06 agosto 2012

Diamela Eltit: "Todo libro porta una cuota de fracaso"

Dar con Eltit es complicado. Vive entre Santiago y Nueva York, da clases en ambas ciudades y rechaza muchas de las entrevistas que le piden porque no las considera oportunas o adecuadas. Cuando, una vez en Estados Unidos, acepta, puede resultar que el jet lag le juegue una mala pasada y se vea obligada a posponer la cita unas horas. Entrevistar a Diamela Eltit (Santiago de Chile, 1949) es, usando una palabra con la que ella se define, tortuoso. Ella prefiere que sus libros hablen por sí mismos. "Yo me dediqué en verdad a lo literario. Tengo una relación con la literatura radical. Me he dedicado a la producción. No hago promoción, no estoy ligada a grupos, no pertenezco a redes por así decirlo. Porque salió así. El resultado es lo que habla. No tengo agente literario y los libros han surgido siempre de manera espontánea. He sobrevivido a esa maquinaria porque he estado más ligada a la producción del libro que a la recepción, demasiada centrada en escribir en el sentido más entero del término. Quitándole tiempo al tiempo para escribir. Y la parte más glamurosa y social no la he cultivado. Cuando he rozado esa esfera me he preguntado si podría estar bien conocerla pero, al final, todo eso no está ligado con mi deseo y uno está donde quiere estar".
Nadie más alejado, pese a lo que dejarían traslucir estas palabras, de la idea del artista en su torre de marfil que Diamela Eltit. Antes que de libros prefiere hablar con fervor de las protestas estudiantiles de su país, apuesta por una universidad pública y gratuita, o de las que considera justas reivindicaciones de autonomía de los indios mapuches, critica duramente las encarcelaciones a que se ven sometidos sus líderes. También quiere saber más sobre la crisis de España y las noticias que le llegan desde Europa. En su país, Eltit no es una opinión de referencia tan solo en el arte, también de lo político. Tanto su temprana pertenencia al Colectivo de Acciones de Arte (CADA) como su primera novela, Lumpérica, la situaron en primera línea de la resistencia intelectual contra la dictadura de Pinochet. "CADA es una mezcla de especifidades. Su objetivo era reterritorializar desde el conjunto de saberes, sin superponer ninguno a los demás. Haciéndolo además bajo una dictadura. Algo que los españoles también conocen. Y trabajamos la ciudad, la ciudad dictatorial concretamente. Coincidía con el libro que yo estaba escribiendo, que transcurre en una plaza, y no una plaza cualquiera, sino aquella controlada por la dictadura. Pero, además, el grupo pretendía interrogar los límites de cada una de sus prácticas: la literatura, las artes visuales y la sociología. En aquella época yo pensaba que el libro tiene limitaciones muy altas, pensaba en un afuera del libro y en la insuficiencia del formato frente al deseo de la escritura. CADA era esa pregunta crítica. Era interesante y radical, porque las acciones se firmaban colectivamente. Pero nosotros no sabíamos que el CADA iba a ser el CADA, porque tú no sabes cuando estás viviendo las cosas la dimensión que alcanzan. Política y literariamente hasta hoy resuena. Sigo pensando en la cuestión interdisciplinar, pero no tanto como formato sino como radicalización. Sigo pensando que se deben seguir haciendo preguntas desde el cruce".
Eltit se contruye ante todo como lectora. A los 18 años había leído todo Marx, Freud y el Ulises de Joyce. Quizás por eso no publicó su primera novela hasta cumplidos los 34 años. "Llegar al libro fue lo más difícil porque carecía de toda ingenuidad, eso fue complejo para la mente tortuosa que yo tengo. CADA estuvo dentro de ese período. Y esa novela estaba lo más cerca del deseo de escritura que yo tenía en esos años. Pero me sorprendió su recepción. Yo no la pensé tan excéntrica. Mi formación venía de la letra y me asombró la respuesta que generó. Se entendió como un libro complicado y mis preocupaciones críticas y teóricas generaron desconfianza. Todavía hoy soy un sujeto áspero. Pero nunca me ha importado mucho. No me sentí una persona importante en ningún punto. Siempre he sido hacedora y tenía un objetivo: escribir. Ese es mi espacio más intenso y necesario. Y las otras cuestiones podían detener esos flujos".
La escritura incesante y la lucha que caracteriza su obra, ese delirio de la escritura como herramienta para pensar el mundo, la han colocado siempre en el margen, no ya social, sino ante todo artístico. Varias veces a lo largo de la charla celebra el afortunado azar de ser publicada en una editorial llamada Periférica, que ha empezado a presentar su obra en España con Jamás el fuego nunca, publicada en Chile en 2007. Eltit se expone en cada libro. Y presume de fracasar siempre. "Entre el deseo del libro y el libro hay un abismo. Todo libro porta una cuota de fracaso. Por eso la literatura es un territorio de la imposibilidad. Eso lo sabemos todos los que escribimos, y si no lo sabemos estamos jodidos. Pero esa cuota de fracaso es la que te lleva a otro libro. Porque si uno no fracasara pues ya se acabó, ya no hay nada más. Yo sigo trabajando en esa línea, en esos fracasos que son bastante interesantes. Hasta ahora no he dejado de fracasar".
Bromea con la posibilidad de que su influencia en la literatura chilena pueda ser más viral que de otro tipo, es la Lumpérica que arrastra, dice entre risas, y afirma que se considera ante todo una buena lectora de signos. Pero tiene claro que quiere seguir fracasando hasta la tumba. "Un texto te quita la vida. Cuando escribes entras en un territorio donde no estás ni vivo ni muerto. Un territorio muy complicado donde dejas de vivir. También por eso he escrito, porque me interesa dejar de vivir. Me parece apasionante esa posibilidad de dejar de vivir, porque en algún lugar la vida me parece hasta insoportable. El gran desafío para un escritor es que su mano no muera nunca, o que no muera antes de la muerte biológica del sujeto".
Entrevista aparecida en el suplemento Babelia de El País el día 2 de junio de 2012
Fotografía Pablo Sanhueza, El Mercurio