UNO. Pocas veces puede uno llevarse la alegría de ver cómo ha ido creciendo un texto. Algunos pasajes, ideas, de este libro, pasaron por mis manos en calidad de obra en marcha, en pleno proceso de producción dentro de la dinámica de trabajo de los talleres virtuales de la AUPEX. Quizás por eso resulta doblemente placentero poder leer los cuentos que forman este libro y saber que han llegado a buen puerto.
«La ética es la estética del futuro.»
Lenin
«La verdad es siempre revolucionaria.»
Gramsci
«Y es que el público es un examinador, pero sin duda uno distraído.»
W. Benjamin
21 noviembre 2010
Los hilos de la vida
UNO. Pocas veces puede uno llevarse la alegría de ver cómo ha ido creciendo un texto. Algunos pasajes, ideas, de este libro, pasaron por mis manos en calidad de obra en marcha, en pleno proceso de producción dentro de la dinámica de trabajo de los talleres virtuales de la AUPEX. Quizás por eso resulta doblemente placentero poder leer los cuentos que forman este libro y saber que han llegado a buen puerto. 03 enero 2007
La obra de un gran editor

Por eso fue un descubrimiento la primera vez que tuve en mis manos un libro de la Editora Regional de Extremadura. Se trataba del volumen titulado Capricho extremeño, que estaba hecho, pese a lo que se indique en la portada, a varias manos. Me lo dio su autor principal, Andrés Trapiello, y me comentó el curioso origen de ese capricho. Como sabrá cualquier lector de los distintos volúmenes de sus diarios, Andrés pasa largas temporadas del año en una casa que tiene a las afueras de Trujillo. Lo ha contado él mismo en sus diarios, pero a mí me contó una vez lo a gusto que se han sentido siempre él y su mujer allí. Todos los libros que componen sus diarios comienzan y terminan en ese escenario, en el Pago de San Clemente. Pues bien, Fernando Pérez, el director de la editorial, le comentó que él y sus colaboradores, entre ellos Julián Rodríguez, habían tenido la idea de entresacar de los diarios publicados hasta la fecha algunas de las anotaciones que hablaban de o estaban escritas en Extremadura. Una vez ordenadas daban la sensación de un año en sí, separado e independiente, uno año nuevo, mezcla de momentos de otros, que le habían regalado a Andrés.
El libro era una delicia, y estaba primorosamente editado. Desde entonces, unos cuantos de los libros de la Editora descansan en mis estanterías: Cercas, Hidalgo Bayal, García Martín, Javier Pascual, Rodríguez Marcos, el ya mencionado Julián Rodríguez, y más (me he limitado a mencionar los de la colección La Gaveta). Y rara vez se sustrae uno a comprar estos libros cuando los ve en una librería. Son libros que te llaman.
Cuando uno se enteró de la muerte de Fernando Pérez, el editor que confió en Rodríguez para renovar el formato de las ediciones, que decidió mantener dentro del territorio extremeño la producción de los libros –con lo que generó un entorno más benéfico para las imprentas de la zona-, y que apostó decididamente por un catálogo cuidado y coherente con un modo de ver el mundo y de entender la literatura –creo que me han salido dos frases que significan lo mismo- no quedaba otra posibilidad que entristecerse. Porque se había ido alguien con la capacidad suficiente de poner las cosas en movimiento y lo suficientemente humilde para que sólo los interesados le conocieran. Uno lamentó no haberle llegado a conocer en persona, la verdad.
Creo que este libro-homenaje no contaba con el trágico final del homenajeado cuando se puso en marcha, o tal vez sí, eso es lo de menos, en él se encuentran veintiún textos que, si bien muestran una calidad y puntos de mira desiguales, evidencian sobre todo el amor y respeto que el editor cultivó entre sus colaboradores. Están todos los autores que han sido publicados en la colección La Gaveta, lo que sirve, me parece, como ejemplo más que suficiente de la implicación personal y emocional de los editados con el proyecto.
Pocas veces un hombre puede disfrutar del placer de ver lo acertado de su trabajo, esta Gaveta de Gavetas demuestra lo atinada de la labor de Fernando Pérez, y lo importante de la misma a la vista del estado de la literatura que se hace por estas tierras. Pocas veces podemos disfrutar de buenos libros editados de modo inmejorable.
29 noviembre 2006
Mucho más que oficio
Conocí a Andrés Trapiello después de tener unas palabras poco piadosas con su poesía. La juventud, que es arrojada, tiene estas cosas. Cuando me enteré de su dirección exacta –ya conocía poco más o menos donde era por sus diarios, pero no lo sabía con exactitud- no tuve mejor idea que enviarle un original de un libro de poesía, que era a lo que me dedicaba por entonces, como debe ser en la juventud. Eso no entra dentro de lo extraño, han sido muchos los que a lo largo de la historia de la literatura se han acercado a algún autor que admiraban buscando su consejo y, quién sabe, su apoyo. De hecho hay gente que, sin tener los dieciocho años que tenía yo por entonces, sino que están ya bien creciditos, lo siguen haciendo, y no dudan en acercarse con manuscritos a los escritores de prestigio, e incluso a mí me vienen a veces con alguno –menos mal que uno se zafa con la elegancia habitual, diciendo eso de “tú estás loco o qué, ¿te he dejado yo algo para que lo leas?”-, aunque el mito viene muy bien para los escritores que, sin tener ni idea de dar clases de escritura, dan talleres, porque los que se matriculan en ellos lo hacen, supongo, por admiración –yo lo hice una vez y me salió rana.Bueno, me he ido por los cerros del pueblo de mi abuelo, como acostumbro, y yo estaba hablando de que no tuve mejor idea que acompañar mis poemas con una carta en la que le decía a Andrés –como ya hay confianza apeo el tratamiento, porque sé que a muchos les molesta que le llame por su nombre de pila- que me gustaban mucho sus diarios, no tanto sus poemas, pero que sí me parecía una persona con mucho criterio, demostrado en sus libros de artículos, y que por eso le enviaba mis versos. La verdad es que casi toda la carta era elogiosa, y como toda carta de joven con pretensiones era un texto metaliterario en el que reflexionaba sobre la pertinencia de que los autores jóvenes busquen el apoyo y el consejo de los reconocidos. Pero había una frase en la que decía eso, lo de que sus poemas no me parecían para perder la cabeza, que me gustaban más los de otros compañeros de generación suyos, y Andrés, que es buena gente y paciente, pero tiene su amor propio, se quedó con eso en la memoria. De hecho a otro amigo que le envió una novela –por favor, que alguien haga saber de una vez a los autores jóvenes que eso de enviar a diestro y siniestro originales no lleva a ningún sitio- le comentó que yo debía estar un poco loco. Me he ahorrado mucho en terapias gracias a un diagnóstico tan certero, me ha bastado con asumirlo. No me contestó nunca, la verdad, pero sí que lo recordaba la siguiente vez que hablamos.
Había transcurrido un año, poco más o menos, cuando comencé a colaborar en una revista gratuita y me vi en el brete de pedirle un ejemplar de La España negra de Gutiérrez Solana –que por primera vez alguien publicaba íntegra en España- para hablar de ella. Le llamé a su casa para pedírselo y me dijo que sí, que no había problema, que me pasara por allí y me daba el libro. Y en ese momento tuve que confesar que me daba cierta vergüenza por toda la historia de la carta, de la confesión que él le había hecho a mi amigo y demás. La carcajada la oyó todo el mundo en la redacción de la revista. Me dijo que fuera para allá, con más razón todavía. Me recibió con las puertas abiertas, un ejemplar del libro de Gutiérrez Solana, y otro de la recopilación de sus cuatro primeros libros de poemas. Lo guardo en casa con cariño, porque en la dedicatoria dijo que me lo regalaba por haber tenido unas palabras poco piadosas con los poemas que albergaba.
Ahora tengo todos sus libros de poemas y cada vez me gustan más, sobre todo los más recientes. No sé si porque ahora sé más de poesía, o porque los veo con los ojos de un amigo. Creo que es, sencillamente, porque la poesía de Trapiello –esto hay que decirlo así por los buscadores- está cada vez más cuidada y sus libros tienen una pulsión lírica más intensa.
La Editora Regional de Extremadura ya había editado un libro de Trapiello –es por los buscadores también-; se trataba de una delicia, Capricho extremeño, que realizaron los propios editores, Francisco Tomás Pérez González y Julián Rodríguez, recopilando los fragmentos de los siete primeros volúmenes de su diario, Salón de pasos perdidos, que transcurrían en Trujillo, donde tiene casa Andrés, y reordenándolos para que formase todo un año con el sucesivo cambio de estaciones. Algo más que un capricho.
Ahora se recoge también una antología de su obra, en este caso de sus poemas. Y también realizado por un conocedor de su obra, José Muñoz Millanes, que ha seleccionado cuarenta y tres poemas de sus siete poemarios. Hay un cierto desequilibro en la selección. El más representado es Las tradiciones, de 1982, seguido de La vida fácil, de 1985, y los dos últimos, de 2001 y 2004 respectivamente, Rama desnuda y Un sueño en otro. Quedan menos representados el primero, Junto al agua, y cuarto, El mismo libro, y, sorprendentemente, Acaso una verdad, con el que ganara el Premio Nacional de la Crítica en el año 1993. Posiblemente esa escasez de muestras de ese libro se deba a la longitud de los mismos, que son poemas muy largos para una antología. Muñoz Millanes ha elegido, creo que buscadamente, poemas breves, para poder reunir una cantidad mayor, y para buscar una lectura menos esforzada para el recién llegado. Conviene no olvidar que una antología busca captar lectores, tiene una intención divulgativa.
Pero no ha sido esa la razón fundamental de la selección realizada. El editor en su prólogo explica los motivos que le han llevado a escoger esos poemas y no otros para el libro. Pero, además, y de ahí parte de lo ya comentado en este texto, me ha servido para entender además esa mayor querencia que siento por los últimos libros de poesía de Trapiello frente a los primeros –parecer que, por cierto, comparto con Álvaro Pombo, a tenor de lo que el reciente ganador del Planeta comentó en una lectura de poemas en la librería Rafael Alberti.
Muñoz Millanes aboga por la faceta rabiosamente moderna del libro Las tradiciones. Frente a la temática y estirpe simbolista que siempre se ha destacado a la hora de enjuiciar el libro, destaca la brevedad de las composiciones y la voluntad del poeta de ejercer de espectador accidental de los fenómenos físicos. Se produce así una impersonalidad en la que el poeta se encuentra frene al mundo como testigo. La evolución meditativa ante estos hechos, que culminó en las largas series de versos meditativos, casi analíticos, de Acaso una verdad, ha evolucionado a juicio de Muñoz Millanes en una impersonalidad frente al tiempo. En los dos últimos poemarios, Trapiello se trastoca en testigo del acontecer temporal, ahora los fenómenos de los que entresaca su pulsión lírica tiene lugar en la memoria involuntaria. Un objeto, un sonido, cualquier estímulo sensorial, le sirven como disparadero, como hilo conductor en sus poemas. Ese pasado feliz que aparece en sus versos se muestra frágil y huidizo, del mismo modo que antes sucedía con los fenómenos físicos.
El poeta intenta atrapar el tiempo, acariciarlo, revivirlo en cada poema. Puede que a primera vista parezca un oficio parvo, un oficio tonto y simple, al alcance de cualquiera, pero la atinada selección recogida en este libro demuestra que hace falta mucho oficio, mucho trabajo, para domar la inspiración y lograr estos poemas.
23 noviembre 2006
La muerte es todas las cosas que se van a quedar por decir
Es la definición que Javier Rodríguez Marcos hace de la muerte en un cuestionario contestado de camino al trabajo y recogido en este libro. Es el otro libro de Javier Rodríguez Marcos que ha caído en mi mano. Un verdadero chollo. Se llama Antología sumergida y cuesta sólo un euro. Menos que un café, oiga. Pero vale mucho.Es una antología de los tres libros de poemas de su autor editada por el Plan de fomento de la lectura de Extremadura –estos chicos lo hacen bien, a lo mejor era a estos y no a la Trujillo a la que tenían que haberse traído a Madrid- que ya ha tenido a bien editar otros pequeños tesoros, como Una oración por Nora de Javier Cercas.
Javier Rodríguez Marcos es un poeta que se prodiga poco. Tres libros en once años es poco, y eso demuestra hasta qué punto es exigente con su obra. Si tenemos en cuenta que los dos primeros se publicaron en 1995 –Naufragios- y 1996 –Mientras arden- esta exigencia se hace aún más evidente. En estos diez años tan sólo Frágil, publicado en 2002, ha visto la luz. Y de hecho, el poema que cerraba ese poemario –y que también cierra este- no parece augurar que ese ritmo cambie:
otra poética
Evitar
desde ahora una palabra:
yo. Mirar sin ideas.
Evitar
las imágenes, algunas imágenes,
las que sean poéticas.
Escribir
como el que hiciera cuentas
en los márgenes del papel usado.
Evitar
hacerse sangre en la planta del pie
con los trozos de las palabras rotas
al caminar descalzos.
Evitar
las poéticas y los infinitivos,
y las palabras grandes,
porque cualquiera sirve.
Evitar,
evitarse.
Porque cada palabra
corre el riesgo de ser
la palabra de más.
Con un poema así, que en su mismo desarrollo pone en duda no ya la obra poética anterior de su autor o la poesía en general, sino su propia existencia, es verdaderamente un escollo importante.
La poesía de Rodríguez Marcos se ha ido haciendo más despojada, directa, y ha ido tomando una conciencia cada vez mayor de la importancia de la palabra, del verbo, como elemento que no refleja o sustituye, sino que es. El lenguaje se vuelve por tanto universo, y todo está en el lenguaje, lo que podemos pensar y lo que nos es dado pensar está ahí. Por eso tal vez, desde sus primeros libros, en los que el transcurso y el viaje se muestran como una metáfora similar al proceso que tiene que realizar el lenguaje para transformarse en conceptos y sentimientos desde la estética simbolista que se trasluce en sus versos, la decantación hacia los procesos mentales se ha agudizado. El mundo no se ve reflejando mediante símbolos en el poema, el poema es el mundo, y cada una de sus palabras un ladrillo más que lo sustenta. Los poemas de Frágil evidencian esa fragilidad del mundo, que no existe hasta que no es pronunciado por el poeta, y que solamente entonces puede ser experimentado. De ese modo se produce una transustanciación, ya que el poeta se torna verdadero creador, hacedor del mundo, toma verdaderamente las riendas de la creación, y como nuevo dios ejerce la poiesis –creación- de su mundo. El poema es el mundo y el peligro que acecha ahora al poeta es esa palabra de más, esa palabra innecesaria que quiebre la armonía del poema.
Y ese silencio es peligroso, y hasta cierto punto es injusto con el lector.
De momento Rodríguez Marcos le entrega un montón de mundos en esta antología. Y lo de menos es el precio.
Javier Rodríguez Marcos Antología sumergida Plataforma La Gaceta del libro en Extremadura, Cáceres, 2005
22 noviembre 2006
Pon cuanto eres en los mínimo que hagas
La lectura del libro evidencia una calidad equiparable a la del título. Se trata de un cuento, una coda, y una breve nota final aclaratoria. Por la lectura de la misma sabemos que este texto está desgajado de un libro mayor del que formaba parte físicamente, aunque nunca lo fue temática ni verdaderamente, y que finalmente había decidido dejar que corriese solo por los estantes de las librerías. Escrito durante la estancia de su autor como becario de la Academia española de Roma –quién estuviese allí, en el Giannicolo, a un paso del Trastevere, a dos de la Via Guilia y del Campo di Fiori- narra la historia de un autor joven que ha conquistado el prestigio dentro de la profesión y se ve convidado a formar parte del jurado de un premio literario. Al leer las novelas finalistas –la escena en que se nos describe cómo selecciona a su favorita es antológica- descubre que la novela presentada es la suya, y se desencadena la trama que corre veloz hacia su final. Disculpen que no lo cuente, pero así obligo a la gente a gastarse los tres euros con setenta y cinco que cuesta el libro. Como ven es un precio pequeño para lo que el libro vale.
El estilo llano y lo acertado del ritmo del texto son, sin lugar a dudas las dos principales virtudes de un texto que se rige por una implacable lógica, como si se tratase de un bisturí va seccionando la historia para dejarnos ver su transcurso, y que desemboca en un final fantástico y, al mismo tiempo, perfectamente coherente con la historia. Está mal decirlo, pero sorprende tratándose de un autor que ha merecido su fama a través del verso, ya que no suelen destacar las narraciones de poetas por su rigor constructivo –y sé que al decir esto surgen un montón de excepciones que echan por tierra la afirmación, y aún así sabemos que no ando desencaminado.
La coda del texto viene a aportar una poética de la lectura y la escritura, casi un modo de entender la vida:
-Sí, es cierto que se lee para saber que no estamos solos, tanto como que se escribe para decir que lo estamos.
Que viene a ser una versión muy acabada del “escribir poesía es mi manera de estar sólo” de Pessoa –y sabe el que haya leído este libro que la cita no es casual.
Pero, además del texto en sí me ha gustado que el cuento se haya editado de modo independiente –y de un modo excelso, como es habitual en la Editora-, otorgándole a la narración, por sí misma, todo el reconocimiento que merece. Una de las fatigosas labores del cuentista es tener que recopilar sus historias en volúmenes que siempre tienen “poco lomo” a juicio de los editores. Pero este libro demuestra que en sesenta páginas puede haber muy buena literatura sin necesidad de llevar todo un cortejo detrás –que es uno de los defectos que tienen algunos libros de cuentos, que acusan mucho la macrocefalia de ocupar doscientas páginas cuando sólo unas veinticinco de ellas, de uno o dos cuentos, merecen la pena.
El cuento es, como algunos se han percatado, una epifanía. Hay momentos que sólo los puede otorgar un cuento. Pero por condicionamientos editoriales los relatos han tenido que ir en grupo, en pandilla, y de ese modo cuesta mucho distinguir a los brillantes de los prescindibles. A veces tiene uno la misma sensación al comprar un libro de cuentos que cuando va a la frutería: no puedes saber hasta que comes todas las manzanas cuántas estaban pasadas. Por eso habría que editar más cuentos así, de un modo exento, respetando la personalidad del mismo. Quizá de ese modo se evitaran esas recopilaciones que devalúan al género, y los autores tendrían la posibilidad de reunir los mejores de sus cuentos sin prisas, sin la necesidad acuciante de tener que llegar a las ciento y pico páginas para que alguien se lea el manuscrito.
Este cuento, junto a unos cuantos compañeros, fue presentado a un certamen de relatos, uno de los muchos que salpican el panorama nacional y que permiten sobrevivir a un puñado de buenos cuentistas y dar alas a muchos mediocres. Fue desestimado porque su autor mando una copia menos de las solicitadas por las bases –por cierto, ¿por qué hacen falta varias copias de un original para los premios?, ¿no sería más lógico enviar sólo uno para que se hiciera el proceso de selección y que la organización fotocopiara los cuatro o cinco finalistas para el jurado?, ¿hay intereses de los fabricantes de fotocopiadoras o de CEDRO en todo esto?-, se quedaron fuera por ser pocos. Como si se tratase de un partido de fútbol: no hay suficientes jugadores y no se juega.
Tal vez el azar en este caso jugó a favor del lector, ya que de ese modo ha podido disfrutar de un cuento único –si McLuhan estuviese aquí alabaría el título del libro como ejemplo de medio que contiene mensaje-, sobre los solitarios que leen y escriben, preciosamente editado –muy bien elegido el cuadro de portada-, que nos hace sentirnos un poco más acompañados.
Javier Rodríguez Marcos Nosotros, los solitarios Editora Regional de Extremadura, Mérida, 1997
04 noviembre 2006
Tentaciones
No creo que sea casual que Julián Rodríguez termine el prólogo de este libro, las Palabras preliminares, hablando de la fe. De la palabra, “fe”. Y que ofrezca el curioso dato de que Corominas haya demostrado que, desde 1140 la palabra nunca haya cambiado, que haya perdurado casi mil años del mismo modo, inmutable. Parece ser que significaba confianza, promesa y crédito. A mí son tres palabras que me vienen asociadas a la mujer, no sé por qué, pero me sucede. Y con las otras dos que él cita: vida y dignidad. Hay un algo en la mujer que la hace ser siempre digna. Uno se imagina a un hombre haciendo actos indignos, pero le cuesta más imaginarse a una mujer. Los hombres nos matamos más, y hay más hombres en las cárceles, y aunque eso sea sólo una verdad estadística –y por eso mismo seguramente será falsa- no puede uno evitar ver en eso una evidencia.
Julián Rodríguez ha escrito un libro de amor a las mujeres, pero no el que habría escrito un galán, un donjuán clorótico y enfebrecido de lecturas como el Neruda desesperado y enamoradizo. No, este es un libro en el que se trasluce el respeto, el cariño, la admiración por ellas. Y la fascinación, la del secreto, la del que sabe que nunca sabrá por entero como son. Posiblemente es un libro que una mujer nunca habría podido escribir, porque para hacerlo es necesario ese misterio, ese deseo de saber que Rodríguez tiene, y que para una mujer, posiblemente, sea lo más básico e insustancial del producto. Casi parece que uno pueda escucharla: “Ah, así que es eso lo que le ves a esa chica”, en el caso de que uno, ingenuo, contestase a esa pregunta retórica del “No sé qué le veis”.
Y para escribir esta carta de amor que no espera contestación, toda carta de amor verdadera no se escribe esperando contestación, y tal vez por eso todas las cartas de amor sean ridículas, ha reunido un grupo heterogéneo de vidas, de sufrimientos, que cuenta con el mismo afán alusivo y elíptico de toda su obra, transido de poesía y de silencio, y que se amalgaman en torno a poesías, a pequeñas prosas líricas, a relatos esbozados en los que siempre es una mujer la que nos habla, la que nos cuenta, la que se refleja en el narrador que escribe la historia. Y lo fascinante de este texto, como casi todos los de su autor, es la capacidad de contarlo todo en dos, tres detalles. A veces, como en el texto llamado Chejov en dos recuerdos y una tarde gris, otras, como en Nombres, contando toda una vida desde el modo de nombrar a una persona. Como es corto, lo copio:
Fue Eliza durante unas pocas semanas, cuando era niña. Eliza, Lily. Pronto lo cambió a Lil.
Más tarde fue Miss Steward en la carnicería. Y también mi amor, querida, madre.
Enviudó a los treinta. Volvió a trabajar como Mrs. Hand. Su hija creció, se casó y dio a luz un niño.
Ahora ella era Nanna. Todo el mundo me llama Nanna, solía decir a las visitas. Y eso hacían ellos. Incluso los dependientes y el médico.
En el geriátrico usaban los nombres cristianos de los pacientes. Lil, les dijimos nosotros. O Nanna. Pero aquello no constó en su expediente, y durante las desconcertantes últimas semanas fue Eliza una vez más.
¿Quiénes somos realmente? ¿Cuantás vidas vivimos? Muchas vidas, o muy pocas. Tal vez todas se parezcan. Al menos en lo importante. Y Rodríguez ha sabido apuntar hacia esa cosas que parece que no, pero realmente sí, son importantes.
Porque, haciendo arqueo final, no hay que olvidar que éste es un libro escrito por un hombre, y habla de mujeres, de ahí que posiblemente se trate de comprender que uno no es más que una parte, y que buscamos restaurar la unidad que se escindió con nuestro nacimiento.
Terminaré con una cita del Eclesiastés que incluye el propio autor en las Palabras finales: “Si dos duermen juntos se calientan, pero el que está solo ¿cómo se calentará?”