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29 mayo 2012

Porvenir, de Iban Zaldua


El autor  Uno de los autores más representativos de la actual literatura vasca, con este libro ganó el Premio Euskadi de Literatura. Pero además innova trascendiendo el tono folclórico que dicha literatura suele tener. Tanto sus novelas como sus colecciones de relatos han sido traducidas al castellano y han despertado la atención de crítica y lectores atentos.   

En síntesis Dieciséis relatos muy diferentes en los que siempre encontramos el tono irónico del autor. En esta ocasión se une la intención política –entendiendo el adjetivo como alusión a los asuntos propios de la sociedad- que ha sabido dar al conjunto, logrando aunar así la exposición de ideas de hondo calado con la narrativa más entretenida.

Cita "Pero, ¿para qué engañar entonces a su mujer, si no se lo puede contar a su mejor amigo?"

Comentario Este libro tiene cuentos sólidos, que se grabarán en la memoria del lector, y otros más endebles, rematados con premura. Lo más interesante del libro es la exploración de los deseos y el paso del tiempo –sólo el pasado se puede modificar- dentro de un enrarecido clima social que aparece siempre como turbio telón de fondo.  
Iban Zaldua, Porvenir, Lengua de Trapo, Madrid, 2007
Publicado en el diario Público el  8 de diciembre de 2007

19 mayo 2008

La lenta cristalización de una obra


Previa
Para escribir este texto he leído un montón de libros a lo largo de mi vida. Vamos, si uno no ha leído mucho no se pone a escribir y no tiene mucho criterio al hacerlo. ¿Merece la pena haber leído tanto para escribir de gratis en un blog? Yo creo que sí, y por eso no creo que haya que estar pregonándolo porque es algo obvio.

Río Quibú
Río situado al sur de La Habana –hay que buscar con atención en el Google Maps, ojo, no es fácil verlo-, que se ha convertido en una de las vergüenzas de la capital cubana. Encuentro en la web, ya que por desgracia nunca he estado allí, que es un río al que se asoman barriadas marginales como La Lisa, Los Pocitos, Coco Solo y Versalles. Pero, por encima de estos detalles, para ser que los pocos habaneros con tiempo para denunciar los desmanes ecológicos del régimen cubano llevan años criticando la degradación del río. No deja de ser curioso que sea precisamente la desembocadura del río Quibú, repleta de basura, de aguas contaminadas, la que baña la Marina Hemingway, en el barrio del Naútico, donde atracan los yates de los altos cargos de la nomenclatura y de los turistas ricos afines al régimen. Frank Delgado cantó al río degradado desde la perspectiva de un bañista, de uno de los bañistas pobres que tan sólo tienen el Quibú, ese desagua de lo peor de la miseria habanera que sale a la luz junto al barrio de los potentados y que da título a la nueva novela de Ronaldo Menéndez.

Serie negra
Hablar hoy de serie negra no quiere decir casi nada. Hace unos años suponía aceptar las normas de un género que, durante mucho tiempo, se consideró menor por parte de la crítica y una delicia por el público. ¿El éxito del género negreo tiene que ver con la influencia del mercado o no? Da lo mismo, pero sí que es cierto que la crítica social se ha convertido en parte sustancial de un género que lejos de huir de su realismo, incluso del costumbrismo, lo reivindica. Hoy es difícil encontrar un narrador que no sea de serie negra y reivindique una tradición costumbrista y una mirada realista sobre la sociedad y el mundo. Pero, quizá por ello, por mantener la mirada que siempre sedujo al público, se ha convertido en el género de cabecera de muchos lectores.
Una de las cosas que más les gusta a los lectores de serie negra es su velocidad. El género negro y el western son los únicos que han nacido a la vez dentro del cine y la literatura, y esa influencia se ha dejado sentir de un modo evidente en la escritura de sus novelas. La serie negra es veloz, es dinámica, y debe tener atrapado al lector de principio a fin. Río Quibú lo hace, desde luego. Peio Hernández Riaño ha señalado, acertadamente, que uno tiene la sensación de leer un cuento que se ramifica y presenta otro montón de pequeños cuentos en su interior. De ahí la sensación de extraordinaria tensión que transmite al lector. Pero, la pregunta sería, ¿se puede hacer otro tipo de novela negra en el siglo XXI? En qué medida los grandes superventas del género no hacen más que continuar de modo acrítico patrones que ya no son válidos. En el libro Escritura creativa: cuaderno de ideas, hay un texto de Ronaldo Menéndez donde habla del nuevo modo de narrar que el lector hiperestimulado de hoy demanda: una lectura llena de descargas, como una máquina de toques mexicana, en la que se ate al lector a base de imágenes espectaculares, las mismas que busca en otras formas de divertimento. La literatura del futuro que postule la importancia de la trama, como la serie negra, se la juega en ser tan o más espectacular que el cine o los videojuegos. Las continuas sorpresas, los sustos, las imágenes desagradables o sugerentes que ofrece Ronaldo Menéndez en Río Quibú responden a esa necesidad. La aparición de los conejos de altura, de los pavos de altura, la carne humana, los asesinatos y la violencia, el sexo omnipresente en la mirada de Julia que hereda su hijo Júnior. Toda esa narrativa de alto voltaje icónico, imaginario y sensorial busca crear esa realidad explosiva que atrapa al lector.
Pero, ¿qué busca un autor cuando elige sus códigos realistas y luego los pervierte desde el esperpento como hace Ronaldo Menéndez en Río Quibú? La lectura cómoda sería decir que esta novela, como la anterior, Las bestias, no es realista, no retrata la realidad, sino que asume ciertas características genéricas para poder trazar su historia metafórica. Y sí, es evidente que detrás de ambas novelas hay una metáfora y que puede parecer excesiva la turbia mirada de Menéndez sobre la realidad. Pero, si por algo destacan ambas novelas es porque ha sabido transmitir al lector en todo momento la idea de que la realidad es esperpéntica, y que no hay exageración en su mirada, sino selección. Una selección fruto de la destilación, del contraste de las experiencias vividas con las escuchadas y de la distancia. No sé si se podría haber escrito estas novelas viviendo en la isla.

La isla
Llegamos al nudo gordiano: ¿cómo hablar hoy de Cuba sin hacerle el juego al castrismo o al anticastrismo?
Repasemos las cosas increíbles que uno encuentra en Internet. Ronaldo Menéndez no menciona el nombre del país en ningún momento, lo que para algunos críticos, digamos los nombres: Francesco Manetto, es motivo de elogio. Por sorprendente que parezca hay lectores tan burdos que piensan que hablar del Malecón, de la Marina Hemingway y del río Quibú, del General, del Menú Insular no es nombrar la isla. Fascinante. La isla es una presencia constante, intensa, en la novela. Luego uno lee lo que quiere, y se ve que algunos leen mal.
Otros, José María Plaza, para ser exactos, cree que lo cubano no es el asunto del libro. Seamos claros: otro que no sabe leer. Se conoce que hablar de la pobreza de un lugar, de la política que aboca a la delincuencia a muchos de sus ciudadanos no es hablar de Cuba. Tanto en esta novela como en la anterior Ronaldo Menéndez habla a las claras del drama fundamental de los habaneros: todos, en mayor o menor medida, se han visto obligados a convertirse en pícaros y delincuentes. No es que todos sean moralmente detestables, es que la miseria provocada por las actuaciones políticas es un contexto donde la supervivencia cobra nuevos motivos, genera realidades.
El General, y su muerte, cobran una relevancia en esta novela que desactiva cualquiera de los acercamientos críticos que se han hecho a la obra de Menéndez en un tono amable, de los que no quieren criminalizar a su autor para no enemistarle con las autoridades del régimen -¿alguien cree que los jerarcas de la dictadura cubana tienen tiempo para leer las secciones de cultura de los medios españoles, tan creídos y fatuos son estos colaboradores de todo a cien?-, o bien por el contrario, porque la dictadura cubana todavía es otra cosa, de la que no se debe hablar mal, y el que lo hace no es de ello de lo que trata, sino de la miseria humana en general. Pues sí, señores, así hasta el final. En Río Quibú muere Castro, ya ya sé que no dice eso, dice que muere El General, pero a estas alturas vamos a comportarnos como adultos y llamar al pan, pan, y al vino, vino. Los que no estén por la labor pueden largarse ya, no vaya a ser que la verdad les manche. La verdad es que ninguno podríamos afirmar si eso es ficción anticipatoria, porque no sabemos si Fidel Castro está vivo. Yo, al menos, no lo sé. Pero sí que me parece muy interesante el retrato de una Cuba en la que los mafiosos toman el poder. Ha sucedido en Rusia, ¿por qué no en Cuba?
Cualquier lector con ojos en la cara, oídos en el mundo y un poco de cabeza entiende las referencias crípticas o explícitas, a los periodos de excepción, a las crisis de los balseros, a las sucesivas políticas del socialismo para hacer frente a los bloqueos. El cesante campo socialista ya no da para alimentar a sus ciudadanos. La metáfora del canibalismo trasladada al desprecio por los otros como única salida para el que quiere sobrevivir aparece ya en muchos textos de Ronaldo Menéndez. Si hay algo que logra transmitir es que pasar hambre es muy duro. Que antes de morir de hambre se hace lo que sea. En Cuba la gente ha tenido que hacerlo. Luego cada uno lee lo que quiera y se marca la paranoia de que La Habana es La aldea de Arce. Esta trilogía no existiría son Cuba y sin el Castrismo, cada uno que lo entienda como quiera.

Trilogía
Río Quibú es el segundo de una serie de tres libros que comenzó con Las bestias. Hay muchos puntos en común entre ambas, no sólo los personajes o el estilo, pero hay un cambio fundamental entre una y otra. Lo que en la primera eran referencias a una cultura caribeña, popular y arrabalera, que se plasmaba en canciones y sones montunos, aquí adquiere un nuevo grado. Ahora la propia narrativa de Menéndez se ve usada como referente, usada como un mundo que prefigura la existencia de esta novela. El derecho al pataleo de los ahorcados aparece explicitada en una referencia del libro a ese derecho al pataleo del que son privadas las víctimas, pero también en el uso de los puntos de vista, que en el desenlace de la novela se revela impecable. La piel de Inesa, nombre de la primera novela de Menéndez y de uno de los cuentos del libro ya mencionado, aparece en el tratamiento descarnado del sexo. De modo que esto es la muerte aparece de modo explícito como frase insertada, pero también en toda la metáfora caníbal que ya aparecía en Carne, el primer cuento del libro y de la sección titulada Hambre. Las bestias aparece de un modo omnipresente a lo largo de todo el libro, y no sólo por la reiteración de algunos personajes, sino por el mismo foco de atención del libro, y la presencia de ese escritor mafioso, el Gordo, que se está perfilando como una de las creaciones más interesantes de la narrativa de los últimos años.
Río Quibú supone mucho más que una novela negra o el segundo eslabón de una trilogía. Todo lector versado en la obra de Menéndez verá en ella un ordenamiento, una cristalización de un universo, de unas obsesiones y referencias que la enriquecen exponencialmente. Hay un texto, publicado en la revista Eñe, que quizá en una futura edición recopilatoria de la trilogía en un solo volumen sería un apéndice estupendo. La recreación del cuento borgeano El Aleph, sirvió para empezar a dar forma a muchas de las obsesiones en torno a la isla que tenía en la cabeza Menéndez. Aparecían en Las bestias y aparecen en esta novela. Creo poder intuir, releyendo una vez más Menú Insular, que era el nombre del texto, por dónde puede andar la próxima entrega de la trilogía, o, al menos, qué imágenes subyugadoras nos entregará ahora.
Las esperamos ansiosamente.
Ronaldo Menéndez Río Quibú Lengua de Trapo, Madrid, 2008

03 enero 2008

Elegir el camino correcto

Ya se habló aquí de Menéndez Salmón en varias ocasiones y se comentó el affaire que hubo a vueltas de la valoración negativa que hice de su anterior libro de relatos. A raíz que ese asunto el propio autor me hizo llegar el archivo electrónico de un cuento antológico que es el que da nombre a este nuevo libro de relatos.
No voy a andarme por las ramas. Yo había manifestado en diversas ocasiones mis reticencias hacia el estilo excesivamente hinchado de retórica que a veces se apoderaba de la prosa de Menéndez Salmón, y esa tendencia retórica ha quedado, creo, ya casi totalmente esquinada a tenor de lo que muestra este libro. Estos cuentos siguen teniendo, todos, un base eminentemente literaria, se aprecia en cada uno de ellos la constante presencia de las lecturas, de las influencias, de la visión del mundo de un lector avezado como es Menéndez Salmón pero, donde antes había artificio, oraciones rebuscadas, sinónimos imposibles –cualquiera sabe que la sinonimia pura es imposible-, en estos cuentos se ha abierto paso la verdad, que se nos ofrece desnuda a través de un estilo mucho más seco, y por eso más acertado, mejor vehículo para las historias y las ideas, de lo que acostumbraba su autor.
No creo, de todos modos, que estemos ante un libro que nos muestre el estilo definitivo de Menéndez Salmón. Una lectura atenta de cada uno de los nueve cuentos de Gritar nos indica que estamos, todavía, leyendo un libro de transición, porque se aprecia en algunos un mayor gusto retórico mientras que en otros se aprecia más esa rotundidad a la que me he referido. Lo que sucede es que en las narraciones que todavía tiene ropajes más recargados este recargamiento está mucho más moderado que antaño. Y en medio de ellos brillan cuentos como el que da título al libro –hay que decirlo en voz muy alta, con un cuento como ese en su interior cualquier libro de relatos sería ya bueno, pero lo importante es que no está solo sustentando el libro-, o “Hablemos de Joyce si quiere” donde la escritura de Menéndez Salmón se adelgaza hasta casi desaparecer, ejerciendo como estricta herramienta de unas narraciones poderosas, convincentes, vivas.
Y es ese sendero el que puede hacer de Menéndez Salmón el gran escritor que está llamado a ser. La literatura le atraviesa pero ya no le lastra, el estilo se muestra servil en lugar de apoderarse del texto, y la historia y su capacidad simbólica se hacen más patentes, más verdaderas y reales, porque no hay grasa retórica distrayendo la atención del lector. Cuando abre el libro puede atrapar y dejarse seducir por la historia sin tener que apartar telones o cortinajes.
Si se me permite la imagen –y creo que siendo este mi blog se me va a permitir- es como si Menéndez Salmón hubiera descubierto la belleza de la estructura del edificio. Frente a los ornamentos barrocos, a las fachadas churriguerescas de los cuentos de anteriores libros, en estos parece que el autor hubiera elegido la belleza de líneas puras de los edificios de Van der Rohe. Nada de ornamento innecesario, las piezas exactas, las líneas definidas, puras, apenas lo imprescindible, pero unos edificios tan válidos como los anteriores, todavía más aptos para el hombre, acogedores y, al mismo tiempo, de una sugerencia estética única. Sí, de algún modo estoy diciendo que con este libro Menéndez Salmón emprende un viaje hacia la actualidad, hacia una literatura de calidad e interés que nos condesciende al recurso fácil de asumir una estética caduca pero que juega con la ventaja de que es lo que el lector común considera “estilo”.
Con Gritar, Menéndez Salmón nos entrega su libro más moderno, subyugador e interesante. Y consigue que esperamos con ansiedad siguientes entregas.
Ricardo Menéndez Salmón Gritar Lengua de Trapo, Madrid, 2007

08 octubre 2006

Las jornadas cotidianas

Con este título, que parece sacado de una novela balzaquiana, y en realidad es una traducción libérrima y algo porteña del título de una de las canciones inmortales que Robert Smith nos ha legado en los discos de The Cure, creo que uno dirige bastante bien el campo de actuación del libro de Kjell Askildsen que acaban de traducir en Lengua de Trapo: Los perros de Tesalónica.
La lectura del mismo puede hacer pensar lo contrario a un meriodional de los que tenemos las terrazas de los bares a nuestra disposición durante más de medio año, pero nos equivocaríamos. La frialdad, la incomunicación, el entorno turbio que sabe dibujar Askildsen en sus relatos no parece que sea algo excepcional. Lo más desasosegante de ese ambiente en el que se mueven los personajes es que uno no tiene ni por un momento la duda de que se trata de la rutina, del día a día de sus personajes, lo que hace sus vidas -ya la representación de las mismas en estos cuentos- tan inquietantes.
Los matrimonios que toman conciencia de que ya no se quieren, que se ocultan cosas, que se mienten, que pueden cambiar en cualquier momento de vida y de pareja sin que su vida se trastocase, los que recuerdan una imagen violenta de un país mediterráneo como ejemplo de ese calor que han perdido en su relación.
Un lector como lo somos nosotros, que conoce los fiordos por los documentales de la 2 y al que cualquier prado con una casita de madera se le asemeja mucho al "paraíso" que tanto ha soñado para vivir su jubilación, puede caer en la trampa de imaginar que esos paisajes aparentemente idílicos no cuadran con las historias que nos cuentan; pero esos lugares fríos y solitarios son un fiel reflejo de la angustia de los personajes que se mueven en ellos.
Los incestos nunca consumados, las infidelidades, la incomunicación se muestra así cotidiana, perfectamente reflejada en el entorno, en las rutinas. Y esa monotonía carente de actividades y llena de inquietud se transmite en una prosa seca, escueta -ahora se llama minimalismo, aunque nunca ninguna de las lumbreras de la modernidad haya dicho que la meseta castellana es minimalista-, de una austeridad cautivadora, que sirve como perfecto modelo de la escasez de comunicación de hechos, de los personajes. Traductor de Beckett al noruego, el autor de estos textos ha asimilado de un modo perfecto las posibilidades del "no decir", del transcurso soterrado de la existencia bajo una capa de silencio que no somos capaces de romper, como si se tratase de la grusa capa de hielo que condena la vida bajo las aguas de un lago en invierno.
Solitarios, incomunicados, la soledad de los personajes de Askildsen los hace ser observadores, voyeurs de su propia vida, que espían con la conciencia de culpabilidad de los que se saben inermes para solucionar su propia existencia. Y, usando un mecanismo prodigioso, logra que el lector se sienta también espía de esas vidas desoladas, y que, del mismo modo que esos personajes se espían entre sí buscando esa vida que la incomunicación les hurta, uno se sorprenda desgranando esos momentos en que se tiene la sensación de que no vivimos los días que nos han tocado.
Ayer regalé este libro de cuentos en un cumpleaños y lo leí la tarde anterior a la fiesta, como suelo hacer siempre con los libros que regalo para asegurarme de que no la he cagado, con una creciente ansiedad. Algunos de los invitados a la fiesta me comentaron que me notaban algo frío, me da miedo pensar que he interiorizado demasiado el libro. Es lo suficientemente bueno para que sea así.

Kjell Askildsen Los perros de Tesalónica Lengua de Trapo, Madrid, 2006

24 julio 2006

El sabor de la carne

Cuando Hemingway escribió uno de sus relatos más famosos, llevado más tarde al cine, The killers, no suponía que unas décadas más tarde un trotamundos nacido en Cuba pero criado en el mundo entero iba a partir de un eje argumental similar para trazar una velocísima novela. En la fotografía del autor que ilustra la solapa del libro vemos a Ronaldo Menéndez en un forzado escorzo. Esa perspectiva tan forzada, tan inusual resulta, cuando uno comienza a leer la novela, un paradigma del enfoque que ha realizado el autor sobre la serie negra clásica. A primera vista –en sus primeras páginas, la novela se adentra en un denso magma de reflexiones, de dudas planteadas en un soliloquio que puede echar atrás a más de un lector. En esas primeras páginas se nos presenta un narrador algo farragoso, un Dostoiveski superficial como un traje de baño pero con pretensiones de hondo calado que, afortunadamente, abandona la narración para trocarse en uno de los grandes aciertos de este libro. Desenfadado, burlón, devorador no sólo de alta cultura sino de la cultura popular pret-á-porter que fusiona las referencias filosóficas de un profesor universitario con las películas de Quentin Tarantino, las canciones de Rubén Blades y todo artefacto narrativo que le venga a mano. La trituradora narrativa consigue así hacer honor a esa parte de la novela –la más larga, que abarca noventa páginas y se convierte en arquetipo de la novela- que recibe el nombre unitario de “La trama” porque es a lo largo de la misma cuando sucede toda la vibrante acción de la misma. Menéndez consigue, a lo largo de ese trecho una tensión creciente, un tempo narrativo subyugador –heredero del mejor cine negro norteamericano- y conduce al lector, enfrascado en el turbador mundo que se le presenta, hasta el final de la novela.
Seguramente serán esas ochenta páginas de inusual fuerza narrativa, de una economía y aceleración pasmosa, las que se quedarán en la memoria del que lea esta novela. Y hará bien en guardarlas porque son, sin duda, lo mejor de la misma. En ellas se aprecia la consolidada experiencia como cuentista de Ronaldo Menéndez: nada falta, nada sobra, los elementos van apareciendo de un modo graduado, certero, y en cada una de las secuencias de la novela –que parece más un guión de cine por lo bien trabadas y la visibilidad de la narración-, y uno tiene la cereza de que Ronaldo, admirador fiel del texto de Edith Wharton sobre la dimensión de una narración –“Todo tema contiene su propia extensión”- ha sabido escoger lo fundamental y desechar lo superfluo para mantener al lector pegado al libro.
Por eso decepcionan esas páginas finales, donde se suceden dos errores que al lector le resultan casi inexplicables después de lo que ha contemplado. Por un lado el desenlace de la trama, totalmente imprevisible porque es totalmente injustificado, aparece como un deus ex machina incoherente, en el que una narración de serie negra dura y pura deviene en pastiche de novela best seller muy alejado de la calidad de lo narrado. Además, las reflexiones seudofilosóficas del final de la novela, que buscan dar una mayor profundidad a una anécdota que por si sola ya justifica la novela –y que puede tener una profunda raigambre metafórica tal y como está planteada-, y esa cesión de la voz narradora, que pasa de ser la exacta y pericial tercera persona de un guión cinematográfico a una primera persona confesional tremendista, no hacen sino perder fuste a una narración de, como ya he dicho, inusual fuerza.
Y con todo, el mayor acierto de la novela no es tanto demostrar un oficio consolidado de su autor o la capacidad de generar tensión narrativa desde géneros que la crítica –tan pagada de sí misma como corta de miras- suele considerar menores: el cuento y el guión cinematográfico; no, su punto fuerte es desvelar la imagen de una ciudad, que no aparece nombrada como tal pero que puede ser percibida y asumida como La Habana, como escenario de historias de serie negra pura. Pedro Juan Gutiérrez ha logrado mostrar una Habana turbia, pútrida, pero no la degeneración moral, física y mental que Ronaldo Menéndez nos presenta. La degradación no sólo humana, con hombres que se convierten en cerdos y hombres dispuestos a cualquier cosa por sobrevivir; sino animal, ya que dejan de ser seres vivos para tornarse meros proveedores de alimentos, ya sean los cerdos que se crían en las bañeras de las casas con el sancocho –y que sirven como metáfora del modo en que la sociedad explota al hombre-, los avestruces del zoo o los gatos que vigilan las azoteas.
En la ciudad tropical, caribeña, que sirve de escenario a esta historia, no hay vida, tan sólo supervivencia, y es esa realidad patente y cortante la que da el tono y justa medida a toda la historia. Los personajes no actúan por motivos ideológicos –e intentar justificar sus comportamientos desde esa perspectiva es lo que lastra a la novela en su desenlace- sino meramente físicos, materiales. En una dictadura marxista donde los bienes escasean estos se convierten por tanto en piezas muy cotizadas dentro del mercado. La vida degradada, carente de perspectivas y supuestos éticos, no viene marcada por la ideología ni los sentimientos, sino por las necesidades de la carne.
Ronaldo Menéndez ha trazado un retrato fascinante de una ciudad que, como el retrato de Dorian Grey, sigue siendo a los ojos de los turistas en lugar bello pero que, de puertas para adentro se ha convertido en un pozo de podredumbre. Y acierta al no buscar culpables ni alzar estandartes. La carne es débil, eso es todo.

Ronaldo Menéndez Las bestias Lengua de Trapo, Madrid, 2006