
Confesaré que cuando me preguntan por “mi” canon tan sólo pienso en mi cámara fotográfica. Pido perdón por este brote de solipsismo, cercano incluso a la publicidad más explícita, pero en realidad, durante muchos años, cuando escuchaba la palabra “canon” me venían a la cabeza nombres propios como Pachelbel, Policleto o Lisipo, forzando la máquina podía incluso pensar en el Hombre de Vitruvio de Leonardo, que es, sin duda, la ocasión en que el concepto de canon humano ha sido investigado de modo más sitemático. En cambio, si pienso en la sociedad en la que me ha tocado vivir, cuando se habla de canon sé que están refiriéndose a la cantidad de dinero con la que unas entidades de gestión de moralidad más que cuestionable gravan la compra de algunos bienes tecnológicos con la connivencia del gobierno. Pero intuyo que el canon del que se me pide que hable en este encuentro es del literario, en particular del narrativo y por eso quiero dejar claro, antes de nada, que lo primero que no me gusta de esto del canon es la nomenclatura. Lo dicho, en mi casa “Canon” es la marca de mi cámara fotográfica.
Antes de que Bloom se descolgara con su libro casi nadie hablaba del canon, era un término marginal que un libro puso de moda. Un libro que, pese a su grandilocunte título, no pasa de ser poco más que la mera opinión de un hombre, un notable profesor universitario, sí, pero un solo hombre. Y, convendremos, lo más destacable de una opinión es que retrata al sujeto que opina y no al objeto de la opinión. En el caso del libro de Bloom evidencia lo que todos sabíamos: que es un estupendo lector de Shakespeare y un horroroso lector de cualquier otro autor u otra lengua que no sea la inglesa. La importancia que se le ha dado a dicha opinión, me resisto a llamarlo libro, habla muy a las claras del papanatismo que domina en el ecosistema cultural en el que nos movemos, además de un servilismo incomprensible a una cultura, la anglosajona, y un estamento dentro de ella, el universitario, muy poco receptivo a todo lo que esté un poco alejado de su ombligo. Si aceptamos como general el canon de una sola persona, sus gustos condicionados por su mirada siempre subjetiva, estamos colaborando con el fascismo. Estamos, sí, ante una dictadura. Conviene recordar que la palabra idiota viene del griego idiotes, que es aquel que se niega a aceptar el debate público y queda atrapado por su propia idiosincrasia, alejado de las ideas de los demás.
Otra opción existente es la de un canon académico. Se nos ha impuesto que aceptemos socialmente –a mí nadie me ha preguntado sobre esto, al menos- a un grupo de “expertos” con la función de designar qué artistas y creaciones deben servir como modelo y cuáles no. El problema en este caso es saber quién legitima a ese grupo de notables que deciden por toda la sociedad una nómima de autores, a la que llamaremos también canon para entendernos. Sirva para la reflexión este dato: la institución que se usa como última y máxima autoridad dentro del ámbito de la lengua, la Academia Española –me van a dispensar por no usar uno de los adjetivos del nombre de la institución por convicciones políticas-, es una institución financiada con dinero público, pero en la que el ingreso de sus miembros se produce por cooptación, que es el mismo método que seguía el democrático Soviet Supremo de la extinta URSS o que perdura en las organizaciones mafiosas. Hay que hacerse la pregunta de quién les ha legimitimado para ser la máxima autoridad sobre qué significa una palabra para toda una comunidad de usuarios, y por lo tanto propietarios, de una lengua. Hace ya unos cuantos siglos que el modelo de sociedad estamental, donde unos pocos aristócratas decidían por una gran mayoría se abandonó por poco práctico y, más importante, por ser poco justo. Al lado de los Jerónimos todavía parecen no haberse dado cuenta de ello.
Cercano pero un poco distinto es el canon consagrado a través de los manuales de literatura, esa nómina de autores que sirve para describir la evolución de una literatura determinada y que se estudia dentro de lo que se ha dado en llamar Historia de la Literatura. Aquí se da un proceso peculiar, ya que hay autores que se estudian por su ubicación en el devenir de una literatura, pero que nadie en su sano juicio pretendería situar a la misma altura que los grandes representantes de la misma. Pasemos al ejemplo, siempre más ilustrativo: en el caso de la literatura española tenemos una muestra clarísima con el agujero que se produce desde la muerte de Calderón de la Barca hasta la publicación de las obras de Rosalía de Castro y Bécquer. Que no haya una producción del mismo nivel artístico e importancia no justifica que no se hable de lo sucedido en esos casi dos siglos. Imaginemos a un anatomista que se niega a explicar el sistema endocrino porque no le gusta o a un matemático que obvie las funciones polinómicas porque no son de su agrado. Este criterio, por lo tanto, no se puede usar como un medidor de calidad, ya que no es ése su objetivo. La descripción, aun teniendo tintes valorativos que son casi inevitables –aunque deberían serlo, otra cosa es que los catedráticos no quieran comprenderlo-, no busca establecer categorías cualitativas, la Historia de la Literatura no busca establecer canónes, sino describir un trayecto. Eso explica que cuando se han dado figuras especialmente singulares, poco significativas como ejemplo de una corriente más grande, queden registradas en los márgenes de esos manuales. No por ser menos buenos, sino por no ser paradigmas de la época en que les tocó vivir.
El canon verdaderamente peligroso que se está estableciendo en esta sociedad, porque además se le cubre siempre con una falsa piel de oveja al tildarlo como el más democrático, es el que establece el mercado. El silogismo es, en sí, algo perverso: si mucha gente lo consume eso indica que es lo bueno. Eso será válido para un seminario de mercadotecnia, pero no tiene mucho sentido en otros contextos, en especial en este. Transportemos el argumento a otra situación: una hamburguesa de una gran cadena de comida basura es mejor que un buen filet mignon. Se vende más, tiene más cuota de mercado, luego es mejor. Lo más incomprensible de esta posibilidad es que iguala la edición conmemorativa del Quijote con La sombra del mar o La catedral del viento. La dictadura del número, como irónicamente definía Pío Baroja a la democracia, muestra aquí su cara más perversa, ya que lo bueno califica tan sólo a aquello que mejora la cuenta de resultados. Insistiré porque me parece muy importante que esto quede claro: no se puede usar un argumento cuantitativo en una cuestión cualitativa, por mucho que al mercado le interese desplazar el lugar de confrontación al espacio que le resulta más beneficioso, sobre todo para la cuenta de resultados, que es el único criterio válido en su contexto.
Queda, por tanto, el nuevo espacio, al que calificaremos como “libre” con toda la ironía, comillas o cursivas que deseen: Internet. La generalización del acceso en lo que se ha dado en llamar “primer mundo” de una cantidad importante de usuarios a la red, ese proceso que los apóstoles de la sociedad de la comunicación han denominado “democratización de la web”, ha facilitado el surgimiento de una constelación de blogs que, se supone, deberían facilitar un cambio en el concepto de la crítica literaria y, por extensión, en la idea de canon.
Bueno, pues a la vista de los síntomas todo parece indicar que no está siendo tanto así. O sea, que la imagen que ofrecen unas búsquedas de Google y la navegación de blog en blog, es bastante parecida a la que se ofrece desde los medios tradicionales, ya sea escuchando la radio u hojeando las páginas de la prensa –obvio, por motivos más que evidentes, hablar de la televisión, donde el libro es tan sólo parte del atrezzo en las series para las casas de los personajes “cultos”-. Por un lado se aprecia el mismo desprecio crítico hacia los libros superventas que en la crítica erudita tradicional y, como reverso de la moneda, de su mano nace un curioso fenómeno que se da mucho en la blogosfera, el de considerar como muy buenos libros que se venden poco o nada usando ese sencillo argumento de su falta de éxito comercial. O sea, como respuesta al mercado se plantea un nuevo canon: lo bueno es lo que no se vende. El hecho de que no se venda bien indica que es bueno siguiendo su silogismo. Curioso argumento que elude la auténtica realidad del tiempo que nos ha tocado vivir: la inmensa mayoría de los libros que se editan son malos y se venden poco. Que haya excepciones puntuales de libros malos que se venden mucho, libros buenos que se venden poco y, lo más extraño, libros buenos que se venden mucho, no debe enmascarar la realidad: la mayoría es malo y tiene poca repercusión mediática y mercantil. Esto lo desconocen muchos bloggers.
Se da la coincidencia de que, en muchos casos, estos reivindicadores de libros de escasa o nula circulación, son autores de libros que entran dentro de esa misma categoría. Se produce así uno de los más extraños procesos de retroalimentación que ha favorecido Internet: autores malos hablando bien de los libros de otros autores malos, que en reciprocidad hacen lo mismo con los libros de los primeros, generando así camarillas que se esfuerzan en justificar la maldad del mercado y de algunas editoriales que les han ignorado. ¿Qué clase de canon se construye así? Un canon sectario, sin lugar a dudas.
No es, en cualquier caso, la realidad mayoritaria. Lo que más se da en la red es el tipo de blogger que repite como un loro las tendencias bendecidas por los grandes medios de comunicación. Pormenorizo: un entendido desprecia los best-sellers, y privilegia en sus valoraciones a esos autores que aparecen en los suplementos literarios y que, desde el establishment cultural, se promocionan como los autores de referencia. Este tipo de autor de bitácoras es, por tanto, un mero repetidor del discurso bendecido por los grandes medios de comunicación. Un discurso que es, sin duda, una de las grandes lacras de la literatura española de hoy, ya que teniendo objetivos mercantiles apela a razones cualitativas fácilmente rebatibles como argumentos de venta de dichos autores. Me comprometí a no usar argumentos ad hominem en esta ocasión, así que obviaré la nómina de eso que se llamó Nueva narrativa española que serviría como perfecto ejemplo de lo indicado, ya que desde algunos medios se ha vendido como calidad lo que no es más que comercialidad. Indicio de lo espúreo de la producción de estos autores es el escaso eco en traducciones que han obtenido fuera de nuestras fronteras o la falta de aparato crítico sobre su obra dentro de países de nuestra misma lengua.
¿Qué es lo que queda, por tanto? Pues sí, algunos blogs que, como habas contadas, van construyendo un discurso que pretende ser, por un lado, coherente, o al menos no vergonzante, y al mismo tiempo independiente de la parte más castradora y cohercitiva de esa cosa extraña que en alemán dicen zeitgeist y que requiere una frase muy larga en castellano para decir lo mismo.
Resumiendo el panorama que ofrece Internet: como reflejo de la sociedad que lo ha construido, experimenta las mismas contradicciones, se encuentra en los mismos callejones sin salida, balbucea las mismas incoherencias. La red no es el edén, sino que está hecha a imagen de su creador.
No quisiera terminar sin argumentar por qué me parece absurda la idea de que exista un canon. El concepto es ambicioso: un grupo de referencias ineludibles de la creación artística. Bien, pero ese grupo debe ser, por necesidad, un conjunto abierto. Como Carlos Fuentes, pienso que unas de las características de toda obra maestra es que obliga a trazar de nuevo la Historia del arte anterior a su existencia. O sea, que modifica, trastoca, revoluciona el canon. Por lo tanto ese canon estaría en perpetuo movimiento. Y nunca sería estable. ¿Para qué queremos entonces un conjunto inestable de referencias ineludibles? Es, a todas luces, un contrasentido que evidencia, una vez más, lo absurdo del planteamiento.
Por otro lado me desagrada la mirada jerárquica que impone. Dependiendo de que se esté o no en el canon uno es bueno o malo. Y ahí hay que preguntarse de nuevo quién da los billetes para entrar en esa cena de privilegiados. Sigo sin entender de dónde surge la intención pretenciosa de convertir en norma los gustos subjetivos de cualquiera o cualquieras.
Me voy a tomar la libertad de hacerles una petición a los profesores que están aquí: eduquen el gusto de sus alumnos a través de las lecturas anárquicas y antojadizas que hagan, sin forzarles a través de cánones y listas, que no son más que gustos ajenos y, por lo tanto, un acto de violencia contra su identidad como lectores. Quizás el patito feo que son hoy sea el cisne de mañana, o tal vez no, qué más da.
Este texto fue leído en la mesa redonda sobre "El canon narrativo" moderada por Javier Sáez de Ibarra y que contó con la presencia de Antonio Rey Hazas, Juan Bonilla y Clara Sánchez dentro del simposio "El canon literario: Fundación y mito", organizado por la Asociación de Profesores de Español Francisco de Quevedo y la Universidad Autónoma de Madrid
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