19 mayo 2007

Una tensa belleza que duerme al otro lado

La fotografía es un arte que plasma lo irreal, un mundo en el que no reparamos porque fija un instante –ni tan siquiera un segundo, un periodo larguísimo para la exposición del negativo a través de la abertura del objetivo- que, a simple vista, nos es invisible. ¿Cómo separar apenas un momento en la incesante sucesión de movimientos que suceden ante nuestros ojos? No creo estar descubriéndole nada a nadie, porque todo el mundo ha experimentado ese momento en que, al revelar las fotos –o al verlas en el visor de la cámara digital- observamos detalles que se nos habían pasado desapercibidos, o pequeñas fallas –ojos medio cerrados, caras de drogadicto- que echan a perder la foto.
La fotografía, por su misma condición técnica, se convierte así en una ventana a un mundo que no conocemos, frente a la servil imitación de la realidad de la imagen en movimiento. Juan Manuel Castro Prieto es un fotógrafo que va más allá en sus objetivos y en sus resultados. Porque no sólo consigue descubrirnos realidades nuevas, sino que hace algo casi imposible, que es plasmar el alma de los momentos, abrir una ventana no ya a ese otro mundo en que, por el defecto innato de nuestra propia percepción, no reparamos, sino explicarnos el por qué de ese otro lado que se desvela a través del diafragma de la cámara.

Y para abrirnos los ojos a ese otro mundo y sus porqués se vale de una técnica afinadísima, serena y sosegada, pero que demuestra en todo momento el profundo conocimiento del oficio de la fotografía. Desde la elección de la máquina, de los formatos con los que va a trabajar, hasta el cuidado en el revelado –su dominio del laboratorio fue lo primero que le hizo ganarse una merecida fama en el entorno profesional- todos los pasos que van desde la elección de la imagen hasta la plasmación de la misma en el papel están realizados con una sabiduría incuestionable. Y todo sin hacer gala de ello, de un modo natural. En esa capacidad de dominio de la parte artesana de su trabajo, de conocimiento del oficio, enseña Castro Prieto una lección de artista, alejado de la pretenciosidad y chapucería que es moneda de cambio en el entorno artístico. Con una humildad que le convierte aún más en maestro de creadores, vemos como es capaz de poner al servicio de la imagen, de la plasmación de esa intromisión en el otro mundo de la fotografía, toda su capacidad profesional, que nos es poca, y todo avance técnico. Siempre con el mismo objetivo, con la misma idea clara: todo esfuerzo empleado en la plasmación de esa fotografía va a permitir que el espectador, su destinatario, llegue antes a ese lugar de conocimiento, de experiencia única, que son sus fotografías.
En las fotografías que Publio López Mondéjar –ese místico trapense de la fotografía que ha sido capaz de acuñar ese precioso sintagma que da título a esta entrada, esa tensa belleza- ha seleccionado para este libro se aprecia la capacidad de Castro Prieto de pasar desapercibido, de eliminar la barrera que la plasmación de la realidad a través del objetivo impone. Parece que el artista se hubiera desvanecido, que no fuera otra cosa sino la realidad lo que tenemos delante, como mucho transformada para presentarse potenciada, más viva, más exuberante ante nuestros ojos. Castro Prieto sabe, y asume, el compromiso ético que el fotógrafo debe adquirir con la realidad que fotografía, y tal es su identificación que llega a desaparecer. Consigue, así, llegar al rango más alto, y por eso más escaso, de la creación artística, aquél en que el adjetivo –ese artístico- carece de lugar y sentido, porque asistimos perplejos a la labor de creación del artista transmutado en creador. Gaya, que de esto sabía mucho, aclaró que el artista debe ser humilde, debe saberse apenas una mano vacante que el mundo real rellena. Un artista de verdad no puede, no debe considerarse, importante, puesto que su labor no es otra que servir de manos, de instrumento, a la vida y al arte, que todo lo más lo usará para prolongarse, siempre y cuando sepa adelgazarse, convertirse apenas en eso, en instrumento, mero vehículo para la vida. Lo supieron Cervantes y Shakespeare, lo supo Tolstoi y lo supo Velázquez, lo supo Mozart y lo supieron algunos más. Castro Prieto también lo sabe, pero con inédita humildad, con magnífico oficio y devoción, no hace gala de ello. Contemplar sus fotografías es una de las pocas oportunidades que tenemos no ya de ver esa realidad paralela que se deja ver en la imagen congelada, sino de entenderla, y de ese modo entendernos un poco más a nosotros mismos y al mundo que nos rodea.


18 mayo 2007

La historia de un superviviente

Manuel Chaves Nogales es una de esas perlas que han pasado desapercibidas a muchísimos, que no han sabido –o querido- ver en él no ya a un pionero del reportaje en castellano, sino un verdadero portento literario. Afortunadamente, en los últimos años han vuelto a ponerse a disposición de los lectores la mayoría de sus libros, que han ido recibiendo, de un modo casi unánime, una calurosa acogida crítica.
Entre ellos está este libro. Publicado por primera vez en el año 1934, recoge las peripecias que el propio protagonista, el bailarín –o bailaor, eso no queda claro en el libro- Juan Martínez, refirió en Montmartre al periodista. Al contrario de la presencia casi constante del periodista a la que estamos acostumbrados en el reportaje moderno, que enfatiza mucho la idea de narración subjetiva y experimentada por el propio periodista, en este caso nos encontramos ante un uso verídico y verista del viejo recurso del “manuscrito encontrado”. Chaves Nogales cuenta el inicio del texto dónde se encontró al protagonista de la historia y cómo empezó a contarle sus peripecias por la Rusia de la revolución del año diecisiete. Y luego cede su voz al bailarín, para contarnos en primera persona los viajes y contratiempos que vivieron él y su mujer desde el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial hasta su retorno a España y posterior huida a París, para asentarse en la rue Lepic, enclave mítico del barrio no menos mítico de Montmartre.
Haciendo un grosero resumen –los resúmenes siempre lo son, porque la grosería lo es, las más de las veces, por superficial- se podría decir que lo relatado es una sucesión de hambrunas y de sustos, todo salpimentado con una mirada nada complaciente con los excesos que, en nombre de ideologías o del poder, se cometen. Lo que otorga especial interés al texto, más allá de la tersa prosa de Chaves Nogales, es la consideración de que, cuando se escribió, se estaba viviendo en toda Europa un fervor ideológico que, en sus facetas más extremas, desembocaría en la Segunda Guerra Mundial. Lo lógico sería esperar un texto marcadamente parcial, que sirviese como instrumento ideológico. Pero lo que hace de Chaves un maestro de periodistas es que, como luego hará en A sangre y fuego pese a tomar un claro partido por la república, no hace concesiones de ningún tipo. Relata lo que ve, y lo que ve es el desenfreno de crueldad y salvajismo que llevan a cabo ambos bandos. Cuando uno lee este reportaje toma una conciencia clara de que ni los rusos blancos ni los rusos rojos tenían un interés especial por la justicia o por la población rusa. No, lo que se trasluce es la lucha fratricida –toda contienda civil lo es- en la que uno se ve obligado a arrimarse al sol que más calienta si quiere salir con vida.
Son especialmente irónicos los pasajes en que se nos relata que el protagonista no duda en dejarse ver con unos u otros al principio para conservar el pellejo, hasta que se da cuenta de que es todavía más oportuno no dejarse ver con nadie. Ni Juan Martínez renunció a luchar por salvar su vida y la de su mujer, ni Chaves Nogales cede en ningún momento a la tentación de hacer una lectura partidista de esa experiencia. Realiza un periodismo testimonial, limpio, en que el reportero sólo levanta acta de lo que sucede, no lo manipula, no lo lleva al terreno que mejor le viene. Hay que decir que, al escribir esta historia el periodista tuvo la suerte de encontrar a un testigo presencial que no necesita ponerse en buen lugar, y que puede ser sincero al relatar lo que vivió y vio.
Una de las escenas más sorprendentes de la narración nos muestra el valor de una vida frente al de unas botas en el frente ruso. O de un abrigo. A veces se prefería pasar frío antes que ser confundido con un soldado de cualquiera de los bandos, porque eso podía costarte la vida.
La lectura de este intenso, más que recomendable, libro, que se lee con el placer de una novela sencilla y bien escrita pero que deja una profunda huella porque sabemos que los hechos que narra son ciertos, no puede dejar incólume al lector. No se puede salir de la lectura del mismo pensando en conceptos de bien o mal, de buenos y malos. No, porque en este libro su autor se ha asomado a lo más profundo de todos nosotros para reflejar sin trampas ni trucos lo que allí ha visto. Que todos somos inocentes y que todos somos culpables, porque no son las ideologías las que matan, sino los fanáticos que las usan como excusa.

Manuel Chaves Nogales El maestro Juan Martínez que estaba allí Libros del Asteroide, Barcelona, 2007

14 mayo 2007

Las churras con las merinas

Vivimos unos tiempos muy extraños, idiotas en verdad, donde todos podemos ser juzgados con la seguridad de ser condenados. La razón es simple, todos somos culpables -preguntar a Kafka por qué- y no merecemos ser escuchados antes de la ejecución de la sentencia.
Andan los judios en Gran Bretaña algo revueltos por unas declaraciones de Brian Ferry en las que alaba el trabajo de Lenu Riefensthal, de Albert Speer y la capacidad que desarrolló el Tercer Reich de crear iconos visuales. Tan ardientes han sido las protestas que los grandes almacenes Mark & Spencer han cancelado un contrato vigente con el líder de Roxy Music como imagen de su línea de moda masculina. Por encima del síntoma meramente superficial -yo creo que es mejor para Ferry dejar de ser la imagen de unos putos grandes almacenes- me llama la atención la estulticia entre la que nos movemos. ¿Quién, con un mínimo de cultura audiovisual, negaría las excelencias del trabajo de la Riefensthal? ¿Quién, con unos escasos conocimientos de la Historia del arte, o con una mínima sensibilidad estética, negaría la excelncia de los edificios de Speer? ¿No es cierto que las investigaciones y hallazgos propagandísticos, y estéticos, de los jerarcas nazis son la base con la que trabajan muchas de las empresas de publicidad que montan las campañas de marcas en las que Mark & Spencer y muchos ricos empresarios judíos británicos tienen intereses?
La incultura, la hipocresía, hacen siempre acto de presencia en la vida pública.
Hace tres años, en la editorial Acantilado se publicó un libro fundamental, el Diccionario críticos de mitos y símbolos del nazismo de Rosa Sala Rose, en el que se repasa toda la iconografía y mitos de los que hizo uso el Tercer Reich. Leyendo ese libro uno puede sorprenderse de la enorme cantidad de detalles, de pormenores, que hemos heredado del gobierno nazi. ¿Qué hay que hacer, negarlos? Esos idiotas que se rasgan las vestiduras y que apelan a los seis millones de muertos judíos -ignorando el resto de millones gitanos o de otras confesiones religiosas que también fueron asesinados en los campos de concentración- son los primeros que usan como banderas de su ideología muchas novedades que nacieron dentro del sistema nazi. La protección de los animales, la eduación física obligatoria, los controles de los productos que consume la población, las autopistas, y muchos más aspectos que hemos interiorizado dieron sus primeros pases en los doce años de gobierno nazi en Alemania.
Vivimos rodeados de incultos y de hipócritas. Que, además, gritan muy alto.

13 mayo 2007

La ceguera de la vida


Ando por la Gran Vía madrileña -esa calle con pretensiones neoyorquinas o lo más Chicago de Madrid, como cada uno prefiera- y contemplo con sorpresa a una multitud apelotonada en torno a una pantalla gigante que tiene instalada una cafetería especializada en zumos en la fachada del comercio. Un grupo enorme de gente que sale a la calle a ver una pantalla en vez de la realidad que tienen delante.
La misma que atiende a las emisiones de las pantallas de los andenes del Metro de Madrid.
La misma que se queda mirando la pantalla gigante que han instalado en Callao.
Demasiada gente mirando una pantalla en vez de vivir la vida, demasiada gente experimentando la realidad a través de una pantalla rectangular.
Y una vida que se escapa.

12 mayo 2007

Premio del público

Aprovecho que el Pisuerga pasa por Valladolid para informar de que el premio del público en el festival Documenta Madrid se lo ha llevado la película Viaje en sol mayor, de Georgi Lazarevski. Una vez más el premio más limpio, el que da la gente que va a la sala sin prejuicios ni intereses.
Enhorabuena a los artífices de la película y a los que han podido disfrutar de ella.

10 mayo 2007

Un festival diferente

Como sabe cualquier madrileño, la primavera en la capital está llena de ofertas a cual más vacía e intrascendente. Yo creo que es un juego a doble baraja inteligentísimo, por un lado trincan pasta de las instituciones para hacer "cosas culturales" y por otro de las asociaciones hosteleras para que estas sean una birria y se llenen bares y terrazas.
Por eso quiero destacar un cita que, de tan alternativa que es, no está ni tan siquiera en el programa de fiestas de San Isidro 2007.
Este sábado, en la sede social de la agencia publicitaria Delvico (La Palma, 10) y palmando sólo cinco pavos -no sé qué piensan hacer con tanto pavo, a lo mejor una granja- puedes disfrutar de una programación de primera que aquí copio:

LOS NIÑOS DE LA REVOLUCIÓN: Por primer año y de carácter matutino habrá actividades para los más pequeños. La compañía PRIMIGENIUS llevará a cabo su espectáculo COCINANDO CUENTOS.

POEMÁTICA EXPUESTA: ARREBATO LIBROS expondrá un conjunto de testimonios singulares encontrados dentro de los libros a lo largo de tres años. Objetos, cartas, recortes, mapas, flores... historia dentro de otras historias desde el siglo XVIII a nuestros días.

VIDEOPOEMÁTICA: Por segundo año y de modo paralelo a las actuaciones, seis piezas poéticas que usan el video como forma de expresión:
LETRAS A LA CALLE 2006, LA PLUMA ELECTRI*K,EL KOALAPUESTO,IGNACIO ÁLVAREZ BORDOY,
RODOLFO FRANCO, DAVID MORENO HERNÁNDEZ

POEMÁTICA: Confirmadas las participaciones de doce poetas, quienes este año subirán al escenario desde las 17.30 de la tarde hasta la 01.00 de la madrugada:
ANTONIA DE MALASAÑA, CHUS ARELLANO, GONZALO ESCARPA, EDUARD ESCOFFET, EL NIÑO CARAJAULA, RODOLFO FRANCO, DAVID GONZÁLEZ, DAVID MORENO HERNÁNDEZ, PERU SAIZPREZ, MARIA SALGADO, SUBDESARSUR, ANTONIO VEGA

Más información en este enlace

Suerte a todos y a todas. Ah, la cita es en Malasaña, llevaos el casco por si acaso aparecen los chicos de azul ultramar.

Exceso de enciclopedia

Por muchas veces que se diga no deja de ser verdad. Frente a la corriente “costumbrista aburguesada” que echó a perder a la “nueva narrativa española”, lo que se deja ver cada vez con mayor claridad en los narradores que llegan del otro lado del charco es un exceso de “literatura”, de “cultura” que convierte sus obras en artefactos aparatosos y poco atractivos para el lector. Además de aburridos.
Los Apuntes para una novísima arquitectura de Fernando León serían un buen ejemplo de ello. Son textos que parecen pensados más para demostrar las lecturas, para dar pábulo a los críticos y exegetas con las referencias de cada uno de los cuentos, que para realmente conmover al lector y transformarle mediante la lectura –conviene no olvidar que la experiencia de la lectura es, en sí, vida.
Yo me acerqué a este libro por el título. Hay manías, como todas, y a mí me sucede que un título puede hacer que me interese un libro. El otro día, en una mesa redonda que moderé conocí a un chico que dijo que él ha comprado muchos libros por las portadas, y a mí me sucede lo mismo con los títulos. Hay libros que me he llevado a casa sin saber de qué narices iban sólo por el nombre de la portada.
Por eso, cuando leí la contraportada en casa, ya más tranquilo, creí que me iba a encontrar con uno de esos autores que saben hacer de los problemas de construcción el verdadero elemento estructural del relato. Creí que me encontraba ante uno de esos autores a los que se refiere Piglia en sus tesis sobre el cuento:
Borges (como Poe, como Kafka) sabía transformar en anécdota los problemas de la forma de narrar.
Pero luego, claro, ha resultado que no es así, que Fernando de León es, al menos en los siete cuentos que componen este libro, uno de esos autores que usan ecos para barnizar de profundidad sus textos, pero que no terminan de convencer con lo que quieren decir.
Pondré un ejemplo, porque con ejemplos siempre se entienden mejor las cosas. Se ha analizado hasta la saciedad la influencia de Eduard Hopper en la construcción de ciertos planos cinematográficos, en películas de, por ejemplo, Hitchcock. Hay una asimilación de las imágenes creadas por este pintor –cuya exaltación, todo hay que decirlo, demuestra hasta qué punto está ya nuestra visión mediatizada por el cine, porque es un mal pintor pero un excelente diseñador de producción, y como botón de muestra sirva el hecho de que un Hopper es siempre mejor en reproducción mecánica que al natural- en la retina de muchos directores de cine. La casa en la que vive Norman Bates en Psicosis (Psycho) está directamente copiada de un cuadro de Hopper, y la imagen de road movie que plasmó Kubrick en Lolita bebe claramente de los fríos paisajes en los que hasta la figura humana parece un decorado del pintor estadounidense. Bien, el uso que hacen estos directores de los cuadros es compositivo. Se establece un diálogo fértil con la tradición.
Frente a este uso natural y lícito está el uso pedante de la cultura, que no responde a ninguna necesidad ni objetivo artístico. Por ejemplo, Peter Greenaway no duda en colocar un cuadro colgado sobre un sofá en una escena, sin que haya ninguna otra referencia a ese cuadro. Está ahí para demostrarnos que él sabe quién es el artista, que ha ido al museo y ha visto el cuadro, pero está ahí porque sí, porque así él demuestra que tiene cultura. Pero no cumple función alguna, no hay diálogo, hay exhibición, sin más.
Eso mismo sucede en este libro de Fernando León, donde la cultura se exhibe, hay, si se me permite el juego de palabras, una vocación claramente exhivicionista.
Los cuentos están construidos sólo desde el poder simbólico, desde la sugestión que puede despertar una idea, un chispazo más o menos interesante en lo temático. Pero la mayoría de ellos están deslavazados, no hay un cierre en el cuento, y uno se plantea serias dudas de si no habría sido mejor optar por el ensayo para plasmar esas variaciones sobre el cuerpo humano, que es como se nos quiere vender el libro.
Porque, y ese es otro de los problemas que me he encontrado en este libro, hay una voluntad clara de caer en esa idea de que el libro de cuentos debe ser unitario temáticamente. Monterroso alertaba sobre ese error, y señalaba el horror diversitatis que parecen sufrir los cuentistas cuando se ven obligados a recoger sus relatos en un volumen. Bolaño no les hizo ningún favor a los aprendices con su famosa frase:
Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.
No les hizo ningún favor porque le han creído -como han creído también que Bolaño despreciaba a los autores del boom, algo totalmente falso-, y el propio Bolaño terminaba cada uno de sus cuentos como pieza única, de no ser así no habrían quedado inéditos sueltos. Una colección de cuentos sirve para que el reflejo de unos cuentos en otros los dote de mayores significados, de nuevas lecturas, pero no debe ser, nunca, un corsé, sino algo que les de alas. Un cuento por sí solo debe poder decir todo lo que tiene que decir, pero en compañía parece decir más, y esa es la ventaja de un libro de relatos.
Porque este libro, y ahí es donde reside su mayor defecto, la falla que amenaza con hacer caer el conjunto, ha nacido viejo. Estamos en el año dos mil siete –lo escribo así para que el lector avisado se de cuenta de cómo cambia un año cuando se escribe con letras y no con números, como si se tratase de las páginas de color salmón del periódico- y hoy por hoy la ciencia ha avanzado que es una barbaridad. Partir de un concepto arquitectónico del cuerpo humano es sorprendente, si uno quiere ponerse a la sombra de Vesalio –y el que haya leído este libro sabe porque lo saco a colación- y hablar de la anatomía –y por extensión del universo- desde una perspectiva arquitectónica, considerando nuestra fisionomía como una construcción de huesos y músculos que albergan los débiles órganos puede hacerlo. Pero desde que llegó la mecánica de fluidos, la termodinámica, y demás teorías científicas algo más recientes suena un poco a broma pretender ser moderno y estar a la última con esos odres. Yo creo que Fernando León debería cogerse un día en la biblioteca Rizoma, no porque sea una pieza fundamental del pensamiento de la humanidad –creo que se podría discutir mucho sobre ello- pero al menos para enterarse de por dónde van los tiros a día de hoy.

Fernando de León Apuntes para una novísima arquitectura Berenice, Córdoba, 2007

09 mayo 2007

La vida proyectada

En el pasado festival IndieLisboa -del que ya se habló en este blog- coincidí con Georgi Lazarevski, un director que se ha estrenado con una película maravillosa, Viaje en sol mayor, y que hasta entonces contaba como hito más relevante de su currículum el haber trabajado como cámara en El fabuloso destino de Amélie Poulain.
Tuve la mala suerte de no poder asistir allí a ninguno de los pases de la cinta, y encontrarme siempre ocupada la copia que en la cinemateca del festival ponían a disposición de invitados y acreditados. Así que me fui a casa sin ver una de las mejores películas del festival que, además, se llevó el premio del público -a fin de cuentas el premio más honesto de todos los que se puede llevar una cinta en un festival, porque el público vota exclusivamente lo que le gusta, sin darle más vueltas ni dejarse llevar por pretensión alguna.
Por eso, en el mismo momento en que me enteré que, dentro de la programación del Documenta Madrid de este año se iba a pasar la cinta corrí como alma que lleva el diablo a comprar la entrada de una de las sesiones para poder, al fin, verla.
La sesión era doble, dos trabajos de una hora, y el film de Geogi era el segundo. Hubo que atravesar, pues, la travesía del desierto que suponía un trabajo soso y aburrido sobre la penuria de los niños de la calle en Ucrania. La idea de la denuncia estaba empañada por un montaje verdaderamente soso y un trabajo poco concienzudo con los dos niños elegidos para el rodaje. De hecho, una vez han pasado los títulos de crédito se ve una escena muy corta, de no más de dos minutos, donde vemos hablando a uno de los niños -algo que casi no hemos disfrutado en toda la película- con un cierre irónico sobre la presencia de la cámara que sirve por toda la hora anterior. La cinta se llama El camino de Dios (Wege gottes) y es claramente prescindible.
Lo peor que pudieron hacer muchos fue dejarse llevar por el aburrimiento y abandonar la sala cuando terminó esta cinta, porque Viaje en sol mayor es una maravilla.
La película gira en torno a los dos abuelos del propio directos, Georgi Lazarevski, a quien no vemos en ningún momento de la película, tan sólo le escuchamos hacer algunas preguntas a sus abuelos. Aimé, su abuelo, tiene ya noventa y un años, y siempre ha querido viajar a Marruecos. Lo tiene todo preparado, todo planificado, pero su mujer no quiere ir de viaje con él, a ella le gusta estar sentada en una silla cómoda, es todo el placer que espera ya de la vida. Y Aimé no quiere, no se trave, a ir solo. Ese es el punto de partida da una película donde vemos a la abuela del director contestar a una serie de preguntas y hacer unos comentarios a la cámara, y en la que el centro de la historia es el viaje que realiza Aimé con su sobrino.
Podría ir dando datos de la película, hablar de las preciosas escenas que rueda en Marruecos, del recibimiento que tienen en todos los lugares porque en la cultura marroquí se aprecia todavía mucho al anciano, su sabiduría, su experiencia, y todos quedan impresionados por el viaje que hace un nieto cuidando de su abuelo. También de los paisajes, de cómo se nos va mostrando en su intimidad, poco a poco, el violinista que se está quedando sordo con los comentarios que hace sobre la vida, contestando a las preguntas y sugerencias de su nieto. O de las intensísimas disertaciones de la abuela, que encuentra placer en ir a la peluquería sólo por poder sentarse en los sillones en que a uno le lavan la cabeza.
Lo mejor de esta película es como se nos demuestra que la vida está hecha de pequeños detalles, de cosas muy pequeñas que se van uniendo, como pequeños ladrillos que se van juntando para formar una sólida pared, y que debemos ser capaces de vivirlas intensamente.
La película, que uno no puede ver con indiferencia, que lo toca a uno en lo más profundo, es honesta porque, en los créditos finales, nos permite ver a Aimé, el protagonista del viaje, confesando que ha superado ese miedo que siente a hacer cosas. En la cinta se nos muestra como un hombre que estuvo toda la vida trabajando como violinista en una orquesta de máximo nivel y que nunca se atrevió a pedirle al director de orquesta dar un solo concierto como solista. Un hombre que nunca se atrevió a ser osado. Y en ese pequeño flash nos confiesa que ahora le pregunta a todo el mundo, que entabla conversaciones con todos, que ha aprendido en ese viaje a ser osado –uso este adjetivo algo arcaico por influencia directa del verbo francés.
Por eso me ha parecido especialmente intensa e inteligente esta película, porque sabe no ya hacer su cometido, sino que explicita en su mismo metraje la experiencia de cambio que se debe sufrir en todo acto artístico. El viaje ha cambiado a Aimé, seguramente también a Georgi como nieto y como realizador, pero también a nosotros. Eso es el arte, el arte en estado puro, algo de lo que no teníamos ni la más mínima conciencia de su existencia y que, de la noche a la mañana, nos deja transformados, cambiados.
Viaje en sol mayor es, por eso, una película única, de lo mejor que puede verse en una pantalla hoy en día, y es una pena que por el formato de la película, por su duración, no esté al alcance de todos.
Georgi Lazarevski Voyage en sol majeur Quark productions

Escenas andaluzas

Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que estamos en el gran mes de la primavera, lleno de festividades y eventos en Andalucía - Semana Santa, Feria de abril, Cruces de Mayo, etc.- vamos a regalar un ejemplar de libro de Serafín Estébanez Calderón, Escenas andaluzas.
El libro forma parte de la colección de la Fundación Jsé Manuel Lara "Clásicos andaluces" y recoge los grabados originales de la primera edición de 1847. O sea, un libro para entendidos, vamos.
Lo que os estaréis preguntando es qué pregunta melévola voy a hacer para todo aquél que quiera participar. Pues muy sencillo, os voy a pedir que nos contéis alguna batallita, anécdota o como pefiráis llamarlo que os haya sucedido. Una de esas que, cuando las cuentas, todo el mundo te mira preguntándose si te la has inventado o es algo que ha surgido así, de repente.
Por ejemplo, yo voy a contar una cosa que me sucedió una tarde de sábado cuando regresaba a mi casa de comer con la familia. Observé que había una manifestación de colectivos de inmigrantes solicitando la regularización de sus permisos y cuestiones legales. Y en ese mismo momento se abrieron las puertas del Teatro Pavón y comenzaron a salir los espectadores de una de las obras que la Compañía de Teatro Clásico representa allí. Uno de estos espectadores, de unos cincuenta años, al ver el alboroto que había en la calle, se acercó a uno de los policías municipales motorizados que custodiaban la protesta e iban cerrando las calles al tráfico. Y le preguntó: "¿Y esta gente, por qué protesta?" A lo que el municipal contestó: "Están pidiendo papeles." Y el hombre, ni corto ni perezoso remató: "Estos actores ya no saben cómo dar la nota para conseguir trabajo."
Pues eso, batallitas de estas.

08 mayo 2007

Artificio crítico

Una de las primeras cosas que me enseñó un viejo amigo y maestro –que otros que creen serlo no han aprendido todavía- es que uno debe ser modesto como para reconocer cuando no está preparado para la lectura de un libro. La mayoría afirma, engreídos, que el libro es malo, pero en realidad puede suceder que uno no esté a la altura del libro. Curiosamente, los que desacreditan un libro por no entenderlo, nunca se plantean que la incapacidad esté en su mano, que se trate de que en el acto de comunicación fallido hayan sido ellos los que no han sabido decodificar el mensaje.
La lectura de este libro de José Emilio Burucúa me ha dejado esa sospecha en la cabeza. Lo fácil, lo sencillo, sería decir que es un libro que se centra en el estudio de una parcela muy pequeña y especializada de la Historia del arte, el momento en que se comenzó a representar la risa en las artes figurativas de la edad Moderna. Y, partiendo de una premisa tan estrecha, de unos objetivos tan determinados, es difícil que a alguien no demasiado interesado en el asunto le vaya a atraer el libro. Eso hay que decir que, de salida, es todo cierto. Es difícil que alguien no enterado, no asiduo ya de este campo de investigación, se acerque al libro. Pero no debería ser así, o no debería ser así en un texto, como este, que no pretende ser un libro universitario, restringido su uso a las bibliotecas académicas o a las bibliografías escolares.
Al menos uno cree que no, que la intención era otra. Tal vez el lector suspicaz se esté planteando en este momento el por qué de esa creencia. Explicaré para ese lector que La imagen y la risa ha sido publicado por una editorial, Periférica, que está demostrando un tino muy certero a la hora de elegir lo que edita. Todos sus libros trascienden el margen más o menos estrecho que en principio parecen ocupar y demuestran que desde lugares, planteamientos o géneros que normalmente pasan desapercibidos por estar en los márgenes, en la periferia, del discurso dominante, se pueden escribir y publicar libro que interesen a todo lector atento y curioso.
Además, se da el hecho de que la concepción de la colección que este libro ha inaugurado, la llamada Pequeños tratados, es, precisamente, hacer olvidar esos ensayos eruditos en los que las notas a pie de página ahogan al texto donde deben descansar las ideas fundamentales. Por ello, los textos que componen la colección huyen del exceso cultista y, en el momento en que son imprescindibles, se integra la nota en el texto de un modo natural.
Deduzco, por tanto, que el objetivo de esta colección es mostrar el pensamiento de un modo claro, directo y que evita ahuyentar al lector con excesos y erudiciones innecesarias.
Por eso no termino de entender el ensayo de Bucurúa. Yo, que no soy, para nada, un experto en Historia ni Filosofía del Arte, no estoy preparado para adentrarme en un texto que, según dice su contraportada, pretende explicarnos los mecanismos por lo que se nos hace reír a través de la imagen. Sobre todo porque a medida que he ido transitando por él he sentido que no había un afán de investigación, sino de descripción. O sea, que se ha escrito un texto describiendo las imágenes y mostrando la sucesión diacrónica de las mismas, pero no, desde luego, explicando por qué eso hacía gracia y, en que medida, esos modos de hacer reír han sobrevivido hasta hoy o han fundamentado los métodos que usa lo cómico hoy en día. Y eso es lo que yo, como lector corriente, vulgar y anónimo, quiero leer.
No sé si, tal vez, a Bucurúa le ha vencido su excesivo academicismo, o si, por el contrario, ha sido un error editorial no prever un texto con una orientación tan marcadamente universitaria y erudita. Yo, desde luego, confieso que no he terminado de encontrar en este libro la satisfacción que, como lector, busco en ellos.
Tal vez el problema es que he sido injusto, completamente injusto, con este libro, por haberlo leído tras el ya comentado aquí Ramón Gaya de viva voz. Tal vez me ha sucedido eso que Gaya explica tan bien en algunas de las entrevistas que se recogen en ese libro, cuando habla de esas exposiciones en las que el comisario tiene la ocurrencia de colocar un Manet junto a un Velázquez para que se pueda comparar el diálogo que se establece entre ambos artistas y su obra. Gaya señala, con verdadera genialidad, que a esos comisarios les suele salir el tiro por la culata porque mientras que ellos, ingenuos, que saben mucho de algo que no entienden, piensan que el arte se reduce a una serie de tópicos o de influencias, cualquier persona con sensibilidad suficiente sabe que el arte es otra cosa. Y al confrontar la obra de un artista como Manet frente a un creador como Velázquez lo único que se hace no es ensalzar al francés, sino evidenciar las más que notorias taras que su obra luce frente a la del rotundo sevillano que iba más allá de la pintura para traer a este mundo vida. Por eso creo que he sido injusto con este libro, porque después de haber leído las palabras de un hombre como Gaya, que huye intencionadamente del engolamiento ideológico y retórico del académico, del crítico, para nombrar con palabras sencillas la vida –el único modo posible de hacerlo-, leer el texto, profundo y trabajado, sí, pero peraltado, de Bucurúa, es evidenciar las carencias de la crítica a la hora de hablar del arte.
José Emilio Bucurúa La imagen y la risa Periférica, Cáceres, 2007

06 mayo 2007

De hombres y tipejos

Leyendo el penúltimo de los diarios de José Luis García Martín, Fuego amigo, me encuentro con estas perlas que salieron de la boca de un conocidísimo escritor argentino:

Por supuesto que resultan insoportables los negros. No me desdigo de lo que tantas veces afirmé: los norteamericanos cometieron un grave error al educarles; como esclavos eran como chicos, eran más felices y menos molestos. ¿Qué hubiera hecho yo si hubiera tenido un hijo y ese hijo me hubiera salido negro? Para que tal cosa ocurriera habría tenido que acostarme con una negra y ni en mis peores pesadillas sería capaz de una cosa semejante. Nadie puede alegrarse de tener un hijo negro, ni siquiera los negros, pero uno se acostumbra a las mayores desgracias, así que yo también me acostumbraría a esa cosa de tener un hijo negro.

Reconozco que en el mundo los bienes están repartidos de un modo injusto, muy injusto; pero también hay que reconocer que la gente rica sufre mucho y es muy desdichada. Los pobres sufren mucho menos que los ricos; no entiendo por qué todo el mundo se compadece de los pobres y no de los ricos.

Yo no comprendo el rechazo que hay ahora contra la guerra. A mí me parece razonable que por motivos políticos se mate a otros hombres. Las cárceles, en cambio, me parecen muy inadecuadas. A ciertos hombres, en lugar de meterlos en las cárceles, hay que matarlos directamente.

El general Pinochet me pareció un hombre admirable que ha salvado a su patria. Estoy orgulloso de haberle estrechado la mano a ese prócer de América.

García Martín indica que pertenecen a una entrevista que se publicó en el año 1978, en la revista Blanco y Negro. La firmó Rodolfo E. Braceli y se trata de una entrevista que se le hizo a Jorge Luis Borges.
La razón de traer aquí estos extractos no es, ni mucho menos, sorprender a nadie evidenciando lo que todo seguidor de la literatura ya sabe, que el autor argentino fue siempre un niñato malcriado con una percepción de la realidad notablemente distorsionada. No, el motivo es demostrar que podemos disfrutar, incluso admirar, la obra de algunos artistas que, como seres humanos, son verdaderamente despreciables.
Uno debe hablar de la obra de dichos autores, porque puede ser relevante y notablemente interesante, pero no debe olvidar, nunca, la cuestionable autoridad ética o moral de esos autores. Hay casos, afortunadamente, en que uno encuentra a artistas, escritores, capaces de hacer una obra artística no ya buena, sino puntera y genial, y que, además, sirven como referentes para el desarrollo personal. Estoy hablando de gente como Ramón Gaya, como Medardo Fraile, que siguen sin estar suficientemente reconocidos.
Y luego, como no, siempre ha habido tipejos que son incapaces de servir como modelos tanto en lo profesional como en lo personal, y no estoy pensando en ningún expresidente de gobierno al que nadie le dice cuántas copas se puede beber antes de conducir.

04 mayo 2007

Bienvenidas

Me llega a través del correo el aviso de que Paco Alcázar, la mitad de Humbert Humbert y uno de los dibujantes de cómic underground -¿se puede seguir diciendo underground a fecha de hoy?- más interesantes y reconocidos de estas tierras, ha decidido subirse a la modernidad -puede ser también que se ha dejado llevar por la tontería general, ya somos muchos los que lo hemos hecho-, y ha abierto un blog. Se trata de Hablemos de mí , donde supongo que, como ya lo hacen otros dibujantes, irá dando cuenta de las peripecias vitales y de los avances profesionales del día a día.
Como somos pocos, no está de más dar la bienvenida a los recién llegados en este mundo extraño que se solapa con el nuestro y que a veces parece incluso más real, sobre todo si son amigos de la vida cotidiana y gris, de los que te encuentras en el supermercado al hacer la compra -y, siento informar de esto a los más acérrimos seguidores de Paco, debo decir que en el carro de la compra lleva alimentos y productos de lo más normal, así que las extrañas obsesiones de sus tebeos no tienen que ver, al menos en principio, con lo que ingiere.

03 mayo 2007

Tengo un problema con Sr. Chinarro



Con la agitada preparación de las actividades que, con motivo del día del libro -en Madrid se han encargado de que ahora tenga una hermana melliza llamada La noche de los libros- realizamos en los Talleres, no he tenido tiempo casi para dedicarle al blog, así que aprovecho este espejismo de calma que es el puente del primero de mayo para contar algunas cosas que no me gustaría que se quedasen en la cajonera.
A eso de las doce de la noche del día 23 de abril asistí a un concierto único, el que ofreció Sr. Chinarro dentro del programa de actividades del evento ya mencionado. En los grandes almacenes de cultura donde estaba programado debieron quedarse a cuadros al ver la cola que había en la calle y el absoluto lleno del concierto, más teniendo en cuenta que eran las doce de la medianoche de un lunes y al día siguiente era laborable. Y también debieron sorprenderse, como lo hice yo, por lo variado de la concurrencia. Jóvenes indies, maduros, pijos de mediana edad, extranjeros... O sea, gente de todo pelaje, porque las letras de Antonio Luque hablan de todas las cosas que pueden asaltarle al pensamiento a un tipo corriente que vive en este mundo de hoy, y por eso llegan a todo el mundo.
En España tenemos la fea costumbre de despreciar lo que no conocemos, casi por sistema, y Sr. Chinarro ha pasado muchos años desapercibido precisamente por no ser alguien famoso, por no sonar a conocido. Ya con su anterior disco, El fuego amigo, realizado con el apoyo de Los Planetas -y de J en particular- llamó la atención de todos los críticos y enterados que hasta entonces desconocían su nombre -y uno está en este grupo, no voy a andar poniéndome medallas que no son mías- y con la edición de El mundo según, reforzada por una campaña de medios eficaz con videoclip incluido, se ha convertido en el fenómeno del año, y basta como demostración que en todos los programas de televisión, en todas las radios, en todas las revistas, en multitud de blogs no para de hablarse de la poesía, mezcla única de surrealismo y de chispazos cotidianos, de sus canciones.
A mí me gusta que la gente se acerque a las canciones de Antonio Luque porque, aunque soy de los que se niegan a difundir el nombre de los sitios que a uno le gustan, no vaya a ser que se llenen de gente, los discos de Sr. Chinarro los puede escuchar cada uno en su casa, y así uno ve como a alguien que merece la pena le van las cosas bien sin que el resto de sus seguidores le den a uno guerra. Pero uno puede encontrárselos en los conciertos, y aunque esto vaya contra mi interés y mis gustos, tengo que recomendar a todo el mundo que vaya a ver un concierto suyo en cuanto pueda.
En el que ha motivado este comentario uno sólo pudo disfrutar de Antonio Luque, su voz y su guitarra, porque no llevó a ningún músico de acompañamiento al concierto. Pero dio igual. Se repaso unas siete canciones de su último disco y, sin ceremonia alguna, avisando al respetable de que podía olvidársele la letra de alguna canción o alguna melodía, comenzó a desgranar cuatro canciones nuevas, a cual mejor, llenas de ironía de aciertos líricos, que hacen que, cuando hace menos de un año que sacó disco, uno esté ya esperando uno nuevo como agua de Mayo.
No sé cómo debe ser un síndrome de abstinencia de Sr. Chinarro, yo en cuanto quiero escucharles me pongo el disco y punto, pero empiezo a tener ganas de volver a escuchar esas canciones que cantó y no tengo en disco, y no sé si eso quiere decir que estoy enganchado, pero sí desde luego que tengo un problema con Sr. Chinarro.

30 abril 2007

Seamos todos pervertidos para sentirnos todos mejores

No deja de ser una más de las limitaciones del diccionario de la RAE el hecho de que en sus páginas no aparezca nunca, dentro de los significados de cada palabra, el significado que estas tienes en disciplinas como la psicologóa o el psicoanálisis. Por eso, el alcance del significado de pervertido puede pasar desapercibido al no interesado.
Por eso puede inducir a error el título de una película fundamental: The pervert's guide to cinema es un film ambicioso con una densidad inusitada para lo que se estila en el medio. Sophie Fiennes -sí, la hermana del actor- tuvo la genial idea de pedir a Slavoj Žižek que escribiese un guión sobre la importante labor del cine como medio de expresión y de vivencia de nuestros deseos más íntimos, como escenario de nuestras perversiones y lugar idóneo donde expresarlas y vivirlas. Por todos es conocido el interés del filósofo y psicoanalista esloveno por el cine, de hecho no ha dejado de reconocer en todas las entrevistas que realiza que es un director de cine frustado, y su capacidad para conectar con el destinatario de sus libros gracias a la claridad de su expresión es proverbial.
Žižek escribió un guión preciso en el que un puñado de películas fundamentales sirven como ejemplo y vehículo para explicar conceptos fundamentales de psicoanálisis y construir el ensayo de profundo calado que es esta cinta. La directora procedió a reconstruir algunos de los escenarios de las películas o a recuprar las localizaciones de las mismas para encuadrar en ellas al propio Žižek hablando a la camara, al espectador. El resultado es un documental de dois horas y media intensísimas en las que se alternan fragmentos de películas clásicas y fundamentales con el discurso del propio filósofo, siempre con buen ritmo y acertada distribución de profundas reflexiones con un omnipresente sentido del humor.
Ver esta película no deja a nadie indiferente, no puede dejarnos incólumes. Yo la vi en el festival de cine IndieLisboa en el que he estado recientemente y las opiniones eran diversas. Algunos habían huido porque no les interesaba el matiz psiconalítico del film -esto es, si no se habla del cine a secas consideran que el cine no debe aceptar otras visiones que lo analicen, con lo que castran al medio de modo terminante-, y otros habían quedado fascinados por las interesantes iluminaciones que se realizan en la película sobre la capacidad del cine de usar o reflejar realidades simbólicas de espectro más hondo de lo que en principio puede parecer.

Yo soy, sin duda, de los segundos. Y ante algunos de los comentarios que escuché -un crítico, uno que parece simpático casi de un poco tonto, despreciaba la película porque está estructurada en tres partes de 40 minutos cada una, lo que, según él, demuestra la clara intención de pasarla en las televisiones como una miniserie, aunque como ya le dije, yo no acababa de entender que eso fuera un problema- u otro, que dijo que le parecía una verdadera chorrada el análisis de la casa del protagoista de Psicosis como una plasmación clara y muy efectiva de la división en ello, ego y superego, pese a que cualquiera que escuche los razonamientos de Žižek descubrirá una interesante y novedosa explicación de la narrativa de esa película. O sea, que esta cinta, como toda gran obra de arte, sirve como instrumento de clasificación entre seres pensantes y tontos -aunque muchas veces estos tengan voz en medios de comunicación y estén convencidísimos de descubrir el Mediteráneo cada semana.
Los que, a mi juicio acertadamente, se acerquen a esta película -y para hacerlo van a tener que recurrir al fabuloso mundo de las descargas de Internet o gastarse una pasta comprándola a través de la web de la película porque no se vende en ningún otro lado ni tiene pinta de que la vayan a distribuir en España en breve- van a tener que esforzarse para entender el discurso de Žižek en inglés y sin subtítulos, pero recibirán la interesante recompensa de descubir un nuevo modo de mirar y de asimilar el cine, y, lo que es más importante, una intensísima lección de vida, de los mecanismos que nuestra mente utiliza e internarse así en un proceso de autoconocimiento subyugador.
Este ensayo que se presenta en un formato audiovisual es, sin duda, una de las más interesantes propuestas que tenemos disponibles hoy en día, y sería absurdo no acercarse a él por prejuicios. Por un lado los de los lectores de las obras de Žižek o aficionados a la filosofía -si se puede ser aficionado tan sólo, porque en realidad supone un modo de vida- pueden pensar que una película es un soporte demasiado banal, y se equivocan y el propio Žižek lo demuestra aquí. Por otro lado están los aficionados al cine que se verán sorprendidos por el novedoso acercamiento que se propone desde este film, y tal vez les ahuyente esa densidad inusitada, pero se equivocan porque este es un canto al cine, una verdadera muestra de pasión por las capacidades y excelencias de este arte como nunca he visto. Ver esta película de principio a fin es mejor que haberse tragado todos los debates del programa de Garci -y, ojo, que estoy siendo benévolo y pensando en los pocos buenos que ha habido.
No se la pierdan, se la recomiendo encarecida y pervertidamente.
Sophie Fiennes The pervert's guide to cinema P GUIDE LTD

28 abril 2007

De festival en festival

Escribo desde la desembocadura del Tajo, a donde me ha traído una invitación al festival de cine IndieLisboa. Uno, que ya ha acudido a diversos festivales de cine tanto de invitado como de simple asistente -por cierto, acudir de ese modo es un verdadero asco, al menos en el de San Sebastián- tiene una buena impresión de este evento, de la actitud de los organizadores y del eco que parece tener entre los pobladores de la ciudad y los medios de comunicación del país.
Ahora, lo que no cambia vayas al festival que vayas es la presencia de ciertos "cuerpos extraños" entre los invitados al festival. Se llaman críticos, y a la mínima que se les deja enarbolan la bandera de FIPRESCI para justificarlo todo. Y lo peor es que siempre se encuentran con un coro de ingenuos e ilusionados directores que no dudan en decirles lo que valoran los premios que ellos otorgan frente a los más caprichosos del jurado del festival.
Pero la realidad es que uno ve que esos críticos se comportan como santones que bendicen y marcan la diferencia entre lo que es malo y lo que es bueno, sin justificar nunca el por qué. No hacen crítica analítica, ni "cahierista", sino retazos impresionistas que luego usan como evangelios que todo trabajador del medio debe seguir a pie juntillas. Ellos ya no son espectadores de cine, son sacerdotes de la religión del "cine de autor", donde vale más dormirse con una película afgana que pasarlo bien con una yanqui.
En una de las fiestas a las que hemos sido invitados les dije más o menos lo mismo a un par de críticos y desde entonces veo que mucha gente no me saluda por los pasillos del hotel, que los directores del festival me miran raro -un amigo belga me ha preguntado si estaba borracho cuando les dije eso y cuando le he dicho que no, que lo pensaba y lo pienso, se ha hecho todavía más amigo mío-, que por las noches recibo llamadas raras en el teléfono de la habitación y cada mañana las mujeres de la limpieza entran varias veces para interrumpir mi sueño.
Entretanto tendré que seguir soportando que haya críticos que no consideren que sencillamente opinan sobre una obra, sino que pontifican y bendicen o excomulgan a los artistas.
Eso sí, Lisboa está preciosa, como siempre.

19 abril 2007

Un hombre de palabra

A veces en algún programa de televisión, o en una de estas encuestas algo idiotas que cada cierto tiempo inventa alguien para atraer la atención de algún periodista atolondrado –que son la mayoría-, obligan al entrevistado a confesar con qué famoso o prestigiosa figura pública le gustaría irse de cañas, o cenar, o cualquiera de esas cosas que en cuanto se hacen con desconocidos pasan a ser incómodos actos sociales. Yo siempre prensaba: me gustaría charlar un rato con Ramón Gaya, escucharle tener esas opiniones tan certeras, tan ajustadas, de viva voz. Poder escuchar esas verdades que escribía –en libros fundamentales, únicos, como El sentimiento de la pintura o Velázquez, pájaro solitario- de su propia voz. Y un buen día se me fue. Se nos fue a todos, de hecho, porque del mismo modo que el siempre recalcó que el artista debía huir del engreimiento que normalmente fomenta esta sociedad mercantilista, del narcisismo que se le tolera al artista por vicio romántico, porque no es otra cosa que el instrumento de la Historia y del pueblo para dar forma al arte, que cuando es verdadero, cuando es creación, vida, es de todos, porque es igual a nosotros. Y se nos fue sin poder haber disfrutado de él todo lo que hubiéramos querido.
Sólo por eso ya sería motivo de alegría la edición de Ramón Gaya de viva voz. En este libro se reúnen un nutrido número de entrevistas –veinticinco- algunas inéditas y otras no, que concedió Gaya desde su retorno del exilio hasta finales de los años noventa, cuando poco a poco se fue recluyendo cada vez más en él mismo, en su arte y sus seres más queridos.
Este libro servirá para que en el futuro quede una buena muestra de la naturalidad del estilo de Gaya. No hay en estas entrevistas un solo momento en que la sombra de un exceso de retoricismo, de literaturización, asome en la conversación de Gaya. Y aún así no se aprecia diferencia alguna con sus lúcidos, pulcros e infernalmente sencillos ensayos. Porque, y ahí radica una de sus principales virtudes, los libros de Ramón Gaya enseñan a todo aquel que quiera verlo el mejor modo de señalar la verdad y de expresarla de modo certero: la naturalidad. Frente a la avalancha de ensayos, artísticos, filosóficos, que se amparan, se escudan, en tecnicismos, en un estilo peraltado para iniciados, los textos de Gaya son hospitalarios en el estilo, cálidos y sencillos, pero no cesan de decir verdades sin tener miedo alguno a decirlas en voz alta. Gaya es, sin duda, una muestra viva de las mejores virtudes de la España de siempre, la voz del pueblo, la del hombre de palabra, que atesora y sabe el valor de cada término que usa, y no se ve necesitado de vestir altas galas para ser preciso y elegante.
Y, por otro lado, pese a que frente a la profundidad y el rigor de sus propios ensayos, estas entrevistas puedan parecer superficiales, pequeñas síntesis o resúmenes para los que conozcan su obra, es desde luego un portal de bienvenida único para los que nos conocieran esos libros fundamentales.
Además este libro sirve para conocer de primera mano, por comentarios y expresiones del propio Gaya, muchos detalles biográficos que estaban algo oscuros. No fue Gaya un hombre dado a confesarse, a hablar de sus vivencias –como se deduce de la lectura de los diarios de Andrés Trapiello, uno de sus más fervorosos seguidores y defensores- y por eso es de agradecer la ingente cantidad de anécdotas, de pequeños datos biográficos que se recogen en él.
Pero, por encima de todo eso está, siempre, la profunda humanidad de Ramón Gaya. Cuando uno mira sus cuadros –o al menos así me sucede a mí- uno se vuelve más sabio. Uno parece conectarse a la serena vida que late en ellos, a ese modo remansado, tranquilo, con que construye el mundo –lo que en medio de la aceleración que se nos impone desde la presión del mercado lo hace muy recomendable- y frene a ellos uno es más feliz. Cuando uno lee a Gaya uno sabe cómo se ha formado esa sabiduría, porque los libros de Gaya son el poso, la reflexión que él mismo ha hecho de su modo de mirar el mundo y de pintarlo. Hay un sin fin de artistas que exponen y acompañan sus obras de textos explicativos sobre el por qué han hecho esto o lo otro. Pero con la obra de Gaya a uno le sucede lo mismo que cuando nos enamoramos: uno se pasaría la vida mirando sus cuadros y escuchando sus palabras, no porque reflejen de un modo único la vida o nos enseñen algo sobre ella, sino porque son vida, a veces mucho mejor que la que vivimos, y por eso queremos estar con ellos todos el tiempo.
Ramón Gaya de viva voz Edición de Nigel Dennis. Pre-Textos, Valencia, 2007

13 abril 2007

Historias de tono menor

Yo me he acercado a este cómic por referencias. No personales, no me ha llegado ningún amigo y me ha dicho: “Oye, léete este tebeo, que está muy bien”. No, he leído las listas de candidatos a los premios del próximo Saló del Cómica de Barcelona y he visto que esta obra es candidata a ganar todo lo que se puede ganar. Y luego he visto que con su anterior trabajo ya ganó bastantes premios, así que me he acercado a la tienda de cómics de al lado de casa –porque he pasado por la de al lado del trabajo, que tiene la mejor encargada de tiendas de cómics del mundo y no les quedaba- y me lo he agenciado.
Y lo he leído como se debe leer todo libro: totalmente virgen en lo tocante al asunto –no tenía ni idea de qué trataba- y totalmente esperanzado en encontrar algo bueno. Me he acordado de cuando Clarín en La Regenta habla del espectador ideal, que sólo se sirve de su sensibilidad para acercarse a las obras.
He leído las casi doscientas páginas del tebeo de un tirón, con verdadero deleite, pasando del dibujo con aires de manga –por lo visto David Rubín se gana la vida en la industria de los dibujos animados y es normal que tarde en soltar la mano- al más expresionista de la historia final. He disfrutado mucho con las historias humanas, irónicas a veces, siempre tiernas, cargadas de humanidad, que ha usado para construir su libro. Hay que decirlo claro: me parece un tebeo divertido, que se lee con placer y gusto, y que está construido sobre verdades e historias que nos tocan a todos, no como la mayoría de los tebeos, que hablan de mundos paralelos y cosas extrañas de otros planetas.
Ahora, teniendo en cuenta la cantidad de reconocimientos críticos que ha recibido este libro –y que seguramente merece- crece una sombra que me inquieta. ¿Es un libro como este, honesto y sincero, muestra de un trabajo y un oficio encomiables lo mejor que ha dado el cómic español este año? Posiblemente sí, y hay que felicitar y reconocer a Rubín por ello. Pero eso deja al medio muy maltrecho.
El gobierno, en una de estas decisiones que siempre se aplauden unánimemente porque suponen reconocer a las diversas expresiones artísticas, acaba de decretar la creación de un Premio Nacional de Cómic –además, así, sin usar el castizo tebeo, que se ve que no da clase- para premiar la labor de unos creadores de un medio que cada vez tiene mayor entidad y prestigio que debe ser reconocido. Y es verdad. Ahí tenemos a muchos autores de cómics que deberían ser premiados, lo que sucede es que los aficionados al cómic nos vemos siempre en el mismo cruce de caminos. Moore –Alan, por supuesto- señaló que con Watchmen no quería hacer otra cosa que una obra compleja, una obra tan compleja como la ficción literaria y cinematográfica actual, y lo consiguió. Art Spiegelmann eligió el cómic como medio de expresión para una historia escalofriante y magníficamente expuesta, sobre todo en lo tocante al punto de vista y la abierta autocrítica hacia la actitud del pueblo judío desde la que está escrita –que es lo que hace de MAUS algo único, y no el relato del Holocausto-, y por eso ganó el Pulitzer, el de literatura. Porque ahí es donde está, sin duda, la piedra de toque de todo este asunto, en la comparación de las grandes obras de un medio con las de otro. Y de ahí es de donde debe salir el cómic. De unos años a esta parte muchos autores amamantados por la lectura de los grandes tebeos de los ochenta –pienso en Miller y Moore sobre todo- y de los noventa –toda la factoría indie, Fantagraphics y underground- están acercando el medio a temáticas más maduras, más humanas. Muchos autores no tienen el más leve interés en las historias de género –superhérores o lo que sea- y les interesa más contar historias de seres humanos normales, como nosotros. Y son, siempre, obras dignas, algunas muy honestas, y de grata lectura -¿les suena lo que he comentado de este libro de Rubín?- pero de un vuelo muy corto. Hay miedo, verdadero miedo, a internarse en empresas de mayor calado. Y prefiero pensar que es miedo a falta de capacidad. Cuando algún autor, como Carlos Giménez, se ha enfrentado a grandes ciclos temáticos –Paracuellos, Barrio, Los profesionales, Historias de sexo y chapuza- lo ha hecho siempre desde un lugar anecdótico, de historias breves más o menos humorísticas, y poco más. No hay una intención de hacer obras grandes.
Yo echo en falta el espíritu de Spiegelman de contar una historia, independientemente del tamaño, de profundo calado. Algo que pueda competir con cualquier medio, que sea la labor de un creador, no un buen tebeo a secas. La taberna del oso malayo lo es, es un buen tebeo, pero uno quiere más. Aprovecho que Rubín es muy joven para pedirle ese más.
David Rubín La tetería del oso malayo Astiberri, Bilbao, 2006

08 abril 2007

Contar historias frente a contarse historias

Uno puede acercarse a un libro como El cine según Hitchcock de François Truffaut por diversas razones. Muchos lo harán por devoción hacia las películas del genial director británico, otros por que son seguidores de la trayectoria fílmica del autor francés. Los habrá que están interesados en el cine, a secas, como medio de expresión, y los hay que, como uno mismo, buscan saber más sobre cómo contar historias. Para estos, que pienso que seremos los menos –supongo que por la idea romántica de pensar que uno mismo es original, aunque es posible que sea más vulgar y común de lo que uno sospecha- este es un libro único.
Normalmente se nos ha metido en la cabeza, ya sea en el colegio o a través de los comentarios más o menos bienintencionados de maestros y profesionales, que contar historias es algo que uno hace para uno mismo, por necesidad íntima e intransferible. Pero eso es, desde luego, una visión muy miope del oficio de contar historias. Porque en el hecho de contar hay, siempre, un acto de comunicación, un emisor que transmite una historia a un receptor. Y, normalmente, se tiende a dejar de lado al receptor, no digo despreciarle, sino no tenerle en cuenta. La mayoría de los autores se dicen “Bastante tengo yo con construir esta historia, que el lector se esfuerce un poco”. Yo mismo lo he vivido en mis propias carnes como profesor de talleres de escritura. Es muy común el momento en que se le pregunta al alumno cómo piensa que el lector se va a dar cuenta de ese o de otro detalle de su texto. Y lo normal es que te responda que el lector debe esforzarse, que debe ser él el que remate ciertas imperfecciones, el que, con su actitud activa, complete el texto. Lo terrible es que juegan con otro de los consejos que se les da constantemente, que es que cuenten con el lector, que lo consideren alguien tanto o más listo que ellos mismo que va a completar el texto, que va a tener una actitud activa y anudará los hilos de la historia para tener una visión completa de lo que se le quiere contar. Así que uno le sirve en bandeja la excusa que luego usarán para justificar su pereza.
Leyendo este libro, fruto de cincuenta horas de entrevista entre Truffaut y Hitchcock, uno se da cuenta de la importancia decisiva que tiene la labor del contador de historias –me parece secundario que se trate de un director, un guionista o un escritor- a la hora de facilitar la ingestión de la historia por parte del receptor. Luego le toca a él digerirla, ahí no puede entrar ya el emisor, pero sí en cocinar bien los ingredientes para que la comida sea lo más sabrosa y distendida posible.
El propio Hitchcock se enfrentó en vida a muchos prejuicios por esta razón, ya que los “autores”, los “críticos” y demás intelectuales de la creación se le echaron encima aduciendo que sus películas eran demasiado comerciales, que estaban destinadas a un público masivo y eso las hacía más zafias y poco estimulantes. Bien, hasta cierto punto es posible que sea así. Vamos a plantear entonces una comparación, basándonos en uno de esos directores de cine que los espectadores “intelectuales” aplauden pero que es vacuo y realiza cintas destinadas a glosar la cultura occidental sin capacidad de reflexionar sobre ella: Peter Greenaway. Cualquiera que haya visto sus películas sabe que están llenas de referencias, de cuadros como decorados de plano, de canciones, de diálogos en los que se citan otros textos. Bien. Pero qué queda en nosotros tras haber visto películas como El vientre del arquitecto o El contrato del dibujante. Nada, no queda nada. Unas cuantas imágenes de cierto plasticismo, pero nada más. Y qué queda en nosotros tras ver Psicosis –la película más televisiva de la Historia del cine. Muchas cosas. Nos queda el miedo, la inquietud, la sospecha de que somos todos culpables y todos somos varios y no somos ninguno. Pero es que, además, nos quedan ganas de ver más veces la cinta, cosa que no sucede nunca con los films de Greenaway, que es lento, reiterativo y, lo peor que le puede suceder a un artista, solemnemente aburrido. Se puede ser solemnemente aburrido si uno es un sacerdote –les dejo elegir la religión- pero no puede ser así si uno es un artista. Hitchcock entendió eso desde el inicio del desempeño de su profesión, y luego lo puso en práctica en cada uno de sus trabajos.
Ahí radica otro de los principales obstáculos que ha encontrado siempre la labor de Hitchcock, la visión de su labor como un trabajo, algo que le llena, que le produce placer y donde se deja el alma y la vida, pero que sabe que debe ser rentable. Y ahí es donde los estetas no le han perdonado. Porque un artista tiene que estar por encima del mercado, y Hitchcock, con fina ironía, valoraba el éxito de sus películas por los beneficios recaudados. A menor presupuesto y mayores taquillas mejor película. Una fórmula casi matemática. Pero hay que leer de un modo más profundo: ha realizado una película más barata, luego más sencilla, más natural, y ha obtenido mejores resultados en taquilla, luego la ha visto más gente, ha llegado a más público, y su mensaje ha tenido una mayor difusión. Sólo un estúpido se queda en la superficie de los hechos.
Y, curiosamente –como terminando de ejemplificar esa constante paradoja que siempre fue Hitchcock y sus cincuenta y tres películas, de las cuales no he visto todavía ni la mitad- las historias que cuenta en ellas sin irrelevantes. Siempre que se habla de él acaba saliendo por algún lado u otro el famoso “McGuffin”. Como todo el mundo sabe es esa excusa que sirve como disparadero de la acción, pero que es tan irrelevante que muchas veces no llegamos a saber qué es. Sus películas son sólo trama, peripecias, hechos, dudas, manifestaciones psicológicas. Pero nunca sabemos qué ha provocado que todo se ponga en marcha, no conocemos en qué quedarán las cosas. En las películas de Hitchcock –y ahí está la más paradigmática, North by northwest (Con la muerte en los talones)- todo se reduce a la peripecia, a personajes llenando la pantalla con sus vidas, sus aventuras. Sin finales, sin objetivos, simplemente existiendo. ¿Hay alguna metáfora mejor que esa de lo que es nuestro paso por este mundo?

François Truffaut El cine según Hitchcock Alianza, Madrid, 2007

03 abril 2007

La piedra filosofal

¿Puede trazarse una historia de la imaginación humana? Como labor es un ejercicio titánico, pero hay algunos arrojados que se lanzan a la labor. Patrick Harpur es una de ellos, y lo ha hecho de un modo magnífico en un libro que podemos considerar canónico y de obligada lectura. Compruebo que el libro está siendo un pequeño éxito, y que hay al menos una reimpresión ya en las librerías, así que me alegra sobremanera comprobar que el boca a boca sigue funcionando con los buenos libros.
Harpur realiza un repaso de todas las creaciones del ser humano a través de su imaginación, que él identifica con la capacidad del ser humano de hacerse preguntas, de intentar entender el universo a través de las herramientas que posee, y la capacidad de fabular es una de ellas. Hay una realidad empírica, mensurable, hecha de objetos físicos que nosotros percibimos a través de nuestros sentidos. Pero hay, también, otra, no menos importante, que a lo largo de la Historia del hombre ha ido tomando diversos rostros.
Desde los seres feéricos –traducción algo forzada de los faeries de la cultura anglosajona- hasta los más recientes estudios de los psicólogos y psicoanalistas. Y en el camino nos va hablando de los daimones griegos, de los santos y la mística cristina, pero también de trabajos de desarrollo de la imaginación como la teoría de la evolución de Darwin –uno de los momentos más osados e interesantes del libro- y numerosas teorías científicas. Hábilmente, Harpur los relaciona a todos, porque todos son productos de nuestra capacidad de imaginar, y todos están mucho más relacionados de lo que, en principio, podría parecer. Relaciona todos con el mundo inferior, porque todos esos actos son intentos de entender, descifrar, crear, ese mundo inferior que intuimos y sentimos pero que no podemos registrar usando los mismos métodos con que estudiamos nuestro plano, y que debemos intuir, imaginar.
No es casual que relacione los desarrollos teológicos con los recovecos del inconsciente, porque Harpur trabaja con la certeza de que ese Mundo inferior está en nosotros mismos, y el sendero que nos lleva hacia él pasa por abrir los ojos a nuestro interior como paso previo a ver como el universo entero se descodifica para nosotros.
Pero todo esto que comento podría hacer pensar en un iluminado, un visionario cercano a William Blake –protagonista de otro de los grandes capítulos del libro- que ha volcado al papel sus sueños e intuiciones. Y sí, pero no es sólo eso, porque el libro está construido sobre una sólida base filosófica y cultural, y cada uno de los capítulos está sobradamente apuntalado por un aparato crítico deslumbrante y, lo que es más importante aún, los distintos enfoques a los que se aproxima el discurso están siempre marcados por un uso lógico y racional, un modo perfectamente claro y desenvuelto que arroja luz sobre los oscuros temas que trata. No hay en este libro un solo momento en que el autor se abandone al “porque sí”, a la autosuficiencia, sino que todos los temas están trabajados desde la lógica y la razón.
¿Contradictorio? ¿Un libro sobre la imaginación escrito desde una perspectiva cartesiana? No puede serlo de otro modo si pretende ser sólido, si quiere transmitir ideas y no sólo intuiciones. Y ahí radica lo más atractivo del libro, su principal virtud: logra analizar desde el logos el mito, de un modo claro, huyendo de la terminología rebuscada en la que, normalmente, el filósofo se resguarda. No, el estilo de Harpur es sencillo, claro, diáfano, y consigue de ese modo un ensayo que sirve como verdadera piedra filosofal para entender el devenir del pensamiento mítico, imaginativo, a lo largo de la historia del hombre.
Patrick Harpur El fuego secreto de los filósofos Atalanta, Vilaür, 2006

02 abril 2007

Preparados: Listas, YA

Llevo unos días un poco tontos en los que apenas leo, no escribo y cuando entro en Internet sólo veo los comentarios de la encuesta que ha puesto en marcha Miguel Ángel Muñoz sobre el cuento. Aprovecho para darle las gracias por ser de los pocos que se toman en serio esto del cuento y para compadecerme de él por el lío en que se ha metido. No es ya que esté votando hasta el tato, es que algunos le mandan varios comentarios cambiando sus votos y demás. Lo dicho: en menudo jardín, amigo Muñoz.
Lo que más me está llamando la atención es el rigor de algunos de los comentarios -en su mayoría hechos por escritores- y la total falta de criterio de otros -que parecen realizados por advenedizos que ha leído poco o nada. Y todo esto me ha llevado a plantearme, una vez más, lo de las virtudes de la democracia. O sea, eso de: una persona, un voto. No pretendo decir que no haya que dejar opinar a la gente, pero es evidente que el conocimiento de unos es muy superior al de otros. Si se tratase de una operación nadie tendría en cuenta la opinión del técnico en limpieza e higiene -o sea, el que limpia- del Hospital.
La lista está quedando, de momento, simpática. Porque hay algunos títulos irrebatibles y porque hay otros imposibles, que nadie en su sano juicio se explica como están ahí. Ni tan siquiera hay un mínimo de lógica con la cuestión genérica, porque han metido cosas que llamarlas libros de cuentos es ya...
Porque, y esa es otra, basta con que alguien diga: "Vamos a hacer una lista de los que nos parecen los mejores libros de cuentos..." para que alguien suelte: La Biblia, que está llena de historias... Y demás mandangas similares. A nadie se le ocurre hablar de un codillo cuando se dice que nos vamos a tomar unos chuletones, pero si el tema es el cuento todo vale. "Me gustan mucho las guías telefónicas porque están llenas de personajes" y cosas así.
En fin, creo que el problema lo tienen las listas. Vamos a hacer una lista de las listas que no me gustan:
-La lista de la compra.
-La lista de las cosas que debes meter en la maleta.
-La lista de bodas.
-La lista del 3º Izquierda que tiende su ropa en mis cuerdas del tendedero.
-La lista de los mejores de lo que sea.
-Esta lista.