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16 junio 2007

Los mismos sentimientos con otras palabras

Ando una temporada sin dejar de escuchar un disco único, maravilloso: el disco que grabó Seu Jorge durante el rodaje de la película The life aquatic with Steve Zissou. Es un disco extraño, porque consiste en un puñado de canciones de David Bowie que interpreta Seu Jorge armado tan sólo de su guitarra y de su voz, en las que usa las melodías de Bowie sobre nuevas letras en portugués que le dan un nuevo aire a las canciones. Todos hemos escuchado cientos de versiones –covers- a lo largo de muchos años, y casi siempre se reducen a lo mismo, en la mayoría de las ocasiones una interpretación servil del tema que no aporta nada nuevo, en contadas ocasiones un artista que se siente identificado con la letra de la canción y la acera a su particular sonido. Lo que no es muy normal es que un artista asuma de un modo natural que no debe respetar otra cosa que los acordes, las melodías, y que sobre ellas puede decir lo que quiera, y expresarlo con una nueva belleza. Y eso es lo que hace Seu Jorge en este disco. Va repasando algunas de las grandes canciones del Bowie de los setenta y consigue que suenen totalmente suyas, que uno distinga al fondo las canciones originales, pero que no las eche de menos en ningún momento.
El propio Bowie, muy generosamente, ha dicho –copio de una cita reproducida en la edición del disco- que “hasta que Seu Jorge no ha grabado mis canciones acústicamente en portugués nunca había escuchado este nivel de belleza con que las ha dotado”. Ahí es nada, un compositor agradeciendo y reconociendo al sinceridad y belleza que aporta a unos temas propios un completo desconocido.
Pero es la pura verdad. Cuando uno escucha estas canciones no puede sospechar que se trata de versiones, compuestas sobre las melodías anteriores, parecen engastadas desde su nacimiento, como si siempre hubieran ido unidas. Yo tengo algo de miedo de buscar por ahí los discos de Bowie, porque no sé a ciencia cierta si no me va a parecer que hay alguien usando las canciones del disco de Seu Jorge, y creo que así describo de un modo bastante exacto la sorprendente reelaboración y creación que ha logrado el creador brasileño.
Este es un disco que puede gustar a muchos, a los fanáticos de Bowie, a los de la música brasileña, pero también a todos los que busquen una grabación donde, por encima de cualquier otro condicionante, brille la honestidad. Y la verdad, algo muy difícil de encontrar hoy día.
Mi vida parece más interesante con esa banda sonora. Qué le voy a hacer.
The life aquatic studio sessiones featuring Seu Jorge

13 junio 2007

Suze Rotolo


Mi primer disco de Bob Dylan fue The Freewheelin Bob Dylan. Lo tenía en una cassette de cromo -los discos buenos los grababa en cintas de cromo, pensaba que de ese modo sonarían mucho mejor- que desgasté de tanto escucharla en mi walkman. Como una venganza contra los pijos, las cintas de cromo duraban menos que las de hierro. Me sabía de memoria todas las letras de las canciones -la mayoría las he olvidado a día de hoy, aunque cuando vuelvo a escuchar cualquiera de ellas me sorprendo tarareándolas- en un inglés macarrónico que sólo era inteligible en algunas de las canciones. Creo que, si rebuscase por el domicilio familiar, encontraría aquella cinta, que debe sonar ya temblona como las voces de los pitufos -salvo que lo de las cintas de cromo sea cierto y haya aguantado mejor el tiempo, pero lo dudo, al menos mi experiencia me dice que no será así.
Yo me acerqué a ese disco, y no a otros de Dylan, porque me encantó su portada. Esa calle neoyorkina nevada -tiene pinta de ser el Village, qué raro es esto de la mitomanía, uno nunca ha estado en esa ciudad y reconoce algunas calles- por la que pasean Bob Dylan y una chica ateridos de frío, rodeados de coches sacados ya de otra época, de las películas ambientadas en los años cincuenta. O sea, coches que no eran tan viejos entonces pero que hoy parecen el fruto de una buena labor de diseño de producción.
Esa chica me pareció una preciosidad, desde siempre. No porque fuera especialmente bella, pero es lo que tienen estas cosas, que casi sin quererlo uno debe reconocer que uno se derite por ellas. Como por aquella época cuando se hablaba de Bob Dylan siempre alguien sacaba a colación a Joan Baez, sobre todo si sonaba el Blowin' in the wind, yo pensé duante muchos años que esa chica debía ser ella. Vamos, que me hice a la idea de que esa chica no podía ser otra que Joan Baez. Y lo dejé estar, así que durante muchos años me convencí de que esa portada maravillosa de un disco único era una muestra más del amor de esas dos estrellas de las canción.
Con esa inocencia de los jóvenes supongo que se me quedó grabado en la cabeza que esa debía ser, más o menos, la imagen del amor. Un par de jóvenes que, pese al frío del entorno, sonríen y se abrazan con cariño, que se dan calor el uno al otro. Si es verdad eso del subconsciente, yo creo que desde mi adolescencia -grabé el disco cuando tenía quince años- esa fue mi idea de la felicidad, de la imagen ideal que debía tener eso que llamaban amor.
Años después cayó en mi poder una fotografía de Joan Baez. Y vi que no podía ser entonces la chica de la portada del disco, no se parecía en nada. Entonces se abrió un agujero, ¿quién narices era esa mujer, esa chica que hizo que, de entre todos los discos que había en la fonoteca de mi barrio, escogiese ese, precisamente ese, para acercarme a Dylan?
Internet es un aliado, sobre todo para buscar a la gente. Dice una asociación que Google no respeta nada la privacidad, pero la verdad es que yo he encontrado en el buscador una manera única de ampliar mis conocimientos, de salir de dudas cada dos por tres. Un día puse en el buscador que quería saber quién era la chica de la portada de aquel disco, y entonces descubrí que se trataba de Suze Rotolo. Por lo visto, los fanáticos de Dylan han creado una web llamada Quién es quién en el Universo Dylan. En ella explican que fue la novia formal de Dylan desde julio del 61 hasta marzo del 64, casi tres años. No es sólo la chica de la portada del disco, sino que es la protagonista, o la inspiradora por lo visto, de Boots of Spanish Leather.
En sus Crónicas, dice de ella:
Cupid's arrow had whistled by my ears before, but this time it hit me in the heart and the weight of it dragged me overboard... Meeting her was like stepping into the tales of 1,001 Arabian nights. She had a smile that could light up a street full of people... a Rodin sculpture come to life.
"Encontrarla fue como meterme de un salto en Las mil y una noches." ¿Puede uno imaginarse mejor piropo que ése? Habría que calcular si su relación duró más que esos mil días, porque no llegó a tres años. En fin, no soy muy aficionado a la numerología, y no me apetece hacer cuentas. Mil días, bien, es una cifra mítica que siempre viene bien para estas cosas.
Desde que sé quién es, que se llama Suze Rotolo, que su familia era de Cerdeña, que hace diez años desde el día en que escribo este artículo vivía todavía en el Village y trabaja como artista -la gente que lleva esa web sobre Dylan es increíble a la hora de rastrear a la gente, desde luego-, me resulta más subyugadora todavía esa portada. Me sigue pareciendo que esa pareja que camina abrazada es la imagen del amor.
¿Qué por qué he dicho hoy todo esto? Que cada uno sepa leer entre líneas.

29 septiembre 2006

El hombre solo es el hombre fuerte

La frase que titula la entrada es de Nietzsche, y viene al pelo para hablar del concierto en que estuve la noche del miércoles. Dominique A, el cantautor menos convencional del panorama galo y a la vez el más prototípico -de hecho ahí radica su encanto- recalaba en Madrid para promocionar su último disco L'Horizon -la foto es la portada del disco, para lo que vayan a comprarlo al Corte Inglés, porque si esperan que se lo encuentre algun dependiente...
A mí me gusta que me sorprendan, que un concierto comience a las doce y pico de la noche, y no a las ocho de la tarde porque las niñas del club de fans tienen que coger el metro para volver a casa. Y llegar a la sala del conciertos y meterte en uno de los dos bares que hay junto a ella y tomarte las cañas con la misma gente que luego te va a acompañar en la sala, con el cantante incluido -que se come los nachos y las quesadillas como si le fuera la vida en ello- y tener la extraña sensación de que uno va más a una ceremonia religiosa -o de una secta- que a un concierto.
Y que después de cruzar unas palabras con la mujer del guardarropa de la sala -que para sorpresa de uno es lectora de Stevenson y me pregunta qué tal está esa Moral laica que llevo junto a unos papeles que le pido que me guarde- y otro par con Rafa, de Green Ufos, que es el encargado del puesto de discos y camisetas que todo pequeño concierto tiene, al que le pido que le de recuerdos a Santi -gracias a él estoy viendo el concierto- me coloco en el mejor sitio para ver un concierto en la sala El Sol: Junto a una columna que está cerca de la barra para no tener que moverme al pedir las cervezas y poder verlo todo estando apoyado.
Y allí, sólo, con un par de micrófonos, unas guitarras, unos pedales de efectos, Dominique A fue desgranando buena parte del nuevo disco que venía a presentar, con alguna que otra canción de discos anteriores, y algunas versiones, como mínimo, sorprendentes -esa Teenage kicks íntimo y tenue. Pero sólo, un hombre fuerte tocando solo en un escenario sin necesidad de nadie -a veces, sólo a veces, parecía que ni tan siquiera nosotros, toda la gente que estábamos allí, le hacíamos falta- como si estuviese en el salón de su casa, repasando sus canciones. No hacían falta los músicos, ni los pregrabados. Unos acordes, unos rasgueos, un compás grabado con el pedal de efectos repetido como base, coros secuenciados con el mismo pedal. ¿Para qué músicos?, ¿para qué espectáculo?
Lo mejor del concierto de Dominique A es que a veces parecía que no estabas en un concierto, que alguien había colocado una cámara en la habitación de la casa del artista para que le viéramos puro, sincero, sin afectación, disfrutando de cada acorde, cada imagen, cada una de sus canciones.
Y alguien tuvo el detalle de invitarnos para que lo viéramos, pero aquello habría sucedido de igual modo.
Dominique A actúa como si no lo hiciera, ¿puede uno encontrarse con un ejemplo mejor de sinceridad sobre un escenario?