22 mayo 2009

Ángel González García

Ángel González García
Con la edición de “Arte y terror” (Mudito & Co.), Ángel González García analiza las relaciones entre el arte contemporáneao y el terror en el mundo de hoy, usando como excusa las figuras de artistas que han sido terroristas. Cierra así el año más prolífico de su producción editorial, ya que, además de recuperar el libro “El Resto”, Premio Nacional de Ensayo en 2001, ha publicado “Pintar sin tener ni idea” (Lampreave & Millán). En este libro señala, por ejemplo, que un hecho tan trascendente como fue la Revolución francesa tuvo su reverso en la política del Terror que eliminó a buena parte de los que participaron en su desarrollo. Pero no es habla de metáforas, sino de hechos reales: “Félix Fénéon, el mayor impulsor del arte nuevo a finales del siglo XIX en Francia, era un terrorista. Un anarquista que puso bombas con víctimas. O Topino-Lebraun, que participó en un complot para acabar con el Primer Cónsul francés.”
No quiere, en cualquier caso, dar a entender que entienda que el terrorismo sea un modo de plantear la lucha política para el artista. Es más, no cree que el arte deba ser campo de lucha ideológica. “El arte es algo que tiene como objeto hacer más habitable el mundo. Me temo, sin embargo, que los artistas hoy intentan hacer del arte un instrumento de denuncia. Es una tonta manera de hacerle la competencia a la política. Pero como ya nadie quiere hacer política…”. Sobre todo porque considera que el artista politizado es, sobre todo, un terrorista de salón, ya que “los pobres sólo son un pretexto para contarles cuatro cuentos a los ricos”. Descree del arte como transmisor ideológico y reivindica un “arte sin ideas, a mí las ideas en el arte no me interesan, porque cuando se pintan ideas son las de los que mandan o los que están a punto de mandar.”· Y remata el argumento con un contundente: “Si la política ahora la van a hacer los artistas la hemos cagado.” Pero, más aún que de los supuestos objetivos de los artistas de vanguardia, descree de sus métodos. “José Valdelomar me decía que el arte de hoy se parecía a las máquinas de toques que hay en algunos bares de México, donde gana el que más tiempo aguanta la descarga eléctrica que suelta la máquina.”
Hoy lo verdaderamente revulsivo es hablar del cuerpo. Es el cuerpo lo que se quebranta en el trabajo y es el cuerpo lo que revientan los terroristas. “Vivimos en una época del alma. Cuando se habla tanto del cuerpo es que no hay cuerpo. Pertenecemos a un mundo espiritual, de fantasmagoría, con abstracciones como el dinero, que es invisible, inmaterial. Yo reivindico la materialidad, la corporeidad, la fisicidad del arte. El arte es un asunto del cuerpo.” No olvida, por eso, señalar lo absurdo del mercadeo del arte. “Esos objetos que se venden en las tiendas de los museos pervierten la idea del arte. Las imágenes no son el arte, son el desencadenante del arte. El arte es la sensación física con la que uno vuelve a casa del museo, no un souvenir.”
Con todo este inventario de artistas marginales y de sucesos sorprendentes pretende, al final, señalar cuál es el papel verdadero del arte: el de modelar el modo en que miramos el mundo. “Lo que salió verdaderamente mancillado de Auschwitz fue la risa, no la poesía. A los judíos se les gastaba una broma espantosa: sacaos la ropa, vamos a daros una ducha. Por eso hablo de cómo la caricatura acaba convirtiéndose en algo demoledor. Y eso viene de los ambientes artísticos.”
Esta entrevista se realizó tras la edición del libro Pintar sin tener ni idea, y fue rescrita tras la publicación de Arte y terror. Nunca fue publicada en el periódico que la solicitó.
La excelente fotografía es de Dani Pozo.
En su blog se puede disfrutar de una muestra de su espléndida labor.

20 mayo 2009

Los primeros libros

Qué complicado es armar un buen libro de cuentos. Y más aún cuando es el primero y debe servir como carta de presentación. Todo escritor se ve, antes o después, enfrentado a la ardua labor de editarse, de buscar un sentido en un puñado de textos que ha ido surgiendo de una manera espontánea y que deberían ser más bien el reflejo de la diversidad de todo proceso de aprendizaje que la síntesis de una obra. Y, sin embargo, lo más habitual es encontrar entre los comentarios críticos de todo tipo –desde los sesudos que vienen avalados por el marchamo académico o universitario hasta los más impresionistas de los blogueros, pasando por los críticos de mercado y ocasión de la prensa- la misma mirada recurrente: qué bien está este autor, pero en este su primer libro podemos apenas intuirlo ya que algunos de los textos son más flojos que otros y es una pena que no haya una mayor unión temática en la colección de narraciones. Ya sabemos, lo de siempre poco más o menos.
Yo coincido plenamente con Juan Bonilla en el deleite del surtido. En uno de sus libros él citó a Monterroso para hablar del “horror diversitatis” que parece planear sobre reseñistas y editores. Frente a ello, el autor se ve reducido, en cierta manera diezmado, ya que a él le surge de una manera natural esos registros diferentes que parecen ser su más pesada losa. A mí me gusta que los libros estén llenos de cosas procedentes de mil lugares distintos. Más todavía si son textos breves. Puede molestarme en una novela, pero no en libro de cuentos o una miscelánea de artículos. Es más, habría que reivindicarlo como única posibilidad válida. Aquel que tan sólo sepa hablar de una cosa, que escriba una novela sobre ello y deje de marear con diversos textos sobre el asunto, ¿no?
Más problemático es el criterio de la desigual calidad de los textos. Por un lado hay que dejar claro que lo más complicado del mundo es encontrar un libro que mantenga la tensión estilística a lo largo de todas y cada una de sus páginas. O sea, que no hay que extrañarse de que convivan cuentos magníficos con otros más cuestionables. Quizás las críticas se dirijan a lo temático, esto es, se pretende que un autor, desde el comienzo muestre ya unas obsesiones argumentales definidas. No sé qué decir. Por un lado me reafirmo en lo dicho en el anterior párrafo, ya que a mí me gustan los autores con muchas preocupaciones. Por otro lado me llama la atención la proyección que el reseñista realiza sobre la escritora del autor novel: “habla de esto que será el modo de que siga hablando de ti”, parece decirle. O sea, habla de lo que a mí me preocupa, que es el modo de hacer camino, chico. Encuentro normal los altibajos de un libro primerizo. Por la falta de oficio y por la ansiedad que el joven autor siente por publicar. Pero, también por la indefinición lógica en toda voz en formación. Es muy probable que el autor haga, con el tiempo, una lectura distante y distanciada de su libro, y eso le sirva para ver qué senderos estaban ya marcados desde sus primeros textos, y en qué medida ha seguido indagando en ellos con acierto o no, y qué caminos ha desechado con acierto o sin él. Como un viejo álbum de fotos, sirve al final para comprobar cómo hemos cambiado y lo que se dejaba entrever de nuestro presente en el pasado. Poco más, y como tal deberían ser leídos esos libros primeros, que no primerizos.

12 mayo 2009

Un concurso de relato

Me piden los amigos del taller de cuento del Patio Maravillas que os informe de que está a punto de cerrarse el plazo de entrega de un texto para su concurso de relato. Toda la info la tenéis aquí.
No cree uno mucho en esto de los concursos y no termina de ver muy claro lo de que un proyecto asociativo recurra a los mismos mecanismos que las instituciones integradas en -y por lo tanto cómplices de- el sistema, pero bueno, son amigos y me han pedido que lo difunda...
Suerte al que se anime.

08 mayo 2009

Algún avispado

Me manda Patricio Pron esta instantánea que ha tomado en la Avenida de América de Madrid. Demuestra que hay muchos avispados que se han dado cuenta de que algunos de los viajes más sorprendentes y satisfactorios que se pueden hacer hoy pasan por abrir un libro firmado por César Aira. Pues eso, para que luego digan que la gente no lee...

04 mayo 2009

Otro cuento

Como parece ser que Ruleta rusa ha sido una novedad para algunos queridos y asiduos lectores, recuerdo que hace tiempo apareció este otro en el Internet. Se trata de Encías, en la revista El Perro, el ladrido que llega desde Pachuca.
Ojo que muerde.

Ecos transoceánicos

No hay mejor manera para comenzar una semana que una ración de ego acariciado.
Me desayuno con la noticia de que en la web Three Percent, el site de la Universidad de Rochester sobre literatura extranjera y traducción de referencia dentro del entorno universitario estadounidense y, desde la fundación de Open Letter Books, de buena parte de la vanguardia editorial del planeta -por cierto, este mes publican a Rodoreda en los Estados Unidos, ahí es nada, y echen un vistazo a los preciosos diseños de los libros-, destacan la aparición del nuevo número de la revista Hermano Cerdo, el 23. De entre los contenidos de dicho número hay un enlace a la curiosa fusión de dos entradas de este blog sobre Sergio Chejfec que Mauricio Salvador, generosamente, ha editado y ha conseguido que, unidas como un sólo texto, logren ser algo diferentes de lo que fueron aquí por separado.
No sé, comienza uno la semana con buen sabor de boca sabiendo que en un rincón del estado de Nueva York con vistas a Canadá le leen a uno profesores universitarios de esos de las películas. Qué provinciano es uno a veces...

19 abril 2009

Ruleta rusa en las 54 semanas de Erik Molgora

Pues eso, que Erik Molgora acaba de colgar el relato con el que me invitó a participar en su interesante proyecto 54 semanas. Espero que, cuanto menos, no disguste.
Él manda unas fotos para que uno escriba lo que quiera, y el resultado es ése.
Más que nada, me alegra la invitación de Molgora, previa recomendación del gran Patricio Pron, y me resulta muy placentero compartir aventura con escritores que uno admira como Ronaldo Menéndez, Rodrigo Hasbún, Eduardo Halfon, Edmundo Paz Soldán, Maximiliano Barrientos, Sergio Galarza o el propio Pron. (Además, se ha sorprendido mucho al ver que hay tres bolivianos, tres, entre los que ha citado. O santacrucinos si lo prefieren, que no busca uno andar provocando.)

17 abril 2009

Y la novela voló por los aires

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UNO. El 5 de enero de 2008 cualquier lector del diario argentino Página 12 podía adquirir, junto a su ejemplar del periódico, una novela por apenas diez pesos -dos euros al cambio. Se trataba de Las primas, de Aurora Venturini. En ese momento comenzó un nuevo capítulo dentro de un episodio único dentro de la historia de la literatura argentina: los lectores podían, por fin, acceder a un título que, en apenas un mes, se había rodeado de un aura casi mítica. Quizás convenga hacer un repaso cronológico de los hechos.
El quince de mayo de 2007 se publicaron en el periódico las bases del certamen. El eslogan era claro, conciso, directo: “Traenos el original, nosotros lo editamos”. Treinta mil pesos destinados al ganador de un certamen denominado “Premio Nueva Novela”. Lo organizaban el propio rotativo y el Banco de la Provincia de Buenos Aires. En las bases se explicitaba el deseo de una literatura innovadora, tanto era así que la competición estaba abierta incluso a autores que todavía no contaran con la mayoría de edad legal. Una comisión elegiría a diez finalistas entre los que el jurado decidiría al vencedor. El certamen no podía ser declarado desierto. Los miembros del jurado hacían augurar un veredicto interesante: Rodrigo Fresán, Juan Forn, Alan Pauls, Sandra Russo, Guillermo Saccomano, Juan Sasturain y Juan Boido. Finalmente, además, fue un veredicto limpio.
Liliana Viola, Mariana Enriquez, Marisa Avigliano y Claudio Zeiger se encargaron de elegir entre los 650 manuscritos que se presentaron al concurso a los diez finalistas, cuya lista apareció en el diario el 27 de noviembre. Allí aparecía ya el título final de la novela que había de resultar ganadora, Las primas, y un seudónimo: Beatriz Poltrinarik.
Por lo que han contado los miembros del jurado, a lo largo de las deliberaciones todos estuvieron de acuerdo con la excepcionalidad de la novela. La presentación de la misma hacía pensar, con todo, en que todo aquello debía ser una broma. El manuscrito estaba escrito en una vieja máquina de escribir. El texto presentaba enmiendas que se habían realizado con un corrector líquido de los que se aplican con un pincel. O bien aquella original novela era fruto de una mente joven y algo desquiciada, o se trataba de una broma urdida con astucia y meticulosidad por algún escritor consagrado dispuesto a dar la campanada aprovechando la cobertura mediática del certamen. Algunos de los miembros del jurado han reconocido, bajo cuerda, que llegaron a estar convencidos de que tras esa novela estaba César Aira.
Aún así hicieron algo que los dignifica: premiaron a la que consideraron la mejor novela presentada, sin detenerse a pensar si estaban o no ante una trampa genial o el descubrimiento de una nueva y poderosa voz.
Cuando abrieron la plica del concurso comprobaron, con sorpresa, que estaban equivocados. De plano. La autora ganadora resultó ser Aurora Venturini. Ochenta y cinco años. Ella era la ganadora del Premio Nueva Novela organizado por el diario Página 12 y el Banco de la Provincia de Buenos Aires. En el acto de entrega del premio celebrado en el Centro Cultural de La Recoleta, la autora comenzó con las palabras: “Al fin un jurado honesto”.

DOS. Aurora Venturini distaba mucho de ser una recién llegada al mundo de la literatura. En 1948 recibió de las manos de Borges el Premio Iniciación por su libro El solitario. Tenía más de treinta libros publicados. Licenciada en psicología, había sido amiga y colaboradora de Evita y se exilió a París cuando la Revolución libertadora derrocó el primer gobierno de Juan Domingo Perón. Allí trabó amistad con Sartre, Simone de Beauvoir, Camus, Ionesco o Juliette Grecó –sí, parece mentira, pero se conoce que para nombrar a los hombres basta con el apellido y para que todos reconozcan a las mujeres se necesita el nombre de pila también, qué le vamos a hacer- y trabajó sobre la obra de Lautrémont, Villon o Rimbaud. Por último, me sabe muy mal la costumbre de indicarlo en primer lugar como no si no fuera nada más que “la señora de”, es la esposa del historiador Fermín Chávez. Una mujer que a los ochenta y siete años vive sola en la ciudad de La Plata, donde fue homenajeada en 1991 como ciudadana ilustre con la inauguración de una biblioteca que lleva su nombre y que celebra su labor como docente –en su ciudad de residencia y en Lomas de Zamora, otra ciudad del conurbano bonaerense- y su intensa labor como escritora. No era, desde luego, una "recién llegada".
Todos se preguntaba qué es lo que hace esta mujer para mantenerse en plena forma: “Yo ronco y escribo ocho horas diarias", conesta lacónica.

TRES. Alan Pauls trazó un buen resumen de la sensación que experimenta el lector durante la lectura de la novela al hacer público el veredicto del que formaba parte:
Las mitologías del barrio, la familia, la sexualidad femenina y el ascenso social a través de la práctica de las Bellas Artes aparecen puestas en escena y desmenuzados por la voz inconfundible de la narradora, Yuna, una primera persona que contempla el mundo con una mirada salvaje, a la vez cándida y brutal, perspicaz y ensimismada, y lo narra con una prosa que pone en peligro todas las convenciones del lenguaje literario. A mitad de camino entre la autobiografía delirante y el ejercicio impúdico de la etnografía íntima, Las primas es una novela única, extrema, de una originalidad desconcertante, que obliga al lector a hacerse muchas de las preguntas que los libros suelen ignorar o mantener cuidadosamente en silencio.
Pauls acierta a destacar dos hechos básicos dentro de la aventura narrativa que traza Venturini en este libro. Por un lado el lenguaje. La fascinación de la narrativa hacia los seres con problemas en su desarrollo mental no es tan un solo un fenómeno curioso, es algo perfectamente comprensible si partimos de la esencia misma de esa realidad poco definida a la que podríamos llamar “saber narrativo”. Quizás el ejemplo más famoso sea el Benji de El ruido y la furia, pero hay muchos más. En el caso de Yuna, y de toda su familia, se da esa misma paradoja: frente a la tendencia natural del ser humano a pasar por encima de la realidad en busca de conceptos que permitan sistematizar y conceptualizar la realidad, esa huida de lo real hacia lo simbólico, un retrasado se aferra a esa materia, a esa realidad que tiene ante los ojos, y su lenguaje es un fiel correlato de ese modo de aprehender la realidad sin conceptos apriorísticos o posteriores análisis. La realidad no es sistematizada, tan sólo es, está ahí como una realidad vigente, ineludible. El saber narrativo, caso de que exista, se basa en la construcción de una realidad que permita al lector convertir en experiencia su lectura, y sacar de ellas las conclusiones que estime oportuno. No se trata de ofrecer las conclusiones a las que llega el autor o el narrador, sino de entregar al lector un mundo lleno de estímulos para que él mismo extraiga las suyas. Su estilo construye por lo tanto ese yo, lo refleja para que el lector lo viva. La aparición del diccionario al que recurre Yuna para buscar esas palabras que desconoce pero que dice necesitar –y que en realidad aparecen como una convención más muchas veces innecesaria del arte de narrar-, y la violencia que ejerce sobre la puntuación obligan al lector a preguntarse de modo recurrente cómo está hecha la realidad y en qué consiste la asimilación de la misma, si es que ese proceso existe. La realidad se impone, hecha de palabras simples que solo de vez en cuando se ven acompañadas de palabras de diccionario, y lo hace con sus propias reglas de puntuación, que apenas sirven como delimitación de la fuerza con la que la realidad se torna vida en estas páginas.
Por otro lado, señala Pauls que Venturini se ha atrevido a arrojar luz sobre aspectos de la realidad que estamos acostumbrados a ignorar. No sólo por la protagonista y su entorno, al que, por cierto, Venturini, alude de modo flaubertiano en la entrevista que le hiciera Liliana Viola: “Las primas soy yo, señorita, es mi familia. Nosotros no éramos normales. En casa todas mis hermanas eran retardadas... Y yo también.” No, sobre todo porque usa esa perspectiva, carente de toda pretenciosidad, para retratar el alma humana. Yuna, más allá de esa ingenuidad que suele atribuirse a los retrasados con el candor y la prepotencia del que es "normal", es directa, clara, no encubre la realidad que ve con ningún velo, ni social ni íntimo. Todo está a la vista, retratado con la misma mirada, y de esa mirada carente de una categorización surge la fuerza de la novela. Todo es susceptible de ser narrado, y todo se narra del mismo modo. No hay jerarquías ni destilaciones, todo aparece en bruto y es el lector el que debe establecer su propia lectura, estimar en qué momentos Yuna está mirando la realidad con escándalo o con mera curiosidad, lo que sucede en la mayoría de las ocasiones.
Una novela que, más allá de su crudeza o de la curiosidad por la vida de su autora, se impone como la vida, con la fuerza y la falta de prejuicios con que la realidad se nos presenta cada día.

12 abril 2009

Un juego de niños

Desconozco qué aspecto tenía el rostro de Helen Levitt. Por mucho que he rastreado en Internet jamás he visto un autorretrato o alguna instantánea en la que aparezcan los rasgos de Helen Levitt. Y, sin embargo, hay pocos fotógrafos que tengan para mí un cara más reconocible. Para mí, Helen Levitt tiene el semblante de alguien enamorado de la vida, que sabe que la vida es poco más que un juego, un elaborado y sofisticado entretenimiento que se nos puede pasar volando, como una tarde de los veranos de la infancia, llena de carreras, de risas y de alegría. No creo ser alguien especialmente observador, llegar a esa conclusión me ha resultado fácil, ha sido suficiente con mirar durante horas y horas la enorme cantidad de fotografías que hizo de niños sumergidos en sus juegos, ajenos a la mirada con la que un aparato mecánico fijaba para siempre ese segundo.

En la mirada que Levitt despliega sobre esos niños no hay, nunca, la búsqueda de los rasgos del adulto que serán. No le interesa la infancia porque represente una madurez en proyecto, ni tan siquiera, y podría ser más elaborado, porque en sus gestos, sus actos, pueda uno inventar el pasado que le hubiera gustado tener. No hay nunca en cada uno de los segundos que extrajo del natural transcurso temporal una intención de lanzar un mensaje, de encontrar herramientas para hablar del mundo, de que sus imágenes sirvan de metáfora o símbolo de nada. Helen Levitt salía a la calle tan limpia de prejuicios, tan desnuda de ideas preconcebidas, que encontraba en esos niños algo puro y simple como su mirada. Los juegos de los niños que retrató Helen Levitt no son la sinécdoque de la vida, son, en sí, la vida.

Los niños de las fotografías de Helen Levitt aparecen, a veces, maquillados, o enmascarados, o bien utilizan para sus juegos carritos, marcos, papeles, pañuelos, cualquier cosa. Porque los niños ponen en práctica el más atávico y necesario de los actos del hombre: crear vida. Cuando los primeros teólogos hebreos, que lo fueron sin saberlo, utilizaron la imagen de un dios que creaba la vida desde la tierra mojada, desde el barro, lo más abundante y barato que puede encontrar cualquiera, estaban señalando una de las pocas certezas sobre cómo funciona el ser humano -que creó a Dios a su imagen y semejanza. Los niños convierten un palo en una pistola o en una varita mágica, una servilleta en una capa de un superhéroe o en el embozo del malvado, los niños son capaces de buscar bajo un coche un poco de materia que convertirán en parte de un mundo, su mundo, que irán construyendo poco a poco hasta que la sociedad se encargue de imponerles el otro, nuestro mundo, y las reglas que en él deben seguir. Un nuevo juego donde ya no son ellos, son otros, los que imponen las normas.

En las imágenes de Helen Levitt los niños juegan a ser mayores, con la misma ingenuidad con la que los adultos juegan a ser médicos, contables o pilotos de vuelo, para pasar el tiempo. Lo que sucede es que aunque su realidad, en la que ellos son todo eso, y todo cuanto quieran ser, se ve muy a menudo oprimida, expulsada, por la realidad de los mayores. Se podría decir que Levitt los fotografía siempre en las aceras porque es donde los encuentra, es ahí donde pueden ser fotografiados por un transeúnte cualquiera. Es verdad. Pero no lo es menos que son los adultos los que se refugian en las casas, donde ellos mandan, y que es en la calzada donde un niño no puede hacer frente a la fuerza y la violencia de la sociedad, que los arrasa por no tenerlos en cuenta. Por eso cuando están en casas los niños aparecen en las ventanas, y tan sólo bajan a la calzada cuando los coches están aparcados y les sirven como barrera. Y todavía en algunos momentos se les ve queriendo meterse en el juego mucho más seductor de los asultos, ese que tiene escenarios tan dispares como las cabinas telefónicas o las tiendas. Pero en esos casos deben compartir el espacio con los adultos en los pocos huecos que les dejan, o bien camuflarse de adultos, imitando sus indumentarias, sus poses, para poder pasar desapercibidos en ese juego, que es igual al suyo salvo en que está mutilado, porque sus leyes son inmutables y no pueden adaptarse a las necesidades de cada momento, salvo, claro está, que uno sea el que impone esas normas y pueda modificarlas a su antojo.

Helen Levitt no veía lo lúdico en la vida, sino que supo distinguir desde el principio que la existencia tan sólo puede ser entendida como un juego. Ese juego de la oca que nos parece infantil, arbitrario, repetitivo, pero que es, sin duda, lo más parecido a unas memorias -las de cualquiera- que podemos encontrar. No deja de sorprenderme, siempre, la opinión de que las piezas artísticas -sea cual sea su soporte- no deben necesitar de que el receptor de las mismas las complete. Yo no entiendo no ya que la obra, sino la vida en sí, no lo sea. Qué sentido tiene una fotografía, que no es más que la eterna congelación -que bella imagen, por cierto, lo de congelar, preservar, la imagen-, sino el que le quiere dar el que la observa. Cómo saber si las lágrimas del representado son de tristeza o de alegría.

Los adultos, aparecen en las instantáneas de Helen Levitt jugando, siendo los mismos niños que se enmascaran, hacen cosas que se salen de la norma o, mejor dicho, establecen sus propias normas, y de ese modo pueden ser aceptados en el mundo de los niños, en el entorno del juego. Son, ahora sí, dignos participantes de ese mundo profundo y subterráneo que sostiene el otro, el que creemos importante sin saberlo en realidad. Pero, y ahí reside otro de los aciertos de la fascinante mirada de Levitt, estos niños que ya no lo son, no pueden volver a un lugar de los que el crecimiento y la (de)formación los han sacado. Los objetos que utilizan permanecen siendo lo que son. Unos anteojos son unos anteojos, un bastón es un bastón, una lupa es una lupa, y, salvo apelando al recurso del humor, que transforma un maniquí en algo temible que puede ser combatido, no pueden transformar esos objetos a través de la magia creadora del juego en nada más de lo que son. Y, por eso, no saben cómo transformar la empuñadura de un sable láser en el sable láser en sí.


Helen Levitt hizo muchas fotografías de los dibujos, de las pintadas que, con tiza, realizaban los niños en las calles. Con la clásica obsesión de todo artista por el trabajo de otros como él, se daba cuenta de que esas huellas eran similares a las instantáneas que ella extraía de la realidad. La mirada de la mirada que se plasma en ella es la fascinación por la sencillez, por el endeble retrato que somos capaces de hacer de la imponente realidad en la que nos vemos inmersos. Toda fotografía es, en sí, una ficción, apenas el segmento de una línea eterna, de un continuo fluir, de un movimiento perpetuo que es la vida. Esos momentos que se han fijado en la película, y más tarde en nuestra retina, son tan falsos como cualquier novela o ficción. Y, al mismo tiempo tan verdaderos como estemos dispuestos a conceder. No hay en sí una verdad. Como recuerda Fogwill en una de sus novelas las mentiras se dicen, pero no se hacen. Toda novela, toda fotografía, es una verdad, porque existe, porque es una reproducción honesta de la realidad que pretende convertirse en realidad misma. Otra cosa es que, con ella, se digan mentiras.


Hace unos días, Helen Levitt ha muerto. Para mí ha supuesto un impacto importante. Desde que conocí su obra me he sentido muy cercano a una fotografía que tengo como uno de los fondos de escritorio de mi ordenador, que tengo pegada en la pared y que ilustra el fondo de pantalla de mi móvil. Hay pocas imágenes en el mundo que digan tanto de mí sin tener absolutamente nada que ver conmigo. Más de una vez he buscado en Internet alguna galería en la que estuviera a la venta una copia de la imagen, y me he interesado por un precio que nunca he podido pagar. He intentado localizar algún póster donde aparezca decentemente reproducida. Sigue siendo una tarea imposible. Sea como fuere, no podía dejar de señalar que ha muerto una de las grandes de la fotografía. A la edad de noventa y cinco años. Los que, sin haberla conocido y sin tener la más mínima idea de cómo era, la admiramos, no podemos hacer otra cosa que homenajearla. Aunque sea de este modo tan modesto.

09 abril 2009

Semana argentina en Madrid


Me entero por el blog de Maximiliano Tomas que ya se puede uno bajar el último número de la excelente revista peruana Etiqueta Negra. En él se encuentra el reportaje que realizó Patricio Pron sobre la minigira de promoción de La joven guardia. Por ahí salgo yo. Así que sólo por eso merece la pena leerlo (mi abuela bien, gracias).
Además, ahora que sé que el lunes llega de nuevo Juan Terranova a Alcalá de Henares, que el lunes siguiente tenemos a César Aira por los madriles y que el fin de semana de Sant Jordi me tomaré unas cañas con Maxi, me dan todavía más ganas de compartirlo. Diego, Samanta, tan sólo me faltáis vosotros. ¡Volved!
La foto, que no tiene nada que ver con el texto pero me gusta mucho, es del álbum caboverdiano de Belén García Abia.

07 abril 2009

Una noche de cuento


sweep up, little sweeper boy
It's you who's got the wig on here
sweep up, little sweeper boy, sweep up

yellow is the color of my true love's crossbow
yellow is the color of the sun
and black is the color of
a strangled rainbow
that's the color of my loss
black is the color of my true love's arrow
that's the color of human blood

you got a shot of shampoo
though it was made thirty years ago
you got a shot of shampoo
though you were made twenty years ago

speak up, little sweeper boy
they are hard of hearing
anything that anyone has to say

o they say
yellow is the color of my true love's crossbow
yellow is the color of the sun
black is the color of
a strangled rainbow
the color of my loss
and black is the color of my true love's arrow
that's the color of my blood

03 abril 2009

22 marzo 2009

Modelos de pose de escritor


Fogwill ofrece nuevos modos de posar para las solapas de los libros y los suplementos culturales en los que invitan al artista a mostrar su intimidad.
La foto es de Julieta Cecchi para No retornable.

21 marzo 2009

Literatura post-google

A pesar de contar con poco más de diez años, cualquiera puede ver que la existencia de Google ha modificado de modo drástico la concepción del mundo. Y de una parte de él: las expresiones artísticas y, entre ellas, la literatura. Jordi Carrión, que es uno de los más atentos autores que tenemos, ha organizado una serie de encuentros en Mataró para dilucidar cómo el buscador del logaritmo ha revolucionado los modos de la creación. Los que tengan la suerte de andar por Mataró podrán verlo en vivo y en directo, los que no pueden echarle un vistazo a las crónicas que, amablemente, está escribiendo el propio Jordi en su blog. Al menos es lo que estoy haciendo yo.

20 marzo 2009

La construcción de la realidad

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Una de las cosas más divertidas que tiene la literatura es comprobar las versiones no ya diferenciadas o casi opuestas que pueden darse de algunas experiencias. Es muy enriquecedor poder comprobar lo parecidas o diferentes que son las unas de las otras, cuando si lo único que importa es la historia, deberían ser iguales. Y, por supuesto, cuando uno ha vivido esas anécdotas, es al mismo tiempo divertido y entrañable.
Por eso me he pasado un buen, y delicioso, rato leyendo las crónicas que de su viaje a Barcelona y Madrid está realizando Juan Terranova en el blog colectivo Hacia el bicentenario.
Uno puede aprender mucho comprobando como modela la realidad, como la inventa, como la omite, como la recrea, que a fin de cuentas es para lo que sirve la literatura.
Disfruten, que no están los tiempos como para despreciar estos gestos generosos.

09 marzo 2009

El dulce sabor del fracaso

UNO. Libros inacabables, listados que sirven, acaso, para inventariar el mundo, que nos hablan de la necesidad constante del ser humano de buscar, de crear, un orden para el caos en el que se ve inmerso. Ese tipo de libros son una delicia que, de vez en cuando, nos hablan del idealismo que subyace bajo cualquier proyecto humano. Georges Perec ha pasado, con toda justicia, a encabezar la lista de autores encargados de dar a luz esas muestras de la necesidad enciclopédica del ser humano. Pero hay otro libro que es perfectamente conocido por todo lector que está más cerca del libro que centra estas líneas. Se trata de los Ejercicios de estilo de Raymond Queneau, que está compuesto por noventa y nueve variantes posibles de narrar un mismo hecho anecdótico. Todo escritor está obligado a acercarse a ese libro, porque nos habla de lo que es, realmente, la literatura, que nunca es el argumento sobre el que esta tiene lugar. Como señaló Albert Boadella cuando dijo que el teatro es todo aquello que no está en el texto teatral, la literatura se construye sobre todo aquello que no es la historia. Por eso son tan importantes esas noventa y nueve maneras de decir lo mismo, porque nunca pueden ser, ni remotamente, lo mismo. Camilien Roy ha sido capaz de trasladar esa certeza a un contexto interesantísimo: las cartas de rechazo de una novela. Hay muchos escritores, conocidos o no, publicados e inéditos, que han guardado celosamente las cartas de rechazo de sus libros. De algún modo son el documento de que ellos también se vieron obligados a asumir el fracaso. Lo que no es tan normal es que un autor se esfuerce en construir un libro divertidísimo sobre esas cartas que suponen, las más de las veces, un verdadero mazazo para la autoestima del escritor. Y, como hiciera Queneau, lo ha hecho mediante noventa y nueve texto, noventa y nueve maneras de decir que no, que son una verdadera delicia.

DOS. La literatura está hecha de homenajes y de robos. La diferencia estriba en una cuestión de educación, en explicitar o no de dónde se han sacado las cosas. Octavio Paz, astutamente, indicaba que si copiaba punto por punto un libro le llamarían, con razón, plagiario, pero que si hacía un libro copiando de diez le llamaban erudito. Roy es un erudito, un erudito sagaz y divertido que saquea de modo hábil no sólo el libro de Queneau, sino buena parte de la literatura francesa. En algunos casos de modo explícito, como en la carta de rechazo durasiana o la de Pascal Quignard, y en otros de modo más subterráneo. Juega también con la poesía –el haiku de rechazo es delicado como la mejor poesía japonesa-, y con los recursos tipográficos –la carta de rechazo del aficionado está editada con un tipo de letra que alude al hecho de que como buen aficionado debe ser manuscrita, y la del telegrama tiene la misma presentación de un texto en mayúsculas que tendría el telegrama original-. Pero, sin duda, los más acertados textos del volumen son los que juegan a plasmar de modo brillante cada uno de los modos. La ampulosa, la racista, la maternal, la descriptiva, etc. son aciertos constantes, y nos hablan de un texto trabajadísimo, que se lee con enorme soltura y placer porque es el fruto de muchas horas de trabajo, de pulido –incluso bruñido- obsesivo con el único fin de que el discurso sea el verdadero mensaje. Si, como no nos cansamos de repetir todos los profesores, el medio es el mensaje, y toda forma debe estar indisolublemente unida al fondo hasta el punto de que no se entienda éste sin aquella, el libro de Roy sería, sin dudarlo, uno de los más brillantes textos que puede caer en las manos de un lector. Es más, voy a cometer el sacrilegio de aventurar una valoración incómoda, si bien este libro nunca habría existido sin el de Queneau, es en cambio mucho más divertido, ya que frente a la anécdota y las variaciones un tanto repetitivas del modelo original, Roy ha sabido usar más el humor y mostrar más variaciones, más registros, para su libro.

TRES. Aunque el elemento decisivo es, sin duda, la narratividad. Pese a que nos encontramos ante un texto de una formalidad cara, poco más que un instrumento comercial o empresarial, Roy ha sabido exprimir al máximo una idea afortunadísima: son textos destinados a escritores, que van a saber valorar el envoltorio tanto o más que el mensaje. Cuando uno recibe un sobre de una editorial sin un contrato dentro ya sabe que se trata de una carta de rechazo, y que, por lo tanto, lo de menos es el cómo. Pero no es así, porque si hay algo que diferencia a un escritor del resto de la humanidad es que le da tanta o más importancia al modo en que se dice que a lo que se dice. A un carnicero o al funcionario les importa tan sólo el qué, el mensaje es un mero instrumento, pero el escritor concibe el mensaje como el objetivo en sí. Por eso el concepto del libro es doblemente acertado, ya que si hay alguien que debería valorar esas ejemplificaciones estilísticas del mensaje ese alguien es un escritor.
Y la narratividad. Otro de los aciertos es que, en medio de este inventario de formulismos y patrones, yace una de las historias más divertidas que uno haya leído en mucho tiempo. El malentendido que sufre uno de los manuscritos, que es enviado a una ferretería en vez de a una editorial, pone en marcha una divertidísima historia en la que un ferretero se muestra dispuesto a llevar a su familia a la ruina con tal de seguir disfrutando de las narraciones de ese autor. En medio de tanto rechazo, un editor entusiasta hasta el peligro de la miseria, ¿quién puede pedir más?
Camilien Roy El arte de rechazar una novela Bruguera, Barcelona, 2008

07 marzo 2009

Un ladrido desde Pachuca


Bueno, o mejor muchos, muchos ladridos, porque ya ha salido a la calle el número décimo, dedicado al vicio, de El Perro, la revista que Yuri Herrera, Daniel Fragoso Torres, Alejandro Bellazetín y Juan Álvarez Gámez elaboran fielmente desde Pachuca (Hidalgo, México) y que se puede encontrar en las mejores librerías hispanohablantes -siempre me ha encantado ese reclamo de los trailers cinematográficos-. Pero es que, además, han puesto al día la página web para que se puedan leer buena parte de los números anteriores. Ahí les dejo en enlace, para que lo disfruten: http://elperro.com.mx/
Hay muchas revistas, pero sólo una como El Perro.

05 marzo 2009

Una amistad literaria única

UNO. Hay libros que han pasado a la Historia por su capacidad de retratar la vida cotidiana, con todas sus intimidades, y los orígenes del pensamiento de algunos grandes autores. Sería el caso de la Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, las Conversaciones con Goethe de Eckerman o Juan Ramón de viva voz de Juan Guerrero Ruiz, por poner tres ejemplos claros. Este de Maupassant sobre Flaubert tiene dos particularidades que lo diferencian de los anteriores: una es que su autor ha pasado a la historia por mucho más que por su relación con el genio del que escribe. El tiempo es cruel, y hoy quizás, pese a la excelencia de esos libros, nada sabríamos de Boswell, Eckerman o Guerrero, de no haber sabido hilar tan fino con los grandes monstruos de la creación con los que trataron. Y no es, precisamente, algo fácil, ni el tratar con el artista ni el reflejar con tanto tino su pensamiento, pero en todos los casos uno sabe que serían pasto del olvido de no haber sido por sus amistades. Con Maupassant no sucede eso, ya que su labor como escritor es incuestionable, lo que hace doblemente interesante este libro.
La segunda de las particularidades mencionadas es que este libro, como tal, no existe salvo en esta edición. Aunque los dos textos se pueden encontrar en las Obras completas (en francés) de Maupassant, nunca habían sido recogidos de este modo en libro. Así que, de algún modo, el libro es en cierta medida fruto de la labor de Manuel Arranz, que sirve para que se difundan los documentos de una de las relaciones más fructíferas de la Historia de la Literatura: la de Flaubert y su discípulo Maupassant.

DOS. El primero de los textos fue el prólogo a la edición que apenas cuatro años después de la muerte de Flaubert y ocho de la de George Sand se hizo de la correspondencia entre ambos. Es un texto del que, en buena medida, han bebido casi todos los exégetas de Flaubert. En él se dan los datos precisos para acercarse a las tres grandes novelas del escritor de Rouen: Madame Bovary, La educación sentimental y la inacabada -el proyecto era infinito y, por lo tanto, inacabable-, Bouvard y Pécuchet, y también una descripción de las intenciones de Flaubert cuando encaró la redacción de cada uno de sus libros.
Y mucho más, se da también información sobre su estudio de la estupidez humana que estaba destinado a la redacción de esa última novada inacabable, de un proyecto de pequeña obra dramática, de su mecánica de trabajo. Más allá de una información preciosa para todo seguidor de Flaubert, se trata de un prólogo lleno de interesantes y sugestivas ideas e informaciones sobre qué es esa cosa tan escurridiza y extraña a la que llamamos escritor, y, sobre todo de qué era eso que Flaubert llamó “estilo” y que por estos pagos siempre se ha entendido como pavoneo y hueco retoricismo.
Más intenso, y quizás mucho más emotivo, es el segundo de los textos del libro, aparecido en una publicación parisina diez años después de la muerte del maestro. Si hubo algo que siempre se esforzó por dejar en un segundo plano –por no decir sepultado- Flaubert, ese algo fue su vida privada. Y, precisamente, este texto es bellísimo porque sirve para retratar esas costumbres, sus rutinas de trabajo, su indumentaria, cómo era su despacho y sus ritos a la hora de trabajar, cómo se comportaba en su salón parisino –la nómina de los frecuentadores del mismo es para ponerse verde envidia, sobre todo hoy que con cuatro pelagatos de medio pelo ya quieren convencernos de que habrá una conversación de cierta altura intelectual-, etc. En definitiva, el testimonio de primera mano de un hombre que fue su amigo y tuvo acceso a actitudes que muy pocos conocieron.
Conviene que el lector se deje deslizar hasta el final del libro porque su cierre es, sin duda, el momento más intenso y subyugante del libro: la incineración de las cartas y recuerdos que Flaubert no quería que le sobreviviese. Esa noche en la que un hombre va remontando su memoria y llega a quemar una rosa, un pañuelo y un zapato de un viejo amor está narrada con la fuerza de los mejores relatos de Maupassant. De algún modo antecede esa búsqueda de la memoria que sólo en El tiempo recobrado puede saborear el ya enfermo Marcel.
Un libro lleno de pasajes únicos y que está sustentado por la amistad y la admiración, quizás los sentimientos más puros y desinteresados que puede disfrutar un hombre.

TRES. No se puede obviar un hecho curioso cada vez que se habla de Flaubert, y es comprobar en qué medida su legado novelesco no ha sido, todavía, convenientemente asimilado por los escritores de este vigésimo primer siglo recién comenzado. En una carta a Louise Colet del 16 de enero de 1852 habla de su deseo de escribir un libro sobre la nada, “sin relación con nada exterior, que se sostendría por sí mismo debido a la fuerza interna de su estilo”, un “libro que apenas tendría argumento o, por lo menos, cuyo argumento sería casi invisible, si tal fuera posible”. Cuando un lector de hoy se acerca a la obra de Aira, Piglia, Fogwill, Pauls, Chejfec, Tabarovsky, Louis-René des Forêts, Blanchot, David Toscana, etc., sí puede presenciar ese esfuerzo, sí tiene la sensación de que el legado de Flaubert es fecundo. Pero no sucede así con la mayoría de esos escritores anacrónicos, superficiales y acomodaticios a los que les escuchamos repetir como loros la tontería de que quieren contar historias. Pues nada, entonces que hagan como los parroquianos del bar de mi calle: estar todo el día contando historias. Y lo hacen mejor que muchos de los escritores que nos quieren vender como literatura. Pero que dejen de joder con los bodrios que escriben. Eso sí, muchos de ellos no tienen empacho en nombrar a Flaubert cuando les preguntan por sus influencias, lo que hace sospechar muchas cosas, sobre todo que, si se han enterado de tan poco leyendo a Flaubert, habrá que ver qué imagen del mundo tienen estos en la cabeza. En fin, qué le vamos a hacer.
Guy de Maupassant Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert
Periférica, Cáceres, 2009

04 marzo 2009

Un crisol hecho pedazos

UNO. La muerte irrumpe en un paraíso en la tierra, una comunidad de la alta sociedad que nunca volverá a ser la misma tras el macabro hallazgo: una joven atada y violada en medio de los jardines de la urbanización. Sobre ese cuerpo, ese detalle que rompe la imagen idílica que los habitantes tienen de sus vidas, pivota la intensa narración de Diego José con la que se ha dado a conocer en España.
No es, en cualquier caso, un autor primerizo. Cuenta con varios libros de poemas, otra novela y un ensayo. Una obra cuantiosa que ha sido reconocida con varios premios en su país. De todos modos, quizás sea Un cuerpo un punto de inflexión en su trayectoria, el momento en que un tipo de narración enfocada sobre al imagen y la intensidad expresiva –herencia casi segura de su labor lírica- se hace más patente. Vaya desde ya la recomendación de la lectura del texto, porque merece la pena.

DOS. Sólo un lector muy superficial, epidérmico, podría pensar que en Un cuerpo hay una multiplicidad de voces. Hay una variedad de miradas, pero una única voz. Quizás eso es lo que evidencia el carácter no realista del texto. Hay un ejercicio de distanciamiento, que se presenta, precisamente, unificado por esa voz, que es única y es la del narrador que compone un collage de miradas unificadas por esa única voz. ¿Cómo van a ser las voces de todos los personajes de la misma intensidad lírica? Es algo absurdo. Ese discurso tensionado –también he leído que Diego José huye de la retórica, cuando está patente a lo largo de todo el texto la construcción artificial que debe más a la retórica literaria que a la oralidad- es único. Y responde a una sola voz.
Otro asunto es que esa voz se divida, utilice varias miradas, componga el artificio de una mirada múltiple que se expresa por una sola voz. Porque, y aquí radica lo más curioso del experimento narrativo de Diego José, su narrador es social. Se expresa de una manera única pero cede espacio a todos los afectados por los hechos: el hermano, los padres, el amigo del hermano, la amiga, los vecinos, los asesinos, los testigos… Todos tienen su espacio en este texto, y eso se debe a que entre todos han matado y enterrado más tarde a la víctima. Todos y cada uno de los personajes se sienten culpables, todos y cada uno lo son en cierto modo, y es esa unidad, la de que todos han participado en la macabra resolución de los hechos, la que obliga al autor a darle esa voz única al texto.

TRES. Pero lo más perturbador del texto es su belleza. Lo que lo torna verdaderamente incómodo es que logra retratar esa unidad social, ese pensamiento hegemónico que, finalmente, compromete a todos para no tener que buscar un claro culpable. La sociedad lo hizo, todos somos culpables, pero finalmente nadie paga. Eso es lo que enloquece al padre, saberse un culpable más y, por lo tanto, alguien que no puede reclamar justicia. No así la madre, que precisamente por eso no aparece como una de esas miradas de las que se vale el narrador. Aparece el hermano, que la deseaba, el amigo, que deseaba a la víctima y a su amigo, aparece la amiga, que la dejó sola, aparecen los verdugos y los testigos, que sabían de lo que eran capaces, aparece la sociedad, que tapa el crimen para que no les manche –no son hipócritas, son cómplices-, y en todos ellos hay, también una acusación velada hacia la víctima. Todos la culpan un poco y todos se sienten así, víctimas también, porque ser víctima y victimario es el doble juego que impone esta sociedad. Diego José plasma esta idea en una serie de imágenes que destacan por su belleza, por la plasticidad, por estar patentemente influidas por la narrativa cinematográfica y televisiva. El hallazgo del cadáver, la narración de los momentos inmediatamente anteriores al asesinato, la escena de travestismo del hermano de la muerta, la narración de la fascinada observación por la crueldad de la tarántula, la dolorosa iniciación sexual de la amiga. Escenas, fogonazos montados como si se tratase de una película para el lector. Belleza, finalmente, que hace cómoda la lectura de una narración que debería ser horrorosa. Deleite visual y narrativo por una realidad que debería expulsarnos del libro. Pirotecnia con mensaje evidente y claro para que todo lector pueda asumirla sin grandes aspavientos y con pocas dudas.
Tal vez es ahí donde radique lo más inquietante de esta novela. Diego José, en Un cuerpo, sitúa al lector en un plano incómodo, el del que lamenta los hechos narrados, se siente asqueado, pero que no aparta la mirada, que, como los propios personajes que ceden sus ojos al narrador, siente que la víctima era, en realidad, victimaria también, que, como el narrador, no puede evitar hacer literatura de estos hechos horrorosos. Quizás, y hay que hacer una lectura profunda del texto para verlo y no quedarse en la cómoda superficie, lo más terrible de la novela, es que nos habla de una sociedad –¿tan sólo la mexicana o toda sociedad de hoy por extensión?- que genera estoa dramas y los entierra y olvida sin mayor pesar. Una sociedad conformista, que se queda en el comentario de la cola del pan, o tempora, o mores, y no hace nada por resolverlo, incluso que compra los periódicos de sucesos o convierte en éxitos de audiencia las emisiones en las que asesinos y víctimas exhiben sus miserias. Un cuerpo es una recreación afortunada y bien resuelta de un policial más de la página de sucesos, nada más y nada menos. El poso que deja en el lector de haberse sentido atraído por ese horror es lo verdaderamente terrible, y lo que debería hacernos sentir asco de nosotros mismos.
Diego José Un cuerpo 451 editores, Madrid, 2008