21 agosto 2007

Walsh entrevistado por Ricardo Piglia


Recogida en el libro Un oscuro día de justicia, esta entrevista que realizó Ricardo Piglia sirve como introducción única al universo de Walsh, un escritor que, como demuestra esta entrevista, había decidido ya abandonar su condición de tal en su búsqueda de una nueva función de la palabra. Un documento único de un escritor de gran altura entrevistando a un hombre de verdad -algo mucho más importante que ser escritor.

Empecemos con este cuento, ¿cuándo lo escribiste, en qué época lo escribiste?
Este cuento lo escribí... me acuerdo la época en que terminé de escribirlo, lo debo haber terminado en noviembre de 1967 y debo haber empezado a escribirlo a mediados de ese año; me acuerdo de la fecha porque en octubre del ‘67 murió Guevara y yo terminé de escribirlo más o menos un mes después.

¿Cómo lo ves vos dentro de la serie de los Irlandeses, qué idea tenés sobre esos cuentos?
Claro, bueno, en la serie de los Irlandeses, que por ahora son estos tres cuentos, evidentemente hay una recreación autobiográfica pero, quizá, no tan estrecha como podría parecer. Lo autobiográfico es nada más que un punto de partida, una anécdota y a veces ni siquiera una anécdota entera sino media anécdota. Porque yo estuve en dos colegios irlandeses, uno en Capilla del Señor, que era un colegio de monjas irlandesas en el año ‘37 y después en el ‘38, ‘39 y ‘40 estuve en este otro, el Instituto Fahy de Moreno, que era un colegio de curas irlandeses. En este sentido hay una realidad mixta, ¿no es cierto?, porque hay un mundo de irlandeses pero al mismo tiempo es la Argentina, y es indudablemente en la Argentina, es decir, hay una burla acerca de uno de los personajes, no sé si en este cuento o en cuál de los cuentos, que dice que uno de los personajes pretendía ser descendiente de reyes y no de humildes chacareros de Suipacha. Cada tanto eso está, está porque estaba, el mundo se vivía así, doblemente...

Dicotómicamente.
Exacto, hay una evidente dicotomía. Por otro lado hay una cierta evolución de la serie, en este cuento aparece... una nota política, la primera más expresamente política, porque había una connotación política en todos los otros pero mucho más simbólica e inconsciente. Quiero decir, hay una evolución en los cuentos; aquí, en este cuento se empieza a hablar del pueblo y de sus expectativas de salvación representadas por un héroe, es un héroe externo, es decir, no deposita sus expectativas en sí mismo, sino en algo que es externo, por admirable que pueda ser... creo que la clave de la iluminación, de la comprensión sobre la relación política de este caso entre el pueblo, por un lado, y sus héroes, por el otro, está en el final, cuando dice “...mientras Malcolm se doblaba tras una mueca de sorpresa y de dolor, el pueblo aprendió...”, y después, más adelante, cuando dice “...el pueblo aprendió que estaba solo...”, y más adelante “...el pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza...”. Creo que ese es el pronunciamiento más político de toda la serie de los cuentos y muy aplicable a situaciones muy concretas nuestras: concretamente al peronismo e inclusive a las expectativas revolucionarias que aquí se despertaban o se despertaron con respecto a los héroes revolucionarios, inclusive con respecto al Che Guevara, que murió en esos días, te das cuenta, la agente que te decía: “si el Che Guevara estuviera aquí entonces yo me meto y todos nos metemos y hacemos la revolución...”. Concepto totalmente místico, es decir, el mito, la persona, el héroe haciendo la revolución en vez de ser el conjunto del pueblo cuya mejor expresión es sin duda el héroe, en este caso el Che Guevara, pero que ningún tipo aislado por grande que sea puede absolutamente hacer nada, es decir, cuando se delega en él lo que es una cosa de todos no se da el proceso, no se puede dar. Creo que ésa es la lección que ellos aprenden ese día; no es un tipo venido de afuera porque no hay ninguna connotación peyorativa para el tipo que viene de afuera, que pelea, se juega y es un héroe. No deja de ser un héroe por el hecho de que el otro lo cague a patadas, pero lo que ellos aprenden es que ellos, en una segunda instancia, si es que ellos se la quieren cobrar con respecto al celador, se tienen que combinar entre ellos y ellos cagarlo a patadas entre todos. Esa es la lección.

Una especie de metáfora política.
Que se me hizo consciente después, en este tipo de relato donde yo recupero cosas muy viejas y que tienen una vida propia muy poderosa; yo no necesito legislar por anticipado lo que va a pasar, eso pasa y después vuelvo y lo interrumpo y a lo sumo hago algunos ajustes.

Volviendo un poco atrás, ¿qué perspectivas le ves vos a la serie de los Irlandeses. ¿La vas a seguir? ¿La ves como una sola historia?
Sí, yo pienso seguirla. Hay un par de temas más que tengo pensados por allí y seguramente si me pusiera saldrían muchos más en vez de un par. En ese caso asumiría la forma de esas novelas hechas de cuentos que es una forma primitiva de hacer novela, pero bastante linda. Habría un par de historias adicionales ya pensadas, una de las cuales será de adultos, es decir, es un cuento contado por chicos pero que es de adultos. El título es “Mi tío Willie que ganó la guerra”. Es una historia contada por los chicos en una circunstancia especial: están enfermos en la enfermería. Hay una peste de escarlatina y un chico cuenta la historia de un tío que va a pelear a la guerra mundial, entonces la historia ahí se le escapa: comienza a ser una historia de adultos, después vuelve al narrador final, pero la historia se les escapa. Esa sería una de las historias. Hay otra historia probable con la intervención y participación del diablo, también en la misma enfermería. Probablemente yo calculo a muy grosso modo que la historia puede crecer, pero yo no quiero darle un crecimiento infinito. Es probable que la historia final la integren seis o siete historias que constituyan una novela hecha por cuentos, todos episodios transcurridos en un año, hasta el último día en el colegio.

¿Vos veías esto desde el principio, viste la posibilidad de esta serie cuando empezaste a escribir el primer cuento?
Es medio difícil. Evidentemente la intención de escribir sobre esto yo la tenía hace mucho, es decir, yo tengo borradores o apuntes sobre la vida del colegio que datan de hace muchos años, quince años tal vez, pero como eran muy malos, nunca los retomé. De golpe, en el ‘64 escribí el primer cuento, yo no sé si en ese momento tuve la intención de escribir más que ese primer cuento, pero ya cuando escribí el segundo la idea de la serie apareció sola.

También se conecta con cierta tradición de la literatura en lengua inglesa, digo, porque es un poco cierto mundo del primer Joyce, un poco el tono de Faulkner. Sobre todo en la textura de los cuentos, esa escritura que podríamos llamar “bíblica” de algún modo. En este sentido los veo con una personalidad propia en relación con el estilo del resto de tu obra, que tiende a ser más ascético.
Exacto, puede ser. Yo ahí en ese caso más que con Joyce, si bien evidentemente en el Retrato y en algunos cuentos e inclusive en el Ulises, ya ni me acuerdo, haya algunas historias que transcurren en un colegio de curas, fijate que si yo tuviera que buscar alguna influencia en la forma, es decir en el tipo de estilo que vos llamaste bíblico, es decir en el tipo de desarrollo de la frase, lo buscaría tal vez más en Dunsany, que temáticamente no tiene nada que ver. Y yo a Dunsany lo he leído en traducción, salvo algún cuento; no sé si te acordás aquellos Cuentos de un soñador, esa forma creciente, envolvente; eso me impresionó mucho, mucho, cuando lo leí hace muchos años. Ahora, es cierto que son diferentes de los otros. Evidentemente si queremos calificar el modo de escritura o la tentativa que hay en el modo de escritura hacia un uso ampliado de la palabra, es decir, una amplificación de los recursos hacia un lenguaje; si quisiéramos calificarlo de algún modo épico que es lícito usar en el sentido de que las anécdotas y el medio son muy pequeños y entonces vos podés usar un lenguaje grandioso y grandilocuente para historias de chicos que no me lo permitiría quizá si tuviera que escribir una historia épica, entonces tal vez usaría un lenguaje muy reducido.

Otra cosa que me interesa ver es la relación entre cuento y novela, digamos, en términos generales, esta especie de novela fragmentaria que vos proponés. Es una novela que se va leyendo en textos discontinuos, es el lector quien reconstruye distintos momentos que van formando una sola historia y, a la vez, cierta particularidad en la estructura narrativa que siempre se ordena alrededor de una acción breve; incluso relatos largos, como cartas, están armados sobre pequeñas situaciones. Yo no sé si vos has pensado sobre esto.
Sí, yo he pensado cosas muy contradictorias según mis estados de ánimo o, en fin, pasando por distintas etapas. El mayor desafío que se le presenta hoy por hoy y que se le presenta sistemáticamente a un escritor de ficción es la novela. Yo no sé bien de dónde procede eso, por qué esa exigencia y hasta qué punto la novela es la forma más justificable, porque hasta cierto punto tiene una categoría artística superior, aunque hay excepciones; a Borges, por ejemplo, nadie le pide una novela. Por otro lado esto nos lleva a un problema mucho más general sobre el cual habría que indagar, es decir, no he terminado de convencerme ni de desconvencerme. Habría que ver hasta qué punto el cuento, la ficción y la novela no son de por sí el arte literario correspondiente a una determinada clase social en un determinado período de desarrollo, y en ese sentido y solamente en ese sentido es probable que el arte de ficción esté alcanzando su esplendoroso final, esplendoroso como todos los finales, en el sentido probable de que un nuevo tipo de sociedad y nuevas formas de producción exijan un nuevo tipo de arte más documental, mucho más atenido a lo que es mostrable. Eso me preguntaron, me hicieron la pregunta cuando apareció el libro de Rosendo. Un periodista me preguntó por qué no había hecho una novela con eso, que era un tema formidable para una novela. Lo que evidentemente escondía la noción de que una novela con ese tema es mejor o es una categoría superior a la de una denuncia con ese tema. Yo creo que esa concepción es una concepción típicamente burguesa, de la burguesía y ¿por qué? Porque evidentemente la denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, no molesta para nada, es decir, se sacraliza como arte. Ahora, en el caso mío personal, es evidente que yo me he formado o me he criado dentro de esa concepción burguesa de las categorías artísticas y me resulta difícil convencerme de que la novela no es en el fondo una forma artística superior; de ahí que viva ambicionando tener el tiempo para escribir una novela a la que indudablemente parto del presupuesto de que hay que dedicarle más tiempo, más atención y más cuidado que a la denuncia periodística que vos escribís al correr de la máquina. Creo que es poderosa, lógicamente muy poderosa, pero al mismo tiempo creo que gente más joven que se forma en sociedades distintas, en sociedades no capitalistas o en sociedades que están en proceso de revolución, gente más joven va a aceptar con más facilidad la idea de que el testimonio y la denuncia son categorías artísticas por lo menos equivalentes y merecedoras de los mismos trabajos y esfuerzos que se le dedican a la ficción.

De todos modos pienso que esos cambios habría que ligarlos no sólo a la voluntad personal de los escritores, sino también al momento de la lucha de clases en la Argentina. Quiero decirte: no es casual que nos planteemos esa problemática, esta discusión en este momento, a un año del Cordobazo. La movilización de las masas les replantea constantemente a los intelectuales el problema de sus posibilidades y de sus maneras de actuar, participar en la lucha del pueblo.
Es cierto, ahora en ese sentido los escritores de ficción, dentro del campo de los escritores y de los intelectuales, hemos ocupado una posición de retaguardia porque esto que yo digo en relación con los escritores de ficción no es enteramente cierto en relación con los ensayistas, por ejemplo. No es enteramente cierto porque tipos como Scalabrini Ortiz en el año ‘40 ya eran escritores, no hay ninguna duda, aunque él había empezado escribiendo un cuento. Esos tipos sí fueron una vanguardia. Lo que yo te digo de los escritores era cierto de los estudiantes hace cuatro o cinco años, y la capacidad de ellos de reaccionar con hechos frente al proceso y la de maniobra que tiene un estudiante es mucho mayor que la que tiene un escritor, porque el estudiante reacciona cuando cambia una idea; pero vos cuando cambia la idea tenés que escribir un libro, que es más difícil que tirar una piedra, y entonces el movimiento es más difícil y parece más serio. Yo no creo que haya un atraso, sino que, en efecto, el proceso es más duro para los escritores que nos hemos criado en la idea de la novela burguesa; esa novela que uno quiso escribir desde los quince años no sirve para un carajo y en realidad lo que hay que escribir es otra cosa.

Digamos que de algún modo entonces lo que hay que enfrentar al mismo tiempo es una idea de la literatura.
O por lo menos desacralizarla un poquito, porque evidentemente Occidente ha hecho del escritor una imagen tan monstruosa como la de la actriz: es la puta del barrio. Son sagrados los tipos. Ahora, para desacralizar a los tipos tenés que cuestionar todo, para la utilidad de lo que están haciendo y sobre todo para poder desafiarlos con su propia ambigüedad, salvo Borges, que preservó su literatura confesándose de derecha, que es una actitud lícita para preservar su literatura y él no tiene ningún problema de conciencia. Vos viste que desde la derecha no hay ningún problema para seguir haciendo literatura. Ningún escritor de derecha se plantea si en vez de hacer literatura no es mejor entrar en la Legión Cívica. Solamente se plantea el problema de este lado; entonces vos tenés que hablar, tenés que decir eso con los escritores de izquierda. Hay un dilema. De todos modos no es tarea para un solo tipo, es una tarea para muchos tipos, para una generación o para media generación volver a convertir la novela en un vehículo subversivo, si es que alguna vez lo fue. Desde los comienzos de la burguesía, la literatura de ficción desempeñó un importante papel subversivo que hoy no lo está desempeñando, pero tienen que existir muchas maneras de que vuelva a desempeñarlo y encontrarlas. Entonces, en ese caso, habrá una justificación para el novelista en la medida en que se demuestre que sus libros mueven, subvierten. Por otro lado, mientras uno está fuera de todo contacto con la acción política, ya sea directa o por el medio que te rodea, uno está alienado en el concepto burgués de la literatura. Sos un inocente en realidad, vos estás en realidad compitiendo con estos tipitos a ver quién hace mejor el dibujito cuando en realidad te importa un carajo, porque vas a estar compitiendo con estos tipos... hasta que te das cuenta de que tenés un arma: la máquina de escribir. Según cómo la manejás es un abanico o es una pistola y podés utilizar la máquina de escribir para producir resultados tangibles, y no me refiero a los resultados espectaculares, como es el caso de Rosendo, porque es una cosa muy rara que nadie se la puede proponer como meta, ni yo me lo propuse, pero con cada máquina de escribir y un papel podés mover a la gente en grado incalculable. No tengo la menor duda.

Enero 1973

20 agosto 2007

Fuera de etiquetas

Hace ya algún tiempo se comentó en este espacio el libro de Francisco Afilado Perforaciones, y al hilo de ese libro decía ya que me molesta mucho la constante referencia al realismo sucio –cuando, encima, se debería decir minimalismo- que se hace al hablar de libros como ese o este Trescientos días de sol de Ismael Grasa. Me molesta porque revela la estúpida tendencia de la intelectualidad patria a lo cómodo, a lo sencillo, a la etiqueta. Cuando yo leo estos cuentos de Ismael Grasa pienso en Carver y en Ford, sí, y en Cheever, también, pero no sólo en ellos. Pienso en Chéjov y en Mansfield, pienso en Askildsen, pienso en Camus y en muchos autores que han elegido la delgadez, un estilo fibroso, seco, contundente, antes que la retórica, para sus narraciones. Lo que sucede con todo esto es que, al final, parece que el señor Grasa es un pobre hombre que se dedica a escribir desde Zaragoza imitando a Carver. Y eso no es sólo injusto, sino erróneo. Elegir, recalar, en una estética, es muchas veces más una fatalidad que una opción personal. Si una persona es simpática no vamos diciendo por ahí que sus gracias son de la estirpe de tal humorista o de esa otra persona tan graciosa. Decimos que es una persona simpática, y punto. Pues bien, lo único que se puede afirmar sin caer en una tendenciosidad a mi juicio peligrosa es que Grasa, en este libro, evidencia una narración seca, de frase concisa y ritmo rápido. ¿Qué eso lo ha hecho otra gente antes? Pues puede ser, pero no es relevante a efectos de valorar el libro.
Si uno repasa la trayectoria de Grasa verá que es un autor sólido, con una peripecia personal muy interesante, y que, si por algo se ha destacado desde sus inicios, es por huir de lo cómodo, del lugar común en el que muchos autores que se estrenaron al mismo tiempo que él se han instalado. Y, por encima de todo esto, Grasa es un narrador de una solidez y modernidad evidentes. Quizá por eso en las editoriales “potentes” tan sólo cuenten con sus novelas, y textos menos comerciales tengan que buscar abrigo en editoriales pequeñas y con calidad como Xordica. Grasa es un autor con el que uno, por así decirlo, juega sobre seguro, es de los escritores de verdad, esos que pueden entregar un libro más o menos sugerente, más o menos redondo, pero nunca poco trabajado.
Cada uno de los doce cuentos del libro está cimentado en una labor metódica. Sobre todo para provocar en el lector sensaciones. En los relatos de Trescientos días de sol no importan tanto las tramas –aunque algunos de los relatos las tienen magníficas-, el dibujo del personaje –pese a que nos identificamos y sentimos las rarezas y modos de entender el mundo de cada uno de los protagonistas-, o participar de una u otra estética –es un libro que aúna la recreación de un mundo realista, que reproduce entornos identificables, plasmado con una sensibilidad y conciencia plenamente contemporáneas-. Yo creo que lo verdaderamente interesante del libro, y que lo coloca en la primera línea de la narrativa, es la voluntad de hacer vivir, de provocar sensaciones en el lector. Cuando uno va leyendo los textos va enfrentándose a unas situaciones, a unos sentimientos que interioriza con rapidez. Y eso se debe al acertado trabajo del autor. Frente a otros textos que se limitan a mencionar hechos actuales, a incorporar elementos tecnológicamente modernos, frente a una modernidad de cartón piedra, seamos claros, que uno encuentra en las gangas que editan muchos autores jóvenes, Grasa retrata, reproduce o recrea –elijan la posibilidad más acorde con su modo de entender la narrativa y la literatura en general- una forma de ser, forma de estar, en este mundo. Los personajes obsesivos, sus absurdas reacciones, los caprichoso y siniestro de sus deseos y sus actos, son plenamente actuales. Son seres tan enfermos, raros, extraños como los amigos con los que nos tomamos cañas, como los desconocidos que comparten parada de autobús con nosotros, como nosotros mismos. Leyendo Trescientos días de sol uno “ve” el mundo en el que transcurren los relatos como un reflejo idéntico al mundo en que nos movemos, esos paisajes maños son una maqueta 1:1 del mundo por el que yo paseo. Ahora caigo en que los estudios de mercado siempre se realizan en Zaragoza porque sirven como proyección ideal de lo que sucederá luego en todo el territorio nacional. Los que saben de nichos de mercado saben de esto también, y que no miento.
Por eso me molesta tanto eso del “realismo sucio”. Yo no veo una continuación servil de una estética en los cuentos de Grasa como si se da en otros autores que me hablan de personajes escapados del Medio Oeste yanqui. Yo veo una voluntad clara de entender el mundo en el que vive, su entorno. Y no veo a nadie diciendo por ahí que nuestro mundo es “realismo sucio”. De no estar tan denostada la etiqueta del realismo habría que hablar de realismo a secas, y entonces a lo mejor no me irritaba tanto. Pero, claro, lo del realismo ya no se lleva, y menos si es el nuestro –ya saben, leo a Flaubert pero no a Galdós, y tan panchos con la tontería-, y nadie quiere tenerlo cerca.
Yo he disfrutado, he sentido cosas, leyendo este libro de Grasa. Ya pocas veces me pasa, así que sólo puedo estarle agradecido.
Ismael Grasa Trescientos días de sol Xordica, Zaragoza, 2007

19 agosto 2007

Dar grasa

El verano, a veces, nos deja buenas noticias. No se queden con el desastroso terremoto de Pisco, procuren sobrevivir a los huracanes y tifones que comenzarán a imponer el pánico entre los turistas despistados que contrataron sus vacaciones caribeñas en la temporada equivocada. No, pasen por encima de ellos y quédense con lo bueno, por ejemplo, a Javier Rioyo le han quitado, por fin, el programa. Ya saben, esa cosa que se llamaba Estravagario, que le debieron poner como pago a los servicios PRISAtados, y en la que el pobre hombre –ahora que ya le han largado da no sé qué ponerse ácido con el pobrecillo, es tan poca cosa- evidenciaba lo poco que lee, lo poco que ha leído y el poco respeto que les tiene a los entrevistados. Por cierto, abro un inciso, qué fue de esos entrevistadores como Joaquín Soler Serrano que sabían esperar a que el entrevistado terminase de contestar. Y continuando con la digresión, ¿por qué los invitados a los programas permanecen tan comedidos cuando el entrevistador, sistemáticamente, les corta las contestaciones para preguntar chorradas? ¿Ya no hay nadie que tenga las narices de decirle al presentador de turno que si le han invitado se supone que es porque les interesa lo que va a decir y deberían dejarle hacerlo?
En fin, todo esto viene a cuento de que he estado leyendo este fin de semana uno de los libros que tenía en la cola de lectura –esto de llevar el orden de los libros como las impresiones el ordenador no deja de tener su gracia- y antes de escribir sobre él he realizado una pequeña búsqueda internaútica y me he encontrado este delicioso vídeo de Labordeta recomendando el libro de Grasa.
Curiosidades idomáticas, en portugués la expresión "dar grasa" se usa para indicar que se está adulando o hacienco la pelota a alguien. Al pelota, de hecho, se le llama "grasista".
El interés no radica tan sólo en las palabras del diputado aragonesista sobre su paisano o en la reivindicación que hace de la editorial Xordica –llena de razón, por cierto- sino en presenciar los balbuceos de Rioyo, que por no saber no sabe ni en qué editoriales tienen sus libros publicados sus invitados. Ni para buscar bibliografía en Internet vale el chico, y luego le extraña de que le hayan largado.

18 agosto 2007

La superioridad de Bruce Lee frente a Bauman


Hojeando el suplemento Babelia de hoy -o, lo que es lo mismo, dándole clicks al ratón- me he encontrado con una reseña del enésimo libro líquido de Zygmunt Bauman. Yo he leído algo de Bauman, pero, por encima de haberlo leído, me está empezando a parecer y cargante la metáfora de la luquidez, uno de los últimos es Miedo líquido, ¿por qué no llamarlo Cuendo pasas miedo te orinas? Yo estoy de acuerdo con él si lo que se afirma es la importancia de tener liquidez a la hora de enfrentarse al día a día. Es mejor tener dinero, sobre todo contante y sonante, que estar sin blanca. Hasta ahí de acuerdo. Pero si uno lee sus metáforas se plantea si no sería mejor hablar de una metáfora de lo gaseoso. Porque lo líquido puede ser más o menos denso, más o menos pesado, pero desde luego no es evanescente. De hecho, puestos a buscar un proceso actual de la sociedad que sirva como metáfora de lo que sucede ante nuestros ojos, habría que hablar de la sublimación, porque las cosas pasan de ser sólidas a ser gas, y esa sensación la tenemos tanto con los objetos materiales como con valores y pensamientos. A mí la sociedad me parece efervescente. La mayoría de los libros, de las películas, de las conversaciones que me llegan se deshacen al contacto conmigo -yo soy el agua, me gusta pensar que soy más denso- y se convierten en unas burbujas -muy a lo el Sloterdijk de las esferas, ¿no?- que poco o nada me aportan.
La verdad es que, entre que a veces la prosa de Baumen se pone muy tostonera, y lo cansino del discurso líquido, he decidido acercarme a uno de los videoclubs pijos de mi barrio -ahora los llaman debetecas- y pedirle al dependiente Operación Dragón. Al menos viendo las pelis de Bruce Lee uno ve las ventajas de ser agua -be water my friend- y se divierte. Porque anda uno ya hasta la coronilla de sociólogos y de filósofos que en realidad no hacen sino decirle a uno cosas que ya sabe.

17 agosto 2007

Desinformadores

Habría que escribir una versión de El corazón de las tinieblas que, en vez de con las palabras que asignó Conrad a Kurtz, terminase con el enigmático personaje recitando: "¡Las vacaciones, las vacaciones!" El mundo no se detiene durante los meses del verano, en el hemisferio sur es invierno, el noventa por ciento de la población mundial no tiene acceso a las vacaciones, e incluso en los Estados Unidos muchos no pueden tomarse unas vacaciones porque no hay ninguna ley que obligue a los empresarios a dar un mes de vacaciones pagadas por año de trabajo. Pero en España sí que hay vacaciones, y uno puede disfrutar de verdaderas monstruosidades gracias a que los profesionales eficaces se toman unos días de asueto.
En El País, por ejemplo, hay excepcionales periodistas en la sección de Cultura, pero deben andar todos fuera de la redacción, porque alguna lumbrera ha decidido colgar un artículo remitido por EFE -otro asunto sería también preguntar quién ha redactado y enviado esa noticia desde la agencia- que reza así: La desconocida faceta de Juan Rulfo como fotógrafo.
¿Desconocida? Para una persona que tenga muy poca cultura, desde luego, pero no debería serlo para unos profesionales del periodismo cultural. Todo el mundo que se acerque a la figura de Juan Rulfo sabe que, además de sus dos libros y sus trabajos para el cine, Rulfo se volcó en la actividad fotográfica. La calidad de su trabajo, su personalísima mirada sobre ruinas -como muestra un botón: observen la foto-, paisajes, tradiciones y paisanaje de sus tierras de Jalisco ha sido reconocida por expertos en el mundo de la fotografía desde hace muchos años.
¿Dónde estaban los que han redactado en EFE la noticia o los que la han elegido para publicarla en El País en abril de 2002? Desde luego no debían estar dedicándose a esto, porque entonces recordarían la excepcional exposición que tuvo lugar en el Círculo de Bellas Artes y que continuó de gira por Barcelona. O el fantástico catálogo de la misma que editó Lunwerg.
Desde hace casi dos años se viene denunciando en este blog el lamentable estado de la información cultural en este país. Casos como este demuestran que las cosas no parecen cambiar, y desde luego si lo hacen no es a mejor.

16 agosto 2007

Margen bruto

Cada vez son más, vuelven con un aire sombrío, su mirada delata el desaliento. Sí, parece la redacción de un alumno de instituto que está hablando de los que vuelven de vacaciones. El trabajo. Si el trabajo es salud que trabajasen los enfermos reza el dicho. Pero todos trabajamos, y cuando, por circunstancias personales, nos vemos privados del trabajo parecemos seres sin rumbo. Hasta los ociosos tienen su trabajo, porque cuesta mucho no hacer nada.
El trabajo es un infierno, dejémonos de chorradas. Laurent Quintreau se dio cuenta de ello -no hace falta ser muy inteligente, la verdad- y escribió una novela sobre la jungla laboral en la que nos vemos sumidos. Somos mercancía, más o menos valorada, más o menos preciada por las empresas. En medio de ese panorama transcurre Margen bruto. Si quieres llevarte un ejemplar tienes que mandarnos lo que le harías a tu jefe.
Se malvado, él lo es contigo cuando llega la hora de revisar las condiciones de tu contrato. Y no te olvides de que en este blog puedes hacerle lo que quieras, él no se va a enterar.

15 agosto 2007

Bonjour Liniers, sos Macanudo

“¡Sos macanudo!” De siempre me gustó esa expresión, en ciertos momentos me ha hecho desear ser argentino para poder usarla sin parecer impostado –bueno, muy a menudo me pongo a hablar con acento porteño, y muchas veces de modo reflejo, así que debo estar un poco loco. Lo importante es que siempre me gustó la palabra macanudo, y que cuando busco en el Diccionario de la Real Academia la define así: Bueno, magnífico, extraordinario, excelente, en sentido material y moral.
¿Cómo no comprar un cómic que se llama así? Cuando vi por primera vez Macanudo no lo dudé. Con esa portada que parece haberse escapado de un libro de los de encontrar a Wally, en la que si uno se fija descubre al propio Liniers y a Maitena –luego he supuesto que a lo mejor hay más amigos del propio Liniers perdidos por ahí, pero como no los conozco…-, ¿cómo no llevarse a casa corriendo el libro y leerlo de un tirón tumbado en el sofá? Yo me leí el primero de los libros de Macanudo en una tarde de domingo que se prometía tan aburrida como todas y que resultó ser una de las mejores de mi vida. ¿Cómo no salir corriendo a comprar el resto?
Y ahí comenzaron mis problemas, porque en España sólo habían editado el primero de los libros de Macanudo, y sólo hace unos tres meses han editado el segundo. Pero yo tenía que leer más. Yo estaba ya enganchado a Macanudo.
Así que Macanudo fue el detonante de mis periódicas compras de libros argentinos. Siempre están hablando mal de él, y esas cosas, pero yo al señor Guillermo Puentes le agradezco la difusión de Internet. Microfost es una mierda, sus sistemas operativos son el pedo y cualquier programa de software abierto es mejor que los que él vende, pero… Lo de poder comprar por Internet es macanudo.
Desde entonces la aparición de cada uno de los libros de Macanudo ha supuesto un motivo inmejorable para hacer un pedido de libros a la Argentina. Y así han ido cayendo el segundo, el tercero y, hace un mes, el cuarto. Yo no sé si podría estar ya sin Macanudo, y menos ahora que sé que falta casi un año para el quinto volumen. Menos mal que Liniers es un trabajador infatigable –se ve que le gusta su trabajo y se pasa el día dibujando- y de ahí surgen las tiras autobiográficas que publica en su blog Cosas que te pasan si estás vivo.
Lo maravilloso de Macanudo es que ha variado la idea que tenemos de una tira de cómic típica, que gira en torno a una serie de personajes fijos y que depende en buena medida de la capacidad que tenga el autor de sumergir al lector en las peculiaridades de ese grupo. Desde Peanuts hasta Calvin & Hobbes el método ha sido ése. Pero lo que ha logrado Liniers en Macanudo es que haya un humor, una manera de mirar la realidad, que es el centro de la tira. Hay muchos personajes más o menos fijos con los que el lector se encariña –y cada uno tiene sus favoritos, a mí me gusta el humor negro y sórdido del Hombre que traduce los títulos de las películas, pero les he cogido cariño a Lorenzo y Teresita, y, del mismo modo, le veo poco misterio al Hombre misterioso. Una de las cosas más lindas de Macanudo –como ven los he estado leyendo- es que es como la vida, lleno de cosas que nos gustan mucho y otras que no tanto, pero merece la pena leerlo. Yo no sé si ustedes se han acercado ya a Macanudo. Si no lo han hecho no tarden, les recompensará con creces.
Pero me voy a permitir recomendarles algo, algo que va a ser difícil que se llegue a publicar aquí. Se trata de Bonjour. Si hubiera que definirlo de algún modo diría que se trata de la escuela de Macanudo. Antes de que llegase el contrato para publicar en La Nación –fíjense cómo será la cosa, que creo que conozco más periódicos argentinos que de ningún oro país: La Nación, Clarín, Página/12, Perfil, y alguno más, por cierto, en Buenos Aires se publican diarios en inglés y alemán, ahí es nada-, Liniers trabajo en el suplemento No de Página/12. Las tiras que recoge Bonjour son esas. Si uno fuera un poco más esnob diría que son mejores, que son más puras, que Liniers se vendió y por eso llegó a La Nación. Es una de las máscaras de la doxa del intelectual cool, el progre que caza tendencias y que está de vuelta de todo. Pero la realidad es que Bonjour es, sencillamente, más grueso que Macanudo, más directo en unas ocasiones, más burdo en otras. Todo lo más diría que es la obra del mismo autor de Macanudo pero cuando era más joven, una obviedad, pero sin duda el modo más certero de hablar de libro. Lo único que sí encontrará el lector de Liniers que es más difícil ver en las tiras actuales es un humor negro más corrosivo, menos surrealista. Lo dicho, más o menos lo mismo, pero con la energía de la juventud frente a la benevolencia y comprensión de la madurez.
Cómprenlo por Internet, encárguenselo a un amigo que viaje a Argentina o, mejor todavía, métanse ustedes en el avión y aprovechen la excusa para conocer la desembocadura del Río de la Plata. No creo que les defraude la experiencia.

14 agosto 2007

Otra literatura es posible

Parece mentira, pero uno no deja de escuchar y de leer cosas como que la literatura ha muerto, que ya todo esta corrupto y que es imposible encontrar cosas que merezcan dedicarles tiempo en las librerías. Yo, en cuanto comienzo a escuchar ese discurso pongo tierra de por medio, porque en cuestión de minutos esos mismos que están predicando el final del los tiempos van a intentar colocarnos su modo de arreglarlo todo. Desconfíen de esa gente, lo que esperan es venderles algo –y los peores son los que dicen que rechazan la sociedad capitalista en la que todo tiene un precio, esos no quieren venderle nada, piensan que tiene derecho a exigírselo, corran más rápido todavía.
Esos pájaros de mal agüero no deben conocer Internet –o bueno, lo conocen, pero como navegan poco o nada también se enteran de poco, así que sus dicterios suelen estar lastrados por su escasa información. Gracias a Internet hoy se puede leer sin desplazarse del salón de uno una de las voces más interesantes de la literatura en castellano.
Algunos, pocos, lo habrán podido disfrutar en su no-novela La expectativa, que publicó Caballo de Troya hace algo más de un año. La ausencia de anécdota, de trama, que hace que las ciento cincuenta páginas de la novela discurran como una prolija disertación sobre la nada –y por eso sobre todo- con el marco de la crisis económica que casi acaba con Argentina en esta década, demostraban que un autor puede construir una novela armada sobre el vacío. La nada. Lo radicalmente novedosos de la novela de Tabarovsky radica en que refleja el vacío de la existencia, días de espera, una constante expectativa de que algo suceda. Pero nada. De un modo cínico, irónico, viene a destapar uno de los dramas del tiempo que nos ha tocado vivir: sí, en muchos países se ha logrado imponer eso que, pomposamente, llamamos “libertad”, pero de qué sirve esa libertad social, institucional, cuando uno no tiene nada. ¿Cómo podemos tener la desvergüenza de permitir a los líderes políticos que digan actuar en aras de extender la libertad y la democracia por todo el orbe, si, como está sucediendo en muchos países en vías de desarrollo –o que caen en una severa crisis económica como el caso de Argentina-, luego se mueren de hambre? ¿No empieza la dignidad del hombre por el derecho a un trabajo y a ganar el dinero que le permita subsistir? Ya se ha acabado, dicen, el mundo de las utopías, seamos pues coherentes y demos a la gente algo bien material y sólido: dignidad y trabajo. Permitámosles convertirse en primer mundo como nosotros.
El nihilismo radical, la plasmación de la angustia del deseo, convirtieron a La expectativa en uno de los libros más interesantes que se publicaron el año pasado.
A mí, personalmente, me interesó como para pedir en una de mis librerías de confianza, Traficantes de sueños, un ensayo suyo que provocó chorros de tinta en Argentina. Se trata del magnífico libro de ensayo Literatura de izquierda. Ahora que en España anda el gallinero muy revuelto con el asunto del dominio de una literatura concebida estrictamente como producto para ser vendido, no estaría de más que algún editor se animase a editar aquí –o algún importador a hacerle un favor a la gente de Beatriz Viterbo trayendo muchos ejemplares aquí- para que muchos pudiesen leerlo. Los cinco ensayos están aunados por una visión irónica, que desmitifica y ataca los tópicos más acendrados por los intelectuales progresistas de estos lares. No hay que escribir a favor o en contra del mercado, sino aparte de, no hay que reivindicar las vanguardias, hay que escribir más allá de ellas y de la tradición.
Copio un fragmento del libro:
El peso de tener atrás a las vanguardias parece insoportable. Pero lo verdaderamente insoportable no es que las vanguardias hayan fracasado o se hayan diluido o que hayan sido absorbidas por el sistema, sino la dificultad de ser hoy vanguardia. La literatura contemporánea profundiza esa imposibilidad. La condición de la vanguardia consistía en levar una posibilidad hasta su extremo. La condición de la literatura contemporánea consiste en llevar su propia imposibilidad hasta el extremo. En algún poema, escribe Louis-René des Fôrets: “Irreparable fractura. Tomemos nota”

Libro de lectura obligada, verdadero vademecum de cómo se debe leer hoy -les recuerdo que a comienzos de tercer milenio, para bien o para mal, está muy feo seguir leyendo de un modo ingenuo- hasta en sus diatribas, a veces excesivas -no comparto su desprecio por la obra de Fresán, por ejemplo, es un libro que está llamado a cambiar el modo de acercarse a la literatura hispana.
La literatura de izquierda es, para Tabarovsky, algo imposible, indecible, inefable. Y precisamente por eso hay que arriesgar hasta el extremo para decirla. Frente a la verborrea de las vanguardias, llena de soflamas huecas cuya única intención era provocar, el arte contemporáneo indica en su esencia su misma futilidad. Por eso es tan valioso, porque es honesto, conceptual. Porque huye de la retórica en su desnudez. Cuando contemplo a compañeros y amigos que andan desorientados repitiendo errores del pasado, anacrónicos, intentando levantar un edificio en ruinas en vez de construir uno nuevo sólido, pienso que debería regalarles el libro de Tabarovsky, pero luego me digo que ya son mayorcitos para acercarse solos a la librería y comprarlo.
Como hice yo una tarde, llevándome a casa una pequeña delicia llamada Kafka de vacaciones. Treinta y un páginas de generosa tipografía, eso es todo. Pero qué todo. Un delirio, algo sin sentido, vacío, y enteramente lleno de riesgo, donde todo es lenguaje –no hay apenas trama en esta historia contada por, o desde, un perro. Treinta y un páginas donde no cabe el bostezo, tan sólo la desorientación, el desconcierto. Qué lejos cae el pleonasmo constante del Murakami de Kafka en la orilla, qué vacuidad posmoderna, perdón por la libre asociación.
Y para leer todo esto no hace falta ni salir de casa, puede uno comprar los libros por Internet –ya sabemos que sólo un cinco por ciento de la población tiene acceso a Internet, pero esos que dicen que la literatura anda moribunda lo hacen en el mismo medio, así que uno deduce que también pueden comprar libros a través de él.
Pero es que, además, uno puede leer en Nación apache los artículos del propio Tabarovsky. No tiene pérdida, es uno de los enlaces de la derecha. Todas las semanas aparece allí el artículo que ha escrito para el suplemento cultural del diario Perfil. Por la cara. Y en la misma web puede uno leer a menudo textos más que interesantes de otros autores. Quien no lee a Tabarovsky es porque no quiere, eso ha quedado claro.
Como creo que me he extendido mucho, voy a aprovechar para extenderme más e incluir una entrevista que apareció en el diario argentino Página/12 el 11 de marzo de 2005:

ENTREVISTA CON DAMIAN TABAROVSKY

“El escritor es narcisista, megalómano e improductivo”

El autor de Las hernias, que defiende esos valores, considera que la literatura actual sólo apunta a la eficiencia. En esa línea, dispara contra todos sus colegas y dice que los escritores de izquierda son conservadores.

Por Silvina Friera

Damián Tabarovsky se muestra como una suerte de francotirador.
No se considera un escritor rabioso porque el adjetivo le parece excesivo, o acaso incompatible con ese estilo absurdo, disparatado de su última novela Las hernias (Sudamericana), en la que se propuso llegar al grado cero del argumento, o como él prefiere denominarlo “la pavada total”. Pero cuando Damián Tabarovsky habla no deja títere con cabeza, dispara contra casi todos sus colegas, agita las aguas y espera el rebote o que alguien le devuelva la estocada o le redoble la apuesta. ¿Un nuevo francotirador? Quizá. Pero lo cierto es que desde que publicó el libro de ensayos Literatura de izquierda (Beatriz Viterbo), levantó el tono de voz. Y su perfil. “En un momento en donde los escritores hablan susurrando, alguien que levanta un poco el tono parece que tiene un vozarrón. En otra época lo que estoy sugiriendo sería absolutamente banal, apenas el enésimo libro de alguien quejoso que dice que no le gusta cómo funciona el mundo. No me siento un escritor rabioso, al contrario, soy un perrito chihuaua en un contexto en donde sólo hay pasto. Entonces parezco un animal rabioso, cuando en realidad soy un chihuaua rodeado de vegetarianos”, ironiza Tabarovsky en la entrevista con Página/12.
–¿Usted plantea que la literatura está en crisis?
–La literatura está en crisis porque la cultura es la crisis. No es que está en crisis porque pasa algo exterior a ella. La literatura, como a mí me interesa, pone en cuestión otros discursos, entonces hace de las crisis su pasatiempo favorito. Todo escritor contemporáneo tiene la sensación de que es el último escritor, todos viven en esa vanagloria porque la literatura es un arte casi epigonal. Lo que a mí me importa de la literatura es encontrar contenidos políticos en discursos que aparecen como políticamente neutros. Pero hay otra dimensión de la crisis, la sociológica, que es de la que más se habla, pero que no me interesa: por qué los libros no venden, qué hay que hacer para que la literatura vuelva a atrapar a los lectores. Durante el menemismo, la literatura argentina empezó a ocuparse de que las novelas y los cuentos cautiven al lector, que los finales sean efectivos, que los personajes sean verosímiles o las tramas interesantes. Son todas cuestiones secundarias que apuntan a que la literatura se vuelva eficiente. Así como hubo un discurso de lo eficiente respecto de las privatizaciones o del delivery a domicilio, la literatura fue porosa a esos temas y se convirtió en una literatura eficiente.
–¿En su concepción el problema residiría en que la literatura y el arte nunca buscan la eficiencia?
–Sí, yo los concibo como diletantes, ineficientes. El escritor o el intelectual son figuras sospechosas porque son diletantes, ineficientes, torpes. Me interesa la inmadurez literaria, como escritor quiero poner a la ineficiencia en el centro de la literatura. Aquellos escritores con quienes comparto la crítica política ideológica al menemismo y a la época son los que llevan la crisis al corazón de su literatura, porque cuando General Motors hace marketing, está mal, pero cuando ellos lo hacen desde una editorial es porque simplemente un libro se acerca al lector. Acá hay una línea de continuidad que es interesante desmontar. Esa influencia del marketing llegó a los textos, por eso se convirtieron en complacientes y lo que se valora es eso: que los cuentos tengan introducción, desarrollo y conclusión, que no se experimente, que no se innove.
–¿Qué sucede con las vanguardias artísticas en ese contexto?
–El problema es que la literatura suspende cualquier discusión con las vanguardias, que aunque han entrado en crisis hace mucho tiempo, podrían ser un horizonte donde vale la pena sentarse a discutir. Pero la literatura argentina de los noventa dio por clausurada esa discusión casi festivamente: ¡qué bueno que se terminó esa neurosis, ahora podemos dedicarnos a tener lectores! Pero fracasaron los textos y el mercado. Todavía vale la pena seguir polemizando sobre literatura, pero buena parte de mi generación no reabre estas preguntas que suponen clausuradas.
–¿Por qué?
–Creo que toman como un éxito el fracaso de las vanguardias, que ponían en cuestión la relación entre la vida cotidiana y la literatura, la literatura entendida como una experiencia de la otredad, de la ruptura y de la disolución. Algunos lo viven con pesar o son nostálgicos de la vanguardia, otros lo vivimos con perplejidad en una tensión entre añorar eso que pudo haber pasado y saber que eso no va a volver más. Pero hay un largo grupo, el corazón de mi generación, que lo vive con alegría porque sabe que puede dedicarse a hacer una literatura que no cuestione nada, que sea falsamente ingenua y que se convierta en un producto más en el mercado como tantos otros. El escritor es narcisista, megalómano e improductivo, valores que yo defiendo. Un escritor como yo, que no gana plata, que no vende demasiado y que no va a pasar a la posteridad, qué puede tener que no sea un poco de narcisismo: esa es mi valija portátil.
–Si usted se inscribe dentro de la tradición de izquierda, ¿por qué cuestiona a escritores como Abelardo Castillo o Liliana Heker?
–Porque cuando escriben, sus propuestas literarias son conservadoras. Esta paradoja ya ha sido dicha otras veces. Libertella, en Nueva literatura latinoamericana, señalaba esta paradoja veinte años antes, con otros autores. A mí me interesa la tradición de izquierda entendida desde el anarquismo, es decir para mí lo que define la tradición de izquierda es que es la única que está permanentemente preguntándose qué es ser de izquierda. La derecha, aparentemente, no se pregunta qué es ser de derecha. Hay una frase de Hannah Arendt que me parece extraordinaria: “Cuando la ética de los fines últimos desaparece, la ética recae sobre los medios”. Como no hay fines últimos claros, que entraron en crisis con el fracaso de los movimientos populares en los ’70, hoy por hoy es cotidiano preguntarse qué es ser de izquierda. Para mí, la tradición de izquierda es aquella que vive cuestionando sus propios fundamentos.
–Usted caracteriza a ciertos escritores de los ’90 como “los jóvenes serios”. ¿Cree que les falta sentido del humor en lo que escriben?
–No sé si les falta humor, prefiero pensarlo en términos de que les sobra solemnidad. Porque si no podría pensarse que si la literatura no tiene humor no funciona. Aunque me interesa el humor, a veces siento que es conservador y que lo verdaderamente radical es la ironía. La generación mía es muy solemne, son esos tipos de personas que dicen que el humor es una cosa seria. Pero hubo otras generaciones muy serias: Viñas y el grupo de Contorno, que vinieron a decir cosas muy importantes sobre Martínez Estrada o por qué había que romper con Murena. Esta generación es igualmente seria como la de Viñas, pero no tiene la radicalidad del grupo Contorno, sino la seriedad de Santo Biasatti (risas).

Desde hace un mes ando algo nervioso, con un poco de ansiedad. En Caballo de Troya prometen para octubre un nuevo libro de Tabarovsky, Autobiografía médica. No sé si voy a ser capaz de aguantar hasta entonces.

13 agosto 2007

El valor de un tema

La reedición –respetando el formato de la edición definitiva original- de Maus ha provocado ditirambos de todo tipo, entre los que he llegado a leer que es el mejor cómic de la historia. A mí es escuchar eso y se me pone el ojo a guiñar sin ton ni son. Me pasa lo mismo cuando escucho lo de que x es “la mejor película de la historia”, o y el “mejor disco de la historia”, o z “el mejor libro”. Es evidente para cualquiera que lea Maus que se trata de una obra excepcional. Así lo han reconocido instituciones como la que entrega los Pulitzer, que eligió este tebeo para ser el primero que se llevase el premio al mejor libro. Así que quiero que desde ya quede claro: Maus es una obra maestra, una lectura placentera e inexcusable.
Ahora, creo que en buena medida el éxito de este cómic dentro del mundo intelectual, su prestigio, se debe a algo que no es mérito de Art Spiegelman, su autor, sino a una realidad fantasmática –qué lacaniano estoy- que todavía nos persigue: el Holocausto judío. Basta con agitar la bandera de los seis millones –de hecho basta con decir esa cifra para que sepamos de qué se nos habla- para que todo se revista con una pátina de seriedad que lo ennoblece. Si tu tema son los desmanes nazis sales con algo ganado, pero si, por ejemplo, eliges hablar de los treinta millones que cayeron durante la dictadura de Stalin, ya no las tienes todas contigo. Mi abuelo, por ejemplo, se murió siendo estalinista, y cuando le comentabas lo de los gulags lo negaba y punto.
En cambio hay un sentimiento común con el Holocausto. Incluso ha quedado en el acerbo común la afirmación de Adorno –por cierto, qué mal nombre para un filósofo, o quizá el mejor posible- de que no se puede escribir poesía tras Auschwitz. No se admiten bromas con el genocidio judío –ahí están los problemas que tuvieron Vullemin y Gourio con Hitler=SS-, salvo que sean las cándidas y melosas que realizó Benigni.
A lo mejor alguien pensará que se me está yendo la cabeza o alguna cosa así. Pero veamos el caso de La lista de Schindler. La película no está mal, pero, recientemente, hemos podido constatar que el American Film Institute la considera la octava mejor película de la filmografía yanqui. Y eso, evidentemente, responde a una cuestión que escapa a la calidad del guión, la interpretación y otras cuestiones artísticas. No, si es la octava es porque habla del Holocausto.
A mí me parece que lo sucedido durante el gobierno de Hitler es algo que escapa a toda comprensión humana. El sistemático método que usó para acabar con seis millones de judíos es algo incomprensible, pero sucedió. Y eso no puede ni olvidarse ni minimizarse.
Pero ya se va mostrando de un modo cada vez más evidente que hay una sobreexplotación de ese fantasma colectivo. Fueron, sí, seis millones de judíos, pero también casi uno de gitanos, unos cuatro de eslavos y cerca de otro entre presos políticos, homosexuales, discapacitados y demás. Uno de los aciertos de Spiegelman en Maus es que se ve que no había tan sólo judíos en los campos de concentración. Los métodos de genocidio se aplicaron a muchas etnias, muchos presos.
La razón de toda esta disertación es señalar que deberíamos ir comprendiendo que hablar del Holocausto es una cuestión temática, que no hace a la obra mejor que si habla del amor o de la muerte. Maus es una obra maestra independientemente de que trate de un tema u otro. Lo es porque Spiegelman ha sabido retratar a seres humanos con sus contradicciones y sus problemas. Ha sabido recrear la vida en su libro.
Conviene no mezclar las cosas.

Para saber más sobre el Holocausto puedes visitar el excelente artículo de la Wikipedia.

12 agosto 2007

Una mirada atrevida frente a los tópicos

Se dice mucho, pero casi siempre en los bares y cafés, cuando nos juntamos unos cuentos autores, y casi nunca en los medios de comunicación y demás espacios donde tendría que decirse: la crítica española está adocenada y ha asumido una condición de meros vendedores, correveidiles de las editoriales. Los casos de críticos que ejerzan su labor con seriedad e independencia son, por desgracia, cada vez menos. Basta con echar una ojeada a los suplementos culturales o a las revistas literarias. Por eso es especialmente importante la labor de algunas voces que, si bien pueden recibir numerosas objeciones y puntualizaciones, intentan agitar, provocar, con sus textos y sus criterios. Dentro de ese grupo está, sin lugar a dudas, Vicente Luis Mora.
Yo he leído la poesía de Mora y me parece, al menos, distinta a lo que se hace por aquí. He leído su narrativa y, si bien le veo defectos, me gusta su audacia a la hora de estructurar sus historias, de narrarlas, e, incluso, de buscarlas. Yo leo asiduamente el blog de Vicente Luis Mora –está enlazado dentro de las recomendaciones de esta bitácora desde sus inicios- y a veces encuentro debates interesantísimos que tienen lugar allí. Y he leído, por supuesto, su libro Singularidades y La luz nueva.
De Singularidades ya he dicho en muchas conversaciones que es, por encima de otras cuestiones, un libro necesario. No porque haya que seguir a pie juntillas su discurso, sino porque plantea otra manera de entender el panorama poético actual, y se atreve a apostar por una tendencia –línea que no es la que a mí, personalmente, más me gusta- lo que frente a la tibia y estratégica actitud habitual es de agradecer. Me extendería más para hablar de ese libro pero, como ya indiqué en una ocasión –y repito ahora para demostrar lo poco tibio que también es uno-, pese a solicitarlo en dos ocasiones a la editorial para comentarlo nunca tuvieron el detalle de remitirlo. Y, si bien en este blog se habla de muchos libros que compra uno sin esperar que los departamentos de prensa se los hagan llegar, sí que es cierto que, cuando uno se siente despreciado, actúa en consecuencia.
La excusa, la percha, de este post es la lectura que he realizado de La luz nueva. Ha sido una lectura sosegada y recurrente, ya que algunos de los artículos los había leído ya en el blog y otros los he leído en más de una ocasión antes de escribir estas líneas. Si uno tuviera que dar un diagnóstico, una valoración general, tendría que decir que este es, también, un libro necesario. Sobre todo por la primera parte del libro que es la que se ha escrito ex profeso para él.
La segunda de las partes recoge una selección de entradas aparecidas en el blog. Textos sobre autores, libros o apreciaciones más libres, que son los que ocupan el grueso del libro. Uno, que como ya he dicho, sigue habitualmente la bitácora de Mora, encuentra que los textos, tal y como aparecen, van descafeinados. Uno de los aspectos más interesantes de los blogs es el asunto de los comentarios. Las apreciaciones, opiniones, indignaciones de los lectores, etc. convierten a las bitácoras en uno de los medios de comunicación más interesantes que existen hoy. En primer lugar porque permiten al receptor interactuar con el mensaje, y en segundo lugar porque las conversaciones que se generan dan nuevos matices a los asuntos tratados. Precisamente Mora es consciente de ello y lo plantea como una de las virtudes del medio en su libro Pangea. ¿Por qué no aparecen esos comentarios? Supongo que porque entonces el libro se iría a las quinientas páginas y porque plantea problemas de derechos. Si se cobra al lector por el libro habría que pagar a los autores de los comentarios, creo. Pero el que sale perjudicado es el libro, y consecuentemente el lector del mismo, que pierde buena parte de la “chicha” de los temas.
Pero, además, intuyo en esta decisión una voluntad de revalorizar las entradas del blog convirtiéndolas en artículos de un libro. Todavía hoy, pese a los avances del mundo digital, se valora mucho más que un autor tenga libros publicados frente a una difusión virtual de su obra. Todavía estamos aferrados a un materialismo que coloca al libro por delante de la web. Es un contrasentido, y creo que Mora, verdadero valedor de la crítica digital –de hecho su posición dentro del panorama literario obedece de un modo directo a la seriedad y eficacia de su blog más que a otras cuestiones- debería haberse dado cuenta de ello. Que una editorial como Alfaguara quiera colocar un libro de Azúa a esos lectores que nunca han entrado en Internet pero tiene todos los libros del autor es una cosa, pero que uno de los defensores de la esfera digital como lugar de intercambio caiga en ese subterfugio no me convence demasiado. Él sabe que esos artículos, tal y como aparecen en el libro están mutilados, y no son, desde luego, lo más interesante del libro.
La primera parte sí que demuestra una ambición mayor, y quizá tenía que haber conformado, por sí sola, todo el libro. No digo ampliarlo –aunque sí es cierto que una descripción más pormenorizada y ejemplificada habría sido más eficaz- sino ceñirse a esa parte a la hora de editarlo. ¿Por qué no un libro de ciento y pico páginas denso e interesante? ¿Por qué engordar el lomo para justificar el libro y su precio? De hecho el libro, tanto en su subtítulo como en su contracubierta apunta tan sólo a esa parte como asunto del libro. Y eso se debe a que es donde Mora ha dado el do de pecho.
La clasificación que realiza es interesante y arriesgada. Obedece a cuestiones estrictamente literarias, tanto estética como temáticamente –frente a la tendencia biográfica de la crítica universitaria y académica- y no cae en el vano impresionismo –como sucede con casi toda la crítica mercenaria de suplementos y revistas. Pero, sobre todo, es práctica. Si uno lee con atención el libro verá que el punto de partida, la clasificación, es más certera de lo que pueda parecer.
Pero también, si uno lee con atención, verá que al libro le faltan un par de vueltas, algo de trabajo. Vamos a ver por qué. En primer lugar la lectura de este ensayo revela un conocimiento del terreno parcial. Frente a la solidez que exhibía Singularidades en el conocimiento de la poesía joven –con la otra había también lagunas que les sirvieron a críticos como García Martín para tirarse a la yugular- en La luz nueva se aprecia que el autor no ha leído tanta narrativa como lírica. Eso se evidencia en algunos listados, en ciertas apreciaciones en las descripciones de cada una de las tendencias, pero también, y sobre todo, en la recurrente utilización de ejemplos líricos en vez de narrativos para justificar sus tesis. Son muchas las ocasiones en que, tras una disertación sobre un aspecto de cierta tendencia, remata con un ejemplo lírico lo dicho. Y eso no tiene mucho sentido, máxime teniendo en cuenta que de lo que se habla es de narrativa.
Por otro lado hay ciertos detalles que revelan un cierto descuido. Por ejemplo, el hecho de que en todo momento se nos esté hablando de narrativa, que muchos de las referencias que aparecen en el libro son de autores de cuentos –que es un género mucho más vanguardista y permeable que la novela-, pero que, a la hora de resumir las características de cada tendencia se nos hable de la “novela” como única posibilidad narrativa. Hay que ser un poco más coherente a la hora de evaluar críticamente la realidad narrativa actual. Si el cuento, como se viene demostrando, es uno de los géneros que más juego da hoy por hoy, eso tiene que quedar reflejado en un libro que pretende describir la vanguardia narrativa.
Vivimos en un mundo donde los críticos practican con dejadez su labor, que alguien como Mora se tome en serio lo que hace, lo que lee, y elabore un sistema para explicar lo que sucede es algo que genera polémica. Lo triste es que la polémica que debería generar es la indignación de que haya pocos como él removiendo el acomodaticio panorama que presenciamos. Vicente Luis Mora es uno de los agitadores del mundo cultural que nos están haciendo cada vez más falta.
Vicente Luis Mora La luz nueva Berenice, Córdoba, 2007
(La portada es una portada fantasma, mucho más bonita que la que tiene el libro, que hay colgada por el ciberespacio).

26 julio 2007

Procesos creativos

Llevo un mes con la cama deshecha. No me ha dado por estirar las sábanas ni cuando estuvo el otro día un operario para darme de alta el ADSL en casa. Y eso, lejos de hacerme sentirme como un guarro –ya sé que soy un poco desastre-, me sirve como termómetro de la cantidad de trabajo que he realizado últimamente. No es una broma, el hecho de que la casa esté un poco abandonada tiene una relación directa con el hecho de que esté muchas horas al día pegado al ordenador. Una de las preguntas que más a menudo me hacen mis alumnos es cómo buscar las ideas, cómo imaginar historias, cómo descubrirlas. Yo les digo siempre lo mismo, que cuando se sienten ante el ordenador –yo creo que casi nadie escribe ya en otras condiciones, ni los poetas- y no se les ocurra nada se pongan a limpiar la casa. Fregar el escurreplatos que ha acumulado grasa durante un año es un modo inmejorable de encontrarse con una trama interesante, por ejemplo. Y los personajes más redondos, con una psicología definida suelen presentarse a uno cuando está con una mano metida en el agua fría del retrete limpiando el último recodo del sifón. No es una broma. Muchos de los estudiosos de la psicología de la creatividad pueden explicar mejor que yo los procesos mentales que favorecen la creatividad. Y uno de ellos es realizar actividades mecánicas que no necesiten nuestra concentración, porque así la mente se libera y es cuando surgen pensamientos creativos, libres.
La casa limpia y ordenada de un artista nos viene a decir que ha tenido muchas ideas, o que las está teniendo, y que en breve aquello comenzará a ser un caos. Y una casa desordenada quiere decir que el artista tiene un montón de ideas que está poniendo en práctica. Bueno, luego están los que tienen para pagar a una asistenta. Pero eso ya es otro tema.

23 julio 2007

La carraca del futuro

¿Puede una novela ser ingenua en estos tiempos que corren? Puede, sin lugar a dudas, pero es algo difícil de entender si, como es el caso del título que nos ocupa, pretende denunciar los desmanes e injusticias que se están cometiendo en el mundo hoy y que, presumiblemente, están condicionando la sociedad del futuro. Y el principal problema de la novela que ha escrito Doménico Chiappe es que, aunque pretende ser cínica y descreída, sorprende, finalmente, que el cierre de la trama sea de una candidez pasmosa.
La novela está construida de un modo periodístico –no hay que olvidar que su autor es, sobre todo, periodista- y su aspecto es el de un reportaje que reproduce de modo literal muchas de las conversaciones de la narradora con el protagonista. De hecho, es esa representación de la relación entre entrevistado y entrevistadora al final de la novela lo único que podría salvar el naufragio del sorprendente giro final de la trama. Hay un momento en que el entrevistado reclama el dinero pactado por la entrevista, y es esa idea de comercio, de entrega de una mercancía que el comprador desea la única pista que el lector tiene de que estamos ante una invención, ante la ficción generada por el entrevistado que quiere colocar su producto a la periodista e inventa, incluso, un final domesticado y conveniente para su historia. Ya digo que sería esa interpretación la única que lograría cerrar de un modo coherente la narración.
¿Por qué digo esto? Pues por los elementos que el autor ha usado para construir su texto. Además de recurrir a técnicas periodísticas para avalar la verosimilitud de la ficción generada, el autor ha decidido ubicar su narración en un futuro próximo –no determinado, pero que se presenta como una nueva distopía a unir al catálogo ya extenso de las mismas- con lo que se una a una tendencia ya antigua en la literatura que está reverdeciendo con esta revolución tecnológica en que estamos inmersos desde hace treinta años, y que consiste en hablar del presente desde el futuro. Dicho de un modo un poco macarra: una versión 2.0 del costumbrismo. Pese a ello tiene todavía un encante y pequeño aroma a novedad que hace que los modernos no se miren mal por leer este tipo de literatura, aunque echen pestes de cualquier autor del siglo xix.
Bien: distopía anticipatorio, referencias constantes a la realidad actual, usos sociológicos –la novela requiere de la complicidad del lector para trazar las relaciones entre el mundo que se le propone y nuestra actualidad- y una historia que finalmente se cae por una mala evolución psicológica del personaje. ¿Cómo un cínico que ha registrado los desmanes de esas ONGs pervertidas que sirven ahora para controlar a los ciudadanos, que se ha aprovechado de ellas para vivir como un rajá puede, finalmente, presentarse como alguien que creía en la capacidad de liderazgo y casi divinidad de Marc Ji? ¿Y, mejor aún, como alguien que ha asumido finalmente la humanidad del líder puede creer que su secretaria es, verdaderamente, la encarnación del mal? Es un cierre ingenuo, plano, que tan sólo genera suspicacias respecto a lo narrado, y que deja una incómoda sensación de que alguien, en algún momento, nos ha robado la cartera. Es una pena, porque el oficio de Chiappe merecía haber atracado en mejor puerto.
Doménico Chiappe Entrevista a Mailer Daemon Lá Fábrica, Madrid, 2007

20 julio 2007

A la puta calle

Todos los españoles somo iguales ante la ley. Bueno, todos los españoles parece que sí, pero si eres de la famila real no eres español, eres algo más, y ya se encargan muchos de proteger tu imagen, tu honor y demás consideraciones. Hoy un juez ha decidido retirar de la venta la revista El Jueves. La razón es que aparecen la portada los príncipes de Asturias -bueno, una caricatura de ellos- practicando el sexo.
Pues bien, resulta que la Constitución, esa que tanto defienden los políticos porque es el garante de la vida en común y demás zarandajas, ya tiene su título, el dedicado a la Corona, en el que se explicita que no todos los españoles son iguales ante la ley. La familia real es más que el resto. ¿Por qué? Por ser hijos de sus padres.
Si en la portada salieran Zapatero y su mujer no pasaría nada, si hubieran salido Azanr y la Botella -le tiene mucha afición a la botellla José Mari- tampoco. Pero con la "Familia Real" otro gallo nos canta. Todo el mundo sabe lo fiel e inteligente que es el rey, lo trabajadores que son los infantes, la gran calidad personal e intelectual de SSAARR.
Yo creo que el deber de la Casa Real, si quiere mantener ese "aire campechano" del que siempre hacen gala y promocionan, es exigir al fiscar que retire la denunca y al juez que se disculpe. El humor, la ironía, son patrimonio de todos los españoles. De lo que no pueden presumir todos es de una casa como la del principito por no hacer nada, y de tener la vida resuelta por haber salido del útero de tu madre. De eso habla la portada, y eso es lo que de verdad escuece.
III República, ya. Al resto de los parásitos que tenemos en casa los matamos.

19 julio 2007

De tascas con Bono


Siempre se puede uno llevar sorpresas en las noches de Madrid. Además de largarse de los bares sin pagar o tener la suerte de conocer a alguien interesante, en las calles de la capital todavía hay espacios únicos, extaños. Uno, que no es muy mitómano, no acostumbra a peregrinar en busca de sitios bendecidos por la presencia de algún famoso. De hecho me dan un poco de grima los bares decorados con las fotos de los famosos, yo pienso en cómo se deben sentir ellos -si son normales, claro- cuando entran en un bar cualquiera a tomarse una caña y les sacan una cámara de fotos. Si un día vuelves a caer por ahí te ves colgado en la pared, y ya no es lo mismo, ya no se está tomando uno unas cervezas como un cualquiera más en un bar.
Pero hay cosas que exceden a toda la lógica: Un grupo de superventas mundial, con un líder carismático que se codea con los mandamases del mundo -siempre he dicho que si Bono se presentase a presidente de Irlanda barrería-, haciéndose una foto en una tasca vieja y entrañable de la calle Madera. Pero es verdad, y ayer lo vi con mis propios ojos.
Parece ser que después de la entrega de premios Amigo del año 2003 se acercaron con un fotografo que venía con ellos desde Los Ángeles -¿Anton Corbijn?- para hacerse unas fotos. No ha tenido, desde luego, mucha circulación, porque por lo visto eran para una revista de fans o algo así. Lo curioso es que, por lo que cuentan en el bar, sobre todo María Teresa, que hace unas croquetas únicas -hay que ir al bar por las croquetas, no por la foto de U2, sean mitómanos serios- los irlandeses pasaron de todo, menos Bono que se dedicó a probar la carta y felicitar a la cocinera.
Así que vayan allí, beban unas cervezas frías, cómanse unas croquetas, y si son mitómanos siéntense como los U2 para hacerse una fotografía. Yo creo que me senté en el taburete donde está The Edge, pero sigo tocando la guitarra mal.

18 julio 2007

Tardes de verano

La lectura de Contra la república perfecta de Adolfo García Ortega deja un sabor de boca extraño, ambiguo. Por un lado es un libro divertido, que se lee con extraordinaria facilidad, y eso es ya de por sí una gran virtud, más teniendo en cuenta que está compuesto de textos que usan modos estructuralistas, enciclopédicos, memorialísticos, apuntes, artículos, etc. Pero, por otro lado es un libro del que uno sale sorprendentemente incólume, intacto –no me atrevo a decir indiferente, pero sí desde luego inapetente.
García Ortega ha recogido en este libro una serie de textos de diversa índole que se ven unidos por dos características comunes: su afán lúdico y juguetón –cualquier lector con una competencia mínima del castellano saben que no son sinónimos- y su falta de ambición. Y, lo que por un lado es mérito, ya que permite que el libro se lea con alegría y buen humor, va en contra del mismo al recordar lo que ese libro ha dejado en nosotros: muy poco.
Yo creo que se debe a que los asuntos exprimidos son muy locales, están dirigidos a un lector especializado, al que le importa la literatura por encima de todas las cosas, y que disfruta más del estilo, de la actitud del autor a la hora de encarar su uso del lenguaje que de construir vida. Dicho en plata: García Ortega hace un libro sobre literatura, y eso a los que nos gusta la vida por encima de todo nos parece un poco descafeinado. Que a la literatura posmoderna está más interesada en el código que en el asunto es algo evidente, a uno le miran mal en los congresos de intelectuales si se le ocurre decir que en Madame Bovary y La educación sentimental hay más vida, y por lo tanto más verdad que en Bouvard y Pécuchet, pero hoy toca haber leído la enciclopedia delirante de Flaubert y destacarla por encima del resto de su obra.
Este libro es lo más parecido a un cajón de sastre que vamos a encontrar. En él puede encontrarse un poco de todo, pero siempre contado, escrito, desde una perspectiva moderna, curiosa, pero, quizá por eso mismo, muchas veces plana, anecdótica. Al lado de textos inanes, meros muros de palabras que no comunican, que sólo existen, como las notas estructuralistas escritas en torno a una pieza de Berruguete, o las notas del viaje a Moscú, aparecen textos que son, al menos, indagaciones ingeniosas en torno a obras literarias, como el que se interroga sobre la tipología de los diarios o las notas en torno a los dos enciclopedistas flaubertianos.
Pero, en cualquier caso, la sensación del libro es ligera, espumosa, agradable. Es, si se me permite la comparación, como un sorbete, ligero pero poco nutricio.
A pesar de lo dicho les recomiendo su lectura en una de estas tardes estivales. Como el sorbete, es refrescante, aunque a veces haga aguas.
Adolfo García Ortega Contra la república perfecta Abada, Madrid, 2007

17 julio 2007

El nirvana son los otros

“Para Ana.
En todas partes.
Pues sí.”

¿Hay vida más allá de la muerte? Sí, a tenor de lo que nos cuenta Rodrigo Fresán en una novela intensa, única, llamada Mantra. En el prólogo de la edición ¿definitiva? de La velocidad de las cosas, editada por Debolsillo –lo siento por el diseñador del logo, pero no estoy por la labor de respetarlo-, dice que Mantra relata el modo en que los muertos contemplan a los vivos. Para contemplar hace falta estar vivo, o al menos actuar como si uno lo estuviese.
Esta novela, que en realidad alberga tres –bueno, dos y un esbozo-, nace de la fascinación que el escritor –el fan, en realidad-, observa a México. Una fascinación que todos sentimos, porque el país azteca se nos aparece como un enigma permanente, indescifrable, cuyo secreto tal vez sea que no se puede desvelar, que no tiene solución. La gran narrativa mexicana ha convivido con la muerte –ahí está la obra de Juan Rulfo como botón de muestra- y Fresán, que es antes que ninguna otra cosa un consumidor voraz de cultura, lo sabe. No deja de ser curioso que este libro fuera, en principio, un encargo para una colección de libros de viajes. Y ese libro murió, se convirtió en un cadáver que desde el otro lado se le fue apareciendo a Fresán para convertirse en Mantra.
Los Mantra son el eje en torno al que gira el libro. La primera de las historias es la de un hombre aquejado por un tumor que sólo le permite lo que en un principio parece ser recordar, y que pronto se vuelve prueba de existencia, que es la figura de Martín Mantra, un compañero mexicano que apareció en la clase del enfermo y que, finalmente, entendemos que es el tumor en sí que está creciendo en su interior. Ese niño, niño prodigio con un encéfalo hipertrofiado, es el hermano de Marie Mantra, la pareja de un muerto obsesionado por los luchadores enmascarados, que se acaba tornando uno de ellos –como don Quijote- y que descansa en la ciudad de los muertos, que según la mitología azteca está bajo la ciudad de Tenochtitlán; esa es la segunda novela. La tercera, apenas esbozada, nos habla de un androide –un replicante, un robot- que vuelve a Tenochtitlán del Temblor –nuevo nombre del DF- para buscar a su padre tras habérselo prometido a su madre computadora –los ecos de Pedro Páramo son evidentes.
Basta con leer este pequeño esbozo para entender la ambición del libro de Fresán, y lo más importante es que esa desmedida ansiedad está diluida en medio de una narrativa subyugadora, que va destilando poco a poco un mundo único, cargado de referencias, que le da un sabor único. Fresán es uno de esos autores “mediáticos” según Tabarovsky llegaron a las librerías argentinas en medio de una ola de mercadotecnia y aprovechando una estela de publicidad y facilidad que los aupó como éxitos, y autores de referencia pese a su escasa calidad. Yo creo que, en esa valoración –y digo esto pese a estar muy de acuerdo con todo lo expuesto en Literatura de izquierda-, Tabarovski yerra, quizá llevado por su idea de relacionar la investigación con el lenguaje con el riesgo creativo. Fresán es como uno de esos enormes circos de tres pistas que están en constante gira por el mundo. Fresán sabe que al lector de hoy en día le llegan estímulos constantemente, y sabe que uno de los modos –tal vez no el único, pero sí el más efectivo- es tenerlo constantemente entretenido con varios niveles de lectura, de referencias, de acciones. Y en medio de ese aparente caos que el maneja con acierto va, poco a poco, trasladándose el mensaje de su obra. Radicalmente posmoderno en ese sentido –o, como prefiere Vicente Luis Mora en su Luz nueva, no-moderno- es, al mismo, tiempo, un autor con un pensamiento fuerte, capaz de transmitir al lector un pensamiento y unas sensaciones únicas. Fresán, lejos de quedarse en la anécdota divertida o resultona, ambiciona una literatura total, que admite en su interior todas las formas de cultura, alta y baja –revisar una vez más a Eco en sus ensayos, la narrativa no, por favor-, porque de ese modo puede crear recreando –como hace un músico electrónico con sus samplers- y añadiendo nueva luz no sólo a su texto, sino a aquellas referencias de las que bebe. Además Fresán no engaña, da sus recetas, lo hace al explicitar las referencias que aparecen en cada libro –esos epílogos entre culturetas y freakies, tal vez signifiquen lo mismo, llenos de nombres propios- y en las mismas estructuras de sus libros, que aparecen explicitadas de un modo casi continuo en la narración.
Leyendo de ese modo Mantra podríamos ver que la primera parte funciona como una metástasis en la que el tumor, Martín Mantra, va apoderándose del narrador, la segunda es un Vademécum o un libro de anatomía –textos con afán enciclopédico- en el que se ordenan alfabéticamente los distintos aspectos de la enfermedad del narrador, contados siempre por su doctora, Marie Mantra, que le va poniendo al tanto de la enfermedad que tal vez ella misma le ha inoculado, le va permitiendo conocerla. La tercera parte está contada por un ser que no puede enfermar, una androide, que viaja a la búsqueda de un padre muerto a un lugar que ya no existe, que tal vez nunca haya existido. Los caminos de la muerte son inescrutables, parece decirnos Fresán, pero están ahí al alcance del lector que transite por esta novela que es la hermana gemela de un libro muerto, un clon mejorado que nos abre a un mundo único, donde comenzar a tomar contacto con lo que más tememos: observar a los que siguen vivos desde la muerte, y sentir el dolor de no poder estar con ellos.

Rodrigo Fresán Mantra Mondadori, Barcelona, 2001

11 julio 2007

La novela: instrucciones de uso

He leído ya muchos acercamientos a la novela de Labbé, y, como me sucede casi siempre, tengo la impresión de que muchos de ellos no han leído el libro. Sus textos parecen apuntes impresionistas, apenas comentarios de un par de detalles del texto, del tono general de la historia.
Creo que hay que volver al libro, leer el libro, para poder entenderlo. Para poder, al menos, asumirlo. En la página 157 del mismo aparece la descripción que nos regala el propio autor:
Es un juego. No una novela.
No hay historia. Sólo reglas.
O, lo que viene a ser lo mismo, el lector no debe transitar por las páginas que lo componen buscando una historia, una estructura novelesca, sino que debe entrar en un tablero en el que tan sólo existen unas reglas: avanzar saltando las casillas que nos permitirán entender una historia u otra.
El lector va cayendo en una serie de casillas del tablero, observen que los capítulos no siguen el orden habitual, sino que son una sucesión de números sin orden aparente: el de las casillas en las que ha ido cayendo el narrador -¿el lector?- para leer -¿vivir?- una historia u otra. No es casual que en la dedicatoria del libro se aluda a los que intentaron llegar a la última casilla.
¿Y qué se va encontrando ese jugador a medida que avanza por el tablero? Pues varias historias: la de un grupo de estudiantes de ciencias aficionados a la narrativa que aceptan formar parte de un experimento con hadón y que escriben una novela a catorce manos, la de un periodista que investiga la desaparición de dos hermanos durante una exclusiva celebración en la costa chilena que termina con un éxtasis de odio producido por la misma droga: el hadón, o la historia de un adolescente y su chófer que se divierten robando toallas en las playas que visitan a bordo de su Cadillac. Los personajes, los jugadores, que deambulan por el tablero junto al lector van cambiando de nombres, de personalidades, pero siempre tenemos la sensación de que se trata de las mismas personas, de un juego de máscaras, ¿de rol?, en el que cada uno traza su historia ateniéndose tan sólo a las reglas acordadas antes del inicio.
Por supuesto, como jugadores que son, construyen un mundo ficticio en el que desarrollar el juego, y lo hacen a través de numerosas referencias. Desde la novela de Chesterton, El hombre que fue jueves, puesto que cada uno de los estudiantes que están escribiendo una novela que se envían por correo electrónico acepta usar como máscara uno de los días de la semana, hasta la obsesión paidófila de Lewis Carrol y su Alicia –así se llama la pequeña de los hermanos. Pero también aparecen Edgar Lee Masters y su Antología de Spoon River, y no desdeña la cultura popular que le permite elaborar escenas orgiásticas o enclaustramientos experimentales del tipo de los que vemos en muchos filmes de ciencia ficción o anticipación –al fin y al cabo toda historia de anticipación habla del presente y toda ficción histórica habla del futuro.
Pero, y ahí es donde radica la verdadera novedad de la novela de Labbé –porque los experimentos constructivos y la concepción de la novela como juego tiene ya algunos años, más que yo como mínimo-, lo más interesante de este libro es el modo en que espera llegar al lector. Todo aquel que se centre en la reconstrucción del puzzle se está desviando del verdadero objetivo de la novela, que es poner en duda el mundo en el que nos movemos –plantear serias dudas sobre la diferencia que exista entre ficción y realidad- mediante la experimentación de esos vasos comunicantes. No tanto enunciarlos, aludir a ellos como lo haría un periodista, o tratar de analizar sus mecanismos y causas, como haría un científico, sino construirlos ante el lector para que este transite por ellos. Si Navidad y Matanza es un juego, un tablero por el que discurrir, la labor está más que conseguida, puesto que vamos viviendo poco a poco esa experiencia del juego –no creo que las similitudes con los juegos de rol sean casuales- y nos sumergimos en el mundo que se nos propone, en el delirio sin sentido de la celebración del alto copete que sirve como excusa de una de las historias, en el sórdido mundo de los Vivar, en las ambiguas relaciones entre los personajes, en la aparición de seres extraños y fantásticos como unas sirenas, en el desdoblamiento de los personajes. Todos esos recursos, sabiamente administrados, levantados como edificios ante el lector, nos permiten contemplar, vivir, esta historia de un modo único. Uno no lee este libro, lo vive, lo transita, y ahí reside lo radicalmente novedoso de la propuesta de Labbé, un autor para el futuro con un presente resplandeciente.
Carlos Labbé Navidad y Matanza Periférica, Cáceres, 2007

10 julio 2007

Muestrario de intenciones

Una de las primeras cosas que le pregunté al editor de En defensa de la intolerancia fue de qué edición habían traducido este libro. Bien, ahí llegó mi primera sorpresa. Este libro es único, consta de una serie de materiales recopilados, rescritos y remontados por el propio autor. Y eso se nota en el acabado del producto. Si, en vez de estar hablando de un libro, fuese un disco el objeto de análisis, diríamos que estamos ante un recopilatorio de grandes éxitos remezclados para la ocasión. Eso no desmerece el acabado final de la obra, yo tanto en mi discoteca discos de mezclas mucho mejores que los originales, y el collage se encargó de demostrar hace años que se pueden reutilizar materiales para lanzar un nuevo mensaje.
Lo que es más curioso todavía es que el editor de un libro no considere que el título que ha publicado sea una obra relevante. Y eso sucede con este libro, que está editado, según su propio editor, con un afán polémico. Hay que hablar de una vez por todas de los mecanismos que el Imperio –término acuñado por Negri y Hardt- usa para lograr sus objetivos, y de las herramientas de enfrentamiento que, como ciudadanos, tenemos para defendernos de él.
Este libro se centra en la repolitización de la economía, pero al mismo tiempo va repasando muchas de las controversias creadas por lo tópicos de la época que nos ha tocado vivir. Su título, provocador, llama la atención por el simple hecho de que recoloca en el centro mismo del debate el lenguaje, el sentido, qué queremos decir con las palabras. El sistema capitalista ha sabido desactivar los verdaderos significados de las palabras a través de un uso abusivo de las mismas. El estado capitalista ha generado una idea de la tolerancia muy lejana al significado original de la misma. No es algo sorprendente, desde hace ya dos siglos una de las labores que más intensamente han desempeñado los políticos es la de redefinir conceptos para, utilizando ideas aceptadas por la mayoría, colar nuevos argumentos ideológicos. Hoy, la idea de tolerancia, tal y como se establece en el ámbito del mundo occidental está contaminada de un modo lamentable por su opuesto. Hoy la tolerancia del estado se basa en la transgresión del respeto. El tópico progresista pasa por el: “Una ideología, una religión, un modo de vida son tolerables en tanto que no atenten contra los ideales de la vida en común”. Mentira, cualquier cosa es tolerable siempre que no atente contra el sistema capitalista y los poderosos del sistema. Si la minoría transgrede todas las “normas” de la vida en común es tolerable si posee el dinero suficiente para ser intocable, como sucede, por ejemplo, con muchos jeques árabes, que son recibidos como prohombres aunque sus costumbres violan muchas de las leyes occidentales. Caso parecido pero en el entorno opuesto es lo que ha sucedido en las antiguas colonias europeas de África, sobre todo las británicas. De los procesos de independencia, en realidad guerras civiles apoyadas desde las antiguas metrópolis para mantener los privilegios económicos en la zona, han surgido sociedades que ya no imponen la cultura colonizadora y que están gobernadas por nativos. Pero en ellas el poder real sigue estando ostentado por una minoría blanca, descendiente de los criollos, que es intocable por su posición social y que son los que pueden llevar una vida cómoda en países que carecen por completo de infraestructuras.
Todo ello se ha logrado mediante la afirmación de que el sistema es inmejorable, el capitalismo ha venido para quedarse y no hay otro modo de entender las relaciones económicas entre seres humanos. Se entra entonces en un entorno post-político donde las únicas variantes que ofrece los partidos de derecha e izquierda es una mayor o menos política social. Se da el caso de que, independientemente de quién esté en el gobierno, dichas políticas son, siempre, cosméticas y están destinadas más a paliar los casos puntuales que salen a la luz que a resolver de un modo integral al problema.
Para hacerlo así habría que retornar a una concepción de la política como entorno de lucha ideológica, como campo de batalla de diferentes concepciones económicas. No deja de ser paradigmático que los ideólogos del pensamiento único, la tercera vía, el neoliberalismo y demás corrientes políticas que asumen el capitalismo como único marco de desarrollo posible, partan siempre de una lectura de la historia apegada a los textos de Marx, al que al mismo tiempo deslegitiman como pensador político o económico. Nunca como hasta hoy se ha producido una asunción del pensamiento político y económico dentro del entorno filosófico. Hoy se puede hablar de pensadores de gran relevancia que tan sólo investigaron procesos económicos. Pero, al mismo tiempo que esto se produce, contemplamos una ausencia total de debate al respecto entre los “representantes” de los ciudadanos.
Hay que abandonar la tolerancia, sobre todo hacia los gobernantes, los representantes de la sociedad que no debaten, que han abandonado todo enfrentamiento ideológico para enfrascarse en meras luchas de matices o en abiertas reyertas por el poder ejecutivo carentes de toda intención social. Basta con ver el espectáculo que tenemos en los telediarios todos los días como botón de muestra. Un político es capaz ya de echarle en cara al contrincante lo mismo que habría hecho él de estar al mando.
La solución que propone este libro es bien sencilla: devolver al centro del debate político la cuestión económica. Y hacerlo con o sin los representantes políticos. Frente a la “sociedad del riesgo” que se nos vende desde el poder y a través de los medios de comunicación de masas, en las que las amenazas que se ciernen sobre la sociedad perfecta en la que vivimos son fruto de catástrofes impredecibles o de errores en la puesta en práctica de los pilares de la misma, el único método que tiene el ciudadano es cuestionar la actitud de los políticos, hay que destrozar de ese modo la fantasía creada por los ideólogos neoliberales. Frente a la asunción acrítica de los postulados capitalistas, el único modo de cuestionar, y cambiar, el estado de cosas pasa por resituar en el centro del debate político aquello que ya nadie cuestiona: el sistema económico en sí. Un sistema que permite la acumulación de fortunas desproporcionadas por medio del azar y que carece de otra lógica que no sea su propio autodesgaste.
Agresivo, cínico, irónico, este libro pretende llegar más allá de lo que acostumbra la mayoría del ensayo actual, que se limita a matizar, maquillar y, por momentos, cuestionar el estado de las cosas. Este libro propone una revolución que modifique el sistema antes de que llegue la verdadera catástrofe, que sea la caída en sí del mismo.
Slavoz Žižek En defensa de la intolerancia Sequitur, Madrid, 2007

09 julio 2007

Menú degustación

El premio Cristóbal Gabarrón de Pensamiento y Humanidades de este año ha recaído en el peculiar pensador –el libro de estilo me dice que debería escribir sociólogo y filósofo, como han hecho en los rotativos, pero me parece que esas clasificaciones vienen muy bien para los departamento universitarios, pero no para la pureza del intelecto- Slavoj Žižek. Ya se ha hablado en este lugar de la peculiar manera de entender el ensayo, que abarca incluso la mezcla de lenguajes, como sucede en esa genial película que es The pervert’s guide to cinema.
Voy a aprovechar que la gente está estos días haciendo las compras de los libros que se va a llevar a la playa o a la montaña, los más afortunados a la casa del pueblo o a su propio domicilio habitual, para recomendar un par de títulos que son, creo, una llave de entrada en el mundo del pensador esloveno.
Uno es Arriesgar lo imposible, una serie de conversaciones mantenidas con el afín –hay momentos de una sonrojante complicidad y halagos recíprocos en el libro- Glyn Daly. Editado en Español en el 2006, el libro se editó en su versión original inglesa en el 2004. Las fechas son importantes en la obra de Žižek porque si por un lado su pensamiento gravita siempre en torno a las mismas cuestiones, por otro esas obsesiones recurrentes van mutando, van adquiriendo nuevos matices, de tal modo que lo que era negro en el 2000 hoy es ya de un gris claro que se va acercando al blanco. Al ser su producción extraordinariamente fértil, es difícil seguir su pensamiento, enriquecido constantemente con nuevos ejemplos que toma de la cultura popular, sobre todo del cine. Por ejemplo, muchas de las paradojas enunciadas en sus libros antes del estreno de Matrix se han visto modificadas a raíz de los ejemplos ofrecidos por esta singular cinta.
En el libro editado por Daly se realiza una pequeña introducción a las líneas básicas del pensamiento de Žižek y a continuación se transcriben cinco conversaciones que abarcan ciento veinte páginas donde vemos desfilar las obsesiones, las paradojas, sus sugerentes metáforas y, sobre todo, la capacidad de plasmar de un modo gráfico y sencillo ideas y conceptos complejos, que es lo que ha convertido a Žižek en un intelectual de referencia. Ahí radica el verdadero acierto de su obra, frente a texto más complejos, que desafían al lector constantemente a descifrar el sentido de lo que intentan exponer, en los textos del esloveno todo aparece explicado con una claridad única. Su capacidad divulgadora es, por lo tanto, una de sus grandes virtudes, puesto que si su pensamiento es, en realidad, un refrito de muchas lecturas –que en la mayoría de los casos silencia u obvia- donde radica su singularidad es en esa capacidad de redefinir los mecanismos de transmisión del pensamiento. Así lo hace en su película, y así lo hace en algunos fragmentos de este libro, demostrando que el sentido del humor, la ironía o incluso la parodia pueden ser vehículos de gran fuerza para transmitir conceptos.
Por ejemplo, la descripción de la diferencia entre lo sublime matemático y lo sublime dinámico que hace en una de las conversaciones:
Para que la tesis quede clara, tomo un ejemplo muy básico sobre lo que leí en algún lugar: el del cunnilingus. Cuando los hombres se lo hacen a las mujeres, cuando tocan la nota correcta y la mujer dice: “Sí, sí, más, por favor”, entonces lo que ocurre habitualmente es que los hombres lo hacen más rápido y fuerte –pero es un error-. Deberían hacerlo más, simplemente en términos de cantidad. La diferencia es que las mujeres piensan en lo sublime matemático –más en términos de cantidad-, mientras que los hombres piensan en términos de lo sublime dinámico, y por eso se lo cargan. Es un ejemplo que muchos amigos me han confirmado. El error habitual es que si la mujer está diciendo: “Sí, sí, así es”, los hombres creen que quiere decir más rápido y fuerte –pero se trata de otra cosa-.
Cuánto no podrían aprender muchos docentes de estas charlas, la capacidad de enlazar ideas, imágenes, asociar realidades para transmitir pensamiento. Žižek lo hace de un modo deslumbrante, en sus libros, por supuesto, pero también cuando habla, como demuestran estas conversaciones. Y por eso este libro se convierte en una introducción ideal para esos lectores que llevan ya tiempo detrás de Žižek y no se animan a leer uno de sus libros, porque “son muy gordos” me dijo una vez un amigo.
Otro ejemplo, para que vean la capacidad de divulgación de Žižek reutilizando materiales populares. En este caso está analizando la idea del fantasma lacaniano usando como espacio de investigación la última película de Stanley Kubrick, Eyes wide shut:
La típica interpretación de la película es que representa a un matrimonio autocomplaciente que es seducido por el fantasma y que, justo antes de perderse en el abismo del deseo que lo consume todo, se controla y retrocede. Mi interpretación es que lo que la película realmente muestra es un atravesar el fantasma mediante la experiencia de su estupidez. En este sentido, es una lección mucho más deprimente. No es que el fantasma sea un potente abismo de seducción que amenaza con engullirnos, sino todo lo contrario: el fantasma es en última instancia estéril.
Irónico, diáfano, original en su continua huida de los tópicos impuestos por el pensamiento único, Žižek resulta provocador porque reivindica el placer de pensar sobre todo, de repensar cada suceso de su vida y analizarlo de un modo crítico. Todo puede ser sujeto de análisis y todo puede revelar nuevas pistas pata entender el mundo y entendernos en él. Pensar, reflexionar, ahí está el revolucionario mensaje que propugna Žižek. Voy a cerrar el comentario con una última cita del libro, que puede resultar muy clarificadora del modo de ser del pensador esloveno.
Sin embargo, otro aspecto de mi pulsión por los ejemplos podría ser el de ocultar, reprimir, cierta fascinación que siento por ellos. Quiero decir que, por supuesto, soy una especia de personalidad superyoica –efectivamente, el superyó basico, cuyo goce directo está prohibido-. Así que sólo me está permitido gozar las cosas cuando me puedo convencer a mí mismo de que este goce sirve para algo, de que sirve para una teoría. Por ejemplo, no puedo disfrutar directamente con una buena película de detectives; sólo me está permitido disfrutarla si me digo: “Vale, tal vez pueda utilizar esto como un ejemplo”. Así que siempre vivo en un estado de tensión: mi vida diaria es verdaderamente así, casi. Soy prácticamente incapaz de disfrutar de la película directa, ingenuamente. Antes o después tengo mala conciencia, algo así como: “un momento, tengo que utilizar esto de algún modo”.
Slavoz Žižek Arriesgar lo imposible Trotta, Madrid, 2006