente seductor de Mis dos mundos es su manera de representar el mundo. Desde el principio establece una serie de dualidades que gobernarán toda la narración: por un lado la relación entre el mapa y la ciudad. El mapa es una representación de la ciudad, sí, pero no es la ciudad en sí, sino tan sólo una guía, más o menos imperfecta, que el protagonista debe usar como herramienta para lograr su objetivo: llegar al parque. Por otro lado, la ciudad se manifiesta como una realidad multiforme, llena de habitantes que se enfrentan a la soledad e indefinición del viajero/turista que representa el narrador de la historia. Esa oposición se resuelve, finalmente, como inexistente o, cuanto menos irrelevante, de creer la confesión final del narrador con la que cierra el libro, que no ve, como ya se ha comentado, tensión alguna entre su yo y el nosotros que lo rodea. De hecho la inmersión del paseante es relajada, libre, y en ese sumergirse sin orden ni concierto hay mucho de una percepción de la realidad marcada de manera drástica por la existencia de Internet. Una de las cosas más llamativas del discurse del narrador es que afirma que su modo de aprehender la realidad está marcado por la red anterior a Google, y que concibe lo que va percibiendo como una serie de hipervínculos en los que penetrar a la búsqueda de información, convirtiendo el viaje así en una serie de cajas chinas que van entregando información, experiencias y, por lo tanto, una imagen del mundo distinta. Y, en este caso, hay que señalar que sí pero no, porque el situarse en el plano pre-Google, por así decirlo, se puede comprender al oponerse a los índices perfectamente elaborados del buscador, pero no a lo que es la navegación de libres asociaciones que puede llevarse a cabo hoy en día. De hecho ahí radica, en buena medida, la fascinación que sobre cualquier lector medianamente atento ejerce esta novela: es una novela con una estructura líquida, que consigue trasladar al papel la secuencia que cualquier sesión en la red despliega. El narrador, el internauta, sabe a donde quiere ir, pero sin importarle demasiado ni el trayecto ni lo que encuentre, y cada una de las informaciones y hechos que de modo libérrimo va encontrando, no hacen sino añadir información en su trayecto, que se, por lo tanto, profundamente modificado. Salvando las distancias es la misma secuencia de hechos que se produce en una investigación científica, donde uno sabe a dónde quiere llegar, pero no qué se encontrará por el camino y en qué medida dichos encuentros modificarán los resultados del viaje.

CUATRO. Chejfec ha cuajado algo más que una estupenda novela o una perfecta metáfora del conocimiento en el siglo xxi, pone a disposición del lector un universo en el que sumergirse y que modificará de modo irreversible su acercamiento a la lectura en el futuro.
La novela Mis dos mundos, de Sergio Chejfec (publicada por Candaya),
ha sido elegida como uno de los libros del año 2008 por la revista especializada Quimera.
La fotografía que ilustra este texto es de Graciela Montaldo

10 febrero 2009

Mis clubs de lectura, que pueden ser los tuyos

Comienza uno a escribir estas líneas invadido por la duda de usar el anglicismo clubs o la castellanización clubes. Y eso se debe a que uno pone mucha atención a lo que lee, y piensa que todo el mundo hará lo mismo. Quizás con esa convicción, la de compartir lecturas atentas e intensas -y un poco intencionadas-, ha decidido un servidor poner en marcha una nueva aventura, la de montar en La Buena Vida - Café del Libro unos ciclos de lecturas. El otro día comentaba con un buen amigo que cada día anda uno más convencido de que aprendiendo a leer bien se avanza más en la escritura que con un taller, sobre todo la mayoría de los que se va encontrando por ahí -y además, me sirve como razonamiento para explicar porque hay tanto escribidor que da a luz engendros infumables-, así que toca el momento de lanzarse a ello.
La información está en un blog nuevo creado para la ocasión. Hay un ciclo de clásicos -destinado a preparar el tour de force del curso que comenzará en octubre: narrativa decimonónica- y otro de libros de más reciente publicación, en este caso de títulos de las editoriales asociadas bajo la singladura de Contexto, al que le sucederá en abril otro con narrativa que gira en torno a temas de mayor calado social.
En fin, por la cuenta que me toca, les tendré informados.

09 febrero 2009

¿Quién se acuerda de mí?


Más allá de que los Le Punk sean amigos de uno, el video mola y el plano secuencia que se ha marcado el director, Daniel Etura, está muy bien conseguido. Bueno, y también porque uno acostumbra a tomar cañas con la mitad de los que salen por ahí. Eso sí, esto va dedicado a Joe, Patillas y Vero, por un buen sábado. Abrazos.

06 febrero 2009

El regalo del día de hoy

Pues sí, no hay nada más sano que no hacer nada, tener un día perezoso y dejarse llevar de bar en bar hasta una librería, gastar un poco de dinero, muy poco, apenas un euro -qué poco valen las cosas verdaderamente valiosas-, y llevarse a casa un tesoro, bueno, cuatro. Tanto es así que me pide el cuerpo compartir un poco de ese tesoro con vosotros.
Consejo sobre la elaboración de colores para la pintura

Para elaborar el color azul, recorta un pedazo
de este cielo de agosto y sumérgelo unos minutos
en un vaso de agua de mar: ganará en transparencia.
Naranjas, rojos, violetas te los regalarán el amanecer
y el ocaso a cambio de una sonrisa. Si necesitas del verde
sube a la colina. No pidas nada a los árboles, pero
arranca el manojo de hierbas sobre el que tu pelo
haya estado acostado antes. Y el dorado, el dorado recógelo

cuidadosamente, de tan frágil, de las esquirlas de este instante.

Martín López Vega

03 febrero 2009

Una foto solemne

Un modelo más de foto solemne de escritor a imitar, sobre todo para los que se ponen la manita en la cara y posan con aire intelectual.
La foto es de Julieta Cecchi para No retornable.

01 febrero 2009

Novelas al límite

UNO. En breve, aparecerán reunidas en un solo volumen de bolsillo –quizás va llegando la hora de cambiarle el nombre y hablar más bien de “edición económica”, ya que la mayoría de las ediciones de bolsillo no caben en bolsillo alguno-, tres novelas de Damián Tabarovsky: Bingo, Kafka de vacaciones y Las hernias. Esto se producirá en Argentina y esperemos que no tarden mucho en ser publicados también en España, donde se editarían por primera vez, –y, por el bien de los lectores, en todos los países de habla hispana-. Las dos primeras fueron publicadas por la excelente editorial rosarina Beatriz Viterbo, y la tercera del volumen apareció bajo la singladura de Sudamericana/Mondadori. Reunir en un solo volumen estas tres novelas resulta especialmente interesante para comprender la evolución que, durante la escritura de las mismas, tuvo lugar en la narrativa de Tabarosky.

DOS. Bingo se editó en 1997, apenas un año más tarde que la anterior, Coney Island, y en buena medida se podría entender como una profundización en esa línea narrativa. Lo de menos en estas novelas es el asunto, la trama, sino la existencia en sí de la historia que sirve apenas como una excusa para existir. En el caso de Bingo presenciamos la deriva de una mujer que ha sido abandonada por su marido y que se lanza a la calle sin más razón que la de caminar, la de no pensar. Y, sin embargo, toda la novela está montada sobre ese pensamiento y el deambular que le sirve como marco hasta que llega al bingo que da título a la narración. La novela abarca esa continua digresión en ochenta páginas por las que el lector se desplaza con total y absoluta comodidad, porque, al contrario de lo que se suele pensar sobre esas novelas que “sin argumento”, a Tabarovsky no le interesa lograr un texto bello, una prosa tersa, todas esas cosas que tanto preocupan a los catedráticos y críticos necesitados de justificar su estatus de intérpretes de esas herméticas palabras para el vulgo. No, Tabarovsky no busca ni entregar sentido a través de sus novelas, ni lograr un texto precioso que sirva como modelo de bellas letras. No, Tabarovsky busca en esta novela entregar un pedazo de realidad, de vida, algo que el lector puede compartir con la protagonista en tanto transcurre la lectura pero que no tiene el por qué comprender. Como sucede, muchas veces, con la vida. No comprendemos, no terminamos de encontrar sentido para nuestra vida, no digamos ya para la de los que nos rodean. Desde esa base, Tabarovsky construye una narración de inusual fuerza, en la que el lector se sumerge sin dudar y en de la que conoce hasta dónde llega y por dónde discurre, pero no por qué existe ni qué se quiere transmitir con ella. Lejos de la idea de hermetismo que sobrevuela sobre las intenciones del autor, Bingo se abre con total franqueza ante el que quiere contemplar la peripecia de la protagonista, pero no se explica nunca.
Tan sólo en un par de momentos el narrador parece entregar al lector una pista, una clave, para comprender la ubicación estética del autor: cuando habla de que “lo banal” es la decisión más difícil de seguir, la elección más complicada. Parece que la ausencia de sentido se escapa, que de algún modo nos vemos obligados, como lectores y como autores, a encontrar un sentido, a interpretar dentro de la lógica –con sus hermanos “causalidad” y “sentido” de la mano- todo texto. Bingo tan sólo existe mientras el lector transita por sus páginas, mientras comparte ese peregrinaje sin sentido, sin explicaciones, de la protagonista.

TRES. Todo esto se lleva al extremo en la novela que publicó al año siguiente: Kafka de vacaciones. Se extrema la concisión, ya que la novela son apenas treinta páginas de generosísima tipografía. Se extrema la concepción, ya que no es sólo que no sepamos cuál es el sentido de la narración, sino que desconocemos, incluso, quién nos habla. Reconocemos apenas una voz, la del narrador, de quien no conocemos tan siquiera qué es –al inicio se refiere a sí mismo como un ser degenerado, a medio camino entre el ser humano y la bolsa de patatas, y cuando habla de su ex pareja no sabemos a ciencia cierta si nos está hablando de un perro o de una mujer, y, en justa correspondencia, como el narrador no puede pertenecer a la misma especia que la pareja que lo ha abandonado, cuando piensa en ella como un perro se imagina hombre, pero cuando la imagina como mujer se ve a sí mismo como perro. Por no saber, no sabemos –como no lo sabe el propio narrador-, de qué medios se sirve para conocer la realidad que le rodea, ya que a lo largo de su discurso llega a la conclusión de que es ciego. De hecho, en un momento dado se nos habla del recuerdo de unas vacaciones en Uruguay –un recuerdo de un narrador amnésico- donde el narrador pasa a ubicarse dentro de la perrita, una perrita que, también, es ciega y recuerda su vida como mascota del sociólogo que nos ha narrado todo hasta entonces, unos recuerdos que, también, surgen de la nada porque, ella también, es amnésica. Por lo tanto, ya no es que la novela carezca de un sentido que deba ser interpretado por el lector, ni que carezca de toda explicación, sino que niega la misma posibilidad de que haya una “realidad” de la que es signo, no hay referente alguno ahí detrás, la novela lo es todo, no existe más que el discurso, esas treinta páginas en las que el narrador cobra forma y tiene existencia. No creo que sea casual que en la contracubierta del libro se evite cualquier referencia al contenido del libro, tan sólo aparece una cita de una crítica de un libro anterior, de Coney Island para mayor detalle, en la que se afirma que su autor, Tabarovsky, no usa correctamente el idioma en que escribe. Ni una sola palabra sobre un libro que carece de todo lazo con la realidad, con la historia de la literatura o con lo que sea. Existe tan sólo como discurso, como un discurso delirante que va tomando conciencia de sí mismo a medida que se enuncia, sin más orden ni sentido que el que le impone la sintaxis y el significado de las palabras que va engarzando en su delirio.
La foto es de Mathieu Bourgois.