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17 abril 2009

Y la novela voló por los aires

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UNO. El 5 de enero de 2008 cualquier lector del diario argentino Página 12 podía adquirir, junto a su ejemplar del periódico, una novela por apenas diez pesos -dos euros al cambio. Se trataba de Las primas, de Aurora Venturini. En ese momento comenzó un nuevo capítulo dentro de un episodio único dentro de la historia de la literatura argentina: los lectores podían, por fin, acceder a un título que, en apenas un mes, se había rodeado de un aura casi mítica. Quizás convenga hacer un repaso cronológico de los hechos.
El quince de mayo de 2007 se publicaron en el periódico las bases del certamen. El eslogan era claro, conciso, directo: “Traenos el original, nosotros lo editamos”. Treinta mil pesos destinados al ganador de un certamen denominado “Premio Nueva Novela”. Lo organizaban el propio rotativo y el Banco de la Provincia de Buenos Aires. En las bases se explicitaba el deseo de una literatura innovadora, tanto era así que la competición estaba abierta incluso a autores que todavía no contaran con la mayoría de edad legal. Una comisión elegiría a diez finalistas entre los que el jurado decidiría al vencedor. El certamen no podía ser declarado desierto. Los miembros del jurado hacían augurar un veredicto interesante: Rodrigo Fresán, Juan Forn, Alan Pauls, Sandra Russo, Guillermo Saccomano, Juan Sasturain y Juan Boido. Finalmente, además, fue un veredicto limpio.
Liliana Viola, Mariana Enriquez, Marisa Avigliano y Claudio Zeiger se encargaron de elegir entre los 650 manuscritos que se presentaron al concurso a los diez finalistas, cuya lista apareció en el diario el 27 de noviembre. Allí aparecía ya el título final de la novela que había de resultar ganadora, Las primas, y un seudónimo: Beatriz Poltrinarik.
Por lo que han contado los miembros del jurado, a lo largo de las deliberaciones todos estuvieron de acuerdo con la excepcionalidad de la novela. La presentación de la misma hacía pensar, con todo, en que todo aquello debía ser una broma. El manuscrito estaba escrito en una vieja máquina de escribir. El texto presentaba enmiendas que se habían realizado con un corrector líquido de los que se aplican con un pincel. O bien aquella original novela era fruto de una mente joven y algo desquiciada, o se trataba de una broma urdida con astucia y meticulosidad por algún escritor consagrado dispuesto a dar la campanada aprovechando la cobertura mediática del certamen. Algunos de los miembros del jurado han reconocido, bajo cuerda, que llegaron a estar convencidos de que tras esa novela estaba César Aira.
Aún así hicieron algo que los dignifica: premiaron a la que consideraron la mejor novela presentada, sin detenerse a pensar si estaban o no ante una trampa genial o el descubrimiento de una nueva y poderosa voz.
Cuando abrieron la plica del concurso comprobaron, con sorpresa, que estaban equivocados. De plano. La autora ganadora resultó ser Aurora Venturini. Ochenta y cinco años. Ella era la ganadora del Premio Nueva Novela organizado por el diario Página 12 y el Banco de la Provincia de Buenos Aires. En el acto de entrega del premio celebrado en el Centro Cultural de La Recoleta, la autora comenzó con las palabras: “Al fin un jurado honesto”.

DOS. Aurora Venturini distaba mucho de ser una recién llegada al mundo de la literatura. En 1948 recibió de las manos de Borges el Premio Iniciación por su libro El solitario. Tenía más de treinta libros publicados. Licenciada en psicología, había sido amiga y colaboradora de Evita y se exilió a París cuando la Revolución libertadora derrocó el primer gobierno de Juan Domingo Perón. Allí trabó amistad con Sartre, Simone de Beauvoir, Camus, Ionesco o Juliette Grecó –sí, parece mentira, pero se conoce que para nombrar a los hombres basta con el apellido y para que todos reconozcan a las mujeres se necesita el nombre de pila también, qué le vamos a hacer- y trabajó sobre la obra de Lautrémont, Villon o Rimbaud. Por último, me sabe muy mal la costumbre de indicarlo en primer lugar como no si no fuera nada más que “la señora de”, es la esposa del historiador Fermín Chávez. Una mujer que a los ochenta y siete años vive sola en la ciudad de La Plata, donde fue homenajeada en 1991 como ciudadana ilustre con la inauguración de una biblioteca que lleva su nombre y que celebra su labor como docente –en su ciudad de residencia y en Lomas de Zamora, otra ciudad del conurbano bonaerense- y su intensa labor como escritora. No era, desde luego, una "recién llegada".
Todos se preguntaba qué es lo que hace esta mujer para mantenerse en plena forma: “Yo ronco y escribo ocho horas diarias", conesta lacónica.

TRES. Alan Pauls trazó un buen resumen de la sensación que experimenta el lector durante la lectura de la novela al hacer público el veredicto del que formaba parte:
Las mitologías del barrio, la familia, la sexualidad femenina y el ascenso social a través de la práctica de las Bellas Artes aparecen puestas en escena y desmenuzados por la voz inconfundible de la narradora, Yuna, una primera persona que contempla el mundo con una mirada salvaje, a la vez cándida y brutal, perspicaz y ensimismada, y lo narra con una prosa que pone en peligro todas las convenciones del lenguaje literario. A mitad de camino entre la autobiografía delirante y el ejercicio impúdico de la etnografía íntima, Las primas es una novela única, extrema, de una originalidad desconcertante, que obliga al lector a hacerse muchas de las preguntas que los libros suelen ignorar o mantener cuidadosamente en silencio.
Pauls acierta a destacar dos hechos básicos dentro de la aventura narrativa que traza Venturini en este libro. Por un lado el lenguaje. La fascinación de la narrativa hacia los seres con problemas en su desarrollo mental no es tan un solo un fenómeno curioso, es algo perfectamente comprensible si partimos de la esencia misma de esa realidad poco definida a la que podríamos llamar “saber narrativo”. Quizás el ejemplo más famoso sea el Benji de El ruido y la furia, pero hay muchos más. En el caso de Yuna, y de toda su familia, se da esa misma paradoja: frente a la tendencia natural del ser humano a pasar por encima de la realidad en busca de conceptos que permitan sistematizar y conceptualizar la realidad, esa huida de lo real hacia lo simbólico, un retrasado se aferra a esa materia, a esa realidad que tiene ante los ojos, y su lenguaje es un fiel correlato de ese modo de aprehender la realidad sin conceptos apriorísticos o posteriores análisis. La realidad no es sistematizada, tan sólo es, está ahí como una realidad vigente, ineludible. El saber narrativo, caso de que exista, se basa en la construcción de una realidad que permita al lector convertir en experiencia su lectura, y sacar de ellas las conclusiones que estime oportuno. No se trata de ofrecer las conclusiones a las que llega el autor o el narrador, sino de entregar al lector un mundo lleno de estímulos para que él mismo extraiga las suyas. Su estilo construye por lo tanto ese yo, lo refleja para que el lector lo viva. La aparición del diccionario al que recurre Yuna para buscar esas palabras que desconoce pero que dice necesitar –y que en realidad aparecen como una convención más muchas veces innecesaria del arte de narrar-, y la violencia que ejerce sobre la puntuación obligan al lector a preguntarse de modo recurrente cómo está hecha la realidad y en qué consiste la asimilación de la misma, si es que ese proceso existe. La realidad se impone, hecha de palabras simples que solo de vez en cuando se ven acompañadas de palabras de diccionario, y lo hace con sus propias reglas de puntuación, que apenas sirven como delimitación de la fuerza con la que la realidad se torna vida en estas páginas.
Por otro lado, señala Pauls que Venturini se ha atrevido a arrojar luz sobre aspectos de la realidad que estamos acostumbrados a ignorar. No sólo por la protagonista y su entorno, al que, por cierto, Venturini, alude de modo flaubertiano en la entrevista que le hiciera Liliana Viola: “Las primas soy yo, señorita, es mi familia. Nosotros no éramos normales. En casa todas mis hermanas eran retardadas... Y yo también.” No, sobre todo porque usa esa perspectiva, carente de toda pretenciosidad, para retratar el alma humana. Yuna, más allá de esa ingenuidad que suele atribuirse a los retrasados con el candor y la prepotencia del que es "normal", es directa, clara, no encubre la realidad que ve con ningún velo, ni social ni íntimo. Todo está a la vista, retratado con la misma mirada, y de esa mirada carente de una categorización surge la fuerza de la novela. Todo es susceptible de ser narrado, y todo se narra del mismo modo. No hay jerarquías ni destilaciones, todo aparece en bruto y es el lector el que debe establecer su propia lectura, estimar en qué momentos Yuna está mirando la realidad con escándalo o con mera curiosidad, lo que sucede en la mayoría de las ocasiones.
Una novela que, más allá de su crudeza o de la curiosidad por la vida de su autora, se impone como la vida, con la fuerza y la falta de prejuicios con que la realidad se nos presenta cada día.

22 octubre 2007

Yo sueño libros mejores

Todavía recuerdo un estupendo artículo de Juan Bonilla que escribió cuando se estrenó la película El embrujo de Sanghai. En ella hablaba no de la película mediocre y chata de Trueba –por cierto, el último acercamiento a la ficción del realizador-, sino de la de Erice, la que él esperaba ver. Con la adaptación de la novela de Marsé hemos tenido, al mismo tiempo, la desgracia de ver que Erice no la firmó, de no poder ver la película que Erice habría podido hacer, y, por otro lado, la suerte de poder leer La promesa de Sanghai, que viene a ser una especie de boceto, de plan de trabajo, de lo que “pudo ser”. Leyendo el libro puede uno construirse una película mejor que la que se vio en los cines, y eso, más o menos, hizo Bonilla, y así lo reflejó en su artículo.
Es algo parecido a la exposición que sobre José Palacios se montó hace unos años en una de sus obras más emblemáticas: el Círculo de Bellas Artes. Allí, además de las fotografías y planos de los edificios que levantó se pudo ver una realidad que “pudo haber sido”. Las fotografías de sus maquetas para Vigo, los planos para la reforma de la zona de los alrededores de la Puerta del Sol o los bocetos de una plaza de Colón muy distinta de la que hoy conocemos, con edificios que parecen extraídos de la Metrópolis de Fritz Lang. Un Madrid que podría haber sido, demasiado neoyorkino para la ciudad manchega que por entonces era, y que quizá todavía es.
Ha salido a la venta un libro que comprarán muchos fans de Bob Dylan y algún curioso, que recopila las letras de sus canciones. Es un libro que está, por así decirlo, bonito. Pero a todos los seguidores de Dylan nos deja un sabor de boca amargo. Hace tiempo el proyecto era mucho más bonito, se iba a encargar Fresán de él. Si hay alguien en las letras españolas –y al decir esto me refiero a gente que escribe en castellano, independientemente de la nacionalidad que aparezca en su documentación- que sabe de Dylan, que lo ha tratado y utilizado como nadie, ese es Fresán. Por ejemplo, en Mantra, la importancia de Visions of Johanna, es determinante no ya para el asunto de la novela, como para el tono. No sé si, alguna vez, podremos leer las traducciones y comentarios de Rodrigo Fresán sobre las letras de Dylan. Sí sé que en mi cabeza había un libro mejor que el que tengo entre las manos, como en esos versos de Verlaine donde él soñaba libros mejores.
No conozco las razones de las desavenencias que han llevado a editor y traductor a no entenderse -aprovecho la circunstancia para invitar a ambos a que nos las transmitan- pero sí sé que es una verdadera pena que los lectores hayan perdido la oportunidad de leer un libro único. Hay gente que quiere para Dylan el Nobel de Literatura -con la ingenuidad de los que piensan que ese premio se otorga a autores de obra excelsa- y algún amigo mío me comentó entre risas que puestos a darle un premio de esos casi mejor que le den el Príncipe de Asturias, que es el de las Letras, y eso sería más exacto. Lo que sí sé es que la traducción que se ha publicado en muchas canciones es de una candidez abrumadora. Los versos de Dylan no pretenden comunicar pensamiento, sino trasladar sensaciones, y eso se conoce que no lo deben saber ni los que traducen fidedignamente una letra ni la editorial que acepta esos trueques.
Diego Manrique, con una ironía algo estólida que últimamente deja traslucir más menudo de lo que sería deseable, decía en su reseña de Babelia que a los fans de Dylan no les gusta el libro porque consideran sus letras intocables y que lo consideran un Dios inefable. Y no es eso, Manrique, no es eso, es que el libro, tal y como ha salido, es mediocre. No es el libro de la semana, desde luego. No es que no se pueda traducir a Dylan, sino que hay que tener un poco más de categoría para hacerlo, porque a la vista de los resultados...

Visiones de Johanna (Versión y comentarios de Rodrigo Fresán)
¿No es propio de la noche confundirte cuando tratas de evitarlo?
Estamos equivocados, aunque nos esforcemos por negarlo
Y Louise sostiene un puñado de lluvia, tentándote para desafiarlo
Las luces parpadean en el loft de enfrente

En esta habitación la calefacción tose
La emisora de country suena suave
Pero no hay nada de nada que apagar
Sólo Louise y su amante entrelazados
Y estas visiones de Johanna que me asedian

En el solar donde las damas juegan a la gallina ciega con el llavero
Y las noctámbulas murmuran escapadas en el tren "D"
Podemos oír al sereno encender su linterna,
Preguntarse si es él o son ellas quien está loco
Louise está bien, tan sólo cerca
Es delicada y se parece al espejo
Pero deja perfectamente claro
Que Johanna no está aquí
El fantasma de la electricidad aúlla en sus huesos faciales
Donde estas visiones de Johanna ya ocupan mi lugar

El niñito extraviado se toma tan en serio
Se jacta de su desgracia, le gusta vivir al límite
Y cuando menciona el nombre de ella
Menciona un beso de adiós
Tiene arrestos ser tan inútil
Soltar nimiedades cuando estoy en el salón
¿Cómo lo explico?
Oh, es tan difícil seguir
Y estas visiones de Johanna, me desvelaron hasta el alba

Dentro de los museos, el Infinito va a juicio
Las voces repiten que a la postre así debería salvarse
Pero Mona Lisa debe haber sentido nostalgia de autopista
Se ve por el modo en que sonríe
Mira cómo se congela ese alhelí ancestral
Cuando las mujeres de rostro gelatinoso estornudan
Escucha a la bigotuda, "Jesús,
no puedo encontrar mis rodillas"
Oh, joyas y anteojos cuelgan de la cabeza de la mula
Pero estas visiones de Johanna, hacen que todo parezca tan cruel

El vendedor ambulante le habla a la condesa que finge preocuparse
Diciendo, "Nombra a alguien que no sea un parásito y saldré y rezaré por él"
Pero como Louise suele decir
"No puedes abarcar mucho, ¿verdad, tío?"
Y ella misma se prepara para él
Y Madonna sigue sin aparecer
Vemos que la jaula vacía se oxida
Donde su capa teatral ondeaba
El violinista se pone en camino
Escribe que se devolvió lo debido
En la parte trasera del camión de pescado que carga
Mientras mi conciencia estalla
Las armónicas tocan las llaves maestras y la lluvia
Y estas visiones de Johanna son lo único que queda.

Anfitriona del, se dice, mejor verso en todo Dylan: "The ghost of 'lectricity howls in the bones of her face". Y también, junto a "Like a Rolling Stone" y "Tangled Up in Blue", habitual ganadora como mejor canción del hombre. Existen varias versiones (todas formidables; también variaciones acústicas de su gira ?66 en Biograph y en The Bootleg Series, Volume 4: Live 1966 The Royal Albert Hall ) porque Dylan no podía encontrar el tono justo de lo que en principio se tituló "Freeze Out" o "Seems Like a Freeze Out" y que -puede pensarse, las fechas de su composición coinciden- trata de un triángulo amoroso y del momento en que Dylan y Joan Baez rompieron y el momento en que Dylan y Sara Lownds se casaron. Y es exactamente el mismo momento. Así que quizá (atender a la tercera estrofa) por una vez Dylan esté pidiendo disculpas mientras escribe todo esto en una habitación del Chelsea Hotel, famoso -entre muchas otras cosas- por el ruido que hacían las cañerías de la calefacción que no dejaban dormir a los huéspedes. En un artículo de Tom Doyle publicado en la revista inglesa Q se lee: "A Dylan le atormentaba la interpretación literal de sus letras que hacían tanto críticos como fans, que las tomaban como si se tratase de confesiones autobiográficas. Aunque puede que esta percepción fuera algo cierta en lo que a Visions of Johanna se refiere." No en vano, desde 1965 Dylan había mantenido relaciones paralelas con Sara Lownds y Joan Baez. "Al final, Sara y yo nos hicimos amigas, explica Joan Baez, y nos pusimos a hablar durante horas de los tiempos en que el vagabundo primigenio jugaba a dos bandas con nosotras". Al Kooper, por su parte, recuerda cuando la esposa de Dylan se presentó en el estudio de Nashville y le hicieron escuchar la canción: "Se apareció ahí una tarde y él puso "Visions of Johanna". Ella dijo: 'Esto es bastante fuerte'". El mismo Dylan, lateralmente, apoyó esta última idea sin comprometerse demasiado cuando, en un concierto de su gira por Inglaterra, la presentó así: "Esta canción es el típico exponente de lo que los medios británicos consideraran una canción sobre las drogas. Pero no lo es. No lo digo para defenderme o algo por el estilo, no es tan sólo una canción sobre las drogas. Es muy vulgar pensar que lo es". Y agregó: "Estoy cansado de la gente que pregunta qué significa. ¿Qué significa? No significa nada." Mención aparte merecen los músicos que, con delicadeza sobrenatural (ese toque mágico de platillos casi zen), parecen acompañar cada palabra y fraseo de Dylan. Siguiéndolo y acompañándolo al mismo tiempo. Dijo Robyn Hitchcock: "¿Es sobre Joan Baez? ¿Es sobre Edie Sedgwick? ¿Es sobre Nico? ¿Quién sabe? Yo sólo sé que cuando la escuché por primera vez en mi adolescencia, la letra y la música resumían a la perfección el sitio donde yo quería estar. Nunca volví a ser el mismo". "Cada una de las palabras significa tanto para mí cada vez que la canto. Es una de las que continúa siendo importante. Tal vez sea más importante ahora que nunca", comentó Dylan hace poco. Tiempo después, los siempre serviciales Rolling Stones reproducirían los versos que hablan de joyas y binoculares colgando de la cabeza del mulo para la carátula de su Get Yer Ya Ya?s Out. En el último verso "esas ¿skeleton keys' pueden entenderse tanto como 'llaves maestras' o, tratándose de una armónica, mutar a 'tonos esqueléticos'". Y para cerrar con otra mutación de esta canción mutante: En 1999, en un club de Manhattan, Dylan modificó título y letra y la cantó como "Visions of Madonna" porque "hay foto de ellos dos juntos después del concierto" Madonna estaba entre el público. Años atrás, en una entrevista, Dylan afirmó que "el entretenimirento pop no significa nada para mí. Nada. Pero, sabes, Madonna es buena, tiene talento, se ha preparado, ha aprendido... Pero es el tipo de cosa que te lleva años y años de tu vida alcanzar. Tienes que sacrificarte mucho para llegar allí. Sacrificio. Si quieres triunfar a lo grande tienes que sacrificar muchas cosas. Siempre es igual. Siempre es igual...".
Una indiscutida obra maestra. Una catedral de canción. El equivalente a "A Day in the Life" en Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band. Nadie ha escrito y cantado y sonado mejor ni volverá a sonar y cantar y escribir mejor acerca de lo que significa padecer y disfrutar el insomnio del amor.

17 julio 2007

El nirvana son los otros

“Para Ana.
En todas partes.
Pues sí.”

¿Hay vida más allá de la muerte? Sí, a tenor de lo que nos cuenta Rodrigo Fresán en una novela intensa, única, llamada Mantra. En el prólogo de la edición ¿definitiva? de La velocidad de las cosas, editada por Debolsillo –lo siento por el diseñador del logo, pero no estoy por la labor de respetarlo-, dice que Mantra relata el modo en que los muertos contemplan a los vivos. Para contemplar hace falta estar vivo, o al menos actuar como si uno lo estuviese.
Esta novela, que en realidad alberga tres –bueno, dos y un esbozo-, nace de la fascinación que el escritor –el fan, en realidad-, observa a México. Una fascinación que todos sentimos, porque el país azteca se nos aparece como un enigma permanente, indescifrable, cuyo secreto tal vez sea que no se puede desvelar, que no tiene solución. La gran narrativa mexicana ha convivido con la muerte –ahí está la obra de Juan Rulfo como botón de muestra- y Fresán, que es antes que ninguna otra cosa un consumidor voraz de cultura, lo sabe. No deja de ser curioso que este libro fuera, en principio, un encargo para una colección de libros de viajes. Y ese libro murió, se convirtió en un cadáver que desde el otro lado se le fue apareciendo a Fresán para convertirse en Mantra.
Los Mantra son el eje en torno al que gira el libro. La primera de las historias es la de un hombre aquejado por un tumor que sólo le permite lo que en un principio parece ser recordar, y que pronto se vuelve prueba de existencia, que es la figura de Martín Mantra, un compañero mexicano que apareció en la clase del enfermo y que, finalmente, entendemos que es el tumor en sí que está creciendo en su interior. Ese niño, niño prodigio con un encéfalo hipertrofiado, es el hermano de Marie Mantra, la pareja de un muerto obsesionado por los luchadores enmascarados, que se acaba tornando uno de ellos –como don Quijote- y que descansa en la ciudad de los muertos, que según la mitología azteca está bajo la ciudad de Tenochtitlán; esa es la segunda novela. La tercera, apenas esbozada, nos habla de un androide –un replicante, un robot- que vuelve a Tenochtitlán del Temblor –nuevo nombre del DF- para buscar a su padre tras habérselo prometido a su madre computadora –los ecos de Pedro Páramo son evidentes.
Basta con leer este pequeño esbozo para entender la ambición del libro de Fresán, y lo más importante es que esa desmedida ansiedad está diluida en medio de una narrativa subyugadora, que va destilando poco a poco un mundo único, cargado de referencias, que le da un sabor único. Fresán es uno de esos autores “mediáticos” según Tabarovsky llegaron a las librerías argentinas en medio de una ola de mercadotecnia y aprovechando una estela de publicidad y facilidad que los aupó como éxitos, y autores de referencia pese a su escasa calidad. Yo creo que, en esa valoración –y digo esto pese a estar muy de acuerdo con todo lo expuesto en Literatura de izquierda-, Tabarovski yerra, quizá llevado por su idea de relacionar la investigación con el lenguaje con el riesgo creativo. Fresán es como uno de esos enormes circos de tres pistas que están en constante gira por el mundo. Fresán sabe que al lector de hoy en día le llegan estímulos constantemente, y sabe que uno de los modos –tal vez no el único, pero sí el más efectivo- es tenerlo constantemente entretenido con varios niveles de lectura, de referencias, de acciones. Y en medio de ese aparente caos que el maneja con acierto va, poco a poco, trasladándose el mensaje de su obra. Radicalmente posmoderno en ese sentido –o, como prefiere Vicente Luis Mora en su Luz nueva, no-moderno- es, al mismo, tiempo, un autor con un pensamiento fuerte, capaz de transmitir al lector un pensamiento y unas sensaciones únicas. Fresán, lejos de quedarse en la anécdota divertida o resultona, ambiciona una literatura total, que admite en su interior todas las formas de cultura, alta y baja –revisar una vez más a Eco en sus ensayos, la narrativa no, por favor-, porque de ese modo puede crear recreando –como hace un músico electrónico con sus samplers- y añadiendo nueva luz no sólo a su texto, sino a aquellas referencias de las que bebe. Además Fresán no engaña, da sus recetas, lo hace al explicitar las referencias que aparecen en cada libro –esos epílogos entre culturetas y freakies, tal vez signifiquen lo mismo, llenos de nombres propios- y en las mismas estructuras de sus libros, que aparecen explicitadas de un modo casi continuo en la narración.
Leyendo de ese modo Mantra podríamos ver que la primera parte funciona como una metástasis en la que el tumor, Martín Mantra, va apoderándose del narrador, la segunda es un Vademécum o un libro de anatomía –textos con afán enciclopédico- en el que se ordenan alfabéticamente los distintos aspectos de la enfermedad del narrador, contados siempre por su doctora, Marie Mantra, que le va poniendo al tanto de la enfermedad que tal vez ella misma le ha inoculado, le va permitiendo conocerla. La tercera parte está contada por un ser que no puede enfermar, una androide, que viaja a la búsqueda de un padre muerto a un lugar que ya no existe, que tal vez nunca haya existido. Los caminos de la muerte son inescrutables, parece decirnos Fresán, pero están ahí al alcance del lector que transite por esta novela que es la hermana gemela de un libro muerto, un clon mejorado que nos abre a un mundo único, donde comenzar a tomar contacto con lo que más tememos: observar a los que siguen vivos desde la muerte, y sentir el dolor de no poder estar con ellos.

Rodrigo Fresán Mantra Mondadori, Barcelona, 2001