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17 agosto 2015

Turismo tipográfico


Cada uno prepara los viajes como quiere, o puede. Los hay que pasan noches en vela intentando reservar la tarifa más barata a través del portal web más desconocido, otros no tienen reparos en darse un paseo por la agencia de viajes más exclusiva y entregar la tarjeta diamante a quien les atienda con la orden de “no escatimar en gastos”, y, bueno, los hay que tienen que darse una vuelta por una librería para comprar un libro y, de ese modo, viajar un poco. Yo hago eso, lo de hacerme con unos libros sobre mi destino, un poco antes de subirme al avión. Normalmente viajo con alguna excusa profesional más o menos explícita, y esas lecturas previas al viaje pueden ser vistas como documentación para el trabajo o como preparación del placer. Cada uno puede interpretarlo como mejor le parezca. El asunto es que, antes de viajar a México, y durante los primeros días de estancia, transité por tres libros complementarios que elegí como puerta de entrada al país más meridional de América del Norte. Hablaré aquí de sólo dos de ellos, el tercero queda para otro artículo, ya que no se centra tanto en el territorio como en su literatura, y no termina, por tanto, de dialogar con los otros dos como estos sí pueden hacerlo entre sí.
El primero de ellos está escrito por un local, Guillermo Sheridan, y reúne las columnas que en diversas revistas o páginas web fue escribiendo entre 2007 y 2011 bajo el seductor título de Viaje al centro de mi tierra. Hay que advertirlo desde ya: estas columnas no están pensadas, como da a entender el posesivo del título, como una presentación del país a los ojos de un extraño. Nada más alejado de lo que alberga el volumen, que es una serie de textos de comentario político, más o menos cómicos –en algunos momentos es sarcástico o satírico pero no llega a ser, la verdad, gracioso, sino más bien queja ante la situación política– que vertebran la mirada de un autor reaccionario, tremendamente agudo y brillante, pero evidentemente reaccionario, ya que aunque dispara sobre todos los partidos del abanico político las críticas se centran mucho más en los regentes de la capital mexicana, y en concreto en Andrés Manuel López Obrador, que tras su exitoso mandato como alcalde del DF se convirtió en candidato a la presidencia de la República y más tarde protagonista de uno de los episodios más controvertidos de la historia reciente en el país: paralizó la capital como protesta ante el más que probable fraude electoral que llevó a Calderón, posiblemente uno de los más infames presidentes de la Historia, a la Silla del Águila. Sheridan escribe para su tribuna, compuesta por un grupo de intelectuales formados a la sombra de Octavio Paz que alentaron primero el giro neoliberal del PRI en los años ochenta y noventa y más tarde no tuvieron problema alguno en convivir con los dos mandatos sucesivos del PAN a inicios de este siglo, pero que no pueden soportar el ascenso del PRD como fuera política estatal. Hoy, con la corrupción generalizada que se da en todas las formaciones políticas, puede parecer algo más desdibujado, y en buena medida Sheridan usa esa confusión, donde la ideología no parece tener sentido ya que la casta política persigue, exclusivamente, perpetuar sus privilegios, pero olvida u obvia analizar las diferencias fundamentales entre las visiones del mundo de cada formación. Y eso, conviene recordarlo, es la mirada escéptica e irónica, burlesca y aguda, de un reaccionario inteligente. Pero reaccionario al fin y al cabo. Que, además, los textos de intervención en el debate político local ocupen más de la mitad del libro no lo convierte en una lectura accesible en la mayoría de las ocasiones. Y, sin embargo, el libro esconde momentos de una brillantez apabullante, donde el oído de Sheridan es capaz de reconstruir los modismos coloquiales del chilango, hasta lograr textos fascinantes donde uno no lee, sino que escucha, la misma vida atrapada en sus páginas. Ahí es donde el libro alcanza cotas fascinantes, o en la sección autobiográfica donde se dibuja a un autor más cercano, menos encorsetado por la instrumentación ideológica y, quizás por eso, más progresista y humano de lo que la sección política pudiera dar a pensar.
Muy distinto es el tono de El circuito interior, de Francisco Goldman, estadounidense y guatemalteco que ha terminado convertido en un chilango fervoroso, y que narra en esta extensa crónica, formada en realidad por distintos episodios, su progresiva mexicanización. Goldman, que es además uno de los cronistas más destacados de hoy, tiene una capacidad única para explicar al lector, con datos y cierta distancia, lo que sucede en una sociedad. Y en ese sentido su libro es mucho más útil que el de Sheridan, ya que aúna la mirada del que en principio es ajeno a lo que describe al análisis del que va involucrándose y amando cada vez más el escenario en el que ha elegido vivir. Por eso, por ejemplo, Goldman sabe explicar al lector de modo inequívoco el porqué de los sucesivos triunfos de los políticos progresistas en la capital, y hace entender de modo inequívoco lo que la mirada reaccionaria todavía no ha comprendido en Latinoamérica, el mismo error en el que cayó Vargas Llosa cuando jugó a ser político y no mero articulista de opinión: ser neoliberal en medio de la pobreza existente es lo más cercano a ser un hijo de puta que uno puede encontrar. Ser consciente de la necesidad de una política social es condición indispensable para ser tomado como un ser humano y no una especie de psicópata en funciones. Goldman, con su posición mutante, de espectador a cómplice, sabe leer mucho mejor el caos de la ciudad, porque no lo cuestiona, no lo ve como un incordio o fastidio perpetuo, sino como un hecho con el que hay que vivir, con el que se negocia. Goldman no juzga, observa, aprende, comparte su experiencia. Y eso es lo que torna su libro una experiencia no ya más amable, sino más cercana.
En el fondo podría explicarse la diferencia entre las dos miradas de un modo sencillo: uno quiere, desde el principio, cuestionar, porque piensa que comprende, el otro quiere comprender, y usa las cuestiones para obtener respuestas que compartir con el lector. En realidad, uno es opinión y el otro es crónica, así que cada uno de los textos opera dentro de unos moldes establecidos, y quizás todo se ciña a que uno acepta mejor la narración de alguien que narra frente a la del que opina frente a todo. De hecho, los mejores momentos del libro de Sheridan se producen cuando narra, cuando la opinión –que está presente en todo texto, como es obvio– no se sobrepone a la narración. Acaso todo se reduzca a una cosa mucho más sencilla: durante el mes que pasé en el DF veía de modo más reiterado la realidad que contaba Goldman frente a la de Sheridan. Acaso sea todo tan sencillo como eso, que Goldman, finalmente, parece haber trazado un retrato más cercano al que uno ha paseado durante una temporada.
Texto aparecido en el blog de la librería y editorial Eterna Cadencia el 5 de agosto de 2015

19 octubre 2011

La revolución ambulatoria

Toda planificación urbana
modela la participación en algo
de lo que es imposible participar.
Raoul Vaneigem

No sé si puede entenderse la voluntad revolucionaria del libro de Luigi Amara sin haber estado nunca en el DF. Yo, desde luego, he tenido que visitarlo y moverme por él para hacerme una idea real de la socavadora idea que acoge este poema de largo aliento que se integra en la escasa producción de poemas ensayos que tenemos en castellano. La capital mexicana es una ciudad desmedida, en la que muchos ciudadanos usan la bicicleta pero tan sólo cuando apenas deben moverse dentro de su colonia o, como mucho, en las aledañas a la suya. Para cualquier otro traslado, un defeño debe usar o bien el abarrotado transporte público -entrar en el metro del DF en hora punta es más que un duro ejercicio, es casi un milagro- o bien usar su propio coche -y asumir los periodos de inmovilidad en el continuo atasco en que se han convertido las vías rápidas de la ciudad, donde rara vez el conductor puede acelerar. Eso le da a México DF un aspecto muy curioso. Visto desde la ventanilla de un coche es, todavía, un collage formado por los coches fresas de los ricos -casi siempre enormes coches cuatro por cuatro impolutos- con el todavía enorme parque móvil de bochos -los VolksWagen Dragon, conocidos como Escarabajos o Beetles- que pueden alcanzar sin problema las limitadas velocidades a que esos embotellamientos constantes obligan. Y, aún así, nada más incomprensible, más extraño, que un peatón en el DF. De ahí la radical apuesta de Amara, que traslada algo tan común y habitual en Europa como la asimilación de una ciudad a pie a un espacio donde apenas esto puede comprenderse.
Por eso el paseo de la voz poética que enhebra este poema está hecho de colonias, de diferentes temas que aparecen y reaparecen al mismo tiempo que cambia el paisaje por el que se camina. Y las avenidas se convierten en cicatrices que señalan la solución de continuidad que se efectuó al ir construyendo colonia tras colonia, pero al mismo tiempo las costuras que disimulan esas desgarraduras suturadas para conformar el patchwork que es la ciudad. Los estampados de las distintas telas cosidas están hechos de pensamientos, de digresiones -identificar al paseante con el diletante es algo que surge ya de las prosas de Baudelaire-, pero también de imágenes, de objetos de enorme fuerza poética. Y de cultura, de culturas en general. Como ocurría en Mis dos mundos de Sergio Chejfec, la ciudad se despliega ante el que la habita -o la visita- de un modo nuevo, llena de hipervínculos, que la densifican y multiplican de modo exponencial. Una ciudad no es ya sólo el espacio en el que nos movemos, sino las referencias culturales ligadas a cada esquina, la memoria enraizada en sus rincones e, incluso, las futuras posibilidades que la planificación urbana parece ir dibujando en sus actuaciones sobre el terreno. La ciudad es un presente ramificado hasta el extremo que no se puede decodificar o entender, y que espera tan sólo a ser disfrutada. Experimentada, y apenas tanteada mediante la palabra.
De ahí el verdadero interés del texto de Amara, que se presenta como una digresión de tono panfletario para redescubrir la ciudad. Una poesía intelectual que elucubra sobre los materiales con que se encuentra y que los retuerce, modifica, recorta para integrarlos en su discurso. La cita de Vaneigem que abre este post está sacada del poema, pero en realidad dentro del mismo aparece recortada. Se ha "perdido" la referencia directa a la publicidad y, por extensión, a la condición de espacio de plusvalía que la ciudad genera. El DF, extensa ciudad de casas bajas, no experimenta la especulación del terreno de, por ejemplo, Nueva York, que justifica de modo mucho más certero la afirmación con que abre Vaneigem su Programa urbanístico:
El urbanismo no existe: no es más que una "ideología" en el sentido de Marx. La arquitectura existe realmente, como la coca-cola: es una producción investida de ideología que satisface falsamente una falsa necesidad, pero es real. Mientras que el urbanismo es, como la ostentación publicitaria que rodea la coca-cola, pura ideología espectacular. El capitalismo moderno, que organiza la reducción de toda vida social a espectáculo, es incapaz de ofrecer otro espectáculo que el de nuestra alienación. Su sueño urbanístico es su maestro de obras.
Con todo, la experiencia de transitar por el poema de Amara es tan placentera y reconfortante como la del paseo en sí. De hecho, quizás por mantener el tono del poema, yo no puedo separar mi paseo por sus páginas del zumo de naranja y el sandwich de pan blanco que comí en un puesto de la calle Córdoba de la colonia Roma mientras me dejaba mecer por los versos de Amara. La ciudad, incomprensible, desborda las páginas del libro para introducirse en él. Y lo mejor del libro es que es un dispositivo poroso que la alberga y refuerza para otorgarle sentido.
Luigi Amara A pie Almadía, Oaxaca, 2010
La foto es de Lisette Model, otra genial diletante que aparece citada en el libro