Pocas escrituras son tan extrañas y apasionantes como la de Guadalupe Nettel. Quien transita por los mundos salidos de su imaginación se siente automáticamente subyugado y, al mismo tiempo, atemorizado ante los hechos que narra. Además su escritura, forjada en el constante movimiento entre el español y el francés, y sus influencias, también a caballo de ambas tradiciones, sirve como dúctil instrumento para esas inquietantes páginas. Es casi imposible salir incólume de un texto de Nettel, y las imágenes se repiten como ecos oblicuos durante mucho tiempo. Lo saben los lectores de El huésped y de Pétalos. Aunque no son sus únicos libros sí son los que han servido para cimentar la más que merecida fama de Nettel como autora singular y fascinante. Muchos de los críticos han señalado que, en ambos casos, las narraciones tenían puntos ciegos, pérdidas de tensión argumental o, incluso, ciertos despistes estilísticos. Puede ser, pero eso no empaña la profunda huella que dejan en el lector. Es más, esas imperfecciones pueden interpretarse como una de las más coherentes adecuaciones de una estética al acabo final de las narraciones. ¿Cómo pueden unas historias centradas en seres excéntricos, rarezas de la naturaleza, percepciones distorsionadas, monstruos al fin y al cabo encajar en un molde de perfección y esfericidad más acorde con una mirada clásica, clasicista más bien, o unos formatos exigidos por el mercado y sus apóstoles bienpensantes? El otro día, durante un paseo con el excelente poeta venezolano Igor Barreto por las calles de Manhattan, me explicaba cómo funciona el particular lenguaje de los criadores de razas puras. El mayor elogio que puede recibir un animal es que es bastante regular. O, dicho de modo más convencional, que cumple con los estándares admitidos como los ideales de esa raza. Es una preocupación más extendida de lo que uno jamás habría sospechado. Este domingo la portada del dominical del New York Times estaba dedicada a la progresiva degeneración sufrida por la raza canina bulldog y si existía la posibilidad de reconducir la deriva genética de los futuros ejemplares para salvar el ideal de la raza cuando la crearon en el siglo XIX. Una de las actitudes más habituales por parte de los lectores, los críticos van incluidos ya que son en primera instancia lectores, es buscar esa regularidad en sus lecturas. Y descartar aquellos rasgos alejados de esos estándares que la tradición ha considerado ideales. Aunque, paradójicamente, la literatura crezca mediante las deformaciones que las obras maestras imponen en esos cánones prefijados. No afirma uno que las obras de Nettel sean obras maestras, digo que juzgar sus libros desde esa atalaya más propia de unos criadores de ganado es a todas luces absurdo. Su escritura produce sensaciones, y las sensaciones no están, me temo, mensuradas o domesticadas. Ahí radica la fuerza de sus libros. Por eso yo abrí El cuerpo en que nací lleno de expectativas. Las expectativas son, desde luego, un mal consejero: es fácil defraudarlas. Esta novela autobiográfica carece de esa capacidad de generar mundos y, al mismo tiempo, contentará mucho más a los exigentes aficionados a los concursos de raza, porque es la más equilibrada de sus narraciones. De creer a la autora, el detonante de la escritura del libro es una invitación recibida por una revista para escribir un texto autobiográfico. La ampliación del proyecto hasta conformar una novela se le impuso acto seguido de modo casi irracional. Es, quizás, el único verdadero punto de conexión con esos mundos turbios de sus anteriores narraciones, por fortuna. Leer la infancia de Nettel es, desde luego, tranquilizador. Por un lado porque, pese a los temores más ingenuos, fue dura y excéntrica, pero no desde luego tan desasosegante como sus narraciones. Por otro lado permite comprender a ciencia cierta que esa virtud fascinante de sus textos, la de la creación de mundos, es totalmente propia y no una mera extensión de sus peripecias vitales. Hay una autora en Nettel capaz de ofrecernos más universos inquietantes en cada página. Este libro funciona, sobre todo, como una necesidad personal de ordenar el pasado. La herencia de Proust sigue siendo, y esperemos que sea así por mucho tiempo, alargada. Raro es el autor que no siente, antes o después la necesidad de dar sentido a su pasado, y para ello generar un relato donde los fragmentos se hilvanen hasta crear una memoria reconocible. Por lo demás, el lector puede encontrar pasajes de especial intensidad, como la narración del tratamiento de su ceguera parcial, y una implacable honestidad que vertebra todo el libro. Una sinceridad a prueba de bombas pese a que en muchas ocasiones la narradora/autora salga mal parada en el retrato ofrecido por ella misma. La valentía de la escritura, pese a que pueda ser mucho más convencional en la trama y la mirada, es la que relaciona esta novela con sus libros anteriores. Por ese motivo, también, los seguidores de Nettel estamos tranquilos, no ha abandonado esa voluntad de ir hasta el final en cada uno de sus textos.
Con todo, lo más interesante a mi juicio de esta novela es la elaboración de la excusa narrativa. Se alude a ello de modo casi superficial en la novela, pero en todo momento somos conscientes de que el texto se presenta como un ejercicio impuesto o sugerido por un psicoterapeuta como parte del tratamiento. La autora, incluso, deja claro a lo largo de la novela el importante lugar de la psicología en su vida ya que su padre se dedicó a ejercerla. Pero, sobre todo, lo más llamativo es el modo en que esta narración interpela al lector convirtiéndolo en el terapeuta. Si hubiera cometido el desliz de ceder la voz al terapeuta los resultados serían mucho más leves. En realidad, lo que Nettel ha intuido es la esencia de narrador de un paciente. De su capacidad de elaborar su discurso para hacer más palpables los desajustes del mismo y facilitar la labor del terapeuta, convertido en hermeneuta, depende el éxito en su tarea. Por eso es importante que no aparezca en el texto las tesis del hermeneuta, sino que este lugar quede vacío para ser ocupado por el lector. En realidad el narrador no conoce la esencia verdadera de lo que narra, apenas la tantea, y es el lector quien saca las conclusiones. Ese principio de la narrativa se ve perfectamente trasladado al desarrollo de una terapia psicológica. En una pirueta, en la teleserie israelí BeTipul (In Treatment en su adaptación en los USA), el terapeuta se convierte, también, en narrador de su propia vida, reafirmando la condición de hermeneuta final de, en este caso, el espectador.
Guadalupe Nettel El cuerpo en que nací Anagrama, Barcelona, 2011
La imagen es de Francesca Woodman, autora de la imagen que se usa en la cubierta del libro.

