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01 mayo 2012

Pasar el invierno de Olvier Adam



El autor:
Olivier Adam (1974) permanecía inédito en España hasta esta edición de este libro, ganador del Goncourt de relato en el 2004. Sus siguientes novelas han sido finalistas del mismo premio, ha sido nominado como mejor guionista a los premios César y Le Figaro lo ha considerado el escritor francés menor de cuarenta años más apreciado por la crítica.

En síntesis:
Las nueve noches que enmarcan las historias de este libro se presentan como una seductora metáfora en la que contemplamos la frialdad del mundo exterior enfrentada a las frialdad en la relaciones personales: la agonía y muerte del padre, la pérdida de una hija que desencadena una crisis de pareja, las obligaciones laborales que nos alejan de la familia…

Cita:
"Hemos follado en el sofá y ya no recordaba que hacer el amor hubiera sido nunca tan desgarrador."

Comentario:
De no ser por los topónimos y los nombres de los personajes, cuando leemos este libro, pensaríamos que estamos ante uno de los grandes volúmenes de esa corriente norteamericana que se dio en llamar
realismo sucio, y que no es más que una visión seca y directa, tremendamente reveladora, de la sociedad en que vivimos.

Olivier Adam, Pasar el invierno, Errata naturae, Madrid, 2008
Publicado en el diario Público el 24 de mayo de 2008

08 abril 2011

NYC

Qué tiene Nueva York que a todos nos fascina. Muchos, sin haber puesto jamás un pie en ella, sentimos que la conocemos íntimamente, y sospechamos que muchas de las esquinas de la ciudad deben parecerse mucho a las imágenes de ellas que hemos formado gracias a las fotografías, películas y novelas que hemos hecho nuestras. Nueva York vive dentro de cada uno de nosotros, más allá de que estemos sometidos a la presión cultural que se ejerce desde el país que la alberga. Algo así le sucedió a Pier Paolo Pasolini en los dos viajes que hizo a la Gran Manzana. Y con ese aire de turista entusiasta lo retrata David Sánchez, usando como modelo las fotografías del propio Pasolini que incluye el libro. En ellas se aprecia al visitante risueño, contento con lo que ve, que posa divertido por sentirse una pieza más de la ciudad en la que estaba inmerso antes incluso de haber puesto un pie allí. Un viajero alegre y desprejuiciado que no tiene empacho en comprar una pegatina para su maleta en la que dejar claro cuál ha sido la ciudad en la que ha estado de vista. Ese hallazgo de Sánchez en la cubierta nos habla del entusiasmo de Pasolini ante la capital de occidente. El mismo entusiasmo que dejó claro en la entrevista que le hizo la Fallaci cuando la adjetivó como "arrebatadora". Una pasión por la ciudad casi juvenil en los dos viajes que hizo a ella.
El primero, en 1966, de apenas diez días, le sirvió para tomar contacto con una ciudad que lo fascinó. El segundo sirvió como marco para una extensa entrevista que sirve como tronco de este libro. En ella se hace evidente que el creador italiano vio reflejados en NYC todas las tensiones que habían surgido en el planeta tras el final de la Segunda Guerra Mundial y que cristalizaron en la convulsa década de los sesenta de la sociedad norteamericana.
Pasolini contempló los anhelos de los idealistas jóvenes estadounidenses como un fiel reflejo de la actitud del primer cristianismo que tanto admiró y que intentó volcar en esa extraña cinta que es el Evangelio según San Mateo donde un ateo como él se permite diseccionar la figura humana del hijo de Dios. Esas contradicciones, que constituyen, sin duda, lo más seductor y rotundo de la obra de Pasolini afloran también en la transcripción de las palabras habladas en la entrevista y en su intenso texto sobre los conflictos que se viven en una sociedad en expansión y llena de vectores como la neoyorkina.
Pasolini trabajó en las calles y murió en las calles. Su trabajo estuvo siempre relacionado con lo que sucedía en el día a día, y su principal contribución al arte del siglo pasado fue demostrar que en cada uno de esos ambientes que la intelectualidad había aprendido a ignorar, a veces incluso despreciar, latía una luz más pura y candente que en cualquier biblioteca. En un mundo volcado a lo abstracto y los conceptos, supo acariciar la carne y demostrar que lo que no puede ser tocado carece de verdadero interés. Él demostró que la libertad es sólo válida cuando puede ser vivida y disfrutada. En estos tiempos que corren, donde la libertad es un documento con mero valor institucional pero que no tiene un valor comercial reconocido, por lo que no puede ser usado, hay que rescatar su visión del mundo.
Su visión de la ciudad que es el crisol de nuestra época y que, por eso, parece atraernos siempre a través de los años. Pocos libros se leen con la intensidad de este. Una delicia.
Pier Paolo Pasolini Nueva York Errata Naturae, Madrid, 2011
Traducción de Paula Caballero

19 marzo 2011

Espacios compartidos para el conocimiento


Los debates sobre leyes más o menos oportunistas pueden desviar la atención sobre la revolución que ha supuesto Internet para la creación artística. En todos los aspectos, pero sobre todo en su difusión. Dudo de que un libro como Mutaciones del cine contemporáneo hubiera podido existir antes de la explosión de la red. Y eso que, pese a que se edite ahora la traducción al español, la mayoría de los textos que lo componen están escritos en los primeros años del boom de la era Google. Pero la red ha redibujado el mapamundi de la creación contemporánea y, sobre todo, ha eliminado muchas de las barreras que restringían la circulación de películas de cinematografías exóticas para el espectador occidental. Con la mayoría de las salas gestionadas por las mismas distribuidoras que participan en la gestión de los grandes estudios, y teniendo que competir por tanto muchas cintas en el estrechísimo margen de las salas de arte y ensayo, tan sólo los que pueden desplazarse a los festivales tienen el acceso a una visión aproximada del cine que se está haciendo hoy en todo el mundo. De ahí la importancia de soportes como el dvd y el vídeo y, más todavía, de Internet. Muchas de las películas que hoy consumen los cinéfilos de nuevo cuño han sido colgadas en la web y subtituladas por aficionados que no obtienen más beneficio por ello que la satisfacción de contribuir a la expansión del saber. Son ellos, realmente, los que funcionan como garantes de la difusión de unas obras que, por no ser rentables en su distribución en salas o edición comercial, jamás podrían ser visionadas. Películas que se ven en la pantalla del televisor doméstico o en el mismo ordenador y que son el síntoma último de la mutación que vive el entorno cinematográfico. Un ministerio de Cultura consciente de su labor sabría que está más en deuda con esos internautas anónimos que con las grandes multinacionales del cine.
Más allá de toda polémica, en todo caso, el lector puede encontrar un saco de tesoros en este libro: el agudo prólogo de Portabella, el acercamiento a filmografías poco transitadas como la africana, la exaltación de algunos de los directores que pese a haberse convertido en una referencia fundamental para los cinéfilos y creadores del cine de hoy siguen siendo casi desconocidos para el gran público pese a su incuestionable calidad como Abbas Kiarostami, Tsai Ming-liang o Hou Hsiao-hsien, así como la revisión de la obra y recuperación de figuras que la nueva crítica ensalza como Cassavetes o Masumura, reflexiones en torno a la centralidad del cine, y por extensión la cultura, occidental aunque siga siendo quien decide la explotación comercial del cine en casi todo el planeta…
Con todo, lo más relevante es el medio. Los textos del volumen son fruto de conversaciones, ya sea escritas mediante envíos de cartas que van pasando de unas manos a otras para ser respondidas, comentadas, rebatidas y glosadas o bien encuentros físicos registrados en grabaciones que son luego transcritas. También muchos de ellos son el fruto de trabajos conjuntos. La autoría individual queda, por tanto, desdibujada de modo palpable. Es más, el libro parte de una primera correspondencia entre varios críticos y se cierra con otra que propone quien fuera tan sólo lector de la primera serie de intercambios epistolares. Textos escritos en varios idiomas que sirven, sobre todo, para hacer más patente el modo en que se genera hoy el pensamiento y la cultura: de modo común y abierto, horizontal y, en la mayoría de las ocasiones, no lucrativo. Ese modo de relacionarse condiciona, del mismo modo, un panorama distinto de la creación donde, por un lado, desaparecen ciertas jerarquías y al mismo tiempo se tambalean las escalas antes incuestionables que imponían las élites académicas. En ese sentido, además, este volumen enlaza con la serie de libros colectivos que han hecho de Errata Naturae una editorial paradigmática para entender cómo tienen lugar esos cambios en los modelos de difusión del pensamiento.
Giner de los Ríos, decía aquello de que “todo lo sabemos entre todos”, y precisamente si para algo ha llegado Internet es para tornar real esa idea, hacerla realidad, porque los conocimientos en la red o son compartidos o no son, ya que no encuentran eco. Otra cosa son las cuestiones de autoría y demás, aunque, todos sabemos que el saber que no se transmite es saber muerto, estancado e improductivo. Quizás este libro y el método de trabajo con el que ha cobrado forma sea la mejor enseñanza para muchos de los que ahora tanto hablan y tienen tan pocas ideas, compartidas o no.
Jonathan Rosenbaum/ Adrian Martin Mutaciones del cine contemporáneo Errata Naturae, Madrid, 2011
Este artículo se publicó en el ABC Cultural nº 989, del día 20 de marzo de 2011