
Y con todo, no son las inocentadas lo peor del día, a fin de cuentas el hecho de que te las hagan indica que, a pesar de cómo van las cosas, la gente todavía tiene ganas de bromear, de reírse, aunque sea de otros, claro. No, lo peor del 28 de diciembre -o el primero de abril en los países anglosajones- es que uno está todo el día con la mosca detrás de la oreja, y apenas entra uno por la mañana en un bar a tomarse el café vislumbra en la sonrisa irónica del camarero que le van a hacer alguna, y mira con detenimiento el sobre de café antes de abrirlo, y prueba con el corazón en un puño el café. Y así a lo largo de todo el día.
Aunque lo peor no es que a uno le gasten una broma, no, lo peor es cómo tomártelo. Si uno monta en cólera va a ser el borde para toda la vida; si, en cambio, actúa uno de un modo indiferente, como si uno tuviese cientos de trajes en el armario y no le importase que un listo le eche un chorro de tinta, es casi peor, porque entonces uno adquiere fama de estúpido, de altanero, y al año siguiente, si no antes, le van a estar esperando con alguna peor.
Y el día se va deslizando rápido hacia su final, sin saber si hay que sospechar hasta de la madre de uno, o si conviene dejarse mecer por el día, sin darle demasiada importancia a casi nada. Como si fuera un día festivo y pudiera uno irse a tomar el sol en algún banco, ignorando a esa lluvia de palomas -ese montón de graciosos esperando jugársela a uno- y esperando que las palomas le ignoren a uno.