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25 octubre 2016

No tan salvaje

Como moscas. Apenas Alfaguara y la agencia Wylie emitieron su comunicado los periodistas culturales –qué bello es el oxímoron que se genera en ese sintagma– se lanzaron a propagar la noticia haciendo buena la intuición de las multinacionales de la edición que, hace años ya, le cambiaron el nombre al departamento de prensa para convertirlo en promoción. Los inéditos están ya vendidos sin haberse siquiera impreso. Se logró pues el objetivo, el de la editorial y la agencia que le pidió mucho dinero para quedarse con la publicación de esos libros. Los periodistas cumplieron una vez más su función en el mercado: vender las producciones culturales. El sistema funciona. Aleluya. 
Como era más que previsible al instante se alzaron otras voces, la de los indignados custodios del canon de la literatura, preguntándose en qué consistirán esos textos inéditos, si es pertinente su publicación o le hará un flaco favor a la memoria de Bolaño que se pongan en circulación esos textos y, en última instancia, si puede publicarse absolutamente todo lo que un autor dejó escrito. Me llama mucho la atención este celo en la distribución de unos textos ajenos. Resulta obvio que todo lo que un escritor escribió debe ser publicado antes o después. Es, incluso, redundante y tautológico: si la labor de un escritor es escribir, de ahí el nombre de la profesión, todo su trabajo, su escritura, debe ser difundido. Lo que más me llama la atención es que algo tan obvio sea cuestionado. Absolutamente todo, sus listas de la compra, las anotaciones en el bloc de notas junto al teléfono –¿recuerdan cuando usábamos teléfonos fijos, atados por un cable a un receptor y no había otro modo de divertirse que hacer garabatos en vez de pasear y gesticular por la casa o en las veredas?–, sus informes médicos e, incluso, sus estados bancarios. Todo lo que rodee a un autor debe ser puesto a disposición de sus hipotéticos lectores. Acaso un lector, de Bolaño en este caso, que pueda leer sus listas de la compra en mitad del duro invierno de Helsinki descubra un hilo tenue en un principio, pero que finalmente arroje luz sobre ciertos aspectos de Archimboldi. Es más que posible que un académico de la universidad de Saigón encuentre en las variaciones de saldo de las cuentas de Bolaño un patrón directamente relacionado con los clímax de escritura de los cuentos de Llamadas telefónicas. No me cuesta imaginar a un scholar en una idílica universidad de Nueva Inglaterra reconstruyendo la escritura de Gorriones cogiendo altura en las cartas cruzadas con Montané. El otro día, en el café Bonafide que está en la estación de servicio de Libertador y Pampa, reparé en que los manteles de papel de las bandejas están decorados con citas de canciones de Charly García, Fito Páez y Gustavo Cerati. Frases que parecen sacadas de las dedicatorias de adolescentes en las carpetas clasificadoras y archivadores o de felicitaciones de cumpleaños grasas que venden en la cadena Yenny. Si varias generaciones de argentinos, e incluso de latinoamericanos, han sabido encontrar en esas verdades de Perogrullo y banalidades musicalizadas sentido a su existencia, ¿cómo podemos pensar que en las anotaciones perdidas y traspapeladas de un escritor determinante para el canon de hoy como lo es Bolaño no esté lo que aporte sentido a la literatura del mañana? O, al menos, unos cuantos versitos que puedan usar las multinacionales de comida rápida para decorar sus manteles. Algo habrá, seguro.
Y sin embargo lo que más me llama la atención es que el dedo acusador siempre señala al lucro como único motivo de publicar estos inéditos. ¿No es el lucro el que mueve a la publicación de cualquier libro? ¿No es ése el objetivo de los autores, editores, libreros? ¿Se publican libros para que no den plata? Parece que lo verdaderamente molesto es que el autor ya no esté vivo. ¿Lo estaba cuando se publicó 2666? Su albacea literario, Ignacio Echevarría, en connivencia con su editor de entonces, Jorge Herralde, decidió publicar como libro único lo que el autor planificó como cinco con la intención de que sus herederos ganaran más plata. Al final la jugada salió incluso mejor para sus beneficiarios, ya que esas cinco novelas, como una, se iluminan mejor entre sí y, además, formaron un novelón que abrió determinadas puertas, como las de la edición estadounidense, lo que supuso aún más dinero como herencia. ¿Eso no molestó? ¿Desde cuándo el rendimiento económico de un libro viene dado por su calidad? ¿Sucede a la inversa? No sé, por más que intento ver el problema en que Bolaño genere plata no termino de verlo. Y tampoco en que cualquier lector pueda acceder a cualquiera de sus libros sin necesidad de viajar a un archivo donde se ofrezca a estudiosos que dispongan del dinero o de las becas que faciliten el viaje necesario para su consulta. 
A mí, de esta noticia, me ha llamado la atención otra cosa distinta en la que, parece, nadie ha querido reparar. Para mí esta transacción económica es el último acto de una doma dirigida a desactivar a un autor que ha sido vendido al público como salvaje y marginal sin, en realidad, serlo tanto. Pasar a Alfaguara, cementerio de los elefantes de la literatura en castellano desde hace años, con una biblioteca de autor es la confirmación de que Bolaño ya no es peligroso, sino que es canónico, y puede ser un autor para sosegados lectores biempensantes. Y no es algo sorprendente. Lo más llamativo de Bolaño es que un autor que prácticamente desde sus inicios obtuvo uno tras otro diversos premios literarios, desde los pequeños certámenes locales que obtuvo con cuentos sueltos, a institucionales con libros completos, haya podido ser considerado como un escritor marginal o alternativo. No es necesario investigar mucho, basta con consultar la Wikipedia para comprobarlo. Y, ya en vida, apenas apareció Los detectives salvajes –para mí, por cierto, uno de sus peores libros– comenzó a ser un nombre recurrente en la nómina de grandes autores en castellano. Así que la pregunta que habría que hacerse es cuándo fue tan salvaje Bolaño, por qué cuatro clichés sobre la vida al límite que aparecen en sus novelas fueron leídos como autobiográficos y reales y devotamente reverenciados por tantos lectores. Esto de Alfaguara, siendo sincero, no es más que la confirmación de una trayectoria, la satisfacción de intuición certera, la caída final del telón en una biografía magnificada que está, tristemente, comenzando a hacer olvidar que, en medio de todo ese circo, hay cinco o seis libros maravillosos y que importa muy poco, apenas nada, quién los edite o gane dinero con ellos.

15 abril 2013

Atención: secreto a voces

¿Para qué sirven los premios literarios? En España, desde luego, como mecanismo promocional y poco más. Tan sólo los lectores más ingenuos o menos atentos a los correveidiles del negocio editorial siguen identificando un premio con un libro de calidad. Mucha tinta ha corrido ya sobre lo oportuno de fundar nuevos galardones concedidos tras la publicación de los libros, que surjan de una valoración externa a la editorial que los ha sacado a la luz. Sin creer de todo que sea esa la solución a seguir, creo que lo mejor sería acabar de una vez por todas con algo tan infantil como los premios literarios, sí que conviene llamar la atención sobre un certamen que en España obtiene poco eco informativo, quizás porque las bases del mismo imposibilitan que un español pueda ganarlo, pero que ha demostrado una fiabilidad más que destacable. Desde hace casi treinta años la fundación Anna Seghers premia a un autor emergente en lengua alemana y a un latinoamericano. La nómina de los premiados demuestra, sobre todo en años recientes, el tino del jurado, que ha sabido descubrir a jóvenes escritores justo antes de su eclosión crítica: Gumucio, Rivera Garza o Guadalupe Nettel obtuvieron el premio cuando comenzaban a ser conocidos más allá de sus países de origen. Más determinante ha sido el premio para Fabián Casas o Lina Meruane, ya que les sirvió como pasaporte para cruzar fronteras.
En septiembre se falló la última edición del galardón. Lo obtuvo un autor casi desconocido fuera de su país, el boliviano Wilmer Urrelo Zárate (1975), cuyos libros, pese a estar editados por la filial local de Alfaguara, no han circulado apenas en el extranjero. Tan sólo la traducción al italiano de su primera novela desmiente la idea de alguien casi totalmente desconocido fuera de Bolivia. Y, en cambio, Urrelo Zárate lleva siendo el secreto a voces más difundido de la literatura boliviana desde hace tiempo. Mundo negro (2001) obtuvo el Premio Nacional de Primera Novela, Fantasmas asesinos (2007) el Premio Nacional de Novela y Hablar con los perros (2011) le ha servido para ganar el Anna Seghers.
Lo más llamativo, con todo, de sus novelas es la ambición que destilan. Mientras críticas superficiales hablan de la omnipresencia de la novela corta como género de los jóvenes autores o de una simplicidad estructural y estilística, Urrelo desmonta el cómo lugar común con libros de setecientas páginas en las que recoge el guante de las «novelas totales» de lo que se bautizó con el nombre idiota de Boom: solapamiento de narradores, diversidad de tramas meticulosamente enlazadas, estructuras de complejidad creciente que siempre se muestran necesarias cuando uno completa la lectura, una prosa trabajada hasta el delirio para fundir la oralidad y las virtudes estilísticas del narrador culto. No es casual, tampoco, que en cada uno de los libros haya ido estableciendo una revisión de diversos modelos y tradiciones, en Mundo negro de la novela policial y la narrativa metaliteraria, en Fantasmas asesinos dialoga de tú a tú con el Vargas Llosa que ganó el Nobel, aquel que escribiera La casa verde o Conversación en La catedral, y en Hablar con los perros explora los mecanismos narrativos de modo más sofisticado aún y se atreve a reescribir, entre otras cosas, la «versión boliviana» de la guerra del Chaco que contara Roa Bastos desde el frente paraguayo en Hijo de hombre. Pero hay mucho más en las páginas de estas novelas, que están dispuestas a albergar a cualquier lector audaz dispuesto a montar los brillantes rompecabezas que ha diseñado Urrelo Zárate con precisión quirúrgica. La distancia entre las fechas de publicación hablan de un autor que se toma el tiempo necesario en darle forma a sus narraciones.
Un último detalle: de momento sus libros siguen sin salir de Bolivia, al menos en papel, ya que Alfaguara los distribuye mundialmente tan sólo en formato electrónico. Jamás estuvo tan justificado gastarse el dinero del dispositivo necesario para leerlos.
Artículo fue publicado en el suplemento Babelia del diario El País (Madrid) el 13 de abril de 2013

27 mayo 2012

Guerra a la luz de las velas, de Daniel Alarcón



El autor Elegido como uno de los novelistas norteamericanos más prometedores por Granta, en el festival Bogotá’39 se solicitó su presencia como uno de los jóvenes narradores hispanoamericanos más interesantes. Fruto del mestizaje cultural, del cruce de culturas, Alarcón es un paradigma de la literatura del futuro, una voz interesante y única, tenga el pasaporte que tenga.

En síntesis Publicado junto a “Radio Ciudad Perdida”, su novela, nos llega un año después de su publicación en Perú el libro que le dio a conocer. Plasma el desarraigo de los que tienen sus raíces en el país de sus padres y que se han educado en una cultura en la que no termina de sentir como propia.

Cita "Cuando llegué al hospital esta mañana, encontré a mi madre trapeando los pisos. Mi viejo había muerto la noche anterior dejándola con una cuenta por pagar."

Comentario Libro subyugador, repleto de historias sorprendentes y conmovedoras, en el que se despliega un modo de narrar fascinante que augura a un autor con muchas cosas que decir y que sabe transmitirlas con un estilo rotundo. Hacía mucho tiempo que no llegaba una voz que enmarcándose en la mejor tradición nos dijera tantas cosas nuevas. 

Daniel Alarcón, Guerra a la luz de las velas, Alfaguara, Madrid, 2007

20 julio 2011

Las entrañas de la familia

Posiblemente, si me preguntan qué escritor recordaré de entre mis lecturas del año 2011, Gay Talese ocupe un lugar destacado. Hace tres años era casi imposible encontrar ejemplares de sus libros y la publicación de Retratos y encuentros el año pasado en Alfaguara sirvió como detonante para la recuperación de su obra. En Debate han recuperado la edición ya descatalogada que se publicó en los ochenta en Grijalbo de La mujer de tu prójimo y ahora, con nueva traducción respecto a la antigua edición de Grijalbo, aparece en Alfaguara Honrarás a tu padre. Y he devorado ambos con el placer casi adolescente que se encuentra en los mundos que te ofrecen un mundo en el que sumergirte. Con la diferencia de que, en el caso de ambos libros, ese mundo es el mismo en el que, día a día, desempañamos nuestras rutinas. Porque lo verdaderamente fantástico, valga la paradoja, de los libros de Talese es que están construidos desde hechos reales perfectamente contrastados. Buena parte de la atención que la no-ficción y la crónica merece hoy entre los lectores tiene que ver con los patrones y modelos que Talase ha ayudado a instaurar.
De Honrarás a tu padre podría decirse prácticamente lo mismo que ya escribí sobre La mujer de tu prójimo. Sin duda lo más determinante, lo que convierte estos libros de Talese en piezas fundamentales, es el modo en que el autor se ha acercado a las fuentes para construir su discurso. No basta con entrevistarlos, no es suficiente con documentarse hasta la extenuación. Si uno quiere escribir un texto donde realmente aparezcan las motivaciones y las dudas de los personajes y que éstos no tengan problema en aparecer allí con sus nombres verdaderos, sin que haya ningún tipo de máscara que oculte la verdad al lector, hay que formar parte de sus vidas. Talese lo hace. En un esclarecedor epílogo -los epílogos de sus libros son una muestra de que puede irse un poco más allá cuando ya parece que se han hecho todas las acrobacias, demostrando que trabaja, siempre, sin red- queda clara la relación de amistad que se ha llegado a establecer entre Talase y Bill Bonnano, y la participación que el propio Talese ha tenido en la historia, algo que hasta ese momento nos sospechábamos por la capacidad de construir la objetividad del autor. Incluso, llega a implicarse con los personajes del libro hasta el punto de que, como confiesa en el prólogo, llegó a involucrarse personalmente en la financiación de la universidad de los hijos de Bill Bonnano. No es, me temo, una sencilla cuestión de agradecimiento por el material facilitado para un éxito. En absoluto. Bill Bonnano y Gay Talese tienen mucho más en común de lo que podría pensarse.
En el ya citado epílogo, Talese explicita que el origen del libro tiene mucho que ver con la rabia que su padre sentía cuando, por tener un apellido italiano, era automáticamente señalado por la sociedad como un hipotético delincuente. Bill Bonnano, curiosamente, es alguien que pese a haber crecido como un joven estadounidense más, casi un WASP, se ve abocado a continuar con la tradición familiar dentro del crimen organizado. Y es eso, el modo en que la segunda generación vive esa herencia, lo que une mucho a Bill Bonnano y Gay Talase. Son más parecidos de lo que podría pensarse, y eso facilita la relación que se establece entre ellos. Hay un momento, de hecho, cuando queda claro que muchos de los implicados en el libro, sobre todo la familia más íntima de los Bonnano, ha terminado usando al periodista como un modo de comunicarse, que en buena medida han terminado sabiendo muchas más cosas de sí mismos y de sus seres queridos a través de la lectura del libro. Porque la ley del silencio que rige la convivencia de la familia es un lastre demasiado pesado en ciertos aspectos. Y en medio de todos ellos, el hombre, verdadera leyenda, Joseph Bonnano, del que apenas llegamos a saber nada, lo que no hace sino engrandecer el mito que proyecta sobre toda su familia y el resto de sus colegas dentro del crimen organizado por su singularidad.
Por lo demás hay que repetir lo que tantas veces se ha dicho de este libro. Frente a creaciones audiovisuales como la saga de El Padrino, las incursiones de Scorsese o la ya mítica por derecho propio The Soprano's, y a algunas creaciones literarias -curiosamente mucho menos vistosas y reconocidas- la importancia de Honrarás a tu padre tiene mucho que ver con la cantidad de información de primera mano que Talese manejó, en muchos casos más que los propios investigadores del FBI o los fiscales, lo que humaniza mucho más la visión que ofrece de esa entidad todavía discutida que ha dado en llamarse Mafia. La articulación narrativa de lo que podría haber sido tan sólo un libro de entrevistas y testimonios hace de su lectura un placer constante, una agitación -thrill- que no da tregua al lector desde la primera hasta la última página, y son seiscientas. Así que el lector tiene el doble regalo de poder documentarse de modo muy pormenorizado en las acciones criminales, la organización de las familias, la vida rutinaria de todos ellos y hacerlo de un modo vivaz y entretenido gracias a la habilidad narrativa de este autor de no-ficción que sabe extraer de la realidad los más jugosos frutos.
Gay Talese Honrarás a tu padre Alfaguara, Madrid, 2011
En la foto aparece el autor comiendo pasta y tras él una edición original del libro

28 junio 2011

Traducciones de Chejfec

La alegría de la tarde me la llevo al encontrarme, un poco de rebote y sin pretenderlo, como deben ser las alegrías, con la noticia de que para cuando termine el verano, habrá traducciones al francés y al inglés de una de las novelas más interesantes que he leído en los últimos años: la fundamental Mis dos mundos de Sergio Chejfec.
La edición francesa aparece en la editorial Passage du Nord-Ouest, una de las más atentas a lo que se escribe en español, que ya ha traducido a Fogwill o Bellatin, entre otros. La inglesa en la exquisita editorial Open Letter Books, donde se editan las traducciones de la Universidad de Rochester, y que ya ha traducico, entre otros, a Saer, Macedonio Fernández o Alejandro Zambra.
Si hay algún libro que nos puede indicar qué tipo de literatura sobrevivirá hacia el futuro, es este. Si tienen amigos que sólo pueden leer en francés o inglés y no en castellano, este es, sin duda, uno de los mejores regalos que se les puede hacer. Para los que sí leen en español, recordarles que en Argentina el libro se editó en Alfaguara y en España en Candaya.

25 abril 2011

Un hueco que urgía tapar lo antes posible


Las coincidencias son, desde luego, muy curiosas: A lo largo de esta Semana Santa, en Long Island ha tenido lugar un derribo: el la mansión de Land's End en Sands Point, la casa en la que se inspiró Francis Scott Fitzgerald para la que, en la ficción, era el hogar de Daisy Buchanan. Se convertirá en varias casas de lujo, cinco, cada una con un precio de salida de diez millones de dólares. Se trata de la última de las propiedades de la Costa Dorada de Long Island que se mantenía en pie.
Y, en estos mismos días, coincidiendo con el día del Libro, ha llegado a las librerías españolas El precio era alto. Una recopilación de diecinueve relatos de Scott Fitzgerald. Han tenido que animarse a cruzar el charco los editores de Eterna Cadencia para que los seguidores de Scott Fitzgerald puedan, esta vez sí, decir que pueden tener todos sus cuentos en los estantes de su biblioteca. Hasta ahora, pese a que se encuentra en el mercado una edición titulada Cuentos completos, no podían leerse todos los relatos de uno de los grandes autores de la Generación perdida. Porque, pese a lo que dice el título, faltaban muchos, diecisiete al menos, relatos en ese libro como para poder llamarse así. Con la reedición de El precio era alto se soluciona un vacío importante.
El origen de este libro es curioso: En 1982, hace ahora casi treinta años, se publicaron dos volúmenes en la colección Libro amigo de Bruguera con el título El precio era alto, que era la traducción íntegra del volumen publicado en los Estados Unidos en 1979 bajo el título The Price Was High: The Last Uncollected Stories of F. Scott Fitzgerald. Para los que no sepan inglés Los últimos, o definitivos, cuentos nunca recopilados de Scott Fitzgerald. La traducción la firmó Marcelo Cohen.
Supongo que por motivos mercantiles, dicha recopilación no se reeditó nunca desde entonces. Yo tengo el ejemplar que aparece en la foto porque uno ha sido, de siempre, aficionado a revolver en las librerías de viejo, pero era, ya, un título que no se encontraba en librerías. Además, el hecho de que hace ya unos diez años en la colección de recopilaciones de cuentos en volúmenes de gran formato de Alfaguara se editasen en dos volúmenes los que se titularon Cuentos completos -reeditados en uno sólo con el nuevo diseño de la colección el año pasado, es el que se ve en la foto- creó la confusión de que, realmente, se incluían en ese libro todas y cada una de las narraciones breves que firmó el autor de El gran Gatsby. Pero no era así.
Scott Fitzgerald, como todo aficionado sabe, vivió una vida digna de cualquiera de sus relatos. Su relación con Zelda, la afición mutua a la bebida y su obsesión por los ricos marcaron su biografía. Scott Fitzgerald consiguió que todo el mundo conociera sus dos nombres en un país donde la gente tiene tan sólo el nombre de pila, lo que habla a las claras de su temprano éxito, del reconocimiento casi automático que obtuvo y, paradójicamente, de como su estrella se fue eclipsando, quizás injustamente, a medida que ascendía la de su amigo Ernest Hemingway y su compañero de generación, quien finalmente recibió el premio Nobel: William Faulkner. Mientras tanto, él no hacía más que escribir numerosos relatos para vender a las revistas y obtener dinero fresco con el que intentar mantener el excesivo tren de vida que su mujer y él pretendían llevar. Muchos de esos relatos se recogieron en El precio era alto.
Puede resultar demasiado sencillo relacionar esos objetivos eminentemente crematísticos de la su escritura con la calidad de estos textos. Pero sería injusto, además de apresurado. En estas narraciones está el mejor Scott Fitzgerald: el estilo grácil de su escritura, la capacidad de introducirse en la psicología de unos personajes escurridizos, y su vocación narrativa. De hecho, puede afirmarse que en estos diecinueve relatos hay más de lo mismo que siempre nos ha dado: momentos de un intenso y emotivo placer lector.
Por suerte, el libro ya está al alcance de todo el que quiera leerlo.
Francis Scott Fitzgerald El precio era alto Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2010

18 abril 2011

Cambiar para que todo siga igual

Lo he contado más de una vez, y lo he dejado por escrito, pero lo primero que a mí me impactó de Daniel Alarcón no fue tanto su escritura como su persona. O, mejor dicho, su actitud. Cuando lo conocí, durante uno de esos festivales en los que con la excusa de la literatura unos gestores culturales astutos ganan un dinero y facilitan encuentros, me llamó mucho la atención que Alarcón era el único al que vi leyendo. Entre tertulia y tertulia casi todos pasábamos el tiempo comiendo, bebiendo y bromeando, pero él, en uno de los sofás del hotel donde se alojaba, leía enfrascado un ejemplar de The Heart of Darkness. Además, las dos veces que le tocó intervenir en alguno de los actos del festival, lo hizo siempre con una sobriedad y acierto más que relevantes. Así que, lo primero que hice apenas volví a casa fue leerle totalmente seducido y embobado. Me gustó su novela Radio Ciudad Perdida, pero la encontré quizás algo hinchada y un poco confusa, pero lo verdaderamente fascinante fue el libro de relatos Guerra a la luz de las velas. En esos relatos latía la energía y contundencia narrativa de algunos de los grandes autores del boom, pienso sobre todo en Vargas Llosa y García Márquez, pero pasado por el interesantísimo tamiz de la literatura norteamericana más reciente. No en vano, Alarcón se ha criado en los Estados Unidos y escribe en inglés. Además, cuenta con la ventaja de un traductor como Jorge Cornejo, atento y cuidadoso siempre como pueda comprobar cualquiera que lea sus libros, y la ayuda del propio padre de Alarcón, que sí se ha criado en Perú y maneja el español con más soltura que su hijo. Aunque, hay que señalarlo, todas las veces que hablé con él, siempre en español, no tuve la sensación de que tuviera ninguna dificultad para expresarse perfectamente usando la lengua de su familia.
Pero, más allá de todos estos detalles medio sociológicos medio de amarillismo, lo más importante era lo vívido de cada una de las historias que formaban ese libro de cuentos. Guerra a la luz de las velas es, hay que decirlo una vez más por si alguien lo ha olvidado o no ha querido entenderlo, uno de los mejores libros de cuentos que se han publicado en español en los últimos años. Y esto no deja de ser paradójico porque es un libro escrito y concebido en inglés. O sea, que es un libro plenamente latinoamericano en su mirada y en sus historias pero que se ha escrito en una lengua y bajo los criterios de una tradición distinta. Eso lo convierte, sin duda en algo mucho más fascinante de lo que podemos pensar a primera vista. Y además sitúa a su autor como uno de los más interesantes, y singulares, referentes de dos tradiciones literarias. No es casual, me temo, que haya sido incluido tanto en la selección de Bogotá'39 como en la de los veinte mejores autores menores de cuarenta años en lengua inglesa de la revista New Yorker. Alarcón es un símbolo del presente porque es un autor de una solidez poco frecuente, pero, además, permite vislumbrar el mundo que viene.
Por eso, cuando tuve constancia de la edición de El rey siempre está por encima del pueblo en la edición peruana de Seix-Barral me puse automáticamente alerta. Cuando supe que la edición mexicana corría a cargo de la audaz Sexto Piso comencé a sentir una ansiedad importante. Y, cuando Alfaguara lo publicó en España corría a solicitar un ejemplar al instante. Lo leí ese mismo fin de semana y decidí dejar en barbecho esa lectura antes de dejar por escrito mi experiencia.
Por un lado porque hay una serie de elementos a tener en cuenta. El primero es que se trata de un libro que no se ha editado en edición estadounidense. Reúne una serie de relatos que han ido apareciendo en varias revistas y que se han traducido y compilado de cara a los mercados hispanohablantes. Eso va más allá de lo anecdótico. Por ejemplo, algunos de esos relatos, como El juzgado, cuya escritura está muy condicionada, aparecen junto a otros textos que, posiblemente eran mucho más ambiciosos. Pongo este ejemplo porque me parece doblemente significativo. Ya hablé de ese relato, y se pudo leer aquí mismo, cuando comenté el simpático Napkin project de la revista Esquire, consistente en enviar una servilleta con el logo de la revista a 250 autores para que escribieran un relato en ella. Obviamente, el texto debe ser muy corto, y es obvio también que no es, desde luego, un tamaño que beneficie a la detallista y progresiva narrativa de Alarcón. Pero supongo que la idea del libro es reunir ese conjunto de textos, sin detenerse en detalles como la calidad o la pertinencia de hacerlo.


Pero he dejado que pase el tiempo y, aprovechando la calma que reina en estas fechas, he aprovechado para releer el volumen de relatos. Me ha permitido convencerme de que se trata, evidentemente, de un libro muy desigual, que reúne textos de circunstancias poco relevantes con cuentos de grandísimo nivel e intensidad. Por ejemplo, "El puente", que es una narración especialmente afortunada. Pero, sin duda, la más seductora, que está situada como cierre del libro -y hay que hacer una lectura muy interesante de que aparezca como final de esta recopilación y el mensaje latente de que los senderos de la narrativa de Alarcón estén siguiendo nuevos senderos y obliga una vez más a esperar con muchas ganas un nuevo libro- es la más rupturista, "Los sueños inútiles". Se trata de la más extraña, de la más innovadora pero, al mismo tiempo, la que deja un poso más perdurable tras su lectura. Esa narración extraña y descoyuntada, a medio camino entre el tono ensayístico y las narraciones distópicas y las de anticipación es una experiencia única. Hay algo en ese relato que habla de un Alarcón que se sabe, o al menos no se contenta, con ser un escritor de tramas rotundas, de personajes cincelados, de un minimalismo narrativo enriquecido por la exuberancia de la herencia barroca de la literatura latinoamericana, no, hay un escritor que quiere provocar sensaciones, que concibe la página como un espacio y la narración como un trayecto que atraviesa el lector, independientemente de que haya un argumento más o menos reconocible detrás.
A mí, como lector, me interesa ese nuevo Alarcón tanto como el que ya conocía, y justifica mi fanatismo y las ganas de seguir leyendo más textos salidos de su mano. Ansiosamente.

Daniel Alarcón El rey siempre está por encima del pueblo
Seix-Barral, Lima, 2009; Sexto Piso, México, 2009; Alfaguara, Madrid, 2010
Traducción de Jorge Cornejo

17 abril 2011

Inmersión en lo más íntimo de nosotros

El auge actual de la crónica periodística y de la narrativa de no-ficción ha logrado revitalizar la figura de Talese, que llevaba demasiado tiempo desaparecido de los estantes de las librerías. No siempre fue así, de hecho, este amplísimo reportaje y Honrarás a tu padre, se tradujeron apenas se editaron en su versión original y han sido durante mucho tiempo textos fundamentales para entender cómo se realiza una labor de investigación periodística. Pero ya el año pasado se editó una recopilación fantástica de los perfiles, algunos un tanto heterogéneos como el de NYC, y narraciones de encuentros, o desencuentros como en el mítico reportaje Frank Sinatra está resfriado, por parte de Alfaguara que recordó a los que lo habían olvidado la figura de Talese.
La mujer de tu prójimo es un libro que se presta, quizás en demasía, al engaño. Muchos pensarían tras informarse del tema del libro que se trata de una acumulación de narraciones de sexo más o menos explícito y que, incluso, llega a reflejar la propia vida sexual de su autor. Y nada más lejano a esa realidad. De lo que trata La mujer de tu prójimo (Thy Neighbor's Wife) es de la obsesión que por el sexo y la promiscuidad siente el americano medio. Por eso trata de esos mismo ciudadanos de a pie que han pasado a formar parte de la Historia por su relación con la vivencia libre y desprejuiciada de su vida sexual. Editores, pornógrafos y censores, moralistas y swingers (practicantes del intercambio de parejas), van desfilando por este libro, documentadísimo, que le llevó casi una década de trabajo a su autor.
La prosa, exacta, concienzuda, permite armar un extenso informe de las penalidades que han tenido que sufrir personas anónimas que, en realidad, no pretendían nada más que vivir con la libertad a la que se presuponía que tenían derecho. Las quinientas páginas de apretada tipografía y estrecha caja (quizás, debido a la extensión del libro habría sido conveniente, aunque supusiera un aumento de costes de edición, haber respetado el diseño del resto de los libros de la estupenda y fundamental colección La ficción real, ya que mantener el diseño original hace mucho más agotadora la lectura del libro) son una constante apelación a intervenir, a tomar conciencia de la devastadora acción de las mentes retrógradas en la sociedad. Pero, también, es una desoladora constatación de que la mayoría de los que han ido más allá de la moral de la sociedad bien pensante terminan o bien marginados y doliéndose del modo en que la sociedad se ha cebado con ellos o bien renunciando a su vida más o menos excéntrica para adecuarse a los códigos establecidos de la sociedad.
Esto se ve, sobre todo, en la particular experiencia de las comunas de amor libre, donde terminan generándose las mismas relaciones de poder y los celos que en la sociedad de la que huyen, o el modo en que, tras unos años de experiencias libertarias, muchos de sus practicantes terminan convertido en burgueses acomodados que no hacen sino prolongar esos modos de vida que pretendían combatir o, al menos, cuestionar.
Con todo, pese a que la escritura de Talese es única, ahí está el texto que abría la recopilación Retratos y encuentros sobre NYC para demostrarlo, una obra maestra de la tensión estilística que sostiene un texto cargado de sentido, lo más interesante de La mujer de tu prójimo, como en el reportaje sobre la familia Bonnano Honrarás a tu padre -cuya reedición esperemos que no se demore mucho, ya que debería aparecer, también, en Debate, creo, ya que se editó en su momento en Grijalbo-, es la relación que establece con sus fuentes. Talese no los entrevista, sino que se convierte en parte de sus vidas y ellos en parte de la vida de él. Los apéndices donde se nos dice qué ha sido de sus vidas tras la publicación original del libro, que sirven como muestra palpable del contacto que se ha mantenido a través del tiempo, son interesantísimos. Nos hablan de alguien que conoce los mecanismos de la verdad, de la realidad. No basta con conocer los hechos, con documentarse, hay que entender, conocer a los protagonistas, hay que saber incluso las consecuencias de introducir sus vivencias en un texto que leerán muchos desconocidos. Por eso, Talese puede usar sus nombres verdaderos, por eso ellos siguen en pleno contacto con él a través de los años. Lo más relevante del trabajo de Talese es su dimensión ética, su compromiso, sí, con el periodismo, con el estilo y con la verdad, pero también con las personas. Algo que, cuando uno lee otros reportajes, otras crónicas, brilla por su ausencia.
Es ahí donde hay que ensalzar a su autor, es por ese motivo por el que hay que insistir una y otra vez en su lectura, y es esa la principal enseñanza que destila. Todas y cada una de las historias, desde la vida de Hugh Hefner hasta las particulares peripecias de las comunidades de inspiración fourierista del siglo XIX, pasando por las comunas de amor libre, e incluso los problemas maritales a los que alude el autor en el último capítulo del libro, son, desde luego, interesantes y dibujan la hipocresía moral de la sociedad y los poderes políticos y judiciales de los Estados Unidos, pero, más allá, queda la insobornable posición del autor. Es eso lo que aquilata el libro y lo convierte en mucho más que un referente del nuevo periodismo o de la crónica, que lo sitúa como un libro imprescindible en una época de moral laxa y ética mudable como la que vivimos.

Gay Talese La mujer de tu prójimo Debate, Barcelona, 2011.
Traducción de Marcelo Covián

22 enero 2008

Excelencia narrativa


Vivimos una época de una evidente superficialidad, donde los libros son considerados más como bienes de consumo que como cultura –ahí está la tan cacareada rotación de novedades en las librerías para demostrarlo, donde los libreros son más reponedores de mercancías que verdaderos lectores al tanto de lo que venden-, y, como en todo mercado, se imponen las modas por encima de la calidad de los productos. Tampoco pretende uno estar siempre nadando a contracorriente, pero no puede evitar anhelar aquellos años en que uno se compraba un buen traje que le duraba varios años, frente a la necesidad perentoria de tener un armario lleno de trapos como hoy. La literatura se ve envuelta en ese mismo contexto, lo que provoca que haya numerosos autores que llaman la atención de los periodistas y voceros de la cultura por cuestiones meramente cosméticas, por innovaciones absurdas que las más de las veces se quedan en la mera inclusión de un teléfono móvil en la trama de un cuento o en aludir a la existencia de Internet dentro de una novela. Frente a esa literatura postadolescente, que se apunta a las últimas tendencias como un método más de llamar la atención, se encuentra otra, escrita por escritores jóvenes, que apuesta más por la excelencia, por una narrativa tradicional en la que la solidez del texto y de su tema ahoguen toda crítica superficial con que se la ataque.
Uno de los ejemplos más llamativos es la obra de Juan Gabriel Vásquez. Sus dos novelas, Los informantes e Historia secreta de Costaguana, y su libro de relatos, Los amantes de Todos los Santos –todos en Alfaguara, donde, por cierto, en breve habrá una nueva edición del libro de relatos con inéditos-, demuestran que se puede hacer una literatura excelente sin una necesidad de incluir las últimas novedades de un modo irreflexivo. Frente a esa pasión por la moda, por lo último –que, como ya he dicho, apesta siempre a publicidad-, la narrativa de Vásquez se decanta por renovar desde dentro. Tramas, historia de la literatura, referencias, todas se ven renovadas por la utilización de las mismas que hace en sus textos. Los materiales históricos de Los informantes, con su mezcolanza de géneros –documental, ensayístico e histórico, además de narrativo-; la historia y la crítica literaria además de la recreación histórica en Historia secreta de Costaguana, y la escritura de cuentos de extensión, más dedicados al dibujo de los personajes y su circunstancia que a la trama, siguiendo más el modelo anglosajón que el de la literatura escrita en español, valdrían para situar a Vásquez entre los más interesantes autores de su generación. Bueno, de hecho fue uno de los invitados a Bogotá’39, así que tampoco soy yo el primero que se da cuenta.
Pero, por encima de cuestiones que interesan más a los que se mueven dentro del mundo literario, lo más importante es que sus novelas se leen siempre con interés porque están construidas con cuidado, porque tocan temas trascendentes e interesantes y porque en su prosa hay espacio para el humor, para la investigación de los diversos registros del lenguaje –y como prueba están las conversaciones telefónicas en Los informantes, donde el autor revela un oído asombroso para el habla coloquial-, y para tocar los temas desde una perspectiva siempre moderna, siempre actual. Porque en sus novelas, que siempre revelan un trasfondo histórico, estos hechos del pasado se conectan siempre con el presente. Nos hablan de las consecuencias que han generado y de su presencia entre nosotros, pero también de cómo desde el presente hemos modificado el pasado para modelarlo a nuestras necesidades. Y en esta tensión entre el pasado –lo que queremos ser- y el presente –lo que nos guste o no somos-, se mueve la narrativa de Vásquez.
Una narrativa necesaria, de inusual contundencia y que está escrita con una sabiduría evidente.

02 diciembre 2007

Un estreno de primera clase

Cada cierto tiempo los medios sienten la necesidad de colocar a un nuevo autor como la gran esperanza de la literatura. Normalmente son actuaciones perversas, porque hoy sabe cualquiera que un autor novel e inédito que logre colocar su manuscrito a una editorial lo ha hecho mediante un libro irrebatible, un manuscrito que sobrepasa en calidad a muchos de los que los autores prestigiados colocan a los editores.
A modo de ejemplo –y para aviso de navegantes, que pueden ir centrando ya el objetivo en Perú y las afueras del país andino- estaría Vargas Llosa. La ciudad y los perros es uno de los grandes libros de su autor, por ejemplo, muy superior a libros de saldo como La tentación de lo imposible o El Paraíso en la otra esquina. Este último, por ejemplo, es parangonable a cualquiera de los trabajos que los alumnos de COU –creo que ahora se llama segundo de Bachillerato- pueden presentar a su profesor. Sólo que más largo, eso sí, porque sus quinientas páginas se hacen larguísimas. Si el trabajillo de clase de Vargas Llosa hubiese ido firmado por un autor desconocido, las risas del lector y del editor se habrían escuchado en Arequipa, en Kensington y en la calle Flora.
Por eso tiene especial mérito un libro como Guerra a la luz de la velas. Yo lo leí un poco de rebote, la verdad. Ha llegado un momento en que uno desconfía casi automáticamente de cualquier libro que edite Alfaguara. Está feo reconocerlo y si lo digo es porque creo que la sinceridad es un valor a retomar en esto de la crítica literaria. Los desmanes de la editorial del grupo Prisa han conducido a cualquier lector medianamente informado a dudar de la calidad de cualquier cosa que aparezca bajo su marchamo. Y es injusto, como se demuestra con la edición de este libro.
Yo me animé a leer a Daniel Alarcón después de conocerlo personalmente. Me llamó la atención la seriedad, el sólido conocimiento de la literatura y de sus mecanismos que exhibía y, lo que fue determinante, la seriedad con la que encaraba su trabajo y el escepticismo con que vive las servidumbres que el mercado impone a un autor. Lo lógico en un autor de tan sólo treinta años es que se deje deslumbrar por unos focos que no le persiguen por su calidad, sino por su juventud. Pero uno no se imagina a Alarcón apareciendo en la portada de un libro suyo o asistiendo a una presentación de una línea de ropa femenina.
La enorme fortuna que he tenido es encontrarme con que Alarcón es, no sólo una persona agradable y coherente, sino que, además, es un estupendo escritor. Un escritor que, como diría Armas Marcelo en su columna marciana del ABCD, se nos presenta ya como un autor insoslayable. Los incomprensibles mecanismos del mercado han obligado a que, hasta que no estaba lista la traducción de su novela, Radio Ciudad Perdida, no se haya editado en España su libro de relatos.
Y digo que es incomprensible, porque aunque una novela, cualquier novela, venda muchos más ejemplares que los libros de relatos, es evidente que un libro como este habría salido a la luz con o sin novela. Teniendo en cuenta que los ejemplares que están a la venta en España son, en realidad, ejemplares de la edición peruana retapados para que coincidan con el horroroso diseño que se ha impuesto en España –con ese medio marco negro-, uno se cuestiona muchos de los mecanismos de edición de las grandes editoriales españolas. Lo primero cuántos libros interesantes no llegan aquí mientras en las librerías se agolpan las naderías más insustanciales. Lo segundo por qué se gastan dinero en retapar un libro cuando la edición original era más bonita. Y muchas más cosas, claro, que no tienen nada que ver con la literatura y que, por eso, da un poco de pereza consignar aquí.
Habría que comentar, eso sí, el hecho peculiar de que cuando uno lee los cuentos de Guerra a la luz de las velas se ve sorprendido continuamente por una extraña sensación. Algunos de los cuentos tienen un aire indiscutiblemente norteamericano. Su temática, la realidad que plasman, está muy unida a los cuentos de Carver o de Ford. Pero al mismo tiempo la prosa suena muy potente, con detalles, con ciertos guiños que la hacen parecer propia. Ahí está la paradoja de este libro. Alarcón escribe en inglés, se ha formado en los Estados Unidos, trabaja en la universidad y sus influencias son, claramente, norteamericanas. Pero también ha leído, y convivido con sus compatriotas peruanos. Alarcón es un raro ejemplo de escritor que escribe en inglés pero que mantiene una inusual fuerza al ser traducido. Así como hay escritores, Umbral los llamó “angloaburridos”, que escribiendo en español parecen traducidos, lo curioso de este libro es que el trabajo de Jorge Cornejo, ayudado por el propio padre de Alarcón es único. Me gustaría saber un poco más de inglés para poder valorar
la particular prosa que debe exhibir el texto original.
Pero, dejándonos de rodeos, lo mejor del libro son sus cuentos. Podríamos gastar mucho tiempo y saliva en analizar las influencias del autor. En dilucidar en qué corriente se enmarca su obra –porque tiene ecos de Flannery O’Connor, del minimalismo yanqui, pero también de los grandes narradores del boom- y cuáles serán sus derroteros en un futuro. Y todo eso sería secundario. Lo más rotundo que ofrece Alarcón en su estreno literario son historias rotundas, imponentes, que te atrapan desde el primer momento y resultan subyugadoras. E historias trazadas con gran acierto literario, con una eficacia y sabiduría únicas. Cuando uno las va leyendo tiene la certeza de que sólo de ese modo podían existir, ser eficaces, funcionar como historias. Parecen no tener otra posibilidad, y eso las hace verdaderas piezas de orfebrería, cuidadas al detalle. La prosa resuena con fuerza y aún así natural, sabe que es literatura pero no se entrega a la retórica.
Y, lo que es más importante que todo eso teniendo en cuenta la edad de su autor. No condesciende a la moda. No pretende colarnos falsas originalidades ni banalidades a golpe de justificarlas con su juventud. No necesita más que las herramientas que se han usado, desde siempre, para conquistar al lector: Narraciones que alumbran y dan sentido a esta vida contadas con un espíritu y una vivacidad que las hace más verdaderas si cabe.
No sé si se puede leer este libro con indiferencia, sin caer arrebatado a medida que se va leyendo. Yo no puedo esperar ya para leer la novela y asumir que estamos ante una de las grandes voces de la literatura –no quiero decir el futuro porque es ya un presente más que sólido.
Se dice muy a menudo, pero hay veces en que sigue siendo cierto: no se lo pierdan.

23 agosto 2007

Muy pocas nueces en la cosecha del Boomeran(g)

Todos sabíamos que no iban a tardar mucho. Publicidad vírica, plataformas de desarrollo, era sólo cuestión de tiempo que los blogs fuesen utilizados como mecanismos de promoción mercantil y de proyección personal. Los primeros en acercarse al nuevo formato fueron los chicos de PRISA, particularmente La oficina del autor a través de un invento que llamaron Boomeran(g) –está claro que Juan Cruz piensa que lo mejor que le ha pasado nunca es hacer pandillita con la Balcells y los del Boom- eligió a un grupo de escritores para llevar un blog. Y allí hay de todo, para todos los gustos literarios.
Transcurrido ya un tiempo de la singladura se puede afirmar, sin que le tiemble a uno mucho la voz, que en las bitácoras del Boomeran uno puede encontrar más o menos lo mismo que en la de cualquier otro bloguero esforzado. O incluso menos.
Por ejemplo, los enlaces. Una de las cosas que demuestra el total desinterés de los congregados en torno al invento es que no aportan enlaces –y los que los aportan son previsibles, de meros recursos- y nunca o casi nunca establecen diálogo con los que comentan sus textos. Vamos a decirlo claro: la mayoría de los bitacoreros del invento de PRISA han vivido, o viven, su bitácora como una columna periodística que no ven en un papel. Ellos escriben y lanzan al mundo su botella. Y nada. Desatienden así una de las grandes ventajas del mundo virtual frente al tradicional formato papel, que es la de la retroalimentación. No, ellos siguen siendo grandes autores que, desde su púlpito, pontifican. Dudo mucho, incluso, que alguno de los casos lleguen a leer los comentarios que les hacen.
Los comentarios, análisis, dejan mucho que desear. Uno es consciente de que no es lo mismo hacer un texto diario que uno semanal o cuando le soliciten a uno la colaboración. Ahora bien, en muchas ocasiones el tono es más parecido al de los blogueros adolescentes que cuentan sus batallitas, salvo que, en vez de decir que “pillaron algo en el parque para aguantar hasta las mil”, los autores del Boomeran participan más del tono “mi buen amigo, el librero Fulano, me invitó el otro día a comer con el excelente escritor Mengano, qué razón tenía Zutano cuando decía que es uno de los grandes de la literatura actual, una pena que no lo conociera Perengano”. Y nada más. O sea, nombres propios, vacío, porque lo primero que debe aprender un escritor que quiera serlo es que los nombres son lo de menos, te los pone alguien que no eres tú mismo y son perfectamente intercambiables.
Pero es que ahí radica el único objetivo del Boomeran, en que haya nombres propios en su página web. Por eso se han lanzado a editar el primer año de algunas de las bitácoras que han albergado. Rocangliolo, Azúa y Figueras han sido los elegidos. No sabemos, no sé si llegaremos a saberlo nunca, si la edición de estos libros era parte del acuerdo. Supongo que sí, qué demonios, pero uno se plantea, tras una lectura asidua de los blogs referidos y la completa de uno de los dos libros, y de otro a medias, no he podido con más, por qué la gente del Boomeran no ha hecho lo que tenía que hacer, que era buscar a buenos bitacoreros, de los que llevan ya años haciendo maravillas con sus sitios de Internet, y darles a ellos la voz en una plataforma tan poderosa. Pero bueno, teniendo en cuenta que sólo les interesa la publicidad es normal que tan sólo busquen la marca.
Y, como viene siendo ya moneda de cambio común cuando se editan libros que recogen las entradas de un blog, no hay rastro alguno de los comentarios recibidos. No aparece ningún debate. Una vez más en el mundo editorial se desprecia lo mejor de un blog: la conversación e interactividad que genera.
A Rocangliolo no lo he leído, no me he animado, la verdad, así que lo único que podría decir es que no me ha llamado la atención. No sé si eso habla bien o mal de él –me da un poco igual que hable mal de mí, aunque sé que puede hacerlo- pero desde luego no he hecho ni el gesto de abrir Jet lag.
Hasta la mitad he leído el libro de Félix de Azúa, Abierto a todas horas, que me ha parecido un poco descafeinado. De Azúa uno espera más, más intensidad, más chicha, menos lugares comunes, menos halagos a los amigos, menos hacer política desde su obra –es increíble como barre para casa cada dos por tres con el asunto nacionalismo catalán vs. Ciudadanos. La verdad es que abandoné la lectura exasperado de tener que apartar tanta ganga para recibir tan sólo unas pepitas. De todos modos sí que he comprobado que Azúa es que el tiene más seguidores, comentaristas y asiduos de todos los blogueros de la casa, así que supongo que será el que más rentable salga a Alfaguara.
Y el que he leído completo es el de Marcelo Figueras. No sé si llegaré a leer alguno de sus libros –supongo que sí, tampoco voy a hacerme el duro ahora- y cuando leí este lo único suyo que conocía era la película Kamchatka, de cuyo guión es autor. No creo que Figueras sea un estilista –de hecho le preocupa muy poco serlo, afortunadamente-, ni es especialmente original en su concepción de la literatura, el cine, los blogs, etc. Me ha parecido un hombre muy normal, muy humano, y por eso lo he leído entero. Si hay una cosa que le queda clara a uno tras leer este libro, El año que viví en peligro –por cierto, menos mal que en la editorial no le han impuesto El año que vivimos peligrosamente, que es como se tradujo aquí la película de Peter Weir de la que coge prestado el título Figueras-, es que su autor es un ser humano que merecería la pena conocer.
Alejado del esnobismo en el que suelen caer escritores e intelectuales, sincero, entusiasta cuando el corazón le dice que debe serlo, con una concepción clara de lo importante en el arte –contar historias y enaltecer al hombre, algo que parece haberse olvidado-, cálido. Atravesar este año de la vida de Figueras ha sido, desde luego, agradable.
Sobre todo porque, además de encontrar a un ser humano vivo, en Figueras he encontrado a alguien con gustos similares –lo que en mi caso no me sirve como impulso a sentir simpatía por alguien, conozco verdaderos idiotas con gustos como los míos, lo que quizá indique que soy más idiota de lo que me gustaría reconocer- y que los vive con mi mismo entusiasmo. Walsh, The Smiths, Blade Runner, Alan Moore, y muchos más que ahora no recuerdo –lástima que en el Boomeran sepan tan poco de nuevas tecnologías: en la web no hay etiquetas, en los libros no hay índices onomásticos- aparecen para mi deleite por este libro.
Salgo de esta lectura con la sospecha de que, en el caso de encontrarme alguna vez con Figueras tendríamos mucho de que hablar, y que es posible que nos cayéramos bien, lo que no es poco.
Y saco dos conclusiones, del mismo modo que la revista Eñe ha tenido e detalle de demostrarnos lo poco –o nada- dotados de la mayoría de los autores de renombre para llevar un diario como Dios manda –en el caso de un escritor se trata de que tenga interés literario por lo que se dice en él, no por los nombres propios, la marca, de los interiores y portada-, gracias al Boomerán sabemos que, desde luego, la mejor literatura que se está haciendo en Internet no pasa por los blogs de estos congregados en torno al mercado y que, en la mayoría de los casos, tan sólo aportan nombre, ruido. Muy pocas nueces.
Marcelo Figueras El año que viví en peligro Alfaguara, Madrid, 2007