Mostrando entradas con la etiqueta Una nueva literatura/ Una nueva crítica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Una nueva literatura/ Una nueva crítica. Mostrar todas las entradas

10 mayo 2010

Dos citas ineludibles: La poesía mutante y la Narrativa líquida


En un interesante artículo de la edición de hoy del diario El País, Elsa Fernández Santos hace un repaso a una serie de novedades editoriales relacionadas con la poesía. Se me cita través del prólogo de Poesía en mutación, así que poco o nada tengo que decir al respecto, más allá de agradecer a la autora su atención y acordarse de una antología pequeña, con un antólogo desconocido en una editorial que no acostumbra a embarcarse en proyectos relacionados con la lírica. Una y mil veces, gracias.
Por otro lado, se van agotando los días para matricularse en el taller que, a partir de este viernes, se imparte en la librería La Central del Museo Reina Sofía. Un acercamiento dinámico e inquieto a las realidades de la narrativa actual a través de una metáfora novedosa, que quiere comparar las formas y principios de la física con la narración contemporánea. Toda la información sobre el taller está aquí.

26 abril 2010

Para una narrativa líquida (2)


UNO. Vamos a imaginar una clasificación hipotética de la narrativa, que, como todas las clasificaciones, será arbitraria.
Imagine una narrativa a la que llamaremos sólida, espacialmente arquitectónica porque que acoge una historia en su interior, porque genera un espacio; una narración en la que todas y cada una de sus partes deben estar meditadas, calculadas, de tal modo que el artefacto resultante sea eficaz, opera como un sólido mecanismo en el que nada debe faltar y nada sobre, porque, ante tal ausencia o exceso, el mecanismo no cumpliría con su objetivo fundamental, el de ser ante todo eficiente lo contrario llevaría a que, bien por exceso de peso o bien por falta de elementos sustentantes, la construcción narrativa que se pretende se vendría abajo.
Frente a ella se encuentra una narrativa que vamos a adjetivar como líquida, fluctuante o fluida, que es dúctil, que toma la forma del continente en el que se introduce ya que no tiene forma determinada, que no genera un espacio sino que lo ocupa, y que permite una estructura cambiante, donde la presencia o ausencia de sus elementos no modifique su esencia, puesto que es, ante todo, un líquido que podrá perder parte de su todo, unas gotas o unos chorros, o que puede rebosar en su recipiente, pero no por ello verá modificada sus propiedades ni características esenciales.

DOS. Como de narrativa hablamos, y la narrativa está hecha de realidades y no de abstracciones, pasemos a poner ejemplos que sirvan como paradigmas de ambas tipologías.
Quizás el ejemplo más evidente de esa narrativa sólidamente planificada, meditada y construida bajo ese arduo proceso de concreción de ideas previas, y que sigue así la idea de que la narrativa es un vehículo de un mensaje más importante que la escritura en sí, sea la narrativa de Vargas Llosa. Estupendas novelas como La casa verde, La ciudad y los perros o Conversación en La catedral. Novelas que ambicionaban introducir en su interior todos los aspectos de la vida, novelas totales las llamaron, y que por ello han sido cuidadosa, meticulosamente planeadas y construidas.
Pero, ¿cuáles serían los ejemplos de esas novelas “líquidas”? Pienso en César Aira y sus singulares “novelitas” –el nombre, lejos de ser peyorativo, es el que, acertadamente, él ha elegido para sus libros-, donde lo de menos son conceptos como “argumento”, “estructura”, o “mensaje”, ya que lo importante en sí es el texto, el cuerpo del discurso en sí. No el texto como vehículo, sino como objetivo; no el texto como plasmación del mundo, sino como un entorno en sí en el que el lector se sumerge y donde pueden llegar a ser más relevantes las sensaciones que se experimentan durante la lectura que las ideas que se transmiten a través de ella. De hecho, la idea primera es no necesitar un destino al que llegar para ponerse a escribir, sino hacerlo siguiendo una deriva, un impulso, ya que el acto per se de la escritura puede ser, en sí mismo, la herramienta necesaria para desarrollar razonamientos, para pensar hasta llegar si bien no a conclusiones, sí a cartografías del proceso de nuestro pensamiento. Convertiría a la escritura pues en una meditación registrada, el rastro que deja el pensamiento.

TRES. Carlos Labbé es, en este sentido, un narrador singular. Sobre todo porque en sus novelas, en las tres que ha publicado hasta la fecha –Libro de plumas , Navidad y Matanza y la recién editada Locuela (Periférica, 2009)-, se mueven en la tensión entre esas dos divisiones que me he permitido trazar, la concepción de unas narraciones con un mensaje unitario pero que al mismo tiempo disfruten de muchas de las características de las “narraciones líquidas”.
Por un lado se hace evidente a cualquier lector que se acerque a ellas que en sus novelas sí existe una intención constructiva. Que subyace en todo el momento el deseo de comunicar con la novela un mensaje, lo que no implica que dicho mensaje sea la parte más importante del acto comunicativo. Por ejemplo, en el caso de Locuela, hay todo un aparataje de diversos procedimientos que quieren dar al libro la apariencia de una novela más o menos tradicional, de una “narración sólida”.
Como la convergencia de diversos narradores. Por un lado está la novela policial, de serie negra, que sirve como excusa “genérica” para el texto. En torno a los quince capítulos que la forman se entrevera la narración que van realizando los otros narradores. Por un lado las cartas que remite La remitente a El destinatario, por otro lado la narración en sí de las vivencias de El que escribe la novela, el mismo “destinatario”, a través de un diario que se desdobla en una constante tensión entre la confesional primera persona y una narración en tercera persona. La novela se construye mediante la yuxtaposición de esos fragmentos, pero se trata de una construcción premeditada, intencionada y dirigida, que tan sólo se ve interrumpida por del Manifiesto Corporalista del final del libro, a modo de interpretación hermenéutica del corpus del libro.
Aquí radica la piedra de toque de la lectura del libro como un mensaje a la espera de ser descifrado, puesto que la aparición de dicho movimiento transforma radicalmente la novela construida hasta ese momento ante el lector. Por un lado porque convierte una narración que pivotaba en la tensión entre la novela policíaca y el trabajo académico de un alumno –es llamativo el uso tipográfico de los números de página, que se colocan siempre en el borde inferior derecho de la página, y no en oposición simétrica como sucede en la maqueta habitual, para enfatizar el formato de los ensayos escolares salidos del procesador de textos-, en otra cosa: finalmente en la única pieza de una vanguardia artística que nace y muere con este libro, el Corporalismo, y que debe mostrarse junto a un pequeño cuadro que ha servido como eje de buena parte del discurso del relato, la idea del texto como una mera écfrasis –descripción de un elemento visual dentro de la narración- de algo, quizás del movimiento, quizás de su formación, quizás de su praxis negada. Lo ambicioso del entramado conceptual del libro nos habla pues, a las claras, de una intención anterior, de un punto de partida conceptual que ha sido, más tarde, vertebrado narrativamente. En ese sentido hay una filiación clara con el tipo de narrativa sólida ya aludida.
Pero, por otro lado, Carlos Labbé es plenamente consciente de que la lectura de un libro, y más de una novela, termina siendo una inmersión, un bucear dentro del mundo que nos propone el autor. Un mundo que sólo existe en el texto, ya que es ahí donde se zambulle el lector. Por tanto,el texto es cuerpo y materia del mundo que se nos ofrece. Y, como ocurre siempre cuando nos sumergimos en un líquido, lo primero que se aprecia es el drástico cambio entre el aire que nos envolvía y que pasa a ser, ahora, un envoltorio líquido. Dicho de otro modo, lo que el lector se encuentra dentro de las páginas de Locuela no es un entramado meticuloso, al contrario, sino la misma locuela, el habla desencadenada e irrefrenable a la que aluden en las citas que abren el libro Barthes e Ignacio de Loyola. Lo que importa es la construcción de otro mundo desde el lenguaje, desde la ficción. Y un mundo no tiene excesivo sentido, sencillamente es. El mundo es atributivo. No tiene una función determinada, está, es o parece. Por eso la escritura de Labbé aborda la creación de un universo y no la mera transmisión de un mensaje, como ocurre con esas novelas totales que, paradójicamente, se ven obligadas en su búsqueda de totalidad a cercenar y acotar la realidad ya que esta no se puede meter en una novela. No, Labbé sabe que el entramado intelectual de una novela, la creación de un nuevo mundo, de un universo al que huir, heredero sobre todo del Santa María de Onetti en esta novela, debe pasar, ante todo, por la construcción de un universo nuevo desde el discurso y su materia, el lenguaje. Locuela no es una novela, es un mundo, un decir que se torna real. Su ambición no tiene límite. Afortunadamente todavía se escriben libros así.
Carlos Labbé, Locuela, Periférica, Cáceres, 2009
Texto aparecido en la revista Quimera, número 317, de abril de 2010

03 enero 2009

La vigencia de las narraciones

IMG_2318Una de las cosas más sorprendentes de la crítica y de la historiografía literaria es la poca, por no decir nula, atención que despliegan en torno a los gustos populares. Desde la perspectiva histórica se van marcando una sucesión de periodos caracterizados por una serie de elementos y detalles que, en la mayoría de los casos, pasaron desapercibidos para sus protagonistas y que solo con la distancia se aprecian como elementos comunes que permiten establecer divisiones sistemáticas –esto, por ejemplo, es algo perfectamente rebatible, puesto que cualquier lector atento habrá podido observar, por ejemplo, como las dos novelas de Clarín y sus cuentos entran sin problemas en la definición de “realismo”, mientras que la narrativa de Galdós, mucho más extensa, por otra parte, no admite dicho corsé salvo que se dejen fuera muchos textos-. La perspectiva crítica marca, en cambio, la calidad de los textos bien desde una perspectiva siempre subjetiva o la inclusión o no de los mismos dentro de la idea que el crítico tenga del parnaso literario. Por eso, cuando, como es el caso, se habla de un libro que se publicó en 1880 –hago yo el cálculo: casi ciento treinta años-, la crítica suele dirigirse a ubicar diacrónicamente el texto y poco más. Destacar sus virtudes y novedades respecto al año en que fue publicado y, si te he visto, no me acuerdo. Algún crítico, un poco más avispado, señalará en qué medida unos cuentos como estos significaron el nacimiento del verismo italiano –versión transalpina del naturalismo- y poco más. Ah, bueno, y si les ha gustado o no, esas cosas que algunos piensan que al resto les importa.
A mí, en cambio, a medida que iba leyendo cada uno de los cuentos del libro, no se me iba una idea de la cabeza: este es el libro que quiere leer la mayoría de los lectores que se acercan a la literatura de un moco un poco ingenuo –en el sentido de que siguen buscando historias y poco más-, pero que son, en sí, la gran masa de población lectora de este país. Voy a explicarme un poco, porque lo que he dicho tiene dos lecturas: este libro le gustará a casi todo el mundo, por un lado, y, por otro, el hecho de que el gusto de la masa lectora parece estar anclado hace más de un siglo y cuarto.
¿Qué ha formado, realmente, nuestra idea de lo que es la narrativa? Esta pregunta es fundamental, pero casi nunca se hace en voz alta. Y creo que se debe a que la respuesta nos da miedo. Yo no sé cómo se estableció el concepto de lo narrativo y lo que es un relato para las generaciones anteriores a la mía, pero sí sé cómo ha sucedido en mi caso, y me voy a permitir extrapolarlo porque creo que será un contexto más común de lo que podemos pensar. Antes de leer un solo libro con verdadera conciencia de hacerlo, o sea, en mi caso Paradox Rey y Crónica de una muerte anunciada, yo creo que ya había asimilado y digerido muchas películas. Y dichas películas no eran, como ya estarán suponiendo, de Godard o de Víctor Erice, sino que eran productos producidos en Hollywood o siguiendo su discurso. La industria del cine de Hollywood es hoy el principal modelo de narración que se ha extendido por todo el planeta. En algunos casos, como sucede con el cine de Bollywood, funciona como modelo que rebasar, ya que cualquier película realizada en Bombay no es más que un musical excesivo de los muchos que hemos visto desde niños. Ahora, lo que debemos plantearnos es en qué momento se codificó el lenguaje audiovisual y la concepción narrativa que se extiende a través de esa fábrica de sueños que es el cine. Sin dudas, el cineasta que fijó el modelo de la industria fue Griffith, sobre todo porque él asumió ese rol tras el éxito de El nacimiento de una nación. En aquellos años, estamos hablando del primer cuarto del siglo XX, qué modelos narrativos tenían: las novelas de gran consumo, que eran hijas melodramáticas y sensibleras del naturalismo literario.
Así pues, el modelo que se instauró como idóneo para la narración cinematográfica es el de una narración como las que escribió Giovanni Verga, pero con una sobrecarga de tintes melodramáticos y una rebaja en los contenidos que hoy podríamos entender como crítica social. ¿Quiere decir toda esta argumentación que La vida en el campo es un mal libro? Ni por asomo, precisamente hoy podemos leerlo con mayor vigencia por ser una muestra elevada de ese modelo que el relato cinematográfico hegemónico ha asumido de modo totalmente acrítico. El dibujo de caracteres, el resumen de vidas enteras en apenas veinticinco páginas donde se hace un evidente hincapié en los momento más truculentos y excesivos, nos dirige de modo invisible, pero ineludible a esas extensas narraciones como Lo que el viento se llevó, con momentos intensos como el juramento con el rábano en la mano. Conviene recordar que la novela de Margaret Mitchell se publicó en 1937, o sea, que tanto su escritura y publicación, como todo el proceso de producción de la película de O’Selznick –las películas en Hollywood son del productor ejecutivo- se realizó mientras Hitler se iba anexionando media Europa y España ardía en una Guerra Civil desde la que escribía Hemingway y mandaban fotografías Capa y Taro.
Quizás la herencia más evidente de libros como esta estupenda e intensa colección de cuentos de Giovanni Verga resida en el cine político más convencional, aquel que asume todos los recursos del cine mainstream pero con argumentos sociales, el que firman directores como Ken Loach, por ejemplo. Y, por supuesto, en la mayoría de la literatura que se consume y se promociona a través de los premios literarios, que es ya hija de la lectura superficial y efectista que han hecho los cineastas de la gran narrativa decimonónica.
Giovanni Verga La vida en el campo Periférica, Cáceres, 2007

10 noviembre 2008

Mercado y academia


No ha trascendido lo que cabría esperar una información paralela a la reciente concesión del premio Nobel de Literatura a Le Clézio: su ausencia de las librerías españolas. Si repasamos la lista de ganadores en lo que va de década obtenemos un censo de autores que tenían una presencia editorial y comercial en España evidente: Naipaul, Kertész, Coetzee, Jelinek, Pinter, Pamuk y Lessing. Todos ellos, salvo el húngaro y el británico, en editoriales del grupo Random House Mondadori, sirva como aviso de navegantes. Así, cuando se les concedió el premio, lo único que tuvieron que hacer los libreros fue buscar en sus estanterías y colocar los libros en la mesa de novedades -o, todo lo más, pedir a la distribuidora que les trajese más ejemplares. Con Le Clézio hemos podido comprobar algo mucho más preocupante: que la literatura ambiciosa, la que pasa a los manuales, no está presente en las librerías españolas.
Y no porque nunca se haya editado a Le Clézio en España. Tusquets lo intentó hace ya diez años y no funcionó. Antes lo hizo Debate -en la época de Bértolo- y tampoco. Los primeros fueron Seix-Barral y Barral, y no funcionó tampoco. En el momento en que se le concedió el premio, los únicos libros de editoriales españolas que estaban "vivos", no arrumbados en almacenes, eran la edición de El atestado de la colección de Clásicos Universales de Cátedra y una monografía menor sobre Frida Kahlo y Diego Rivera en Temas de Hoy.
Todos estos datos nos dirigen a una realidad que muchas veces se olvida: si Le Clézio no está en las librerías se debe, sobre todo, a que el mercado no ha seguido las sugerencias que le han ofrecido los editores a lo largo de más de treinta años. O sea, que el lector medio español no ha aceptado la propuesta narrativa de Le Clézio.
Ahora toca, una vez que le han dado el Nobel, llenar las mesas de novedades de libros suyos. ¿De dónde los sacan los libreros? De Argentina. Eudeba, El Cuenco de Plata, Adriana Hidalgo, etc. Y eso se debe a que a lo largo de esta década se ha producido una distanciación cada vez mayor entre lo que compra el público lector en España -libros de consumo fácil, intercambiable, que huyan de la complejidad- frente al lector hispanoamericano -que prefiere libros densos, singulares y de varias lecturas, quizá porque no hay dinero para estar comprando libros todos los días, y eso se nota-.
De todos modos, no deja de resultar curiosa la influencia del premio Nobel en la España de hoy. Cualquier lector medio sabe que, desde luego, no se premia la calidad literaria, que son otros los baremos y otras las razones por las que un autor se lleva el premio a casa. Pero cuando el que lo obtiene publica con ciertas editoriales -Saramago, Grass- la presión mediática se vuelca en destacar sus valores artísticos y éticos, mientras que en otros casos -Pinter, Jelinek- se obvian.
De todos modos, no termina uno de entender por qué los libreros corren a rellenar sus mesas de novedades con los libros de Le Clézio, por mucho premio Nobel que haya ganado, no por eso van a vender sus libros. Hace un mes que ganó el premio y ya nadie habla de él.

05 febrero 2008

La soledad o el buen cine que debemos hacer

Por circunstancias que no vienen al caso, el pasado domingo estaba fuera de mi casa, aburrido, y me puse a ver la gala de los Goya –con media hora de retraso, porque así lo han querido los directores del ente público, porque dicen que de ese modo es más dinámica, aunque sigue siendo igual de aburrida- y, como no me llegaba el sueño, puede llegar hasta el final y llevarme una de las alegrías más grandes que he tenido en mucho tiempo. Frente al cine de consumo, copia más o menos lucida de las producciones de bajo coste yanquis –no nos engañemos, esa cosa llamada El orfanato en Hollywood es una producción de segunda, y lo del Goya al mejor guión nos sigue señalando a las carencias lectoras de buena parte de la profesión cinematográfica española-, a la enésima película sobre la Guerra Civil –las Trece rosas es una película más de la guerra de los abuelos que ni la novedad del asunto ni la profesionalidad de su director convierten en algo memorable-, o a una película más del cine español de siempre –esas Siete mesas de billar francés correcta pero carente de todo riesgo-, se impuso algo nuevo, algo distinto y que envía un mensaje muy importante al espectador y a la industria del cine. La soledad, una de las películas más interesantes de los últimos años, se llevó el gato al agua.
Yo vi la película de Rosales donde había que verla, en una sala de proyección este verano –concretamente el 8 de julio, para que tomen nota mis biógrafos- y me quedé totalmente impactado. Ayer he escuchado cosas, como las estupideces de Ayanta Barilli –ya saben, la hija de Sánchez-Dragó que no sabía interpetar y ahora se dedica, dice, a escribir y a que su papaíto le de un espacio en su programa humorístico de cada noche donde ambos demuestran que la idiotez es algo que sí se transmite genéticamente- sobre le película que nos dicen mucho de cómo está el asunto. Según la experta crítica de cine –que, al menos, en un rapto de sinceridad, reconoció que no había visto la película y había buscado el DVD para poder hablar de ella- la película era un tostón. Y estoy totalmente de acuerdo. La película es un tostón porque a) no utiliza trucos argumentales más propios de un fuego de campamento que de la narración de un adulto como en el caso de Los otros o El orfanato, por mencionar dos películas iguales, igual de efectistas y burdas, claro; b) habla de seres comunes, no de heroínas de la Guerra Civil de las que nadie se acuerda, malos y desmemoriados somos todos en un país donde el ciudadano medio por no leer no ha leído ni un libro completo en toda su vida; c) deja respirar cada uno de los planos y contar con otro ritmo, un ritmo más cercano al de los sentimientos, ese que usan directores como Bergman, Ozu, Renoir y demás creadores de obras aburridas, muy alejadas de las delicias de las obras maestras de Roland Emmerich, Alex Proyas o Michael Bay, todas blocbusters de consumo, olvidables, pero que los nuevos críticos de cine, esos a los que les preocupa más la taquilla que la calidad de la cinta, siempre ponen como ejemplo de ese cine “que lleva al espectador a la sala” y que la industria española debería imitar, esos que parecen sacados de las páginas de color sepia, y que, por no saber, se piensan que un “plano americano” es uno en al que se le ha echado agua. No, todo eso demuestra hasta qué punto los que votaron en los Goya saben mucho más de cine que los acostumbrados voceros que no acuden nunca a las salas pero se permiten opinar sobre ello. Me recuerdan a los periodistas con pretensión de pensadores de medio pelo que les dicen a los novelistas como deben hacer la “novela del futuro”.
La soledad es una obra interesantísima. Y lo es porque nos habla de cosas perfectamente comunes: la muerte, el amor, la familia, la ausencia, el dolor, los sueños, la realidad, la amistad, y lo hace de un modo honesto, novedoso. Lo sencillo habría sido, con esos mimbres, con las historias que maneja, hacer un melodrama lacrimógeno al uso, muy cercano a un cine que ya interesa poco o nada al espectador medianamente curtido. No, lo interesante es que Rosales nos presenta unas historias en las que huye de los momentos fáciles, de los momentos en que todo es intenso y evidente –no hay imágenes del atentado, de los muertos, tan sólo de un autobús que se detiene tras la detonación, no hay un primer plano durante la muerte de la anciana, sino que imaginamos fuera del encuadre la agonía y apenas vemos la caída del cuerpo-, y, por el contrario, consigue mostrarnos las consecuencias de esos hechos. No nos habla de lo fácil, que es la acción, la representación casi obscena del dolor, sino en lo que sucede luego, cuando ya no están ahí las cámaras, cuando toca olvidar al familiar fallecido. Cuando hay que convivir con la soledad.
También he escuchado mucho, cuando se habla del film, centrarse en algo tan secundario como la polivisión. No he escuchado a esta gente hacer sesudos comentarios sobre el mismo efecto en el Hulk de Ang Lee, donde lograba remedar el efecto de un cómic en la pantalla, pero en este caso sí se sorprenden de que se haga en una película española. Como mucho se soportan los retoques digitales de Mortadelo y Filemón –da igual cuál de las dos, son iguales-, pero algo tan sencillo como dividir la pantalla en dos les rechina.
Si fuera algo importante merecería la pena más comentario, una misma escena narrada desde dos puntos de vista distintos que se superponen en la pantalla. Un curioso fuego cruzado de miradas desde el que, aún así, en muchas ocasiones no se llega a ver al personaje y sus movimientos. La pantalla aparece así muchas veces vacía de todo punto de atención, reducida a un escenario en el que no hay nadie, un proscenio abandonado en el que, pese a todo, transcurre la vida aunque muchas veces no sepamos verla. Qué interés tiene hablar de un recurso si no se analiza lo que se nos quiere contar con él. Me recuerda a esos compañeros de clase, todos estupendos y reputados profesionales de los campos de la ingeniería, la banca o la automoción, que cuando tenían que hacer el comentario de texto de una poesía medían todos y cada uno de los versos, estudiaban todas las rimas, buscaban cada uno de los tropos, y era incapaz de saber qué les decía en poema. Uno de los principales problemas que tiene la sociedad es que no sabe leer, no sabe mirar, no sabe escuchar, no sabe tocar, no sabe oler o saborear. Prefieren buscar, quedarse aferrados a los árboles y no dar un solo paso atrás para ver el bosque. En mi trabajo como profesor de talleres me sorprendo siempre al ver que los alumnos se cierran en banda ante la lectura de cualquier texto que les implique, que les meta en el texto y les haga tener que montarlo, sentirlo o completarlo. Supongo que esos receptores estarían igualmente incómodos ante un trabajo como el de Rosales en La soledad. Porque es una historia hecha a base de juntar momentos anticlimáticos y alguno, pero solo alguno, verdaderamente intenso. Y lo que hay en medio no es que no exista, no es que no esté dado, sino que hay que completarlo, hilarlo, rematarlo, por así decirlo.
No caiga nadie en el otro recurso fácil, el de emparentar una película como esta con muchas otras obras de una vanguardia mal entendida en la que el artista camufla su incapacidad con la idea de que “cada uno interpretará la historia a su modo”, en la que, abusando de la estética de la recepción, se pretende que todo valga, y que una obra no terminada pase por tal. Tabarovsky, en su primer libro, decía irónico: “No faltará el estúpido que diga que esta novela debe interpretarse por sus blancos”. Nada más equivocado, porque lo importante es lo dicho, a lo que apunta. Sólo un estúpido confundiría el decir con el mostrar. El cine muestra una cosa, porque no puede decir lo que en realidad quiere decir. Hay un algo indecible en torno a lo que pivota toda creación, todo arte verdaderamente ambicioso. No se trata de que haya huecos para que el espectador los rellene como buenamente quiera, sino que en películas como La soledad se nos coloca en otro lugar, el de testigos, que no pueden sino sentirse implicados con lo que han visto, porque saben que señala a ese algo que, incluso a nosotros mismos, nos da miedo decirnos.

Mucha tinta ha corrido desde hace dos días con el “mensaje” que manda una industria moribunda eligiendo una película para “entendidos” frente a otros títulos de mayor tirón de taquilla. No me apetece andarme con medias tintas: decir esas cosas es demostrar que los que las dicen no tienen ni puta idea de cómo va este mundo.
Nuestras películas “taquilleras” no las ven en ningún lado fuera de aquí, pasan sin pena ni gloria por medio mundo y no las compra nadie cuando se editan en DVD. ¿Por qué? Porque esas películas son pálidos reflejos de otras mucho mejor hechas en Hollywood, con más dinero, con mejores actores y directores que saben hacer películas de acción. Tenemos el ejemplo de una industria cinematográfica saneada como la francesa –con leyes proteccionistas- donde el negocio lo salvan cuatro películas que no llegan nunca aquí porque son malasy prescindibles. Cosas como Taxi y sus secuelas son las que llenan las salas de las distribuidoras galas. Ahora bien. Hay un cine español que vende en el mundo entero. Pero lo hace a otro ritmo. Se trata del de Víctor Erice. Tres películas propias, una compartida, un corto y ahora una correspondencia cinematográfica con Abbas Kierostami, esa es toda su producción. Pero los DVD de su obra los compran en Japón a puñados, se vende en cualquier tienda de París, de Londres, de Sao Paulo, de Buenos Aires. ¿Cómo que no da dinero el cine arriesgado, el cine artístico? En todas las industrias españolas –pienso en el calzado, el textil, la alimentación- se emplean recursos en convertirse en industrias de lujo, de productos selectos y precios exclusivos –y excluyentes- que evitan competir con otros países mucho más baratos. ¿Por qué el cine español debe competir con la bazofia de Hollywood? ¿Por qué no con Bollywood, ya puestos? –recuerdo ahora que el año pasado Colomo hizo una cosa así, qué miedo-. No, en España se producen, todavía, fenómenos inexplicables. Stallone viene a España a presentar un bodrio y en todos los noticiarios de las distintas televisiones se hacen eco de su visita. Buenafuente ironiza sobre la decisión de la distribuidora de la cinta, Manga, de tan sólo conceder entrevistas a uno o dos medios. A día de hoy, Andreu, Vigalondo, no tiene ni distribuidora para una película que triunfa allí donde va, que podría ser un taquillazo, y su director iría cualqueir día a tu programa. Lo lamentable es que invites a Stallone. No, los miembros de la Academia parecen más despiertos que los periodistas de medio pelo, y se han dado cuenta de que hay que hacer calidad, tan sólo eso, y reconocerla y premiarla cuando tiene lugar.
Hemos enviado a los Oscars una película igual a unas doscientas que hacen todos los años para el circuito de exhibición de motocines. ¿Qué sucedería se hubiésemos mandado una película de calidad como La soledad?

05 enero 2008

Los artículos de la sección de cultura

Leo, con cierto disgusto y sorpresa, el artículo que en la edición del día 4 de enero de El País ha publicado Carles Geli -la culpa es mía, por comprar un catálogo bajo el reclamo del DVD a un euro-. Digo con disgusto porque es un ejemplo más del tipo de periodismo cultural que se nos está imponiendo: la venta. Directamente, en el artículo vemos que el señor Geli vende los productos que los editores quieren que venda, pero no hay ninguna conciencia crítica ni de investigación en el reportaje.
Pasando por el hecho de que equipara Vida y destino y Las benévolas, lo que sólo puede hacerse desde la mesa de un contable, esto es, los dos han vendido mucho. Pero desde ahí traza un panorama sorprendente. Hay editoriales que apuestan por el libro de calidad frente al best-seller clásico. Efectivamente, se trata de las pequeñas editoriales o de los sellos minoritarios de las grandes que se costean con las ventas de esos superventas. Y siempre las ha habido, no es un fenómeno reciente o noticiable. Sí lo es, en cambio, y por eso se escribe el mencionado artículo, que Planeta y Alfaguara se hayan lanzado a inaugurar colecciones que se dirigen a “ese tipo de lector”. Un lector que, de lo que se desprende del artículo, es un tipo joven y un poco pijo que quiere libros en cartoné con sobrecubierta y no le importa pagar sesenta euros por ellos –es impagable, eso sí, el momento en que Vallcorba lanza un aviso para navegantes: en breve ese mismo libro os lo pongo a noventa y arreando, si no protesta nadie con el resto de las subidas no me la van a montar con un libro-.
No hay, eso sí, en ningún momento del artículo, una sola referencia a la calidad de los textos. Se habla, eso sí, de lectores de culto, de ediciones de calidad y de autores de prestigio. Pero en el artículo se comenta que Márai –ese escritor kitsch- ha vendido seiscientos mil ejemplares en España, y que Nèmirovsky lleva ochenta mil, y haciendo caja, tenía que haber rematado Geli.
Lo que no dice el artículo es que, por ejemplo, Libros del Asteroide cimentó buena parte de su crecimiento en la traducción de unos cuantos libros de la colección Clásicos modernos de The New York Review of Books, que había conocido a través del marido de Valerie Miles, editora de Alfaguara. Ahora, que está saqueado ya lo bueno, los picatostes de Prisa nos cascan la colección con la misma maqueta que la edición yanqui –los libros que ha diseñado Enric Jardí son mucho más bonitos de largo- y pretenden vendernos que es “un cuidado proyecto para lectores que exigen calidad”.
Porque, y aquí es donde reside la verdad de todo este asunto, todo esta pléyade de atentos editores, preocupados por la calidad de lo que editan, realmente están vendiendo bien el burro. Del mismo modo que lo hizo Tusquets durante tanto tiempo, ya se sabe, “nosotros editamos textos únicos”, cuando en realidad deberían decir: “editemos lo que editemos lo vamos a vender como textos maravillosos y de una calidad espeluznante de buena”, y para ello tienen a los cuatro voceros de la prensa dispuestos a repetir como loros lo que sea. ¿Hace cuántos años no sale elegida una novela de Tusquets como una de las mejores del año en las selecciones de los críticos de los suplementos? ¿Hace cuanto que, Mankell aparte, no copan las listas de los más vendidos?
Llama la atención que tanto Planeta como Alfaguara se hayan lanzado a la recuperación de los autores de segunda del siglo xx, siempre que escriban en inglés y que, a ser posible, tengan un apellido anglosajón. Hoy en España se vende mejor el mismo libro con un apellido de la lengua de Shakespeare que con uno de la de Dante, por ejemplo, las cifran hablan, y eso es una muestra más del papanatismo de la intelectualidad editora –no sé si eso existe-, de sus voceros y de los lectores que los atienden.
Pero, sin duda, uno de los casos más divertidos es el de Acantilado. Es un ejemplo perfecto de lo importante que es hacer marca, branding que diría un publicista, y echarse a dormir.
En Acantilado, esa editorial de prestigio que no tendrá empacho en poner un libro a noventa euros, se editaron las Memorias de Ultratumba de Chateaubriand –a ochenta y cuatro euros, por cierto-, con una traducción que a medida que iba uno avanzando en la lectura le provocaba erisipela. No soy el único que piensa así, ahí está Miguel Martínez-Lage, uno de los mejores traductores de este país, que lo indicó en un estupendo artículo en La casa de los Malfenti. Al menos a él le sirvió para algo, porque Vallcorba le encargó la no menos monumental Vida de Samuel Johnson.
Pero eso no se dice por ahí, no se dice que muchos de los libros de Acantilado salen con erratas bien gordas, con traducciones apresuradas, que en un par de ocasiones han tenido que retirar ediciones de las librerías porque tenían fallos que las hacían invendibles. Supongo que eso no es buena prensa para una editorial de prestigio.
La verdad es que me ha molestado mucho el artículo del amigo Geli, porque se enmarca en la molesta tendencia que pareció inaugurar Vila-Sanjuán de hablar de los libros como si fueran longanizas o sacos de arroz, esto es, como meros objetos de consumo que en nada se diferencian de cualquiera de los que compramos en el supermercado de la esquina. Y es una tendencia cada vez más acusada, porque se impone como medidor de la calidad, y si no fíjense en que estuvieron en España las Spice Girls y nadie hablaba de la mierda de música que cantan, de la mierda de espectáculo que tienen y de que no vendieron una mierda de entradas -perdón por esta sucesión escatológica-, sino en que se meten en el bolsillo quince millones de euros cada una por hacer la gira. Eso le interesará a Hacienda, pero a mí, la verdad, es que me la pela. ¿Por qué no hablan entonces de la puta gira en la sección de economía?
Los lectores que se cuidan, que buscan buenas lecturas, que quieren cosas diferentes, no creo que se lancen a la compra de los libros de estas colecciones. Por mucho que los siempre dispuestos sabuesos de la prensa les hagan la promo. Por cierto, ¿habrán hecho cálculos los editores de lo que se han ahorrado en páginas de publicidad en los periódicos con este tipo de artículos que no pretenden informar sino vender?

30 diciembre 2007

El rostro y la máscara

Una de las cosas más divertidas de las que puede disfrutar un lector interesado hoy en día en España es de lo que Rafael Reig dio en llamar el “tam tam de Alfaguara” en una divertida entrega de su blog.
Por ejemplo, a día de hoy cualquier lector interesado puede encontrar un video de Internet donde el entrevistador dice que Javier Marías se prodiga poco –bueno, es una de las tonterías que se escuchan en esa entrevista como lo de que el de Marías es el “proyecto más ambicioso de la literatura española” sólo porque es una novela de unas dos mil y pico páginas; de medirse la ambición de un proyecto por el número de árboles cortados para su impresión es evidente que en España hoy gana Andrés Trapiello, que lleva ya catorce volúmenes de diarios a razón de unas seiscientas páginas de media, le dejamos a Antonio San José que haga cuentas y examen de conciencia-. Y uno está de acuerdo con la tontería si dijera que se prodiga poco cuando no saca libro, pero desde que apareció el libro de Javier Marías a finales de septiembre como lanzamiento estrella de la temporada en Alfaguara uno le ha visto, leído, escuchado en entrevistas en la tele, en la radio, en esos festivales horrorosos llenos de gentes dedicadas a la literatura que el “auténtico” Marías tanto aborrece. ¿De dónde se sacan esta máscara tan absurda, a quién quieren convencer de su bonhomía, por qué se empeñan en hacerse pasar por seres huraños?
Supongo que porque saben que la gente, y aclaro que cuando digo gente hablo de esos que se llevaban hoy de las librerías del centro la continuación de Los pilares de la tierra a razón de dos o tres ejemplares por cabeza –son los regalos de navidad me dijo uno que conocía-, con lo que se iban con cinco quilos y medio de papel –me he enterado por el artículo de Peio en Público de que cada ejemplar del librito pesa 1700 gramos, para que luego digan que no es un libro pesado-. Pues eso, que en Miguel Yuste 40 y en Torrelaguna 60 saben muy bien que el escritor tiene que ser un tipo alejado del mundanal ruido, donde no se le comprende, y que hay que dejarlo claro en todo momento. Ahora, uno, que no vive muy retirado del domicilio de Marías, lo ve con cierta asiduidad por la calle, y no tiene la sensación de que este hombre viva en otra galaxia. Sensación que sí tiene cuando lee sus artículos, la de que vive en la Galaxia Marías. Sí, él es el centro.
Algo parecido sucede con otro de los que provocan terremotos en la zona del metro de Torre Arias o al lado del puente de Arturo Soria: Mario Vargas Llosa. Don Mario –me parece que hay que ir adaptando la nomenclatura a las maneras- siempre se queja de que cuando está por los Madriles no tiene tiempo para escribir, y que por eso se escapa del Foro para pasar temporadas en sus otras viviendas, la de París y la de Londres. Edmundo Paz Soldán, que es un escritor joven –parece todavía más joven de lo que realmente es- y sólido, de esos que se van haciendo un hueco en el corazón de los lectores a pesar de las portadas que le hacen –por cierto, señores de Torrelaguna, aprovecho para pedir que despidan al diseñador que se ha encargado de realizar la portada de Palacio Quemado, la última novela de Paz Soldán, y del ejecutivo que la ha aprobado-, comenta en su blog que don Mario –dentro de poco El Don a secas- le dijo “Me paso la mitad de mi tiempo defendiendo la otra mitad de mi tiempo”, por la numerosas invitaciones a actos sociales y demás que recibe. Y uno piensa que estamos, de nuevo, ante otra máscara, otra hipócrita aseveración. ¿Realmente pretende El Don hacernos creer que no puede decir que no a estas invitaciones? Es de locos que alguien que genera tanto dinero como él se vea obligado a ir ejerciendo de correpasillos en fundaciones u organismos de todo tipo. Yo conozco a muchos escritores que, cuando les invitan a esos saraos, dicen que no y punto. Se quedan en su casa y escriben, y nadie les echa nada en cara. Ahora bien, El Don seguro que se siente a gusto con compañías tan intelectuales como Esperanza Aguirre –que le ha metido en el patronato del Teatro Real- o tan intachables como Ramón Calderón –Paz Soldán comenta en el blog que el acto al que iba lo organizaba la “Casa Blanca”, quizá El Don, equivocado, se pensó que la invitación era para otro sitio-, y por eso no le importa postergar su trabajo unas horas.
Hoy hace una semana que falleció en el hospital un hombre tranquilo, Louis Poirier, al que el mundo conoció como Julien Gracq. Era uno de los pocos autores que había vivido la alegría de verse incluido en La Pléiade en vida. Pero fue mucho más. Fue el autor de un panfleto durísimo contra los premios literarios, concretamente contra el Goncourt, que se llamó La Littérature à l'estomac. Al año siguiente de editar ese panfleto se vio elegido como uno de los finalistas al mismo premio que había vilipendiado por su novela El mar de las Sirtes. Escribió a la institución responsable solicitando que se excluyese su novela del galardón para evitarle el mal trago de tener que renunciar al premio. Pero la organización no le hizo caso y le premió. Gracq rechazó el premio, demostrando una coherencia que pocas veces se ve en el mundo de las letras. Más tarde rechazó también su inclusión en la Academia Francesa. Vivió alejado del mercado y de las obligaciones sociales que a otros parecen molestar tanto. Se limitó a no entrar en ellas, a no condescender.
Un escritor verdadero no necesita máscara, normalmente los que van enmascarados por la vida son los bandidos o los payasos. Cada uno que escoja.

29 diciembre 2007

Entrevistar

Vivimos en un mundo acelerado, donde la palabra no importa tanto como medio de comunicación o conocimiento sino como vehículo de venta. Basta con tener buen verbo, labia se decía antes, cuando la gente tenía más vocabulario, para engatusar a la gente. Es un don que se aprecia en los ramos de la venta y del ligoteo. Cuando leemos hoy la mayoría de las entrevistas que se hacen a los escritores tenemos la desagradable sensación de que, en la mayoría de los casos, no hay más que un ejercicio de masturbación cuando no directamente una felación. Y esos momentos todavía se pueden considerar como agradables porque en otras ocasiones el entrevistador pregunta lo que le indica el jefe de prensa de la editorial y estamos ante un publirreportaje con todas las de la ley.
Por eso hay que reivindicar la entrevista como mecanismo de conocimiento, de debate. Precisamente porque, al contrario de lo que pensarán muchas vacas sagradas, es cuando se coloca al entrevistado en esa posición cuando más respeto se le demuestra. Para hacerlo se presupone que piensa, que se pueden extraer ideas nuevas e interesantes de ese debate.
Quizá por eso son especialmente interesantes libros como The Paris Review Entrevistas. Como cualquier aficionado a la literatura, especialmente a la anglosajona, sabe, la revista la fundaron un grupo de escritores afincados en la capital francesa y, con el paso de los años, se ha destacado por albergar entrevistas cuidadísimas que, en cierto modo, han supuesto la entrada al Parnaso literario de los entrevistados. Por encima de opiniones sobre la valía de los autores entrevistados –basta echar una ojeada a los índices de la revista para ver que han sido muchos más los autores abiertamente prescindibles los protagonistas de las entrevistas-, lo mejor de estas sesiones es que son extensas, se centran, normalmente, en aspectos literarios, y cuentan con una corrección y visto bueno del propio autor sobre el texto que se publicará. Dicho de otro modo, la confección de la entrevista puede demorar muchas horas de trabajo, bien intensas en unos poco días o a lo largo de periodos más largos, pero en cualquier caso sabemos que si los autores las han querido utilizar como herramienta de pensamiento han podido hacerlo sin trabas. Incluso, cuando se topan con entrevistadores torpes, o poco despiertos, como en el caso de Naipaul, pueden avivar e incentivar el trabajo que realizan.
Este libro, que ha contado con una selección de Ignacio Echevarría no trae muchas novedades respecto a las ediciones ya realizadas en lengua española tanto por la mejicana Era como por la argentina El Ateneo, pero sirve para releer entrevistas maravillosas –la de Faulkner o la de Roth son, directamente, para estudiarlas en cualquier club de lectura o taller de escritura- y poner a disposición de muchos lectores los testimonios de algunos escritores fundamentales.
Aunque lo más importante del libro es, sin duda, mantener despierto el espíritu de las entrevistas de la revista, en las que, por encima de la velocidad impuesta por el mercado, obligado a reponer constantemente títulos en las librerías como si se tratase de paquetes de galletas, o la escasez de espacio de que se dispone en la prensa escrita, ese medio donde, haciendo palpable el oxímoron, cada día se cede más espacio a la imagen, la entrevista, la palabra y su representación gráfica, que es la escritura, cobra todo su valor. La conversación, la comunicación, requiere tiempo y espacio, esas dos cosas que parecen estar muy poco dispuestos a otorgar los medios. Una conversación como Dios manda requiere de un sofá, de una barra de bar o de una mesa de café, no de una descarga de YouTube o de un viaje durante unas cuantas paradas de metro.
Otra posibilidad es plantear una entrevista donde el entrevistador escuche al entrevistado en lugar de soltar la batería de preguntas que ha confeccionado –y esto sólo en el caso de los profesionales- antes de la entrevista. Si uno se deja llevar por el ritmo de la entrevista pueden tener lugar pequeñas maravillas, momentos en los que uno tiene la sensación de que, de no haberse realizado esa entrevista, nos habíamos perdido cosas importantes. Y sucede tan pocas veces poder disfrutar de esa sensación…
Me tomo la licencia de ser colaborador del periódico Público para reproducir aquí la entrevista que Peio Hernández Riaño ha realizado a Fogwill, donde se puede disfrutar de una muestra de lo hablado, donde entrevistado y entrevistador salen elevados tras la lectura del artículo porque han sabido hacer esa cosa tan rara que se llama comunicarse, tener una conversación luminosa de la que se aprende.

“Las fealdad es mi materia prima”

Por Peio Hernández Riaño
Acaba de publicar Help a él (Periférica), en el que se incluyen dos textos, que ni son relatos, ni son novelas, ni son cuentos, pero son tan intensos y bravos como cualquiera de ellos

Rodolfo Enrique Fogwill (Buenos Aires, 1941), dejó toda la fama como directivo de empresas de publicidad y de marketing, para darse a la vida de escritor. El mundo le conoció en 1992 con el cuento Muchacha Punk, pero ya había hecho historia diez años antes con la novela Los Pychyciegos.
¿Por qué decidió que estos dos textos apareciesen juntos en el mismo volumen, rechazando aquel tercero que aparecía en el título original Pájaros en la cabeza (1985)?
La omisión del tercero responde al formato editorial: demasiado grande para contener sólo un relato y demasiado pequeño como para agregar otro. Los dos textos publicados tienen en común la época de su escritura, el paisaje de fondo –la Argentina en vísperas de la transición a la democracia– la extensión parecida, los rasgos de estilo y –particularmente y con toda modestia– lo que yo y la crítica imaginamos: que son novelas jibarizadas o abortadas por razones dietéticas.
Y prefirió no engordarlos.
Son textos que cualquier profesional podría engordar hasta cumplir los requisitos de un concurso de novela. Pero yo no soy un escritor profesional, sino un profesional escritor: escribo novelas sólo cuando el género me parece indispensable para la idea que persigo. Con estos textos, y con otros tres o cuatro del mismo género pretendía narrar sólo lo esencial.
¿Podemos considerarlos como los antecedentes de su obra, con todos los síntomas de la literatura Fogwill?
Todos los síntomas Fogwill ya estaban en mis primeros relatos, los de los años 1977 a 1979. Desde entonces, no he progresado ni un milímetro.
En esa cierta entrega al feísmo, ¿qué es la belleza para usted?
La fealdad es mi materia prima. Jamás imaginé que narrar de verdad la verdad fuese feísmo.
Algo general, pero que me interesasaber: ¿somos algo más que deseo?
Tendrías que preguntárselo a tu analista, que sin duda, por interés gremial, te respondería que no, que (vosotros) sois sólo eso.
Si me lo preguntas a mí sabrás que te diré que sí: somos mucho más que deseo. Somos un poder y un saber natural que se valen del deseo para realizarse y pensarse respectivamente.
Entonces, ¿qué diablos es el deseo?
El deseo es una cuerda en la que siempre nos hemos movido y que, repentinamente, parece ser la única que vibra y se oye en un tiempo donde el saber se desacreditó y el poder perdió su carácter humano (o divino, que en definitiva, es algo humano por cuanto el temperamento de los dioses es una obra humana) y comenzó a operar desde un mas allá de lo humano.
Publicidad, marketing y literatura, son el rastro de su carrera (en muy resumidas cuentas). ¿Es un cóctel peligroso, un cóctel delicioso?
No sé: esa combinación es el único trago largo que experimenté en la vida.
Dice que empezó en la droga para anestesiarse, pero ¿de qué?
De dolor de ser sabiendo que ya no se es el hijo de Dios que uno esperaba.
Qué prefiere: ¿Textos lúcidos como la droga o turbios como la realidad?
Prefiero textos turbios que transparenten la verdad. No creo haberlos alcanzado. No creo que la droga sea algo lúcido ni que provoque lucidez. Si ser lúcido es saber lo que se hace, la droga, en mi experiencia, es todo lo contrario.
Help a él no es una novela cultural elevada. Se fuma, se folla, se droga y se corre mucho en coches rápidos. Creo que son elementos que le hicieron tomar ventaja y que nadie se había atrevido a tocar de un modo tan descarnado. ¿Tiene alguna explicación a esa atracción?
Me cago infinitamente en la cultura elevada. La desprecio tanto como a la cultura populista. El ideal sería producir cultura popular, pero ya nos está cerrado ese camino. La cultura popular es la mercancía dominante de la industria cultural.
No son relatos, tampoco cuentos, ni novelas, ¿cómo podemos llamarlos? Y, sobre todo, ¿qué tienen de cada uno de estos géneros?
Como relatan, son relatos. Pero que del mundo, narran sólo lo que es importante para el arte de narrar. Son novelas libres de marquesas que salen a las cinco y de hombres que cavilan encendiendo un cigarrillo. Si fuman, fuman de verdad en el texto.
Y lo político y la amenaza, siempre ahí. En nombre de la prosperidad y el progreso, nos han machacado a todos.
La amenaza no está siempre ahí, sino siempre aquí. Lo político en la narrativa es ponerla en acción y medir hasta donde es capaz de llegar.
En ambos relatos veo personajes sin compromisos, con un hastío total hacia lo familiar… ¿estoy equivocado?
Estoy seguro de que estás equivocado. En principio por el hecho mismo de ver a partir de lo que has leído. No has visto: has construido imágenes por efecto de artefactos narrativos montados hace… ¡veinticinco años!
Entonces, ¿qué me sucede?
Te sucede lo mismo que a mis personajes: ellos se mueven, hablan y se comportan así y, si quieres, desean así porque ignoran que son meros objetos de un mandato familiar. Efectivamente, la droga ayuda a eso, a ignorar lo que más duele: que en las realizaciones extremas de la más exacerbada voluntad se está cumpliendo un llamado de la especie.

27 noviembre 2007

Poesía y censura

Este mes aparece en una revista madrileña, una de esas que se publicitan como de ocio, cultura y tendencias -obsérvese el sandwich que le hacen a la cultura, a la que suelen estrangular en el camino-, un especial en el que reuní un grupo de poemas que hablan o aluden a la censura. La nómina no está nada mal y, además, hay cuatro inéditos, por lo que creo que merece la pena reproducirlo aquí. Más teniendo en cuenta que en la revista tienen una extraña concepción de lo tipográfico y, ya que no censuran, ponen muchos obstáculos a la lectura.

El valor de la palabra, por Antonio Jiménez Morato
La censura y la poesía son, quizá, las dos realidades que valoran más el peso de la palabra. Por lo tanto de las ideas y de los sentimientos. ¿Qué mejor reflejo de ello que pedir a un grupo de jóvenes poetas que escriban con la censura en su cabeza?
¿Qué existió primero, la censura o la ofensa que la generó? Seguramente la censura, pese a ser una realidad secundaria, que necesita de otros valores para ponerse en marcha. Una de las principales trabas que encuentra la censura es que es cambiante, que se debe al poder. No existe censura sin la aplicación sistemática de unas medidas emanadas del poder. Sea público o privado.
Los problemas de cada tipo de censura son contrarios. La censura pública –esto es, ejercida por algún garante de la realidad política, entendida como “lo público”, la “cosa común”- se debe a lo que se dice. A lo que se expresa. La censura privada, la que cada uno ejerce en su intimidad sobre sus palabras, y por lo tanto sus pensamientos, es más problemática, porque se refiere a lo que no se puede pensar. Por lo tanto sentir o soñar.
La censura encierra, dentro de sus principios, un objetivo quimérico. La censura, para funcionar, debe tender a la excelencia. Debe ser eficaz al ciento por ciento. De no serlo se convierte, de un modo paradójico, justo en su contrario. La ineficacia en la censura –esto es, en los mecanismos de desaparición y modificación de la realidad, del registro- supone una dilatación del mensaje del censurado. Si hoy leemos muchas obras se debe, sin duda, a que en sus momentos fueron censuradas. Incluso hoy tendemos de una manera automática a intentar ver en la repercusión de una obra el indicativo de su calidad. La censura debe, por lo tanto, eliminar no ya lo censurado, sino al censurado y toda memoria de su existencia. El mundo orwelliano representa, de un modo claro, ese problema. El ministerio de la Verdad debe eliminar todo vestigio de la censura, debe borrar sus huellas para ser eficaz.
Cuando dicha labor no se realiza convenientemente se refuerza el mensaje. Se dilata. Dura mucho más allá del tiempo que, en principio, parecía buscar. Tiene un nuevo marchamo, el de la censura, que sirve como indicativo de su calidad, de su capacidad de ofender, de dar –voluntariamente o no- en el blanco.
Siguiendo el silogismo podemos inferir que, al otorgar la censura un valor a la obra, muchos autores hayan elegido provocar a la censura. Surge así el provocador, el que tan sólo busca excitar la hipertrofia crítica del censor. Y, de un modo paradójico, esa censura premeditada sirve como carta de presentación de una obra. Basta contemplar muchas muestras de arte contemporáneo para ver que no persiguen más que la provocación, excitar al censor.
Por eso el mercado ignora, sabedor de que es el método más efectivo para desactivar todo mensaje.

Juan Antonio Bernier

VOLAR HONDO

1. Luz violenta de agosto
retenida,
furiosa,
en mis nervios opacos.

Declive sedicioso de la sangre.
Voz
reducida a un acento.

2. He templado por ti
la altura de mi gozo.

Por ti,
mi volar hondo,

penúltima ladera.

(de Así procede el pájaro, Pre-Textos)


Pablo García Casado

PADDY

acércate paddy ponte delante de la cámara
espera espera que la encienda (rec) ahora paddy mira a la cámara
hola muchacho ¿cómo te llamas? ¿paddy? ¿de dónde eres paddy? ¿de lincoln?
¿de lincoln, nebraska? conozco lincoln, nebraska estuve

una vez allí ¿verdad susan? (la cámara afirma) acércate
acércate un poco más (primer plano) estupendo paddy lo estás haciendo muy bien
¿quieres probar de este lado? (cambio de plano) así muy bien así ponte de este lado

me han dicho que te gustan los animales ¿te gustan los animales paddy?
aquí tenemos perros caballos también tenemos juguetes (plano de exteriores)
¿quieres que juguemos al columpio paddy? ¿te gusta el columpio? ¡eh paddy! no te muevas

quieto paddy quieto quieto así así... no te muevas...

(de El mapa de América, DVD ediciones). Este poema aparece aquí porque su autor se vio atacado a causa de su escritura y publicación. Decían que era una apología de la pornografía infantil. Confundieron tema con defensa, muy posiblemente.

Ana Gorría

del aire que nos falta.

E aunque les pesa, tienen silençio, mayormente si el que faze estas señas es persona a quien deben temor e obidençia. Donde se sigue que escuchan por fuerça lo que de grado escuchar no querían.
Teresa de Cartagena. Arboleda de enfermos.

sucede como espuma, la prisa el corazón el lento obstáculo. fuera fácil decir quien habla bajo explora los rincones y sin embargo calla. de espacio
y su vacío
no pudo el corazón
si levantarse
abrir
si con la lengua muerta
y fría
en la boca
como un pájaro muerto
las largas tempestades que suceden

alrededor de un muro. palabra tras palabra con palabra.

(Inédito) Para este poema ha recuperado la figura de Teresa de Cartagena, monja sordomuda del siglo XV que es considerada por unos como la primera escritora mística y por otros una protofeminista.

Martín López-Vega

POESÍA SOCIEDAD LIMITADA
Poema-documental
A prepara una antología. Me pide una poética
para que diga lo que piense. Digo lo que pienso.
Después de unos días me escribe (corrijo
las faltas de ortografía): "Querido Martín,
leo estos días tu poética y veo algunos puntos
para señalarte: te metes con B,
con C, con D, con E y hasta conmigo.
He suprimido esas partes con mucha delicadeza,
apenas se nota, y no afectan al texto".
Le digo a A: No acepto censuras, retira
mi texto. Mientras tanto, A llama a F
para contarle lo que pasa, y F le dice:
eso es censura, debes publicarlo como está.
Entonces A llama a B y le dice:
"Me ha dicho F que publique esto contra ti",
y a mí me escribe: "Que sepas que es G
quien me ha dicho que te diga esto" (G
tiene mucho poder en este mundillo nuestro
de sobras). H me dice: "Te has pasado
de generoso diciendo que B es la Paris Hilton
de la poesía española, lo que en realidad es
es la Norma Duval". Pues a mí, pese a todo,
sus primeros libros me parecen muy buenos,
le digo. "No los he leído", me responde H.
"Me voy, por cierto: he quedado a cenar
con él, que está preparando una antología".
I me pregunta qué opino de la poesía de su mentor,
el famoso G. Yo le digo que la aprecio con reparos.
Él está claro que no, pero prefiere decírmelo a mí
antes que a él. J me manda un sms: "A se va
a enfadar mucho, deberías publicar una rectificación".
K me llama para decirme: "A mí me ha pedido
que cambie mi poética, y ahora va diciendo por ahí
que me ha obligado a rectificar". Pero no se retira
de la antología de marras: traga, "me interesa", dice.
L, a quien no conozco de nada, me envía un mail
llamándome "mala persona". Será que no he entendido
nada, que ser buena persona es comportarse bien,
no molestar a nadie, no llamar Mierda a la Mierda,
ni Mentira a la Mentira, ni Censor al Censor.
Será que la Mierda, la Mentira y el Censor están bien,
y es de malas personas denunciar y limpiar,
lo apropiado es callar y aprender a convivir
con la basura, ella no tiene la culpa de serlo.

¿Qué gloria tan rara buscarán
A, B, C, D y el resto del alfabeto? ¿Un premio
nacional, una fundación con su nombre, un Nobel?
Qué formas tan raras de felicidad. Pensar una cosa
y decir otra para conseguir un pequeño ascenso
en el escalafón de los cojos. Eso era, muchachos,
la poesía, aprendedlo de una vez: el objetivo
no es aprender a vivir mejor, es conseguir la llave
de oro de la Fundación Con Mi Nombre en Mi Pueblo.
Y en posdata os paso la nueva definición de "Respeto":
La Mierda, La Mentira y el Censor tienen derecho a serlo.

(Inédito)
Elena Medel

PIEDRA, PAPEL, TIJERA

Cualquiera puede hacerlo. Es un juego sencillo, como el del escondite,
aunque en este poema todo ocurre con los ojos abiertos. La metodología:
uno, dos, tres. Esconded vuestras manos
el uno frente al otro. Si eliges el papel, envolverás
la piedra; si eliges la tijera, podrás cortar al otro.
La piedra, por su parte, romperá la tijera —esto no pasa nunca: a todos les parece
demasiado evidente—. Si coincidís, el juego se reanudará. Ganar o perder
es otro asunto. Puede hacerlo cualquiera.

(Inédito)

Andrés Navarro

[Algo que signifique]

Y aunque parece claro no es tan sencillo
concentrarse. Casi todo remite a una idea
anterior, como al tomarse el pulso.
¿Qué pasaría si mirásemos simplemente algo
no como rastreadores de símbolos sino
con los ojos? Cantos de violín, antiguos
vecindarios, esas cosas que sólo resultan tiernas
cuando dejan de resultar familiares…

Iniciativas firmes, promociones, todo puede esperar
salvo la falsedad o la verdad completas, pues es
su acción
lo que nos vuelve innecesarios. Creer que la virtud
consiste en encontrar un modelo común
desgranado en ideas, años después, por personas
que apenas nos conocen
puede ser lo bastante emotivo si al hilo del discurso
se enhebra cierta aguja de posibilidades, la muda
chispa afectiva, el olor del verano, las moscas…

Escucha, lo más callado habla.

(Inédito)

Mariano Peyrou

EL DISCURSO PASIONAL
La luna obligatoria, prohibido
el reflejo, prohibida
la luz del mediodía.
Obligatorio el musgo,
obligatorios el paso y el abismo.
El cielo obligatorio y el infierno
opcional. Lo contingente
prohibido, la paciencia prohibida
y la contabilidad. ¿Lo provisorio? Depende,
pero nunca opcional. Obligatorio
el velo, obligatorio despojarse del velo,
la llave obligatoria o prohibida.
Los fundamentos prohibidos, vuelo integral,
tensión obligatoria. Opcional el recurso a lo
biológico, opcional el empleo de tristezas,
opcional el de la analogía y otros síntomas.
La gota prohibida,
obligatorio el mar.
La herida obligatoria y la sangre
tampoco, circulación total y sin embargo prohibido
mencionar la mitral o la tricúspide.
Prohibida la ley, prohibido
redactar el contrato vigente, prohibidos los ojos
en sus órbitas y en órbitas extrañas.

El discurso opcional obligatorio.

(de La sal, Pre-Textos)

14 noviembre 2007

El mejor blog literario en español


Compruebo, no sin cierta sorpresa, que en el mundo de la blogosfera –lo de la web 2.0 todavía se me resiste un poco- se extiende, como en el mundo real del que es reflejo, la costumbre de reconocer y sancionar mediante premios unos lugares u otros. De momento, por fortuna, esa actividad de galardonar se hace sin dinero o publicidad de por medio, o quizá sí, no lo sabemos. Yo me reconozco, desde ya, como el primer vendido, porque como bien han señalado algunos lectores en esta bitácora aparece destacado –en la columna de la derecha, bajando un rato, para que lo vea todo el que entra dos segundos en la página- un libro porque en él se dice que esta es una de las bitácoras más chachis del interné. Así que he decidido unirme a la tendencia –me explicaron en los cursillos de supervivencia que nunca se me ocurra nadar contracorriente- y promover yo también un certamen. El de mejor bitácora literaria en castellano. Creo que es algo necesario y que a muchas personas les está comenzando a hacer falta indicaciones que le sirvan para bregar en el proceloso mar internáutico. Así que, en este preciso momento, declaro la existencia del “Premio Vivir del cuento a la mejor bitácora literaria en español”. Pensé en convocar una lluvia de ideas destinada a elegir un grupo de blogs que pudieran ser votados. Pero llegué a la conclusión de que cada uno iba a barrer para casa y se pondría a recomendar la suya o la de algún amigo. Así que mejor no. Ya me basto yo para elegir las cosas. Normalmente en las heladerías pido el sabor que quiero yo solito. Por otro lado pensé en invitar a la gente a votar un grupo seleccionado por mí. Tras pensar un poco no me convenció tampoco. Me imaginé a la gente mandando correos electrónicos pidiendo a la gente que les votase y gente abriendo cuentas nuevas en servidores gratuitos sólo para poder votarse. Y no es cuestión de que la gente pierda tanto tiempo para una cosa tan nimia, porque no le voy a dar un duro al que gane. Resolví elegir yo sin más opiniones la que me parezca más interesante. Tengo la ilusión de que algún día me llamen de alguna multinacional para hacer un anuncio, algo así como “Use tampones la Lechuza. Los recomienda un crítico literario de primer orden”. Total, yo creo que, como lector, sé distinguir cuál es el mejor aceite de coche del mercado. Yendo al grano: he decidido que la mejor bitácora literaria que hay hoy por hoy en el mundo este es Yo Etc, el blog de Martín López-Vega. ¿Por qué? Voy a ir detallando las razones que me han movido a hacer justicia.
1. Se renueva con frecuencia. En esto del internet hay páginas que permanecen con los mismos contenidos desde antes de que las programaran. Y que eso suceda en una página web es feo, pero que suceda en un blog no tiene perdón de Dios. Hay muchos que tienen el blog para publicar sus artículos de medios de prensa. Pues vale. Otros los utilizan para hablar bien de otros autores con más prestigio o mano, así que sólo aparecen cosas cuando hay que ir haciendo la pelota a alguien. Otros son tan sesudos y profundos que dejan transcurrir semanas para escribir lugares comunes sobre los graffitis o invitan a autores de fuera a darle algo de lustre al asunto con textos llenos de ideas regurgitadas. El blog de López-Vega se renueva casi a diario –a veces varias veces en un día- y siempre con cosas interesantes, que no suenan pedantes ni meditadas hasta la extenuación.
2. No es un blog narcisista. Ni escribe de cosas de su vida privada que solo a él le interesan, ni está publicando cosas suyas que no le admiten en otros lados, ni se dedica a estar todo el día hablando de su obra. Al contrario, Yo Etc es un blog donde los protagonistas son otros. Poetas a los que, en muchos casos, López-Vega pone voz por primera vez en castellano. No hay críticas, no hay valoraciones. No se cree mejor que nadie, se limita a poner al alcance de los lectores textos maravillosos, en ocasiones únicos, que nos alegran el día. Da miedo pensar en las horas de lectura de Martín para elegir los textos y traducirlos con tanto detalle y cuidado. Eso es conocer la literatura. Y muchos de los blogs de asunto literario que se leen por ahí no evidencian un conocimiento ni remotamente equiparable al de López-Vega de lo que hablan.
3. Es un blog donde se habla de literatura. Y sólo de literatura, al contrario que muchos otros.
4. Me gustaría leer todo lo que ha leído Martín López-Vega y saber verter todo eso al castellano con la elegancia con la que él lo hace. Yo Etc se lleva el premio porque sería injusto dárselo a cualquier otra bitácora que no le llega ni a la suela de los zapatos.
La entrega del premio tendrá lugar el próximo viernes 16 de noviembre en la Biblioteca Regional Joaquín Leguina, a las 19 horas de la tarde, aprovechando su presencia en el ciclo Poesía en mutación.
La verdad es que le doy el premio a Yo Etc a ver si de ese modo este blog mejora un poco, aunque sea por contacto.
Abajo copio uno de los mejores poemas que ha colgado últimamente López-Vega en su blog.

Arte de amar
(Manuel Bandeira, Brasil, 1886-1968)
Si quieres sentir la felicidad de amar,
olvídate de tu alma.
El alma es lo que arruina el amor.
Las almas son incomunicables.
Deja que tu cuerpo se entienda con otro cuerpo.
Porque los cuerpos se entienden, pero las almas no.

21 septiembre 2007

Aprender a escribir

Ando un poco preocupado con el nivel de la crítica española. Esta afirmación no es algo que se diga por vez primera en este blog. Muchas veces el verdadero asunto de los comentarios que he deslizado en él era la incapacidad de muchos críticos –críticos que publican en medios grandes y de prestigio- de entender los textos de los que hablaban. Lo que ya no sucede tan a menudo es que pueda uno directamente cuestionar la capacidad verbal de un crítico. ¿Cómo puede valorar una persona que no sabe escribir el texto de un autor? Yo, que no soy cocinero, y que las dos cosas que hago entre fogones son muy modestas y destinadas más a matar el hambre que a otra cosa, cuando voy a un buen restaurante puedo llegar a decir: esto me gusta mucho, está sabrosísimo o delicioso. Lo que no sé es valorar la capacidad profesional del cocinero. No sé si es mucho más complicado hacer una tortilla de patatas o un soufflé de pollo confitado con berenjenas y leves aires cantábricos, por ejemplo. Por eso me sorprende que haya críticos carentes de una formación mínima, algo tan sencillo en alguien que debe leer un texto y escribir sobre él como pedirle que conozca el lenguaje en que se ha escrito el texto y en el que debe expresarse para escribir su reseña.
Todo esto viene a cuento de que estaba hace un par de horas preguntándome qué tal estará la nueva novela de José María Merino. Medardo Fraile me habló bien de ella –pero Medardo quiere a Merino como a un hijo y uno siempre es benévolo con los hijos-, así que me animé a buscar críticas de la misma en Internet. Y de lo primero que me salió fue la que firmó Juan Ángel Juristo en el ABCD, titulada Arcadia por horas. La verdad es que del susto que me he llevado el único responsable soy yo por andar leyendo lo que no debo, y más si, como se da el caso, uno ya conoce al señor Juristo. En fin, me he quedado tan abducido –creo que podemos considerar a este crítico un extraterrestre, porque considerarle humano es ser muy generoso- que me he visto obligado a glosar esta pieza de orfebrería que debería ser lectura obligada en todas las facultades de periodismo y de filología sobre cómo no se debe hacer, nunca, una reseña de un libro.
Vamos allá.
“De la vasta geografía temática de la obra del autor, el refugio ocupa un lugar central.”
La primera en la frente. Vamos a repasar la sintaxis de esta oración. Lo haremos usando el tradicional método que se empleaba en el colegio, que es el de reubicar la frase de un modo más habitual. Bien, la oración, en tal caso sería así: El refugio ocupa un lugar central en la vasta geografía temática de la obra de su autor. O sea, que venir a usar un genitivo partitivo –y luego me suspenden la Historia de la Lengua- está muy bien, pero no tiene razón de ser aquí. El señor Juristo no sabe usar las preposiciones. “No es un asunto muy importante en el castellano”, pensará el señor Juristo, “porque son sólo diecinueve palabras de las más de cincuenta y cuatro mil que reúne el diccionario de la Real Academia. No voy a molestarme en aprender a usar tan sólo veinte”. Uno no puede sino darle la razón a Juristo, ¿para qué aprender a usar las preposiciones si uno tan sólo va a escribir en castellano? Podríamos extendernos con el abuso de la pragmática que implica ese sintagma “de la obra del autor” que parece designar toda obra de todo autor, pero tampoco es cuestión de partir pelos en tres.
“Puede ser un barrio de una populosa ciudad como Madrid, muy a menudo un territorio que, día a día, se escapa de los mapas para entrar en el recuerdo, como ciertas zonas y costumbres de su Noroeste español, en este punto hay unas semejanzas con Miguel Torga que no deberían dejarse pasar por alto, o, también, enormes sitios que eran inmensos continentes y cuya épica ocurrió en otros tiempos y de los que Merino ha dado cuenta en su ciclo de narraciones sobre América, o sencillamente un estado mental, como en esta última narración.”
Analicemos esta frase. Encontramos por ahí dos oes disyuntivos que parecen segmentar los tipos de refugio a los que alude Juristo analizando la obra de Merino. Voy a parafrasear lo que yo entiendo al leer tan sólo esa única partícula disyuntiva: Un refugio sería un barrio de una populosa ciudad como Madrid, que es un territorio que, día a día, se escapa de los mapas para entrar en el recuerdo, como ciertas zonas y costumbres de su Noroeste español. El otro refugio serían los enormes sitios que eran inmensos continentes y cuya épica ocurrió en otros tiempos y de los que Merino ha dado cuenta en sus narraciones sobre América. Y el tercer tipo de refugio sería un estado mental, como en la narración que ocupa al genial Juristo. Uno, que algo ha leído a Merino, va desentrañando las metáforas. Merino tiene un libro de cuentos llamado Cuentos del barrio del Refugio, con narraciones ambientadas en torno al barrio del Conde Duque de Madrid, y otro llamado Cuentos del reino secreto, en el que recoge cuentos con un aire de leyendas muy propias del paisaje leonés en el que se crió. Juristo los debe de confundir, porque entre ambos no hay disyuntiva, sino que son el mismo o al menos funcionan como una comparación gracias a ese como del texto. Muy distintos refugio son esos enormes sitios que eran inmensos continentes. La retórica le juega una mala pasada a Juristo. Por encima del hecho de que se ve que es una frase pensada para rellenar los caracteres que le pide el periódico para la reseña, la verdad es que considerar un refugio a un “enormes sitios”, que, por cierto, han dejado de ser “inmensos continentes” –eso deja entrever el pretérito- y que carecen de épica contemporánea –con lo que todas las novelas de dictadores, por poner sólo un ejemplo, deben ser inventos de colegas de Tolkien-, lo mejor de todo es que la frase debe tener relación con la trilogía protagonizada por Miguel Villacel Yölot y cuya autoría recae también en José María Merino.
Lo del estado mental como refugio es en lo único en que estoy de acuerdo. No sé si el que está en Babia –el estado mental, no ese terreno que desaparece del mapa- es el propio Juristo o el director del ABCD que, con cosas como esta, no le echa a la puta calle. Si un cirujano hiciera una operación como este hombre ha hecho una crítica estaría en el calabozo a la espera de juicio. Pero en la sociedad de hoy un crítico que no sabe escribir, que se limita a rellenar el hueco que la editorial pide dentro del folleto que los sábados se entrega con el periódico, vive de ello.
Luego dirán que exagero.

28 agosto 2007

Carta a Miguel Ángel Muñoz

En su blog, El síndrome Chéjov, Miguel Ángel Muñoz ha publicado una reflexión en torno a las dificultades del autor español de encontrar una editorial que confíe en su obra. He contestado allí mismo sobre las ideas que su texto me ha suscitado. Pero me ha paracido oportuno copiar quí dichos comentarios:

Amigo Muñoz, no entiendo eso del “best seller de calidad”. La verdad es que me parece una etiqueta creada por el departamento de ventas de algún gran grupo. ¿Qué diferencia a un libro escrito y publicado para vender mucho de calidad de uno que no la tenga? Nadie podría definirlo, y eso demuestra que tal diferencia no existe. Querer vender libros –y por tanto poder ganar dinero con el trabajo realizado- es algo muy lícito y respetable. Faulkner se vio obligado a escribir un libro que vendiese –así se lo exigió su editor después de los fracasos comerciales de Sartoris, El ruido y la furia y Mientras agonizo- y de sus manos salió Santuario. Y lo consiguió. Antonio Gala, muchos años después, se dio cuenta de que escribiendo novelas redichas se podía vivir mucho mejor que como dramaturgo solvente. Y aceptó escribir una novela para ganar el premio Planeta. El manuscrito carmesí, La pasión turca, etc. han sido los frutos de esa labor. Ambos autores decidieron, en un momento dado, escribir para vender. Pero la diferencia entre los libros de ambos está ahí, para cualquiera que los quiera leer.
No hay nada malo en querer vender, amigo Muñoz. Incluso los editores, esos malvados tipejos que editan libros con la esperanza de que vendan. ¿Crees que el que edita la Fenomenología de Hegel no pretende venderla? ¿Por qué la edita entonces?
Yo entiendo que, como escritor español que eres –condición que comparto, con la desventaja de que yo no tengo libro alguno editado- tengas una frustración generada por el desinterés de las editoriales, grandes o pequeñas, por los autores patrios desconocidos o inéditos. Y comparto totalmente tu apreciación sobre esas editoriales que son, estrictamente, pequeñas, pero que no tienen una voluntad “independiente”, y que en realidad son reflejos minimizados de las grandes. Incluso añadiría alguna que otra más, que no has colocado en la lista porque sí publican a autores españoles, aunque estén dentro del mismo saco en lo que se refiere a que son editoriales pequeñas, pero no independientes, como Páginas de Espuma.
Ahora bien. No creo que todos los indicadores que van desgranando sean, realmente, eficaces. Por ejemplo, lo de escribir para vender es indiferente. Lo importante es la calidad de la obra y punto. ¿Son peores las novelas de García Márquez por que vendan? ¿Es peor una de Vargas Llosa por vender? Yo creo que convendrás conmigo en que no es así. Se es bueno o malo por fatalidad y punto.
Siempre estamos tirando piedras contra las grandes editoriales, pero la realidad es que si hacemos un balance estadístico vemos que editan más o menos igual de bien, o mal, que las pequeñas. En la encuesta que trazaste a lo largo de este año creo que resultaron ganadores libros editados por Anagrama –ellos ya se han hecho eco de ello en su página web y en sus boletines promocionales- y la realidad es que, si comparamos los libros de cuentos editados por Anagrama y Páginas de espuma en los últimos cinco años, sale ganando la editorial de Herralde. Mejores libros, de mayor calidad. Las dos editoriales que se han autonombrado como portavoces del cuento en castellano: Páginas de Espuma y Menoscuarto –editorial que, por cierto, tiene una página web que no se puede ver con el Firefox-, no han editado un solo libro que haya pasado al canon del cuento. Tan sólo los cuentos completos de ciertos autores –y eso es jugar sobre seguro- merecen ese lugar de entre lo que puede encontrarse en su catálogo. Y, en cambio, existiendo ambas editoriales, se han colado buenos libros de cuentos en los catálogos de Anagrama, Salamandra y Tusquets. Y, precisamente, no creo que sea yo sospechoso de connivencia con estas tres editoriales, pero negar la mayor es absurdo. Los autores más interesantes que han aparecido recientemente lo han hecho dentro de editoriales que pertenecen a grandes grupos: Isaac Rosa, Mercedes Cebrián y Julián Rodríguez.
Mi apuesta, amigo Muñoz, es ignorar todo eso. Seguir luchando contra el mercado, cuando lo que nos interesa es el arte, es absurdo. A mí me da bastante igual qué editorial publica tal o cual libro. Me importa el libro y punto. Yo creo que en el momento en que hagamos eso comenzarán a cambiar las cosas. Yo no desprecio los libros de Dan Brown porque se vendan mucho, sino porque basta leer una página para ver que con despreciables. A la experiencia me remito, y no a las referencias.
Comprendo tu cabreo, tu malestar. Pero me parece que se construye sobre un concepto equivocado.

Iba a colgar una fotografía de Miguel Ángel, pero cuando busco en Google me sale todo el rato un chaval muy mono que, por lo visto, es actor. Lo siento.

14 agosto 2007

Otra literatura es posible

Parece mentira, pero uno no deja de escuchar y de leer cosas como que la literatura ha muerto, que ya todo esta corrupto y que es imposible encontrar cosas que merezcan dedicarles tiempo en las librerías. Yo, en cuanto comienzo a escuchar ese discurso pongo tierra de por medio, porque en cuestión de minutos esos mismos que están predicando el final del los tiempos van a intentar colocarnos su modo de arreglarlo todo. Desconfíen de esa gente, lo que esperan es venderles algo –y los peores son los que dicen que rechazan la sociedad capitalista en la que todo tiene un precio, esos no quieren venderle nada, piensan que tiene derecho a exigírselo, corran más rápido todavía.
Esos pájaros de mal agüero no deben conocer Internet –o bueno, lo conocen, pero como navegan poco o nada también se enteran de poco, así que sus dicterios suelen estar lastrados por su escasa información. Gracias a Internet hoy se puede leer sin desplazarse del salón de uno una de las voces más interesantes de la literatura en castellano.
Algunos, pocos, lo habrán podido disfrutar en su no-novela La expectativa, que publicó Caballo de Troya hace algo más de un año. La ausencia de anécdota, de trama, que hace que las ciento cincuenta páginas de la novela discurran como una prolija disertación sobre la nada –y por eso sobre todo- con el marco de la crisis económica que casi acaba con Argentina en esta década, demostraban que un autor puede construir una novela armada sobre el vacío. La nada. Lo radicalmente novedosos de la novela de Tabarovsky radica en que refleja el vacío de la existencia, días de espera, una constante expectativa de que algo suceda. Pero nada. De un modo cínico, irónico, viene a destapar uno de los dramas del tiempo que nos ha tocado vivir: sí, en muchos países se ha logrado imponer eso que, pomposamente, llamamos “libertad”, pero de qué sirve esa libertad social, institucional, cuando uno no tiene nada. ¿Cómo podemos tener la desvergüenza de permitir a los líderes políticos que digan actuar en aras de extender la libertad y la democracia por todo el orbe, si, como está sucediendo en muchos países en vías de desarrollo –o que caen en una severa crisis económica como el caso de Argentina-, luego se mueren de hambre? ¿No empieza la dignidad del hombre por el derecho a un trabajo y a ganar el dinero que le permita subsistir? Ya se ha acabado, dicen, el mundo de las utopías, seamos pues coherentes y demos a la gente algo bien material y sólido: dignidad y trabajo. Permitámosles convertirse en primer mundo como nosotros.
El nihilismo radical, la plasmación de la angustia del deseo, convirtieron a La expectativa en uno de los libros más interesantes que se publicaron el año pasado.
A mí, personalmente, me interesó como para pedir en una de mis librerías de confianza, Traficantes de sueños, un ensayo suyo que provocó chorros de tinta en Argentina. Se trata del magnífico libro de ensayo Literatura de izquierda. Ahora que en España anda el gallinero muy revuelto con el asunto del dominio de una literatura concebida estrictamente como producto para ser vendido, no estaría de más que algún editor se animase a editar aquí –o algún importador a hacerle un favor a la gente de Beatriz Viterbo trayendo muchos ejemplares aquí- para que muchos pudiesen leerlo. Los cinco ensayos están aunados por una visión irónica, que desmitifica y ataca los tópicos más acendrados por los intelectuales progresistas de estos lares. No hay que escribir a favor o en contra del mercado, sino aparte de, no hay que reivindicar las vanguardias, hay que escribir más allá de ellas y de la tradición.
Copio un fragmento del libro:
El peso de tener atrás a las vanguardias parece insoportable. Pero lo verdaderamente insoportable no es que las vanguardias hayan fracasado o se hayan diluido o que hayan sido absorbidas por el sistema, sino la dificultad de ser hoy vanguardia. La literatura contemporánea profundiza esa imposibilidad. La condición de la vanguardia consistía en levar una posibilidad hasta su extremo. La condición de la literatura contemporánea consiste en llevar su propia imposibilidad hasta el extremo. En algún poema, escribe Louis-René des Fôrets: “Irreparable fractura. Tomemos nota”

Libro de lectura obligada, verdadero vademecum de cómo se debe leer hoy -les recuerdo que a comienzos de tercer milenio, para bien o para mal, está muy feo seguir leyendo de un modo ingenuo- hasta en sus diatribas, a veces excesivas -no comparto su desprecio por la obra de Fresán, por ejemplo, es un libro que está llamado a cambiar el modo de acercarse a la literatura hispana.
La literatura de izquierda es, para Tabarovsky, algo imposible, indecible, inefable. Y precisamente por eso hay que arriesgar hasta el extremo para decirla. Frente a la verborrea de las vanguardias, llena de soflamas huecas cuya única intención era provocar, el arte contemporáneo indica en su esencia su misma futilidad. Por eso es tan valioso, porque es honesto, conceptual. Porque huye de la retórica en su desnudez. Cuando contemplo a compañeros y amigos que andan desorientados repitiendo errores del pasado, anacrónicos, intentando levantar un edificio en ruinas en vez de construir uno nuevo sólido, pienso que debería regalarles el libro de Tabarovsky, pero luego me digo que ya son mayorcitos para acercarse solos a la librería y comprarlo.
Como hice yo una tarde, llevándome a casa una pequeña delicia llamada Kafka de vacaciones. Treinta y un páginas de generosa tipografía, eso es todo. Pero qué todo. Un delirio, algo sin sentido, vacío, y enteramente lleno de riesgo, donde todo es lenguaje –no hay apenas trama en esta historia contada por, o desde, un perro. Treinta y un páginas donde no cabe el bostezo, tan sólo la desorientación, el desconcierto. Qué lejos cae el pleonasmo constante del Murakami de Kafka en la orilla, qué vacuidad posmoderna, perdón por la libre asociación.
Y para leer todo esto no hace falta ni salir de casa, puede uno comprar los libros por Internet –ya sabemos que sólo un cinco por ciento de la población tiene acceso a Internet, pero esos que dicen que la literatura anda moribunda lo hacen en el mismo medio, así que uno deduce que también pueden comprar libros a través de él.
Pero es que, además, uno puede leer en Nación apache los artículos del propio Tabarovsky. No tiene pérdida, es uno de los enlaces de la derecha. Todas las semanas aparece allí el artículo que ha escrito para el suplemento cultural del diario Perfil. Por la cara. Y en la misma web puede uno leer a menudo textos más que interesantes de otros autores. Quien no lee a Tabarovsky es porque no quiere, eso ha quedado claro.
Como creo que me he extendido mucho, voy a aprovechar para extenderme más e incluir una entrevista que apareció en el diario argentino Página/12 el 11 de marzo de 2005:

ENTREVISTA CON DAMIAN TABAROVSKY

“El escritor es narcisista, megalómano e improductivo”

El autor de Las hernias, que defiende esos valores, considera que la literatura actual sólo apunta a la eficiencia. En esa línea, dispara contra todos sus colegas y dice que los escritores de izquierda son conservadores.

Por Silvina Friera

Damián Tabarovsky se muestra como una suerte de francotirador.
No se considera un escritor rabioso porque el adjetivo le parece excesivo, o acaso incompatible con ese estilo absurdo, disparatado de su última novela Las hernias (Sudamericana), en la que se propuso llegar al grado cero del argumento, o como él prefiere denominarlo “la pavada total”. Pero cuando Damián Tabarovsky habla no deja títere con cabeza, dispara contra casi todos sus colegas, agita las aguas y espera el rebote o que alguien le devuelva la estocada o le redoble la apuesta. ¿Un nuevo francotirador? Quizá. Pero lo cierto es que desde que publicó el libro de ensayos Literatura de izquierda (Beatriz Viterbo), levantó el tono de voz. Y su perfil. “En un momento en donde los escritores hablan susurrando, alguien que levanta un poco el tono parece que tiene un vozarrón. En otra época lo que estoy sugiriendo sería absolutamente banal, apenas el enésimo libro de alguien quejoso que dice que no le gusta cómo funciona el mundo. No me siento un escritor rabioso, al contrario, soy un perrito chihuaua en un contexto en donde sólo hay pasto. Entonces parezco un animal rabioso, cuando en realidad soy un chihuaua rodeado de vegetarianos”, ironiza Tabarovsky en la entrevista con Página/12.
–¿Usted plantea que la literatura está en crisis?
–La literatura está en crisis porque la cultura es la crisis. No es que está en crisis porque pasa algo exterior a ella. La literatura, como a mí me interesa, pone en cuestión otros discursos, entonces hace de las crisis su pasatiempo favorito. Todo escritor contemporáneo tiene la sensación de que es el último escritor, todos viven en esa vanagloria porque la literatura es un arte casi epigonal. Lo que a mí me importa de la literatura es encontrar contenidos políticos en discursos que aparecen como políticamente neutros. Pero hay otra dimensión de la crisis, la sociológica, que es de la que más se habla, pero que no me interesa: por qué los libros no venden, qué hay que hacer para que la literatura vuelva a atrapar a los lectores. Durante el menemismo, la literatura argentina empezó a ocuparse de que las novelas y los cuentos cautiven al lector, que los finales sean efectivos, que los personajes sean verosímiles o las tramas interesantes. Son todas cuestiones secundarias que apuntan a que la literatura se vuelva eficiente. Así como hubo un discurso de lo eficiente respecto de las privatizaciones o del delivery a domicilio, la literatura fue porosa a esos temas y se convirtió en una literatura eficiente.
–¿En su concepción el problema residiría en que la literatura y el arte nunca buscan la eficiencia?
–Sí, yo los concibo como diletantes, ineficientes. El escritor o el intelectual son figuras sospechosas porque son diletantes, ineficientes, torpes. Me interesa la inmadurez literaria, como escritor quiero poner a la ineficiencia en el centro de la literatura. Aquellos escritores con quienes comparto la crítica política ideológica al menemismo y a la época son los que llevan la crisis al corazón de su literatura, porque cuando General Motors hace marketing, está mal, pero cuando ellos lo hacen desde una editorial es porque simplemente un libro se acerca al lector. Acá hay una línea de continuidad que es interesante desmontar. Esa influencia del marketing llegó a los textos, por eso se convirtieron en complacientes y lo que se valora es eso: que los cuentos tengan introducción, desarrollo y conclusión, que no se experimente, que no se innove.
–¿Qué sucede con las vanguardias artísticas en ese contexto?
–El problema es que la literatura suspende cualquier discusión con las vanguardias, que aunque han entrado en crisis hace mucho tiempo, podrían ser un horizonte donde vale la pena sentarse a discutir. Pero la literatura argentina de los noventa dio por clausurada esa discusión casi festivamente: ¡qué bueno que se terminó esa neurosis, ahora podemos dedicarnos a tener lectores! Pero fracasaron los textos y el mercado. Todavía vale la pena seguir polemizando sobre literatura, pero buena parte de mi generación no reabre estas preguntas que suponen clausuradas.
–¿Por qué?
–Creo que toman como un éxito el fracaso de las vanguardias, que ponían en cuestión la relación entre la vida cotidiana y la literatura, la literatura entendida como una experiencia de la otredad, de la ruptura y de la disolución. Algunos lo viven con pesar o son nostálgicos de la vanguardia, otros lo vivimos con perplejidad en una tensión entre añorar eso que pudo haber pasado y saber que eso no va a volver más. Pero hay un largo grupo, el corazón de mi generación, que lo vive con alegría porque sabe que puede dedicarse a hacer una literatura que no cuestione nada, que sea falsamente ingenua y que se convierta en un producto más en el mercado como tantos otros. El escritor es narcisista, megalómano e improductivo, valores que yo defiendo. Un escritor como yo, que no gana plata, que no vende demasiado y que no va a pasar a la posteridad, qué puede tener que no sea un poco de narcisismo: esa es mi valija portátil.
–Si usted se inscribe dentro de la tradición de izquierda, ¿por qué cuestiona a escritores como Abelardo Castillo o Liliana Heker?
–Porque cuando escriben, sus propuestas literarias son conservadoras. Esta paradoja ya ha sido dicha otras veces. Libertella, en Nueva literatura latinoamericana, señalaba esta paradoja veinte años antes, con otros autores. A mí me interesa la tradición de izquierda entendida desde el anarquismo, es decir para mí lo que define la tradición de izquierda es que es la única que está permanentemente preguntándose qué es ser de izquierda. La derecha, aparentemente, no se pregunta qué es ser de derecha. Hay una frase de Hannah Arendt que me parece extraordinaria: “Cuando la ética de los fines últimos desaparece, la ética recae sobre los medios”. Como no hay fines últimos claros, que entraron en crisis con el fracaso de los movimientos populares en los ’70, hoy por hoy es cotidiano preguntarse qué es ser de izquierda. Para mí, la tradición de izquierda es aquella que vive cuestionando sus propios fundamentos.
–Usted caracteriza a ciertos escritores de los ’90 como “los jóvenes serios”. ¿Cree que les falta sentido del humor en lo que escriben?
–No sé si les falta humor, prefiero pensarlo en términos de que les sobra solemnidad. Porque si no podría pensarse que si la literatura no tiene humor no funciona. Aunque me interesa el humor, a veces siento que es conservador y que lo verdaderamente radical es la ironía. La generación mía es muy solemne, son esos tipos de personas que dicen que el humor es una cosa seria. Pero hubo otras generaciones muy serias: Viñas y el grupo de Contorno, que vinieron a decir cosas muy importantes sobre Martínez Estrada o por qué había que romper con Murena. Esta generación es igualmente seria como la de Viñas, pero no tiene la radicalidad del grupo Contorno, sino la seriedad de Santo Biasatti (risas).

Desde hace un mes ando algo nervioso, con un poco de ansiedad. En Caballo de Troya prometen para octubre un nuevo libro de Tabarovsky, Autobiografía médica. No sé si voy a ser capaz de aguantar hasta entonces.