18 mayo 2013

Lenta biografía


Cada vez más el poema es un gesto de amabilidad desolada, 
una apariencia esencial y no una realidad esencial. 
Igor Barreto, El llano ciego 

Se acaricia el cráneo afeitado con la yema del dedo. El gesto puede ser entendido como un indicador de que está calibrando el interés de la pregunta que se le ha hecho o meditando una respuesta válida. Son, en todo caso, interpretaciones. Después de que Rodin hiciera su célebre escultura parece que cualquier persona que se toca la cabeza se halla sumido en las reflexiones más profundas. La mano parece dirigir el pensamiento, si toca el cráneo es porque es el cerebro lo que se está usando. Sin embargo es posible que el origen de ese gesto, tan suyo por la cantidad de veces que lo repite, se deba tan sólo a la costumbre de cerciorarse de la longitud de su cabello. Tal vez se trate ya de un tic inconsciente, como lo son todos los tics por otro lado, y él mismo no sea consciente de la cantidad de veces en que las yemas de sus dedos índice y corazón se desplazan de la parte superior de su frente hasta la región occipital. Ese gesto recalca aún más su calvicie, que es lo más llamativo de su aspecto al primer vistazo. Pareciera que una cabeza afeitada induce a considerar que la persona es más meditabunda. Otro signo poderoso: el cráneo no se oculta, así que fije la atención del que mira. Muchas veces, cuando me toca describirlo para gente que jamás lo ha visto les digo que se parece a Foucault. Pero sin el jersey con cuello de cisne. Sí he visto alguna fotografía del filósofo francés en la que todavía se le ve con algo de pelo, y en cambio no he visto jamás una sola instantánea en la que él no tuviera el cráneo pulcramente afeitado. Intuyo que, obedeciendo las imposiciones de una coquetería inusual en él, que podría calificarse como coquetería humilde porque está basada en el respeto y la cortesía hacia los demás más que en la vanidad o el narcisismo, jamás se permite el descuido de aparecer en público con aspecto desaseado. En su caso eso significa que se afeita el cabello y la barba con absoluta pulcritud. Todos los días en que dicta clase o tiene en su agenda algún compromiso social acude afeitado y sólo en algunos días fuera de horarios prefijados, en días de asueto y fines de semana en que uno aprovecha para disfrutar de los placeres de olvidar las obligaciones, lo he visto con una incipiente barba de dos o tres días y unas canas brotando tímidas a los lados de la cabeza, sobre las orejas. Pero, como ya he dicho, ha sido en muy contadas ocasiones y, ahora que lo recuerdo, él estaba en medio de algún viaje donde lo primero que llamaba la atención era el escaso equipaje que portaba: una pequeña mochila de uso diario que a él le basta para cinco noches fuera de casa.
Tampoco es habitual verle sin gafas. Casi nunca se las quita, ni siquiera para limpiarlas en público, cayendo en ese gesto tan habitual de algunos miopes. Las pocas veces en que, en medio de una charla ante un café o una cerveza, se permite abandonar ese parapeto inverso, porque en realidad aunque sean una barrera esos cristales que se interponen entre el mundo y él en realidad lo aclaran y perfilan para su mirada, le he visto unos ojos pequeñísimos y algo cansados, los ojos de un miope que lleva ya muchos años protegido tras sus cristales. Una vez le comenté que alguna compañera de la maestría de escritura creativa donde fue mi profesor me había confesado que le encantaba su coquetería de combinar la montura de las gafas con la ropa que vestía cada día. Ella llegó a afirmar que las botellas de agua vitaminada que traía a clase también iban a juego con la ropa y las gafas. Al escuchar aquello se rió, con una risa un tanto tímida que nunca llega a la carcajada, tapándose la boca con la mano y ocultando ese gesto donde se acentúa su ligero prognatismo, la mandíbula inferior ligeramente adelantada a la superior, el labio fino y belfo. Al igual que las caricias, o rápidas pasadas podría decirse, que realiza sobre su cráneo, esa particularidad física puede ser el origen de otro gesto muy suyo: tras caga trago se limpia meticulosamente los labios con una servilleta y abre un nuevo campo a la interpretación. Esa boca, con su aire habsbúrguico, siempre me ha llamado la atención y por eso en alguna ocasión le he preguntado por sus orígenes centroeuropeos. Se ríe también cuando me escucha esas pregunta como lo hace al contarle la confesión de mi compañera de clase, y no me responde nada mientras se frota los ojos antes de volver a colocarse tras su parapeto, siguiendo ese gesto tan repetido de aquellos que no pueden evitar usar anteojos durante todo el día. Sólo cuando ya puede ver sin ningún matiz borroso o desenfocado confiesa que desde hace un par de años no usa más que un único par de gafas porque son las únicas con lentes multifocales que posee. Tiene en casa varias gafas para ver de lejos y algunas para ver de cerca, pero tan sólo un par que puede usar en todo momento y precisamente por eso anda preocupado de un tiempo a esta parte, no vaya a ser que se le rompan y tenga que volver a llevar encima, como mínimo, dos pares de gafas. Esa austeridad, la costumbre de viajar ligero de equipaje y llevando encima lo mínimo imprescindible, es otro de los rasgos de su carácter que, no por menos evidente, hay que dejar pasar. Los que han visitado su casa me han contado que el mobiliario es casi monacal, sin espacio para lo superfluo. He pensado que esa austeridad tenga mucho que ver con haber vivido desde hace tantos años en un exilio sin fecha de vuelta desde que se fuera de Argentina hace ya más de veinte años. Vivir en perpetuo movimiento, con apenas lo puesto. Porque parece hacerte recordar en cada gesto que para vivir basta con uno mismo.

Otro texto sacado del baúl de los recuerdos. Un ejercicio de la clase de Muñoz Molina donde se trataba de describir a alguien desde lo visible. Pues eso.

12 mayo 2013

Instantáneas


Sobre la mesa de madera sin barnizar y rayada de cicatrices, se ve una taza de café negro a medio beber. Junto a ella una cucharilla sucia y un sobre de azúcar abierto. Unas monedas y unos dólares aparecen en la esquina de la imagen, huyendo del encuadre. Pero el centro de la imagen lo ocupa una mano izquierda que sostiene un pequeño lápiz de bolsillo sin borrador en el extremo, y deja ver unas palabras escritas en lo que parece el reverso de la cuenta: “My Romance”, “The Watch”, “The Oil”, “The Crosley”, “The Room”.

Las borlas blancas sobre el empeine del mocasín. Las manchas de pintura secas e indelebles ya sobre la tela de pana gris. La mochila, medio abierta, que deja ver un libro de Aritmética y unas revistas de corazón. Dos manos que se observan para buscarse a escondidas, sabedoras de que nadie repara en ellas. El abrigo cuarteado y con algunos desgarrones pero todavía apto para el uso. Los ojos enormes tras unas gafas de culo de botella medio ocultas tras un Times doblado con esmero. Los ojos de una pareja que, más que mirarse, se acarician. El luminoso indica que Spring es la siguiente parada.

El año pasado hubo una retrospectiva de Vivian Maier en una galería de Chelsea. Antonio Muñoz Molina se emocionó e invitó al alumnado a escribir pequeños textos que emularan, de algún modo, las instantáneas de Maier. Pues eso.

15 abril 2013

Atención: secreto a voces

¿Para qué sirven los premios literarios? En España, desde luego, como mecanismo promocional y poco más. Tan sólo los lectores más ingenuos o menos atentos a los correveidiles del negocio editorial siguen identificando un premio con un libro de calidad. Mucha tinta ha corrido ya sobre lo oportuno de fundar nuevos galardones concedidos tras la publicación de los libros, que surjan de una valoración externa a la editorial que los ha sacado a la luz. Sin creer de todo que sea esa la solución a seguir, creo que lo mejor sería acabar de una vez por todas con algo tan infantil como los premios literarios, sí que conviene llamar la atención sobre un certamen que en España obtiene poco eco informativo, quizás porque las bases del mismo imposibilitan que un español pueda ganarlo, pero que ha demostrado una fiabilidad más que destacable. Desde hace casi treinta años la fundación Anna Seghers premia a un autor emergente en lengua alemana y a un latinoamericano. La nómina de los premiados demuestra, sobre todo en años recientes, el tino del jurado, que ha sabido descubrir a jóvenes escritores justo antes de su eclosión crítica: Gumucio, Rivera Garza o Guadalupe Nettel obtuvieron el premio cuando comenzaban a ser conocidos más allá de sus países de origen. Más determinante ha sido el premio para Fabián Casas o Lina Meruane, ya que les sirvió como pasaporte para cruzar fronteras.
En septiembre se falló la última edición del galardón. Lo obtuvo un autor casi desconocido fuera de su país, el boliviano Wilmer Urrelo Zárate (1975), cuyos libros, pese a estar editados por la filial local de Alfaguara, no han circulado apenas en el extranjero. Tan sólo la traducción al italiano de su primera novela desmiente la idea de alguien casi totalmente desconocido fuera de Bolivia. Y, en cambio, Urrelo Zárate lleva siendo el secreto a voces más difundido de la literatura boliviana desde hace tiempo. Mundo negro (2001) obtuvo el Premio Nacional de Primera Novela, Fantasmas asesinos (2007) el Premio Nacional de Novela y Hablar con los perros (2011) le ha servido para ganar el Anna Seghers.
Lo más llamativo, con todo, de sus novelas es la ambición que destilan. Mientras críticas superficiales hablan de la omnipresencia de la novela corta como género de los jóvenes autores o de una simplicidad estructural y estilística, Urrelo desmonta el cómo lugar común con libros de setecientas páginas en las que recoge el guante de las «novelas totales» de lo que se bautizó con el nombre idiota de Boom: solapamiento de narradores, diversidad de tramas meticulosamente enlazadas, estructuras de complejidad creciente que siempre se muestran necesarias cuando uno completa la lectura, una prosa trabajada hasta el delirio para fundir la oralidad y las virtudes estilísticas del narrador culto. No es casual, tampoco, que en cada uno de los libros haya ido estableciendo una revisión de diversos modelos y tradiciones, en Mundo negro de la novela policial y la narrativa metaliteraria, en Fantasmas asesinos dialoga de tú a tú con el Vargas Llosa que ganó el Nobel, aquel que escribiera La casa verde o Conversación en La catedral, y en Hablar con los perros explora los mecanismos narrativos de modo más sofisticado aún y se atreve a reescribir, entre otras cosas, la «versión boliviana» de la guerra del Chaco que contara Roa Bastos desde el frente paraguayo en Hijo de hombre. Pero hay mucho más en las páginas de estas novelas, que están dispuestas a albergar a cualquier lector audaz dispuesto a montar los brillantes rompecabezas que ha diseñado Urrelo Zárate con precisión quirúrgica. La distancia entre las fechas de publicación hablan de un autor que se toma el tiempo necesario en darle forma a sus narraciones.
Un último detalle: de momento sus libros siguen sin salir de Bolivia, al menos en papel, ya que Alfaguara los distribuye mundialmente tan sólo en formato electrónico. Jamás estuvo tan justificado gastarse el dinero del dispositivo necesario para leerlos.
Artículo fue publicado en el suplemento Babelia del diario El País (Madrid) el 13 de abril de 2013

26 marzo 2013

Arqueos

Fotografía de Micaela Hernández

Hace un par de años decidí dejar de participar en las votaciones, recuentos, arqueos –cada uno puede utilizar el nombre que prefiera– de “lo mejor del año”. Por eso cuando recibí la invitación de Patricio Zunini a participar en la de Eterna Cadencia decliné enviar votación alguna. Ahora ya se conoce el resultado, justísimo, que determinó a El viento que arrasa de Selva Almada como libro del año. Quizás el veredicto, centrándose sólo en esa novela que, parafraseando una de esas frases promocionales tan gastadas en Argentina: “La novela que Borges hubiera aceptado escribir” o cualquiera de sus habituales variantes, podría haberse vendido como “La novela que Flannery O’Connor hubiera escrito de ser argentina” ha eclipsado otro texto de la autora, intensísimo y también fascinante, como Intemec, que de haber sido publicado en papel habría obtenido mayor eco con total certeza, y que convierte a su próxima novela, Ladrilleros, en uno de los libros más esperados por los asiduos de las librerías.
Pero elegir la de Selva Almada como “mejor novela del año” a secas es injusto, y es ése uno de los motivos de que estos recuentos me parecen tan arbitrarios. Un libro es bueno o malo, independientemente del momento en que se haya publicado. La Historia de la literatura se fija, en realidad, poco en las fechas. Los procesos que sigue son muy diferentes. Un ejemplo perfecto a ese respecto es lo sucedido con Rodolfo Walsh y su Operación masacre. Por mucho que se insista, porque es de justicia y hay que hacerlo, en el hecho de que se anticipase ocho años a In Cold Blood es intrascendente porque la importancia del libro y los ecos del mismo son irrelevantes en comparación con los obtenidos por el de Capote. Eso no quiere decir que Operación masacre no sea un texto fundamental, pero a nadie parece importarle ya en qué año fue publicado, y resulta un poco ingenuo pretender anteponerlo como origen de la efervescencia de la no ficción –término calcado del inglés, por cierto, lo que sirve como un síntoma o argumento más–. El viento que arrasa es bueno porque lo es, y punto. El año en que haya visto la luz no es lo relevante. Por eso, anclarlo a un ejercicio, como si se tratase del arqueo de un contable, es no sólo innecesario, sino que menoscaba el hecho de que los libros están muy por encima del año de su publicación. Además, el tufo a contabilidad, a cierre de ejercicio que desprenden estos resúmenes le da a todo un aire economicista al asunto que me deprime profundamente. Bastante pesado resulta ya la omnipresencia de las cifras de ventas, del número de reimpresiones –soy de la vieja guardia, perdón– como mecanismo promocional de un título, como para echar más leña al fuego censando las apreciaciones críticas dentro de un ejercicio anual.
Además, cuántas veces no ocurre que, en un mismo año, aparecen varios libros excepcionales y en otros no hay nada que llevarse a la boca. La metáfora de las cosechas es muy adecuada en ese sentido, las hay buenas, muy buenas, y las hay malas. Pero, al cabo del tiempo, ¿quién salvo un enólogo recuerda cuáles fueron unas y cuáles otras? Yo no sé qué año fue bueno para un vino cuando voy a la tienda a comprar una botella para la cena a la que he sido invitado. Me guío por el hecho de que me suene el nombre de las bodegas, por lo que el vendedor me indique, por mi presupuesto. Creo que como todo el mundo. Por eso uno sabe, como dije antes, que “las bodegas” Selva Almada son un seguro de calidad. Y lo de menos, al final, es la cosecha que se lleva un a casa. ¿No?
Me llama la atención de las votaciones de Eterna Cadencia, al contrario de las que se hacen en otros medios o países –y pienso particularmente en mi España natal, ese quebradero de cabeza constante– que se apuesta por lo novedoso. Es, debo decirlo si quiereo ser honesto, algo que me congratula y, en buena medida, considero un criterio acertado. Si uno repasa el palmarés, por así decirlo, de todas las convocatorias, destaca el interés por descubrir nuevas voces, por sancionar trayectorias emergentes, algo en lo que se opone a mi experiencia española, donde se celebran en muchos casos obras menores de autores consagrados. Como sucede casi siempre, lo acertado suele estar en el punto medio, y quizás hay libros de autores muy reputados que merecerían más atención, y no lo obtienen porque, como cualquiera puede observar, los medios digitales son pasto de las nuevas generaciones, tanto para el enfrentamiento como para el halago, y muchos autores parecen quedarse fuera de ese mundo virtual al que no están, sencillamente, habituados. Posiblemente, y por ahí habría que reconocer que en el pecado llevan la penitencia, interesados. Así que estas nóminas apresuradas de la publicado en una temporada resultan, también, tan parciales y escoradas como las que se hacen desde la prensa escrita. Y, por eso, igualmente desatinadas en su esencia.
Pero, más allá de lo caprichoso o efímero de un calendario, de lo arbitrario de los planes de edición que trasladan un libro de diciembre a enero por detalles de producción, o del grado de interés que estas votaciones tengan a la hora de ensalzar o favorecer las carreras de los autores, me molestan por lo que tienen de competitivo. Sé que son un enfrentamiento de bajo voltaje, y que nunca llega la sangre al río. O no debería, al menos, pero por eso no dejo de sentirme incómodo ante ellas. Tampoco quiero lanzar un mensaje pseudohippie de amor y de paz. No es ése el asunto. En realidad es que creo que, como dijo una vez Beatriz Sarlo y repitió Spregelburd, ganar es fascista. Aunque sea en un pequeño reducto, que será pronto pasto del pasado y del saber trivial que alimenta los concursos de preguntas, porque entrega la idea de que algo se ha hecho bien y punto. Cierra la puerta a la reflexión, al análisis y, por extensión, al cambio y la mejora. Mientras que la derrota, al menos, obliga a un análisis de lo sucedido y, quizás, a un cambio, a una depuración. Algo importantísimo en la creación artística que se sostiene, ineludiblemente, en la continua mejora, que ansia la idea de una perfección imposible y, hasta cierto, punto castradora, pero que sólo puede ser perseguida desde la conciencia del error, del fallo, de la pérdida.
Ni qué decir tiene que me alegro mucho por los ganadores, por los escogidos o seleccionados en este tipo de convocatorias. Pero no dejo de pensar que en realidad son mucho más productivas para los que no están en las listas. Y eso, quizás, las hace un poco perversas y, en cierta medida, innecesarias. Pero puedo estar equivocado, por supuesto.
Texto publicado en el blog de la editorial y librería Eterna Cadencia el 26 de marzo de 2013

23 marzo 2013

"Mi cuento favorito" para 60 Watts


No tengo un cuento favorito, jamás lo he tenido y creo que nunca lo tendré. Esa es la única verdad y debe ser advertida desde el inicio. Pero sí le tengo mucho cariño a este cuento. Quizás porque me fascinó desde la primera vez que lo leí y porque por entonces casi nadie se acordaba de Rafael Dieste –bueno, quizás ahora sí, después de que Bolaño lo incluyera como una referencia en La parte de Amalfitano, ya que el libro que cuelga el protagonista en el tendedero del patio de su casa es de Dieste, su Testamento geográfico-. Además es un cuento que pertenece a la primera producción de Dieste, recogida en el libro Dos arquivos do trasno, escrita en gallego, más cercana a lo fantástico que la posterior, y que suele obviarse en las contadas ocasiones en que se habla de su obra. Así que muchas veces lo he recomendado, lo he convertido en lectura obligada en los talleres que he impartido, etc. Es una narración instalada en la misma corriente de textos mucho más reconocidos como The turn of the screw, Casa tomada o Los adioses, en los que tan sólo conocemos una versión de la historia, parcial y posiblemente distorsionada, que impide afirmar al lector que conoce de modo fidedigno lo ocurrido. Como en la vida, por otro lado. Por otro lado porque conecta de modo directo con una de las obsesiones de Edgar Allan Poe, al que todos coincidiremos a la hora de considerar padre del cuento moderno: la de ser enterrado vivo. Y comparte esa mirada morbosa y fúnebre, posiblemente una de las características de su producción que mejor ha aguantado el paso del tiempo. En fin, una de las virtudes de las grandes obras es que se explican por sí mismas y convierten en innecesarias las exégesis o análisis de las mismas. Ellas mismas, como la vida, se imponen por sí solas. Aquí acaba lo pesado y comienza lo bueno, disfrútenlo.
a invitación de su director Diego Zúñiga el 13 de marzo de 2013

10 diciembre 2012

El lunático, de Charles Simic



El mismo copo de nieve
estuvo cayendo del cielo gris
toda la tarde,
cayendo y cayendo
y recogiéndose a sí mismo
del suelo,
para caer de nuevo,
pero ahora de modo más disimulado,
más cuidadoso
porque la noche se había acercado
para ver qué estaba pasando.
Publicado en la revista The New Yorker (Dec-10)
Fotografía de Peter Gregoire

08 diciembre 2012

Entrevistas que nadie podrá leer si no las pego aquí

Una de las cosas más habituales cuando uno lanza un libro, y más en una editorial grande con departamento promocional que sabe hacer las cosas, es que uno se ve respondiendo a muchas entrevistas, casi todas por mail, sobre un libro que uno terminó de escribir mucho tiempo atrás. La sensación es, siempre, curiosa, porque cuando uno abre el libro para consultar cosas que escribió se da cuenta de que lo corregiría casi al completo, que pediría por favor a los editores que recuperasen todas y cada una de esas copias viciadas por las prisas y la pereza, que van dando tumbos por esos mundos de dios desarregladas, con las camisas por fuera y las chaquetas con lamparones... Cuando uno querría que parecieran todas listas para acudir a una fiesta de gala. La literatura es así y, por suerte, el editor te corta las alas y te recuerda que debes dedicarte a otros libros y desentenderte de ese.
Hasta que llega el lanzamiento. Entonces se suceden las mencionadas entrevistas, que en la mayoría de los casos no pueden, tampoco, aparecer íntegras en los medios que las solicitaron. Pero uno les dedicó tiempo y algo de cariño, y lamenta que algunas de las reflexiones que originaron se queden perdidas en el intercambio de mails. Quizás por eso escribo este post, donde pego las preguntas que me han hecho algunos periodistas y las respuestas íntegras que yo di. No porque piense que ellos no han sabido reflejar mi pensamiento, al contrario, creo que en la mayoría de los casos han hecho algo casi imposible: hacerme salir bien en la foto. Pero uno, que desde pequeño fue un incordio, no puede estar quieto hasta que rompe la cámara.

Fotografía de Daniel Mordzinski

Pilar Salas, Agencia EFE
Pilar Salas: ¿Por qué cree que el proceso de producción literaria está tan vinculado en muchos casos al consumo de alcohol? (es cierto que pasa en muchas actividades artísticas, pero el libro va sobre escritores...) ¿Cree que las nuevas generaciones de escritores son más "modosas" al respecto?
Antonio Jiménez Morato: No creo que la creación literaria esté más relacionada con el alcohol que el resto de las labores del ser humano. O sea, no me gustaría que del libro se infiriese una relación intrínseca ni nada por el estilo. Precisamente por ello decidí incluir a autores abstemios, porque la intención del libro es más plantear un enfoque que establecer una nómina de escritores aficionados al alcohol o con problemas de alcoholemia. Creo que el alcohol, como muchas otras drogas, está presente en nuestras vidas, y uno de sus efectos puede ser potenciar la creatividad, porque desinhibe nuestras mentes y rebaja ciertas barreras mentales. Y, una vez esas defensas se han deprimido, es más sencillo realizar ciertas operaciones relacionadas con la creación. No sé cómo serán las nuevas generaciones, yo tengo 36 años y quizás esté dentro de esas nuevas generaciones por edad, pero no lo sé a ciencia cierta. Cada uno vive su vida como más o menos puede, y una de las características ciertas de los creadores desde la explosión posmoderna es recelar de generalizaciones, de la pertenencia a grupos o de enfoques que tiendan a quebrar la sacrosanta idea de singularidad e individualidad en la que nos hemos criado. Es una de las victorias del capitalismo tardío: somos todos tan singulares, únicos e individualistas que no hay manera de asociarse. Por eso somos todos iguales: meros consumidores. No sé si las nuevas generaciones son más modosas. Yo tampoco me eborracho a diario, ni siquiera semanalmente, así que no sé si eso me convierte en alguien poco creativo.

PS: ¿Con quién de los autores escogidos se iría a tomar una copa y de quién no aceptaría nunca una invitación para ello? Las dos mismas cuestiones pero con personajes de otro ámbito (cultural, político, económico...)
AJM: David Foster Wallace comentó en alguna de sus entrevistas -están en el libro que ha editado la gente de Pálido fuego- que no es una buena idea lo de conocer a los autores. Allí explicaba que uno estaba hecho a su escritura y en vivo suelen ser otro tipo diferente del que nos imaginábamos, y las más de las veces el cambio es para peor. Así que yo no recomendaría a nadie que se fuera de copas con un escritor por el hecho de que lo admire. Es mal negocio. Yo voy a menudo de copas con algunos escritores pero es por otro motivo: porque son amigos. Y entonces jamás pienso que me voy de copas con un autor, sino con mi amigo. Espero que se comprenda la diferencia. Disfruto mucho de mis encuentros, por ejemplo, con Julián Rodríguez o Yuri Herrera porque, además de reírme y pasar un buen rato, suelo aprender muchas cosas de la vida con ellos. Sé que no están en el libro, pero eso es circunstancial, quizás sea porque ellos merecerían un libro para cada uno. De los que están en el libro hay uno que no conozco y que me gustaría conocer, es Marsé, pero porque pienso que no me decepcionaría en persona, no destrozaría la imagen que tengo de él. Me pensaría mucho irme de copas con Vargas Llosa, en el caso remoto de que él me invitase. No creo que me fuera de copas con ningún político o economista, la verdad, al menos no por su profesión. 

PS: ¿Qué bebida recomienda para tomar mientras se lee su libro?
AJM: La que cada uno quiera. Mientras lo escribía tomé muchos refrescos de cola y té, que es lo que suelo beber mientras trabajo. Pero cada uno puede tomar lo que quiera, lo que le resulte placentero. A mí me gusta leer en bares o terrazas tranquilas mientras me tomo un café, un whisky con hielo o un gintónic. Así que realizaré un acto proyectivo y diré que esas son las bebidas ideales para leerlo, ¿por qué no? 

PS: ¿Ha tenido que dejar a algún escritor fuera que le hubiera gustado incorporar? En caso afirmativo, ¿por qué?
AJM: En el libro hay tan sólo 39 autores. Había un cuadragésimo autor que se quedó fuera a petición propia, ha tenido problemas con el alcohol y creo que no entendió por dónde iban los tiros del libro. Me ahorro el nombre por educación, como es obvio. Pero se han quedado muchos fuera porque había que entregar el libro en fecha y demás contingencias. Como digo en el prologo este libro es mitad de sus autores y mitad de su editora, que es quien realmente nos encargó el trabajo, por así decirlo, y eso supone una fecha de entrega. Pero se han quedado muchos fuera, muchos más de los que están dentro. Ojalá el libro vaya bien y se puedan hacer nuevas ediciones ampliando el número de autores. Ayer me dio por mirar la lista que tengo anotada de autores con sus fragmentos seleccionados y son ya como veinte, así que imagina si me pongo en serio a elaborar una lista...

PS: En la obra explica que es "bebedor social" y que rara vez bebe en casa. ¿Alguna vez ha bebido para inspirarse, o ha acompañado de una copa el proceso de escribir?
AJM: Alguna vez he bebido alcohol mientras escribía, sí, pero en muy raras ocasiones. Y jamás he llegado a la ebriedad. No soy Faulkner o Claudio Rodríguez, visto lo visto. Pero este libro se ha forjado entre copas, con conversaciones en barras de bar, donde han salido muchos nombres, muchas ideas, pero en su escritura, como tal, no ha participado el alcohol. 

PS: ¿A qué atribuye el auge de la coctelería, que vuelve a estar de moda? (Y no digamos el gin tonic, que hasta hace unos añitos los que lo bebíamos estábamos catalagados de "perros verdes")
AJM: Bueno, yo no veo ese auge por ningún lado. O sea, veo que hay una euforia por el gintónic -de la que se aprovechan los importadores de destilados, las bodegas y los bares- pero muy rara vez he visto que en esos bares donde hacen cartas de gintónics y son tan arrojados de cobrar tres o cuatro euros por una tónica determinada que te sirven camareros que no tienen ni puñetera idea de qué están haciendo alguien pida un cóctel. Sigue habiendo pocas coctelerías, con una clientela selecta y entendida, pero escasa. No veo ese auge, la verdad. Ojalá fuera así. Por otro lado creo que tiene mucho que ver con un tema de formación, tanto del bebedor como del hostelero. El cliente español es poco sofisticado y el hostelero suele ser muy poco profesional, esa es la verdad. El día en que vea las barras de los bares de NYC, por ejemplo, trasladadas a España comenzaré a cambiar de idea, pero me da que no es así. Basta un ejemplo, en la mayoría de los locales que presumen de ofrecer coctelería a sus clientes por no tener no tienen ni una mísera aceituna para un martini u otro cítrico que no sea el limón, así que... 

PS: ¿Qué cóctel recomienda para leer el periódico y no morir del disgusto (por las noticias de la crisis)?
AJM: Yo recomiendo no leer el periódico, la verdad. Una de las mejores cosas de vivir en NYC es que uno se ahorra la crispación que generan los medios de comunicación españoles, tan tendenciosos e interesados. Somos mejores que nuestros medios, y me refiero a los españoles como pueblo. Lo mejor es dejar de leer el periódico y bajar al bar y hablar con la gente, saber un poco más de su vida, de sus problemas. Recordarle al poder que no somos estadísticas, sino personas. La conversación se puede regar con lo que uno quiera: café, té, vino, cerveza, destilados... Al gusto de cada uno. Nada hace más digestivos los periódicos de hoy en día.

Álvaro Colomer, Yo Dona
Pregunta: Salta a la vista que los escritores beben más que las escritoras -en verdad, que los hombres beben más que las mujeres-, pero ¿ha detectado alguna característica común entre las escritoras bebedoras: hacia qué tipo de bebidas se inclinan, en qué épocas beben, conciben la bebida como un elemento cotidiano, autodestructivo o lúdico, etc.?
Respuesta: Si te soy sincero, una de las cosas de las que me di cuenta cuando estaba ultimando la redacción del libro, y más cuando leí las pruebas y demás, era de la descompensación de cantidad entre autores y autoras. Apenas un diez por ciento. Nunca me ha preocupado la paridad, pero sí que es cierto que hay una descompensación ahí que es, ante todo, injusta, porque hay autores que no fueron, o son, especialmente bebedores y sí aparecen, pero las únicas cuatro mujeres sí que fueron bebedoras asiduas. O sea, es como si de un modo totalmente insconsciente, lo que no me disculpa, hubiera exigido un mayor "compromiso" con el alcoholismo para que una mujer pasara a formar parte del libro. Y eso es injusto. Pero, al msimo tiempo, me he dado cuenta de que en realidad, el mundo literario es tremendamente machista, pero de un machismo soterrado, maquillado, que hace que casi nunca evidencie esa condición. Me explicaré con un ejemplo: todos los años, cuando llegan las porras del premio Nobel, se comenta que hace mucho tiempo que no un novelista norteamericano no lo obtiene, que existe la posibilidad de que una generación con autores como Phillip Roth, Cormac McCarthy, Pynchon o DeLillo se vaya en blanco. Es increíble como, sistemáticamente, se ignora a Toni Morrison, que fue premio Nobel hace muchos años y pertenece a esa generación. ¿Por qué? Habría que hacerse esa pregunta. O por qué siempre se habla del triunvirato de grandes autores argentinos: Piglia, Aira y el fallecido Fogwill y se silencia o se obvia al triunvirato femenino, Molloy, Ludmer y Sarlo, tan relevantes como los otros, si no más, para la cultura argentina reciente. O el hecho de que, tras la muerte de Carlos Fuentes, nadie se haya planteado que la Poniatovska pudiera ser la heredera del patriarcado literario mexicano, y convertirlo en un matriarcado, y que todos estén esperando a que Villoro cumpla cinco años más, se convierta en un provecto anciano, y juvenil al mismo tiempo, porque Juan puede serlo todo, y poder así coronarle. Incluso, sin salir de España, nadie plantea la posibilidad de que Ana María Matute no sea otra cosa que una amable abuelita con una afición por el whisky que la habría hecho merecedora de comparecer en el libro, y nadie la nombre como posible matriarca de nuestras letras, sobre todo cuando el que debíera ocupar ese puesto, Juan Marsé, es alérgico a ser representante de nada. Pero, vamos, creo que nos movemos en un entorno más machista de lo que pensamos, y uno, incluso de modo inconsciente, ha servido para prolongar ese estado de cosas. Me gustaría explicitarlo y asumir mi parte de culpa.
Por otro lado, respondiendo de modo más directo a tu pregunta, te tendría que redirigir a los textos de la Duras. Ella, que tuvo serios problemas con el alcohol, es, sin duda, una voz más autorizada que la mía. Pero sí, quizás por el machismo en el que me muevo, pero que me gustaría no profesar, y que es más deudor de la imagen de la mujer que construyeron los poetas del romanticismo actualizando el amor cortés renacentista -y que es de las pocas cosas que ni el realismo, ni el simbolismo, ni las vanguardias desmontaron, al contrario, lo prolongaron hasta convertirlo en un mito común al pensamiento occidental que Hollywood se ha encargado de generalizar por todo el planeta-; lo dicho, quizás por esa perspectiva, tiendo a pensar o a entender la borrachera femenina más como una vocación autodestructiva que como algo lúdico. Pero posiblemente sea una idiotez, porque una mujer disfruta igualmente de los efectos desinhibidores del alcohol y puede también disfrutar, sencillamente de su sabor y aromas sin necesidad de hacer un uso tremendista de la bebida. La Duras es muy áspera en ese sentido, y llega a hablar del hecho de que a la sociedad le molesta una mujer alcoholizada, de algún modo la desprecia o le tiene lástima. Y la biografía de la Parker sería un ejemplo perfecto de ello. Ella seguía bebiendo una y otra vez, porque era alcohólica, sí, pero no creo que desde el inicio la bebida fuera un refugio, sino que posiblemente fue celebración. De Vicens y de su vida privada sabemos poco, y lo poco que sabemos es que vivió más como un hombre, negó muchas de sus características femeninas para triunfar en el mundo masculino y machista de la política mexicana, y en particular del PRI. De las cuatro invitadas a la fiesta que es el libro, quizás sea Djuna Barnes la que vivió la bebida, y otras sustancias, con más desenfado, aunque eso no la salvó de caer en la garras del alcoholismo, al que terminó venciendo para convertirse en un personaje tan mítico como el de su juventud, si no más.
Por otro lado, sobre el lugar común de las bebidas más dulces, o más suaves, tampoco hay mucha verdad detrás de ello. La Duras bebía vino, sobre todo, la Parker cóctels, como la Barnes, y la Vicens le dio fuerte al tequila y otros destilados. No creo que haya unas bebidas más femeninas que otras, más allá de en las bromas de la juventud cuando alguien pide un vodka con naranja -versión industrial y gruesa del destornillador- y le dicen que es una bebida de chica, o el mítico Licor 43 de nuestra juventud, que era, sencillamente, imbebible. No creo que haya unas bebidas más femeninas que otras, la verdad. Comienza uno a hacer generalizaciones y pronto aparece una mujer que las destroza. Como dice Diamela Eltit, en su país las mujeres beben mucho más que los hombres. Ella lo dice con más gracia: "En mi país las mujeres son bien borrachas".
Me gustaría que el libro tuviera éxito para poder incluir en una ampliación a Ana María Matute, a Diamela Eltit, Sylvia Molloy, Clarice Lispector, Elena Garro, a Valeria Luiselli, no sé, a muchas, muchas que se han quedado fuera porque soy un machista de mierda y no me di cuenta mientras estaba escribiendo el libro...

Pilar Manzanres, Agencia Colpisa. 
Pilar Manzanares: ¿Cómo surgió la idea de escribir este libro?
Antonio Jiménez Morato: Bueno, la idea del libro, tal y como se ha realizado, es de María Casas, la editora, y supongo que me lo encomendó a mí porque sabía que yo podía tener una idea bastante cercana de cómo podría ser el libro. Hace muchos años yo tenía una idea de un libro cuyo título provisional era “Literatura de bar”. Era un libro mucho más deambulatorio, más diletante, mientras que este es mucho más ordenado, tiene una estructura más clara. Digamos que este libro tiene una concepción de menú, de carta de degustación, y aquel proyecto ya extinto era más cercano a la embriaguez. O sea, que han sido necesarios muchos proyectos como aquel para obtener la madurez necesaria para preparar un menú como el que ahora se ha editado.
PM: ¿Con qué autor fue con el que rompió el hielo? ¿Por qué ese autor y cual es su historia, su cóctel?
AJM: En este tipo de proyectos hay, siempre, que ofrecer una muestra. Algo que todos los departamentos de la editorial puedan valorar antes de decidir si se pisa el acelerador para poner en marcha el libro. También tenía que decidirse cómo estructurar cada uno de los capítulos del libro y darle a Aurelio Lorenzo, el ilustrador, un nombre para hacer la muestra de su trabajo. Y el primero fue, curiosamente, Mirko Lauer. No por nada en particular, sino porque estaba yo por esos días leyendo las tres novelas de Lauer, releyendo “Secretos inútiles” en la edición de Periférica y aprovechándome de la excelencia de las bibliotecas universitarias de los Estados Unidos para leer sus otras dos novelas (“Órbitas. Tertulias” y “Tapen la tumba”). Son novelas donde aparece mucho el alcohol en general y la coctelería en particular, porque sus historias ocurren en los ambientes de clase alta peruana, en una localidad imaginaria llamada Cerro Azul. Y, además, encontré la atinadísima descripción de los tipos de camarero según el modo en que roben a la clientela que incluí en el libro. Así que me dije: este es el primero, se escribió casi solo, del tirón, porque Mirko Lauer me había dado el capítulo ya escrito, yo sólo tuve que ordenarlo.

PM: De entre los cócteles del libro, ¿cuál es su favorito?
AJM: Como digo en el prólogo del libro, no tengo un único cóctel favorito. Ahora, en Nueva York, suelo pedir whisky con hielo para no jugármela, pero si sé que el barman es bueno no me lo pienso dos veces y pido un Martini, un Gimlet o algo así. En Madrid, siempre que puedo, pido gin tonics, y si sé que estoy en el Maluca, el bar de confianza que regenta mi amigo Camilo, soy más preciso y pido la ginebra Brecon con tónica Fentimans y un tallo de lemongrass cortado transversalmente en un vaso Collins que se ensanche en la boca. El propio Camilo me lo ofreció hace tiempo cuando le dije que quería probar nuevos gin tonics y desde entonces siempre pido lo mismo. Soy promiscuo hasta que doy con lo que me gusta. Entonces me convierto en un tipo fiel.

PM: ¿Con qué escritor lo comparte?
AJM: Bueno, yo comparto las copas con los amigos. A veces son escritores y otras no, pero en la barra del bar eso es lo de menos. Los escritores normales, la gente simpática y poco engreída o retirada en su locura suele hablar de las mismas cosas independientemente de su profesión. Tengo la suerte de tener muchos amigos escritores, y editores, agentes literarios, periodistas, etc… Pero me importa sólo que sean mis amigos, no lo que hacen para ganarse la vida.

PM: ¿Cómo fue la labor de investigación para este libro?
AJM: Leer mucho, durante muchos años. Encontrar las citas necesarias para el libro, aunque algunas se hayan quedado fuera por motivos de permisos (algunos los herederos y algunos agentes literarios, gente que jamás ha sabido poner una palabra detrás de la otra, son el verdadero cáncer de la literatura hoy), y luego elegir el enfoque sobre cada autor en base a mi conocimiento de su obra y el juicio más o menos formado que tengo sobre ella. Muchos se han quedado afuera, quizás en un futuro se pueda ampliar el libro y doblar el número de autores, no lo veo especialmente complicado. Simplificando diría que se trata de una labor de muchos años de leer y escribir, y de ir a bares también, claro.

PM: ¿Ha tomado copas con alguno de los escritores del libro? Si es así, ¿con quién o quiénes y cómo fue (cómo surgió, donde tomaron las copas, de qué hablaron…)?
AJM: Si no he contado mal (lo he hecho para responder a la pregunta), a día de hoy tan sólo siete de los autores recogidos en este libro están vivos. Así que está complicado haber tomado nada con algunos de ellos. De todos modos, con quién si tomé algo, unos vinos cenando en tres o cuatro ocasiones, fue con Fogwill. En Madrid y en Montevideo. Hablamos de literatura, poco, de mujeres, mucho, y de la vida. Fogwill era un tipo encantador cuando se generaba la confianza necesaria. También he visto a Tomeo con una cerveza en la mano, pero sin llevársela nunca a la boca, en una fiesta en Barcelona. Y con César Aira he compartido algunos cafés y un par de whiskys, es un tipo muy cálido y entretenido. De todos modos, a los escritores hay que leerlos, luego uno tratará o no con las personas, pero eso es secundario. No me gusta crear mitologías sobre los escritores o el mundo literario, me parecen absurdas.

PM: Sorprendente la historia del calimocho, cóctel de Fogwill. ¿Tomó alguno con él? ¿Cómo era este escritor con respecto a la bebida y esas charlas en los bares? ¿Fue él quién le contó el origen del calimocho que cuenta en su libro?
AJM: Fogwill no me habló jamás del calimocho. Y dudo mucho que él lo disfrutara. En Madrid el vino lo pidió Julián Rodríguez, su editor, pero en Montevideo siempre se encargaba él de eso. No sólo conocía perfectamente las bodegas y los tipos de uva, sino que estaba al tanto de la calidad de una cosecha u otra. Porque él era así en todo. Fogwill no podía no saber de algo si le interesaba lo más mínimo. Quizás era un resabio de sus años como sociólogo, de su labor como consultor de grandes empresas, pero él lo sabía todo, un saber enciclopédico y profundo. Porque si él se acercaba a un tema era para conocerlo a fondo, eso de “tener una idea de algo” no iba con él. Él tenía que saberlo todo. Por eso no me extrañaría que, cuando escribió “Muchacha punk”, que es de donde está sacada la cita, él mismo identificara el origen del cóctel. Porque él era así. Hay una precisión en su mirada única: un punk bebe calimocho, el calimocho tiene un determinado origen y eso aparece en su texto. No le conocí lo suficiente, es algo que me pesa, me caía muy bien y al poco de su muerte me llevé la sorpresa de que en una de las últimas entrevistas que concedió hablaba muy bien de mí como crítico. Por eso lo cité en mi blog. Es uno de los regalos que me ha dado esto de escribir, conocer a un tipo tan grande, en todos los sentidos, como Fogwill y saber que a él le gustaba mi trabajo.

PM: García Márquez nos deja con la duda de ese cóctel de ron que Graham Greene le preparaba. Pero en libro parece que has estado con él. De ser así, ¿qué roncito es el que mojó la conversación y dónde tuvo lugar esta? (Si me puede describir un poco cómo fue, perfecto).
AJM: Me halaga que al leer el libro alguien crea que he estado con García Márquez. Nunca he estado con él en persona, lo he hecho mil veces al leerle, pero nunca he charlado con él. Supongo que sería una experiencia agradable. Yo leí a García Márquez como un obseso durante muchos años, hoy ya un poco menos, pero puedo recitarte las primas frases de “Cien años de soledad”, por ejemplo. Y hay libros suyos, como “El coronel…” o “Crónica…” que me parecen imprescindibles para la literatura del siglo xx. Pero no, no se he tenido la suerte de charlar con García Márquez. Lo haría sin problema, con un café o un té incluso –creo que él no es tampoco de mucho beber, y menos ahora-, si se diera la ocasión. Mira a ver si está en tu mano hacerlo. Luego te lo cuento todo.

PM: Hemingway nunca falta a estas citas, ¿qué es para usted lo más atractivo de este escritor, modelo siempre en artículos donde se habla de la buena vida?
AJM: No sé si Hemingway es un ejemplo de “autor de la buena vida”. En París era pobre como una rata, por ejemplo. Y vivió muy bien más tarde, entre otras cosas, porque tuvo la astucia de irse a Cuba primero, y más tarde vivir en el campo, donde la vida es menos dispendiosa. De todos modos, lo que siempre me ha parecido más atractivo de Hemingway, y quizás de algún modo en ese sentido sí que me haya servido de modelo, es su enfoque de la vida literaria. En no seguirla para nada, saltarse los márgenes y hacer otra cosa, pero no seguir eso que se ha llamado “la vida literaria” que, como decía Unamuno, “o es vida, o es literaria”. Cuando era joven la gente no se explicaba cuándo escribía, porque lo veían siempre al pie del cañón, allí donde hubiera algo que ver o que vivir, pero lo hizo, muchísimo. Cualquiera que lo haya leído (porque a los escritores, repito una vez más, hay que leerlos antes de nada) habrá comprobado que no es sencillo escribir así, que eso surge del trabajo, de muchas horas frente a la máquina de escribir. Más tarde llevó una vida que es la más deseable del mundo: tener tranquilidad para escribir, para vivir con su mujer y criar a sus hijos, y disfrutar de la vida con los amigos. Eso es lo que hizo en Cuba primero y en Idaho más tarde.

PM: Tras haberse documentando tanto, ¿una borrachera de libro que recomendaría especialmente? ¿Y una novela relacionada con la bebida?
AJM: Bueno, vamos a aprovechar la visibilidad de una entrevista para reivindicar un libro un tanto olvidado: “A esmorga”, del gallego Eduardo Blanco Amor, que se tradujo por parte del propio autor como “La parranda”. Hace poco la han reeditado, así que no es complicado conseguirla. Por otro lado, aprovechando también que en breve se pondrá de moda por la adaptación que ha realizado Michel Gondry, recomendemos “La espuma de los días”, de Boris Vian, donde aparece un instrumento, inventado por el protagonista, llamado pianoctél, que genera combinados desde las piezas musicales que se tocan en él, asignando cada nota a un licor o aroma y la duración de las notas a las cantidades. Dan ganas de tener uno así en casa. Ni qué decir tiene que tanto Vian como Blanco Amor pasarán a formar parte de la nómina de “Mezclados y agitados” si puede ser reeditado.

PM: ¿Quién es ese gran bebedor al que usted admira y por qué lo admira?
AJM: No admiro a nadie, ni lo he admirado, por ser bebedor. No sé si llegaré a admirarlo. Pero quien siempre me sorprendió fue Félix Romeo. Sabía donde estaba el bar más cercano, las barras más divertidas, los mejores sitios. Era quien cerraba los bares y lo hacía en pleno dominio de sus facultades. Y al día siguiente estaba en pie el primero sin asomo de resaca. Esto lo convertiría ya en alguien único, pero es que además era capaz de hablar de libros raros, que había leído o tenía perfectamente ubicados, de libros que todo el mundo ha leído dando un enfoque original y poco frecuentado, y además ser atento y cálido en todo momento. Cuando publiqué mi primera novela él mismo me la pidió, se me acercó y me dijo si ya tenía ejemplares porque suponía que ya había salido. Nunca admiraré a alguien por bebedor, lo admiraré por su condición humana. Félix Romeo estaba muy por encima del resto. Hay otros, pero están vivos, así que no daré sus nombres para que no se sientan azorados.

PM: ¿El cóctel más curioso con el que se ha encontrado y qué escritor lo tomaba y en qué consistía?
AJM: No me he encontrado con cócteles demasiado curiosos. Sí con cócteles originales, una de las cosas más bonitas de la coctelería es que es, también, un espacio de creación. En España, donde somos muy bebedores, paradójicamente somos poco cocteleros. No me imagino una sección de coctelería en un periódico español como la de la revista dominical del New York Times, ni un museo de la coctelería como el que hay en Nueva Orleans, por ejemplo. Tengo una amiga aquí, en NYC, Nerea, que es una bartender de primera, y cuando no tiene mucho trabajo se dedica a hacer pruebas e inventar cócteles, tiene varios que en algunos casos son variaciones de combinados más frecuentes y en otros son más rompedores. Yo me he visto probándolos, muy contento de la vida. No sé si eso me califica como escritor al que le has visto tomarlos. Algunas veces comentamos que deberíamos ponernos a hacer un libro con sus recetas originales como punto de partida, un modo distinto de hacer literatura, quizás ese se termine llamando “Literatura de bar”, o, mejor todavía, “Cóctel de escrituras”, quién sabe, hay tantas cosas que pueden pasar en un bar.

Marta Caballero. El Cultural.es
Marta Caballero: ¿Hasta qué punto crees que la literatura es deudora del alcohol?
Antonio Jiménez Morato: No creo que la literatura sea deudora del alcohol, si uno lee el libro comprobará que muchos textos han nacido, sí, de épicas borracheras y de estados alterados, quizás la literatura de Lowry sea el ejemplo más contundente al respecto, o la de Faulkner. La cita idónea para esta cuestión sería la de Hemingway, que tanto se recuerda al hablar de estos asuntos: Escribe borracho, corrige sobrio. La idea es que la creación necesita libertad y la embriaguez, a veces, puede ofrecer la desinhibición necesaria para que esa libertad tenga lugar. Porque la libertad es un espacio, no es un estado. Pero no me gustaría que se lea el libro como una apología del alcohol en la creación literaria en particular y artística en general. Precisamente en el libro hay autores que no beben nunca. La idea era más generar un enfoque distinto al habitual para hablar de literatura. Un punto de vista más festivo y desenfadado, donde se ponga el acento en lo que tiene la experiencia literaria de divertido y socavador frente al discurso más adocenado y solemne que solemos escuchar.

MC: ¿Qué cóctel habla mejor de qué escritor?
AJM: No entiendo muy bien esta pregunta, eso debo advertirlo de inicio. Aún así ensayaré una respuesta. La mayoría de los escritores no saben de cócteles. Suelen pedir siempre lo mismo: un whisky, un vodka, un ron, una ginebra. Y las combinaciones más comunes. Nada más alejado de esa idea de sofisticación que ofrece la coctelería que un escritor al uso, más cercano a cualquier profesional de los oficios manuales que, tras una jornada de duro y esforzado trabajo eminentemente físico se relaja con un poco de alcohol en la barra de un bar. El escritor es así en la mayoría de los casos. Lo que sucede, por otro lado, es que en el mundo literario y los encuentros que se generan a su alrededor (presentaciones, fiestas, entregas de galardones, etc.) la presencia del alcohol es constante. Pero no creo que haya un alcohol o un cóctel más adecuado que otro, o uno que calce especialmente con un autor. Además, en la variedad está el gusto, seamos promiscuos y experimentemos tantos cócteles como lecturas o escrituras...

MC: Consideras que el volumen es una fiesta y me imagino que, en cuanto a tal, te reservas el derecho de admisión. ¿Se te ha quedado mucha gente fuera? ¿Por qué, de entre toda la historia de la literatura, has elegido a estos y no a otros autores?
AJM: No, no me lo reservo. No me gusta, de hecho, la idea de fiesta al uso. Ya sabes, muchedumbres alocadas, música a todo volumen y demás. Si alguien piensa en esas macrofiestas y la relaciona con mi libro, mal negocio. No, en esta fiesta no hay aforos ni se necesita seguridad, no hay concecjales implicados por acción u omisión ni ofrece negocio alguno para los más taimados. Tampoco es la fiesta de Hemingway, esa "fiesta portátil" con la que bautizó sus memorias parisinas (que en España, como sucede en tantas ocasiones, se tradujo de modo inexplicable como "Paris era una fiesta"). No, cuando yo hablo de fiesta me refiero a una fiesta íntima, tan privada que requiere tan sólo de una persona, y es la que se produce cuando alguien abre un libro y se entrega a él. A muchos podrá parecerles una fiesta anodina, pero es porque saben poco de ella. Es por eso que las campañas de promoción de la lectura me parecen muy hipócritas, porque le quieren vender a la masa no lectora la idea de que leer es agradable y en realidad a la gente no le gusta que el que esté al lado lea, porque está en una fiesta a la que él no ha sido invitado, se aisla de lo que tiene alrededor porque está disfrutando ahí, a veces incluso formándose o transformándose -que es lo que el poder teme más, el hecho de que en estas fiestas uno se libera de verdad- y eso no gusta. La mejor campaña de promoción de la lectura sería prohibirla, porque la convertirían en una de esas macrofiestas con aforo sobrepasado a las que la gente desea ir, una macrofiesta hecha de multitud de fiestas pequeñitas. Por eso no la prohiben, la promocionan, para que a la gente no le resulte atractiva y no la practiquen. 

MC: ¿Con cuál de ellos te beberías un trago más gustosamente y por qué?
AJM: Me lo bebería con los que se han quedado fuera del volumen. Tanto los que lo han hecho porque no cabían más (o, mejor dicho, no había tiempo de introducir a más y llegar a la fecha prevista de edición, aunque ya estaban seleccionados fragmentos de su obra y quizás entren en una hipotética futura edición donde se pueda ampliar el libro: Villoro, Puig, Piglia, Castellanos Moya, Donoso, Di Benedetto, Emar, Ibargüengoitia, Levrero, Lezama, Molloy, Pauls, Chejfec, Enrigue, Luiselli y tantos más..., por fortuna con muchos de ellos comparto tragos en mi vida, así que en ese sentido no me da tanta pena), como los que solicitaron ser excluidos de la lista por no comprender bien la idea del proyecto, que no es la de hacer una nómina de escritores con problemas de alcohol (y, en este caso, como es perfectamente comprensible, me guardaré los nombres). De todos modos, por suerte, vivo en una fiesta perpetua porque me paso la mayoría del tiempo leyendo. De no ser tan parecido al título del libro de Vargas Llosa este libro se habría podido llamar muy felizmente La fiesta perpetua.

MC: Entre tanta corrección política, ¿crees que el alcohol ha perdido peso en la literatura o, al contrario, son dos elementos que van a caminar siempre de la mano?
AJM: Creo que la incorrección política es algo constante y que la relación es y será perenne en nuestro país porque la clase política no tiene educación alguna. Ni vergüenza. En España tenemos que soportar la figura de un expresidente de gobierno, el más prolífico como autor si uno le echa un vistazo al registro del ISBN, que se lanza a ejercer de escritor con unas memorias que recuerdan mucho a las declaraciones que hizo borracho sobre las leyes destinadas a regular la conducción bajo los efectos del alcohol y otras sustancias. Partiendo de ese punto, qué te voy a decir, no creo que haya mucho espacio para lo políticamente correcto. No debería haberlo, sobre todo si se trata de hablar de ciertas cosas. Ya sé que no me preguntabas por esto, pero responder así es más interesante, ¿no crees?

06 agosto 2012

Diamela Eltit: "Todo libro porta una cuota de fracaso"

Dar con Eltit es complicado. Vive entre Santiago y Nueva York, da clases en ambas ciudades y rechaza muchas de las entrevistas que le piden porque no las considera oportunas o adecuadas. Cuando, una vez en Estados Unidos, acepta, puede resultar que el jet lag le juegue una mala pasada y se vea obligada a posponer la cita unas horas. Entrevistar a Diamela Eltit (Santiago de Chile, 1949) es, usando una palabra con la que ella se define, tortuoso. Ella prefiere que sus libros hablen por sí mismos. "Yo me dediqué en verdad a lo literario. Tengo una relación con la literatura radical. Me he dedicado a la producción. No hago promoción, no estoy ligada a grupos, no pertenezco a redes por así decirlo. Porque salió así. El resultado es lo que habla. No tengo agente literario y los libros han surgido siempre de manera espontánea. He sobrevivido a esa maquinaria porque he estado más ligada a la producción del libro que a la recepción, demasiada centrada en escribir en el sentido más entero del término. Quitándole tiempo al tiempo para escribir. Y la parte más glamurosa y social no la he cultivado. Cuando he rozado esa esfera me he preguntado si podría estar bien conocerla pero, al final, todo eso no está ligado con mi deseo y uno está donde quiere estar".
Nadie más alejado, pese a lo que dejarían traslucir estas palabras, de la idea del artista en su torre de marfil que Diamela Eltit. Antes que de libros prefiere hablar con fervor de las protestas estudiantiles de su país, apuesta por una universidad pública y gratuita, o de las que considera justas reivindicaciones de autonomía de los indios mapuches, critica duramente las encarcelaciones a que se ven sometidos sus líderes. También quiere saber más sobre la crisis de España y las noticias que le llegan desde Europa. En su país, Eltit no es una opinión de referencia tan solo en el arte, también de lo político. Tanto su temprana pertenencia al Colectivo de Acciones de Arte (CADA) como su primera novela, Lumpérica, la situaron en primera línea de la resistencia intelectual contra la dictadura de Pinochet. "CADA es una mezcla de especifidades. Su objetivo era reterritorializar desde el conjunto de saberes, sin superponer ninguno a los demás. Haciéndolo además bajo una dictadura. Algo que los españoles también conocen. Y trabajamos la ciudad, la ciudad dictatorial concretamente. Coincidía con el libro que yo estaba escribiendo, que transcurre en una plaza, y no una plaza cualquiera, sino aquella controlada por la dictadura. Pero, además, el grupo pretendía interrogar los límites de cada una de sus prácticas: la literatura, las artes visuales y la sociología. En aquella época yo pensaba que el libro tiene limitaciones muy altas, pensaba en un afuera del libro y en la insuficiencia del formato frente al deseo de la escritura. CADA era esa pregunta crítica. Era interesante y radical, porque las acciones se firmaban colectivamente. Pero nosotros no sabíamos que el CADA iba a ser el CADA, porque tú no sabes cuando estás viviendo las cosas la dimensión que alcanzan. Política y literariamente hasta hoy resuena. Sigo pensando en la cuestión interdisciplinar, pero no tanto como formato sino como radicalización. Sigo pensando que se deben seguir haciendo preguntas desde el cruce".
Eltit se contruye ante todo como lectora. A los 18 años había leído todo Marx, Freud y el Ulises de Joyce. Quizás por eso no publicó su primera novela hasta cumplidos los 34 años. "Llegar al libro fue lo más difícil porque carecía de toda ingenuidad, eso fue complejo para la mente tortuosa que yo tengo. CADA estuvo dentro de ese período. Y esa novela estaba lo más cerca del deseo de escritura que yo tenía en esos años. Pero me sorprendió su recepción. Yo no la pensé tan excéntrica. Mi formación venía de la letra y me asombró la respuesta que generó. Se entendió como un libro complicado y mis preocupaciones críticas y teóricas generaron desconfianza. Todavía hoy soy un sujeto áspero. Pero nunca me ha importado mucho. No me sentí una persona importante en ningún punto. Siempre he sido hacedora y tenía un objetivo: escribir. Ese es mi espacio más intenso y necesario. Y las otras cuestiones podían detener esos flujos".
La escritura incesante y la lucha que caracteriza su obra, ese delirio de la escritura como herramienta para pensar el mundo, la han colocado siempre en el margen, no ya social, sino ante todo artístico. Varias veces a lo largo de la charla celebra el afortunado azar de ser publicada en una editorial llamada Periférica, que ha empezado a presentar su obra en España con Jamás el fuego nunca, publicada en Chile en 2007. Eltit se expone en cada libro. Y presume de fracasar siempre. "Entre el deseo del libro y el libro hay un abismo. Todo libro porta una cuota de fracaso. Por eso la literatura es un territorio de la imposibilidad. Eso lo sabemos todos los que escribimos, y si no lo sabemos estamos jodidos. Pero esa cuota de fracaso es la que te lleva a otro libro. Porque si uno no fracasara pues ya se acabó, ya no hay nada más. Yo sigo trabajando en esa línea, en esos fracasos que son bastante interesantes. Hasta ahora no he dejado de fracasar".
Bromea con la posibilidad de que su influencia en la literatura chilena pueda ser más viral que de otro tipo, es la Lumpérica que arrastra, dice entre risas, y afirma que se considera ante todo una buena lectora de signos. Pero tiene claro que quiere seguir fracasando hasta la tumba. "Un texto te quita la vida. Cuando escribes entras en un territorio donde no estás ni vivo ni muerto. Un territorio muy complicado donde dejas de vivir. También por eso he escrito, porque me interesa dejar de vivir. Me parece apasionante esa posibilidad de dejar de vivir, porque en algún lugar la vida me parece hasta insoportable. El gran desafío para un escritor es que su mano no muera nunca, o que no muera antes de la muerte biológica del sujeto".
Entrevista aparecida en el suplemento Babelia de El País el día 2 de junio de 2012
Fotografía Pablo Sanhueza, El Mercurio