17 septiembre 2007

Las largas tardes del verano

La playa tiene muy poco predicamento intelectual. Parece que los libros están contraindicados en mitad de la arena, cerca de las cañitas del chiringuito, bajo el protector velo de las sombrillas. Cuesta mucho escuchar a un escritor reconocer que disfruta de sus vacaciones en la playa. Y en buena medida es algo natural. Todos sabemos lo incómodo que es intentar pasar una mañana en la arena, o una tarde de playa con un libro. Los niños chillan al lado de uno, siempre hay un abuelo con una radio a mil por hora, un grupo de jóvenes no paran de beber cervezas y dar voces, y la propia familia de uno no tiene empacho en dejar que su melena chorree encima de tu libro. Por eso, quizá, hay tan poca literatura sobre la playa veraniega, que parece más un escenario de películas románticas para adolescentes o de comedias del destape.
Sería una pena que sólo por eso no se distribuyese en España el último libro de Alan Pauls, llamado La vida descalzo y que ha publicado en Argentina la editorial Sudamericana dentro de su colección In situ.
El libro es una delicia en la que Pauls da rienda suelta a la libre asociación, al recuerdo y a la manipulación de la memoria, al análisis de lo vivido y a la comprensión de los orígenes. Y todo con el aire vagamente indolente del que deja transcurrir el día sin nada importante que hacer salvo descansar.
Todas las playas son la misma, y es curioso que Cabo Polonio –especie de paraíso virginal o comuna hippie donde no ha llegado la luz- se mezcle con Playa Grande de Mar del Plata o con Villa Gesell. Pero más sorprendente me ha resultado conocer lo similares que son los febreros australes con mis aburridos agostos, libres de toda preocupación que no sea si sopla más o menos el viento o qué comeré a mediodía. Todas las playas son la misma. De arena frina o gruesa, volcánica o blanca, con piedras o sin ellas. Toda playa no es sino la playa en nuestra memoria. La playa es, sin lugar a dudas, uno de los mejores lugares para no pensar en nada, para que nuestra cabeza descanse, y quizá por eso es tremendamente fértil. Cuántas historias no me han sucedido en la playa, aunque fuera sólo en mi cabeza.
Pauls, lejos de limitarse a trazar un diario de unas vacaciones o a ensartar uno detrás de otro los recuerdos de sus veraneos sin zapatos, consigue dotar a su libro de una unidad y de una profundidad muy notable. Analiza lo que es la playa, por qué nos atrae y porque la despreciamos, intuye las verdades que se ocultan en el perpetuo horizonte marítimo de la línea del mar y en el cambiante suelo que nos alberga mientras lo miramos. Pero va más allá y dibuja un recorrido por la playa como escenario intelectual. Por eso resulta, sobre todo, sorprendente este libro. Si los alcaldes de las costas españolas se molestasen en algo más que en llenarse la cartera a golpes de recalificaciones, y se preocupasen de investir con una pátina de materia gris sus feudos, deberían regalar ejemplares de este libro en sus playas. Acabarían con el señoritismo de esas playas del norte de Europa, donde siempre parece ser invierno –qué lúcidas, qué interesantes las páginas del libro donde Pauls señala que lo detestado por los intelectuales de la playa no es el espacio en sí, sino la estación, el verano, porque una playa en invierno tiene un aire de película de Dreyer o de Bergman, más profunda cuanto más apagados se ven sus cielos- para reclamar el asueto, el ocio, la pereza que permite el calor estival de las playas cálidas.
Pauls se desnuda, desnuda sus recuerdos y sus pensamientos del mismo modo que en la playa todos aparecemos igualados por nuestra desnudez. Frente al resto de los escenarios, en la playa la desnudez -casi total- no es sólo permitida, sino que lo monstruoso es lo otros, el que se tapa, el que se oculta, el que se destaca por no despojarse de su vestimenta. Sólo el que trabaja en la playa va vestido. Esa misma desnudez es la que ha usado Pauls a la hora de trabajar con sus propios materiales autobiográficos. Fotografías, recuerdos, que sirven como punto de partida para la ficcionalización que ejerce a través de lo meditado, lo descubierto, lo intuido en la playa. Es curioso que el propio autor, en el libro, reconozca que en la playa sueña muchísimo, que es en medio de esa nada, en ese paréntesis, cuando suyo más oscuro sale a la luz. Este libro registra, también, el apropiamiento que los sueños y las ficciones hacen de la propia vida del autor.
No hay mejor manera de entender todo que no pensar en nada. Lo entiende en protagonista de uno de los mejores cuentos que se han escrito: El mar, de Medardo Fraile. Del mismo modo que el protagonista de este cuento descubre frente al perpetuo movimiento del mar, a su estatismo veloz, lo poco que somos y lo importante que es no entender en realidad nada, y ser, solamente estar, a lo largo de su libro Pauls, porque como todo buen libro se resiste a quedar clasificado como si se tratase de una verdura –la manzana golden está dos céntimos más cara que la starking, ya saben-, nos demuestra que la mejor manera de llegar a conclusiones y de conocernos es no hacer nada. En un mundo donde somos poco más que productores, máquinas generadoras de plusvalías que no disfrutamos, es muy reconfortante leer un libro donde se nos dice que detener la máquina porque sí es no ya reconfortante, sino una de las mejores opciones a nuestro alcance.
Y luego vendrán los intelectuales de siempre a decirnos que si Benidorm es insufrible y que Marbella es insoportable, como si no hubiera más playas.
Alan Pauls La vida descalzo Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2006

Como guinda pastelera, una entrevista aparecida en el suplemento Radar -que dirigió el propio Pauls- del diario bonaerense Página/12:

Martes, 11 de Julio de 2006

ALAN PAULS Y LAS ESCENAS DE “LA VIDA DESCALZO”

“La playa no se lleva bien con la tradición intelectual”

A pesar del tono autobiográfico, el relato de La vida descalzo ensaya lecturas que van más allá de la experiencia personal, teorías que a menudo van a contramano del lugar común de arena y mar.

Por Silvina Friera

“La experiencia que trato de reconstruir es la de mi infancia”, dice Pauls, que incluyó fotos propias en el libro.

La frase de Roland Barthes, “todo esto debe ser leído como dicho por un personaje de novela”, le permitió a Alan Pauls rendirse ante la evidencia de que sólo a través de una puesta en escena podría enfrentarse con los materiales autobiográficos. En La vida descalzo (Sudamericana), la playa –un lugar asociado con la forma más perfecta de la felicidad– es un escenario de representación de imágenes ligadas a la infancia del narrador, contaminadas y mezcladas por la perspectiva del adulto que reelabora su pasado mientras escribe. Así, el personaje de esta novela sueña mucho en Cabo Polonio para compensar los efectos de un cierto síndrome de abstinencia, no hay luz eléctrica, ni cine, ni televisión, ni computadoras, ni publicidad. Percibe que todos los cuerpos en la arena o en el mar son democratizados por la desnudez en masa, y sugiere que nada resulta más disonante para la imaginación popular que la idea de un intelectual en traje de baño, que lucha a brazo partido con los rayos de sol. “La experiencia de la playa que trato de reconstruir es la de mi infancia”, dice Pauls en la entrevista con Página/12. “Probablemente si mi escritura no estuviera trabajando los problemas de autobiografía, experiencia y memoria, no hubiera hecho esta asociación entre infancia y playa.”

–¿Antes tenía más reparos respecto de la autobiografía?

–Tenía más problemas; creía que para escribir había que cortar con la propia vida, y con la vida en general. Las ideas de vida que había en circulación, cuando se hablaba de la relación entre literatura y vida, no me satisfacían, me resultaban falsamente ingenuas, demasiado espontaneístas, y me conducían a ciertas ideas que no me cerraban. Mientras no pude resolver ese problema, me negué a la relación con la vida.

–¿Y en qué momento se amigó?

–A principios de los años ’90 hubo algo que estalló y se resquebrajó en ese pensamiento un poco paranoico que suscribía, en el sentido de no dejar entrar al exterior en lo que escribía. Supongo que empecé a descubrir un cierto placer en la porosidad de la literatura, que en ese tipo de contaminaciones podía haber un material artístico y de ficción tan interesante como el que encontraba antes en un mundo más literario. Y fui pensando esa materia que uno llama vida de otro modo; decidí atacarla más de frente, en vez de evitarla, y comencé a darle una forma.

–Cuando la vida entra reelaborada en la ficción, ¿potencia la literatura?

–Para poder trabajar con un material autobiográfico, tuve que rendirme a la evidencia de que solamente la vida puede entrar en la literatura cuando es la literatura la que la inventa. Aun cuando lo que escribo ahora trabaja mucho más con un tejido autobiográfico, no creo que la vida entre en la literatura sino que es la literatura la que inventa una vida posible que puedo llamar mía. Los elementos más autobiográficos, y los que a mí más me interesan, de El pasado son aspectos que ni siquiera sabía que recordaba de mi vida. La escritura de la novela los fue convocando, en una especie de memoria involuntaria a la Proust, porque ya no surgían de mi propia experiencia de recordar sino de la máquina de escribir propiamente dicha. No creo en la idea de que uno sabe cómo vivió y traduce esa vida a la ficción. En mí funciona más la idea de que al escribir uno va inventando una cierta vida personal, que por supuesto tiene mucho de conjetural y de ambivalente, es una vida muy resbaladiza, donde todo el tiempo el material autobiográfico real está en contacto con dimensiones ficticias y artificiosas o incluso disparatadas.

–A pesar de que La vida descalzo está escrito en primera persona, hay una distancia que genera la sensación de una tercera persona. ¿Su intención fue reflexionar sobre la playa como si fuera otro el que lo estuviera haciendo?

–Siempre me molestó mucho del registro autobiográfico el costado expresivo, la idea de verter algo, de sacar algo hacia fuera. Esa distancia para mí es un juego, una puesta en escena de un yo, donde el carácter de puesta en escena está tan acentuado casi o más que la idea de que hay un yo en escena, y eso siempre me permitió enfrentarme con un material autobiográfico. Ese juego de distancia con lo personal es clave. En general, los libros testimoniales o la gente que dice yo por escrito no me interesa; no soy sensible a eso, no me conmueve, no me inspira. Ahora, tan pronto como veo que hay en esa puesta en escena de un yo, una cierta teatralidad, una ficción, ahí me empieza a interesar. Esa distancia en el libro deriva de una frase que siempre recuerdo, y que es prácticamente mi divisa de los últimos años. Es la frase con la que se inaugura el Roland Barthes por Roland Barthes: “Todo esto debe ser leído como dicho por un personaje de novela”. Ese es el procedimiento que me permite encarar un material autobiográfico y no quedar capturado en esa especie de ilusión imaginaria de estar expresándome o estar contando una verdad mía. Cuando uno adhiere a la confesión, adhiere a la idea de que hay un núcleo de verdad que puede salir de la oscuridad a la luz. Pero no creo en eso. En vez de confesiones, expresiones, pienso en puestas en escena.

–¿Por qué es contradictorio imaginarse a un intelectual en la playa?

–La playa no se lleva bien con la tradición intelectual. La tradición playera es demasiado vitalista, demasiado a la intemperie, y la intemperie como experiencia no es un espacio ni para la lectura, ni para la reflexión; es una experiencia que está más ligada a la contemplación o al llenado de ese vacío con un despliegue físico muy grande. La playa es un espacio a mitad de camino entre la salud y el deporte, que son experiencias que no tienen nada que ver con la mitología intelectual. Tengo la impresión de que es difícil asociar la playa a la labor intelectual, excepto cuando la playa está deportada de su hábitat natural, que es el verano. La playa en invierno se convierte en un espacio hostil, lleno de incomodidades y de contratiempos, y un espacio así es más estimulante para la actividad intelectual que esa especie de horizonte sin límites, meteorológicamente idílico, que es la playa en verano.

–¿Y cómo se lleva con la playa?

–Me resulta muy difícil imaginar una vacación que no transcurra en una playa. No soy hombre de montaña en la medida en que lo que vaya a buscar sea una vacación. Puedo viajar a la montaña, pero no voy a sentir que estoy de vacaciones. Sé que hay escritores o intelectuales que les resulta totalmente impensable la idea de una vacación. Pero para mí es una idea importante, me gusta tomarme vacaciones de la escritura.

–¿Por qué tiene tanto predicamento el mito del escritor que nunca se toma vacaciones, que siempre está escribiendo?

–En un sentido, si uno piensa que escribir es una práctica de la imaginación, de la observación o de la reflexión, es cierto que no hay vacaciones, porque incluso cuando estoy de vacaciones me llevo una libreta y tomo notas. Y si no lo hiciera y solamente me dedicara a leer, que es para mí el gran goce de la vida (incluso superior a escribir), el tipo de marca que haría en el libro sería como una especie de víspera de escritura. Cualquier persona que se dedique a una práctica que involucre la imaginación, la reflexión, el pensamiento, lo que puede hacer es poner entre paréntesis eso y descansar. Pero nunca se apaga del todo, a lo sumo se desactiva un circuito principal y se activan circuitos secundarios. A mí me gusta de las vacaciones la idea de sedentarismo absoluto, casi de inmovilidad. Me hace bien saber que durante quince días al año no voy a tener relación con ningún tipo de máquina, saber que no tengo la computadora; y de hecho voy a una playa que no tiene luz eléctrica, Cabo Polonio, y me hace muy bien esa falta de energía eléctrica.

–¿Esa falta de luz activaría otros mecanismos en usted, por ejemplo el de los sueños?

–La playa es un espacio muy onírico, muy proyectivo, me genera una superproducción de sueños increíbles. No sueño mucho en la ciudad, donde se supone que hay muchas imágenes que nos bombardean todo el tiempo. Y en la playa, sobre todo en Cabo Polonio, sueño muchísimo en formatos televisivos o cinematográficos; son sueños que tienen argumentos y géneros, pueden ser comedias, melodramas, aventuras. La playa es como una gran pantalla donde puede proyectarse toda clase de imágenes e historias audiovisuales.

–¿Se imagina viviendo en una playa?

–No. La playa, a pesar de que es un lugar muy familiar para mí, tiene los valores que tiene en la medida en que es un espacio excepcional, una interrupción o un desvío de algo. No me gustan los lugares endogámicos para vivir; prefiero el anonimato de las ciudades. La playa, por más populosa o urbanizada que fuera, me produciría una cierta claustrofobia.

–¿Ni siquiera se animaría en Cabo Polonio?

–Es imposible vivir por razones climáticas. Es un lugar terriblemente húmedo, muy difícil de calefaccionar, hace mucho frío y las paredes chorrean. Nunca estuve en invierno, pero me dijeron que es muy complicado, que para estar ahí tenés que ser una especie de Robinson Crusoe dispuesto a vivir en una epopeya permanente. Me gusta la leve epopeya que representa para mí estar quince o veinte días al año en Cabo Polonio (risas).

–Sin embargo, hay muchos escritores, como Forn o Saccoma-nno, que se fueron de Buenos Aires para escapar del “infierno urbano”.

–No creo que haya ningún infierno del cual escapar, más bien pienso que el infierno son los lugares pequeños, salir a la calle y encontrarte siempre con las mismas personas. Eso me parece mucho más infernal que desaparecer en la ciudad, como uno desaparece todos los días.

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16 septiembre 2007

Estética estática

Gonzalo Calcedo Juanes es, sin lugar a dudas, el mayor productor de libros de relatos de este país. En los once años que van de la publicación de Esperando al enemigo hasta el día de hoy ha editado diez libros de relatos. Sus cuentos están recogidos en numerosas antologías y está reconocido como uno de los grandes del género en este país. Sirva como botón de muestra los elogios vertidos en la entrevista que Miguel Ángel Muñoz le hizo en su blog El síndrome Chéjov.
Yo me he acercado a Saqueos del corazón con la misma ilusión con la que en su momento me he ido acercando al ya mencionado Esperando al enemigo, a La madurez de las nubes, a Apuntes del natural, La carga de la brigada ligera o El peso en gramos de los colibríes o a su novela La pesca con mosca. He realizado este pequeño repaso a modo de inventario no tanto para, como hace Rafael Conte en sus artículos, demostrar que todos esos libros están criando polvo en los estantes de mi biblioteca, como para evidenciar que conozco, y que he manejado la obra de Calcedo Juanes. Y, después de haber leído todos esos libros, y este nuevo Saqueos del corazón, creo que es muy probable que no me decida a leer muchos más libros suyos. Luego, como todo en la vida, incumpliré este deseo y leeré más cosas suyas, pero creo que sirve como imagen suficientemente plástica la idea de alguien que, tras haber realizado la lectura de un libro, tiene la sensación de que no va a encontrar ya nada en la obra de ese autor.
La importancia de la continuada labor de Calcedo como cuentista no se puede poner en duda sin caer en la más evidente hipocresía. El modo en que ha leído el minimalismo norteamericano y lo ha adaptado a nuestra literatura ejerce todavía una enorme influencia en los textos de los nuevos autores que despuntan. Su dedicación al género está fuera de toda duda, pero, quizá por todo eso, se hace evidente que su narrativa ha llegado a un estancamiento evidente. La lectura de los once cuentos que forman este libro no depara una sola sorpresa, un solo cuento único y original, una alegría íntima, un goce estético. La cuentística de Calcedo ha caído ya en un impass que perjudica, sobre todo, a la valoración de su obra. Si alguien comenzara hoy a leer a Calcedo Juanes con este libro es muy probable que valorase su evidente oficio y la solvencia que lleva demostrando muchos años como contador de historias. Pero uno lleva ya unos cuantos libros de Calcedo leídos, y no encuentra en este nada nuevo, nada vibrante, nada que huela a riesgo o a ambición. Uno encuentra un libro más de Calcedo, bien escrito, con unas tramas más interesantes que otras, con ideas mejor o peor aprovechadas, pero no mucho más.
Y esa es la razón fundamental de este texto. No tanto señalar el inmovilismo de la obra de Calcedo –que no se puede condenar, ya que sea por elección o por fatalidad es algo que cae fuera de todo cuestionamiento- como señalar que estamos viviendo un momento que es, a mi juicio, importantísimo en el devenir del cuento en nuestro país. Ahora mismo tenemos a maestros indiscutibles vivos, ahí está el referente de todos por prestigio y calidad de su obra: Medardo Fraile –todavía mejor persona que escritor, y mira que es difícil-, a una nutrida serie de autores establecidos –pienso en Merino, por ejemplo-, a los que están ahora en plenitud de facultades y continúan con una obra con un estilo ya marcado y definido –aquí la lista sería prolija así que mejor me ahorro nombres y de ese modo todos, muy narcisos, se podrán dar por aludidos- y un grupo de jóvenes autores que están dando sus primeros pasos. Y aquí es donde tenemos el problema. La obra de Calcedo Juanes está, o parece estar ya a tenor de lo demostrado en este libro, hecha. Todo lo que nos puede deparar el futuro son pequeños ajustes, remates, ligeros detalles. Pero el estilo, su intención, está ya formados. Y llega el momento de cambiar el foco de lugar. En los blogs, verdadero lugar de encuentro y valoración de los aficionados al cuentos, compruebo que estamos cayendo en los mismo errores que detecto en publicaciones y suplementos con las novelas. Todos los años, sea el libro malo o peor, uno presencia que hay una serie de autores a los que siempre se les coloca entre lo mejor del año. Hablo de autores como Vargas Llosa, Javier Marías o Muñoz Molina, por citar tan sólo tres. Son los que forman el parnaso de los novelistas hispanos, hagan lo que haga está bien. Y me parece que en el cuento estamos cayendo en los mismo errores, repito. A Calcedo Juanes –y restrinjo el comentario a él porque es su libro la excusa para este texto- hay que respetarle y valorarle como un autor de referencia en el cuento hispano. Porque eso es de justicia. Pero también hay que decir que el inmovilismo de su obra la convierte en cansina, que no hay ningún riesgo en su propuesta y que parece escribir los cuentos como Lope hacía los sonetos, porque se lo manda Violante.
Y todo esto arroja una nueva duda, que es la de saber si Calcedo Juanes hace estos cuentos porque está cómodo repitiendo la fórmula –que además le ha otorgado prestigio y dinero, aunque sea a través de certámenes- o si los escribe así porque no sabe hacerlos de otro modo. Pero no deja de ser algo secundario, porque lo realmente importante es lo rutinario de la dieta a la que nos somete con este libro.
En la citada entrevista que le hizo Miguel Ángel Muñoz dice que él se encuentra defraudado como escritor de relatos. Yo, como lector de los mismos, me encuntro en la misma tesitura.
Gonzalo Calcedo Juanes Saqueos del corazón Algaida, Sevilla, 2007

14 septiembre 2007

Los saraos literarios


A lo largo de estos años que he estado impartiendo cursos de escritura a distancia he comprobado que una de las cosas que más anhelan los aficionados a la literatura que residen en provincias son esos saraos que de vez en cuando se organizan en la capital. Fiestas de presentación, simposios, encuentros y demás acontecimientos por el estilo.
Yo estuve ayer, por ejemplo, en uno de los que amenazan con convertirse en un clásico: la presentación del número de la revista Eñe en el que se publican los finalistas de su certamen de cuentos –uno de los más desorientados del panorama, la verdad- y que viene a servir como pistoletazo de salida de la carrera de la temporada oficial de publicaciones. La del año pasado, por ejemplo, quedó un poco deslucida porque se acabó pronto la bebida, así que en esta ocasión había mucha. Nada de comida, eso sí, porque en un evento literario no hay que dar a la gente de comer no vaya a ser que eso quede poco chic. Lo mejor es pasear y dejarse ver con un gin tonic en la mano. Este año les fallaron los hielos. Las copas iban con poquísimos hielos y encima se quedaron sin ellos. Hay que solucionar eso para la próxima ocasión.
Pero lo importante no es el catering, sino la literatura, claro. Y de eso no hubo nada. Por allí había editores, escritores, pretendientes de, periodistas y algún que otro cargo cultural. También había gente que no era nada de todo eso, y gracias a ellos se podía estar un poco entretenido. Muchas veces me preguntan los alumnos de qué hablan los escritores en esas celebraciones. Deben pensar que sus admirados autores aprovechan esas reuniones para verbalizar los sesudos análisis que han hecho del Ulises de Joyce durante sus vacaciones. Pero la verdad es que yo siempre que he visto a dos o más escritores en correo he comprobado que hablan siempre de sexo y de dinero, como cualquier hijo de vecino. Si se tercia intentan mezclar los asuntos y hablar de cuánto se ha sacado alguien por acostarse con otro. Es, sin duda, lo más entretenido.
Siempre, en un momento dado de la noche, alguien te recuerda cuál ha sido la excusa de esa orgía de whiskeys on the rocks –los refrescos tampoco abundaban- y comienza a hablar por un micrófono. Desde luego mucho éxito no parecía tener, porque todo aquello sucedía en la cubierta superior y todos los que estábamos en la cubierta inferior –la azotea del Círculo de Bellas Artes es lo más parecido a un trasatlántico varado en mitad de la calle Alcalá- permanecíamos ajenos a aquello, sin enterarnos demasiado bien de qué hablaban.
Lo mejor de la velada, de todos modos, fue cuando, al irnos de allí –ya no había hielo y dos gin tonic a temperatura ambiente pueden ser malos para el estómago- nos mezclamos con el famoseo que salía de ver la Fedra que protagoniza Ana Belén en la versión de Juan Mayorga en el teatro del Círculo.
La noche, como todas las que se precien en el Círculo, deben acabar en el bar los Pinchitos y con una copa en el Galdós. Eso, tomar el último gin tonic en el café Galdós fue, sin lugar a dudas, lo más literario de toda la velada.
Yo no sé si todas estas cosas pueden dar algo de envidia a quien no lo ha vivido. Cosas de la literatura.

12 septiembre 2007

Lavados de cara

Retorno de unas breves e intensas vacaciones que me han llevado hasta Maribor -a buscar en Google Maps, señores, si quieren saber por dónde me he perdido- y a la vuelta me he encontrado con las editoriales a toda máquina, publicando muchos, y muy prometedores, libros. Anagrama vuelve muy fuerte, Alfaguara retorna a los delirios de la época de Juan Cruz que casi la arruina -a saber cuánto han pagado por el libro de Haddon-, y muchas pequeñas editoriales retornan con cosas muy interesantes de las que se irá hablando por estos lugares.
Pero, sin duda, la mayor alegría me la han dado los chico de Lengua de Trapo que, por fin, se han quitado de encima el rígido corsé de la portada americana que tenían desde hace años. Parece que el departamente de diseño de la editorial ha dado con un nuevo diseño que, sin parecer el definitivo -yo cambiaría de una santa vez esa tipografía retrofuturista y me cepillaría de una santa vez las cajas con bordes anchos que conservan- supone un cambio. En la colección de Ensayo y la de Narrativa extranjera, donde se han permitido más libertades, las portadas son más agradables.
Ahora que ya se han renovado las vestimentas, pueden continuar con la ropa interior. Quizá una caja más generosa, que deje un margen en el que quepa un pulgar, una letra más indicada para libros y una fuente nueva para los números -posiblemente son los números de paginación más feos de la edición española- supondría un lavado de cara ideal.
Para los que sabemos que un libro no es sólo un soporte, sino que es vehículo y fin en sí mismo, estas cosas son importantes. Porque, como decía Juan Ramón, un libro, editado de un modo distinto, dice otras cosas.

30 agosto 2007

Un gruñón muy simpático


Umbral no ha tenido suerte en su funeral. Su muerte ha caído entre la de unas de las grandes actrices del cine español y la de un futbolista joven y saludable al que se le ha parado el corazón por accidente. Y en medio se ha ido Paco Umbral, uno de los escritores más carismáticos -quizá el más- de España, casi de tapadillo.
Yo le conocí hace ya ocho años, cuando le hice esta entrevista con la percha de su libro viagramático que he repescado de los años en que el Word Perfect era mi herramienta de trabajo. Más que un gran escritor -que podía ser genial y único como lo fue en Mortal y rosa-, o como el primer contestatario de la televisión banal que usa a los invitados como carnaza en que se convirtió involuntariamente, le recordaré siempre como el hombre que, abrigado con una bata, se comía el membrillo y los dátiles de la merienda mientras le entrevistaba. O como el simpático gruñón que se negaba a que le hicieran foto alguna hasta que su mujer, España, no le había dado el visto bueno a su afeitado y le había peinado convenientemente.
Ahí va la entrevista, con el mayor respeto y cariño, y luego dos fragmentos tensos y bellísimos del que, para mí, es su mejor libro. Tan bueno que sepulta al resto cuando te preguntan por un libro suyo.

P-Bueno, pues lo primero de lo que quería hablar es sobre el libro que acabas de sacar, Historias de Amor y Viagra. Es un canto al sexo, con la excusa del Viagra, pero el sexo siempre ha estado muy presente en toda tu obra. ¿Cómo ves el sexo? En literatura, sobre todo.
R- Viagra no es sólo un pretexto, es un hilo que une todas las historias. Son unas experiencias viagramáticas, digamos.
P- No, me refería a pretexto porque está construido a la manera de los libros de relatos medievales, que tiene como cornice el tema del experimento encargado por la revista, la Viagra, y desde ahí surge el canto al sexo, a las mujeres, los nueve tipos diferenciados de mujeres que planteas, totalmente identificables.
R- Totalmente distintas unas de otras, totalmente reales.

P- Bueno, ¿cómo aparece el sexo en tu literatura? Desde los primeros textos periodísticos, hasta ahora. ¿Es liberadora, está concebido como algo oscuro, pecaminoso?
R- Bueno, yo creo que no he inventado el amor, quiero decir, que no se ha escrito sobre otra cosa que de hombres y mujeres de amor y de sexo, en todas las literaturas, y un poco de guerra... Yo no he inventado nada, el tema no es nuevo, puede ser nuevo en cada escritor el nivel al que se trate, el amor, el sexo, etc... Lawrence en El amante de lady Chatterly hace del sexo una especie de glorificación, de religión de mitificación panteísta, Henry Miller lo trata como una mercancía despreciable, digamos. No se ha escrito sobre otra cosa en la novela, en el teatro, no digamos en el cine. Las diferencias están en el tono, en el nivel de cada autor, y luego, o sobre todo, en lo que el sexo es para cada escritor, como digo para unos ha sido sublime, para Platón el amor es la culminación de las cosas, para otros ha sido una materia de investigación, de profundización en el hombre, como el marqués de Sade, y para otros ha sido un ingrediente más de la vida, casi animal, como es el caso de Henry Miller y luego Bukowski y otros. En cuanto a mí, depende de los libros, en algunos he tratado el sexo de una manera muy lírica y en otros de una manera muy cruda, depende de muchas maneras, de lo que se quiera decir, de cómo haya sido la historia que se quiere contar, si ha habido una historia real detrás. Para mí el lenguaje más adecuado para hablar de sexo es el lenguaje lírico, no me gustan mucho los libros de sexo directo. El lenguaje lírico de Nabokov, y creo que en este libro, como ya ha señalado algún crítico, he abandonado un poco ese tono lírico porque todo el libro es más casi periodístico, está escrito como por un periodista, es un poco más callejero, tiene muchas referencias a la actualidad misma, a la actualidad de cuando yo escribía el libro, en agosto. Tiene una escritura más directa que la mía habitual, más callejera, y por lo tanto el tratamiento de lo erótico es más directo, más crudo, más desagradable que dirían las señoras.

P- Al principio del libro dice que sí ha usado el viagra para realizar estos textos, pero ¿el punto de partida es impostado o es real? ¿Ha usado realmente el viagra?
R- Esto es un encargo de París-Match, yo colaboro habitualmente y el director me dijo que si yo me prestaría a hacer una experiencia con Viagra. Y le dije que bueno. Entonces, mediante todos los trámites necesarios, los médicos que me tenían que decir si yo podía tomar eso, la importación de USA porque por entonces no había llegado aquí, allá por junio o julio, no recuerdo. La medida de la dosis, hecha por un andrólogo, hicimos las experiencias, varias, yo lo escribí y salió en la revista. Luego, como había descubierto un mundo rico, se me ocurrió, yo tenía necesidad de seguir con el tema y el medio era el relato corto, estas nueve historias.

P- Y la alusión, que el Viagra permite escribir mejor. Es un dopaje, un nuevo paraíso artificial.
R- El Viagra no es más que un modificador del sistema vascular, lo descubrieron porque estaban buscando algo para evitar los infartos. Entonces se trata de que cuando hay un problema de riego defectuoso, de infarto, se intentaba inyectar sangre en el corazón para hacer desaparecer el peligro de infarto. Eso lo están a punto de conseguir, entonces comprobaron que algunos enfermos confesaron a los científicos que aquello no funcionaba debidamente para el corazón, pero en cambio les producía unas erecciones tremendas, entonces ellos comprendieron el mecanismo. Consiste en controlar el riego, potenciándolo de modo sectorial, y por sí sólo se estaba dirigiendo a las zonas erógenas, y en estos hombres estaba produciendo un efecto muy fuerte, y había una solución a los casos de impotencia masculinos, de cualquier tipo, por edad, por enfermedad, por timidez, impotencia juvenil, impotencia madura, cualquier impotencia, transitoria, permanente. Tiene sus contraindicaciones, como toda medicina, siguen trabajando en esa dirección, van a trabajar sobre la mujer, sobre la impotencia femenina, que también tiene casos infinitos en el mundo. Y el mecanismo es igual, una descarga de su propia sangre. A efectos de la función sexual, está resuelto con cuatro horas de plazo, que hay tiempo para hacer muchas cosas. No han renunciado, aunque esto lo hayan comercializado, a su primer objetivo que era el corazón. De modo que no se trata, como dicen por ahí, yo oigo cosas que me indignan, una señora, que parecía muy culta dijo “ese mejunje”, es decir, hay una enorme ignorancia, pero peor es que no hay ganas de enterarse, dicen, eso es como los crecepelos, es un truco, lo igualan con las drogas, es otra cosa, mucho más sencillo, una corrección del sistema vascular en determinado momento, que tiene un efecto medio de cuatro horas. No es más que eso. No hay paraísos artificiales.

P- No, me refería a que decías que escribiendo se nota que la cabeza funciona mejor bajo los efectos del Viagra. Una comparación entre su libro y Los paraísos artificiales de Baudelaire.
R- Efectivamente, como es una pequeña revolución del cerebro. Pero no tiene nada que ver, Baudelaire tomaba laúdano, esto no es más que una rectificación del riego sanguíneo. Ahora, la gente dice que es una droga con absoluta ignorancia. Una persona, después de estar hablando durante un buen rato, me dice, bueno, y cuanto dura el tratamiento. No es un tratamiento, usted la toma cuando va a acostarse, no son unos antibióticos, se toma un día porque le hace falta. La intensificación del riego es razonable, y dura más, he notado que escribía con mayor facilidad.

P- En tu libro Lorca, poeta maldito, fuiste el primero que hiciste una reflexión sobre la homosexualidad de Lorca, un análisis serio, la gente se te echó encima. ¿Cómo ves el estado de la figura de Lorca?
R- A mí me gustaba mucho cierto Lorca, desde joven. Un día se me ocurrió, cuando levaba publicados dos, cuatro libros, hacer un libro sobre García Lorca, salieron en los cincuenta unas obras completas, que no eran completas, en Aguilar, las trabajé mucho y se me ocurrió la idea de estudiar a Lorca. Yo siempre he tenido una vocación de ensayista fuerte. Me pareció que una de las claves que estaba sin estudiar en Lorca era su homosexualidad, que para mí tenía interés a efectos de que tiene mucha repercusión en su obra, mucho más de la que parece, y eso estaba sin explicar, y yo traté de explicarlo.

P- El hijo de Greta Garbo, una elegía, un canto a tu madre.
R- Una novela, una novela de una señora que, casualmente, era mi madre.

P- Y está ambientada en Valladolid, una ciudad de provincias.
R- La ciudad es Valladolid, pero bueno, yo creo que no se habla de Valladolid, sino de la provincia española.

P- Has hablado de Valladolid como la madre.
R- No. He hablado de dos ciudades fundamentales en mi vida, hablando del afincamiento del escritor: Valladolid o la madre y Madrid o la literatura.

P- Sobre la literatura de la memoria, que siempre está muy presente en Francisco Umbral.
R- Sí yo creo mucho en la literatura de la memoria, creo que todo es literatura de la memoria y el que no lo quiera reconocer o no se entere pues peor para él. Creo que todo es autobiografía de alguna forma, de una forma o de otra, pero bueno, la biografía descaradamente asumida está en mis libros. En unos más que en otros, en lo narrativo: las novelas, los libros de memorias, etc. Naturalmente en un libro como el de Lorca no pinta nada mi madre.

P- El yo continuo en la obra de Umbral, incluso en novelas donde aparentemente no tiene el porqué ver con Umbral escritor, pero siempre está narrado desde un yo y siempre se trasluce realmente la figura de Umbral.
R-No, ya explicó muy bien Marcel Proust en un par de ensayos que no hay que confundir, primero al autor con el narrador, el autor del libro, el que cobra los derechos, no es necesariamente el narrador, el que narra la novela y el narrador no es necesariamente el protagonista, de modo que hay tres desdoblamientos: el autor real, que sale en los periódicos, el narrador, que no es el mismo, y el protagonista. Esto hay que diferenciarlo mucho. Si yo asumo el papel de narrador, el narrador es un personaje más, no es al autor, aunque hable en primera persona y el protagonista. Estos personajes pueden estar fundidos en uno o pueden estar separados, pero conviene distinguir a los tres, a uno de otro, para no hacerse líos en la cabeza, y no creer porque el lector poco experto, si lee en la novela un asesinato contado en primera persona puede pensar que el asesino es el autor. No tiene nada que ver, el uso de la primera persona es un uso del narrador, que unas veces es el protagonista y otras no. Pero vamos, lo claro, una teoría que Proust enseñó a los críticos, porque era mucho más listo que ellos, es que hay tres personas en la gestación de una novela, el autor, el narrador, si está narrada en primera persona, y el protagonista. De modo que yo soy, o no soy, uno de esos señores. El autor desde luego soy siempre, el narrador a veces y el protagonista a veces también, otras no.

P- Y en libros tan íntimos como Mortal y rosa, ¿se puede rastrear ahí a Umbral?
R- Sí aparece, claro que aparece, lo que pasa es que... Magritte pintó una pipa, y lo tituló: Esto no es una pipa. De modo que desde el momento en que una persona, empieza a escribir o a pintar, a hacer arte con la vida aquello se transforma se hace otra cosa. Mi madre es pero no es mi madre, yo no creo que mi madre fuera eso exactamente, porque es un ser transformado por la escritura. La madre, el hijo de
Mortal y rosa, etc. cualquier personaje. El hecho de que sea un retrato mío... pues no soy yo. El arte no consiste en copiar las cosas, sino que por el mero hecho de someter una persona, una cosa, a un proceso creativo, sale otra cosa. Esa identificación absoluta, matemática, geométrica, de la realidad con el arte, en este caso con la escritura es falsa, y hace mucho ya que estamos de vuelta de eso.
P- ¿Es todo literalizable? ¿Cualquier aspecto de la vida se puede recrear en la literatura?
R- Sí claro, absolutamente todo. De la vida y de lo que uno piense sin salir de su propio cerebro. En Kafka hay muchas cosas que salieron de su cabeza, nunca se convirtió en una araña o en una cucaracha, como en
La metamorfosis. Son cosas que salían de su cabeza.
P- En Los botines blancos de piqué, haces un análisis muy profundo de toda la obra de Valle, pero es más un reflejo. El juego de espejos de la portada, ¿es realmente un libro sobre Valle-Inclán o un libro de Umbral a través de Valle?
R- No, en absoluto. Esa idea de las fotos enfrentadas fue idea de la editorial, me mandaron un día a hacerme unas fotos, y yo no sabía que era para enfrentarlas a esa foto, no me gusta mucho la idea, pero fue una cosa de la editorial, yo no me ocupo de las portadas, bastante hago con escribir los libros, yo no me ocupo de las portadas. Por otra parte yo no tengo nada que ver con Valle-Inclán, yo no llevo barba larga, a mí no me falta un brazo, yo no he sido carlista, yo no he escrito teatro, yo no he tenido seis u ocho hijos, yo no tengo que ver nada con Valle-Inclán.

P- Bueno, pero eso son más que nada aspectos externos, yo me refiero a literarios.
R- No, cuando uno es biógrafo, ensayista y decide estudiar a un escritor, naturalmente elige a un escritor que le es grato, que le es afín. A mí no se me ocurriría hacer un libro sobre Baroja, no sobre Galdós, porque no me son afines sus ideas, sus estéticas. Pero los escritores que yo he estudiado, el primero fue Larra, luego Lorca, Gómez de la Serna, González Ruano, Valle-Inclán, y todavía pienso hacer un Quevedo, es que me son escritores muy afines, que he leído y releído toda mi vida, pero eso no quiere decir que yo tenga nada que ver con ellos, en absoluto. Son afines literariamente.

P- Y ese libro que mencionas en tu diccionario, "no renuncio a escribir un libro sobre Borges: poeta, mentiroso y ciego"
R- Entonces estaba yo leyendo a Borges, que siempre me gustó mucho, le estaba leyendo intensamente, incluso tenía la idea de hacer... No, el Borges que yo hubiera hecho, ya no lo voy a hacer, yo hubiera hecho solamente el Borges poeta, la obra poética que la tengo por ahí en varios libros. Por eso iba a ser Borges: poeta, mentiroso y ciego. Hombre, porque el hizo una obra de arte de la mentira, poeta es un enorme poeta y ciego, toda la vida presumió de ciego, pero al final estaba ciego de verdad. Hubiera hecho sólo el Borges poeta que me parece el mejor, pero vamos, no, no lo voy a hacer.

P- Y también los has mencionado, González Ruano, que es un gran olvidado hoy en día. Lo reivindicáis cuatro, lo ha abandonado todo el mundo.
R- Sí yo tengo mi libro sobre González Ruano,
La escritura perpetua. Lo ha abandonado todo el mundo, porque hoy en día nadie lee a Azorín, nadie lee a Hinojosa, o a cualquier otro poeta que era del veintisiete, por ejemplo este año se ha celebrado el centenario de Lorca, pero también el de Dámaso y Aleixandre, que son de la misma generación, nacieron el mismo año, y se ha hablado sólo de Lorca, no se ha hablado de Aleixandre, que es un poeta quizá tan bueno como Lorca, no se ha hablado de Dámaso, que no era tan buen poeta, pero era otras cosas, era un sabio y un ensayista, un estudioso, un crítico de primera categoría europea. Bueno, pues esto es así, se pone y se quita un nombre, nadie sabe porqué.
P- ¿Estás de acuerdo con la visión de Andrés Trapiello de que hubo gente que ganó la guerra y perdió los manuales de literatura?
R- No sólo estoy de acuerdo sino que lo sabía mucho antes de leer a Trapiello.

P- Me refería a que cuando apareció el libro fue la polémica que suscitó.
R- Sí, pero las razones políticas de momento pueden influir en los aprecios y los desprecios de un autor, pero no son sólo las razones políticas, son sobre todo las modas, cada nueva generación necesita descubrir sus maestros, inventar sus antepasados, y si los maestros estaban siendo unos determinados, pues la nueva generación se inventa otros. En los años sesenta estábamos en plena poesía social cuando llegó don Ginferrer, y Carnero y otros con una poesía neomodernista, totalmente diferente, invocando, claro, otros maestros, y cambiaron de rumbo la poesía española. Pero esto es lógico, es el juego generacional, gracias a ello progresamos, si no estaríamos siempre en lo mismo.

P- Hablas mucho de poesía, nunca te has sentido tentado de escribir versos, porque tienes una prosa muy lírica.
R- No, cuando me enamoro escribo algún poema, pero ya me enamoro muy poco, nada, cada vez menos

P- La literatura periodística.
R- Sí es una pasión. Me gusta mucho, tiene mucha tradición en España y en Francia, hasta Baudelaire hizo periodismo, y en España, primero Larra, luego Mesonero y Cavia, y luego todo el 98 hizo mucho periodismo, el 27 menos, pero luego... Ortega hizo mucho periodismo, y la generación de Ortega, muchos libros de Ortega, desde luego La rebelión de las masas fueron artículos en los periódicos. Y después de la guerra hay toda una generación de escritores de periódico importantísimos, eran más o menos del movimiento, de la falange, de aquella cosa de Franco, claro, porque si no, no habrían estado allí, los habrían matado a todos, pero algunos son muy buenos Agustín de Foxá, Ruano, Eugenio Montes, Sánchez Mazas, Víctor de la Serna, Michelena, García Serrano, un falangista furioso, navarro, pero escribía espléndidamente bien, esos son los que perdieron los manuales de literatura, pero son grandes escritores. Les ocurrió una cosa, como ganaron la guerra y estaban ellos solos porque la literatura de izquierda o estaba en el exilio o estaba enterrada, se quedaron solos, dueños de todo. A mí me decía Miguel Mihura que iba a Chicote, en la Gran Vía, y aparcaba el coche allí delante, donde quería. Claro, estaban solos y podían aparcar donde querían, había cinco coches en Madrid. Esto pasó en la literatura, como tenían esas grandes facilidades porque no había otros, y continuamente tenían conferencias y cosas, es decir, vivían bien de la literatura, pues casi ninguno hizo obra, no hicieron obra en libro, Sánchez Mazas hizo un par de libros que están bien Rosa Kruger y Pedrito de Andía, pero en general se dejaron perder en la molicie de la victoria, que no les interesaba nada y procuraban no vivir de eso, a Sánchez Mazas le hizo ministro Franco y no fue nunca a los consejos de ministros, jamás, hasta que Franco mandó quitar la silla. De modo que el exceso de victoria, murieron de éxito, como decía Felipe González hace tiempo, murieron de éxito por el exceso de victoria. Por otra parte tenían una crisis personal porque no creían en aquello que habían defendido, porque vieron en qué consistía la victoria y vieron que no era eso. Foxá hizo Madrid de corte a checa y algún otro libro muy hermoso porque era un gran escritor, vistos desde la derecha claro, y fue una generación un poco perdida sí.

P- ¿Y Ridruejo?
R- Es que no era nada en concreto, era un hombre muy inteligente, era un político idealista, que no conectaba nunca con la realidad. No tenía nada que ver, fue fascista hasta el alma, disfrutó mucho en la Alemania nazi, odiaba a los judíos, era fascista, era un hombre bueno, una buena persona, pero la verdad es que era un nazi absoluto. Y como poeta pues olvidado porque era un poeta mecánico, tecnicista, que hacía los sonetos a fuerza de técnica, pero donde no había emoción, ni vida, ni nada. Como prosista inteligente y lúcido, con toques literarios buenos, pero tampoco hizo..., algún diario, algunas cosas, cuando estuvo en la División Azul hizo una cosa de Rusia. Es bonito pero no es una obra sólida ni abundante.

P- Bueno, realmente se le conoce más por ser el traductor de El quadern gris de Pla.
R- Sí, de una parte, porque no acabó la traducción. Es que su mujer era catalana, es catalana, que vive, y ella era la que traducía del catalán y él lo ponía en buen castellano, lo que ella traducía literalmente. Yo he estado en su casa, en la calle Ibiza, muchas veces cuando estaban trabajando en esto, tenían todo el suelo lleno de papeles de la traducción, iba terminando folios y los echaba al suelo, y luego o al día siguiente, o por las noches, se dedicaban a poner orden en todo aquel trabajo. Recuerdo el suelo totalmente lleno de papeles y era la traducción de El cuaderno gris.

P- El interés por la columna es por su mezcla de estilos y porque es perecedera su temática…
R- No es perecedero, Larra no es perecedero, es el escritor más importante en España del siglo XIX, por sus artículos

P- Lo comparo con la columna que se hace hoy en España.
R- Es que esto no es una cuestión de géneros, no es más importante el señor que hace un soneto. Ningún poeta que hace sonetos en el XIX ha quedado como Larra por sus artículos. La importancia no la da el género, la da el hombre, el individuo, no el género que elija, porque todos elegiríamos las odas al Santísimo Sacramento y seríamos los mejores, no. No hay géneros mayores o menores, depende del individuo que lo haga
.
P- Entonces faltan ahora columnistas en España.
R- ¿Qué faltan? No, yo creo que sobran, están los periódicos llenos de columnistas.

P- Es a lo que me refiero, faltan columnistas de calidad.
R- No, también hay buenos, Manuel Vázquez Montalbán, Manuel Vicent, Vicente Verdú, hay unos cuantos, Porcell en Barcelona hace una columna diaria en La Vanguardia que está bien. Pero hay tantísimos porque hoy es la moda, y hoy quieren ser desde los veinte años columnistas, y el columnismo es el tramo final del periodismo, la cumbre, y quieren empezar por arriba.

P- De toda la vorágine de nuevos narradores que han aparecido en los últimos años, ¿te quedas con alguno?
R- Nombres concretos, no, porque no hay que decir nunca que uno es mejor que otro, nunca en literatura porque son cosa heterogéneas, no se puede comparar lo de uno con lo de otro. Lo que sí puedo decir generalizando es que el tono es bueno, en cuanto que es un tono más conectado con el mundo, menos cerradamente español y casticista, como fue en los años cuarenta y cincuenta, en los sesenta ya empieza a abrirse más la literatura. El tono es mejor en ese sentido, ahora, se está escribiendo cada vez peor, los libros están cada vez peor escritos. Se escribe horriblemente mal, la gente joven escribe horriblemente mal, hay muy poca gente que sepa escribir. Quizá por la influencia americana, sobre todo, que lleva implícito un cierto conocimiento del inglés, está bien estar influidos por un país que siempre tiene una literatura en vanguardia, pero en cambio, esto es a costa de no conocer el español, no conocerlo en absoluto, horrorosamente mal.

P- Tal vez es porque el lenguaje periodístico está desbordando los límites y cada vez se escribe más como una crónica de sucesos.
R- Hombre, hay media docena de columnistas.

P- No, me refiero a la crónica de sucesos, no al columnismo. El nuevo periodismo de Wolfe, que puede estar influyendo negativamente en el lenguaje literario.
R- No, el nuevo periodismo fue un invento que no era un invento, ya se había hecho en Europa mucho tiempo antes, Hemingway lo había hecho en su país. Bueno, fue un nombre afortunado. El nuevo periodismo, entendido como periodismo literario, es muy importante el estilo. Tom Wolfe escribe muy bien, todos sus artículos están muy bien escritos, y su novela La hoguera de las vanidades está muy bien escrita, y esta que ha sacado ahora aún no la he leído.

P- No hay traducción. ¿Cómo ve Umbral escritor al Umbral figura pública?
R- No hay tantas separaciones, tantas fragmentaciones, si no uno sería un caos, una multitud, una verbena. Yo soy el mismo, el escritor, la figura pública, el político, el mismo. El hombre está compuesto de muchas cosas, el hombre no es un maniquí del Corte Inglés, está compuesto de muchas cosas, y todas esas cosas hacen al hombre.

P- No, era más que nada porque cuando he comentado: “Voy a hacer una entrevista a Francisco Umbral” he oído opiniones de todo tipo, del suerte, al ten cuidado, etc.
R- Sí, pero esto es igual, todos los hombres que vienen a entrevistarme vienen dispuestos a pelearse conmigo, y todas las señoritas que vienen a entrevistarme vienen temiendo que las voy a violar. Esto son cosas que se dicen.

P- Yo tengo una duda, no sé si es una impertinencia, pero, ¿por qué el cabreo con Mercedes Milá?
R- Una historia malvada de Mercedes Milá, porque yo esa tarde presentaba un libro mío, La década roja, es una historia del año 92. Se cumplían diez años de gobierno socialista, lo presentaba por la tarde, no sé en que sitio de Madrid, y estaba aquí el editor y todo el mundo, muchísimos invitados, y ella me llamó para que fuera a su programa, que era a la misma hora, que me lo iba a dedicar entero, había recibido el libro y le había encantado, le había gustado mucho y me iba a dedicar el programa entero. Yo le dije que tenía esto, y ella, pero no importa, un poco más tarde, cuando haya sido la presentación, mandamos un coche de televisión allí, a donde me dices, al sitio, y vienes al programa. Entonces yo le dije al editor, van a venir a buscarme, me van a dedicar el programa entero, y es terrible tener que dejar a esta gente cuando ha venido aquí para estar con nosotros, y dice: No, no, vete porque vale la pena, era un programa que estaba muy de moda, dedicado entero al libro, no pasa nada, vete. Y efectivamente, llegó el coche y me fui. Y aquello estaba dedicado a un incidente que había tenido Felipe González en la Universitaria, que le habían silbado los estudiantes, y Mercedes Milá, que debía ser muy felipista, había hecho un programa, o le habían mandado hacerlo, donde esto se explicaba de otra forma. había allí estudiantes invitados para opinar, de una y otra opinión y tal, y ponían videos continuamente de aquel acto de Felipe González. Y así iba pasando el programa, y cuando ya quedaban cinco minutos dije, pero bueno, me has traído aquí para hablar de este libro y de este libro no se ha hablado para nada, y me ponía disculpas y cosas, y digo no, yo he venido a hablar de mi libro y esto es otra cosa, esto no es lo que tú me has dicho, me has sacado de mi libro. Una maldad de esta mujer y, claro, yo me indigné. Yo he venido a hablar de mi libro, que es lo que tú me has dicho, si no, no había venido. Y en el intermedio de publicidad me dijo: Hombre, esto me lo podías haber dicho ahora y no antes. No, sí es que yo quería que se enterase toda España, cómo voy a esperar a la publicidad para decírtelo.

P- Para cambiar de asunto, yo veo la obra literaria de Umbral como un conjunto, donde cada libro vendría a ser un ladrillo que se va sumando para crear a una casa. Hay una idea que rija su obra, una concepción. Hay una ligazón.
R- Bueno, no es un plan deliberado, yo soy partidario de sentarme a los veinte años con un papel y decir, yo en esta vida voy a escribir esto y esto y...

P- No, no me refiero a Guillén haciendo Cántico, sino de una manera más espontánea.
R- Hombre, es inevitable, claro, hay unos temas recurrentes, que vuelven siempre. Como son las ciudades que he dicho antes: Valladolid y Madrid. Yo he vivido en Nueva York, no se me ocurrirá escribir una novela sobre Nueva York, claro, es un sitio que no conozco suficientemente. Hay unos temas recurrentes, como el de la madre, muchos temas de Madrid, entonces, uno quizá vuelve a escribir siempre de lo suyo, de lo mismo, pero eso es el mundo del escritor, el pequeño mundo de un escritor sobre el cual debe volver siempre, porque si ese escritor que hace un viaje a la India, y escribe de la India, y luego de China, me parece un escritor turístico, el caso de Hemingway, que como tal escritor a mí no me interesa mucho, porque es un escritor turístico, y va a Africa a cazar elefantes y escribe Las nieves del Kilimanjaro, y esas cosas. Es el escritor cosmopolita, el típico best-seller, que no me interesa nada.

P- Me refería por ejemplo al caso de Vargas Llosa, que en cada novela trata de crear un mundo, dar una idea, antes de su cambio ideológico, como contraposición.
R- Todos estos escritores hispanoamericanos, ese boom, que era una cosa compacta, que además les había dado unidad su identificación con la revolución cubana, todos estos hombres se vinieron abajo, el boom se hundió, se desinfló, cuando le dieron a García Márquez el Premio Nobel. Todos soñaban con el Nobel, a ver a quién le tocaba, le tocó a García Márquez, y yo creo que era el mejor, que le tocó muy bien, pero todos estos quedaron deshechos, porque claro, para ellos ya quedaba cerrado. Cortázar optó por morirse, Carpentier también, Vargas llosa optó por ser presidente de Perú, cosa que no consiguió nunca, luego optó por hacerse muy de los USA… Es decir, toda esta generación ha quedado muy dañada por el Nobel de García Márquez, parecía que tenían la misma edad, que podía haber sido para otro, yo creo que no, que fue muy justamente para García Márquez, aunque sea por una sola novela se lo merecía. Una sola novela magnífica, espléndida. Entonces ya no han vuelto a ser los mismos, incluso Borges, que era de una generación anterior, quedó afectado, porque comprendió que tampoco podía ser para él.

P- Hombre, a Borges… Desde que dijo el académico sueco que no se lo iban a dar, ya lo sabía.
R- Hombre, es que Borges políticamente, además de muy reaccionario, era muy infantil; porque el año que se lo iban a dar le había invitado Pinochet a Chile para ponerle unas medallas, y él fue allí, saludó a Pinochet y le puso las medallas, y se jugó el Nobel. Y era el año que se lo iban a dar.

P- ¿Dónde ese ve Umbral en la Historia de la literatura, o en el panorama de la literatura española?
R- Yo no me preocupo de esas cosas, no sé que lugar ocupo ni si ocupo un lugar, escribo lo que me apetece, escribo para vivir, porque vivo de lo que escribo, y surge Viagra como en este caso lo hago. No me preocupa, no lo sé.

P- Yo creo que como entrevista ya está bien, sin tiene algo más que decir...
R- No, a mí si no me preguntas nada...


Mortal y rosa


Vengo del noroeste, verde, monstruoso, musical. Vengo del agua extensa y el infinito nublado, horas verdes paradas sobre el bosque, rutas cambiantes a través del mundo, qué rincones de luz, de agua, de tiempo, entrevistos al paso, en la carrera, qué orbes pequeños, claros y quietos, para quedarse eternamente.

Biografías redondas, cuajadas de un vistazo. Es el paisaje quien viaja. Un pescador, una mujer por el camino, un niño en el barro. Toda una vida vista en un momento. Los montes pasan como música, los bosques cantan como orfeones, los cielos viajan como rías. Pero si nos paramos, si echo pie a tierra, el mundo es inmenso, quieto, solemne. Pasamos de un tiempo a otro tiempo. La eternidad se hace lentísima. Ya no hay música ni coros ni viaje. Sólo la perpetuidad oscura de un cielo devorado por los altos bosques y las crudas montañas. Ahora ya no soy el señor fugaz de vidas y haciendas, sino que desaparezco: soy la mirada ciudadana y cansada que no puede coger en su red débil el pez inmenso y coleteante del mundo.

La mar o el mar. Volver. Hubiera querido ser una de esas pequeñas vidas, completas dentro de una cabaña, una barca, un regato. Mas no pertenezco a esto. La naturaleza, tan soñada de lejos, tan leída, sólo me da, aquí, la dimensión de mi soledad. Es del tamaño de lo que no soy. Puedo escribirlo todo, pero la literatura es la distancia definitiva que perpetuamos entre nosotros y las cosas. (La literatura ya no es para mí, como antaño –ay- una manera de posesión y fornicación con el mundo, sino la secularización de mi aislamiento.) Rías, cielos, vidas, lluvias, mares, montes, bosques donde nunca fui ni soy ni seré libre. Respiro hondamente y el mundo me traspasa.

Luego tristemente, se retira de mí.


Estoy oyendo crecer a mi hijo.




Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad. Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí para siempre. Tus ojos cuajaban el azul del cielo. Tu pelo doraba la calidad del día. Lo que queda después de ti, hijo, es un universo fluctuante, sin consistencia, como dicen que es Júpiter, una vaguedad nauseabunda de veranos e inviernos, una promiscuidad de sol y sexo, de tiempo y muerte, a través de todo lo cual vago solamente porque desconozco el gesto que hay que hacer para morirse. Si no, haría ese gesto y nada más.

Qué estúpida la plenitud del día. ¿A quién engaña este cielo azul, este mediodía con risas? ¿Para quién se ha urdido esta inmensa mentira de meses soleados y campos verdes? ¿Por qué este vano rodeo de la muerte por las costas de la primavera? El sol es sórdido y el día resplandece de puro inútil, alumbra de puro vacío, y en el cabeceo del mundo bajo un viento banal sólo veo la obcecación vegetal de la vida, su torpeza de planta ciega. El universo se rige siempre por la persistencia, nunca por la inteligencia. No tiene otra ley que la persistencia. Sólo el tedio mueve las nubes en el cielo y las olas en el mar.

28 agosto 2007

¿Por qué le largan a uno?

Estamos en el año 2007. Hay unas cuantas ministras desempeñando su cargo –una muy discutida por la oposición-, hay unas cuantas secretarias de estado desempeñando su labor, y hay unas cuantas mujeres con cargos de responsabilidad en la administración del estado y en unas cuantas empresas privadas. Pese a las políticas de cuotas siguen siendo menos, eso es cierto, pero si alguien abre hoy un diario nacional se encontrará con que en España todavía hay machismo. O al menos eso se deduce de las declaraciones que ha realizado Rosa Regás tras ser cesada de su cargo. Es curioso, ella dice que “con un hombre no se habrían atrevido”, pero en la historia reciente de este país se han cesado unas cuantas veces a directores de la Biblioteca Nacional, y a otros cargos, aún siendo hombre. Lo que sucede es que en los casos anteriores los destituidos admitieron, con la mayor tranquilidad del mundo, que era su gestión o sus diferencias con sus superiores los que seguramente les había alejado del cargo. Un cargo que se otorga a dedo, por cierto, sin ningún tipo de concurso de méritos ni nada por el estilo.
Cuando, hace tres años, Rosa Regás fue nombrada directora de la Biblioteca Nacional parece ser que su genitalidad no tuvo nada que ver en todo eso. O sea, que en aquel momento la nombraron por sus méritos –venía de una gestión en la Casa de América, entidad que, por cierto, desde su ausencia tiene mucha más actividad y esta es más visible socialmente en Madrid- y ahora la destituyen por lo que tiene en la entrepierna.
Para remate de todo este asunto, parece ser que la Regás se muestra “expectante por su futuro laboral”. Es pasmoso. Pues haz lo que se supone que has hecho siempre, hija, que es escribir. ¿No eras escritora? No, es mucho mejor tener un cargo, un despachito y cobrar un sueldo que se aleja mucho del mileurismo por un cargo designado a dedo. Si uno se saca su plaza de funcionario tiene trabajo de por vida, realizando las gestiones que el director de turno le pide.
La verdad es que es sorprendente la caradura de algunos, en este caso de algunas, para enarbolar la bandera del feminismo trasnochado –el que se ampara en los prejuicios para disimular la realidad: Doña Rosa, a usted la largan porque al nuevo ministro no le gusta usted o su gestión, no porque sea mujer, hombre.

Carta a Miguel Ángel Muñoz

En su blog, El síndrome Chéjov, Miguel Ángel Muñoz ha publicado una reflexión en torno a las dificultades del autor español de encontrar una editorial que confíe en su obra. He contestado allí mismo sobre las ideas que su texto me ha suscitado. Pero me ha paracido oportuno copiar quí dichos comentarios:

Amigo Muñoz, no entiendo eso del “best seller de calidad”. La verdad es que me parece una etiqueta creada por el departamento de ventas de algún gran grupo. ¿Qué diferencia a un libro escrito y publicado para vender mucho de calidad de uno que no la tenga? Nadie podría definirlo, y eso demuestra que tal diferencia no existe. Querer vender libros –y por tanto poder ganar dinero con el trabajo realizado- es algo muy lícito y respetable. Faulkner se vio obligado a escribir un libro que vendiese –así se lo exigió su editor después de los fracasos comerciales de Sartoris, El ruido y la furia y Mientras agonizo- y de sus manos salió Santuario. Y lo consiguió. Antonio Gala, muchos años después, se dio cuenta de que escribiendo novelas redichas se podía vivir mucho mejor que como dramaturgo solvente. Y aceptó escribir una novela para ganar el premio Planeta. El manuscrito carmesí, La pasión turca, etc. han sido los frutos de esa labor. Ambos autores decidieron, en un momento dado, escribir para vender. Pero la diferencia entre los libros de ambos está ahí, para cualquiera que los quiera leer.
No hay nada malo en querer vender, amigo Muñoz. Incluso los editores, esos malvados tipejos que editan libros con la esperanza de que vendan. ¿Crees que el que edita la Fenomenología de Hegel no pretende venderla? ¿Por qué la edita entonces?
Yo entiendo que, como escritor español que eres –condición que comparto, con la desventaja de que yo no tengo libro alguno editado- tengas una frustración generada por el desinterés de las editoriales, grandes o pequeñas, por los autores patrios desconocidos o inéditos. Y comparto totalmente tu apreciación sobre esas editoriales que son, estrictamente, pequeñas, pero que no tienen una voluntad “independiente”, y que en realidad son reflejos minimizados de las grandes. Incluso añadiría alguna que otra más, que no has colocado en la lista porque sí publican a autores españoles, aunque estén dentro del mismo saco en lo que se refiere a que son editoriales pequeñas, pero no independientes, como Páginas de Espuma.
Ahora bien. No creo que todos los indicadores que van desgranando sean, realmente, eficaces. Por ejemplo, lo de escribir para vender es indiferente. Lo importante es la calidad de la obra y punto. ¿Son peores las novelas de García Márquez por que vendan? ¿Es peor una de Vargas Llosa por vender? Yo creo que convendrás conmigo en que no es así. Se es bueno o malo por fatalidad y punto.
Siempre estamos tirando piedras contra las grandes editoriales, pero la realidad es que si hacemos un balance estadístico vemos que editan más o menos igual de bien, o mal, que las pequeñas. En la encuesta que trazaste a lo largo de este año creo que resultaron ganadores libros editados por Anagrama –ellos ya se han hecho eco de ello en su página web y en sus boletines promocionales- y la realidad es que, si comparamos los libros de cuentos editados por Anagrama y Páginas de espuma en los últimos cinco años, sale ganando la editorial de Herralde. Mejores libros, de mayor calidad. Las dos editoriales que se han autonombrado como portavoces del cuento en castellano: Páginas de Espuma y Menoscuarto –editorial que, por cierto, tiene una página web que no se puede ver con el Firefox-, no han editado un solo libro que haya pasado al canon del cuento. Tan sólo los cuentos completos de ciertos autores –y eso es jugar sobre seguro- merecen ese lugar de entre lo que puede encontrarse en su catálogo. Y, en cambio, existiendo ambas editoriales, se han colado buenos libros de cuentos en los catálogos de Anagrama, Salamandra y Tusquets. Y, precisamente, no creo que sea yo sospechoso de connivencia con estas tres editoriales, pero negar la mayor es absurdo. Los autores más interesantes que han aparecido recientemente lo han hecho dentro de editoriales que pertenecen a grandes grupos: Isaac Rosa, Mercedes Cebrián y Julián Rodríguez.
Mi apuesta, amigo Muñoz, es ignorar todo eso. Seguir luchando contra el mercado, cuando lo que nos interesa es el arte, es absurdo. A mí me da bastante igual qué editorial publica tal o cual libro. Me importa el libro y punto. Yo creo que en el momento en que hagamos eso comenzarán a cambiar las cosas. Yo no desprecio los libros de Dan Brown porque se vendan mucho, sino porque basta leer una página para ver que con despreciables. A la experiencia me remito, y no a las referencias.
Comprendo tu cabreo, tu malestar. Pero me parece que se construye sobre un concepto equivocado.

Iba a colgar una fotografía de Miguel Ángel, pero cuando busco en Google me sale todo el rato un chaval muy mono que, por lo visto, es actor. Lo siento.

Los orígenes de nuestro presente

Rosa Sala Rose es una rara avis del panorama intelectual español. No es profesora de universidad alguna, no tiene una presencia continua en los medios –es colaboradora más o menos asidua del ABCD pero se prodiga poco- y su labor profesional abarca el ensayo y la traducción. No es muy normal tener a autores que participen de una presencia constante en el mentidero cultural y fecunda en su labor –y, adelantémoslo ya, muy interesante-, y el hecho de que Sala Rosa no sea más reconocida se debe a que no pertenece a ninguno de los círculos de influencia que se han desarrollado durante años en España. Apenas ha habido comentarios de su libro El misterioso caso alemán fuera de los suplementos culturales, por ejemplo en la blogosfera no hay prácticamente nada –una referencia de Gándara en su blog tan sólo y en ella revela que al hacerla se ha leído tan sólo el prólogo del libro- y eso se debe a que los libros de Sala Rose tiene poco predicamento en España. La razón es muy sencilla, son libros estupendamente escritos, reforzados por un gran conocimiento del asunto y una investigación siempre sólida, y que, ahí radica su novedad dentro de la ensayística hispana, prolongan siempre los aspectos a tratar hasta introducirlos en nuestra cotidianeidad. Fuera de su estupenda labor como traductora –a ella se deben las excelentes traducciones de Poesía y verdad de Goethe o las Conversaciones con Goethe de Eckermann, o la revisión de las memorias de Speer-, su labor como ensayista ha sido, siempre, sorprendente y fascinante. Me gustaría ofrecer una bibliografía más profusa, pero la base de datos del ISBN que gestiona el Ministerio de Cultura que acabo de consultar me dice que Sala Rose no tiene libros editados en España –César Antonio, que las bases de datos no se van de vacaciones, hombre.
Bien, el primero de sus ensayos fue el excepcional Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo. En él realizaba un análisis profundo de la esencia ideológica del nazismo y, de paso, de la herencia que el mundo contrajo con ese gobierno. Hoy hemos preferido olvidar, o ignorar, parte del legado de la política nazi, pero, lejos de los desmanes bélicos o de la persecución genocida, el periodo nazi ha marcado muchos de los lugares comunes y verdades asumidas por todos en el mundo moderno. Para decirlo de un modo fino, más allá de la descripción de los símbolos y mitos del nazismo, Sala Rose en su libro señalaba todos los aspectos creados o perfeccionados por los nazis que se han instalado en la doxa del mundo occidental y que se autodenomina desarrollado. Por eso su libro, más que un ensayo histórico se convertía, a medida que se iba leyendo en una autopsia detallada de la sociedad moderna. Y en esa descripción sorprendía comprobar hasta qué punto las políticas nacionalsocialistas están instaladas en nuestro inconsciente colectivo.
El misterioso caso alemán es la continuación natural del libro anterior. Mientras que aquel se encargaba de buscar las fuentes ideológicas y de señalar las proyecciones prácticas en el futuro que produjo el nacismo, en este se encarga de entender cuál fue el caldo de cultivo que propició el nacimiento de la ideología nazi. Así lo señala de un modo claro en el prólogo, donde ejemplifica la dirección de todo el libro con el caso de Friedrich Wilhelm Ruppert, un hombre con cultura, trabajador y cumplidor, que no tuvo empacho en volcar sus conocimientos y eficacia en su trabajo en los campos de concentración. Es sólo un ejemplo, el primero de una larga lista de nombre que desfila por este libro que, si por algo sorprende, es por la capacidad de dar explicaciones ideológicas a un infierno que, todavía hoy, sigue funcionando como verdadero “coco” de la humanidad.
Lo novedoso es que este acercamiento se ha hecho desde las letras alemanas. Sala Rose no analiza tanto casos particulares –la bibliografía a este respecto del nazismo sigue creciendo cada año geométricamente- como los textos que sirvieron como base ideológica o los que van reflejando el cambio de mentalidad de la población alemana. Por eso el libro traza el panorama de la progresiva enajenación de la burguesía alemana que, al no tener acceso al poder efectivo pese a poseer el económico, se refugió en unos ideales –cuna del pensamiento idealista alemán- que poco a poco se fue tomando más en serio hasta generar unos conceptos alejados y ajenos a la realidad que sirvieron como base a la explosión ideológica nazi.
El libro de Sala Rose viene a explicar, por así decirlo, que la ideología nazi no vino solamente, como siempre se ha señalado a restañar las heridas de la Gran Guerra y aliviar la maltrecha economía germana. No, la ideología nazi era, en realidad, el producto de una serie de elucubraciones intelectuales que desde siempre se han conocido y han sido rastreadas –el antisemitismo de los intelectuales alemanes desde el siglo xviii ha sido proverbial-, pero que nunca hasta este texto se habían hilado para demostrar que Hitler y el resto de jerarcas nazis, y por extensión todos los alemanes que participaron y colaboraron con el régimen del Tercer Reich, son el producto del pensamiento alemán de los dos siglos anteriores.
Lo que vuelve especialmente interesante este libro a ojos de un lector común es que, a medida que se avanza en su lectura, se va comprendiendo, como sucedía en el caso del “Diccionario crítico”, que muchas de esas ideas, de esos tópicos y lugares comunes están, también, inmersos ya en el imaginario común de todo Occidente. Los grandes filósofos, los grandes creadores alemanes que han ejercido una influencia decisiva en nuestra cultura, siguen estando hoy presentes en nuestro acervo cultural. Muchos de los ideales, de los objetivos que plantean, siguen siendo los que todos, tal y como se nos ha educado, perseguimos.
La solución no está en arrancar de raíz todas esas influencias, sino en conocerlas para evitar que se vuelvan a producir los hechos que ya ha registrado la Historia. Como bien señala el libro en su epílogo, citando a Semprún, cuando este fue liberado de Buchenwald se dirigió a los restos del roble de Goethe y comprobó que, tras el bombardeo aliado, habían reverdecido algunas ramas. Con esa preciosa imagen, que nos señala la importancia de los ideales generados en la idealista Alemania –bildung, kultur- como elementos fundamentales para entender nuestra cultura europea, cierra Sala Rose un libro que permite muchas lecturas debido a su densidad y que debería ser recomendado a más lectores.
Rosa Sala Rose El misterioso caso alemán Alba editorial, Barcelona, 2007

27 agosto 2007

Espejo de lo que somos

Sórdido, enfermizo, alucinante y alucinado, repulsivo y subyugador, inquietante, perturbador, ácido, desasosegante, brutal, excitante, sobrecogedor, irritante y acogedor, asqueroso, contundente, exótico, original, fascinante y genial. Ahí van unos cuantos adjetivos, para todos los que los echan de menos por estos pagos, y cada uno de ellos se pueden utilizar para hablar de una de las obras más comentadas y alabadas de los últimos tiempos: Como un guante de seda forjado en hierro.
Hasta hace unos años en España sólo se conocía a Daniel Clowes, fuera de los círculos de seguidores del comic underground, como el autor del cartel de Happiness, la película de Solondz con la que la obra de Clowes tiene muchos elementos en común.
Luego llegó la adaptación de Ghost World, uno de sus trabajos más celebrados, y el progresivo y constante rumor de esta Como un guante de seda forjado en hierro.
Para hablar de ella se podría recurrir a destripar el argumento de la historia -algo absurdo, porque no reside en la trama la fuerza de la historia-, o mencionar la filiación que se deja entrever entre esta obra y el cine de David Lynch, por poner un ejemplo de artista que investiga en una misma dirección.
No, lo verdaderamente interesante del trabajo de Clowes es que, por un lado, toca directamente al lector. Uno puede quedar totalmente enamorado de la obra de Clowes o le puede parecer repulsiva. Eso es lo de menos, porque en ambos casos ha incidido en el lector del mismo modo, les ha producido las mismas sensaciones, y mientras a unos les desagradará enormemente descubrir esas zonas que alumbra Clowes, otros se quedarán fascinados con el descubrimiento, y hablarán maravillas de él y de su obra.
Por el otro, en la concepción que tiene del cómic. Ya me he quejado en este blog en alguna ocasión de la falta de ambición de muchos autores de cómic. Y ese problema no lo tiene Clowes. Cuando uno lee este tebeo tiene la misma sensación que cuando ve ciertas películas, lee ciertos libros, escucha ciertos discos. El artista, el creador quiere transformarnos con su obra, quiere que el modo de ver, de entender, de moverse por el mundo quede modificado una vez hemos conocido su trabajo. Ya sólo tener esa ambición en el supermercado cultural en el que vivimos, donde precisamente se busca lo contrario, obras de fácil consumo y que requieran poco esfuerzo en su recepción, obras desechables de usar y tirar que se puedan comprar en paquetes de diez, haría a Clowes merecedor de nuestros más entusiastas elogios.
No, lo importante es que Clowes triunfa en su empeño. Es ambicioso y resolutivo, porque la lectura de cómo un guante de seda forjado en hierro transforma nuestros modo de ver el mundo. Su narración surrealista, libre formal y temáticamente, su estética de la fealdad, el delirio torrencial que se nos va mostrando, que se interioriza a medida que se lee la historia, resulta fascinante.
Yo he pasado miedo leyendo este libro. Pasar miedo con un libro en pleno año 2007. ¿Quién puede ofrecer eso? Ahora la realidad me da, también, miedo, porque la veo muy cercana a lo que me cuenta Clowes.

23 agosto 2007

Muy pocas nueces en la cosecha del Boomeran(g)

Todos sabíamos que no iban a tardar mucho. Publicidad vírica, plataformas de desarrollo, era sólo cuestión de tiempo que los blogs fuesen utilizados como mecanismos de promoción mercantil y de proyección personal. Los primeros en acercarse al nuevo formato fueron los chicos de PRISA, particularmente La oficina del autor a través de un invento que llamaron Boomeran(g) –está claro que Juan Cruz piensa que lo mejor que le ha pasado nunca es hacer pandillita con la Balcells y los del Boom- eligió a un grupo de escritores para llevar un blog. Y allí hay de todo, para todos los gustos literarios.
Transcurrido ya un tiempo de la singladura se puede afirmar, sin que le tiemble a uno mucho la voz, que en las bitácoras del Boomeran uno puede encontrar más o menos lo mismo que en la de cualquier otro bloguero esforzado. O incluso menos.
Por ejemplo, los enlaces. Una de las cosas que demuestra el total desinterés de los congregados en torno al invento es que no aportan enlaces –y los que los aportan son previsibles, de meros recursos- y nunca o casi nunca establecen diálogo con los que comentan sus textos. Vamos a decirlo claro: la mayoría de los bitacoreros del invento de PRISA han vivido, o viven, su bitácora como una columna periodística que no ven en un papel. Ellos escriben y lanzan al mundo su botella. Y nada. Desatienden así una de las grandes ventajas del mundo virtual frente al tradicional formato papel, que es la de la retroalimentación. No, ellos siguen siendo grandes autores que, desde su púlpito, pontifican. Dudo mucho, incluso, que alguno de los casos lleguen a leer los comentarios que les hacen.
Los comentarios, análisis, dejan mucho que desear. Uno es consciente de que no es lo mismo hacer un texto diario que uno semanal o cuando le soliciten a uno la colaboración. Ahora bien, en muchas ocasiones el tono es más parecido al de los blogueros adolescentes que cuentan sus batallitas, salvo que, en vez de decir que “pillaron algo en el parque para aguantar hasta las mil”, los autores del Boomeran participan más del tono “mi buen amigo, el librero Fulano, me invitó el otro día a comer con el excelente escritor Mengano, qué razón tenía Zutano cuando decía que es uno de los grandes de la literatura actual, una pena que no lo conociera Perengano”. Y nada más. O sea, nombres propios, vacío, porque lo primero que debe aprender un escritor que quiera serlo es que los nombres son lo de menos, te los pone alguien que no eres tú mismo y son perfectamente intercambiables.
Pero es que ahí radica el único objetivo del Boomeran, en que haya nombres propios en su página web. Por eso se han lanzado a editar el primer año de algunas de las bitácoras que han albergado. Rocangliolo, Azúa y Figueras han sido los elegidos. No sabemos, no sé si llegaremos a saberlo nunca, si la edición de estos libros era parte del acuerdo. Supongo que sí, qué demonios, pero uno se plantea, tras una lectura asidua de los blogs referidos y la completa de uno de los dos libros, y de otro a medias, no he podido con más, por qué la gente del Boomeran no ha hecho lo que tenía que hacer, que era buscar a buenos bitacoreros, de los que llevan ya años haciendo maravillas con sus sitios de Internet, y darles a ellos la voz en una plataforma tan poderosa. Pero bueno, teniendo en cuenta que sólo les interesa la publicidad es normal que tan sólo busquen la marca.
Y, como viene siendo ya moneda de cambio común cuando se editan libros que recogen las entradas de un blog, no hay rastro alguno de los comentarios recibidos. No aparece ningún debate. Una vez más en el mundo editorial se desprecia lo mejor de un blog: la conversación e interactividad que genera.
A Rocangliolo no lo he leído, no me he animado, la verdad, así que lo único que podría decir es que no me ha llamado la atención. No sé si eso habla bien o mal de él –me da un poco igual que hable mal de mí, aunque sé que puede hacerlo- pero desde luego no he hecho ni el gesto de abrir Jet lag.
Hasta la mitad he leído el libro de Félix de Azúa, Abierto a todas horas, que me ha parecido un poco descafeinado. De Azúa uno espera más, más intensidad, más chicha, menos lugares comunes, menos halagos a los amigos, menos hacer política desde su obra –es increíble como barre para casa cada dos por tres con el asunto nacionalismo catalán vs. Ciudadanos. La verdad es que abandoné la lectura exasperado de tener que apartar tanta ganga para recibir tan sólo unas pepitas. De todos modos sí que he comprobado que Azúa es que el tiene más seguidores, comentaristas y asiduos de todos los blogueros de la casa, así que supongo que será el que más rentable salga a Alfaguara.
Y el que he leído completo es el de Marcelo Figueras. No sé si llegaré a leer alguno de sus libros –supongo que sí, tampoco voy a hacerme el duro ahora- y cuando leí este lo único suyo que conocía era la película Kamchatka, de cuyo guión es autor. No creo que Figueras sea un estilista –de hecho le preocupa muy poco serlo, afortunadamente-, ni es especialmente original en su concepción de la literatura, el cine, los blogs, etc. Me ha parecido un hombre muy normal, muy humano, y por eso lo he leído entero. Si hay una cosa que le queda clara a uno tras leer este libro, El año que viví en peligro –por cierto, menos mal que en la editorial no le han impuesto El año que vivimos peligrosamente, que es como se tradujo aquí la película de Peter Weir de la que coge prestado el título Figueras-, es que su autor es un ser humano que merecería la pena conocer.
Alejado del esnobismo en el que suelen caer escritores e intelectuales, sincero, entusiasta cuando el corazón le dice que debe serlo, con una concepción clara de lo importante en el arte –contar historias y enaltecer al hombre, algo que parece haberse olvidado-, cálido. Atravesar este año de la vida de Figueras ha sido, desde luego, agradable.
Sobre todo porque, además de encontrar a un ser humano vivo, en Figueras he encontrado a alguien con gustos similares –lo que en mi caso no me sirve como impulso a sentir simpatía por alguien, conozco verdaderos idiotas con gustos como los míos, lo que quizá indique que soy más idiota de lo que me gustaría reconocer- y que los vive con mi mismo entusiasmo. Walsh, The Smiths, Blade Runner, Alan Moore, y muchos más que ahora no recuerdo –lástima que en el Boomeran sepan tan poco de nuevas tecnologías: en la web no hay etiquetas, en los libros no hay índices onomásticos- aparecen para mi deleite por este libro.
Salgo de esta lectura con la sospecha de que, en el caso de encontrarme alguna vez con Figueras tendríamos mucho de que hablar, y que es posible que nos cayéramos bien, lo que no es poco.
Y saco dos conclusiones, del mismo modo que la revista Eñe ha tenido e detalle de demostrarnos lo poco –o nada- dotados de la mayoría de los autores de renombre para llevar un diario como Dios manda –en el caso de un escritor se trata de que tenga interés literario por lo que se dice en él, no por los nombres propios, la marca, de los interiores y portada-, gracias al Boomerán sabemos que, desde luego, la mejor literatura que se está haciendo en Internet no pasa por los blogs de estos congregados en torno al mercado y que, en la mayoría de los casos, tan sólo aportan nombre, ruido. Muy pocas nueces.
Marcelo Figueras El año que viví en peligro Alfaguara, Madrid, 2007

22 agosto 2007

Operar a corazón abierto

Dentro del aburrido panorama que presencia uno en las librerías –acabo de leer un artículo de Rodríguez Marcos en El País donde Elena Medel cuenta que compró un libro de Gamoneda en el Pryca, a lo mejor es que estoy yendo al sitio equivocado- de donde uno sale la mitad de las veces estafado con algo que no es lo que buscaba, es una verdadera suerte que alguien se haya animado a traducir a Paulo José Miranda al castellano. Me gustaría decir que ha sido una sorpresa que la editorial haya sido Periférica, pero, también por desgracia, las sorpresas suelen ser también pocas en este sentido, y uno puede apenas confiar en un puñado de editoriales a la hora de comprarse un libro. Desde luego, el que invierta los doce euros que vale Un clavo en el corazón no creo que salga defraudado.
Lo importante es el por qué. Casi siempre es lo más importante, pero en el entorno mercantil y posmoderno en el que nos movemos no dejan de bombardearnos con la idea de que importa más el cómo, el qué o el quién, pero no se dejen engañar, lo importante es el por qué y para qué, sobre todo el para qué, eso es lo que no les interesa que sepamos.
Miranda escribió un libro que parece sacado de otro tiempo. Por el estilo, que respeta de un modo estricto lo que debía ser una larga epístola. En puridad eso es el libro, una larga carta que escribe Tiago da Silva Pereira a su amigo el genial poeta Cesário Verde –editado en español por Hiperión, en traducción de Amador Palacios-. Por la temática, ya que trata esos temas que hoy parecen dar miedo a los creadores: el amor y el arte, con las relaciones que se establecen entre ellos. Pero, sobre todo, por la ambición, por la inusitada ambición de un autor que quiere llegar hasta lo más profundo del alma humana en cada una de las páginas del libro. Si algo destaca en este libro es la sensación, que lo hace irresistible, de que cada una de las ciento y pico páginas que tiene es irremplazable, fundamental y única. Y eso no es normal encontrarlo hoy en día en un libro.
Portugal es una tierra de artistas especialmente arriesgados. Tienen la desgracia de vivir en un país que económicamente no es muy boyante, y que ha perdido el liderazgo de la cultura en su lengua –que ahora reside en Brasil-, pero al mismo tiempo esa ausencia de presión económica, mercantil, les permite entregarse a proyectos mucho más arriesgados de lo que acostumbran, por ejemplo, en España. Uno, que ha vivido allí, ha encontrado siempre al arte portugués –cine, plástica, literatura, etc.- muy extremo, siempre al límite de despeñarse en cualquier momento. Eso permite la existencia de autores como Miranda.
La novela es, resumida de modo estricto, los comentarios que hace un certero lector a su amigo sobre los poemas que ha escrito. Pereira se sirve de esos poemas para disertar sobre el arte y el hombre, y para sembrar de consejos el camino de Verde, enamorado de la hermana del propio Pereira, con el objeto de que no se pierda como poeta en manos del amor de una mujer. Suena extraño, lo sé, pero es así. Pero el acierto de la novela es que, con esos mimbres, se suscita justo lo contrario. Uno ha tenido la suerte –la desgracia en realidad, pero a efectos de valorar el libro es una suerte- de leer este libro en dos ocasiones, siendo el contexto personal totalmente distinto. Lo leí disfrutando de una de las mejores relaciones sentimentales de mi vida –creo que la mejor- y lo he releído ahora que no estoy con esa mujer. Y las sensaciones que me ha despertado son similares y, al tiempo, complementarias. Lo primero que me ha seguido llamando la atención es el precioso canto al amor que, el desengañado y algo rencoroso Pereira, no puede dejar de realizar. En un momento dado de la carta escribe:
Para amar es necesario ser grande; quizá, incluso, ser poeta; todos los demás se engañan entre sombras.

Pereira está diciéndole a Verde que su hermana no merece el amor del poeta porque no es capaz de ser grande, de entender los verdaderos misterios de la creación de la poesía que intenta desentrañar el mundo. Pero Miranda, astuto escritor, nos está diciendo otra cosa, nos está señalando que todos somos poetas, creadores, hacedores de mundos, cuando amamos. Podríamos aferrarnos a una interpretación más aceptada y entender que ese amor es el de la pareja, el amor tal y como generalmente se entiende. Pero, al mismo tiempo, no puede obviarse la etimología de poeta, poiesis, “creación”, con lo que es posible que todos seamos poetas cuando amamos, aunque sea estrictamente una relación sexual. Miranda usa los códigos clásicos, que son naturales y lógicos dentro del discurso del personaje, para ir mucho más allá en nuestro mundo contemporáneo. Y ahí radica la verdadera grandeza de un artista, en construir artefactos capaces de enriquecer nuestro día a día, no estrictamente de cuestionarlo o de reflejarlo, sino de aportar aspectos, cosas, que van más allá de la comodidad que exhiben la gran mayoría de los artistas de hoy.
Y ahí radica la más que encomiable ambición de Miranda. Alejado de esos artistas entregados al discurso como único fin y objetivo, que olvidan que el estilo no es CÓMO decir, sino DECIR, y que en ese acto de habla van indisolublemente unidos forma y fondo, que se unen en un único mensaje, en su libro hay una voluntad real de expresar, de decir, de llegar al lector y de convertir lo dicho en parte de su vida.
Vuelvo a citar otras de las palabras que Miranda pone en boca de Tiago da Silva Pereira:
Porque desde siempre el arte permite, a través de sus creaciones, que nos amemos y nos odiemos mucho más que a través de nosotros mismos.
Ahí esta la esencia del arte, que no es otra que la de trascender las barreras de la realidad –no ignorarlas o combatirlas como inocentemente entendieron en las vanguardias históricas- para hacernos más humanos, más sólidos y etéreos al mismo tiempo.

Paulo José Miranda Un clavo en el corazón Periférica, Cáceres, 2007
Traductor: Antonio Sáez Delgado