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17 julio 2012

Huida sin fin


Soma Morgenstern conoció a Joseph Roth cuando tenían diecinueve y quince años respectivamente. Ambos habían nacido en Galitzia, de familia judía y se dedicarían a lo largo de su vida al periodismo y la literatura. Ahora se reedita un libro único, una perla porque no sólo por ser un libro maravillosamente escrito, sino porque es un testimonio excepcional de la vida de Roth y su entorno: “Huida y fin de Joseph Roth” (Pre-Textos). En él Morgenstern retrata la amistad que los unió y el progresivo deterioro físico provocado por el alcoholismo que llevó a Roth a la tumba cuando tenía tan sólo cuarenta y cinco años. Sorprende, si uno lo ve en las fotografías, conocer que murió tan joven. En ellas se aprecia la exacta descripción de su amigo: un enorme bigote, canoso, hinchado por el exceso de alcohol y la falta de comida. La vida de ambos fue, en realidad, una continua huida. En las notas del libro –por cierto, la edición de Ingolf Schulte es excepcional- se incluye un curioso detalle. Tanto Roth como Morgenstern incluyeron la palabra flucht (huida, fuga) en los títulos de varias obras. No es casual. Galitzia formó parte de más de cinco estados durante la vida de Roth, tenían varios pasaportes que usaban según sus necesidades, y se pasaron la vida huyendo. Morgenstern, que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial, se exilió a Nueva York, donde murió desconocido por todos y con sus libros desaparecidos en las librerías alemanas. Roth murió antes de que los nazis invadiesen Polonia, por lo que se ahorró un episodio más de su personal fuga sin fin. En la obra de Roth se percibe una nostalgia constante del ideal europeo que supuso el Imperio Austrohúngaro, la idea de una Mitteleuropa unida en la que había libertad de circulación y donde nadie era perseguido por su religión –la presencia del judaísmo es constante en la obra de Roth-, se hizo aún más idílica a medida que se alejaban de la caída de imperio. Leyendo la idea del mundo que tiene Roth se puede entender el ideal austrohúngaro como precursor de ese Mercado Común transmutado en estado con proyecto constitucional en el que vivimos. En cualquier caso, lo más interesante del libro es que rescata los ideales fundamentales de Roth. Por un lado la claridad: prefería los periodistas a los escritores, se burlaba de los escritores para escritores, y siempre despreció a los que se dejaban llevar por la retórica o el hermetismo. Un buen ejemplo es el momento del libro en que se narra como el hijo adolescente de Morgenstern le dice a Roth que le gustan sus libros porque entiende todo. Por otro la nostalgia del ideal habsbúrgico que quizá ha provocado que, en el actual panorama de recuperación de autores de la primera mitad del siglo pasado, el lector pueda confundirse. Poco tiene que ver Roth con la facilidad superventas de Zweig –ojalá los autores de best-sellers supieran escribir hoy como lo hacía Zweig-, o con el delirio kistch de Marái –recuperado por su aroma a naftalina, como un sofá estampado de Cuéntame-, su obra ha sido siempre exaltada por los que buscan en un libro algo escaso: verdad.

"La marcha Radetzky" (1932) es la obra maestra de Roth. Reeditada en diversos formatos por Edhasa. La identificación entre el emperador Francisco José y la familia Trotta, cuyos caminos se cruzan por primera vez en la batalla de Solferino, le sirve a Roth para retratar el esplendor y declive de un mito utópico, el del Imperio Austrohúngaro y la Finis Austriae.

Roth siempre presumió de su faceta periodística. "Viaje a Rusia" (Minúscula) reúne las crónicas del viaje que realizó a la Rusia posrevolucionaria en 1926. Lo que presenció durante su visita le desencantó del ideal comunista, con el que estaba muy ilusionado en la época. En el libro señala que el antisemitismo impidió a Trotsky tomar el control del partido comunista.

La editorial que más ha apostado por devolver a las librerías en ediciones actuales a Roth es, sin duda, Acantilado. Desde la indispensable “La cripta de los capuchinos” hasta los títulos recién editados: “La rebelión” o “Judíos errantes”, son doce los libros, de narrativa y ensayo, que ha editado ya. Y, afortunadamente, no parecen tener intención de detenerse. Agradezcámoslo.
 Este artículo apareció durante el mes de abril de 2008 en el diario Público

15 febrero 2010

Apretarse el cinturón

Uno de los reclamos más habituales dentro de la promoción de un libro es la faja promocional. Todos las hemos visto, pero muy pocos nos fijamos en ellas. Normalmente son ese añadido que se hace a los libros después de que se hayan impreso para llamar la atención del hipotético comprador. Las fajas comenzaron a utilizarse cuando caía un premio, o muy buenas críticas, y todavía muchos libros de la edición en el almacén. Si se imprimiera una segunda edición es más económico, y práctico, introducir esa información en la portada. No, las fajas se hacen por economía, para aprovechar esos ejemplares que no se han vendido aprovechando nuevos reclamos. Como siempre hay excepciones, de un tiempo a esta parte las fajas han comenzado a tener una nueva motivación, que es la de introducir información sin alterar el diseño de portada. Esto sucede, ante todo, en las editoriales más cuidadosas con el aspecto de sus libros, y es, en líneas generales, algo que se ha importado de la edición francesa. Cualquier que se haya dado una vuelta por las librerías galas habrá comprobado lo sobrias y elegantes que son las cubiertas de los libro francesas -los del departamento de marketing las denominan aburridas-, y se habrá fijado en que las novedades aparecen siempre engalanadas por una faja en la que aparece la foto del autor o algún comentario, que no pueden aparecer dentro del rígido diseño de la colección. Tanto es así que en Francia uno sabe si el autor tiene algo de prestigio o no dependiendo de si se pone a la venta con una faja con su fotografía en ella. Algunos editores españoles han importado ese mismo método de dar información sin violentar el aspecto de sus libros. Es el caso de Periférica, donde gracias a las fajas promocionales se han visto en las librerías los rostros de Fogwill, Yuri Herrera, Valerie Mréjen, etc.
O sea, que más que para contener, las fajas se usan para engalanar, de ahí que quizás fuera más lógico y práctico llamarlos fajines promocionales, porque de ese modo el nombre respetaría el aire de gala de los fajines que acompañan a los frac y esmóquin.
Vamos a ver, pues, un catálogo de esas fajas, escogidas de un vistazo rápido en mi biblioteca.
Esta es una fotografía -movida, por cierto, qué le vamos a hacer-, de una de las sorpresas de la temporada: La novela Fin de David Monteagudo. No voy a hacer comentario alguno sobre el texto en sí, porque aún no he leído el libro. Tan sólo contemplo el éxito del boca a boca, la jubilosa recepción de la crítica y el hecho de que el tipo me cae más o menos bien. Yo me alegro de que a la gente le vaya bien, como dice Fernández Mallo, y que un tipo pueda dejar una fábrica de cartonajes para vivir de escribir me parecerá, siempre, bien.
Pues bien, la faja o fajín, es prototípico. Se mantiene la cubierta de la edición original, con el distintivo diseño de la colección, y se añade una gruesa faja llena de citas elogiosas con el libro. Por supuesto, viviendo como vivimos en la dictadura del número, es más importante, y por eso aparece lo primero y de forma destacada, el hecho de que se haya tenido que hacer ya una segunda impresión del libro por lo nutrido de las ventas. Bien, en Acantilado hacen un uso habitual y ya conocido del recurso de la faja promocional. Pero vamos a ir analizando otras posibilidades que conviene conocer.
Un modelo más o menos reciente es el que ha convertido la faja en una medalla, una corbata o no sabemos muy bien qué. En algunos casos, por ejemplo, estas fajas sirven para actualizar una edición. No tengo en mi casa ejemplares de La carretera, de Cormac McCarthy, donde Mondadori ha aprovechado el tirón de la película para colocar una generosísima cinta que reproduce el cartel de la película basada en el libro que se acaba de estrenar. No vende tanto el escurridizo escritor como para que no haya ejemplares en el almacén de la edición en trade que no se puedan colocar. Algo parecido a esa cinta ancha que parece cambiar la cubierta por entero se dio cuando se estrenó Desgracia, basada en la estupenda novela del excepcional escritor Coetzee -creo que se nota que me gusta más Coetzee que McCarthy. Bueno, eso son más ingeniosos "retapados" que otra cosa.
Cintas, lo que se dice cintas, son las que, por ejemplo, acompañan algunos libros de Salto de Página. El moderno diseño permite juegos de este tipo. Son, además, cintas que aguantan mucho más que las clásicas fajas, ya que se enganchan a la cubierta del libro y no rodean el ejemplar, y permiten dar al libro un aire más moderno. Por ejemplo, en el caso ilustrativo la nómina de autores presentes en esta antología de relatos fantásticos. Un modo llamativo y novedoso de reclamar la atención del lector. Cada vez se ven más estas medallas -a mí me recuerdan a las medallas de los uniformes o a las cintas de la tuna-, y parece ser que son, ya, una tendencia.
A veces las fajas son una complicación. Al diseñar el libro uno se ha dado cuenta de que hay mucha información que debe aparecer en la cubierta. Autores, título, editores e incluso, como en este caso, varios títulos. Por otro lado, si uno ha escogido una imagen atractiva, conviene que la faja no la tape. Pero aún así uno tiene una cita que servirá como irrebatible argumento de venta para un libro de difícil salida. Bueno, con una situación así las opciones se hacen muy estrechas. De ahí que no sea muy criticable, aunque sí llamativo, el ejemplo de Sexto Piso y la faja del libro Especímenes del folclore bosquimano.
La faja es tan estrecha que uno casi pensaría que es un cinturón, o uno de esos cordones que se usaban antes en los pueblos para ceñirse los pantalones a la cintura. Tan estrecha es la faja, la fajilla, que fijándose, casi parece estrangular el libro, como esos cinturones que pretenden reducir una o dos tallas respecto de la que necesita el usuario. Lo curioso es que es, exactamente, la misma cita que cierra el texto de contracubierta del libro. O sea, que ya estaba allí, pero es bien cierto que muchos compradores no llegan, tan siquiera, a levantar el libro de la mesa de novedades. El mundo de los libros es cruel como el de la cirugía estética moderna, y muchas veces nadie mira el trasero, será por eso que hay muchas más operaciones de pecho que de glúteos.
Con todo, la faja puede ser un elemento más del diseño del libro. ¿Por qué no llamar la atención con la faja pero integrándola dentro del concepto del libro? Algo así debieron pensar en la editorial Sudamericana cuando se lanzaron a editar la segunda de las antologías temáticas de nuevos narradores argentinos que compiló Diego Grillo Trubba. Escribir sobre casos policiales en un mundo donde la serie más vista de televisión es CSI obliga casi a adaptarse al imaginario colectivo de la época. ¿Qué nos dice hoy que se ha producido un crimen? La cinta que impide el paso a la escena del crimen. Lo mejor es, por lo tanto, proteger el libro con una de esas llamativas cintas. El mensaje es claro, directo y queda, a qué mentirnos, muy bien. Quizás por eso la idea la han copiado ya en varias ocasiones. De todos modos en el mundo del diseño no hay plagios, hay tendencias, por eso lo mejor que le puede pasar a uno es "crear tendencia". Resumiendo: Uno, seguro que a los de Mondadori Argentina tampoco fue a los que se les ocurrió la idea. Dos, da igual, queda bien.
Hay tantas posibilidades como cada uno quiera explorar. Pero este repaso, conviene no engañarse, se ha construido siguiendo el modelo que Cortázar intuía que seguía Edgar Allan Poe para cada uno de sus cuentos: quiere llegar a un destino, que es el de la mejor faja que a día de hoy uno ha visto.
La editorial Blackie Books ha editado justo antes de que terminase el año el libro Cosas que los nietos deberían saber. Se trata de un libro de Mark Oliver Everett, el extravagante líder de la banda Eels, que es homónimo del último tema del disco Blinking Lights and Others Revelations.
El libro llegó en un precioso sobre transparente. Y cuando lo abro tengo en mis manos el libro tal y como aparece en la foto, con una llamativa faja abrazando el libro.
Pero a poco que uno comience a manipular el libro se da cuenta de la calidad del papel empleado en la faja, y del grosor del mismo. Además de lo cuidado del diseño de la misma, que sigue la estética del penúltimo disco de Eels, Hombre Lobo. Un diseño que, como reconocerá cualquier persona atenta, es un homenaje-variación del de las cajas de Cohibas, la marca de puros y cogarros cubanos.
Al tocar la faja uno comprueba el grosor de la misma y que parece estar convenientemente plegada. Así que no la despliega y se va encontrando con el hecho de que la faja parece tener, también, información.
Concretamente, a medida que uno la va desplegando, ya totalmente ajena al libro. Contempla que está llena de datos. Por ejemplo, la biografía del autor del libro, e información de su labor como compositor.
Incluso, como puede apreciarse en el detalle, se reproducen todas las portadas de los discos de la banda, incluso el último, End of times, que se ha puesto a la venta con posterioridad al libro. También el ya mencionado Hombre Lobo, que imita una cajetilla de Cohibas. O Blinking Lights..., donde está la canción que tiene el mismo nombre que el libro, y demás discos que han cimentado el prestigio de Eels como banda independiente.
Pero lo más sorprendente viene al darle la vuelta a la faja, ya desplegada y extendida, y darse cuenta de que en el reverso hay una estupenda imagen del propio Everett con su perro. Un póster singular que el fanático de la banda apreciará y que pone el colofón a un llamativo y cuidado diseño.
Así pues, teniendo en cuenta que hay tantas fajas promocionales como editores, y que para gustos los colores, uno se atreve a lanzar a los cuatro vientos la idea de que esta es la mejor faja promocional que jamás ha visto. Y que, desde luego, abre posibilidades a los diseñadores. Aunque estamos en una época que parece invitar a apretarse el cinturón, o la faja, desde luego merece la pena tener esta singular y única edición en casa.
A mí, al menos, me encanta.

21 junio 2007

La novela de una amistad

Las memorias de personajes históricos suelen leerse para conocer más sobre la biografía del protagonista y autor de ellas, pero en el caso de las de Albert Speer uno se acerca a ellas más interesado por la figura de Hitler que por la del propio Speer. Es evidente que la figura de Speer es, se mire por donde se mire, fascinante. Su labor como arquitecto del Tercer Reich es interesantísima, su ideario de la construcción sólida que debe transformase en ruinas que sobrevolaran los siglos como las de la antigüedad clásica, y no menos interesante fue su labor durante tres años como ministro de Armamento y Producción Bélica. Pero, conviene no engañarse, uno no le lee casi mil páginas por Speer, lo hace por una figura tan controvertida e interesante como Hitler.
Joachim Fest, al que siempre se ha aludido como ghost writer de estas memorias, fue, por ejemplo, el autor de la biografía de referencia sobre el dictador alemán, y seguramente muchos de los puntos de vista y de la información sobre su persona las obtuvo de sus conversaciones con Albert Speer.
Estas mil páginas son, en realidad, la historia de una amistad. De una fascinación inicial que le llevó a seguir a ojos ciegos al Führer y de una decepción posterior que de todos modos no puede empañar los recuerdos y los sentimientos en que está basada esa amistad. En el juicio de Nuremberg, Speer llegó a observar –como recuerda en el prólogo- que si Hitler hubiera tenido amigos él habría sido uno de ellos. Y es en torno a esa relación en la que se mueve este libro.
Lo que sucede es que Speer no mantiene una relación pura y diáfana con Hitler. Para Speer es también un modelo, una guía de conducta, y por eso cuando ese ideal se va resquebrajando a medida que avanza la guerra –y comienza a romperse en el momento en que la política alemana pasó del desarrollo industrial y económico a la expansión territorial- vemos que Speer llega a plantearse su participación en un complot destinado a matar a su amigo.
Speer es un arquitecto, un ingeniero eficaz que no puede actuar irreflexivamente, como ve que sucede en la cúpula militar y política alemana durante la guerra. No deja de ser curioso que, de creer lo que dice en estas memorias y el tono es suficientemente honesto como para pensar que no miente, parece ser el único de los grandes mandatarios nazis que no pierde la cabeza cuando se precipita la derrota final y uno sospecha si el mando de Speer no habría provocado un final distinto a la guerra. Tampoco podemos saber hasta qué punto estas memorias están escritas con un afán exculpatorio, buscando limpiar su nombre, asociado ya para siempre a los desmanes nacionalsocialistas. Modesta u orgullosamente, el propio arquitecto nos responde en el libro cuando vislumbra que su labor habría sido prolongar la agonía alemana, lo que habría sido peor para todos los enfrentados en el conflicto.
La imagen que se proyecta en la mente del lector que se acerque a este libro es muy distinta de la eficacia que uno relaciona con los alemanes y del perfeccionismo que siempre se achacó a los nazis. Uno se queda más con la impresión de unos gobernantes caprichosos, alucinados, entregados al hedonismo más pueril y a las intrigas de poder. Pero siempre tiene en cuenta que Speer estuvo allí, que está hablando de lo que vio con sus propios ojos, y por eso gana con su verdad frente a las ideas preconcebidas con las que el lector pueda llegar al libro.
Aunque, como ya he dicho, es Hitler el centro del mismo. Las tres partes del libro siguen la evolución de la relación de ambos amigos. En la primera Speer es el arquitecto de Hitler. Tiene acceso a su intimidad, es el confesor del dictador y este siempre tiene tiempo para él. Es el momento del idilio en que Hitler desea y Speer proyecta. Es una lástima que esas edificaciones no se realizaran o de que muchas hayan sido destruidas por su poder simbólico.
En la segunda parta la relación se enfría. Speer tiene ahora responsabilidades políticas. La gestión de su cargo le enfrenta con jerarcas nacionalsocialistas, comienza a ser consciente de las limitaciones de Hitler a la hora de gobernar y se va produciendo un enfriamiento de las relaciones entre los amigos, con el consiguiente distanciamiento. Ya no hay un idilio, sino una amistad basada en los momentos vividos y en los ideales compartidos.
La tercera es la de la ruptura. Speer nos desgrana los desmanes del Führer, las luchas intestinas en el gobierno, el desgobierno y la derrota. En ese momento Speer aparece como un héroe –o ha sido capaz de construir esa imagen a través de la escritura de sus memorias, tanto da, este centón de páginas no sirve para exculparle de los crímenes cometidos-, pormenoriza los hechos que le valieron un trato amable en los tribunales de Nuremberg: él protegió el tejido social e industrial del país frente a los deseos exterminadores de Hitler y sus allegados. Ahora los sentimientos hacia el antiguo amigo oscilan entre el temor, la repulsa y, a veces, el odio. Pero no deja de ser curioso que siga buscando la protección, la bendición del dictador, lo que demuestra la influencia que, toda su vida, ejercicio Hitler sobre su arquitecto.
Leer las memorias de Albert Speer debería ser cita obligada para todos los interesados en la Historia, especialmente en la de la Segunda guerra mundial, pero lo sorprendente de este libro es que resultaría igualmente satisfactorio para un lector de novelas, que quiera presenciar la historia de una historia de amor, la de la relación entre Hitler y su arquitecto y ministro. Es un verdadero novelón que nos alumbra sobre los mecanismos de la amistad, sobre la dinámica del odio y el amor, de la envidia y de la gratitud, y que resultará apasionante no sólo para los que busquen aprender Historia, sino para todo aquel al que le interese el alma humana.
Albert Speer Memorias Acantilado, Barcelona, 2003

23 marzo 2007

De cómo me cambiaron el libro que yo iba a leer

No sé si habrá –de no existir habría que escribirlo- un tratado sobre la decepción. Seguramente en este momento algún poeta de la experiencia en plena reconversión en novelista de éxito –ladrillo mediante- estará tomando nota para cambiar de tercio sin que se note demasiado. Lo importante de todos modos, en lo tocante a la decepción, es que cualquiera puede sentirla, y todos sabemos en qué consiste. ¿Quién no se ha sentido decepcionado alguna vez?
La primera vez que supe de la existencia del libro Los antimodernos de Antoine Compagnon fue en la librería La Central de Madrid. En la planta superior tenían el libro original en la mesa de novedades. Lo ojeé con la curiosidad que todo adicto a los libros tiene por un libro francés, con esas portadas tipográficas, con aire elegante y alejado de la edición hispana, entregada al packaging de escuela de diseño. Y no tenía mala pinta. Con mi pobre francés, que me sirve para pedir la comida en un restaurante de París o para charlar con una librera mientras me invita a un café –y manteniendo luego la conversación en un cordial pero horroroso inglés- me dio la sensación de que el libro tenía su interés.
Esa sensación se vio reforzada cuando me llegó el correo electrónico del encargado de prensa de Acantilado, la editorial que ha decidido publicar el libro por estos lares, porque lo que se decía de él parecía interesante. Voy, para dejar claro que uno no se inventa las cosas, lo que dice la contraportada del libro:
¿Quiénes son los antimodernos? Ni los conservadores, ni los académicos, los timoratos o reaccionarios lo son, sino que, por el contrario, se encuentran entre aquellos modernos que lo han sido contra su voluntad: los que avanzan, como Jano (o como Sastre decía de Baudelaire) mirando al retrovisor. El presente libro analiza con detalle el filón de la resistencia a la modernidad que la atraviesa y que en cierta medida la define, y con él se obtiene un punto de vista distinto del de aquel modernismo que se ocupa ingenuamente del “progreso”. Compagnon cataloga algunos temas característicos de la corriente antimoderna de los siglos xix y xx, y, entre los temas y las figuras que los sustentan y articulan, nos enseña como [sic] los antimodernos han acabado siendo la auténtica sal de la modernidad.
Bien, independientemente de la errata –en una contraportada, sí- la realidad es que el libro tiene una pinta estupenda. Por fin alguien se va a acercar de un modo sistemático al pensamiento y obra de ese puñado de autores que han quedado como paradigmas de la modernidad, ahí está por ejemplo Baudelaire, que es insustituible como creador que es del concepto –lo que, por cierto, debería obligar a los historiógrafos a replantear eso de la Edad Moderna a la hora de nombrar el periodo histórico-, para demostrar que en buena medida esa modernidad está sustentada en un profundo conocimiento de la tradición y en una desconfianza palpable hacia cualquier innovación porque puede ser sencillamente eso, nueva, pero no interesante por el mero hecho de ser novedosa.
Así que uno solicita el libro a las amables gentes de Acantilado y, cuando lo recibe, se dispone a leerlo con devoción, con verdadero interés. Pero en ese momento sobreviene la decepción. Sólo he podido aguantar medio libro, que me parece que es suficiente esfuerzo y un margen de confianza más que generoso.
La razón es bien sencilla. El libro es un análisis centrada en autores franceses, no todos especialmente interesantes y reconocidos –abundan las referencias a autores de segunda y tercera regional-, y de su evolución histórica dentro de la tradición francesa –también abundan las referencias a la historia gala-, para demostrar que frente a los sucesivos movimientos “revolucionarios”, o que pueden ser entendidos como novedosos, un grupo de autores –que en algunos casos han terminado convirtiéndose en canónicos y en otros no, por lo que no se entiende la inclusión de unos y otros en el ensayo- se han mostrado recelosos, no enfrentándose a dichos movimientos sino ejerciendo el reverso de los mismos, ocupando, por así decirlo, las zonas abandonadas por ese movimiento.
Bien, la tesis puede ser más o menos interesante, pero desde luego es muy sencilla: cuando algo pasa unos salen en la foto y otros siguen trabajando en la sombra en los lugares que han quedado vacíos. Vale, es normal, lógico. Si se me rompe el vaso uso la taza, pero no es para andar partiendo pelos en tres.
Lo que sucede es que este libro ha sido premiado por algunas de las instituciones más rancias de la cultura francesa, y las posibilidades de exportación del libro se multiplican, pero luego viene la dura realidad: Los antimodernos es un libro plenamente francés, chovinista y que carece de verdadero interés fuera de su contexto patrio. Si Compagnon hubiera estado más listo –o si su objetivo hubiese sido lograr un libro de interés verdadero, que se hiciese preguntas que incumben a todo hombre independientemente del pasaporte que tenga, y no sólo local, pese a que esta opción sea mejor para la pedrea de los premios, ya se sabe que algunos prefieren ser cabeza de ratón- habría analizado algunas de esas premisas en autores fundamentales, independientemente de su nacionalidad o lengua en que escribieran –ni tan siquiera se acerca a Beckett, que escribió su obra más audaz en francés- y desde una perspectiva estética y literaria, no meramente política, sobre todo porque no se nos habla tanto de corrientes ideológicas como de situaciones contextuales, lo que no deja de ser irónico y poco interesante.
Así que uno se queda con la esperanza de que alguien escriba ese libro que promete la contraportada del libro, que analice de un modo verdaderamente profundo y esclarecedor las relaciones entre la modernidad y la tradición y cómo se han hecho estas patentes en la obra de los granes creadores.
Hasta entonces nos quedamos sin leerlo, porque este no es, desde luego, un libro que hable de eso.
Antoine Compagnon Los antimodernos Acantilado, Barcelona, 2007

23 febrero 2007

La sociedad condenada

Normalmente en los textos de contracubierta –o en las solapas, los textos de los catálogos y los folletos de prensa- los editores exageran. El objetivo es claro: vender el libro. Las librerías no son como un concesionario, no hay un vendedor –ahora los llaman comerciales, que es más fino- colocándote un producto. La idea es que el producto se venda solo –y al escribir esto me he acordado de Juan Rulfo en la entrevista del programa A fondo, cuando dice que se le daba bien ser viajante de la Goodyear porque la llantas eran un producto tan bueno que se vendían solas, la verdad es que no se imagina uno a Rulfo vendiéndole a nadie nada-, o como mucho con el empujoncito del texto de contracubierta.
Por eso, pese a que uno ya había leído las dos novelas que se han traducido en España de Adám Bodor, la estupenda El distrito de Sinistra y la algo más floja –es difícil estar siempre a tanta altura- La visita del arzobispo, al leer la contracubierta de La sección me pareció que se exageraba un poco.
Como es feo hablar de oídas vamos a traer aquí el final de ese texto de contra:
Al contrario que en Kafka, en el que solamente uno es el escogido, en este breve e intensísimo relato de Bodor es toda una sociedad quien sufre las consecuencias.

Uno ha visto ya demasiadas veces usar el nombre de Kafka en vano –qué teológico queda, la verdad- como para tomarse muy en serio este tipo de aseveraciones. Pero uno también ha leído ya narraciones de Bodor como para saber que es posible que la comparación no sea un mero truco comercial –vaya, otra vez la dichosa palabra. Pero hay que ser sinceros, esa última frase de la contracubierta está cargada de verdad, y es un resumen casi perfecto de la nouvelle que tenemos entre manos.
Es breve –poco más de cincuenta páginas de generosa tipografía- e intensa –puesto que es capaz de exigirnos una atención total como lectores y nos evade completamente de lo que tenemos a nuestro alrededor. Pero, sobre todo, es una narración kafkiana, en la que nos vemos enfrentados a un universo reconocible pero que no podemos definir, a una realidad que parece relacionada con nuestro mundo pero en la que se siguen otras reglas, y, como bien dicen en el texto citado, vemos que en la sociedad en la que se mueve la protagonista son todos los condenados. Frente a la sensación del individuo enfrentado a su destino, a su culpa esencial y sus deseos que nos muestra el escritor checo, en este texto son –quizá somos- todos los condenados.
Y por eso resulta doblemente interesante este texto. No ya por lo perturbador del mismo –que lo es y mucho, y bastará como ejemplo decir que yo leí este libro en un café tras haber decidido tomarme algo una tarde y echármelo al bolsillo, pero que me fui capaz de abstraerme a todo durante su lectura y, una vez terminado, no pude hacer otra cosa que pagar y volverme a casa-, sino también por trasladar el centro de atención de lo singular a lo plural. Bodor se centra en la travesía de un personaje, de Gizella Weisz, hacia la sección a la que ha sido destinada, pero en realidad todo su entorno está lleno de condenados, y tal vez no esté diciendo, del modo alegórico y poético en que siempre lo hace, que toda nuestra sociedad es culpable.
Adam Bodor La sección Acantilado, Barcelona, 2007

03 octubre 2006

¿Y tú qué haces aquí?

Cuando, ahondando en el tópico de la "cultura versus la televisión", alguno de esos santones que despotrican contra un sencillo eletrodoméstico como fuente de todo mal social comienzan a poner verde un programa como Crónicas marcianas yo acostumbro a pararles los pies. No por nada personal, ni porque uno fuera fan del programa o porque me guste incordiar –bueno, un poco de lo último sí que hay- sino porque me parece que los que critican dicho programa olvidan decir dos cosas: que si lo critican tanto y con tantos datos sería porque lo veían por costumbre, y que si lo veían es porque les resultaba divertido. Y eso es lo que pretende dicho programa, no creo que Javier Sardá haya pretendido, nunca, ser Hegel.
Yo no tengo empacho alguno en decir que lo veía, la mayoría del rato con el volumen desconectado, porque con el volumen bajo ya se escuchaba a algunos de los contertulios del programa gritar, pero siempre atento al momento en que Juan Carlos Ortega y Empar Moliner hacían acto de presencia. Y ojo, que tampoco estoy cayendo en el esnobismo fácil de lo que aseguran que dejaron de verlo en el momento en que Galindo, Mariano Mariano –ese que ahora participa en el de veras vomitivo programa del baile donde sale la Nietísima-, Fuentes y demás dejaron el programa. Nunca durante todo el tiempo que duró su emisión hubo un colaborador tan surrealista, tan extraño e irónico como Ortega, nunca alguien tan ácido y a la vez cándido como Moliner. Y son los de la última etapa, los que salieron "vencidos" por Buenfuente -por cierto, habrá que seguir la campaña electoral catalana ahora que Montilla se va a lanzar a los monólogos con uno de los guionistas del Terrat.
Porque Empar Moliner sabe ser ácida bajo la capa de una candidez idiota sólo en apariencia. Parece uno de esos que "no se enteran de nada" y, en realidad, lo capta todo. Como todo lobo medianamente listo, sabe que basta con ponerse la piel de oveja para que te tomen por una de ellas. Moliner ataca la realidad desde la más rotunda lógica, y demuestra la irracionalidad y estupidez del mundo que nos rodea. Eso se puede ver en sus cuentos, verdaderamente fantásticos, pero se aprecia de un modo más directo en sus artículos, en los cócteles de desparpajo e ironía que escribe para los diarios.
En un país como el nuestro, donde el escritor al que se le cede una columna en la prensa la usa como púlpito desde el que reconvenir a los ilusos, o como estrado desde el que "enseñarnos a pensar" y ver el mundo a su modo, resulta muy refrescante una escritora que no cae en el tópico de la manera distinta de hacer literatura al discurso machista –como ocurre con Montero o Torres, posiblemente las dos popes de la literatura femenina de prensa, ya que no necesita protegerse en su genitalidad para que se la escuche, le basta con decir cosas originales y bien pensadas- o de la admonición desde la tribuna pública. Uno tiene la sensación de que Moliner se limita a no apagar el cerebro mientras pasea por la calle, mientras ve la tele, al leer el periódico, etc. En vez de colocar el piloto automático del día a día, ella ve, saca conclusiones, de la mayoría de las idioteces que hacemos o nos hacen a los ciudadanos. Señala, con un humor, siempre irreductible, tanto las acciones ilógicas que asumimos como normales, como las decisiones absurdas que aceptamos como meditadas y, resumiendo, nos enseña la verdadera cara del entorno descerebrado en el que solemos relacionarnos.
Toda persona que quiera reírse un poco de sí misma y encontrar una mirada cómplice sobre el tonto mundo que construimos debiera leer este libro. Los que no, siempre teniendo en cuenta que están en su derecho, pueden seguir formando parte del engranaje sin hacerse pregunta alguna. Como reza el dicho: felices como lombrices.
Empar Moliner Busco señor para amistad y lo que surja Acantilado, Barcelona, 2005