10 diciembre 2012

El lunático, de Charles Simic



El mismo copo de nieve
estuvo cayendo del cielo gris
toda la tarde,
cayendo y cayendo
y recogiéndose a sí mismo
del suelo,
para caer de nuevo,
pero ahora de modo más disimulado,
más cuidadoso
porque la noche se había acercado
para ver qué estaba pasando.
Publicado en la revista The New Yorker (Dec-10)
Fotografía de Peter Gregoire

08 diciembre 2012

Entrevistas que nadie podrá leer si no las pego aquí

Una de las cosas más habituales cuando uno lanza un libro, y más en una editorial grande con departamento promocional que sabe hacer las cosas, es que uno se ve respondiendo a muchas entrevistas, casi todas por mail, sobre un libro que uno terminó de escribir mucho tiempo atrás. La sensación es, siempre, curiosa, porque cuando uno abre el libro para consultar cosas que escribió se da cuenta de que lo corregiría casi al completo, que pediría por favor a los editores que recuperasen todas y cada una de esas copias viciadas por las prisas y la pereza, que van dando tumbos por esos mundos de dios desarregladas, con las camisas por fuera y las chaquetas con lamparones... Cuando uno querría que parecieran todas listas para acudir a una fiesta de gala. La literatura es así y, por suerte, el editor te corta las alas y te recuerda que debes dedicarte a otros libros y desentenderte de ese.
Hasta que llega el lanzamiento. Entonces se suceden las mencionadas entrevistas, que en la mayoría de los casos no pueden, tampoco, aparecer íntegras en los medios que las solicitaron. Pero uno les dedicó tiempo y algo de cariño, y lamenta que algunas de las reflexiones que originaron se queden perdidas en el intercambio de mails. Quizás por eso escribo este post, donde pego las preguntas que me han hecho algunos periodistas y las respuestas íntegras que yo di. No porque piense que ellos no han sabido reflejar mi pensamiento, al contrario, creo que en la mayoría de los casos han hecho algo casi imposible: hacerme salir bien en la foto. Pero uno, que desde pequeño fue un incordio, no puede estar quieto hasta que rompe la cámara.

Fotografía de Daniel Mordzinski

Pilar Salas, Agencia EFE
Pilar Salas: ¿Por qué cree que el proceso de producción literaria está tan vinculado en muchos casos al consumo de alcohol? (es cierto que pasa en muchas actividades artísticas, pero el libro va sobre escritores...) ¿Cree que las nuevas generaciones de escritores son más "modosas" al respecto?
Antonio Jiménez Morato: No creo que la creación literaria esté más relacionada con el alcohol que el resto de las labores del ser humano. O sea, no me gustaría que del libro se infiriese una relación intrínseca ni nada por el estilo. Precisamente por ello decidí incluir a autores abstemios, porque la intención del libro es más plantear un enfoque que establecer una nómina de escritores aficionados al alcohol o con problemas de alcoholemia. Creo que el alcohol, como muchas otras drogas, está presente en nuestras vidas, y uno de sus efectos puede ser potenciar la creatividad, porque desinhibe nuestras mentes y rebaja ciertas barreras mentales. Y, una vez esas defensas se han deprimido, es más sencillo realizar ciertas operaciones relacionadas con la creación. No sé cómo serán las nuevas generaciones, yo tengo 36 años y quizás esté dentro de esas nuevas generaciones por edad, pero no lo sé a ciencia cierta. Cada uno vive su vida como más o menos puede, y una de las características ciertas de los creadores desde la explosión posmoderna es recelar de generalizaciones, de la pertenencia a grupos o de enfoques que tiendan a quebrar la sacrosanta idea de singularidad e individualidad en la que nos hemos criado. Es una de las victorias del capitalismo tardío: somos todos tan singulares, únicos e individualistas que no hay manera de asociarse. Por eso somos todos iguales: meros consumidores. No sé si las nuevas generaciones son más modosas. Yo tampoco me eborracho a diario, ni siquiera semanalmente, así que no sé si eso me convierte en alguien poco creativo.

PS: ¿Con quién de los autores escogidos se iría a tomar una copa y de quién no aceptaría nunca una invitación para ello? Las dos mismas cuestiones pero con personajes de otro ámbito (cultural, político, económico...)
AJM: David Foster Wallace comentó en alguna de sus entrevistas -están en el libro que ha editado la gente de Pálido fuego- que no es una buena idea lo de conocer a los autores. Allí explicaba que uno estaba hecho a su escritura y en vivo suelen ser otro tipo diferente del que nos imaginábamos, y las más de las veces el cambio es para peor. Así que yo no recomendaría a nadie que se fuera de copas con un escritor por el hecho de que lo admire. Es mal negocio. Yo voy a menudo de copas con algunos escritores pero es por otro motivo: porque son amigos. Y entonces jamás pienso que me voy de copas con un autor, sino con mi amigo. Espero que se comprenda la diferencia. Disfruto mucho de mis encuentros, por ejemplo, con Julián Rodríguez o Yuri Herrera porque, además de reírme y pasar un buen rato, suelo aprender muchas cosas de la vida con ellos. Sé que no están en el libro, pero eso es circunstancial, quizás sea porque ellos merecerían un libro para cada uno. De los que están en el libro hay uno que no conozco y que me gustaría conocer, es Marsé, pero porque pienso que no me decepcionaría en persona, no destrozaría la imagen que tengo de él. Me pensaría mucho irme de copas con Vargas Llosa, en el caso remoto de que él me invitase. No creo que me fuera de copas con ningún político o economista, la verdad, al menos no por su profesión. 

PS: ¿Qué bebida recomienda para tomar mientras se lee su libro?
AJM: La que cada uno quiera. Mientras lo escribía tomé muchos refrescos de cola y té, que es lo que suelo beber mientras trabajo. Pero cada uno puede tomar lo que quiera, lo que le resulte placentero. A mí me gusta leer en bares o terrazas tranquilas mientras me tomo un café, un whisky con hielo o un gintónic. Así que realizaré un acto proyectivo y diré que esas son las bebidas ideales para leerlo, ¿por qué no? 

PS: ¿Ha tenido que dejar a algún escritor fuera que le hubiera gustado incorporar? En caso afirmativo, ¿por qué?
AJM: En el libro hay tan sólo 39 autores. Había un cuadragésimo autor que se quedó fuera a petición propia, ha tenido problemas con el alcohol y creo que no entendió por dónde iban los tiros del libro. Me ahorro el nombre por educación, como es obvio. Pero se han quedado muchos fuera porque había que entregar el libro en fecha y demás contingencias. Como digo en el prologo este libro es mitad de sus autores y mitad de su editora, que es quien realmente nos encargó el trabajo, por así decirlo, y eso supone una fecha de entrega. Pero se han quedado muchos fuera, muchos más de los que están dentro. Ojalá el libro vaya bien y se puedan hacer nuevas ediciones ampliando el número de autores. Ayer me dio por mirar la lista que tengo anotada de autores con sus fragmentos seleccionados y son ya como veinte, así que imagina si me pongo en serio a elaborar una lista...

PS: En la obra explica que es "bebedor social" y que rara vez bebe en casa. ¿Alguna vez ha bebido para inspirarse, o ha acompañado de una copa el proceso de escribir?
AJM: Alguna vez he bebido alcohol mientras escribía, sí, pero en muy raras ocasiones. Y jamás he llegado a la ebriedad. No soy Faulkner o Claudio Rodríguez, visto lo visto. Pero este libro se ha forjado entre copas, con conversaciones en barras de bar, donde han salido muchos nombres, muchas ideas, pero en su escritura, como tal, no ha participado el alcohol. 

PS: ¿A qué atribuye el auge de la coctelería, que vuelve a estar de moda? (Y no digamos el gin tonic, que hasta hace unos añitos los que lo bebíamos estábamos catalagados de "perros verdes")
AJM: Bueno, yo no veo ese auge por ningún lado. O sea, veo que hay una euforia por el gintónic -de la que se aprovechan los importadores de destilados, las bodegas y los bares- pero muy rara vez he visto que en esos bares donde hacen cartas de gintónics y son tan arrojados de cobrar tres o cuatro euros por una tónica determinada que te sirven camareros que no tienen ni puñetera idea de qué están haciendo alguien pida un cóctel. Sigue habiendo pocas coctelerías, con una clientela selecta y entendida, pero escasa. No veo ese auge, la verdad. Ojalá fuera así. Por otro lado creo que tiene mucho que ver con un tema de formación, tanto del bebedor como del hostelero. El cliente español es poco sofisticado y el hostelero suele ser muy poco profesional, esa es la verdad. El día en que vea las barras de los bares de NYC, por ejemplo, trasladadas a España comenzaré a cambiar de idea, pero me da que no es así. Basta un ejemplo, en la mayoría de los locales que presumen de ofrecer coctelería a sus clientes por no tener no tienen ni una mísera aceituna para un martini u otro cítrico que no sea el limón, así que... 

PS: ¿Qué cóctel recomienda para leer el periódico y no morir del disgusto (por las noticias de la crisis)?
AJM: Yo recomiendo no leer el periódico, la verdad. Una de las mejores cosas de vivir en NYC es que uno se ahorra la crispación que generan los medios de comunicación españoles, tan tendenciosos e interesados. Somos mejores que nuestros medios, y me refiero a los españoles como pueblo. Lo mejor es dejar de leer el periódico y bajar al bar y hablar con la gente, saber un poco más de su vida, de sus problemas. Recordarle al poder que no somos estadísticas, sino personas. La conversación se puede regar con lo que uno quiera: café, té, vino, cerveza, destilados... Al gusto de cada uno. Nada hace más digestivos los periódicos de hoy en día.

Álvaro Colomer, Yo Dona
Pregunta: Salta a la vista que los escritores beben más que las escritoras -en verdad, que los hombres beben más que las mujeres-, pero ¿ha detectado alguna característica común entre las escritoras bebedoras: hacia qué tipo de bebidas se inclinan, en qué épocas beben, conciben la bebida como un elemento cotidiano, autodestructivo o lúdico, etc.?
Respuesta: Si te soy sincero, una de las cosas de las que me di cuenta cuando estaba ultimando la redacción del libro, y más cuando leí las pruebas y demás, era de la descompensación de cantidad entre autores y autoras. Apenas un diez por ciento. Nunca me ha preocupado la paridad, pero sí que es cierto que hay una descompensación ahí que es, ante todo, injusta, porque hay autores que no fueron, o son, especialmente bebedores y sí aparecen, pero las únicas cuatro mujeres sí que fueron bebedoras asiduas. O sea, es como si de un modo totalmente insconsciente, lo que no me disculpa, hubiera exigido un mayor "compromiso" con el alcoholismo para que una mujer pasara a formar parte del libro. Y eso es injusto. Pero, al msimo tiempo, me he dado cuenta de que en realidad, el mundo literario es tremendamente machista, pero de un machismo soterrado, maquillado, que hace que casi nunca evidencie esa condición. Me explicaré con un ejemplo: todos los años, cuando llegan las porras del premio Nobel, se comenta que hace mucho tiempo que no un novelista norteamericano no lo obtiene, que existe la posibilidad de que una generación con autores como Phillip Roth, Cormac McCarthy, Pynchon o DeLillo se vaya en blanco. Es increíble como, sistemáticamente, se ignora a Toni Morrison, que fue premio Nobel hace muchos años y pertenece a esa generación. ¿Por qué? Habría que hacerse esa pregunta. O por qué siempre se habla del triunvirato de grandes autores argentinos: Piglia, Aira y el fallecido Fogwill y se silencia o se obvia al triunvirato femenino, Molloy, Ludmer y Sarlo, tan relevantes como los otros, si no más, para la cultura argentina reciente. O el hecho de que, tras la muerte de Carlos Fuentes, nadie se haya planteado que la Poniatovska pudiera ser la heredera del patriarcado literario mexicano, y convertirlo en un matriarcado, y que todos estén esperando a que Villoro cumpla cinco años más, se convierta en un provecto anciano, y juvenil al mismo tiempo, porque Juan puede serlo todo, y poder así coronarle. Incluso, sin salir de España, nadie plantea la posibilidad de que Ana María Matute no sea otra cosa que una amable abuelita con una afición por el whisky que la habría hecho merecedora de comparecer en el libro, y nadie la nombre como posible matriarca de nuestras letras, sobre todo cuando el que debíera ocupar ese puesto, Juan Marsé, es alérgico a ser representante de nada. Pero, vamos, creo que nos movemos en un entorno más machista de lo que pensamos, y uno, incluso de modo inconsciente, ha servido para prolongar ese estado de cosas. Me gustaría explicitarlo y asumir mi parte de culpa.
Por otro lado, respondiendo de modo más directo a tu pregunta, te tendría que redirigir a los textos de la Duras. Ella, que tuvo serios problemas con el alcohol, es, sin duda, una voz más autorizada que la mía. Pero sí, quizás por el machismo en el que me muevo, pero que me gustaría no profesar, y que es más deudor de la imagen de la mujer que construyeron los poetas del romanticismo actualizando el amor cortés renacentista -y que es de las pocas cosas que ni el realismo, ni el simbolismo, ni las vanguardias desmontaron, al contrario, lo prolongaron hasta convertirlo en un mito común al pensamiento occidental que Hollywood se ha encargado de generalizar por todo el planeta-; lo dicho, quizás por esa perspectiva, tiendo a pensar o a entender la borrachera femenina más como una vocación autodestructiva que como algo lúdico. Pero posiblemente sea una idiotez, porque una mujer disfruta igualmente de los efectos desinhibidores del alcohol y puede también disfrutar, sencillamente de su sabor y aromas sin necesidad de hacer un uso tremendista de la bebida. La Duras es muy áspera en ese sentido, y llega a hablar del hecho de que a la sociedad le molesta una mujer alcoholizada, de algún modo la desprecia o le tiene lástima. Y la biografía de la Parker sería un ejemplo perfecto de ello. Ella seguía bebiendo una y otra vez, porque era alcohólica, sí, pero no creo que desde el inicio la bebida fuera un refugio, sino que posiblemente fue celebración. De Vicens y de su vida privada sabemos poco, y lo poco que sabemos es que vivió más como un hombre, negó muchas de sus características femeninas para triunfar en el mundo masculino y machista de la política mexicana, y en particular del PRI. De las cuatro invitadas a la fiesta que es el libro, quizás sea Djuna Barnes la que vivió la bebida, y otras sustancias, con más desenfado, aunque eso no la salvó de caer en la garras del alcoholismo, al que terminó venciendo para convertirse en un personaje tan mítico como el de su juventud, si no más.
Por otro lado, sobre el lugar común de las bebidas más dulces, o más suaves, tampoco hay mucha verdad detrás de ello. La Duras bebía vino, sobre todo, la Parker cóctels, como la Barnes, y la Vicens le dio fuerte al tequila y otros destilados. No creo que haya unas bebidas más femeninas que otras, más allá de en las bromas de la juventud cuando alguien pide un vodka con naranja -versión industrial y gruesa del destornillador- y le dicen que es una bebida de chica, o el mítico Licor 43 de nuestra juventud, que era, sencillamente, imbebible. No creo que haya unas bebidas más femeninas que otras, la verdad. Comienza uno a hacer generalizaciones y pronto aparece una mujer que las destroza. Como dice Diamela Eltit, en su país las mujeres beben mucho más que los hombres. Ella lo dice con más gracia: "En mi país las mujeres son bien borrachas".
Me gustaría que el libro tuviera éxito para poder incluir en una ampliación a Ana María Matute, a Diamela Eltit, Sylvia Molloy, Clarice Lispector, Elena Garro, a Valeria Luiselli, no sé, a muchas, muchas que se han quedado fuera porque soy un machista de mierda y no me di cuenta mientras estaba escribiendo el libro...

Pilar Manzanres, Agencia Colpisa. 
Pilar Manzanares: ¿Cómo surgió la idea de escribir este libro?
Antonio Jiménez Morato: Bueno, la idea del libro, tal y como se ha realizado, es de María Casas, la editora, y supongo que me lo encomendó a mí porque sabía que yo podía tener una idea bastante cercana de cómo podría ser el libro. Hace muchos años yo tenía una idea de un libro cuyo título provisional era “Literatura de bar”. Era un libro mucho más deambulatorio, más diletante, mientras que este es mucho más ordenado, tiene una estructura más clara. Digamos que este libro tiene una concepción de menú, de carta de degustación, y aquel proyecto ya extinto era más cercano a la embriaguez. O sea, que han sido necesarios muchos proyectos como aquel para obtener la madurez necesaria para preparar un menú como el que ahora se ha editado.
PM: ¿Con qué autor fue con el que rompió el hielo? ¿Por qué ese autor y cual es su historia, su cóctel?
AJM: En este tipo de proyectos hay, siempre, que ofrecer una muestra. Algo que todos los departamentos de la editorial puedan valorar antes de decidir si se pisa el acelerador para poner en marcha el libro. También tenía que decidirse cómo estructurar cada uno de los capítulos del libro y darle a Aurelio Lorenzo, el ilustrador, un nombre para hacer la muestra de su trabajo. Y el primero fue, curiosamente, Mirko Lauer. No por nada en particular, sino porque estaba yo por esos días leyendo las tres novelas de Lauer, releyendo “Secretos inútiles” en la edición de Periférica y aprovechándome de la excelencia de las bibliotecas universitarias de los Estados Unidos para leer sus otras dos novelas (“Órbitas. Tertulias” y “Tapen la tumba”). Son novelas donde aparece mucho el alcohol en general y la coctelería en particular, porque sus historias ocurren en los ambientes de clase alta peruana, en una localidad imaginaria llamada Cerro Azul. Y, además, encontré la atinadísima descripción de los tipos de camarero según el modo en que roben a la clientela que incluí en el libro. Así que me dije: este es el primero, se escribió casi solo, del tirón, porque Mirko Lauer me había dado el capítulo ya escrito, yo sólo tuve que ordenarlo.

PM: De entre los cócteles del libro, ¿cuál es su favorito?
AJM: Como digo en el prólogo del libro, no tengo un único cóctel favorito. Ahora, en Nueva York, suelo pedir whisky con hielo para no jugármela, pero si sé que el barman es bueno no me lo pienso dos veces y pido un Martini, un Gimlet o algo así. En Madrid, siempre que puedo, pido gin tonics, y si sé que estoy en el Maluca, el bar de confianza que regenta mi amigo Camilo, soy más preciso y pido la ginebra Brecon con tónica Fentimans y un tallo de lemongrass cortado transversalmente en un vaso Collins que se ensanche en la boca. El propio Camilo me lo ofreció hace tiempo cuando le dije que quería probar nuevos gin tonics y desde entonces siempre pido lo mismo. Soy promiscuo hasta que doy con lo que me gusta. Entonces me convierto en un tipo fiel.

PM: ¿Con qué escritor lo comparte?
AJM: Bueno, yo comparto las copas con los amigos. A veces son escritores y otras no, pero en la barra del bar eso es lo de menos. Los escritores normales, la gente simpática y poco engreída o retirada en su locura suele hablar de las mismas cosas independientemente de su profesión. Tengo la suerte de tener muchos amigos escritores, y editores, agentes literarios, periodistas, etc… Pero me importa sólo que sean mis amigos, no lo que hacen para ganarse la vida.

PM: ¿Cómo fue la labor de investigación para este libro?
AJM: Leer mucho, durante muchos años. Encontrar las citas necesarias para el libro, aunque algunas se hayan quedado fuera por motivos de permisos (algunos los herederos y algunos agentes literarios, gente que jamás ha sabido poner una palabra detrás de la otra, son el verdadero cáncer de la literatura hoy), y luego elegir el enfoque sobre cada autor en base a mi conocimiento de su obra y el juicio más o menos formado que tengo sobre ella. Muchos se han quedado afuera, quizás en un futuro se pueda ampliar el libro y doblar el número de autores, no lo veo especialmente complicado. Simplificando diría que se trata de una labor de muchos años de leer y escribir, y de ir a bares también, claro.

PM: ¿Ha tomado copas con alguno de los escritores del libro? Si es así, ¿con quién o quiénes y cómo fue (cómo surgió, donde tomaron las copas, de qué hablaron…)?
AJM: Si no he contado mal (lo he hecho para responder a la pregunta), a día de hoy tan sólo siete de los autores recogidos en este libro están vivos. Así que está complicado haber tomado nada con algunos de ellos. De todos modos, con quién si tomé algo, unos vinos cenando en tres o cuatro ocasiones, fue con Fogwill. En Madrid y en Montevideo. Hablamos de literatura, poco, de mujeres, mucho, y de la vida. Fogwill era un tipo encantador cuando se generaba la confianza necesaria. También he visto a Tomeo con una cerveza en la mano, pero sin llevársela nunca a la boca, en una fiesta en Barcelona. Y con César Aira he compartido algunos cafés y un par de whiskys, es un tipo muy cálido y entretenido. De todos modos, a los escritores hay que leerlos, luego uno tratará o no con las personas, pero eso es secundario. No me gusta crear mitologías sobre los escritores o el mundo literario, me parecen absurdas.

PM: Sorprendente la historia del calimocho, cóctel de Fogwill. ¿Tomó alguno con él? ¿Cómo era este escritor con respecto a la bebida y esas charlas en los bares? ¿Fue él quién le contó el origen del calimocho que cuenta en su libro?
AJM: Fogwill no me habló jamás del calimocho. Y dudo mucho que él lo disfrutara. En Madrid el vino lo pidió Julián Rodríguez, su editor, pero en Montevideo siempre se encargaba él de eso. No sólo conocía perfectamente las bodegas y los tipos de uva, sino que estaba al tanto de la calidad de una cosecha u otra. Porque él era así en todo. Fogwill no podía no saber de algo si le interesaba lo más mínimo. Quizás era un resabio de sus años como sociólogo, de su labor como consultor de grandes empresas, pero él lo sabía todo, un saber enciclopédico y profundo. Porque si él se acercaba a un tema era para conocerlo a fondo, eso de “tener una idea de algo” no iba con él. Él tenía que saberlo todo. Por eso no me extrañaría que, cuando escribió “Muchacha punk”, que es de donde está sacada la cita, él mismo identificara el origen del cóctel. Porque él era así. Hay una precisión en su mirada única: un punk bebe calimocho, el calimocho tiene un determinado origen y eso aparece en su texto. No le conocí lo suficiente, es algo que me pesa, me caía muy bien y al poco de su muerte me llevé la sorpresa de que en una de las últimas entrevistas que concedió hablaba muy bien de mí como crítico. Por eso lo cité en mi blog. Es uno de los regalos que me ha dado esto de escribir, conocer a un tipo tan grande, en todos los sentidos, como Fogwill y saber que a él le gustaba mi trabajo.

PM: García Márquez nos deja con la duda de ese cóctel de ron que Graham Greene le preparaba. Pero en libro parece que has estado con él. De ser así, ¿qué roncito es el que mojó la conversación y dónde tuvo lugar esta? (Si me puede describir un poco cómo fue, perfecto).
AJM: Me halaga que al leer el libro alguien crea que he estado con García Márquez. Nunca he estado con él en persona, lo he hecho mil veces al leerle, pero nunca he charlado con él. Supongo que sería una experiencia agradable. Yo leí a García Márquez como un obseso durante muchos años, hoy ya un poco menos, pero puedo recitarte las primas frases de “Cien años de soledad”, por ejemplo. Y hay libros suyos, como “El coronel…” o “Crónica…” que me parecen imprescindibles para la literatura del siglo xx. Pero no, no se he tenido la suerte de charlar con García Márquez. Lo haría sin problema, con un café o un té incluso –creo que él no es tampoco de mucho beber, y menos ahora-, si se diera la ocasión. Mira a ver si está en tu mano hacerlo. Luego te lo cuento todo.

PM: Hemingway nunca falta a estas citas, ¿qué es para usted lo más atractivo de este escritor, modelo siempre en artículos donde se habla de la buena vida?
AJM: No sé si Hemingway es un ejemplo de “autor de la buena vida”. En París era pobre como una rata, por ejemplo. Y vivió muy bien más tarde, entre otras cosas, porque tuvo la astucia de irse a Cuba primero, y más tarde vivir en el campo, donde la vida es menos dispendiosa. De todos modos, lo que siempre me ha parecido más atractivo de Hemingway, y quizás de algún modo en ese sentido sí que me haya servido de modelo, es su enfoque de la vida literaria. En no seguirla para nada, saltarse los márgenes y hacer otra cosa, pero no seguir eso que se ha llamado “la vida literaria” que, como decía Unamuno, “o es vida, o es literaria”. Cuando era joven la gente no se explicaba cuándo escribía, porque lo veían siempre al pie del cañón, allí donde hubiera algo que ver o que vivir, pero lo hizo, muchísimo. Cualquiera que lo haya leído (porque a los escritores, repito una vez más, hay que leerlos antes de nada) habrá comprobado que no es sencillo escribir así, que eso surge del trabajo, de muchas horas frente a la máquina de escribir. Más tarde llevó una vida que es la más deseable del mundo: tener tranquilidad para escribir, para vivir con su mujer y criar a sus hijos, y disfrutar de la vida con los amigos. Eso es lo que hizo en Cuba primero y en Idaho más tarde.

PM: Tras haberse documentando tanto, ¿una borrachera de libro que recomendaría especialmente? ¿Y una novela relacionada con la bebida?
AJM: Bueno, vamos a aprovechar la visibilidad de una entrevista para reivindicar un libro un tanto olvidado: “A esmorga”, del gallego Eduardo Blanco Amor, que se tradujo por parte del propio autor como “La parranda”. Hace poco la han reeditado, así que no es complicado conseguirla. Por otro lado, aprovechando también que en breve se pondrá de moda por la adaptación que ha realizado Michel Gondry, recomendemos “La espuma de los días”, de Boris Vian, donde aparece un instrumento, inventado por el protagonista, llamado pianoctél, que genera combinados desde las piezas musicales que se tocan en él, asignando cada nota a un licor o aroma y la duración de las notas a las cantidades. Dan ganas de tener uno así en casa. Ni qué decir tiene que tanto Vian como Blanco Amor pasarán a formar parte de la nómina de “Mezclados y agitados” si puede ser reeditado.

PM: ¿Quién es ese gran bebedor al que usted admira y por qué lo admira?
AJM: No admiro a nadie, ni lo he admirado, por ser bebedor. No sé si llegaré a admirarlo. Pero quien siempre me sorprendió fue Félix Romeo. Sabía donde estaba el bar más cercano, las barras más divertidas, los mejores sitios. Era quien cerraba los bares y lo hacía en pleno dominio de sus facultades. Y al día siguiente estaba en pie el primero sin asomo de resaca. Esto lo convertiría ya en alguien único, pero es que además era capaz de hablar de libros raros, que había leído o tenía perfectamente ubicados, de libros que todo el mundo ha leído dando un enfoque original y poco frecuentado, y además ser atento y cálido en todo momento. Cuando publiqué mi primera novela él mismo me la pidió, se me acercó y me dijo si ya tenía ejemplares porque suponía que ya había salido. Nunca admiraré a alguien por bebedor, lo admiraré por su condición humana. Félix Romeo estaba muy por encima del resto. Hay otros, pero están vivos, así que no daré sus nombres para que no se sientan azorados.

PM: ¿El cóctel más curioso con el que se ha encontrado y qué escritor lo tomaba y en qué consistía?
AJM: No me he encontrado con cócteles demasiado curiosos. Sí con cócteles originales, una de las cosas más bonitas de la coctelería es que es, también, un espacio de creación. En España, donde somos muy bebedores, paradójicamente somos poco cocteleros. No me imagino una sección de coctelería en un periódico español como la de la revista dominical del New York Times, ni un museo de la coctelería como el que hay en Nueva Orleans, por ejemplo. Tengo una amiga aquí, en NYC, Nerea, que es una bartender de primera, y cuando no tiene mucho trabajo se dedica a hacer pruebas e inventar cócteles, tiene varios que en algunos casos son variaciones de combinados más frecuentes y en otros son más rompedores. Yo me he visto probándolos, muy contento de la vida. No sé si eso me califica como escritor al que le has visto tomarlos. Algunas veces comentamos que deberíamos ponernos a hacer un libro con sus recetas originales como punto de partida, un modo distinto de hacer literatura, quizás ese se termine llamando “Literatura de bar”, o, mejor todavía, “Cóctel de escrituras”, quién sabe, hay tantas cosas que pueden pasar en un bar.

Marta Caballero. El Cultural.es
Marta Caballero: ¿Hasta qué punto crees que la literatura es deudora del alcohol?
Antonio Jiménez Morato: No creo que la literatura sea deudora del alcohol, si uno lee el libro comprobará que muchos textos han nacido, sí, de épicas borracheras y de estados alterados, quizás la literatura de Lowry sea el ejemplo más contundente al respecto, o la de Faulkner. La cita idónea para esta cuestión sería la de Hemingway, que tanto se recuerda al hablar de estos asuntos: Escribe borracho, corrige sobrio. La idea es que la creación necesita libertad y la embriaguez, a veces, puede ofrecer la desinhibición necesaria para que esa libertad tenga lugar. Porque la libertad es un espacio, no es un estado. Pero no me gustaría que se lea el libro como una apología del alcohol en la creación literaria en particular y artística en general. Precisamente en el libro hay autores que no beben nunca. La idea era más generar un enfoque distinto al habitual para hablar de literatura. Un punto de vista más festivo y desenfadado, donde se ponga el acento en lo que tiene la experiencia literaria de divertido y socavador frente al discurso más adocenado y solemne que solemos escuchar.

MC: ¿Qué cóctel habla mejor de qué escritor?
AJM: No entiendo muy bien esta pregunta, eso debo advertirlo de inicio. Aún así ensayaré una respuesta. La mayoría de los escritores no saben de cócteles. Suelen pedir siempre lo mismo: un whisky, un vodka, un ron, una ginebra. Y las combinaciones más comunes. Nada más alejado de esa idea de sofisticación que ofrece la coctelería que un escritor al uso, más cercano a cualquier profesional de los oficios manuales que, tras una jornada de duro y esforzado trabajo eminentemente físico se relaja con un poco de alcohol en la barra de un bar. El escritor es así en la mayoría de los casos. Lo que sucede, por otro lado, es que en el mundo literario y los encuentros que se generan a su alrededor (presentaciones, fiestas, entregas de galardones, etc.) la presencia del alcohol es constante. Pero no creo que haya un alcohol o un cóctel más adecuado que otro, o uno que calce especialmente con un autor. Además, en la variedad está el gusto, seamos promiscuos y experimentemos tantos cócteles como lecturas o escrituras...

MC: Consideras que el volumen es una fiesta y me imagino que, en cuanto a tal, te reservas el derecho de admisión. ¿Se te ha quedado mucha gente fuera? ¿Por qué, de entre toda la historia de la literatura, has elegido a estos y no a otros autores?
AJM: No, no me lo reservo. No me gusta, de hecho, la idea de fiesta al uso. Ya sabes, muchedumbres alocadas, música a todo volumen y demás. Si alguien piensa en esas macrofiestas y la relaciona con mi libro, mal negocio. No, en esta fiesta no hay aforos ni se necesita seguridad, no hay concecjales implicados por acción u omisión ni ofrece negocio alguno para los más taimados. Tampoco es la fiesta de Hemingway, esa "fiesta portátil" con la que bautizó sus memorias parisinas (que en España, como sucede en tantas ocasiones, se tradujo de modo inexplicable como "Paris era una fiesta"). No, cuando yo hablo de fiesta me refiero a una fiesta íntima, tan privada que requiere tan sólo de una persona, y es la que se produce cuando alguien abre un libro y se entrega a él. A muchos podrá parecerles una fiesta anodina, pero es porque saben poco de ella. Es por eso que las campañas de promoción de la lectura me parecen muy hipócritas, porque le quieren vender a la masa no lectora la idea de que leer es agradable y en realidad a la gente no le gusta que el que esté al lado lea, porque está en una fiesta a la que él no ha sido invitado, se aisla de lo que tiene alrededor porque está disfrutando ahí, a veces incluso formándose o transformándose -que es lo que el poder teme más, el hecho de que en estas fiestas uno se libera de verdad- y eso no gusta. La mejor campaña de promoción de la lectura sería prohibirla, porque la convertirían en una de esas macrofiestas con aforo sobrepasado a las que la gente desea ir, una macrofiesta hecha de multitud de fiestas pequeñitas. Por eso no la prohiben, la promocionan, para que a la gente no le resulte atractiva y no la practiquen. 

MC: ¿Con cuál de ellos te beberías un trago más gustosamente y por qué?
AJM: Me lo bebería con los que se han quedado fuera del volumen. Tanto los que lo han hecho porque no cabían más (o, mejor dicho, no había tiempo de introducir a más y llegar a la fecha prevista de edición, aunque ya estaban seleccionados fragmentos de su obra y quizás entren en una hipotética futura edición donde se pueda ampliar el libro: Villoro, Puig, Piglia, Castellanos Moya, Donoso, Di Benedetto, Emar, Ibargüengoitia, Levrero, Lezama, Molloy, Pauls, Chejfec, Enrigue, Luiselli y tantos más..., por fortuna con muchos de ellos comparto tragos en mi vida, así que en ese sentido no me da tanta pena), como los que solicitaron ser excluidos de la lista por no comprender bien la idea del proyecto, que no es la de hacer una nómina de escritores con problemas de alcohol (y, en este caso, como es perfectamente comprensible, me guardaré los nombres). De todos modos, por suerte, vivo en una fiesta perpetua porque me paso la mayoría del tiempo leyendo. De no ser tan parecido al título del libro de Vargas Llosa este libro se habría podido llamar muy felizmente La fiesta perpetua.

MC: Entre tanta corrección política, ¿crees que el alcohol ha perdido peso en la literatura o, al contrario, son dos elementos que van a caminar siempre de la mano?
AJM: Creo que la incorrección política es algo constante y que la relación es y será perenne en nuestro país porque la clase política no tiene educación alguna. Ni vergüenza. En España tenemos que soportar la figura de un expresidente de gobierno, el más prolífico como autor si uno le echa un vistazo al registro del ISBN, que se lanza a ejercer de escritor con unas memorias que recuerdan mucho a las declaraciones que hizo borracho sobre las leyes destinadas a regular la conducción bajo los efectos del alcohol y otras sustancias. Partiendo de ese punto, qué te voy a decir, no creo que haya mucho espacio para lo políticamente correcto. No debería haberlo, sobre todo si se trata de hablar de ciertas cosas. Ya sé que no me preguntabas por esto, pero responder así es más interesante, ¿no crees?

06 agosto 2012

Diamela Eltit: "Todo libro porta una cuota de fracaso"

Dar con Eltit es complicado. Vive entre Santiago y Nueva York, da clases en ambas ciudades y rechaza muchas de las entrevistas que le piden porque no las considera oportunas o adecuadas. Cuando, una vez en Estados Unidos, acepta, puede resultar que el jet lag le juegue una mala pasada y se vea obligada a posponer la cita unas horas. Entrevistar a Diamela Eltit (Santiago de Chile, 1949) es, usando una palabra con la que ella se define, tortuoso. Ella prefiere que sus libros hablen por sí mismos. "Yo me dediqué en verdad a lo literario. Tengo una relación con la literatura radical. Me he dedicado a la producción. No hago promoción, no estoy ligada a grupos, no pertenezco a redes por así decirlo. Porque salió así. El resultado es lo que habla. No tengo agente literario y los libros han surgido siempre de manera espontánea. He sobrevivido a esa maquinaria porque he estado más ligada a la producción del libro que a la recepción, demasiada centrada en escribir en el sentido más entero del término. Quitándole tiempo al tiempo para escribir. Y la parte más glamurosa y social no la he cultivado. Cuando he rozado esa esfera me he preguntado si podría estar bien conocerla pero, al final, todo eso no está ligado con mi deseo y uno está donde quiere estar".
Nadie más alejado, pese a lo que dejarían traslucir estas palabras, de la idea del artista en su torre de marfil que Diamela Eltit. Antes que de libros prefiere hablar con fervor de las protestas estudiantiles de su país, apuesta por una universidad pública y gratuita, o de las que considera justas reivindicaciones de autonomía de los indios mapuches, critica duramente las encarcelaciones a que se ven sometidos sus líderes. También quiere saber más sobre la crisis de España y las noticias que le llegan desde Europa. En su país, Eltit no es una opinión de referencia tan solo en el arte, también de lo político. Tanto su temprana pertenencia al Colectivo de Acciones de Arte (CADA) como su primera novela, Lumpérica, la situaron en primera línea de la resistencia intelectual contra la dictadura de Pinochet. "CADA es una mezcla de especifidades. Su objetivo era reterritorializar desde el conjunto de saberes, sin superponer ninguno a los demás. Haciéndolo además bajo una dictadura. Algo que los españoles también conocen. Y trabajamos la ciudad, la ciudad dictatorial concretamente. Coincidía con el libro que yo estaba escribiendo, que transcurre en una plaza, y no una plaza cualquiera, sino aquella controlada por la dictadura. Pero, además, el grupo pretendía interrogar los límites de cada una de sus prácticas: la literatura, las artes visuales y la sociología. En aquella época yo pensaba que el libro tiene limitaciones muy altas, pensaba en un afuera del libro y en la insuficiencia del formato frente al deseo de la escritura. CADA era esa pregunta crítica. Era interesante y radical, porque las acciones se firmaban colectivamente. Pero nosotros no sabíamos que el CADA iba a ser el CADA, porque tú no sabes cuando estás viviendo las cosas la dimensión que alcanzan. Política y literariamente hasta hoy resuena. Sigo pensando en la cuestión interdisciplinar, pero no tanto como formato sino como radicalización. Sigo pensando que se deben seguir haciendo preguntas desde el cruce".
Eltit se contruye ante todo como lectora. A los 18 años había leído todo Marx, Freud y el Ulises de Joyce. Quizás por eso no publicó su primera novela hasta cumplidos los 34 años. "Llegar al libro fue lo más difícil porque carecía de toda ingenuidad, eso fue complejo para la mente tortuosa que yo tengo. CADA estuvo dentro de ese período. Y esa novela estaba lo más cerca del deseo de escritura que yo tenía en esos años. Pero me sorprendió su recepción. Yo no la pensé tan excéntrica. Mi formación venía de la letra y me asombró la respuesta que generó. Se entendió como un libro complicado y mis preocupaciones críticas y teóricas generaron desconfianza. Todavía hoy soy un sujeto áspero. Pero nunca me ha importado mucho. No me sentí una persona importante en ningún punto. Siempre he sido hacedora y tenía un objetivo: escribir. Ese es mi espacio más intenso y necesario. Y las otras cuestiones podían detener esos flujos".
La escritura incesante y la lucha que caracteriza su obra, ese delirio de la escritura como herramienta para pensar el mundo, la han colocado siempre en el margen, no ya social, sino ante todo artístico. Varias veces a lo largo de la charla celebra el afortunado azar de ser publicada en una editorial llamada Periférica, que ha empezado a presentar su obra en España con Jamás el fuego nunca, publicada en Chile en 2007. Eltit se expone en cada libro. Y presume de fracasar siempre. "Entre el deseo del libro y el libro hay un abismo. Todo libro porta una cuota de fracaso. Por eso la literatura es un territorio de la imposibilidad. Eso lo sabemos todos los que escribimos, y si no lo sabemos estamos jodidos. Pero esa cuota de fracaso es la que te lleva a otro libro. Porque si uno no fracasara pues ya se acabó, ya no hay nada más. Yo sigo trabajando en esa línea, en esos fracasos que son bastante interesantes. Hasta ahora no he dejado de fracasar".
Bromea con la posibilidad de que su influencia en la literatura chilena pueda ser más viral que de otro tipo, es la Lumpérica que arrastra, dice entre risas, y afirma que se considera ante todo una buena lectora de signos. Pero tiene claro que quiere seguir fracasando hasta la tumba. "Un texto te quita la vida. Cuando escribes entras en un territorio donde no estás ni vivo ni muerto. Un territorio muy complicado donde dejas de vivir. También por eso he escrito, porque me interesa dejar de vivir. Me parece apasionante esa posibilidad de dejar de vivir, porque en algún lugar la vida me parece hasta insoportable. El gran desafío para un escritor es que su mano no muera nunca, o que no muera antes de la muerte biológica del sujeto".
Entrevista aparecida en el suplemento Babelia de El País el día 2 de junio de 2012
Fotografía Pablo Sanhueza, El Mercurio

20 julio 2012

Vidas paralelas


uno. Desde que Verlaine publicase el libro Los poetas malditos el concepto del artista no reconocido por la sociedad, que malvive dentro de un ambiente bohemio o que sufre una vida trágica ha proyectado su sombra sobre la creación artística. Tan importante y productiva ha sido el malditismo que, en muchos casos, el único mérito que se ha esgrimido para defender a un autor ha sido su existencia desgraciada o un estilo de vida alejado del modelo burgués, sin valorar de un modo serio y ponderado el alcance de su producción. Hoy, que han pasado ya más ciento treinta años desde la publicación de aquel libro precursor, podemos afirmar que algunos de los allí recogidos y analizados son no sé si malditos, pero desde luego no fundamentales para entender la lírica de su tiempo o la posterior. Otros sí, y si lo son no se debe a esas circunstancias extraliterarias por las que se vieron, de algún modo, congregados a aquella reunión.

dos. La pose literaria es, como todo el mundo sabe, tan importante como la obra para hacerse un lugar dentro de panorama artístico en vida y, por descontado, desde ese presente proyectarse en el futuro. Por eso, y es algo que se ha señalado de modo reiterado por muchos ensayistas, es muy frecuente contemplar la paradoja de un autor exitoso que juega a enmascararse u ofrecer la imagen de ser un maldito en vida. Hay tantos autores que cuentan con el beneplácito de la crítica, el aplauso del público y buscan, además, parecer malditos que la misma idea de un escritor maldito se ha tornado hoy, más ingenua e innecesaria que incómoda.

tres. Porque el maldito es, ante todo, incómodo. Cuando Verlaine extrae la idea del maldito del primero de los poemas de Las flores del mal, “Bendición”, no está hablando de un artista que es marginado por la sociedad, no que elige apartarse, sino que la doxa del momento no es capaz de asumir la heterodoxia de su pensamiento. Es al verse rechazado por la sociedad cuando el maldito comienza a generar su moral propia, que en muchos casos pasa, necesariamente, por la negación de lo que la moral imperante considera apropiado. Es entonces cuando el creador marginado se sumerge en el entorno de los otros marginados sociales, la bohemia, como un espacio donde no es cuestionado, aunque, y no deja de ser doblemente frustrante para el artista maldito, la mayoría del lumpenaje que lo rodea sí que considera válidos los pilares morales burgueses.

cuatro. El libro Los malditos reúne diecisiete perfiles de escritores considerados como malditos escritos por otros diecisiete escritores que no lo son tanto. La duda que le asalta al lector desde el primer momento se refiere a los criterios Leila Guerriero, estupenda cronista ella misma, ha seguido tanto para seleccionar tanto a los retratados como a los retratadores. Dicho de otro modo, sería interesante saber si fue primero el huevo o la gallina, esto es, si Guerriero hizo la nómina de los perfilados y luego fue adjudicando cada autor a uno de los escritores o si la selección se basó más en los colaboradores del volumen y, cada uno de ellos, escogió al escritor objeto de su texto. Quién sabe. Pero sobrevuela sobre el libro, en todo momento, la duda de lo que se considera un “escritor maldito”. Por ejemplo, Adán vivió, sí, como un pordiosero debido a sus problemas mentales, pero desde muy joven fue considerado un poeta fundamental en su país. Algo parecido sucede con Alejandra Pizarnik, tan estimada en vida, que sufrió mucho debido, en buena medida, a sus enfermedades psicológicas. En realidad cuando uno transita por el libro va convenciéndose de que, quizás, habría sido más acertado llamarlo “Los desgraciados” ya que todos coinciden en la profunda infelicidad con la que vivieron.

cinco. Finalmente, lo relevante de un libro no es de quién habla, sino cómo se habla de ellos. Los malditos es un libro irregular, como sucede siempre cuando se reúnen textos de diversa procedencia y con distintas voces. En este caso son dieciocho, los diecisiete perfiles y el prólogo. Los hay más y menos logrados, y no siempre tiene que ver con el trabajo y esfuerzo que cada uno evidencia. Los hay en los que el autor demuestra haber leído muchos libros de y sobre el protagonista de su perfil, pero no logran atrapar al lector. Otros son más refrescantes y seductores, y en algunos casos no parecen haber requerido mucha más elaboración que los más aburridos. Alan Pauls escribiendo sobre Jorge Baron Biza está estupendo, lo mismo sucede con Daniel Titinger en su perfil de Martín Adán, Edmundo Paz Soldán sobre Jaime Saenz, Graça Ramos sobre Samuel Rawet (la traducción,por otro lado es muy plana, dan ganas de haber podido disfrutar del texto original), Rafael Lemus sobre Jorge Cuesta, Marco Avilés sobre César Moro o Mariana Enríquez sobre Alejandra Pizarnik, y el prólogo de Guerriero tiene pasajes de una rotundidad y belleza incuestionables. Los otros son textos válidos, pero no enamoran al lector con los protagonistas.

seis. Con todo, hay un detalle que resume, en buena medida, el enfoque y logros del volumen. Sería, por así decirlo, la idea de un pensamiento periodístico, al desplegar una mirada sobre la literatura está siempre tamizada por la mirada del cronista. Y lo verdaderamente sorprendente es que muchos de los autores de los perfiles, de algunos de los más logrados de hecho, son autores cuya trayectoria los relaciona más con la ficción que con el reportaje. Eso da mucho que pensar, por ejemplo, sobre la explosión de la no ficción y, sobre todo, en los cambios que en el paradigma narrativo se están produciendo dentro del ámbito hispanohablante. Los malditos es, en resumen, un libro concebido y construido desde una mirada más cercana al periodismo que a la crítica. Ahí se explican sus fallos pero, sobre todo, los rotundos aciertos que alberga.

Leila Guerriero (Editora), Los malditos, Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2012
La fotografía es de Ourit Ben-Haim y pertenece a su proyecto Underground New York Public Library

19 julio 2012

Evguénie Sokolov, de Serge Gainsbourg



El autor Gainsbourg, una de las grandes figuras de la canción francesa, quizá el que mejor ha soportado el paso del tiempo, supo crearse varias personalidades para enmascararse frente a la presión mediática. La del cantautor irónico, la de la figura contestataria y la de un pintor excéntrico que sabe sacar partido a su principal defecto.

En síntesis Sokolov, trasunto del propio Gainsbourg, es un pintor que contempla perplejo el éxito de su pintura “flatulenta”. Sus expulsiones de gases son tan estruendosas que un día se le ocurre coger un pincel al mismo tiempo que comienza a expulsarlas. El éxito, el mundo del arte, los discípulos, todos reunidos en un ambiente pútrido.

Cita En los días siguientes, los críticos hablaron de hiperabstracción, de insistencia estilística, de misticismo formal, de certidumbre matemática, de tensión filosófica, de rara euritmia, de lirismo hipotético-deductivo, otros de estafa, de farol y de cagada.

Comentario Irónico, divertido, Gainsbourg supo leer el turbio panorama artístico de su tiempo, entregado ya el mercado, y devolvió una ingeniosa crítica que puede entenderse como simbólica o mordaz. Permanece el sentido cáustico de las letras del cantante y lo comprometido de su figura social. El prólogo, indispensable para los que desconozcan al autor, es espléndido. 
 

17 julio 2012

Huida sin fin


Soma Morgenstern conoció a Joseph Roth cuando tenían diecinueve y quince años respectivamente. Ambos habían nacido en Galitzia, de familia judía y se dedicarían a lo largo de su vida al periodismo y la literatura. Ahora se reedita un libro único, una perla porque no sólo por ser un libro maravillosamente escrito, sino porque es un testimonio excepcional de la vida de Roth y su entorno: “Huida y fin de Joseph Roth” (Pre-Textos). En él Morgenstern retrata la amistad que los unió y el progresivo deterioro físico provocado por el alcoholismo que llevó a Roth a la tumba cuando tenía tan sólo cuarenta y cinco años. Sorprende, si uno lo ve en las fotografías, conocer que murió tan joven. En ellas se aprecia la exacta descripción de su amigo: un enorme bigote, canoso, hinchado por el exceso de alcohol y la falta de comida. La vida de ambos fue, en realidad, una continua huida. En las notas del libro –por cierto, la edición de Ingolf Schulte es excepcional- se incluye un curioso detalle. Tanto Roth como Morgenstern incluyeron la palabra flucht (huida, fuga) en los títulos de varias obras. No es casual. Galitzia formó parte de más de cinco estados durante la vida de Roth, tenían varios pasaportes que usaban según sus necesidades, y se pasaron la vida huyendo. Morgenstern, que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial, se exilió a Nueva York, donde murió desconocido por todos y con sus libros desaparecidos en las librerías alemanas. Roth murió antes de que los nazis invadiesen Polonia, por lo que se ahorró un episodio más de su personal fuga sin fin. En la obra de Roth se percibe una nostalgia constante del ideal europeo que supuso el Imperio Austrohúngaro, la idea de una Mitteleuropa unida en la que había libertad de circulación y donde nadie era perseguido por su religión –la presencia del judaísmo es constante en la obra de Roth-, se hizo aún más idílica a medida que se alejaban de la caída de imperio. Leyendo la idea del mundo que tiene Roth se puede entender el ideal austrohúngaro como precursor de ese Mercado Común transmutado en estado con proyecto constitucional en el que vivimos. En cualquier caso, lo más interesante del libro es que rescata los ideales fundamentales de Roth. Por un lado la claridad: prefería los periodistas a los escritores, se burlaba de los escritores para escritores, y siempre despreció a los que se dejaban llevar por la retórica o el hermetismo. Un buen ejemplo es el momento del libro en que se narra como el hijo adolescente de Morgenstern le dice a Roth que le gustan sus libros porque entiende todo. Por otro la nostalgia del ideal habsbúrgico que quizá ha provocado que, en el actual panorama de recuperación de autores de la primera mitad del siglo pasado, el lector pueda confundirse. Poco tiene que ver Roth con la facilidad superventas de Zweig –ojalá los autores de best-sellers supieran escribir hoy como lo hacía Zweig-, o con el delirio kistch de Marái –recuperado por su aroma a naftalina, como un sofá estampado de Cuéntame-, su obra ha sido siempre exaltada por los que buscan en un libro algo escaso: verdad.

"La marcha Radetzky" (1932) es la obra maestra de Roth. Reeditada en diversos formatos por Edhasa. La identificación entre el emperador Francisco José y la familia Trotta, cuyos caminos se cruzan por primera vez en la batalla de Solferino, le sirve a Roth para retratar el esplendor y declive de un mito utópico, el del Imperio Austrohúngaro y la Finis Austriae.

Roth siempre presumió de su faceta periodística. "Viaje a Rusia" (Minúscula) reúne las crónicas del viaje que realizó a la Rusia posrevolucionaria en 1926. Lo que presenció durante su visita le desencantó del ideal comunista, con el que estaba muy ilusionado en la época. En el libro señala que el antisemitismo impidió a Trotsky tomar el control del partido comunista.

La editorial que más ha apostado por devolver a las librerías en ediciones actuales a Roth es, sin duda, Acantilado. Desde la indispensable “La cripta de los capuchinos” hasta los títulos recién editados: “La rebelión” o “Judíos errantes”, son doce los libros, de narrativa y ensayo, que ha editado ya. Y, afortunadamente, no parecen tener intención de detenerse. Agradezcámoslo.
 Este artículo apareció durante el mes de abril de 2008 en el diario Público

15 julio 2012

Literatura escatológica


Mientras para algunos son un lugar que no se nombra y del que se habla por alusiones, para otros son las mejores salas de lectura. Es el caso de Belén Sánchez y Pablo Macías, los autores de “Al fondo a la derecha”: “tenemos esa bella costumbre, es una forma sencilla de mejorar un acto cotidiano”. Para ellos se ha convertido en una obsesión: los iconos de baño. “Siempre nos ha interesado mucho el binomio funcionalidad-estética. Y desde luego, los iconos de baño se pueden considerar como unos de los más marcadamente funcionales. La gente únicamente va buscando el lugar donde tiene que entrar, y sin embargo, en algo así también cabe la estética.” Uno puede salir de viaje y fijarse en los monumentos o en el paisanaje, pero este libro da a entender que sus autores han visto en los iconos una síntesis de ambas opciones. “En nuestros viajes visitamos muchos más baños que museos. Tenemos más fotos de iconos que de nosotros mismos. Husmeamos las ciudades en busca de nuevos iconos. Y es un mal contagioso, todo aquél que tiene el libro, ya no ha vuelto a mirar las puertas de los baños públicos con indiferencia. Además hemos desarrollado un radar especial. Allí donde aparece un icono de baño somos capaces de verlo aunque esté en el fondo de una foto o salga en una secuencia de una película.” A fin de cuentas, los vemos todos los días y, salvo que la necesidad nos pille en casa, hay que dejarse guiar por dichos iconos. Están presentes en nuestra vida de un modo abrumador, pero parece que nadie repara en ellos. “Desde luego se pueden hacer lecturas y análisis más profundos que el meramente estético a la vista del material que hemos recogido para el libro. Toda representación gráfica es reflejo de la cultura local, y esto se extiende inevitablemente a la iconografía del baño. Pero también es cierto que la globalización ha llegado incluso a los iconos de los baños. Nos hemos encontrado un mismo icono en un baño de Nueva York, en París y en un bar de carretera de Badajoz.” Han reunido un catálogo amplísimo de 256 iconos recopilados en quince países en un libro-objeto que, irónicamente, consideran pensado para ser leído únicamente en el retrete, de ahí en nuevo concepto que han acuñado: el WCBook. “Solemos comentar que padecemos el síndrome de Diógenes digital, así que material para una segunda parte tenemos. Y seguimos haciendo fotografías… Pero probablemente no se materialicen en otro WCBook. Ahora estamos centrados en profundizar más en el proyecto. De hecho, estamos trabajando en una exposición para darle un carácter más artístico y explorar, más allá de la fotografía, el concepto funcionalidad-estética.” Como es muy posible que este libro cambie tu visión del mundo, o al menos de los retretes, el libro se acompaña de un desplegable que indica la ubicación de cada uno de los iconos del libro. ¿Turismo escatológico?: “Pues parece ser que es nuestro caso. En nuestros viajes visitamos infinidad de servicios. Aunque nos conformamos con llegar hasta la puerta, no entramos a menos que tengamos una necesidad fisiológica. Desde luego, existe el viajero curioso, el que disfruta traspasando las fronteras que marca la guía, el que mira siempre un poco más allá. Nuestra mirada se detuvo a las puertas de lo escatológico, y quién sabe si será el viaje estrella del verano que viene. ¡Nuestro libro sería la guía turística perfecta!” Con la experiencia, ¿han diseñado los iconos de su baño? “Diseñado, no…Encontramos en un mercadillo de Bruselas dos iconos de lo más barroco que ahora decoran nuestra puerta.”
Este artículo apareció en abril de 2008 en el diario Público

13 julio 2012

Íntimo y personal, sobre Sr. Chinarro


¿Por qué después de más de quince años de carrera un grupo se convierte en una referencia generacional? No basta con que “Del montón” sea pegadiza, no basta con tener el apoyo de una discográfica y los medios para llegar, cada día, a más gente. Quizá la respuesta esté en la honestidad de las canciones y la hondura de la propuesta de Antonio Luque. Frente a lo superficial y voluble del mercado discográfico, que cuando algo funciona comercialmente se dispone a lanzar un ejército de propuestas clonadas, o ante los productos prefabricados bien sea en programas de televisión o por parte de productores que imponen sus criterios a intérpretes que son meras marionetas, las canciones de Señor Chinarro destilan autenticidad a raudales.
Además, la sensibilidad de Antonio Luque es única dentro del panorama español. Hace canciones pop con letras profundas y sugerentes –nada que ver con los balbuceos o intrascendencia de la mayoría de sus coetáneos-, y se le considera un cantautor sin hacer las típicas canciones pegado a una guitarra y que parecen pensadas para el festival de la OTI –esas canciones ubicadas entre la progresía de palo y el lirismo baboso de un quinceañero-.
Y todo eso tomó cuerpo en el concierto íntimo –qué lujo poder asistir a un concierto así- del Colegio de Médicos. Arropado por batería, bajo y guitarra, protegido por una acústica, fue repasando algunas de las canciones más celebradas de sus dos discos anteriores –“El fuego amigo” y “El mundo según”- y presentando en directo buena parte del recién lanzado “Ronroneando”. Todo los que han seguido la trayectoria de Señor Chinarro saben de los conciertos accidentados de sus inicios. Pero eso ya ha quedado atrás, ahora suena siempre correcto, las canciones se suceden impecables –salvo un en la que Luque no terminó de entrar en el ritmo de tuna con que la tocaron- y se permite incluso bromas sobre la necesidad de afinar a la perfección las guitarras.
Cualquiera con oído y criterio sabe que Señor Chinarro son un de las referencias musicales actuales, lo que acudieron al concierto lo firmarían sin dudarlo. 
Aparecido en el diario Público en abril de 2008

11 julio 2012

Chirbes y Maillard, premios de la Crítica 2008




Una de las novelas más interesantes de los últimos años, que mejor han sabido hablarnos de la sociedad española entregada a la especulación inmobiliaria y en la que la superficialidad se ha hecho dueña y señora de las relaciones sociales, es Crematorio, de Rafael Chirbes. Lo único que justificaba la falta de un mayor reconocimiento por parte de los medios es su mirada insobornable, incómoda en su representación del mercado en el que hemos convertido nuestra vida y del que viven muchos de esos medios. La escasa atención del público se explica por el desconocimiento masivo de su obra, y el jurado del premio de la Crítica ha explicitado que uno de los motivos de premiar esta novela es llamar la atención sobre la trayectoria de un autor comprometido con su época y que ejerce de mo insobornable su compromiso ético y estético. Porque una de las razones por la que se ha soslayado la voz de Chirbes es su mirada realista y natural del mundo que le rodea, pero esa mirada se sostiene en la novela premiada por una estructura trabajadísima y un estilo que destaca precisamente por su transparencia, por la capacidad de transmitir pensamiento, frente a la grasa retórica que suele valorarse por estos pagos.
Chantal Maillard goza dentro del mundo lírico con un prestigio más indiscutido, sobre todo porque ha logrado aunar el reconocimiento crítico con el éxito popular –se han editado libros suyos con fajas promocionales, al estilo de los best-sellers-. La obra de Maillard destaca por su singularidad. Influida por el pensamiento oriental, entregada a una profunda reflexión sobre la filosofía dentro de la poesía y el lugar de esta en el mundo de hoy, como se puede ver en sus diarios.
Este año toca dar la enhorabuena a premiados y jurado: han acertado.

Aparecido en el diario Público en abril de 2008

09 julio 2012

Proyectos de pasado, de Ana Blandiana


Cada uno de los cuentos de Blandiana nos obliga a cuestionar no ya las ideas preconcebidas sobre este género o nuestra concepción del mundo, sino la función y la necesidad mismas de la escritura y la palabra.

Citas “Al fin y al cabo, el hombre más rico del mundo no es el que más come o el que mejor viste, sino aquel que puede hacerlo en todo momento.”

El autor Otilia Valeria Coman vivió, a través de la condena y muerte de su padre, las injusticias de una dictadura. Se le negó el derecho a estudiar en la universidad por ser la hija de un “enemigo del pueblo”. Adoptó como apellido el nombre del pueblo de su madre y, con tan sólo veintidós años, publicó su primer libro de poemas. Viajera infatigable como periodista –participó en el Mayo francés-, en los años setenta fue hostigada por la censura, que llegó a confiscar todos sus libros. También su labor lírica ha sido internacionalmente reconocida.

Síntesis Los invitados a una boda son detenidos y exiliados en diversos páramos de la geografía rumana donde aprenden a sobrevivir. Un delfín muerto escucha, varado en la playa, como unos hombres y niños dudan de su autenticidad. Una profesora universitaria decide criar pollos en su casa para evitar las colas de racionamiento y el hombre que la abastece de miel le vende a buen precio una docena de huevos. Los estupendos cuentos del libro cuestionan la oposición entre ficción y realidad.

Comentario Una de las realidades más terribles que nos ha enseñado la historia es que, frente a la fugacidad del presente y la rigidez del futuro, tan sólo el pasado puede ser, en realidad, objeto de transformación.  
¿Hasta qué punto nuestra vida no es más que una continua reformulación de nuestro pasado? Los cuentos de Blandiana giran en torno a esa hipótesis, a la pertinaz sospecha de haber cometido una falta, un error, que estamos obligados a purgar de un modo u otro. La resignada aceptación de la condena que se impone a los protagonistas del cuento que da título al libro nos remite a dicha culpa. El castigo que se les impone, paradójicamente, les protege de sus vecinos, les da tiempo y excusa para desarrollar una estricta supervivencia, un día a día ajeno a las presiones de la sociedad. 
¿Hasta qué punto estamos preparados para asimilar la irrupción de lo extraordinario en nuestra vida cotidiana? En “Aves voladoras para el consumo” –posiblemente uno de los relatos más bellos que he leído-, donde una profesora universitaria se ve sorprendida por el nacimiento de una docena de ángeles empollados en su terraza sin intuir lo que realmente eran, se plantea la necesidad de la ficción y la imaginación para hacer frente a las situaciones más duras de la existencia. La aparición de lo fantástico en estos textos subvierte los tópicos a que estamos acostumbrados, en lugar de una brecha inquietante en la lógica causal aparece como un rayo de esperanza, una oportunidad para algo mejor. Quizá porque la opresiva realidad de la dictadura que persiguió a la autora invertía los términos habituales. ¿Cómo es posible que hayamos permanecido tanto tiempo sin la literatura de Bandiana?  
Ana Blandiana, Proyectos de pasado, Periférica, Cáceres, 2008
Aparecido en el diario Público en abril de 2008

07 julio 2012

Las conversaciones de César Aira




El autor Escribe todos los días una hora a mano en los acogedores cafés del barrio de Flores. Ha publicado más de setenta libros con los que ha trastocado el canon de la literatura en castellano. En una novela imaginó un ejército de Carlos Fuentes clonados conquistando el mundo. Como respuesta, Fuentes pronosticó que será premio Nobel en 2020.

En síntesis Cada noche, el narrador de esta novela reconstruye las cultas conversaciones que mantiene con sus amigos en un bar. Una de ellas, que gira en torno a una película entrevista la noche anterior mientras hablaban por teléfono, sirve como detonante de una digresión en torno a las relaciones entre la realidad y la ficción: el artificio de lo verosímil.

Cita “El atractivo de las conversaciones estaba ahí: en que el otro fuera realmente otro, y su pensamiento fuera impenetrable para el interlocutor.”

Comentario Frente a la novelística habitual: sólida, enraizada en la tradición moderna, arquitectónica y generadora de espacios; la obra de Aira propone una novela líquida, enraizada en las vanguardias aunque abandonando sus aspectos más anecdóticos y banales. Allí el lector, sumergido en una continua digresión, sale ungido de sensaciones y reflexiones imperecederas. Más que una trama: vida.   
César Aira, Las conversaciones, Beatriz Viterbo, Rosario, 2008
Aparecido en el diario Público en marzo de 2008

05 julio 2012

Misterio y maneras de Flannery O'Connor



El autor Al diagnosticarle el lupus con veinticinco años le concedieron cinco años más de esperanza de vida, aguantó casi quince recluida en la granja familiar, llamada Andalusia, dedicándose a la cría de pavos reales y la escritura. Su legado son dos novelas, treinta y un cuentos, su correspondencia y una serie de reseñas y artículos literarios.  

En síntesis La intensidad con la que tuvo que vivir entregó a O’Connor una visión única de la literatura, que se plasma en estos ensayos, recopilados a título póstumo por un matrimonio de amigos. Algunos textos, dedicados a su fe católica son prescindibles, pero otros son piezas fundamentales para entender el alcance de la literatura y su verdad.

Cita “En realidad, creo que en la literatura contemporánea pasan más cosas –con menos furor en la superficie- de las que nunca habían pasado en la literatura anterior.”

Comentario La honestidad de su obra, su querencia por la verdad, aparece de un modo intensísimo en las reflexiones aquí recogidas. Su visión de la narrativa como un camino hacia la revelación puede hacer olvidar que toda esa visión teológica expuesta en estos textos puede ser leída por un agnóstico como una exégesis intensísima de la literatura.  
Flannery O'Connor, Misterio y maneras, Encuentro ediciones, Madrid, 2008
Aparecido en el diario Público en marzo de 2008
En la fotografía , tomada en Iowa en  1947,  Flannery O'Connor aparece acompañada de Arthur Koestler (izquierda) y de Robert Macauley

03 julio 2012

Los Budenbrook, de Thomas Mann



Con esta nueva y cuidada traducción de la primera gran novela de Mann continúa la actualización de los títulos del premio Nobel que comenzó con La montaña mágica.

Citas “En mitad de una reunión compuesta de comerciantes y de hombres con estudios, se te ocurre decir bien alto, para que lo oigan todos, que, en el fondo, bien mirado, todo comerciante es un estafador…”

El autor En la historia de los Nobel hay más ausencias que aciertos en su concesión, pero si en algún momento atinaron fue al premiar la obra de Mann. Sus ambiciosos proyectos novelísticos son, por un lado, la culminación de la gran novela decimonónica, pero, al mismo tiempo, está presentando ya un nuevo modo de mirar y representar la realidad. Desde el fino retrato social e histórico de “Los Buddenbrook” hasta la capacidad simbólica y discursiva de “La montaña mágica”, se construye una de las trayectorias más sólidas e imperecederas de la historia.  

Síntesis Cuatro generaciones de una familia de comerciantes de Lübeck sirven para hablar de los cambios en la sociedad y en la familia a lo largo del siglo XIX. La degeneración de la raza desde los fuertes y luchadores fundadores del negocio familiar hasta los débiles e hiperestésicos descendientes, incapaces de conservar la empresa heredada, sirve como excusa para hablar de una época convulsa en la que nada parece cambiar de puertas afuera mientras que tras los visillos todo se va derrumbando.  

Comentario A todo lector le sorprende conocer que este libro fue publicado cuando su autor contaba tan sólo con veinticinco años, tras haber trazado un  atento, pormenorizado y portentoso retrato de la sociedad burguesa de su ciudad natal que, por no salir muy bien parados en el mismo, no gustó mucho a sus paisanos. Mann evidencia de un modo claro que, ya desde sus inicios, se estaba labrando la obra de uno de los escritores más importantes de todos los tiempos, destinada a transformar la concepción misma del hecho de narrar. Con esta nueva traducción revisada, que se edita acompañada de útiles añadidos como un árbol genealógico, un mapa de Lübeck y notas a pie de páginas aclaratorias –nunca exhibicionistas del saber de la traductora-, se devuelve a la actualidad una novela que, en realidad, nunca ha dejado de ser frecuentada por los amantes de la literatura. Cuando recibió el Nobel, los académicos suecos destacaron, lógicamente, de entre su obra este fresco histórico que es, de sus novelas, la más entroncada con las grandes novelas del siglo diecinueve –de hecho se puede decir que representa la sublimación de ese modo de entender la novela- frente a otras obras posteriores, más incómodas para ellos, que escapaban a al rígido canon académico del momento.
Pero, por encima de cuestiones que interesan en mayor o menor medida a los historiadores de la literatura, lo mejor de Los Buddenbrook es la novela en sí, llena de personajes únicos, escrita con una humanidad subyugadora y narrada con una de las prosas más bellas y tersas que se han escrito nunca. Sumergirse en esta novela, que permanece siempre actual y con plena vigencia, es un placer indescriptible.  
Thomas Mann, Los Budenbrook, Edhasa, Barcelona, 2008
Aparecido en el diario Público en marzo de 2008

01 julio 2012

Trabajos del reino de Yuri Herrera



El autor Fruto destacado del mestizaje actual de México, ese país que no olvida sus raíces pero que mira siempre al norte, Yuri Herrera ha publicado tan sólo esta novela, por la que ha sido recibido como una realidad –nada de promesa- de la literatura mexicana actual. Está llamado a poner voz a la frontera de Río Grande.   

En síntesis El Artista, un compositor de corridos, logra un hueco en la corte del Rey. Todo jefe de un cártel de la droga necesita difundir sus hazañas y mitificar en la memoria popular sus actos. Pero no cuenta con la fina mirada del Artista a la hora de contemplar, y mostrar, la vida de palacio.

Cita El Artista advirtió que la gente reparaba en él sólo cuando cantaba o cuando querían que alguien escuchara lo cabrones que eran.

Comentario Esta novela nos entrega una certeza: la importancia del mito, de generar una ficción que sobrevivirá a los recuerdos como fuente de la Historia. Demuestra que los mecanismos no han variado mucho desde el Renacimiento: el poder se sirve del arte para generar una imagen indulgente y satisfecha de sí mismo. Un libro único, cautivador.
Yuri Herrera Trabajos del reino Periférica, Cáceres, 2008
Aparecido en el diario Público el 8 de marzo de 2008 
La fotografía es de Daniel Mordzinski 

29 junio 2012

Amarillo de Félix Romeo



Del suicidio de su amigo, Chusé Izuel, Félix Romeo ha hecho algo más que sufrir por una herida todavía abierta, ha logrado construir un libro único sobre el misterio de la amistad.

Cita “También puedo decir que cuando estabas a punto de estrellarte contra la acera pensaste que el salto había merecido la pena, que a tomar por culo.”

El autor Más allá de su ingente y continua labor como colaborador de numerosos medios escritos, de su presencia en la difusión cultural a la dirección de La Mandrágora, o de hechos singulares como su aparición en la película Lumiere y cía, Romeo ha destacado ante todo como autor de dos novelas raras y valiosas: Dibujos animados y Discothèque, que le valieron el aplauso crítico y la atención de esos lectores que buscaban autores con los que superar la resaca de ese engendro aburrido al que bautizaron como Nueva Narrativa Española.

Síntesis Chusé Izuel se tiró del balcón del piso que compartía con sus amigos Bizén y Félix el 27 de febrero de 1992. Dejó escritas muchas colaboraciones en prensa y unos relatos inéditos que se publicaron póstumos bajo el título Todo sigue tranquilo. Este libro es un homenaje y una investigación en la que un amigo se pregunta algo más que los motivos del suicidio: ¿por qué esa muerte le alivió tanto y por qué se siente culpable de ello?

Comentario Cioran dijo que “Toda amistad es un drama oculto, una serie de heridas sutiles”, y precisamente este libro es, en sí, un inventario de heridas, de síntomas, que sirven al autor para tratar de diagnosticar la verdadera razón del drama: por qué no supo ver lo que estaba larvado. La búsqueda obsesiva de pistas, de marcas, de confesiones entre lo que ha quedado del amigo –sus cartas, sus textos, sus colaboraciones en prensa-, lleva al autor, al amigo, a encontrar avisos, advertencias premonitorias en todos ellos. ¿Hasta qué punto son, verdaderamente, llamadas de auxilio de una mente ya perdida, asfixiada de melancolía, o tan sólo imposturas creativas? Lo verdaderamente enriquecedor de este libro, más allá de la valentía y honestidad de Romeo de trabajar con materiales tan íntimos e hirientes, es el análisis casi obsesivo de la culpa. No se trata tanto de esclarecer el por qué, de hecho el narrador, que quiere saber, llega a elucubrar una teoría para ello, sino de librarse de la culpa, de asegurarse de una vez que no había una serie de gritos de ayuda en cada una de las palabras y de los gestos del amigo. Y la grandeza del texto radica en reconocer la incapacidad del mismo de lograr su objetivo. No puede trazar una biografía del amigo, no hace sino aumentar cada vez más las preguntas en torno a lo sucedido. ¿Para qué escribir entonces este libro? ¿Tan sólo una sencilla purga del alma? No, hay que ir más allá y entenderlo como un ejercicio único de humildad frente a la incapacidad del lenguaje para plasmar y entender la vida. Como en el caso de Pavese, callar supone, quizá, la muerte. 
Félix Romeo Amarillo Plot, Madrid, 2008
Apareció en el diario Público el día 16 de febrero de 2008