Por eso rebusca uno en librerías de cualquier ciudad a la que va, y callejea por calles alejadas de los hitos turíticos de las guías con que uno se ha pertrechado antes del viaje. Y lo triste es que, en la mayoría de las ocasiones, no acaba uno demasiado convencido de haber hecho lo correcto. Ahora mismo tengo en mi casa los tres últimos libros que he leído, y ando algo disgustado porque la verdad es que tiene uno la sensación de que para volver con tan pocas ganancias se podía haber quedado uno en casa.
He dudado un poco en poner los nombres de los libros o no, porque me daba un poco de reparo ir por ahí hablando mal de la gente, pero la verdad es que me veo con una obligación moral de evitarle el mal viaje a los amigos que se dejan caer por esta página de vez en cuando.
Uno es Los caballos azules de Ricardo Menénzdez Salmón. Como botón de muestra se puede leer el cuento que da título al libro en la revista Avión de papel.
Por encima de la propia incongruencia del texto, de que el personaje narrador nos diga cosas que luego niega y de la pretenciosidad seudoliteraria que cualquier lector podrá vislumbrar, me molesta esta literatura de turismo de cartón piedra, en la que le lectura de un par de artículos sobre Pessoa y un viaje de fin de semana dan carta blanca al uso de una ciudad que no se conoce. Me gustaría que el autor me dijera dónde está la plaza Folgueira, o qué restaurante se llama Martins de Arcada. Es mejor callar cuando uno no sabe qué contar, amigo Salmón. Pero, eso sí, que se llevase el premio Juan Rulfo demuestra hasta qué punto la pretenciosidad vende todavía.

Otro es el de Harkaitz Cano. El único libro de relatos traducido al castellano, Enseres de ortopedia inútil, a él llegue por una antología de cuentos vascos publicada en Lengua de Trapo. El cuento que se recogía allí no estaba mal, hacía pensar en un autor de interés. Pero, como ya conté en este mismo blog, la lectura del libro va defraundando cada vez más. Los argumentos son infantiles, burdos, y el traductor demuestra, casi al final del libro, que ni siquiera conoce el idioma al que tiene que verter los textos. De pánico.
Y por último, el libro que, de los tres que menciono, he leído con más agrado y casi obligado por la fotografía que de la autora se incluye en la solapa. La fotografía es inquietante, porque en ella se ve a un mujer bella que mira a los ojos con la desesperación de alguien que tiene mucho que contar. Lo que sucede es que luego en

Hay, eso sí, algunos textos que me han gustado bastante, como el de la chica a la que persigue otra y por la que, como único acto de amor, decide cortarse el pelo para que pueda tener una imagen de ella más adecuada a la imagen de un chico. O la historia de la relación doble que establece una profesora de inglés con dos trabajadores de los ferrocarriles.
Pero, pese a que el texto destaca por su sencillez, por una asumida y buscada carencia de retórica que, después del libro de Salmón, he agradecido como agua de Mayo, su lectura le deja a uno la sensación de que de las escasas noventa páginas que ocupa, casi setenta podrían estar má trabajadas, y no me refiero al estilo, sino al fondo, se quedan algo huecas. Habría sido más interesante huir de la anécdota, porque lo que sí demuestra la autora es que sabe contar bien las cosas cuando quiere, y lo que se echa en falta es que quiera más a menudo.
Y así me he pasado el fin de semana esperando la revelación. Un cuento inolvidable, una llamada que me sirviera de excusa para dejar los libros y el ordenador. Pero nada. Un fin de semana decepcionante.