
A mí me gusta que me sorprendan, que un concierto comience a las doce y pico de la noche, y no a las ocho de la tarde porque las niñas del club de fans tienen que coger el metro para volver a casa. Y llegar a la sala del conciertos y meterte en uno de los dos bares que hay junto a ella y tomarte las cañas con la misma gente que luego te va a acompañar en la sala, con el cantante incluido -que se come los nachos y las quesadillas como si le fuera la vida en ello- y tener la extraña sensación de que uno va más a una ceremonia religiosa -o de una secta- que a un concierto.
Y que después de cruzar unas palabras con la mujer del guardarropa de la sala -que para sorpresa de uno es lectora de Stevenson y me pregunta qué tal está esa Moral laica que llevo junto a unos papeles que le pido que me guarde- y otro par con Rafa, de Green Ufos, que es el encargado del puesto de discos y camisetas que todo pequeño concierto tiene, al que le pido que le de recuerdos a Santi -gracias a él estoy viendo el concierto- me coloco en el mejor sitio para ver un concierto en la sala El Sol: Junto a una columna que está cerca de la barra para no tener que moverme al pedir las cervezas y poder verlo todo estando apoyado.

Lo mejor del concierto de Dominique A es que a veces parecía que no estabas en un concierto, que alguien había colocado una cámara en la habitación de la casa del artista para que le viéramos puro, sincero, sin afectación, disfrutando de cada acorde, cada imagen, cada una de sus canciones.
Y alguien tuvo el detalle de invitarnos para que lo viéramos, pero aquello habría sucedido de igual modo.
Dominique A actúa como si no lo hiciera, ¿puede uno encontrarse con un ejemplo mejor de sinceridad sobre un escenario?