
Lo segundo es que el precio de los libros de la Biblioteca Blow Up -la colección a la que pertenece el libro que ha sido beneficiario de esa campaña- están hinchados. Que un libro de cien páginas con cuatro de ilustraciones a dos colores, sin solapas y fresado valga casi veinte euros es, para qué mentirnos, un robo. Así que debe ser netamente rentable vender estos dos libros a diecisiete euros con cincuenta céntimos, basta con acercarse a una imprenta y pedir un presupuesto del libro. Pero en La Fábrica han aprendido a pie juntillas- y de un modo algo perverso, la verdad- la genial frase de Wilde: "Sólo un necio confunde valor y precio". Así, los libros de La Fábrica valen mucho, y sólo en algunos casos, son valiosos.
Eso sí, como suele suceder casi siempre, los diseñadores ya se han encargado de premiar el diseño de unos libros que están más pensados para la mesa de las novedades que para las manos y los ojos de los lectores.
Aunque tampoco hay que ponerse tan negativos, que sea una colección ecléctica en temática y desigual en lo tocante a los contenidos hace que, aunque sea mediante la estética, haya que buscarle una identidad. En un mundo donde prima la imagen es normal que esto suceda, a muy pocos les interesa ya el contenido.