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27 julio 2015

Daniel Alarcón, cosmopolita y provinciano


Daniel Alarcón es un escritor paradigmático de la modernidad literaria, no sólo en habla hispana. Escribe en inglés, pero en Perú lo consideran un escritor patrio. Lo seleccionan como uno de los jóvenes autores más interesantes tanto las revistas de los Estados Unidos como los festivales literarios en el ámbito hispanohablante. Es al mismo tiempo un quinta-columnista de lo latino enclavado en medio del Imperio donde es capaz de poner en marcha un proyecto como Radio Ambulante sin olvidar sus raíces andinas que lo han convertido en un forense de atinada mirada sobre las paradojas del Perú, su país de origen y en el que transcurren, de modo explícito o no, muchas de sus narraciones. 
De Alarcón, hay que decirlo desde el principio, hay que leerlo todo: sus dos novelas, “Lost City Radio” y “At Night We Walk In Circles”, y dos libros de relatos, “War By Candlelight “ y “El rey siempre está por encima del pueblo “(este libro no se ha llegado a publicar en inglés, pese a que las versiones originales de los relatos que lo componen sí que fueron apareciendo en diversas publicaciones de los Estados Unidos), incluso un cómic, adaptación de uno de sus cuentos, “Ciudad de payasos”. Aunque quizás sea la breve “Los provincianos”, publicada hace dos años en Perú en la editorial Solar, la que sirve como sinécdoque perfecta de sus obsesiones y estilo. De hecho, esta nouvelle, como sucedió en su momento con “Los cachorros” de Vargas Llosa podría llegar a convertirse en el epítome perfecto que condensa toda la obra de su autor. Estamos ya en pleno siglo XXI, y quizás va siendo el momento de abandonar el cliché de que las grandes obras de los autores son las más voluminosas. Cuando, a día de hoy, uno todavía contempla a alguien enunciando esa idea, que “Conversación en La catedral” o “La ciudad y los perros” son más relevantes que “Los cachorros” sencillamente porque tienen más páginas uno ya sabe que no puede tomarse muy en serio a quien dice algo así. Quizás eso tuvo sentido en el año 1975, hoy, cuarenta años más tarde, parece algo tan anticuado como llegar virgen al matrimonio. 
“Los provincianos” se construye sobre un argumento aparentemente muy sencillo: un padre y un hijo viajan al pueblo de donde proviene la familia para cerrar la casa donde ha muerto un tío abuelo que le dio trabajo al padre de joven y cambiar la titularidad de la propiedad a una de las hijas del fallecido. Tan sencillo como eso. Pero, como sucede en toda historia familiar, hay mucho más oculto tras esa aparente sencillez. En primer lugar el padre es una especie de héroe en el pueblo porque lo abandonó para convertirse en un intelectual en la ciudad. Pero él, en sí, no recuerda casi nada del pueblo, ha preferido olvidar. El hijo malvive con trabajos de medio pelo mientras espera el visado que lo permita viajar a los Estados Unidos, en concreto a Oakland, imitando el periplo de su hermano que ya se trasladó allá. El padre sabe que el hijo no se irá, que su noviazgo y su falta de iniciativa terminarán por atarlo a Lima. Y trata de hacérselo ver. Se muestra como alguien más cercano al otro hermano, el que marchó y ya casi no parece acordarse de ellos, del mismo modo que él ha preferido olvidar todo lo que lo ataba al pueblo. Por otro lado, el hijo ha comenzado a obsesionarse con ser actor, y en buena medida es a través de la actuación como vivirá esos sueños que, posiblemente, no cumpla. El doble eje del provincianismo queda así perfectamente escenificado, los habitantes del pueblo, que los odian por ser ahora limeños, son los provincianos, sí, pero al mismo tiempo ellos lo son respecto al hermano que fue a vivir el sueño americano. Ahí radica una de las preguntas que el texto señala y no responde, qué es, hoy, ser provinciano. O, mejor dicho, quién no lo es aunque viva en medio de la mayor metrópoli. La modernidad ha desdibujado la idea de centro y periferia, y el zeitgeist de la época ensalza el ideal de vida sosegada de las provincias como el modelo de calidad de vida. Basta con ver las revistas de tendencias, donde se produce la idea de que se debe vivir en una metrópoli como si se viviera en una aldea, o quizás sea que la aldea se ha dividido en un ramillete de metrópolis. Quién sabe. 
Al mismo tiempo, la narración desgrana otra de las ideas consustenciales del mundo de hoy: el mundo como representación. Ya no como voluntad, obvio, sino una representación que se pretende voluntad. El padre se finge exitoso en el pueblo, y actúa como si recordara a todos y cada uno de los personajes con los que se cruza. El hijo, en un momento dado, puede hacerse pasar por su hermano, ser el hijo esperado por los provincianos, y actuar para ser, aunque sea por una noche, el hijo estadounidense. El tino que demuestra Alarcón es que se desvela que es a través de la representación, del fingimiento, como ellos pueden, finalmente, devenir auténticos. No son sino una ficción, pero no por su estatuto de personajes, sino porque sólo nos constituimos mediante el acto de construcción de un yo, muchas veces uno que no somos nosotros mismos, o que lo somos de un modo oculto y es a través de la transformación como descubrimos nuestra esencia. 
Encajar temas tan profundos en apenas sesenta páginas habla de la pericia narrativa de Alarcón, que lleva dejando patente desde que publicase el primero de los relatos que conformó la colección de relatos con que debutó. Lo que hace doblemente meritoria su escritura es que no ha aceptado mantenerse como un fabricante de cuentos de un clasicismo y rotundidad perfectos. Inconformista, ha sabido evolucionar, explorar nuevas posibilidades en cada texto. Algunos de los cuentos de su segundo libro de relatos dejaban claro que Alarcón es un escritor que no investiga, sino que muta, se adapta a nuevas posibilidades y sabe exprimir las posibilidades de cada contexto. En esta nouvelle resulta especialmente interesante la mezcla de registros, como la narración se mueve desde una narrativa más o menos convencional al texto dramatúrgico o al guión, sin que nada chirría, sin que los engranajes hagan ruido, con plena y total naturalidad. Y eso, por otro lado, no hace sino expandir el texto. Cuando uno ha terminado de leerlo, tras haber experimentado con una vividez pasmosa lo narrado, se queda mirando el libro con cierta perplejidad, intentando comprender como en un texto tan breve se ha encapsulado tanta vida.
Esta es la primera columna de la serie Dymaxion que se publica dentro del portal web Planisferio

18 abril 2011

Cambiar para que todo siga igual

Lo he contado más de una vez, y lo he dejado por escrito, pero lo primero que a mí me impactó de Daniel Alarcón no fue tanto su escritura como su persona. O, mejor dicho, su actitud. Cuando lo conocí, durante uno de esos festivales en los que con la excusa de la literatura unos gestores culturales astutos ganan un dinero y facilitan encuentros, me llamó mucho la atención que Alarcón era el único al que vi leyendo. Entre tertulia y tertulia casi todos pasábamos el tiempo comiendo, bebiendo y bromeando, pero él, en uno de los sofás del hotel donde se alojaba, leía enfrascado un ejemplar de The Heart of Darkness. Además, las dos veces que le tocó intervenir en alguno de los actos del festival, lo hizo siempre con una sobriedad y acierto más que relevantes. Así que, lo primero que hice apenas volví a casa fue leerle totalmente seducido y embobado. Me gustó su novela Radio Ciudad Perdida, pero la encontré quizás algo hinchada y un poco confusa, pero lo verdaderamente fascinante fue el libro de relatos Guerra a la luz de las velas. En esos relatos latía la energía y contundencia narrativa de algunos de los grandes autores del boom, pienso sobre todo en Vargas Llosa y García Márquez, pero pasado por el interesantísimo tamiz de la literatura norteamericana más reciente. No en vano, Alarcón se ha criado en los Estados Unidos y escribe en inglés. Además, cuenta con la ventaja de un traductor como Jorge Cornejo, atento y cuidadoso siempre como pueda comprobar cualquiera que lea sus libros, y la ayuda del propio padre de Alarcón, que sí se ha criado en Perú y maneja el español con más soltura que su hijo. Aunque, hay que señalarlo, todas las veces que hablé con él, siempre en español, no tuve la sensación de que tuviera ninguna dificultad para expresarse perfectamente usando la lengua de su familia.
Pero, más allá de todos estos detalles medio sociológicos medio de amarillismo, lo más importante era lo vívido de cada una de las historias que formaban ese libro de cuentos. Guerra a la luz de las velas es, hay que decirlo una vez más por si alguien lo ha olvidado o no ha querido entenderlo, uno de los mejores libros de cuentos que se han publicado en español en los últimos años. Y esto no deja de ser paradójico porque es un libro escrito y concebido en inglés. O sea, que es un libro plenamente latinoamericano en su mirada y en sus historias pero que se ha escrito en una lengua y bajo los criterios de una tradición distinta. Eso lo convierte, sin duda en algo mucho más fascinante de lo que podemos pensar a primera vista. Y además sitúa a su autor como uno de los más interesantes, y singulares, referentes de dos tradiciones literarias. No es casual, me temo, que haya sido incluido tanto en la selección de Bogotá'39 como en la de los veinte mejores autores menores de cuarenta años en lengua inglesa de la revista New Yorker. Alarcón es un símbolo del presente porque es un autor de una solidez poco frecuente, pero, además, permite vislumbrar el mundo que viene.
Por eso, cuando tuve constancia de la edición de El rey siempre está por encima del pueblo en la edición peruana de Seix-Barral me puse automáticamente alerta. Cuando supe que la edición mexicana corría a cargo de la audaz Sexto Piso comencé a sentir una ansiedad importante. Y, cuando Alfaguara lo publicó en España corría a solicitar un ejemplar al instante. Lo leí ese mismo fin de semana y decidí dejar en barbecho esa lectura antes de dejar por escrito mi experiencia.
Por un lado porque hay una serie de elementos a tener en cuenta. El primero es que se trata de un libro que no se ha editado en edición estadounidense. Reúne una serie de relatos que han ido apareciendo en varias revistas y que se han traducido y compilado de cara a los mercados hispanohablantes. Eso va más allá de lo anecdótico. Por ejemplo, algunos de esos relatos, como El juzgado, cuya escritura está muy condicionada, aparecen junto a otros textos que, posiblemente eran mucho más ambiciosos. Pongo este ejemplo porque me parece doblemente significativo. Ya hablé de ese relato, y se pudo leer aquí mismo, cuando comenté el simpático Napkin project de la revista Esquire, consistente en enviar una servilleta con el logo de la revista a 250 autores para que escribieran un relato en ella. Obviamente, el texto debe ser muy corto, y es obvio también que no es, desde luego, un tamaño que beneficie a la detallista y progresiva narrativa de Alarcón. Pero supongo que la idea del libro es reunir ese conjunto de textos, sin detenerse en detalles como la calidad o la pertinencia de hacerlo.


Pero he dejado que pase el tiempo y, aprovechando la calma que reina en estas fechas, he aprovechado para releer el volumen de relatos. Me ha permitido convencerme de que se trata, evidentemente, de un libro muy desigual, que reúne textos de circunstancias poco relevantes con cuentos de grandísimo nivel e intensidad. Por ejemplo, "El puente", que es una narración especialmente afortunada. Pero, sin duda, la más seductora, que está situada como cierre del libro -y hay que hacer una lectura muy interesante de que aparezca como final de esta recopilación y el mensaje latente de que los senderos de la narrativa de Alarcón estén siguiendo nuevos senderos y obliga una vez más a esperar con muchas ganas un nuevo libro- es la más rupturista, "Los sueños inútiles". Se trata de la más extraña, de la más innovadora pero, al mismo tiempo, la que deja un poso más perdurable tras su lectura. Esa narración extraña y descoyuntada, a medio camino entre el tono ensayístico y las narraciones distópicas y las de anticipación es una experiencia única. Hay algo en ese relato que habla de un Alarcón que se sabe, o al menos no se contenta, con ser un escritor de tramas rotundas, de personajes cincelados, de un minimalismo narrativo enriquecido por la exuberancia de la herencia barroca de la literatura latinoamericana, no, hay un escritor que quiere provocar sensaciones, que concibe la página como un espacio y la narración como un trayecto que atraviesa el lector, independientemente de que haya un argumento más o menos reconocible detrás.
A mí, como lector, me interesa ese nuevo Alarcón tanto como el que ya conocía, y justifica mi fanatismo y las ganas de seguir leyendo más textos salidos de su mano. Ansiosamente.

Daniel Alarcón El rey siempre está por encima del pueblo
Seix-Barral, Lima, 2009; Sexto Piso, México, 2009; Alfaguara, Madrid, 2010
Traducción de Jorge Cornejo

02 diciembre 2007

Un estreno de primera clase

Cada cierto tiempo los medios sienten la necesidad de colocar a un nuevo autor como la gran esperanza de la literatura. Normalmente son actuaciones perversas, porque hoy sabe cualquiera que un autor novel e inédito que logre colocar su manuscrito a una editorial lo ha hecho mediante un libro irrebatible, un manuscrito que sobrepasa en calidad a muchos de los que los autores prestigiados colocan a los editores.
A modo de ejemplo –y para aviso de navegantes, que pueden ir centrando ya el objetivo en Perú y las afueras del país andino- estaría Vargas Llosa. La ciudad y los perros es uno de los grandes libros de su autor, por ejemplo, muy superior a libros de saldo como La tentación de lo imposible o El Paraíso en la otra esquina. Este último, por ejemplo, es parangonable a cualquiera de los trabajos que los alumnos de COU –creo que ahora se llama segundo de Bachillerato- pueden presentar a su profesor. Sólo que más largo, eso sí, porque sus quinientas páginas se hacen larguísimas. Si el trabajillo de clase de Vargas Llosa hubiese ido firmado por un autor desconocido, las risas del lector y del editor se habrían escuchado en Arequipa, en Kensington y en la calle Flora.
Por eso tiene especial mérito un libro como Guerra a la luz de la velas. Yo lo leí un poco de rebote, la verdad. Ha llegado un momento en que uno desconfía casi automáticamente de cualquier libro que edite Alfaguara. Está feo reconocerlo y si lo digo es porque creo que la sinceridad es un valor a retomar en esto de la crítica literaria. Los desmanes de la editorial del grupo Prisa han conducido a cualquier lector medianamente informado a dudar de la calidad de cualquier cosa que aparezca bajo su marchamo. Y es injusto, como se demuestra con la edición de este libro.
Yo me animé a leer a Daniel Alarcón después de conocerlo personalmente. Me llamó la atención la seriedad, el sólido conocimiento de la literatura y de sus mecanismos que exhibía y, lo que fue determinante, la seriedad con la que encaraba su trabajo y el escepticismo con que vive las servidumbres que el mercado impone a un autor. Lo lógico en un autor de tan sólo treinta años es que se deje deslumbrar por unos focos que no le persiguen por su calidad, sino por su juventud. Pero uno no se imagina a Alarcón apareciendo en la portada de un libro suyo o asistiendo a una presentación de una línea de ropa femenina.
La enorme fortuna que he tenido es encontrarme con que Alarcón es, no sólo una persona agradable y coherente, sino que, además, es un estupendo escritor. Un escritor que, como diría Armas Marcelo en su columna marciana del ABCD, se nos presenta ya como un autor insoslayable. Los incomprensibles mecanismos del mercado han obligado a que, hasta que no estaba lista la traducción de su novela, Radio Ciudad Perdida, no se haya editado en España su libro de relatos.
Y digo que es incomprensible, porque aunque una novela, cualquier novela, venda muchos más ejemplares que los libros de relatos, es evidente que un libro como este habría salido a la luz con o sin novela. Teniendo en cuenta que los ejemplares que están a la venta en España son, en realidad, ejemplares de la edición peruana retapados para que coincidan con el horroroso diseño que se ha impuesto en España –con ese medio marco negro-, uno se cuestiona muchos de los mecanismos de edición de las grandes editoriales españolas. Lo primero cuántos libros interesantes no llegan aquí mientras en las librerías se agolpan las naderías más insustanciales. Lo segundo por qué se gastan dinero en retapar un libro cuando la edición original era más bonita. Y muchas más cosas, claro, que no tienen nada que ver con la literatura y que, por eso, da un poco de pereza consignar aquí.
Habría que comentar, eso sí, el hecho peculiar de que cuando uno lee los cuentos de Guerra a la luz de las velas se ve sorprendido continuamente por una extraña sensación. Algunos de los cuentos tienen un aire indiscutiblemente norteamericano. Su temática, la realidad que plasman, está muy unida a los cuentos de Carver o de Ford. Pero al mismo tiempo la prosa suena muy potente, con detalles, con ciertos guiños que la hacen parecer propia. Ahí está la paradoja de este libro. Alarcón escribe en inglés, se ha formado en los Estados Unidos, trabaja en la universidad y sus influencias son, claramente, norteamericanas. Pero también ha leído, y convivido con sus compatriotas peruanos. Alarcón es un raro ejemplo de escritor que escribe en inglés pero que mantiene una inusual fuerza al ser traducido. Así como hay escritores, Umbral los llamó “angloaburridos”, que escribiendo en español parecen traducidos, lo curioso de este libro es que el trabajo de Jorge Cornejo, ayudado por el propio padre de Alarcón es único. Me gustaría saber un poco más de inglés para poder valorar
la particular prosa que debe exhibir el texto original.
Pero, dejándonos de rodeos, lo mejor del libro son sus cuentos. Podríamos gastar mucho tiempo y saliva en analizar las influencias del autor. En dilucidar en qué corriente se enmarca su obra –porque tiene ecos de Flannery O’Connor, del minimalismo yanqui, pero también de los grandes narradores del boom- y cuáles serán sus derroteros en un futuro. Y todo eso sería secundario. Lo más rotundo que ofrece Alarcón en su estreno literario son historias rotundas, imponentes, que te atrapan desde el primer momento y resultan subyugadoras. E historias trazadas con gran acierto literario, con una eficacia y sabiduría únicas. Cuando uno las va leyendo tiene la certeza de que sólo de ese modo podían existir, ser eficaces, funcionar como historias. Parecen no tener otra posibilidad, y eso las hace verdaderas piezas de orfebrería, cuidadas al detalle. La prosa resuena con fuerza y aún así natural, sabe que es literatura pero no se entrega a la retórica.
Y, lo que es más importante que todo eso teniendo en cuenta la edad de su autor. No condesciende a la moda. No pretende colarnos falsas originalidades ni banalidades a golpe de justificarlas con su juventud. No necesita más que las herramientas que se han usado, desde siempre, para conquistar al lector: Narraciones que alumbran y dan sentido a esta vida contadas con un espíritu y una vivacidad que las hace más verdaderas si cabe.
No sé si se puede leer este libro con indiferencia, sin caer arrebatado a medida que se va leyendo. Yo no puedo esperar ya para leer la novela y asumir que estamos ante una de las grandes voces de la literatura –no quiero decir el futuro porque es ya un presente más que sólido.
Se dice muy a menudo, pero hay veces en que sigue siendo cierto: no se lo pierdan.