
Una foto única que tomó el gran Daniel en la edición de la FILBA de este año. Magnífica.
«La ética es la estética del futuro.»
Lenin
«La verdad es siempre revolucionaria.»
Gramsci
«Y es que el público es un examinador, pero sin duda uno distraído.»
W. Benjamin



Excurso a la manera Foster Wallace (ya lo estamos echando de menos):Como detalle, por cierto, invito a la lectura de uno de los comentaristas del texto de Salazar, un tal Roberto M. (Visitante), con un comentario que es toda una joya de la ignorancia. Como desconoce el origen del título del libro de Gopegui, y del otro, que vamos a suponer que sí ha leído, de Cristopher Domínguez Michael, piensa que Gopegui ha copiado al tal Domínguez. Amigo Roberto: Stendhal, leamos a "ese desconocido" llamado Stendhal, y luego nos dedicamos a hacer comentarios más o menos idiotas en la blogosfera.
El libro de Gopegui, como puede entender cualquiera que lo lea -vale sólo tres euros, así que hay pocas excusas-, versa sobre lo polémico de la aparición de la política en la narrativa, y en particular, en la novela, que es el género narrativo más influyente hoy en día -vamos a ahorrarnos el análisis del por qué-. Para hacerlo utiliza un recurso muy interesante: el de usar otra voz, en este caso, la de un joven revolucionario de nuestros días, Diego -no confundir con Diego Salazar, que ni es revolucionario ni es un personaje de ficción, sino un simpático periodista que ha descuidado este detalle al hacer su comentario del libro de Gopegui-, logrando una distancia muy interesante para hablar de ideas que hizo ya famosa Coetzee en los libros protagonizados por Elizabeth Costello. La idea es muy sencilla, pero implica ideas y soluciones complejas: la conferencia no la da el autor, sino un personaje con su propia visión del mundo y su biografía. Más allá de un juego, como se podría pensar, supone un inteligente recurso para evitar esas ideas preconcebidas de los comentaristas del libro, está bien, llamémoslos prejuicios, y coloca una pregunta sobre la mesa: ¿las ideas que se exponen en el libro, son las del autor o las del personaje? En el caso de Coetzee y de Gopegui la solución vendría a ser la misma: es evidente que el autor tiene una clara simpatía por esas ideas de las que habla el libro, pero el hecho de que no aparezcan como directamente suyas le permite ir hasta el final en su defensa de las mismas, porque son las ideas de un ser de ficción. Esto debe ser muy complicado porque no lo tienen en cuenta muchos lectores. Es lo que permite a un autor escribir desde Jack el Destripador sin haber abierto a nadie en canal nunca, o desde la Madre Teresa de Calcuta sin dar una sola limosna en la calle. Algo difícil de entender también debe ser la diferencia entre un texto de ensayos o de debate político y una novela, que es ficción. Usar a un personaje como enunciante de la conferencia es modificar los presupuestos de dicha conferencia. Pero bueno, a lo mejor es una idea muy sofisticada y hace falta un doctorado para entenderla y tenerla en cuenta.
Isaac Rosa es, desde luego, uno de los autores más interesantes del actual panorama literario. En breve hablaremos de su última novela. Pero vamos a ir a la primera. Se llamó La malamemoria, se publicó en el año 1999, cuando su autor contaba con veinticinco años. El propio Rosa, con la ironía y acierto a que nos está acostumbrando, realizó una "relectura" de ese libro a la que llamó ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!, que se publicó en el año 2007. ¿En qué consistió esa relectura? Básicamente en hacer esa autocrítica que el pope Roth nunca se plantearía hacer sobre su propia obra. El autor que ahora es Rosa relee, con ironía y distancia, con acierto y ausencia de piedad alguna, al que fue ocho años antes. Desde entonces ha publicado una novela fundamental como es El vano ayer y está escribiendo y planificando El país del miedo, dos novelas donde la ingenuidad de su primer libro ha desaparecido. Si leemos todos los comentarios jocosos que hace ese "lector" de La malamemoria, vemos que, dejando a un lado los cuestionamientos estilísticos -todo autor inteligente se va dando cuenta de lo innecesario de la retórica y de los adornos en la prosa-, todas sus críticas se dirigen al esquematismo con que presenta a esos autócratas del régimen franquista que no dudaron en llegar hasta donde hizo falta para obtener dinero y poder. Critica no ya el punto de partida del libro -en El vano ayer desde unos mimbres parecidos cuajó una novela estupenda-, sino el propio proceso y lo obvio de los recursos, lo simplista de la caracterización de ese personaje cuya verdad busca el protagonista del libro. Lo ingenuo de esa mirada es lo que se pone en duda. Y no tan sólo porque de ese modo se ajustan las cuentas con el pasado del escritor, sino porque está buscando el modo de ser mucho más eficaz en sus objetivos. Rosa tiene una intención claramente política, se da cuenta de que su primera novela era de una candidez pasmosa, de que perdía su fuerza en lo simplista de su planteamientos. O sea, Rosa se da cuenta con treinta y pocos años de algo que el prostático Roth no se da cuenta a su edad: de lo vacuo de los tópicos a la hora de escribir novelas. Pueden valer para otras cosas, desde las charlas con los taxistas hasta los comentarios simpáticos en una cena, pero no para hacer literatura. O sea, que a lo que renuncia Rosa no es a hacer política -porque la política se hace-, sino a hacerla de un modo simplista y, por eso, ineficaz para sus objetivos.
Introducción
La novela gráfica
Narrativa gráfica
Mucha literatura y poca narrativa gráfica
Uno puede cometer el error de pensar que estos viajes son "falsos". Pero eso supondría entrar en colisión con la idea de verdad. ¿Un viaje es tan sólo un desplazamiento? De ser así, viajar es cruzar a ciudad para comprar una lámpara y una cubertería barata pero con aspecto bonito en el IKEA. De ser así, viajar es el turismo de masas en el que todo consiste en comprobar lo fidedigno de las fotografías que uno ha visto mil veces en las revistas y largarse luego al macdonalds más cercano porque sabemos cómo va a saber la doble con queso. No, viajar es otra cosa, y este libro es un modo idóneo de demostrarlo. Hoy para viajar no hace falta tener que empazar la ropa y aguantar las colas de facturación de las compañías de bajo coste, disfrutar del paisaje como nos vende Renfe, o disfrutar de las procesiones de semana santa a la entrada y salida de las ciudades. No, hoy se viaja en el ciberespacio, el la mente, y en la cultura. Todos los viajes de este libro, estos trece proyectos de viaje. generados en un laboratorio con la intención de experimentar una serie de sensaciones y conservar un inventario de recuerdos más o menos creíbles son, en realidad, los viajes del futuro. No me cuesta imaginar un mundo en que los viajes alrededor del mundo sean experiencias que en realidad tenemos casa noche conectados a nuestros ordenador, y donde las experiencias comunes pueden ser vistas desde la distancia con la conveniente dosis de ironía. Ligeros, intrascendentes como las escapadas llenas de encanto que se nos venden desde los suplementos de viajes de los diarios, en estos viajes uno puede hallar, por encima de cualquier otra cosa, la mirada de su autora -me voy a permitir obviar el trabajo, correcto y poco más, que no es poco, del ilustrador-, que es capaz de hacernos meditar sobre lo que es el viaje en sí, sobre cómo asimilamos nuestros periplos y en qué medida esa asimilación no es otra cosa que un mimbre social más. Lejos de experimentar de modo personal, singular, esos viajes, parece que uno se viera obligado a contrastar el lugar que visita con el que habita, de remarcar las diferencias y las semejanzas en los modos de vida, y dejar a un lado la sencilla observación descargada de prejuicios y puntos de vista manidos. Hay un poema de Pessoa, un hombre que viajó poco, apenas la marcha a Sudáfrica siendo niño y el retorno a su patria de elección, Lisboa -y no Portugal-, en la adolescencia, donde se explica muy bien esto. el viajero pretende que el viento esté cargado de historias, el río de voces y el sol de recuerdos, mientras que el lugareño ve tan sólo el fluir del río, se calienta con el sol y se refresca con la brisa. Y basta. Quizá es ese viaje el que se ha perdido en el fondo de la memoria y el que conviene recuperar. Cebrián juega en sus textos a otra carta, una más cercana a Salgari -otro que no salió se movió de su Verona pese a escribir todas las novelas de Sandokán-, donde se usan los tópicos de cada uno de los lugares, de cada uno de los viajes. Pero, donde el escritor prototipo, el de las novelas previsibles a la venta en el VIPS y las columnas en el suplemento dominical con tono de abuelo cebolleta, usa los hitos y los lugares comunes para dar color -se puede ver esto fenomenalmente explicado en el texto que abre el Afterpop de Fernández Porta, donde se muestra la diferencia entre usar la cultura como referente superficial: Javier Marías, o como elemento constructivo de la historia: Ray Loriga, independientemente de la calidad de cada uno de los textos-, pues bien, en los textos de Cebrián, esas marcas que "dan color" son cuestionadas y analizadas, intentando encontrar el verdadero sentido de las mismas. O sea, que, esos "viajes falsos", no lo son en realidad. En estos viajes in vitro se recoge el espíritu de los verdaderos fundadores de la literatura de viajes, que pretendían dar fe de lo visto y entender sus causas. Hoy, cuando la realidad en la que nos movemos es ficcional, no se puede sino hacer un viaje cultural, metafórico y semiológico, desde el salón de casa, en el que intentemos entender esta ficción en la que vivimos y que construimos día a día.Si digo que mi padre tardó setenta años en pintarlo, parece como si se hubiese impuesto la tarea de completar una obra gigante. Es más justo decir que lo pintó a lo largo de setenta años.Modifica el tópico del artista entregado a una obra que justifica su vida para hablarnos de una obra que es reflejo, metáfora y símbolo de su vida.
- "POEMA: Dícese en los medios de comunicación de aquellos rostros que muestran un estado lamentable por causas psicológicas relacionadas con el mundo del deporte: "Tras el gol, la cara del portero era todo un poema". (No suele utilizarse en sentido contrario: "Aquel poema parecía la cara de un portero tras un gol".)Yo creo que la cara del camarero fue todo un poema, desde luego, porque no entendía nada. Estaba claro que todo aquello había sucedido de verdad, que no tenía a ningún productor hábil o un guionista ingenioso detrás. Incluso, para más INRI, yo creo que mi pregunta debió dejar al camarero totalmente perdido, porque hasta ese momento seguro que yo le parecía el único tipo medianamente normal que había pasado por allí. Ahora, después de la pregunta por la cámaras, habrá pensado que uno es el peor, desde luego, y que no puede uno fiarse de nadie. Y le habrá dado exactamente igual que, en una última intentona de arreglar mi imagen maltrecha, le haya dejado casi un euro de propina. Seguro que al volver dentro del bar le habrá comentado a su compañero de la barra: