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03 mayo 2012

Dos artículos sobre La maravillosa vida breve de Óscar Wao de Junot Diaz


Ganadora del premio Pulitzer y del premio de círculo de críticos estadounidenses, elegido como mejor libros del año por la revista Time y el New York Magazine, llega a las librerías la estupenda novela de Junot Díaz.

El autor
Junot Díaz (1968) ha tardado once años en escribir su novela. La espera ha merecido la pena. Las críticas recibidas por su libro de relatos, el inaugural Drown (Los Boys en la edición española), lo situaron como uno de los escritores más prometedores de su generación. Ahora confirma ser una figura de referencia tanto en la literatura anglosajona como en la hispana. Porque, y aquí es donde radica buena parte de la atención mediática lograda, es la primera vez que un libro abiertamente hispano en la temática y el lenguaje recibe este respaldo crítico.

En síntesis
Óscar Wao es un auténtico nerdo: dedicado a los juegos de rol, los cómics y los subgéneros literarios, gordo, tímido, es incapaz de entablar una conversación con una mujer, y eso le hace sentir que la vida se le está escapando entre los dedos sin poder hacer nada para remediarlo. Su energética hermana, su tenaz madre, su abuela, lo empujan a salir de su aislamiento, pero tan sólo al pasar un verano en la República Dominicana, la tierra de su familia, encontrará sentido a su vida.

Cita
"Escribió: ¡Así que esto es de lo que todo el mundo siempre está hablando! ¡Diablo! Si lo hubiera sabido. ¡La belleza! ¡La belleza!"

Comentario
Tan sólo el paso del tiempo confirmará la importancia de esta excelente y pionera novela en la Historia de la Literatura. Pionera por el uso de una lengua mestiza, que bebe de las tradiciones anglosajonas e hispanas para generar un nuevo lenguaje lleno de expresiones insólitas y especialmente expresivas, como nerdo, fukú, fokin, etc. La excelente traducción de Achy Obejas, que respeta al máximo esa particular mezcla, hace que la lectura de esta novela sea un verdadero deleite.
Pero, más allá del estilo, otras de las novedades es establecer un nuevo marco de referencias que imposibilitará a buena parte de la crítica académica la plena comprensión de este libro. Además de la revisión histórica –de la dictadura de Trujillo y de la inmigración dominicana a los Estados Unidos-, y de las numerosas referencias culturales que integra en su discurso –conviene no olvidar que tanto el narrador, Junior, como el protagonista, Óscar Wao, se conocen porque ambos participan en un taller de escritura universitario-, lo más innovador del libro es la utilización de una serie de referencias despreciadas por la élite intelectual durante muchos años pero que son, en sí, el verdadero sustrato en el que se ha formado toda una generación de artistas norteamericanos y, por extensión, de todo el mundo. Cómics, juegos de rol, novelas de fantasía, se ven en esta novela situados en el mismo plano que Vargas Llosa o Conrad, con criterio y acierto, por descontado, y eso supone una interesante revisión del escalafón cultural. Y, aún así, lo que encontrará el lector por encima de todo esto es una historia arrebatadora, profundamente esperanzadora sobre la condición humana y la capacidad de convertirnos en héroes por la fuerza del amor.

Junot Díaz, La maravillosa vida breve de Óscar Wao, Mondadori, Barcelona, 2008
Publicado en el diario Público el 31 de mayo de 2008



Las claves de Óscar Wao

Cómics
La novela de Díaz se abre con una cita extraída de la época clásica de Los cuatro fantásticos, en la que Stan Lee se pregunta que le importan las vidas anónimas y breves de los humanos al devorador de mundos: Galactus. Y se cierra, casi, con una cita de Watchmen, el sofisticado tebeo de superhéroes de Alan Moore en la que Doctor Manhattan le dice a Veidt que “Nada nunca termina”. Lejos de un antojo, es una buena muestra del reciclaje de cultura tradicionalmente despreciada como menor. Pero es la que ha formado a Wao y a Yunior, el narrador de la historia. Aunque conviene no dejar a un lado que termina con una magnífica y esperanzadora por inversa cita de Conrad: “¡La belleza! ¡La belleza!”

Fantasía
Junot Díaz ha declarado que fue la lectura de un ensayo de Tolkien la que le dio el tono para la novela que quería escribir, y que al construir a Óscar Wao pensaba no sólo en un Wilde pronunciado con acento dominicano, sino en un hobbit, en alguien tan extraño al que se le terminase cogiendo cariño. Pero es que, además, el mayor deseo de Óscar es convertirse en el primer, y mayor, novelista de fantasía del Caribe, el Stephen King dominicano, y a la escritura de esas novelas dedica buena parte de sus esfuerzos además de a rondar a las mujeres que le ignoran siempre. Wao se redime cuando es capaz de encontrar en la realidad su propia novela, y vengar así a su familia.

Rol
Si lee cómics y fantasy, debe ser un freak, o un nerd. Pero lo es más que nadie. Incluso sus amigos de partidas lo ven como alguien excesivamente raro, por eso ellos ligan, aunque sea con chicas raras, y él no. Pero, esa idea de jugar a ser un héroe terminará siendo su único entrenamiento cuando le toca serlo de verdad en la República Dominicana. No es sólo su modo de moverse por el mundo, también es su modo de entenderlo, la gente no se queda impactada, sino que recibe ciento diez puntos de daño, la vida es una partida de rol donde cada uno interpreta a su personaje.

Diccionario
Cel: Celular, teléfono móvil
Domos: Modo coloquial de aludir a los dominicanos.
Fly bachatero: Artista dedicado a la bachata y resto de ritmos caribeños que triunfan en todo el mundo.
Fokin: Transcripción fonética de fucking. Significa jodido o maldito.
Fukú: Surge de la expresión fuck you. Maldición que afecta a los miembros de la familia de Óscar, pero también a todos los que violentan la isla dominicana. El primer afectado por el fukú fue Colón.
Jevas: Chicas
Jonronero: Nacida del término beisbolístico home run. En principio se usa para las estrellas que despuntan como bateadores en ese deporte, por extensión se usa para hablar de alguien especialmente bello o interesante que llama la atención allá por donde va.
Loser: Perdedor. Aplicado sobre todo en lo social.
Nerd/nerdo: Tipo raro, extraño, que se pasa el día devorando subcultura y suele ser tener una inteligencia analítica muy desarrollada pero nulas habilidades sociales. El parecido de la palabra con lerdo es evidente.
No-toto-itis: Toto es la entrepierna femenina. Por lo tanto es evidente que se trata de unas ganas irrefrenables de practicar sexo.
Pariguayo: De la expresión party watcher, aquel que va a las fiestas a mirar o que las ve desde fuera porque no sabe bailar o no tiene con quién. Óscar es un pariguayo a su pesar.
Portorros: Modo coloquial de aludir a los puertorriqueños.
Requetefokin: Aumentativo. Muchísimo.
Yuan: Moneda china. Usada en expresiones del tipo: no me queda un yuan.
Zafa: Hechizo de protección contra el fukú, es lo que te “zafa” del fukú. La novela es la zafa de Yúnior.
Publicado en Público el 11 de junio de 2008  

03 abril 2012

Los limites de lo ficcional

Con la llegada del nuevo siglo -y fue hace ya doce años, cómo pasa el tiempo- se ha venido produciendo una explosión dentro del restringido mundo libresco -el formado por autores, editores, periodistas, críticos y académicos que terminan formando un círculo más restringido e intrascendente del que nos gusta reconocer- de la narrativa de no ficción. Se habla muy a menudo de la crónica y géneros periodísticos afines, y se han acuñado nuevos términos bastante similares a los nombres de productos comerciales o sus eslóganes que, en definitiva, no hacen sino evidenciar lo peregrino y superficial de muchos de esos acercamientos. En lo tocante a la narrativa que se nutre de material autobiográfico del propio autor estamos llegando a presenciar, leer, cosas verdaderamente estrambóticas. La última que leí es la de que el pensamiento es autobiográfico. Bueno, supongo que es una novedad que ignoraron, pobrecitos, Platón, Marco Aurelio, San Agustín, Pascal, Montaigne, etc. Todos autores siempre citados a la hora de hablar de textos con componente autobiográfico, todos autores entregados más al pensamiento que a la narrativa. Está bien que cada cuatro días alguien descubra mediterráneos.
Lo que sí que está sucediendo de modo cada vez más patente dentro de esa élite literaria es que se desdibujan las barreras entre ficción y no ficción. Algo también muy novedoso y poco o nada leído: Proust lo hizo en su novela río, sin ir más lejos. Por eso los textos que se entienden, quizás se conciben incluso, como autobiográficos parecen estar atravesados por hechos no verificables cuando no decididamente fantasiosos que los acercan a la ficción, de ahí esa etiqueta llamada autoficción, tan antojadiza e imprecisa como muchas otras. Algo parecido sucede con proyectos que nacen dentro del terreno de la ficción pero, muy pronto, comienzan a mostrar huellas biográficas en las que se reconoce rápidamente a sus autores. Es un juego tan antiguo como la novela moderna, que nace con el Lazarillo y el Quijote, y que precisamente se construye identitariamente en esa fricción entre fantasía y realidad, que la separa tajantemente de las muestra narrativas anteriores.
Dentro de ese grupo de textos mestizos, en los que uno puede reconocer sin especial esfuerzo las marcas que denotan la sinceridad más desarman, y que al mismo tiempo son atravesados por la ficción, incluso por asuntos delirantes y fantásticos, destaca por derecho propio Mario Levrero. Una de sus constantes fue el uso de narradores en primera persona, siempre con obsesiones muy cercanas a las suyas. Tanto es así que, aunque en sus primeras novelas y cuentos el narrador aparecía tan desdibujado y las tramas eran tan alejadas de una mirada realista que convierten en una labor muy subjetiva hablar de marcas autobiográficas, los libros que publicó en sus últimos años de vida, e incluso tras su muerte como sucede con La novela luminosa, van siendo cada vez más cercanos a esos géneros autobiográficos ya aludidos. En caso de su novela póstuma, de El discurso vacío y de Diario de un canalla, por ejemplo, los textos pueden ser considerados reales, y por lo tanto documentos, sin problema. No pasa nada fuera de lo normal y tan sólo las obsesiones del narrador, muy cercanas a las del propio Levrero, se salen de ese discurso que adjetivamos, abusivamente, como realista. El hecho de haber conocido a muchos de los personajes o los escenarios de esos textos, como me ha sucedido a mí, hace que la consistencia de esos textos sea mucho más real, más palpable dentro del mundo tangible.
Por eso me resulta muy interesante el caso de El alma de Gardel. Publicada el mismo año que El discurso vacío, ha sufrido, quizás, en la comparación ante una obra maestra de ese calibre. Es algo similar a lo sucedido en España cuando se lanzaron al mismo tiempo El discurso vacío y Dejen todo en mis manos. La extraña novela negra vuelta del revés de Levrero palidecía en comparación con esa pieza fértil y única que es El discurso.
El asunto es que El alma de Gardel, como muchos de los textos de la última época de Levrero, está montado como un diario. Son fragmentos, escenas, donde uno reconoce tanto el tono como los temas de un diario donde se da fe de los hechos cotidianos. Funcionan del mismo modo, por acumulación, sin un avance reconocible de una trama que, en realidad, no existe y que construye el lector necesitado de armar una excusa argumental que sirva de eje para el libro. Levrero supo ver que la novela no requiere una trama, que se trata de una construcción fantasmática que nuestro propio cerebro construye sobre el material disponible. Hagan la prueba de ver, aleatoriamente, una serie de imágenes, verán que no tardan en hilvanarlas argumentalmente. Esa necesidad de relacionar, de establecer causas, es la que da sentido a nuestros días, que no son más que una sucesión de hechos independientes. Levrero terminó construyendo así sus libros, su unidad viene dada por el tono, similar en la expresión y en la mirada con que se asimila la realidad.
La particularidad de El alma de Gardel es que hay elementos que atraviesan esa sucesión de hechos reales y asumibles para trasladar al terreno de lo fantástico la narración. Y son, al mismo tiempo, los que atan, dan forma, a esos materiales. Paradójicamente, son los ingredientes menos verosímiles los que facilitan la adscripción del texto a un género u otro. Como si lo ficciones fuera lo que hace más real, asumible, el producto. Esa paradoja es la que hace doblemente interesante al libro, porque obliga a repensar de qué está hecha la ficción, que esperamos encontrar en un libro de no ficción y, por extensión, dónde colocar los límites entre ambas posibilidades. Levrero deja claro, a través de libros como este que donde cada uno desee.
Mario Levrero El alma de Gardel Mondadori Argentina, Buenos Aires, 2011
Fotografía del archivo familiar de los Levrero-Hoppe

18 enero 2011

Narrativa y publicidad



De vez en cuando retorna el debate sobre la publicidad y la narrativa. Es mucho más habitual en las películas que en la narrativa, pero conviene no olvidar que está también en las páginas que leemos. El vídeo que acompaña este post ha sido modificado para convertirse en un anuncio, pero las imágenes que han montado son las de la película.
Unas imágenes que respetan, escrupulosamente, la narración de Cormac McCarthy, como puede verse en el fragmento del libro al que corresponde la escena:
A las afueras de la ciudad llegaron a un supermercado. Varios coches viejos en un aparcamiento sembrado de desperdicios. Dejaron allí el carrito y recorrieron los sucios pasillos. En la sección de alimentación encontraron en el fondo de los cajones unas cuantas judías verdes y lo que parecían haber sido albaricoques, convertidos desde hacía tiempo en arrugadas efigies de sí mismos. El chico le seguía. Salieron por la puerta de atrás de la tienda. En el callejón unos cuantos carritos, todos muy oxidados. Volvieron a pasar por la tienda buscando otro carrito pero no había ninguno más. Junto a la puerta había dos máquinas de refrescos que alguien había volcado y abierto con una palanca. Monedas esparcidas por la ceniza del suelo. Se sentó y paseó la mano por las tripas de las máquinas y en la segunda palpó un cilindro frío de metal. Retiró lentamente la mano y vio que era una Coca-Cola.
¿Qué es, papá?
Una chuchería. Para ti.
¿Qué es?
Ven. Siéntate.
Aflojó las correas de la mochila del chico y dejó la mochila en el suelo detrás de él y metió la uña del pulgar bajo el gancho de aluminio en la parte superior de la lata y la abrió. Acercó la nariz al discreto burbujeo que salía de la lata y luego se la pasó al chico. Toma, dijo.
El chico cogió la lata. Tiene burbujas, dijo.
Bebe.
El chico miró a su padre y luego inclinó la lata para beber. Se quedó allí sentado pensando en ello. Está muy rico, dijo.
Así es.
Toma un poco, papá.
Quiero que te la bebas tú.
Solo un poco.
Cogió la lata y dio un sorbo y se la devolvió. Bebe tú, dijo.
Quedémonos aquí sentados un rato.
Es porque nunca más volveré a beber otra, ¿verdad?
Nunca más es mucho tiempo.
Vale, dijo el chico.
Cuando leo estas líneas no dejo de pensar en el enorme impacto mediático que tuvo esta novela gracias a ser escogida dentro del club de lectura del show televisivo de Oprah Winfrey. Y la posterior entrevista que concedió, para sorpresa de casi todo el mundo, el esquivo McCarthy.
Y sospecho, creo, infiero, que quizás estas líneas tuvieron mucho que ver en el apoyo publicitario que recibió el libro. Y medito, también, sobre en qué medida esas líneas son un reflejo de una sociedad volcada al consumo y cuyos mecanismos de promoción se han filtrado a todos los aspectos de la vida social o si había una sombra de ironía en ellas. Entonces pienso en que McCarthy tiene muchos méritos, pero el de la ironía no ha sido nunca uno de ellos.

08 diciembre 2010

Dejar la gaseosa sin cerrar


Cuando, hace unos años, La Cúpula publicó en España Como un guante de seda forjado en hierro, la existencia de un historietista como Daniel Clowes supuso un revulsivo enorme para el medio. En sus viñetas latía el verdadero horror y uno no podía, aunque en realidad fuera lo único que deseara, apartar los ojos de las páginas de ese cómic. En realidad se trataba de la unificación en un solo volumen de los primeros números de Eightball, una revista que se vio obligado a crear el propio Clowes para dar a conocer sus obsesiones transformadas en viñetas. Ahora, pasados los años, resulta cuanto menos intrigante saber qué ha pasado por la vida de Clowes para que se haya desbravado tanto su genio en el mediocre Wilson que se acaba de dar a conocer en castellano.
Lo primero que llama la atención de este último trabajo es que, se supone, es el primero que ha sido concebido como álbum. No es la recopilación de diversas entregas de su revista. Y si llama la atención es porque, donde estábamos acostumbrados a una sorprendente unidad, que hacía más indispensables las recopilaciones que las entregas periódicas para entender cabalmente la narrativa de Clowes. Pero, primera sorpresa, siendo como es un álbum concebido de manera global, es el más fragmentario de todos sus trabajos. Cada plancha es independiente y, aunque es a través de todas que se puede seguir la particular trayectoria de Wilson a la búsqueda de un amor de juventud y una hija cuya existencia era desconocida para él, cada una está montada como si se tratase de la plancha dominical de una tira de prensa. Se podría pensar que Clowes ha jugado a subvertir la idea primigenia del álbum y, donde todos habrían esperado una historia que usara la total libertad que ofrece el álbum, él ha preferido el doble reto de contar la historia de modo fragmentado, tratando cada plancha de modo singular.
Y aquí llega la segunda sorpresa. Si algo había caracterizado el estilo de Clowes era sus dibujos angustiosos y alucinados -que lo acercan al otro gran raro del cómic reciente yanqui: Charles Burns-, pero en Wilson, prefiere rebajar un poco ese estilo expresionista y hacerlo sencillamente grotesco y, en algunas planchas, caricaturesco, acercándolo mucho al cartoon de tira cómica más clásico. Podría haber funcionado en el caso de que se hubiera encargado de adecuar la elección de cada cambio de registro estético a una temática determinada. O sea, haber mostrado un estilo aparentemente más ingenuo para tratar unas cosas y el más realista para otras. Pero no, a medida que avanza la lectura del álbum uno se va convenciendo de que haber realizado la plancha de un modo u otro obedece más al azar que a ninguna otra razón, lo que echa a perder la idea de que hubiera una reflexión sosegada sobre el por qué de la elección entre las diversas posibilidades que baraja Clowes.

Resumiendo, que donde el lector acostumbrado a las inquietantes historias de Clowes, que penetraban en los temores más ocultos de la esencia humana, o que trataban de modo sutil pero siempre atinado las más desconcertantes brechas de las relaciones sociales, se encuentra en Wilson con la más ligera y descentrada de las narraciones de su autor. La más superficial y efímera de ellas, lo que convierte este álbum en el más prescindible de su autor y, por extensión, en la peor puerta de entrada a su obra. Esperemos que se trate tan sólo de un bache. Un bache en una trayectoria, no hay que olvidarlo nunca, excepcional, y que no queda empañada por este trabajo.
Daniel Clowes, Wilson, Mondadori, Barcelona, 2010 ISBN: 978-84-397-2359-2

15 febrero 2010

Apretarse el cinturón

Uno de los reclamos más habituales dentro de la promoción de un libro es la faja promocional. Todos las hemos visto, pero muy pocos nos fijamos en ellas. Normalmente son ese añadido que se hace a los libros después de que se hayan impreso para llamar la atención del hipotético comprador. Las fajas comenzaron a utilizarse cuando caía un premio, o muy buenas críticas, y todavía muchos libros de la edición en el almacén. Si se imprimiera una segunda edición es más económico, y práctico, introducir esa información en la portada. No, las fajas se hacen por economía, para aprovechar esos ejemplares que no se han vendido aprovechando nuevos reclamos. Como siempre hay excepciones, de un tiempo a esta parte las fajas han comenzado a tener una nueva motivación, que es la de introducir información sin alterar el diseño de portada. Esto sucede, ante todo, en las editoriales más cuidadosas con el aspecto de sus libros, y es, en líneas generales, algo que se ha importado de la edición francesa. Cualquier que se haya dado una vuelta por las librerías galas habrá comprobado lo sobrias y elegantes que son las cubiertas de los libro francesas -los del departamento de marketing las denominan aburridas-, y se habrá fijado en que las novedades aparecen siempre engalanadas por una faja en la que aparece la foto del autor o algún comentario, que no pueden aparecer dentro del rígido diseño de la colección. Tanto es así que en Francia uno sabe si el autor tiene algo de prestigio o no dependiendo de si se pone a la venta con una faja con su fotografía en ella. Algunos editores españoles han importado ese mismo método de dar información sin violentar el aspecto de sus libros. Es el caso de Periférica, donde gracias a las fajas promocionales se han visto en las librerías los rostros de Fogwill, Yuri Herrera, Valerie Mréjen, etc.
O sea, que más que para contener, las fajas se usan para engalanar, de ahí que quizás fuera más lógico y práctico llamarlos fajines promocionales, porque de ese modo el nombre respetaría el aire de gala de los fajines que acompañan a los frac y esmóquin.
Vamos a ver, pues, un catálogo de esas fajas, escogidas de un vistazo rápido en mi biblioteca.
Esta es una fotografía -movida, por cierto, qué le vamos a hacer-, de una de las sorpresas de la temporada: La novela Fin de David Monteagudo. No voy a hacer comentario alguno sobre el texto en sí, porque aún no he leído el libro. Tan sólo contemplo el éxito del boca a boca, la jubilosa recepción de la crítica y el hecho de que el tipo me cae más o menos bien. Yo me alegro de que a la gente le vaya bien, como dice Fernández Mallo, y que un tipo pueda dejar una fábrica de cartonajes para vivir de escribir me parecerá, siempre, bien.
Pues bien, la faja o fajín, es prototípico. Se mantiene la cubierta de la edición original, con el distintivo diseño de la colección, y se añade una gruesa faja llena de citas elogiosas con el libro. Por supuesto, viviendo como vivimos en la dictadura del número, es más importante, y por eso aparece lo primero y de forma destacada, el hecho de que se haya tenido que hacer ya una segunda impresión del libro por lo nutrido de las ventas. Bien, en Acantilado hacen un uso habitual y ya conocido del recurso de la faja promocional. Pero vamos a ir analizando otras posibilidades que conviene conocer.
Un modelo más o menos reciente es el que ha convertido la faja en una medalla, una corbata o no sabemos muy bien qué. En algunos casos, por ejemplo, estas fajas sirven para actualizar una edición. No tengo en mi casa ejemplares de La carretera, de Cormac McCarthy, donde Mondadori ha aprovechado el tirón de la película para colocar una generosísima cinta que reproduce el cartel de la película basada en el libro que se acaba de estrenar. No vende tanto el escurridizo escritor como para que no haya ejemplares en el almacén de la edición en trade que no se puedan colocar. Algo parecido a esa cinta ancha que parece cambiar la cubierta por entero se dio cuando se estrenó Desgracia, basada en la estupenda novela del excepcional escritor Coetzee -creo que se nota que me gusta más Coetzee que McCarthy. Bueno, eso son más ingeniosos "retapados" que otra cosa.
Cintas, lo que se dice cintas, son las que, por ejemplo, acompañan algunos libros de Salto de Página. El moderno diseño permite juegos de este tipo. Son, además, cintas que aguantan mucho más que las clásicas fajas, ya que se enganchan a la cubierta del libro y no rodean el ejemplar, y permiten dar al libro un aire más moderno. Por ejemplo, en el caso ilustrativo la nómina de autores presentes en esta antología de relatos fantásticos. Un modo llamativo y novedoso de reclamar la atención del lector. Cada vez se ven más estas medallas -a mí me recuerdan a las medallas de los uniformes o a las cintas de la tuna-, y parece ser que son, ya, una tendencia.
A veces las fajas son una complicación. Al diseñar el libro uno se ha dado cuenta de que hay mucha información que debe aparecer en la cubierta. Autores, título, editores e incluso, como en este caso, varios títulos. Por otro lado, si uno ha escogido una imagen atractiva, conviene que la faja no la tape. Pero aún así uno tiene una cita que servirá como irrebatible argumento de venta para un libro de difícil salida. Bueno, con una situación así las opciones se hacen muy estrechas. De ahí que no sea muy criticable, aunque sí llamativo, el ejemplo de Sexto Piso y la faja del libro Especímenes del folclore bosquimano.
La faja es tan estrecha que uno casi pensaría que es un cinturón, o uno de esos cordones que se usaban antes en los pueblos para ceñirse los pantalones a la cintura. Tan estrecha es la faja, la fajilla, que fijándose, casi parece estrangular el libro, como esos cinturones que pretenden reducir una o dos tallas respecto de la que necesita el usuario. Lo curioso es que es, exactamente, la misma cita que cierra el texto de contracubierta del libro. O sea, que ya estaba allí, pero es bien cierto que muchos compradores no llegan, tan siquiera, a levantar el libro de la mesa de novedades. El mundo de los libros es cruel como el de la cirugía estética moderna, y muchas veces nadie mira el trasero, será por eso que hay muchas más operaciones de pecho que de glúteos.
Con todo, la faja puede ser un elemento más del diseño del libro. ¿Por qué no llamar la atención con la faja pero integrándola dentro del concepto del libro? Algo así debieron pensar en la editorial Sudamericana cuando se lanzaron a editar la segunda de las antologías temáticas de nuevos narradores argentinos que compiló Diego Grillo Trubba. Escribir sobre casos policiales en un mundo donde la serie más vista de televisión es CSI obliga casi a adaptarse al imaginario colectivo de la época. ¿Qué nos dice hoy que se ha producido un crimen? La cinta que impide el paso a la escena del crimen. Lo mejor es, por lo tanto, proteger el libro con una de esas llamativas cintas. El mensaje es claro, directo y queda, a qué mentirnos, muy bien. Quizás por eso la idea la han copiado ya en varias ocasiones. De todos modos en el mundo del diseño no hay plagios, hay tendencias, por eso lo mejor que le puede pasar a uno es "crear tendencia". Resumiendo: Uno, seguro que a los de Mondadori Argentina tampoco fue a los que se les ocurrió la idea. Dos, da igual, queda bien.
Hay tantas posibilidades como cada uno quiera explorar. Pero este repaso, conviene no engañarse, se ha construido siguiendo el modelo que Cortázar intuía que seguía Edgar Allan Poe para cada uno de sus cuentos: quiere llegar a un destino, que es el de la mejor faja que a día de hoy uno ha visto.
La editorial Blackie Books ha editado justo antes de que terminase el año el libro Cosas que los nietos deberían saber. Se trata de un libro de Mark Oliver Everett, el extravagante líder de la banda Eels, que es homónimo del último tema del disco Blinking Lights and Others Revelations.
El libro llegó en un precioso sobre transparente. Y cuando lo abro tengo en mis manos el libro tal y como aparece en la foto, con una llamativa faja abrazando el libro.
Pero a poco que uno comience a manipular el libro se da cuenta de la calidad del papel empleado en la faja, y del grosor del mismo. Además de lo cuidado del diseño de la misma, que sigue la estética del penúltimo disco de Eels, Hombre Lobo. Un diseño que, como reconocerá cualquier persona atenta, es un homenaje-variación del de las cajas de Cohibas, la marca de puros y cogarros cubanos.
Al tocar la faja uno comprueba el grosor de la misma y que parece estar convenientemente plegada. Así que no la despliega y se va encontrando con el hecho de que la faja parece tener, también, información.
Concretamente, a medida que uno la va desplegando, ya totalmente ajena al libro. Contempla que está llena de datos. Por ejemplo, la biografía del autor del libro, e información de su labor como compositor.
Incluso, como puede apreciarse en el detalle, se reproducen todas las portadas de los discos de la banda, incluso el último, End of times, que se ha puesto a la venta con posterioridad al libro. También el ya mencionado Hombre Lobo, que imita una cajetilla de Cohibas. O Blinking Lights..., donde está la canción que tiene el mismo nombre que el libro, y demás discos que han cimentado el prestigio de Eels como banda independiente.
Pero lo más sorprendente viene al darle la vuelta a la faja, ya desplegada y extendida, y darse cuenta de que en el reverso hay una estupenda imagen del propio Everett con su perro. Un póster singular que el fanático de la banda apreciará y que pone el colofón a un llamativo y cuidado diseño.
Así pues, teniendo en cuenta que hay tantas fajas promocionales como editores, y que para gustos los colores, uno se atreve a lanzar a los cuatro vientos la idea de que esta es la mejor faja promocional que jamás ha visto. Y que, desde luego, abre posibilidades a los diseñadores. Aunque estamos en una época que parece invitar a apretarse el cinturón, o la faja, desde luego merece la pena tener esta singular y única edición en casa.
A mí, al menos, me encanta.

05 febrero 2010

Distintos niveles de lectura

UNO. El poder del perro es, sin duda, una de las novelas más entretenidas que se pueden encontrar hoy. Reúne todo lo que el lector que busca pasar un buen rato quiere encontrar: tramas vertiginosas, relacionadas con algún tipo de noticia o asunto de máxima actualidad, y un sinfín de personajes con los que disfrutar. Además, tiene un montón de páginas, más de setecientas, por lo que se rentabiliza a lo largo de muchos viajes en transporte público la compra del libro, y, por si fuera poco, al ser tan extenso, cuando se concluye la lectura de la novela uno tiene la sensación de logro, de haber sido capaz de vencer a un verdadero centón de páginas. El que haya tenido el libro entre las manos habrá comprobado que tanto la cubierta como la contracubierta están llenas de citas que evidencian la admiración que diversos medios de comunicación y autores de serie negra de prestigio sienten por el libro. Dentro hay todo lo que debe tener un buen thriller: sangre, riesgo y amor, venganzas, odios y compasión, y acción, muchísima acción. No es de extrañar que el boca a boca haya ido funcionando y que la novela ande ya por su quinta o sexta edición, pese a que no haya tenido mucho eco mediático. Es una de esas novelas que se va abriendo paso no por las campañas publicitarias -no ha tenido tratamiento singular dentro de la producción de la editorial- sino por su calidad. Es, exactamente eso, un best seller de calidad, de esos que cada día abundan menos. En fin, como la mejor muestra es un botón, aquí puede encontrar el primer capítulo del libro. Eso sí, como dicen en los anunciones de medicamentos: Las autoridades críticas advierten que puede provocar adicción. Si a usted le gusta el cine y las novelas con muertos y tiros bien pensadas y estructuradas, lea este libro.

DOS. El poder del perro es un ejemplo perfecto de la literatura que viene. Para bien o para mal. Para bien en el sentido de que cumple con ciertas preceptivas que se han convertido en tópicos dentro de este siglo que está ya, algo andado. Por un lado la aparición de referencias reales. Los personajes están basado en figuras conocidas. Todo hace pensar que Ramón y Benjamín Arellano Félix han sido una de las referencias fundamentales en la construcción de la novela. La informació que ha llegado a recopilar Winslow es ingente, y se ve, antes o después, reflejada en el libro. El amplio recorrido histórico que abarca el libro, más de veinticinco años de historia, demuestra lo ambicioso del proyecto. Escribir no LA novela sobre el Narco mexicano -porque si hay algo que los autores de este siglo ya han aprendido es a renunciar al afán de la novela total-, sino una novela que no pueda ser atacada como un producto ficcional. O, lo que es lo mismo, participa de la cada vez más frecuente tendencia a sustituir como valor fundamental de la narrativa de ficción lo verosímil por lo verificable. O, lo que viene a ser lo mismo, que no importa tanto construir una ficción que se presente ante el lector como "algo que podría ser real", como introducir elementos reales en la narración de tal modo que dote a la ficción de credibilidad. Esa intención era la que perseguía el realismo literario, el de Flaubert: suplantar la realidad, no imitarla. Parece ser que la narrativa actual ha abandonado esos objetivos para caer en la más primitiva mirada de Stendhal, la de ser mero reflejo de la vida. Y eso sucede en la mayoría de los libros que hay en las mesas de novedades. Para bien, o para mal.
Por otro lado es hija de una cultura televisiva. Y de una televisión que todavía no había disfrutado de la HBO y su legado. La prosa de Winslow se vertebra como vehículo y no como objetivo. A Winslow no le interesa el discurso. No quiere decir esto que escriba mal, sino que su estilo es "eficaz". Creo que la eficacia es, sin duda, uno de los cánceres de la sociedad que nos ha tocado vivir. Lo de que una narración sea eficaz viene a querer decir que cumple bien un objetivo que casa mal con la inutilidad esencial de la literatura. Precisamente lo que hace grandes a las novelas es su falta de utilidad, su intención no instrumental. Eficiente es una máquina, eficiente es una empresa, pero no sé cómo puede ser eficiente el arte. El arte conmueve, el arte educa, el arte aporta información del mundo, el arte puede, incluso, entretener, aunque no sea ese su objetivo primero. El arte es algo que se vive, no que se usa. Lo que es muy complicado es vivir en un mundo intangible, nebuloso, lleno de ideas y escaso de realidades. Un mundo vago, un mundo educado en las pantallas de 20 pulgadas que nuestros padres compraron con su esfuerzo y que ha evolucionado a las pantallas de cuatro pulgadas de youtube. El estilo de Winslow es desvaído, con descripciones que parece resúmenes de un programa televisivo, con constantes descuidos y repeticiones estilísticos. Es una novela correcta, que comunica, pero que revela un total desinterés por el discurso. No hay pensamiento, meditación sobre la palabra. Pesa más la historia que el soporte de la misma, como sucede cada vez más en la narrativa que podemos encontrar en las mesas de novedades. Para bien o para mal.

TRES. Si hay un lugar en el mundo que, hoy en día, sirva como sinécdoque del mundo que nos ha tocado vivir, ese lugar es la frontera entre México y los Estados Unidos. Esa frontera fantasma, que el TLCAN disolvió tan sólo para las mercancías, pero no para las personas, y en particular los núcleos urbanos formados por El Paso/Ciudad Juárez y San Diego/Tijuana (ubico el orden siguiendo el criterio Norte/Sur, no por ninguna otra cuestión), son un ejemplo de mestizaje e intercambio que sólo de modo superficial puede ser controlado por las autoridades. Y en buena medida, el crecimiento de esos núcleos, de esas extrañas conurbaciones, tiene su origen en la existencia de la frontera y de las prohibiciones. Sin aduana y con drogas legalizadas no existirían, y no tendrían el altísimo índice de delitos que se da en ambas, sobre todo en el lado mexicano de la frontera. El poder del perro resulta especialmente interesante por el retrato de una de las industrias más rentables del mundo, la que quizás ejemplariza de mejor modo ese capitalismo líquido que Baumen nos presentó: la del narcotráfico. El narco no tiene sedes, consiste en el movimiento de mercancías y capitales, tiene unos beneficios enormes, traspasa fronteras, etc. Lo que deja muy claro la investigación de Winslow, que luego es vertida en el libro, es que las cátedras de las facultades de Economía deberían estar ocupadas por los descendientes de los ganaderos del Norte de México. La evolución de su economía, su visión del mundo, los hace verdaderos campeones de la economía ultraliberal en la que nos movemos, verdaderos paladines del beneficio. Y ahí es donde más interesante resulta el libro de Winslow, en las impagables clases de economía global que ofrece. Algunos leerán este libro por divertirse, otros pensarán que es literatura, pero no se engañen, es un manual de economía para el siglo XXI. Y sino, al tiempo.

Autor: Don Winslow
Título: El poder del perro
Editorial: Mondadori, Barcelona, 2009

La fotografía del crimen es de Sergio Ortiz

01 febrero 2009

Novelas al límite

UNO. En breve, aparecerán reunidas en un solo volumen de bolsillo –quizás va llegando la hora de cambiarle el nombre y hablar más bien de “edición económica”, ya que la mayoría de las ediciones de bolsillo no caben en bolsillo alguno-, tres novelas de Damián Tabarovsky: Bingo, Kafka de vacaciones y Las hernias. Esto se producirá en Argentina y esperemos que no tarden mucho en ser publicados también en España, donde se editarían por primera vez, –y, por el bien de los lectores, en todos los países de habla hispana-. Las dos primeras fueron publicadas por la excelente editorial rosarina Beatriz Viterbo, y la tercera del volumen apareció bajo la singladura de Sudamericana/Mondadori. Reunir en un solo volumen estas tres novelas resulta especialmente interesante para comprender la evolución que, durante la escritura de las mismas, tuvo lugar en la narrativa de Tabarosky.

DOS. Bingo se editó en 1997, apenas un año más tarde que la anterior, Coney Island, y en buena medida se podría entender como una profundización en esa línea narrativa. Lo de menos en estas novelas es el asunto, la trama, sino la existencia en sí de la historia que sirve apenas como una excusa para existir. En el caso de Bingo presenciamos la deriva de una mujer que ha sido abandonada por su marido y que se lanza a la calle sin más razón que la de caminar, la de no pensar. Y, sin embargo, toda la novela está montada sobre ese pensamiento y el deambular que le sirve como marco hasta que llega al bingo que da título a la narración. La novela abarca esa continua digresión en ochenta páginas por las que el lector se desplaza con total y absoluta comodidad, porque, al contrario de lo que se suele pensar sobre esas novelas que “sin argumento”, a Tabarovsky no le interesa lograr un texto bello, una prosa tersa, todas esas cosas que tanto preocupan a los catedráticos y críticos necesitados de justificar su estatus de intérpretes de esas herméticas palabras para el vulgo. No, Tabarovsky no busca ni entregar sentido a través de sus novelas, ni lograr un texto precioso que sirva como modelo de bellas letras. No, Tabarovsky busca en esta novela entregar un pedazo de realidad, de vida, algo que el lector puede compartir con la protagonista en tanto transcurre la lectura pero que no tiene el por qué comprender. Como sucede, muchas veces, con la vida. No comprendemos, no terminamos de encontrar sentido para nuestra vida, no digamos ya para la de los que nos rodean. Desde esa base, Tabarovsky construye una narración de inusual fuerza, en la que el lector se sumerge sin dudar y en de la que conoce hasta dónde llega y por dónde discurre, pero no por qué existe ni qué se quiere transmitir con ella. Lejos de la idea de hermetismo que sobrevuela sobre las intenciones del autor, Bingo se abre con total franqueza ante el que quiere contemplar la peripecia de la protagonista, pero no se explica nunca.
Tan sólo en un par de momentos el narrador parece entregar al lector una pista, una clave, para comprender la ubicación estética del autor: cuando habla de que “lo banal” es la decisión más difícil de seguir, la elección más complicada. Parece que la ausencia de sentido se escapa, que de algún modo nos vemos obligados, como lectores y como autores, a encontrar un sentido, a interpretar dentro de la lógica –con sus hermanos “causalidad” y “sentido” de la mano- todo texto. Bingo tan sólo existe mientras el lector transita por sus páginas, mientras comparte ese peregrinaje sin sentido, sin explicaciones, de la protagonista.

TRES. Todo esto se lleva al extremo en la novela que publicó al año siguiente: Kafka de vacaciones. Se extrema la concisión, ya que la novela son apenas treinta páginas de generosísima tipografía. Se extrema la concepción, ya que no es sólo que no sepamos cuál es el sentido de la narración, sino que desconocemos, incluso, quién nos habla. Reconocemos apenas una voz, la del narrador, de quien no conocemos tan siquiera qué es –al inicio se refiere a sí mismo como un ser degenerado, a medio camino entre el ser humano y la bolsa de patatas, y cuando habla de su ex pareja no sabemos a ciencia cierta si nos está hablando de un perro o de una mujer, y, en justa correspondencia, como el narrador no puede pertenecer a la misma especia que la pareja que lo ha abandonado, cuando piensa en ella como un perro se imagina hombre, pero cuando la imagina como mujer se ve a sí mismo como perro. Por no saber, no sabemos –como no lo sabe el propio narrador-, de qué medios se sirve para conocer la realidad que le rodea, ya que a lo largo de su discurso llega a la conclusión de que es ciego. De hecho, en un momento dado se nos habla del recuerdo de unas vacaciones en Uruguay –un recuerdo de un narrador amnésico- donde el narrador pasa a ubicarse dentro de la perrita, una perrita que, también, es ciega y recuerda su vida como mascota del sociólogo que nos ha narrado todo hasta entonces, unos recuerdos que, también, surgen de la nada porque, ella también, es amnésica. Por lo tanto, ya no es que la novela carezca de un sentido que deba ser interpretado por el lector, ni que carezca de toda explicación, sino que niega la misma posibilidad de que haya una “realidad” de la que es signo, no hay referente alguno ahí detrás, la novela lo es todo, no existe más que el discurso, esas treinta páginas en las que el narrador cobra forma y tiene existencia. No creo que sea casual que en la contracubierta del libro se evite cualquier referencia al contenido del libro, tan sólo aparece una cita de una crítica de un libro anterior, de Coney Island para mayor detalle, en la que se afirma que su autor, Tabarovsky, no usa correctamente el idioma en que escribe. Ni una sola palabra sobre un libro que carece de todo lazo con la realidad, con la historia de la literatura o con lo que sea. Existe tan sólo como discurso, como un discurso delirante que va tomando conciencia de sí mismo a medida que se enuncia, sin más orden ni sentido que el que le impone la sintaxis y el significado de las palabras que va engarzando en su delirio.
La foto es de Mathieu Bourgois.

10 septiembre 2008

Mucho de novela, poco de gráfica

Introducción
Mucho he leído sobre este libro desde que se editase, y he ido comprobando como ha ido realizando un camino lleno de elogios y de recomendaciones, que hacen augurar un buen futuro para el libro. Por otro lado, he leído que en algunas instituciones educativas tienen ya el libro entre las lecturas que se recomiendan al alumnado, y que alguno de ellos ha llegado a presentar una demanda para que el libro fuera considerado pornografía y retirado de esas lecturas recomendadas. Dejando a un lado la enorme cantidad de obras artísticas que deberían, siguiendo ese criterio moralista e hipócrita, ser prohibidas es fascinante -yo comenzaría con todas las pinturas, frescos y grabados en los que se ve a Cristo desnudo, a Adán y Eva desnudos y demás, a fin de cuentas, no sabemos qué pensamientos pueden despertar en la turbia mente de los jóvenes-.
Bien, dejando a un lado ese aspecto, creo que la obra de Alison Bechdel serviría para abrir un debate interesantísimo sobre cómo se producen estos éxitos populares y, en qué medida, dan una clara imagen de la pobreza cultural del mundo en el que estamos viviendo.
A mí la lectura de este libro -voy a insistir en no llamarlo cómic, tebeo o novela gráfica por lo que iré explicando a lo largo del texto- se me ha hecho sumamente incómoda, tediosa, y eso se debe, sin lugar a dudas a la pobreza narrativa del mismo. No deja de ser curioso que haya triunfado del modo en que lo ha hecho un término tan idiota como "novela gráfica", que es, quizás, lo único malo que se sacó de la manga Will Eisner.

La novela gráfica
Cuando, dentro de unos años, alguien venga a hacer la historia del cómic en España, se reirá mucho al pensar en cómo dimos un salto atrás sin apenas darnos cuenta. Hace muchos años, unos treinta para ser exactos, Will Eisner se inventó un nuevo término para vender una historia que tenía entre manos, se trataba de "Un contrato con Dios". Eisner, que había revolucionado el mundo del pulp con las historias de The Spirit, llevaba tiempo queriendo contar historias largas y ambiciosas, pero el mercado de los USA no tenía espacio para ellas. Entonces se fijó en Europa, y en particular en los álbumes que inundaban el mercado franco-belga. Por aquellos años, el cómic tenía un estatus muy distinto en el viejo continente. Aquí los autores podían publicar sus cómics dos veces. Primero por entregas, en revistas como Metal Hurlant, cabecera histórica para entender la evolución de la narrativa gráfica de aquellos años, y luego en álbumes. Podían tocar cualquier tema, tanto de índole personal como ficcional, erótico y a veces hasta pornográfico. Un año antes de que Eisner acuñase el término para colocar sus álbumes en el mercado yanqui, Moebius -heterónimo de Jean Giraud- había publicado El garage hermético, una obra fundamental para entener la libertad temática y creativa a la que llegaron los autores europeos por esos años -ejemplo de lo hondo que caló el tebeo entre los lectores de aquella generación es la cantidad de bares que, por toda Europa, rinden homenaje a aquel libro-. Así que Eisner se sacó de la manga una nueva realidad dentro del mercado de su país, pero de ahí a que lo sea para nosotros hay un largo trecho, en España leíamos muchos álbumes antes de que nadie comenzara a publicar aquí "novelas gráficas".
Lo curioso es que hoy uno se encuentre con una verdadera multitud de lectores que se acercaron al cómic desde sus lecturas de género superheroico y hayan entendido al buscar las raíces del trabajo de autores como Frank Miller que eso de las "historias adultas", largas y demás, se llama novela gráfica. Ahí comenzó el lío. Porque, aunque nos pese, la realidad es que la media dentro del periodismo -incluso el de sectores tan minoritarios como el del tebeo- es más bien baja, y normalmente un periodista repetirá como un loro lo que le han contado sin cuestionarlo ni investigar sobre ello-. Así que, un término como novela gráfica viene muy bien, porque permite ignorar la carga peyorativa de la palabra tebeo -se conoce que Mortadelo y Filemón no están a la altura-, o la carga "cultureta" de cómic -que se refiere a los que leen los raritos que tienen pósters de Tintín en casa, y de hecho los llaman affiches, los muy...-; y, al mismo tiempo, lo acercamos al "siempre prestigioso" terreno de la novela -ignorando que a lo largo del siglo veinte la novela ha legado desde Proust o Faulkner hasta Ricardo Boffil hijo o el cuñado de Ana Rosa Quintana-. Así es como se acuña un término que suene bien aunque no aporte absolutamente nada. Me recuerda a cuando los señores de Iberia decidieron que las aeromozas debían llamarse azafatas, que era un tipo de camarera de corte ya inexistente. Hoy tenemos azafatas en los aviones, en los congresos y hasta en las promociones de embutidos de los supermercados. Porque suena más bonito.

Narrativa gráfica
De todos modos, que se inventen un nombre para vender algo mejor no es algo nuevo, y no estoy tan loco como para que eso me aleje del disfrute de esos libros. No, lo problemático es que generan una nueva percepción de lo que es un cómic. El otro día comentaba con una amiga, fanática de Thomas Ott, uno de los más interesantes narradores gráficos de que disfrutamos hoy, que a mí de pequeño siempre me encantó El príncipe valiente. Entre otros argumentos para burlarse de esa afición infantil -la verdad es que yo disfrutaba mucho de esos cómics de niño, pero no sé si hoy me los metería entre pecho y espalda-, ella expuso que, en realidad, no se trataba de un cómic, que eran ilustraciones con pies de foto. Y en buena medida tenía toda la razón del mundo, porque cualquiera que ha leído la obra de Hal Foster sabe que se trata de postales a las que añadía los textos a pie de página. Las razones del por qué lo hicera pueden ser variadíasimas. Yo siempre he creído que es por una finalidad estética: este hombre dibujaba tan condenadamente bien que le tenía miedo a que un bocadillo tapara alguna filigrana o detalle que le había llevado horas. Hoy en día, después de la evolución que facilitaron creadores europeos como el mencionado Giraud o Hugo Pratt, después de Tintín y la línea clara, después de la invasión del manga -totalmente lógica si atendemos a los sofisticado de sus planteamientos estéticos y narrativos-, las historias del príncipe Val de Thule se han quedado muy, muy añejas. Casi hay que quitarles el polvo para poder disfrutarlas.
Lo curioso es que las "novelas gráficas" que hoy en día se nos colocan insistentemente abundan, de modo maquillado, eso sí, en el mismo defecto de carencia total de narratividad gráfica. Vamos a enumerar algunos ejemplos. Comencemos por Joe Sacco. Si uno lee algunos de los cómics de Sacco comprobará que sigue la estética más o menos feísta que se impuso en el underground yanqui a raíz del éxito de Crumb o Shelton, y que calza muy bien con esos reportajes cercanos al documental que él trabaja. Pero una de las cosas que hacen no incómoda, sino angustiosa la lectura de los mismos, son los bocadillos llenos de palabras que se comen a veces las viñetas. O sea, es un cómic donde la palabra tiene una presencia apabullante, y la narrativa gráfica queda en suspenso, a un lado. Al menos, eso sí, Sacco de vez en cuando se marca viñetas enormes con enfoques sorprendentes o composiciones arriesgadas, tonto no es, desde luego, pero leer En la franja de Gaza es someterse a una dura penitencia: la de leer muchísimo texto escrito con las mayúsculas nerviosas y vibrantes de una rotulación manual -lo que es doblemente cansado para la vista y, por extensión, para la lectura.
Maus, ya lo comentamos aquí, es considerado el "mejor cómic de la historia" porque trata el tema del Holocausto judío, lo hace de una manera atrevida, novedosa -siguiendo la estética aparentemente inocente de los funny animals pero llevándola más allá-, y eficaz. Tan eficaz que se hizo con un premio Pulitzer y, desde entonces, parece que hizo más respetable al género. Sirva como detalle decir que los dos primeros álbumes de Paracuellos no tienen nada que envidiar a la obra de Spiegelman ni en calidad, ni en compromiso, ni en capacidad de reflejar la maldad humana y, además, están mucho mejor dibujados y poseen una narrativa gráfica mucho más potente. Pero no tiene el Pulitzer, claro. Lo más curioso es que esa gente que habla del estupendo -porque es estupendo, ojo-, libro de Spiegelman como el "mejor cómic de la historia son, en la inmensa mayoría de los casos, gente que ha leído muy pocos tebeos. Incluso del Super Humor o de Pulgarcito. Muy poco. Porque de haber leído más se habrían dado cuenta de que la narración es muy torpe, hay una reiteración de planos que la hace algo cansina, una enormidad de textos que, muchas veces son pleonásticos y que no hacen más que repetir lo que se narra con las imágenes y que el esquematismo del dibujo hace que, en algunos pasajes, la historia pierda efectividad. Es lo que tiene la isocefalia, o la poca destreza en el dibujo. O sea, una vez más, estamos ante un cómic que les gusta a los que no han leído muchos cómics.
Y, para terminar esta enumeración, hablemos del libro que nos ocupa: Fun home. Una familia tragicómica de Alison Bechdel.

Mucha literatura y poca narrativa gráfica
Si uno se acerca a este libro verá que, para su elaboración, su autora ha leído mucho. Ha leído a Proust, ha leído a Wilde, a Colette, a Scott Fitzgerald, y muchos otros textos. Todas esas lecturas se ven perfectamente reflejadas en el texto, pero no a efectos internos, de estructura, de construcción de la trama. O sea, no son alimento creativo, sino que hay una cierta exhibición de las mismas. A lo largo de las viñetas del libro vemos que su protagonista, la autora, lee mucho, pero que mucho, como lo hacía su padre. Y que todas esas lecturas, siempre cercanas a las experiencias homosexuales o lésbicas -la verdad es que en el libro hay poco más que eso, se ve por ahí a Tolkien y poco más, quizá haya que ver en la amistad de Frodo y Sam una relación homoerótica-, se han usado como continuo espejo para la narración. Uno llega a pensar que en esta narración autobiográfica, memorialística, hay un exceso de literatura. Como si el hecho de que hubiera tanto libro le da mayor empaque a la historia, le da una mayor altura. Toda la narración usa, muchas veces de un modo distorsionado e interesado -lo que no está mal, la cita se transforma en todo texto dependiendo de las necesidades el autor que cita-, esos libros para entregar información al lector. Citas, cartas -que aparecen con una rotulación que, supongo, pretende reflejar de modo verosímil lo que es una carta manuscrita o un diario, pero que en muchos casos se hace casi imposible de leer- y textos de apoyo. Una continua voz en off, una marcada concesión a la radionovela, al narrador cómodo, a lo que sólo cuando es imprescindible se debe rebajar un narrador gráfico. ¿Para qué hacer un cómic, narrar con imágenes, con viñetas, si uno finalmente opta por la palabra? Yo me he estado haciendo esa pregunta en todo momento mientras leía el libro.
Un libro que se lee, de todos modos, hasta el final. Porque la historia en sí tiene su interés: una chica lesbiana se entera de que su padre ha tenido relaciones homosexuales y se clarifica así ese extraño vínculo especial que siempre les unió hasta la trágica muerte del padre. La sinopsis es atractiva, desde luego, y la autobiografía de la autora es interesante y la transmite de un modo fresco, simpático. Bien es cierto que uno se pregunta, también, si no ve lógico que hubiera una relación especial con su padre por ser su única hija, frente a sus dos hermanos varones, o por su afición lectora. Pero, ya que todos habitamos en una ficción, es lícito que cada uno se construya la suya, y si ella prefiere entender que ese lazo tenía que ver con el modo en que ambos viven su sexualidad, pues no hay más que darle la razón.
Lo que no se comprende es que no haya escrito un libro ya que, desde luego, lo de narrar con imágenes no es lo suyo. Antes de que nadie se me eche encima, reconozco que hay narraciones visuales, películas, entregadas a la palabra, a la escritura. Todos los trabajos de la Duras en cine, por ejemplo, llegan a hacerse cargantes por eso, porque la omnipresencia de la voz en off y las imágenes de escritura demuestran hasta qué punto hay una escritora detrás de esos fotogramas. Una escritora, no una cineasta -por eso sus mejores trabajos fueron aquellos en los que buscó colaboradores que rellenaran sus huecos-, y ella nunca renunció a su labor de escritura.

¿Cuando sacan la película?
Al final, sí, llega la exposición de la teoría, el intento de explicarme el por qué de esta predilección por cómics marcadamente torpes. Yo creo que vivimos en una era de la imagen, nuestra educación es visual -la misma lectura es algo visual, en cualquier caso-, y más todavía audiovisual. Nos hemos acostumbrado a recibir las historias con imágenes, y parece ser que cada día cuesta más leer un libro, entregarse a una página llena de símbolos que requeiren de una labor de construcción del universo que nos proponen enteramente propia. Un libro no nos da fotos, dibujos, sino que tan sólo nos da palabras. Umbral decía, y Masats lo recuerda con gran oportunidad, que "una imagen vale más que mil palabras, sobre todo si la imagen es de Baudelaire".
Leer un libro con imágenes es, siempre, más socorrido. Los libros infantiles están llenos de imágenes, no sólo para que el niño se divierta o se vea atraído por ellas, sino porque le entregan un mundo. Cuando se es niño uno no ha almacenado toda la realidad que los adultos tienen en la cabeza, se necesitan iconos, imágenes, para que la imaginación -sí, fíjense en las raíces, semánticas, que no es casual- se ponga en marcha. Se conoce que este mercado voraz, al que llamamos contemporaneidad para no hacernos daño, sabe que ha conseguido prolongar nuestra niñez y adolescencia para poder colocarnos mejor los productos que nos quiere vender. Ya se sabe lo fuerte que es el deseo cuando se es joven. Y por eso nos entrega libros ilustrados que calmen la necesidad de esos libros de la infancia. En realidad, Sacco podría hacer reportajes como los de Kapuscinski si supiera escribir mejor, y Bechdel podría hacer una novela autobiográfica si escribiera mejor, y Spiegelman podría haberle pasado los guiones a un dibujante más hábil. En el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Hay un montón de testimonios sobre el despertar sexual, las relaciones paternas y la familia en las bibliotecas, pero muy pocos en la sección de cómic. Es más fácil destacar ahí. No digo que haya una elección consciente de dedicarse a un género más pequeño para poder despuntar en él. No, pero sí que es evidente que, con menos méritos, uno recibe más atención. Se dice muy a menudo que estamos viviendo una época de esplendor en el cómic, pero la realidad es que la mayoría de esas "piezas fundamentales" que se editan son reediciones o rescates de trabajos de hace años. Algo parecido pasa con la literatura, pero nadie dice que "estamos viviendo un momento de esplendor", ni monsergas por el estilo.
Este auge del cómic pobretón, cómodo y de escasa calidad, viene muy bien para que esos conocidos poco amigos de la lectura puedan cambiar la pregunta de "¿para cuando hacen la peli?" con que entraban en nuestras conversaciones sobre libros, por un "¿has leído tal o cual cómic?". Se siguen enterando de lo mismo, pero al menos ya no es el cuarto de baño el único lugar donde hay celulosa en sus casas.
Alison Bechdel Fun Home. Una familia tragicómica Mondadori, Barcelona, 2008

19 febrero 2008

Pasaporte a otro mundo

¿Por qué un hombre decide dibujarse a sí mismo como un conejo? Pues no lo sé, la verdad, pero es algo que llevamos ya mucho tiempo disfrutando los que seguimos la labor de Ricardo Liniers Siri, para los seguidores Liniers a secas, en su blog personal. La labor de Liniers es un secreto que ya conocen masas, porque basta con acercarse a uno de los Macanudos para quedarse enganchado. Tanto es así que yo tengo locos a los amigos que viajan a Buenos Aires con los encargos de libros de Liniers, de agendas, de Bonjour y lo que se tercie. La verdad, con Liniers me he vuelto totalmente acrítico. ¿Por qué? Porque nunca me defrauda. Como los buenos amigos, uno no puede dejar pasar ocasión de verle, en este caso de leerle. A lo mejor no es siempre genial, a lo mejor no es siempre divertido, pero desde luego es entrañable, y te ayuda a pasar un buen rato siempre. No sé cómo medirá cada uno de esto de la amistad, pero para mí se acerca mucho a esto.
Este libro tiene, además, una particularidad, ya que se trata del primer libro de Liniers que podemos leer aquí antes que los argentinos –sí, es cruel e infantil, pero me produce un cierto placer poder ir a una librería y comprarlo sin tener que pedirlo por Internet o liar a otro amigo para me lo traiga en la maleta-. La idea del libro salió de Mónica Carmona, editora de Reservoir Books, que se animó a proponerle a Liniers que, de entre los numerosos cuadernos en los que va dando cuenta de su vida y anécdotas, de los que de vez en cuando enseña algo en su blog –lo tienes en los enlaces de la columna de la derecha desde hace años, en qué estabas pensando que todavía no has usado el dichoso hipervínculo-, sacase los que van sirviendo como documento de los viajes que realiza por medio mundo. El resultado es este Conejo de viaje, donde contemplamos una nueva manera de ver sus periplos por Sudamérica, Europa, Canadá y la Antártida –Dios bendito, al escribir Antártida compruebo, indignado, que el corrector del Word me señala la palabra o me la corrige por Antártica, en qué coño piensa Guillermo Puentes-.
Aquí podemos comprobar, de primera mano, de dónde nace la mirada de Liniers, por qué se fija en las cosas en que se fija, la habilidad que tiene para el dibujo –los bocetos de casas y panorámicas son una buena muestra de ello-, pero, por encima de todas estas cuestiones, el entusiasmo con el que vive su vocación ilustradora. Y eso es contagioso, siempre lo es.
Y luego, como quien no quisiera, se cuela ese peculiar humor de Liniers, donde, por ejemplo, nos da a entender que a lo largo de cinco días en Madrid ha tenido una vida social tan ajetreada que apenas ha podido dibujar una página, o el placentero modo de retratar la tranquilidad de Ubatuba, etc.
Una delicia magníficamente editada –la tela de la cubierta, el papel, los cantos redondeados…-, todo nos remite a una edición cuidadísima. Una delicia para los seguidores de Liniers y una suerte para los que todavía no se han puesto en contacto con él.

21 enero 2008

Marx 2.0

Ando muy liado con diversos temas en estas fechas y no tengo tiempo de actualizar el blog como desearía, así que he decidido hacer lo que muchos compañeros de profesión hacen. La profesión es profesional de la palabra, y consiste en que a uno le pagan por juntar palabras. Es lo que hay.
Esto apareció en el diario Público, se podría hacer un artículo mucho más extenso, y exacto, con este esquema, pero, como ya he dicho, ando mal de tiempo:

Mientras los partidos políticos manipulan las sentencias de los jueces o se echan la culpa mutuamente de los socavones de las obras, el precio de los alimentos se dispara y las hipotecas no dejan de subir. La política se vuelve cada vez más superficial y las ideologías parecen cosa de la ficción. Quizá por eso el debate sobre la realidad que nos rodea se ha trasladado de las páginas de política a las de cultura. Los autores parecen más conscientes del mundo que los dirigentes políticos. Y una buena muestra de ello es la revitalización que el pensamiento marxista, sobre todo en lo que tiene de dialéctico, está viviendo en las librerías españolas.
Más allá de las clásicas editoriales libertarias o progresistas, se aprecia un giro a la izquierda en las editoriales de primera línea. Novelas, narraciones, que construyen ideas a partir de la enorme potencia y fecundidad del marxismo.
Como “Museo de la Revolución”, del argentino Martín Kohan, donde se revisa el pensamiento del propio Marx, de Lenin y de Trotsky. A la luz de la peripecia de uno de los guerrilleros de extrema izquierda en los convulsos años d la dictadura, Kohan va más allá de una merca narración con excusa histórica. Las doctrinas comunistas son glosadas en una libreta para transmutarse en una poética de la novela, de los mecanismos con los que atrapa al lector la ficción y las herramientas que este encuentra en ella para analizar una realidad cada vez menos sólida.
Del análisis de esa realidad más cercana, casi cotidiana, Belén Gopegui construye sus ficciones, posiblemente las más incómodas del panorama español. No se puede leer “El padre de Blancanieves” sin indignación. Para unos por lo revolucionario de su propuesta, para otros por la sociedad que destripa con la precisión de un cirujano. Una sociedad de proletarios anestesiados con la ficción de pertenecer a un sucedáneo de clase media, encadenados por las hipotecas y un cada vez más incierto “bienestar”. La vida espectacular que ya denunció Debord se ha expandido a todos los registros de nuestra vida, que se nos presenta como un anuncio de cosmética del que no podemos que haya una persona tras esa cara. Al modo brechtiano -¿este tipo era marxista también, no?- la novela presenta una realidad que no puede presenciarse desde la indiferencia.
El mercado ha sufrido una metástasis, una hipertrofia tumorosa que amenaza con acabar con el paciente, la sociedad. Quizá Tabarovsky, en su “Autobiografía médica” ha atinado al definir los síntomas, las vidas de esas células que forman el tejido social. Un hombre que se deja llevar por el continuo ciclo de repeticiones, de las recaídas clínicas que no son más que la alegoría de la reproducción del cáncer en cada una de las cadenas de la sociedad.
Desactivar estos mensajes es uno de los deberes de los medios de comunicación dirigidos por el mercado. El arma elegida suele ser el fracaso de la utopía comunista en Europa. Quizá sea el momento de revisar la “Historia de la revolución rusa” de Trotsky que acaba de editar Veintisiete letras. Seguro que en los próximos meses habrá nuevos libros que hayan bebido de él.

17 julio 2007

El nirvana son los otros

“Para Ana.
En todas partes.
Pues sí.”

¿Hay vida más allá de la muerte? Sí, a tenor de lo que nos cuenta Rodrigo Fresán en una novela intensa, única, llamada Mantra. En el prólogo de la edición ¿definitiva? de La velocidad de las cosas, editada por Debolsillo –lo siento por el diseñador del logo, pero no estoy por la labor de respetarlo-, dice que Mantra relata el modo en que los muertos contemplan a los vivos. Para contemplar hace falta estar vivo, o al menos actuar como si uno lo estuviese.
Esta novela, que en realidad alberga tres –bueno, dos y un esbozo-, nace de la fascinación que el escritor –el fan, en realidad-, observa a México. Una fascinación que todos sentimos, porque el país azteca se nos aparece como un enigma permanente, indescifrable, cuyo secreto tal vez sea que no se puede desvelar, que no tiene solución. La gran narrativa mexicana ha convivido con la muerte –ahí está la obra de Juan Rulfo como botón de muestra- y Fresán, que es antes que ninguna otra cosa un consumidor voraz de cultura, lo sabe. No deja de ser curioso que este libro fuera, en principio, un encargo para una colección de libros de viajes. Y ese libro murió, se convirtió en un cadáver que desde el otro lado se le fue apareciendo a Fresán para convertirse en Mantra.
Los Mantra son el eje en torno al que gira el libro. La primera de las historias es la de un hombre aquejado por un tumor que sólo le permite lo que en un principio parece ser recordar, y que pronto se vuelve prueba de existencia, que es la figura de Martín Mantra, un compañero mexicano que apareció en la clase del enfermo y que, finalmente, entendemos que es el tumor en sí que está creciendo en su interior. Ese niño, niño prodigio con un encéfalo hipertrofiado, es el hermano de Marie Mantra, la pareja de un muerto obsesionado por los luchadores enmascarados, que se acaba tornando uno de ellos –como don Quijote- y que descansa en la ciudad de los muertos, que según la mitología azteca está bajo la ciudad de Tenochtitlán; esa es la segunda novela. La tercera, apenas esbozada, nos habla de un androide –un replicante, un robot- que vuelve a Tenochtitlán del Temblor –nuevo nombre del DF- para buscar a su padre tras habérselo prometido a su madre computadora –los ecos de Pedro Páramo son evidentes.
Basta con leer este pequeño esbozo para entender la ambición del libro de Fresán, y lo más importante es que esa desmedida ansiedad está diluida en medio de una narrativa subyugadora, que va destilando poco a poco un mundo único, cargado de referencias, que le da un sabor único. Fresán es uno de esos autores “mediáticos” según Tabarovsky llegaron a las librerías argentinas en medio de una ola de mercadotecnia y aprovechando una estela de publicidad y facilidad que los aupó como éxitos, y autores de referencia pese a su escasa calidad. Yo creo que, en esa valoración –y digo esto pese a estar muy de acuerdo con todo lo expuesto en Literatura de izquierda-, Tabarovski yerra, quizá llevado por su idea de relacionar la investigación con el lenguaje con el riesgo creativo. Fresán es como uno de esos enormes circos de tres pistas que están en constante gira por el mundo. Fresán sabe que al lector de hoy en día le llegan estímulos constantemente, y sabe que uno de los modos –tal vez no el único, pero sí el más efectivo- es tenerlo constantemente entretenido con varios niveles de lectura, de referencias, de acciones. Y en medio de ese aparente caos que el maneja con acierto va, poco a poco, trasladándose el mensaje de su obra. Radicalmente posmoderno en ese sentido –o, como prefiere Vicente Luis Mora en su Luz nueva, no-moderno- es, al mismo, tiempo, un autor con un pensamiento fuerte, capaz de transmitir al lector un pensamiento y unas sensaciones únicas. Fresán, lejos de quedarse en la anécdota divertida o resultona, ambiciona una literatura total, que admite en su interior todas las formas de cultura, alta y baja –revisar una vez más a Eco en sus ensayos, la narrativa no, por favor-, porque de ese modo puede crear recreando –como hace un músico electrónico con sus samplers- y añadiendo nueva luz no sólo a su texto, sino a aquellas referencias de las que bebe. Además Fresán no engaña, da sus recetas, lo hace al explicitar las referencias que aparecen en cada libro –esos epílogos entre culturetas y freakies, tal vez signifiquen lo mismo, llenos de nombres propios- y en las mismas estructuras de sus libros, que aparecen explicitadas de un modo casi continuo en la narración.
Leyendo de ese modo Mantra podríamos ver que la primera parte funciona como una metástasis en la que el tumor, Martín Mantra, va apoderándose del narrador, la segunda es un Vademécum o un libro de anatomía –textos con afán enciclopédico- en el que se ordenan alfabéticamente los distintos aspectos de la enfermedad del narrador, contados siempre por su doctora, Marie Mantra, que le va poniendo al tanto de la enfermedad que tal vez ella misma le ha inoculado, le va permitiendo conocerla. La tercera parte está contada por un ser que no puede enfermar, una androide, que viaja a la búsqueda de un padre muerto a un lugar que ya no existe, que tal vez nunca haya existido. Los caminos de la muerte son inescrutables, parece decirnos Fresán, pero están ahí al alcance del lector que transite por esta novela que es la hermana gemela de un libro muerto, un clon mejorado que nos abre a un mundo único, donde comenzar a tomar contacto con lo que más tememos: observar a los que siguen vivos desde la muerte, y sentir el dolor de no poder estar con ellos.

Rodrigo Fresán Mantra Mondadori, Barcelona, 2001

23 septiembre 2006

Las ilusiones recobradas

En un mercado editorial -que es en lo que nos movemos hoy, no hagan caso de los que lo llaman "panorama cultural" o "república de las letras", o son idiotas o son demasiado listos, no se fíen- como el nuestro siempre se destaca la novedad. Así es más sencillo escuchar hablar o leer sobre inéditos, de nuevas novelas o ensayos, que de libros fundamentales que deberían estar en cualquier biblioteca, pública o particular, que se precie. Un poema olvidado en un cuaderno escolar, unos bocetos abandonados por su mala calidad, cuentos o novelas a medio escribir, apuntes para su futura elaboración que se quedaron incompletos, indefinidos, porque la desidia o la muerte del autor así lo quiso, merecen más espacio en los panfletos semanales -los llamados "suplementos culturales"- o en las páginas de información cultural de los diarios que los buenos libros.
Hasta cierto punto es lógico, lo único que se puede hacer con un buen libro es recomendar su lectura, pero con lo otro se tiene una "noticia", esto es, algo que sale de la norma y que, suele ser así, parece desagradable.
Así que no creo que en muchos lugares hablen de este libro -o tal vez sí, las sorpresas están, también, a la orden del día- y lo harán de pasada, en un ladillo para rellenar página, o como una mera referencia en medio de un artículo. Y sin embargo es fundamental que el lector pueda encontrar este libro en las librerías.
Se trata de Las ilusiones perdidas de Honoré de Balzac. Es la más extensa y para muchos la mejor de las novelas de su autor. En la nota de prensa del libro se dice que es la apoteosis y síntesis de ese proyecto casi inhumano que se llamó La comedia humana, y creo que es verdad. Es muy difícil encontrar una novela en la que haya tanta verdad -se aprecia desde la primera página que en muchos aspectos y temas que trata la novela no es sino un trasunto de biografía del propio autor- y que, pese a los años que han pasado desde su publicación, permanezca tan vigente como ésta.
Estructurada en tres partes, la primera y la última transcurren en una capital de provincias donde las envidias y compartimentos estancos de la sociedad se hacen patentes desde la primera página. Pero es el hecho de que todo gire en torno a los libros -los protagonistas son un editor y un poeta- la hace especialmente interesante para todo interesado en la literatura. Por ejemplo, sus explicaciones del proceso que se sigue para la edición de un libro son iluminadoras para todo aquel que lo ve como un hecho artístico que nada tiene que ver con el trabajo fabril o el esfuerzo económico de los implicados en él.
Pero lo verdaderamente brillante, los grandes momentos de la novela y que la hacen permanecer hoy joven y actual, se encuentran en la segunda parte. Allí presenciamos el ascenso profesional y social del protagonista, Lucien de Rubempré, el poeta lleno de ilusión de la primera parte, y su debacle final por no saber moverse en el asfixiante y exigente mundo parisino. Allí el joven idealista se encontrará con autores bohemios que encarnan "la gran literatura", el "verdadero arte", y con la realidad del mundo editorial -empresarios que sólo buscan beneficios e influencia-, del periodístico -pícaros que no dudan en cambiar de opinión si eso les va a facilitar una mejor posición social o económica- y de la escena -donde las actrices saben combinar sus capacidades dramáticas con las sexuales a la hora de lucrarse. Pero, lejos de parecer una crítica despiadada, un análisis irónico de un mundo de decadencia-cosa que también es-, el novelista plasma la fascinación, la atracción que siempre sintió por este mundo alocado. Si a eso le añadimos que, en vez de estar hablando del mundo cultural parisino del primer tercio del siglo diecinueve, parece estar retratando cualquier redacción, editorial o camerinos de hoy en día, tomamos conciencia de la sorprendente vigencia de esta novela.
Que estuviera totalmente agotada e inencontrable, y que los editores se hayan decidido a realizar una nueva traducción y una edición con numerosas notas que acalaran muchos aspectos que sólo los expertos conocerían, hace que esta publicación debiera ser la noticia de la semana en el mundo editorial. Les puedo dar el titutlar:
Una novela fundamental de nuevo en las librerías.
Y la entradilla podría ser así:
Mondadori continúa la recuperación de clásicos fundamentales -como la traducción de Cortázar del Robinson Crusoe o la traducción de Valverde del Club Pickwick- con una nueva edición de la novela de Balzac, Las ilusiones perdidas.
A ver si alguien se anima y reeditan también el estudio que hiciera Carlos Pujol de la Comedia humana, que también va haciendo falta. Entretanto, el lector tiene la opción de llevarse a casa el últimon tostón de Muñoz Molina o esta novela. Ya no tiene la excusa de decir que lee eso porque no encontraba otra cosa.
Y hay poco más que decir, lo importante está en las setecientas páginas de la novela.

17 agosto 2006

Mejor decir

En tiempos de literatura verbosa, que nada sabe callar, o de literatura retrógrada en permanente enfrentamiento con la imagen, ya saben, eso de que la imagen se cepillará la literatura y demás, es muy agradable encontrar a un autor que, por un lado, sabe escoger con detenimiento y acierto cada una de las palabras que usa, y que sabe construir imágenes con ellas además de usar, de modo constante, la fotografía como elemento más de la narración.
Julián Rodríguez, a quien empecé a leer en una revista hoy extinta que se llamaba Península y que surgió con la arriesgada apuesta de unir los viajes, la fotografía de calidad y una literatura excelsa, y que, tal vez por eso, acabó cerrando o cambiando de nombre, ahora no recuerdo bien qué pasó, está desarrollando una labor narrativa originalísima que ha logrado recibir con Ninguna necesidad un abrumador éxito de crítica.
Uno, que siempre ha visto la figura de Rodríguez como ese tipo que queremos conocer a toda costa, a lo mejor porque le interesan muchas cosas que también le gustan a uno, como la tipografía, la fotografía, Portugal y Extremadura, las mujeres y la literatura –por eso después de trabajar mucho en la Editora Regional de Extremadura se ha lanzado a la arena con la Editorial Periférica- y que al mismo tiempo y también por todo eso le da un poco de miedo conocer, ha leído esta novela de un tirón y verdaderamente encantado. Antes había leído las buenas críticas que, en distintos suplementos culturales, han hecho de ella, destacando su capacidad de contención, de usar la elipsis, de apelar a los sentimientos sin mostrarlos explícitamente. Y en parte estoy de acuerdo, pero no creo que no haya sentimientos mostrados, los silencios de la novela se deben a mi juicio, a que no existen tampoco muchos sentimientos más allá de los explicitados. Lo que verdaderamente señala este texto es nuestra incapacidad para expresar y, por extensión, siguiendo las tesis de Wittgenstein, de sentir. No es tanto que no se quiera como que no se puede decir, porque falta la palabra. Dándole la vuelta al guante aquí se podría usar una vez más la cita cervantina de El amante liberal, quien sabe sentir sabe decir, pero para poder sentir hay que haber aprendido a reconocer las palabras para mostrar ese sentimiento. Así, el protagonista de esta novela se enfrente a dos realidades, su dolor y la incapacidad de verbalizarlo, de sentirlo. El autor, hábilmente, se hermana con su personaje, y en vez de usar sus propias palabras usa las de otros que supieron decir -¿sentir?- mejor que él, como Pavese, Jorge de Sena –a través de Víctor Botas-, Leopardo –a través de, y con, Cacciari- o incluso a la misma realidad es que la que le ha dado la excusa de la trama aeronáutica.
Pero es que esos silencios vienen, también, marcados por la otra gran referencia de esta novela, de su escritura y concepción, que es la fotografía. Muchas de las escenas, frías, que el narrador nos muestra, son verbalizaciones de fotografías, meras pinturas –emulsiones en este caso, a la espera de que podamos hablar de codificaciones digitales- realizadas con palabras en vez de los procesos habituales, que se ven interrumpidas, a travesadas, por los momentos en los que el narrador en tercera persona deja traslucir algo más que su hermanamiento con el protagonista de la historia.
O el desorden temporal, que a lo largo de los siete días que está agonizando el amigo, permite al protagonista repasar toda la relación de ambos, su ascenso social a la sombra de una familia acomodada, mientras realiza un viaje por la costa de Setúbal, el estuario del Sado y demás, responde, creo, al mismo modo desordenado en que se nos presentan los recuerdos, y más si como, en este caso, vienen ayudados por las imágenes fotografiadas, instantáneas que fijan para siempre una imagen, tan cargada de emociones que cuesta tanto expresar.
Porque, y por eso creo que ha escrito Julián Rodríguez esta deliciosa novela, frente al olvido y a la incapacidad de sentir hay que intentar nombrar, poner palabras a esos sentimientos, aunque muchas veces se nos escapen. Como dice Beckett en la cita que abre el libro, “Mejor decir”.

Julián Rodríguez Ninguna necesidad Mondadori, Barcelona, 2006