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18 noviembre 2006

El cuento del fin de semana (22)

Está de moda, le reeditan por todas partes, a todo el mundo le gusta, todos lo han leído todo de él, y por eso lo recomiendan a amigos, familiares, en las entrevistas, ¿quién puede ir por el mundo sin ser un profundo conocedor de la obra de Buzzati?, infelices del mundo, menos mal que estoy yo aquí para arreglar el desaguisado y colgar en el blog un cuento del autor más leído de los últimos dieciocho meses, ya no pasaréis vergüenza en las tertulias cuando os pregunten por él, ya habréis leído algo suyo.

¿Y si?

Él era el Dictador. Pocos minutos antes había finalizado, en la Sala del Supremo Konzern, el informe del Congreso Universal de las Hermandades, al término del cual la moción de sus adversarios fue desestimada por aplastante mayoría. Por lo cual, Él era el Personaje más Poderoso del País Y Todo Aquello Que Se Refería A Él En Adelante Se Escribiría O Diría Con Mayúsculas, Por El Tributo De Honor.
Había llegado, pues, a la meta final de la vida y no podía ya desear nada más. ¡A los cuarenta y cinco años, el Dominio de la Tierra! ¡Y no lo había conseguido con la violencia, según es uso y costumbre, sino con el trabajo, la fidelidad, la austeridad, el sacrificio de los esparcimientos, de las carcajadas, de los goces físicos y de las sirenas mundanas. Estaba pálido y llevaba gafas; sin embargo, nadie estaba por encima de él. Asimismo, se sentía un poco cansado. Pero feliz.
Una salvaje felicidad, tan intensa que casi resultaba dolorosa, lo invadía hasta lo más profundo del alma, mientras recorría a pie, democráticamente, las calles de la ciudad, meditando sobre su propio éxito.
Él era el Gran Músico que poco antes había oído en el Teatro Imperial de la Ópera las notas de su obra maestra levitar y expandirse en el corazón del público anhelante, conquistando el triunfo; y en los oídos le resonaban todavía las grandes cataratas de los aplausos puntuadas de alaridos delirantes, como jamás los había oído, ni para los demás ni para sí; en esos aplausos había éxtasis, llanto, entrega.
Él era el Gran Cirujano que, una hora antes, ante un cuerpo humano ya absorbido por las tinieblas, en medio del espanto de los ayudantes que lo tomaron por loco, se había atrevido a aquello que nadie había podido nunca ni siquiera imaginar, haciendo surgir con sus mágicas manos la lucecita superviviente de las profundidades incognoscibles del cerebro, allá donde la última partícula de vida había anidado como el gozque moribundo que se arrastra a la soledad del bosque para que nadie asista a su deshonrosa humillación final. Y él había liberado aquella microscópica llamita de la pesadilla, casi recreándola, hasta el punto de que el difunto había vuelto a abrir los ojos, y sonreído.
Él era el Gran Banquero recién salido de una catastrófica tenaza de maniobras que debían triturarlo y, en cambio, su golpe de genio las había revuelto súbitamente contra los enemigos, derribándolos. Por lo que, en el frenético crescendo de los teléfonos enloquecidos, de las calculadoras y de los teletipos electrónicos, su masa crediticia se había agigantado de una capital a la otra como un nubarrón de oro; sobre el cual, ahora, se alzaba victorioso.
Él era el Gran Científico que, en un impulso de inspiración divina, en la mísera estrechez de su estudio, había intuido poco antes la sublime potencia de la fórmula definitiva; razón por la cual los gigantescos esfuerzos mentales de centenares de sabios colegas esparcidos por el mundo se tornaban de golpe, comparativamente, en ridículos e insensatos balbuceos; y, por lo tanto, él saboreaba la beatitud espiritual de tener en su mano la última Verdad, como a una dulce e irresistible criatura que le pertenecía.
Él era el Generalísimo que, rodeado de ejércitos superiores, había transformado, con astucia y mando, su menoscabado y tambaleante ejército en una horda de titanes desencadenados; y el cerco de hierro y de fuego que lo sofocaba se había resquebrajado en pocas horas, y las formaciones enemigas se habían deshecho en aterrorizados jirones.
Él era el Gran Industrial, el Gran Explorador, el Gran Poeta, el hombre que ha vencido definitivamente, tras larguísimos años de trabajo, de oscuridad, de economías, de interminables fatigas, y cuyas huellas, ay de mí, están impresas indeleblemente en el cansado rostro, por lo demás exultante y luminoso.
Era una estupenda mañana de sol, era un crepúsculo tempestuoso, era una tibia noche de luna, era una gélida tarde de tormenta, era un alba purísima de cristal, era sólo la hora extraña y maravillosa de la victoria que pocos hombres conocen. Y él caminaba extraviado en aquella indecible exaltación, mientras los palacios se extendían en torno con formas apropiadas, con la evidente intención de honrarle. Si no se doblaban en ademán de reverencia, era sólo porque estaban hechos de piedras, hierro, cemento y ladrillos; de allí su rigidez. Y también las nubes del cielo, beatos fantasmas, se disponían en círculo, en fajas superpuestas, formando una especie de corona.
Pero entonces -él estaba atravesando los jardines del Almirantazgo-, sus ojos, por casualidad, de soslayo, se posaron sobre una joven mujer.
En aquel punto, lateralmente, se extendía, realzada, una especie de terraza, circundada por una balaustrada de hierro forjado. La muchacha estaba acodada en la balaustrada y miraba distraídamente hacia abajo.
Tendría unos veinte años, era pálida, y entreabría perezosamente los labios en expresión de rendida y muelle apatía. Su negrísimo pelo, peinado hacia arriba formando un ancho moño -ala de cuervo jovencito- sombreaba la frente. También ella aparecía como difusa por causa de una nube. Era bellísima.
Llevaba un sencillo suéter de color gris y una falda negra muy ceñida en el talle. Apoyado el peso del cuerpo en la balaustrada, las caderas desbordaban libremente al sesgo, en actitud felina. Podía ser una estudiante de la bohemia de vanguardia, uno de esos tipos que logran hacer una elegancia casi ofensiva de la extralimitación y de la impertinencia. Llevaba grandes gafas azules. En la palidez del rostro, le impresionó el rojo crudo de los labios, suavemente relajados.
De abajo arriba -pero fue una fracción infinitesimal de segundo-, vislumbró, a través de la reja de la balaustrada, aquellas piernas femeninas, no demasiado, porque los pies estaban tapados por los bordes de la terraza y la falda era más bien larga. Sin embargo, sus ojos percibieron la silueta proterva de las pantorrillas que, desde los finos tobillos, se ensanchaban en esa progresión carnal que todos conocemos, oculta en seguida por el borde de la falda. A pleno sol, el pelo rojizo llameó. Podía ser una buena hija de familia, podía ser una mujer de teatro, podía ser una pobre tunanta. ¿O acaso una chica perdida?
Cuando pasó frente a ella, la distancia sería de dos metros y medio a tres. Fue sólo un instante, pero pudo verla muy bien.
No por interés, sino sin duda más bien por indiferencia suprema -por no cuidar ella, entregada al aburrimiento, de controlar siquiera las miradas-, la chica lo miró.
Tras haberla atisbado fugazmente, él desvió los ojos al frente, por decoro, tanto más cuanto que el secretario y otros dos acólitos lo seguían.
Pero no supo resistirse y, con la mayor rapidez posible, volvió de nuevo la cabeza para verla.
La chica lo miró de nuevo. A él incluso le pareció -pero debía tratarse de una sugestión- que los exangües y voluptuosos labios se estremecían, como quien se dispone a hablar.
Basta. Por pura decencia, no podía arriesgarse más. Ya no volvería a verla. Bajo la lluvia torrencial, cuidó de no meter los pies en los charcos del suelo. Le pareció percibir un vago calor en la nuca, como si un hálito lo rozase. Quizás, quizás, ella lo seguía mirando.
Apresuró el paso.
Pero en aquel preciso instante se percató de que algo le faltaba. Una cosa esencial, importantísima. Jadeó. Se dio cuenta con espanto de que la felicidad de antes, aquella sensación de saciedad y de victoria, había cesado de existir. Su cuerpo era un triste peso, y numerosas molestias lo aguardaban.
-¿Por qué? ¿Qué había pasado? ¿Acaso no era el Dominador, el Gran Artista, el Genio? ¿Por qué ya no lograba ser feliz?
Caminaba. Ahora, el jardín del Almirantazgo se encontraba a sus espaldas. Quién sabe dónde estaría la chica a estas horas.
¡Qué absurdo, qué estupidez! Por haber visto a una mujer.
¿Enamorado? ¿Así, de golpe? No, ésas no eran cosas para él. Una chica desconocida, quizás incluso de poca calidad. Y, sin embargo... Y, sin embargo, allí donde pocos instantes antes vibraba un contento desenfrenado, ahora se extendía un árido desierto.
Ya no volvería a verla. Nunca sabría quién era. No hablaría jamás con ella. Ni con ella ni con las semejantes a ella. Envejecería sin siquiera dirigirles la palabra. Envejecido en medio de la gloria, sí, pero sin aquella boca, sin aquellos ojos de lacerante apatía, sin aquel cuerpo misterioso.
¿Y si él, sin saberlo, lo hubiese hecho todo por ella? ¿Por ella y las mujeres como ella, las desconocidas, las peligrosas criaturas que jamás había tocado? ¿Y si los años eternos de clausura, de fatigas, de rigor, de pobreza, de disciplina, de renuncias, hubiesen tenido sólo aquel objeto; si en lo profundo de sus desnudas maceraciones hubiese estado al acecho aquel tremendo deseo? ¿Si detrás del afán de celebridad y de poder, bajo estas miserables apariencias, lo hubiese impelido tan sólo el amor?
Pero él nunca había comprendido algo como esto, ni lo había sospechado, ni siquiera en broma. Sólo pensarlo le habría parecido una escandalosa locura.
Por ello, los años habían pasado inútilmente. Y hoy, ya era demasiado tarde.

Dino Buzzati

11 noviembre 2006

El cuento del fin de semana (21)

Venir ahora a decirle a nadie quién es Medardo Fraile da un poco de vergüenza. Hace unos años tenía un pase que la gente no lo conociera. Su obra era difícil de encontrar y el hecho de residir en Glasgow lo había alejado un poco de los manuales de literatura -ya saben, si no chateas de vez en cuando con los editores, los críticos y los catedráticos parece que no eres nadie, pero basta con tomarse un par de cañas en su compañía para que se note que son ellos los que son poca cosa- y hasta había muchos que se permitían andar por ahí diciendo que el cuento en España era sólo cosa de Aldecoa y, un poco detrás, García Hortelano. El tiempo -ese tipo tan majo contra el que casi siempre se pierde- ha puesto las cosas en su sitio. Fraile es hoy, de modo casi indiscutible, reconocido en círculos de entendidos como el gran cuestista español del siglo XX. El público, que siempre es más reacio a buscar la mercancía por sí mismo, y eso en el caso de las librerías se reduce a acercarse a los estantes y no coger el primer libro que está sobre las mesas de novedades o, peor todavía, hacerse con uno de esos que ponen a montones en el camino -si uno se encuentra en una zapatería una montaña de zapatos sabe a ciencia cierta que son los desparejados, los malos, los que tienen poco valor, pero en las librerías la gente coge esos bodrios, misterios sin resolver-, lo va descubriendo poco a poco. Hay pocos libros de Medardo a la venta en las librerías de viejo, y eso quiere decir que la gente es reacia a deshacerse de ellos. A buen entendedor...
Pero, por encima de eso, a mí me gusta Medardo -no sé yo si no me gusta más él que sus libros- porque es honesto, está vivo y echarse unos vinos con él es divertido. Es, en el sentido que le daban los griegos primitivos, un joven, un kouros, alguien con la fuerza suficiente para enfrentarse al mundo y cambiarlo. Y eso no se encuentra muy a menudo.

El álbum

Entraron aprisa en el café y se sentaron. La impaciencia les encendía los ojos al dejar el paquete sobre la mesa. Ella, apenas sentada, comenzó a abrirlo, mirando con amor, alternativamente, la cinta roja sobre el papel y el rostro de él con ligero orgullo protector y expectante.–¿Qué van a tomar?–Café con leche. ¿Y tú?–Lo mismo.En la mesa apareció con pastas de color azul marino, como el traje de los días señalados, el álbum de las chocolatinas. Era un gran día. Habían hablado de él como se habla de cuando llegará un niño. Aquel álbum representaba el tesón del novio en su niñez, que había reunido una estampita tras otra hasta cubrir todas las ventanillas sin paisaje de aquel libro difícil. Sus compañeros de colegio –él lo recordaba– habían dejado en el álbum huecos de desamor y desidia. Y el álbum, ahora flamante sobre la mesa, mostraba la solicitud en el tiempo de un hombre cuidadoso, fiel toda su vida a sus más inocentes alegrías, al objeto de su ilusión más nimia. Para la novia, aquel álbum implicaba tesón y constancia. Tenían sobre la mesa el café con leche del amor humilde, pero tenían también dentro del libro las maravillas todas del Universo, y se pusieron a deshojarlas con lentitud amorosa, como si en ello le fuera su felicidad, el sí o el no.–No: hoy “Las Mariposas”, no –decía ella con tremendo gozo–. Hemos visto ya “Los Grandes Inventos”.Cada hoja les aproximaba, día tras día, un poco más. El día de “Las Mariposas”, ella balanceó sus pestañas en el aire hacia un hombre joven que estaba enfrente sentado, y él –el novio– tuvo celos. Pero ella ni había mirado siquiera a aquel hombre: quería simplemente mariposear con sus finas pestañas. El día de “Las Aves Domésticas” proyectaron un canario naranja transparentándose en el hogar que tendrían, en la ventana con sol: “Mejor, blanco”, insinuaba él. “No, tiene que ser naranja”, decía resuelta ella, entornando los ojos como si le dañara el agridulce color del pájaro. En “Las Aves Exóticas” pusieron sobre el pelo de ella, suave, un sombrerito atrevido de vistosas plumas en una tarde con risa en el mundo, y champaña y “confetti”. En “Flores para Regalo” él la obsequió con doce tulipanes para que no olvidara alguna cosa. Al llegar a “Animales Prehistóricos”, tuvo ella miedo y se acercaron más. Él quiso continuar más días viendo “Los Animales Prehistóricos”, pero ella se negó y entró en la hoja rutilante de “Las Piedras Preciosas”. Ante “Las Piedras Preciosas” él anduvo receloso por sentimiento atávico. Veía en los ojos de ella cierta cortesana desfachatez, ciertas desmesuradas pretensiones, que le tuvieron en desazón toda la tarde y que interpuso entre ellos una pastosa frialdad anfibia. En “Las Algas” enredaron sus dedos, manos, brazos, miradas y palabras. Con “La Evolución del Automóvil” lo pasaron bien, dieron saltos y frenazos bamboleantes sobre sus sillas. Con “Las Fieras” se identificó ella de tal forma, que los ojos se le llenaron de instinto y él se encontró como un domador trágico que de un instante a otro podía perecer. Con “La Fauna del Mar” cruzaron una y otra vez por los ojos de él y de ella los peces cariñosos, perezosos, suaves, del amor, y estuvieron pasando toda la tarde mansa, humildemente. Al llegar a “Las Frutas”, ella, con un rubor, posó su mano sobre las manzanas para que él no tuviera ningún pensamiento avanzado, para que no pensara cono Adán.Terminaron el álbum, y estaban tostados y palpitantes como después de un largo viaje. Era como si volvieran con los mismos recuerdos de una luna de miel respetuosa. Ella esperó todos los días –sobre todo el último– a que él dijera: “El álbum para ti, te lo regalo.” Pero no lo hizo. Llenar aquel libro de cromos había sido la gracia de su niñez, le había proporcionado entrada de honor en todas las visitas. Y cogió su álbum y se lo guardó. Ella, de haberlo tenido, le habría devuelto su regalo en palabras llenas de entendimiento y colores, en experiencia del mundo, en primores de planta y honduras de mar. Pero así las tardes fueron enfriándose, se aburrían y hacían tos de las palabras rotas. Y un día ella –que se había enamorado de aquel álbum– le dijo adiós a él. Y él tendrá que sacarlo de nuevo en su vida, cuando llegue la hora, sin atreverse a regalarlo nunca.

Medardo Fraile

30 septiembre 2006

El cuento del fin de semana (20)

Como muchos echaban de menos esta sección -algunos desaprensivos o desalmados no se han cortado a la hora de recordarme que les parecía lo mejor del blog, desconsiderados- la retomo con un cuento de José Manuel Benítez Ariza, incluido en su libro El hombre del velador (Cádiz, 1999).
Benítez Ariza está explorando una vertiente poco transitada en el cuento español: la de la historia pura, carente de artificios, de afectación retórica que no tiene el empacho de transformar el cuento en una anécdota o en una reflexión, o en colocar el punto climático del mismo casi al inicio para narrar un largo epílogo donde analiza los hechos. Esta línea, de una naturalidad de agradecer, es la que domina en el último de sus libros de relatos, Lluvia ácida.
Pero antes de hablar de ese libro -que se comentará aquí mismo, es de ley- os traigo aquí un cuento que le pedí al propio Benítez Ariza y que, por el siempre gracioso sistema del antiSPAM, se me había quedado en una carpeta hasta que quiso la suerte que reparara en él y lo rescatara.
Aquí tenéis esta pequeña maravilla.

Críticas de cine

Sé cómo lo hacen. Primero, se filma al personaje caminando en dirección a la cámara. A partir de determinado punto, se hacen otras dos tomas del personaje siguiendo trayectorias opuestas. También puede utilizarse un espejo, para que las dos trayectorias divergentes guarden una perfecta simetría. El resultado es lo que cuenta: esa imagen inquietante de un hombre desdoblándose en dos personajes con destinos opuestos. Espejos, fundidos, transparencias. Muy fácil, en el cine.
También están las tomas descartadas: todo lo que no se aprovecha cuando se procede al montaje definitivo de la película. Uno mira, por ejemplo, a John Gielgud en El agente secreto. Lo mira bajar las escaleras en su uniforme de aviador. Abajo lo espera Peter Lorre. Y uno sospecha que, en el limbo de las imágenes descartadas, a lo mejor es Peter Lorre el que sube esa escalera mientras John Gielgud lo espera en el descansillo, las manos a la espalda, los guantes doblados en el cinturón. Y que, a lo mejor, de haberse aprovechado el recelo, la desconfianza que implicaba esa actitud distante, John Gielgud no hubiese llegado a ser cómplice de un asesinato inútil cometido más tarde por Peter Lorre. Claro que, entonces, no tendríamos película. A lo sumo, y de haber quedado constancia de que Gielgud no acepta la misión, hubiésemos tenido el vago consuelo de que algunas personas se niegan a prestarse a ser cómplices de cosas que, de cualquier modo, acabarán sucediendo.
Lo que me va a suceder a mí también es inevitable. Y, por una vez, tiene algo que ver, aunque sólo sea de un modo tangencial, con el cine.
Me preguntarán de dónde demonios he sacado la pistola. Es una historia larga, que incluye haberme ganado la confianza de Luisito, el hijo de mi vecino, y haberlo llevado, junto con mi sobrinilla, al zoo y al parque y a una película de Disney y a no sé cuántos sitios más en las últimas semanas. El padre de Luisito es policía. Y Luisito sabe dónde guarda el arma.
Les hablaba de un personaje que camina hasta un punto y, a partir de ahí, se convierte en dos réplicas de sí mismo que siguen caminos opuestos. Estoy viendo la escena, no me pregunten de qué película. He detenido la imagen (mi última estupidez: el vídeo de cuatro cabezales, que me ha costado cien mil pesetas) justo en el momento en que el personaje empieza a desdoblarse. Estudio las dos caras. Desde el principio, en una se lee decisión, seguridad, éxito. La otra, en cambio, parece desconcertada, como si no supiera dónde está o intuyera un peligro inmediato.
Los artículos de cine que publicaba en El Vigía no le gustaban a nadie. Ni siquiera al director de El Vigía. Los publicaba porque le salían gratis. Y porque, sospecho, le hacía gracia que el mismo tipo que le atendía en la ventanilla del banco por las mañanas apareciese por la tarde en el periódico con un par de folios mecanografiados y la pretensión (insólita, al principio) de que se los publicaran. Convencerlo no fue fácil. Se permitió rechazar los diez o doce primeros, con una mezcla muy suya de amabilidad e impertinencia, pero dejando siempre abierta la posibilidad de aceptar el próximo. Y yo iba al cine aquella misma noche y, al día siguiente, mientras mi mujer dormía la siesta, le daba a la máquina y pergeñaba una nueva crítica. Era cuestión de insistir. Alguna vez, pensaba, a ese tipo le sobraría espacio en alguna página. Las cosas que pasan en una ciudad como ésta no dan ni para llenar las dieciséis páginas de un periodicucho como El Vigía.
Supongo que les he contado todo esto para que sepan que hablo de cine con cierto conocimiento de causa. Trato de ver las cosas como los que hacen las películas. O como yo creo que las ven. Y en ese plano del que les hablaba (no me pregunten de qué película: no vayan a creerse la patraña de que dejaron de publicarme las críticas porque las hacía sin haber visto las películas), en ese plano, decía, veo la ilustración perfecta de ciertos momentos decisivos de mi vida. Un tipo que llega a un punto donde su destino se bifurca. Lo malo es que sólo conozco una de las trayectorias divergentes. La peor. La que me ha llevado a ser un empleado de banca que escribe críticas de cine a la hora de la siesta y lleva meses acechando la pistola del padre de Luisito.
¿Que en qué punto se bifurca el destino de uno? ¿Que cómo se da uno cuenta de que su destino se bifurca? Pongamos un ejemplo: el día que me llamaron de la oficina de empleo, hace trece años. Un día más y no me encuentran en casa. Tenía ya la maleta hecha para irme a la capital a trabajar de lo que fuera y a estudiar cine. Sin embargo, dejé que mi otro yo, el más decidido, el más seguro, se fuese a estudiar cine (y a dormir, en sueños que no he dejado todavía de tener, con Marisa, que se había marchado a la capital dos meses antes), mientras este yo (el que les habla) deshacía la maleta y se presentaba obedientemente en el banco a primera hora del mismo día en que había previsto tomar el tren para la capital.
Un año, tres, cinco, pasan enseguida. Me hicieron fijo. Marisa no volvía. Decía que le quedaban no sé cuántas asignaturas para terminar la carrera. Una amiga común que iba a verla con cierta frecuencia me dijo que, en realidad, había abandonado los estudios desde hacía tiempo y vivía con un peruano o boliviano o venezolano que vendía libros en un puesto callejero. Hubo un momento en que dejó de contestar mis cartas. Nuestra amiga común me consoló diciendo que sería consecuencia de uno de los muchos cambios de domicilio a los que se veía obligada la pareja cuando no les alcanzaba para el alquiler. Yo me las apañaba con mi sueldecillo. Podría haber ido a verla de vez en cuando, podría haberle dicho que se casara conmigo, podría haber intentado que el banco me trasladara a la capital... Pero estaba Rosa. Y aquí viene otro de esos puntos en los que el destino del personaje se bifurca y uno de sus caminos se hunde en el mundo indefinido de los sueños mientras el otro se agarra a las realidades inmediatas. Y creánme que soñé con esas visitas, con ese viaje sorpresa, con ese traslado. Soñé una y otra vez que llegaba a aquella estación y Marisa me estaba esperando y esa misma noche nos abrazábamos sobre una cama que olía a colchón viejo y a ropa de piso alquilado. Pero me casé con Rosa. Fue entonces cuando recibí una carta desesperada de Marisa. El uruguayo la había dejado, tenía que abandonar el piso en cuestión de días, no tenía trabajo... Pensé en inventarme cualquier excusa y acudir junto a ella. Pero preferí mandarle un giro postal, el primero de los muchos giros postales que le he puesto desde entonces. El sueldo empezó a venirme cada vez más justo. Fue entonces cuando se me ocurrió intentar colocar mis críticas de cine en El Vigía. Algún partido tenía que sacar de mi afición frustrada. No había caído en el detalle de que más de la mitad de los redactores de El Vigía no recibían otra recompensa por su trabajo que ver su firma impresa en el periódico al día siguiente.
“¿Por qué no tenemos un niño?”, decía Rosa cada vez que creía asistir a una exhibición de instintos paternales por mi parte cuando coincidíamos en el ascensor con Luisito y yo le revolvía el pelo con la mano y le preguntaba cómo le iba en el colegio. Pero yo no quería saber nada de niños. Mi destino estaba en otra parte. En la capital, haciendo películas policíacas. En el piso de Marisa (¿en qué piso? ¿dónde está Marisa ahora?). En cualquier otra parte.
Los del cine lo tienen claro. Cuando la trama se complica demasiado sólo hay una solución posible: matar al personaje. Ayer me ofrecí a quedarme con Luisito mientras sus padres iban al médico. Ellos también se juegan su destino en esa escena: si los análisis que se ha hecho la madre de Luisito resultan negativos, todo seguirá igual. Si resultan positivos, tendrán que acostumbrarse a vivir como quien está atento a la cuenta atrás del lanzamiento de un cohete: cuatro, tres, dos, uno... Cosas que pasan. Luisito, el pobre, no sabe nada. No cabía en sí cuando me enseñó, con mucho misterio, la pistola de su padre.
Rosa duerme la siesta. Hace ya varias semanas que no escribo críticas para El Vigía. No escribiré más. Es difícil escribir críticas cuando uno ha perdido todo interés por el cine, cuando uno hace meses que no va al cine y va improvisando al hilo de lo que le sugieren los títulos de la cartelera (ni siquiera tengo vídeo; les he mentido: no puedo permitirme el gasto). ¿La secuencia que les he descrito? No sé. De alguna película de Hitchcock, quizá. ¿Recuerdan el comienzo de Psicosis? Una chica que huye con una suma de dinero robado. He pensado mucho en esa parte de la película. En el banco donde trabajo (¿debo decir ya “donde trabajaba”?) tardarán un día o dos, o una semana, en averiguar que falta dinero. Espero que Marisa no deje de acudir a la oficina de correos a preguntar si se ha recibido el giro. Se pondrá muy contenta al ver tanto dinero junto. Supongo que sabrá perdonar mis últimos retrasos.
No, no me olvido de la pistola. También aquí pueden pasar dos cosas: que esté cargada o que no lo esté.

José Manuel Benítez Ariza

12 agosto 2006

El cuento del fin de semana (19)

Con Juan Jacinto Muñoz Rengel me unen intereses comunes: la narrativa fantástica, los cuentos, las mujeres y las charlas con un copazo de por medio. A Juan Jacinto le conocí en la presentación de un libro y desde el primer momento noté una amistad en sus inicios. A lo mejor fue su "acento chileno" que pone a alguna gente tonta, o la sinceridad que revela a la primera frase, pero desde luego Muñoz Rengel es un autor con las ideas muy claras, que se cree poco lo de los géneros mayores o menores y se limita a hacer lo único que puede exigírsele a un narrador: contar historias y contarlas magníficamente.
Yo a Juan Jacinto le tengo un poco de envidia porque vive de lo que escribe mientras que uno vive de lo que otros escriben. Y también porque se puede levantar a la hora que quiera pero no lo hace, y se va puntualmente a escribir a la Biblioteca Nacional. Allí se encuentra con Vargas Llosa, me ha comentado, pero don Mario no se ha estirado a pagar ni un café. A lo mejor es por el extraño acento de Juan Jacinto, que es de malagueño viajado, y a algunos les parece chileno. En fin, esto me está saliendo muy a lo Umbral, a cuando Umbral está simpático y le cae bien de quien escribe, así que casi mejor lo dejo aquí y les invito a leer un muy buen cuento del libro 88 mill lane.

La perla, el oro, las esferas

Una frase se me viene al recuerdo una y otra vez, creo que moriré con ella resonando en mi huero cráneo, o la repetiré en la demencia de mis últimos años, sin que ninguno de mis allegados acierte a descifrar su verdadero significado ni su trascendencia:
–No puedo soportar por más tiempo –me dijo Steve O'Donoghue por completo desalentado– el intolerable peso de un universo.
Luego añadió:
–Ningún hombre, con su afección moral, con su limitada comprensión, puede llevar tal peso a sus espaldas.
–Tú no lo llevas precisamente a tus espaldas –intenté bromear antes de que colgara el teléfono, para aliviar de alguna forma su comprensible abatimiento. Dos semanas más tarde, mi amigo Steve O'Donoghue se suicidaba; tampoco ninguno de sus allegados, allá en las tierras irlandesas, supo comprender por qué.
Yo podía habérselo revelado, pero con qué fin aplacar un dolor con otro más grande, insoportable, con el dolor que mató al pobre Steve. No lo hubieran entendido; no me hubieran creído. Ni yo mismo acierto todavía a comprender el sentido de toda esta cósmica broma, ni sé por qué estoy relatando ahora la historia.
La marchante de arte O Chow-Yiy es especialista en escultura británica contemporánea, pero no desprecia cualquier otra cosa que le pueda reportar dinero. En sus tejes y manejes por la ciudad, va y viene de los anticuarios de Portobello a las galerías de Kensington y Fulham, de los antros del barrio chino a los coleccionistas de Hampstead. Conoce a todo aquél que esté relacionado con el mercadeo artístico en Londres, propietarios de galerías, promotores de eventos municipales, artistas de la Royal Academy, compradores ricos o modestos. Yo la conocí de manera fortuita y nada sofisticada, no me la presentaron en ninguna exposición, no coincidimos en ninguna tertulia, simplemente bajé una mañana aquí a Mill Lane Gallery, a dos portales de mi casa, para curiosear y si acaso comprar algo para mi salón, algo simple, de colores planos, luminoso, y ella estaba allí. En cuanto me escuchó comentarle al galerista –mientras observaba una litografía del holandés Hans Lippershey, inventor del telescopio, puliendo unas lentes– que me apasionaba todo lo relacionado con la óptica, O Chow-Yiy me asaltó y me comenzó a hablar de un magnífico microscopio del siglo XIX fabricado en el taller de Carl Zeiss, en Weimar, que ella tenía en casa. Yo era consciente de que me quería vender aquel microscopio a toda costa, de que probablemente no era tan extraordinario como ella decía, y que incluso era posible que ni siquiera lo tuviera, sino que sólo sabía dónde encontrarlo. También era consciente de que por fervor de aficionado, por la pereza y el terrible embarazo de tener que decir que no a alguien, yo iba inevitablemente a comprarlo.
O Chow-Yiy encontró en mí una víctima fácil, y procuró no perder el contacto. Con el tiempo descubrimos, porque eso pasa hasta en las grandes ciudades –sólo hace falta conversar lo suficiente–, que teníamos más de un amigo en común, entre ellos Steve O'Donoghue, editor de Irish Publishers & Co., conocido por su excentricidad.
Hace ahora dos años –a veces me parecen dos días, a veces dos décadas–, O Chow-Yiy trajo a mi casa el collar.
Era un collar bastante común, cuyo valor, creí yo como inexperto, residía en las perlas que lo engranaban.
–Todas estas perlas son artificiales. La joya es valiosa porque perteneció a una rica cortesana de mediados del siglo XVI –me corrigió O con suficiencia.
–No tan rica, si no podía permitirse perlas naturales –intenté enjuiciar.
–¿Por qué siempre quieres opinar sin tener conocimiento? –me cortó–. En esa época la demanda de perlas era tal en toda Europa que incluso la reina Isabel de Inglaterra se veía obligada a comprar perlas artificiales para adornar con dignidad sus vestidos. Pero nada de esto tiene que ver con la razón que me ha hecho traerte el collar, si me dejaras hablar… Desde que adquirí la joya, hace dos semanas, la he colgado cada noche en el tocador de mi dormitorio. Al principio creía que era un reflejo, o una luz que entraba por algún sitio. Pero noche tras noche he observado un diminuto juego de lucecitas que provenía del collar. Aquí, ¿ves? Esta perla no es igual que las demás. Es la única que parece natural y está como velada. ¿Ves estos remolinos plateados, esta turbulencia gris?
–Sí, lo veo…
–Pues emite lucecitas por la noche, imperceptibles casi.
–¿Y quieres que lo mire con alguno de mis microscopios?
–No, quiero que te pongas el collar y te pasees por Trafalgar Square –me dijo O seria, con ese humor incisivo que nunca he llegado a entender.
Examiné la perla en el microscopio, no en el del maestro Zeiss que le compré a ella, sino en un microscopio óptico compuesto. Coloqué la perla sobre la platina, conecté la fuente de luz, ajusté el objetivo, y me acerqué al ocular. En efecto: a través de la bruma turbia de la perla creí percibir un titilar, mejor dicho, muchos y minúsculos titilares.
–¿Y bien?
–Sí, lo cierto es que hay algo, desprende una pequeña luz. Puede ser cualquier componente mineral encerrado en el interior del nácar segregado por la ostra… Sin embargo, lo que sea está distribuido en pedazos tan pequeños que no los puedo ver con este microscopio. Es extraño.
–¿Y no tienes ningún otro aparato más potente? –me preguntó O contrariada.
–Necesitaría un microscopio electrónico, pero…
–Pero no lo tienes –me interrumpió, como si no comprendiera por qué en el mundo podían existir posibilidades que entorpecieran sus deseos.
–Aunque lo tuviera –dije, adivinando ya mi venganza por haber sido antes aleccionado en cuestiones anticuarias–, en el microscopio electrónico sólo pueden examinarse objetos muy delgados, incluso una bacteria es demasiado gruesa para ser observada directamente, así pues, para preparar muestras visibles para este microscopio se necesitarían técnicas especiales de cortes ultrafinos, que tendrían que realizarse en un laboratorio.
Respiré satisfecho.
–¿Pero se vería mejor lo que hay en la perla? –se interesó O, directa a su objetivo.
–Hasta doscientas veces mejor.
–Pues llévalo a un laboratorio. Yo correré con los gastos. Tengo la intuición de que esto puede retribuirme importantes ganancias.
No recuerdo ocasión otra alguna en la que O Chow-Yiy se haya equivocado en cuestiones de dinero, su olfato suele ser infalible. Sin embargo aquella vez no obtuvo un penique de su inversión, quizá porque no supo cómo hacerlo. Cuando la llamé por teléfono y le dije lo que vi en la muestra microscópica de nácar, lo que había en el interior de la perla, sólo me soltó una maldición en cantonés, me llamó chiflado, y me colgó. Yo me quedé tartamudeando aún al otro lado de la línea, primero en inglés, luego en español:
–En la perla hay un universo, dentro hay un universo…
Al principio viví mi descubrimiento con cierto júbilo: llevaba un universo en el bolsillo con toda la naturalidad, y eso me provocaba una ingenua alegría, una infantil sensación de poder. Daba vueltas a la bolita de nácar entre mis dedos, mientras tomaba café en cualquier Starbucks, imaginando cómo las galaxias y nebulosas girarían a toda velocidad, quizá sin realmente notarlo, sujetas a su propio sistema de gravitación y a sus órbitas definidas. Por aquel entonces, pensaba que el que hubiera allí un universo reducido era sólo fruto de un accidente, un quiebro en la naturaleza, no mucho más extraordinario que el nacimiento de dos niños que comparten el mismo tronco y extremidades, o que un fenómeno de aurora boreal. No me tomaba en serio que aquello pudiera ser un universo completo, real, como el nuestro; más bien especulaba a veces que quizás aquello fuera un espejo infinitesimal de nuestro universo, y que lo que yo había descubierto era un precioso instrumento para la ciencia astronómica del futuro, que avanzaría a pasos agigantados gracias a la ayuda de mi minúsculo y esférico mapa celeste en tres dimensiones. No concedí ni un solo pensamiento grave al inaudito hallazgo, hasta que Steve O'Donoghue se convirtió en parte de esta historia y se ocupó de hacerlo él por mí.
Estaba ya casi decidido a llevar la perla al observatorio de Greenwich –para que la llevaran a la Cambridge Astronomical Survey Unit, supongo–, cuando Steve apareció en mi casa, una mañana de martes, sin previo aviso. Llovía, era horario de trabajo, Steve era un hombre siempre ocupado, y como editor sabía que a un escritor no le agrada que le interrumpan a media mañana.
–¿Qué es lo que ocurre? –pregunté alarmado.
–Anoche estaba en una conferencia en la Tate Modern, estaba la china ésa, O loquesea, en el mismo grupo que yo. Como estábamos medio a oscuras, mi ojo empezó como siempre, con sus chispitas. Éste, tú sabes, el que tiene la pupila como velada. Y todo el mundo a empezar con la misma historia de siempre: el ojo te echa chispitas… Pero luego la china me dijo: exactamente igual que un collar de perlas que dejé en casa de Juan, ve a que te vea el ojo, a lo mejor te dice que tienes dentro un ovni o algo…
Steve O'Donoghue era un irlandés enorme, de piel muy blanca pero con la cara toda llena de venitas rojas. A sus sesenta años, su espalda ya se encorvaba hacia adelante, y el pelo antes rubio caía ahora cano sobre sus ojos saltones; uno de ellos, el izquierdo, tenía una pupila acuosa, de celeste desvaído, que le daba un aspecto temible. Lo vi tan excitado que le pedí que se sentara, y le serví un whiskey en un vaso bajo con hielo. Él continuaba:
–Luego me dijo: dile si lo ves que cualquier día me paso por el collar, vaya a ser que le dé por perdérmelo o algo… La china ésa tiene un buen culo, pero más genio que los dragones de su barrio… El caso es que, dejando aparte las chorradas de las chispitas, el ojo me viene doliendo horrores desde hace unos meses, y pensé: Juan tiene un montón de cacharros ópticos y le fascinan esas cosas, así que puede que sí que sea buena idea ir a que me vea este ojo que me está matando, porque él no es un oftalmólogo al fin y al cabo, y yo en mi vida pienso visitar a un matasanos…
Hasta entonces yo no había comentado a nadie mi descubrimiento, salvo, a la fuerza, a O. Cuando Steve irrumpió en mi salón contándome todo aquello, un ridículo miedo a que me quitaran lo que era mío me invadió. Luego comprendí que no era aquello por lo que había venido, me relajé, e intenté retomar la conversación con normalidad:
–No puedo creer que un hombre de tu edad nunca haya ido al oculista, y más teniendo tu… –vacilé– tu pupila velada…
–¡Ni al oculista, ni a ningún otro matasanos, qué demonios! Sí, llámame hipocondríaco, alarmista, cavernícola, gallina. Posiblemente soy todo eso. ¿Me miras el ojo o no?
Accedí, algo divertido por la situación. Acompañé a Steve arriba, a mi despacho. Le miré el ojo con varios aparatos que yo sabía que no servirían para nada, pues eran piezas más de coleccionista que de científico. Luego apagué la luz. Cuando, tras una capa de turbulencias, descubrí las lucecitas titilando, comprendí con pavor que allí dentro había otro universo encerrado.
Vaciamos la mitad de la botella hasta llegar a las reflexiones de más alcance. El veterano editor Steve O'Donoghue parecía hundirse en el abismo según le iba relatando mi descubrimiento. La carcasa de hombre sarcástico y frívolo, de viejo gruñón excéntrico, se perdió por algún lugar de su cuerpo, y lo que quedó postrado en mi sofá era un individuo desconsolado, todo gravedad.
–¿Me estás diciendo en serio que dentro de mi pupila hay un universo entero, con sus galaxias, con sus sistemas de planetas…?
–Así es, si es igual que en la perla. He visto cúmulos de galaxias, nebulosas, enanas rojas, nubes de polvo interestelar… Con sus órbitas, sus juegos…
–¿Pero cómo ha ido a parar ahí? ¡Será un universo muy joven entonces! ¿Cómo puede formarse un universo en sesenta años? Creía que se necesitaban billones…
–Puede que si el espacio ha sido reducido millones de veces, y con él todas las leyes de la física, el tiempo en esos universos también sea mínimo…
–Y para ellos una eternidad… ¿Te das cuenta? ¡Ellos!… ¡En un universo entero tiene que haber vida! ¡No te digo en cada planeta, no te digo en cada galaxia, pero aún así millones de millones de vidas dentro de mi pupila…!
–No veo la razón para tomárselo tan a la tremenda –intenté apaciguarlo.
–Te la diré: no he ido al médico en mi vida, ahora este ojo me duele cada día más, y tiene un aspecto lamentable. ¡Si mi ojo sufre, si queda dañado, si yo muero, un universo entero se extingue conmigo!
–Steve, no eres tan joven, en cualquier caso morirás dentro de veinte, de treinta años, y tú no puedes hacer nada para evitarlo.
–Pero tú lo has dicho: veinte años serían para ellos billones. Y yo soy el único responsable de todas las vidas malogradas… Uno se preocupa por las noticias de banca, por una niña secuestrada, porque suben los impuestos o porque un país entra en guerra, ¿y tú quieres que yo no me preocupe por el destino de todo un universo?
El oftalmólogo le diagnóstico la pérdida irremisible del ojo.
Luego la llamada, y la voz de Steve O'Donoghue apagada al otro lado del teléfono, como si se hubiera reducido él también, y hubiera quedado atrapado dentro de mi aparato. No puedo soportar por más tiempo el intolerable peso de un universo. No puedo soportar por más tiempo el intolerable peso de un universo. Hasta el fin de mis días, el eco.
Desde que Steve se quitara la vida, su percepción pesimista del terrible peso de los diminutos universos me fue traspasada. Después de todo, en la finísima lasca de perla que yo hice cortar en el laboratorio, pude ver cientos de galaxias: un mundo entero cercenado. Las galaxias, de hecho, ya no aparecen en el microscopio, sólo gris nácar, vacío, así me lo aseguran en el laboratorio.
Hay otro lugar en el que convergen una y otra vez mis pensamientos. Que me haya sido dado a mí el encontrar la perla de O, y al mismo tiempo toparme con la pupila de Steve, es sin duda fruto de un excepcional azar (de otra manera, si estas esferas fueran algo común en nuestro planeta, otros más hábiles y expertos que yo habrían descubierto hace décadas este fenómeno); pero, también sin duda alguna, ha de haber en otros rincones del mundo otras esferas u objetos semejantes, pues de lo contrario la casualidad de haber encontrado yo los dos únicos microuniversos sería injustificable. Así es que el universo ha de tener necesariamente una forma monstruosa: una estructura contra toda nuestra lógica humana, en la que el espacio y el tiempo son relativos o no importan, en la que lo grande es pequeño, y lo microscópico infinito, una estructura de espacios autocontenidos, donde cualquier forma puede contener otra millones de veces mayor. Y entonces…
Entonces (y por suerte no le comenté esto a Steve) es probable que alguno de los planetas, de los innumerables que orbitaban en su pupila, contuviera uno, o diez, o cien de estos objetos contra natura, y puede, sólo puede, que alguno de esos otros universos poseyeran a su vez otros de estos objetos imposibles.
Entonces, dado que la forma del universo es monstruosa, puede, sólo puede, que uno de esos mundos, perdidos en el laberinto infinitesimal de submundos, sea de nuevo nuestro mundo.
Yo, por si acaso, he guardado la perla en un lugar seguro, donde espero que descanse a salvo durante años, que pueden ser, según se mire, la eternidad.
No le diré a nadie dónde la he escondido, aunque ahora esté contando, no sé ni por qué, esta historia. Esta historia que ningún beneficio reportará porque no será creída, ni comprendida, ni en ningún caso puede traer más que complicaciones. Tal vez la estoy contando simplemente por aferrarme a algo, porque me abruma la sensación de que en cualquier momento, quizás ahora mismo, quizás al escribir el último renglón de mi relato, alguien en algún lugar pisará un guijarro, cerrará los ojos, pasará una página, y desaparecerá por completo nuestro entero universo.
Juan Jacinto Muñoz Rengel

06 agosto 2006

El cuento del fin de semana (18)

Una de las primeras entradas de este blog tuvo como tema la aparición del libro de relatos de Víctor García Antón. Después de un año deseando tener a su hijo entre las manos, el amigo Víctor pudo saborear lo más amargo y lo más dulce de la relación del escritor con su entorno. Cuando hablo de lo más amargo me refiero a las dificultades que tiene un libro para llegar al público, y más aún cuando, como es el caso, está editado por una Caja de Ahorros -y no por una editorial, que, como es de esperar, no anda muy fina con el tema de la distribución-, de la parte dulce ha podido saborear la presentación que se hizo en el auditorio de la Biblioteca Regional Joaquín Leguina. Un auditorio lleno -no a rebosar pero lleno, había pocas butacas libres- en el que la mayoría de los asistentes había leído ya el libro -editado un mes antes y distribuido a fuerza de paseos de Víctor por la ciudad de librería en librería- y que participaron con alegría en el debate es un verdadero lujo. Como para más INRI era yo el que estaba en la mesa presentándolo, sostenido por seis cafés y dos coca-colas porque la noche anterior la había pasado en vela por un problema de fusibles domésticos, llegué a pensar que esa escena paradisíaca estaba inducida por mi agotamiento. Pero no fue así. Allí estaban todos. Y con el libro leído de cabo a rabo.
Como tal vez alguno quiera leerlo y de momento está difícil localizarlo en las librerías por las que no ha pasado Víctor, os dejo el enlace de la página de la Obra Social de CajaEspaña donde se puede comprar el libro por seis euritos -para el territorio español no hay gastos de envío- y que te lo manden a casa. A mí me parece una oferta que no se puede rechazar. Como diría mi abuela: es dinero bien gastado.
Y, como es muy feo vender las cosas sólo por amistad, ahí va una pequeña muestra de las delicias del libro.

El amor es sólo tiempo

La mujer disfrazada de novia y el hombre desnudo vagan a la deriva en medio del océano. Junto a ellos, en el centro del bote, una vaca lustrosa les mira con ojos vigilantes mientras rumia. El mar está en calma. Nada se mueve. Sólo el chapoteo espaciado del madero que el hombre hunde cada poco en el agua a modo de remo; y la vaca, que rumia.
De cuando en cuando, la mujer vuelve la cabeza hacia el hombre desnudo, nota su esfuerzo en el cuello tenso, en los brazos fuertes, y siente que ya lo ama. Luego mira hacia el otro lado para ver si avanzan, y ve el océano, todo el océano.
–Vamos a follar, cariño–dice el hombre mientras rema.
–No, que nos ve la vaca.
A la mujer disfrazada de novia y al hombre desnudo les iba a casar el capitán del barco. Lo tenían todo listo. Las invitaciones, el baile, la noche de bodas en la suite nupcial. Por eso no les importa que el barco se haya hundido con la orquesta y los invitados, ni que les hayan dejado con la vaca, rumiando en medio del océano. Porque los dos se quieren mucho, son almas gemelas, y porque cuando uno es joven, siente en las espitas del corazón como que las cosas buenas están todas por venir.
–Anda, vamos a follar–insiste el hombre mientras rema.
–Que no, que nos mira la vaca.
La mujer que lleva la bolsita de las arras atada a la muñeca, no se enamoró hasta muy tarde de su novio. Por eso ha estado ocho años despidiendo al hombre desnudo en las escaleras pálidas de su portal. Porque el amor es sólo tiempo, y no se gana nada con perder la cabeza. Ocho años en los que la mujer ha ido puliendo sus sueños como un geranio bien podado, y ya tienen el amor a punto. Ya les toca.
La mujer disfrazada de novia y el hombre desnudo vagan a la deriva en medio del océano. Solo se tienen el uno al otro, y la mirada de la vaca, tan ancha como un paisaje. Pero la mujer con el vestido blanco no está preocupada, no tiene prisa. Porque ve a su hombre tan centrado, tan cerca al otro lado del bote, que se le van los ratos mirando el océano, observando los borreguillos que de tanto en tanto aparecen sobre las olas, y las formas caprichosas de las nubes, tan absurdas.
–Pues mato a la vaca y nos la comemos de una sentada.
La mujer con el ramo de flores en el regazo, sabe que no es posible matar a la vaca. Volcarían el bote, se ahogarían. Por eso la mira como rumia en el centro del bote, y le acaricia los cuernos, y piensa que pronto llegarán a tierra firme, donde un cura les casará, y harán el amor por las mañanas, y tendrán muchos hijos, y los criarán sanos y felices, como han hecho todos los padres desde que el mundo es mundo.
–Pues si no follamos, yo no remo.
Y la mujer con las alianzas bajo el escote, hace como que se enfada, y luego le mira con ternura, y le dice que han de seguir, que ya les falta poco. Pero el hombre desnudo le ha dado la espalda a su mujer y a la vaca, ha dejado el madero, se ha cruzado de brazos.
–Que reme la vaca, yo no remo.
La mujer disfrazada de novia no entiende estas prisas de ahora. ¿No les queda una vida? ¿No lo tenían ya hablado? Ella sabe que las cosas difíciles tardan en soñarse, por eso mira a lo lejos, donde las olas se cosen con las nubes, y casi le parece ver una montaña, quizás una isla con playas de arena fina, y canoas de bienvenida, y mujeres con faldas de colores y sonrisas fáciles. Pronto tocarán tierra, es sólo tiempo, y la gente les ofrecerá dátiles y cuencos con agua fresca. Enseguida el hombre aprenderá un oficio, se harán un lugar en la aldea. Y con el dinero obtenido construirán juntos una casa amplia de madera, con un porche de árboles frondosos, y sillones de teca para las tardes lentas. En el dormitorio principal, subiendo las escaleras, se harán instalar una cama grande, con cuatro patas fuertes y robustas, para hacer el amor por las mañanas. Y tendrán un tocador con un espejo de luces y mil estuches. Y un lavabo de loza, y un ventilador de aspas bien grandes en el techo, y muchas flores. Cerca de la casa, junto al establo donde engordarán la vaca, las cabras y los faisanes, pasará el murmullo de un río. Allí construirán el molino para el pan, con una poza poco profunda donde la mujer se bañará con las hijas, y jugarán juntas a los secretos. Y el hombre desnudo las verá reírse desde el sillón de teca del porche, y se acordará entonces de los buenos ratos pasados en el bote, los dos solos a la deriva en medio del océano, acompañados por las formas caprichosas de las nubes, por los borreguillos cabalgando sobre las olas, y por la vaca sentada en el centro, que todavía les mira.
Y el hombre que no tiene tiempo para los borreguillos, coge el madero, lo hunde de nuevo en el agua a modo de remo, lo hunde con fuerza, con determinación, y parece que avanzan.
–Hará calor por las mañanas, ¿Te acostarás desnuda?
Víctor García Antón

22 julio 2006

El cuento del fin de semana (17)

He andado algo ocupado con menudencias que no me dejaban un resquicio para buscar algún texto que mereciera la pena copiarse en este blog para el disfrute del lector -que bastante sufrimiento tiene con la mayoría de las entradas que dejo aquí- y hoy, aprovechando el calor, y que pasaba por la puerta de la oficina donde tenemos aire acondicionado, me he animado a venir y colgar uno. Se trata de un cuento que leí por primera vez en una antología del nuevo relato norteamericano -está bien usado el adjetivo, no todos eran estadounidenses- que publicó Alfaguara. De todo el volumen -que tenía unas quinientas páginas- apenas me gustaron este cuento y otro de una autora a la que no he conseguido volver a leer. Tuve la suerte de que la gente de Ediciones del Bronce -Miriam Tey & friends- habían editado en castellano el libro de relatos de Lahiri con el que ganó el Pulitzer del año 2000: Interpreter of maladies. Su siguiente novela, Namesake, no ha estado a la altura, pero es una autora con mucho que decir y, sobre todo, una manera muy personal de decirlo.
Así que aquí estamos, a la espera de más textos de esta narradora tan subyugante -para reforzar el concepto he incluido la foto, y debo decir que además no me ha sido nada difícil localizar imágenes en las que está tan bella como en esta- que tanto nos deleita a mí y a Juan Bonilla, que incluyó este texto en su poética sobre el cuento de Pequeñas resistencias. La traducción es mexicana, he intentado pulir los mexicanismos más evidentes, pero con o sin ellos, el texto es bueno, a disfrutarlo.

Una medida temporal

La nota les informaba que era un medida temporal: que durante cinco días cortarían la electricidad una hora, a partir de las ocho de la noche. Se había caído un cable durante la última tormenta de nieve y los técnicos iban a aprovechar las tardes más tranquilas para arreglarlo. La reparación iba a afectar solamente a las casas de la tranquila calle arbolada, cercana a una hilera de tiendas con fachadas de ladrillo y una parada de tranvía, en la que Shoba y Shukumar habían vivido durante tres años.
“Está bien que nos avisen,” admitió Shoba después de leer el anuncio en voz alta, más para sí misma que para Shukumar. Dejó que la correa de su bolso de cuero, repleto de documentos, resbalara de sus hombros, y lo dejó en el pasillo mientras caminaba hacia la cocina. Llevaba un abrigo azul, pantalones grises y zapatillas blancas; se veía, a los treinta y tres, como el tipo de mujer al que alguna vez juró que nunca se parecería.
Venía del gimnasio. El carmín rojo se podía apreciar sólo en la comisura de su boca, y el delineador había dejado manchas de carbón bajo sus pestañas inferiores.
Solía verse así a veces, pensó Shukumar, en las mañanas después de una fiesta o de una noche en el bar, cuando ella tenía demasiada flojera para lavarse la cara, demasiado ávida de entregarse a sus brazos. Ella dejó caer la correspondencia en la mesa sin mirarla. Sus ojos estaban todavía fijos en el anuncio que tenía en las manos. “Deberían hacer esto durante el día”.
“Cuando yo estoy aquí, quieres decir,” dijo Shukumar. Puso la tapa de vidrio en una olla con cordero, ajustándola de tal modo que ni siquiera el vapor pudiese escapar. Desde enero, él había estadotrabajando en casa, intentando terminar los capítulos finales de su tesina sobre las revueltas agrarias en la India. “¿Cuándo empiezan las reparaciones?”
“Dice que el diecinueve de marzo. ¿Hoy es diecinueve?” Shoba se dirigió al corcho enmarcado y colgado en la pared junto al refrigerador, vacío salvo por un calendario con motivos decorativos sacados del papel pintado de William Morris. Ella lo miró como si lo viera por primera vez, estudiando cuidadosamente el diseño en la parte superior antes de permitir que sus ojos descendieran a la trama numerada de la parte de abajo. Un amigo les había enviado por correo el calendario como regalo navideño aunque Shoba y Shukumar no hubieran celebrado la navidad aquel año.
“Es hoy, entonces,” anunció Shoba. “Por cierto, tienes una cita con el dentista el viernes que viene.”
Él pasó su lengua por la parte superior de sus dientes. Había olvidado cepillárselos esa mañana. No era la primera vez. No había salido de casa en todo el día, ni el día anterior. Cuanto más estaba Shoba fuera de casa, cuanto más comenzaba ella a hacer horas extras y a tomar trabajos adicionales, más quería él quedarse en casa, ni siquiera para ir por el correo o comprar fruta o vino que estaban en las tiendas junto a la parada del tranvía.
Hacía seis meses, en septiembre, Shukumar estaba en un congreso académico en Baltimore cuando Shoba empezó el trabajo de parto, tres semanas antes de la fecha prevista. Él no había querido ir al congreso, pero ella insistió. Era importante empezar a hacer contactos y él iba a entrar al mercado laboral al año siguiente. Ella le dijo que tenía el teléfono del hotel y una copia de los horarios y números de vuelos y que se había organizado con su amigo Gillian para que la llevara al hospital si surgía una emergencia. Cuando el taxi salió de la casa aquella mañana hacia el aeropuerto, Shoba se despidió de él en la puerta de casa en bata, con una mano descansando en el montículo de su vientre como si fuera una parte perfectamente normal de su cuerpo.
Cada vez que pensaba en ese momento, el último en que vio a Shoba embarazada, lo que más recordaba era el taxi, una camioneta pintada de azul con letras rojas. Una caverna comparada con su propio coche. Aunque Shukumar medía casi unonoventa, con unas manos demasiado grandes hasta para acomodarlas en el bolsillo de sus jeans, se sintió diminuto en el asiento trasero. Mientras el taxi iba por la calle Beacon, se imaginó el día que él y Shoba necesitaran comprar su propia camioneta, para llevar y recoger a sus hijos de las clases de música y las citas con el dentista. Se imaginó a sí mismo sosteniendo el volante, mientras Shoba se daba la vuelta
para repartirles juguitos a los niños. Alguna vez estas imágenes de paternidad le habían molestado, sumándose a la preocupación de que aún era un estudiante a los treinta y cinco. Pero esa mañana de otoño, con los árboles todavía cargados con hojas de bronce, disfrutó por primera vez esa imagen.
De algún modo, alguien del personal lo había encontrado en una de las idénticas salas de convenciones y le había dado un cuadrado rígido de papel. Sólo había un número telefónico, pero Shukumar supo que era el del hospital. Cuando regresó a Boston ya todo había terminado. El bebé nació muerto. Shoba estaba en la cama dormida, en un cuarto privado tan pequeño que apenas había espacio para pararse junto a ella, en un ala del hospital que no estaba en el recorrido para futuros padres. Su placenta se había debilitado y le habían hecho una cesárea aunque no a tiempo. El doctor explicó que esas cosas pasaban. Sonrió del modo más amable posible en que es posible sonreírle a la gente y que sólo los profesionales conocen. Shoba podría ponerse de pie en unas cuantas semanas. No había nada que indicara que ella no pudiera tener niños en el futuro.
Esos días Shoba ya se había ido siempre que Shukumar se despertaba. Él abría los ojos y veía las negras hebras de cabello que ella había dejado en la almohada y pensaba en ella, vestida, sorbiendo su tercera taza de café del día, en su oficina en el centro, en la que buscaba errores tipográficos en los libros de texto y los marcaba con un ejército de lápices de diferentes colores y en un código que alguna vez le había explicado. Ella haría lo mismo con su tesina, le prometió, cuando estuviera lista. Envidiaba lo específico de su tarea tan diferente de la naturaleza elusiva de la suya. Él era un estudiante mediocre que tenía facilidad para absorber los detalles sin curiosidad. Hasta septiembre había sido dedicado, sino diligente, resumiendo capítulos, apuntando argumentaciones en bloques de papel amarillo con líneas. Pero ahora podía quedarse en la cama hasta aburrirse, mirando su lado del armario, que Shoba siempre dejaba medio abierto, en la fila de las chaquetas de tweed y los pantalones de pana que no tenía que elegir para dar sus clases este semestre.Tras la muerte del niño era demasiado tarde para dejar la docencia. Pero su tutor había arreglado las cosas para que tuviera el semestre de primavera para él. Shukumar estaba en su sexto año de la universidad. “Eso y el verano te darán un buen empujón”, le había dicho su tutor. “Ya tendrías que tener todo terminado para septiembre.”
Pero no había nada empujando a Shukumar. En lugar de eso pensaba en cómo él y Shoba se habían convertido en expertos en evitarse el uno al otro en su casa de tres dormitorios, pasando todo el tiempo posible en plantas diferentes de la casa. Él pensaba en que ya no anhelaba los fines de semana, esos en los que ella se sentaba durante horas en el sillón con sus lápices de colores y sus archivos, de modo que él no quería poner un disco en su propia casa por miedo a parecer maleducado. Pensaba en cuánto tiempo había pasado desde que ella lo había mirado a los ojos y sonreído, o susurrado su nombre en las raras ocasiones en que todavía alcanzaban el cuerpo del otro antes de dormirse.
Al principio había creído que iba a pasar, que él y Shoba lo superarían de alguna manera. Ella sólo tenía treinta y tres. Era fuerte, estaba de pie de nuevo. Pero no significaba un consuelo. Normalmente, era casi hasta la hora del almuerzo cuando, al fin, Shukumar salía de la cama y bajaba hacia la cafetera, sirviéndose el café que Shoba le había dejado, junto a una taza, sobre la repisa.
Shukumar recogió las pieles de cebolla con la mano y las tiró a la basura, sobre las tiras de grasa que le había quitado al cordero. Dejó correr el agua en el fregadero, remojó el cuchillo y luego la tabla para picar, y se pasó un limón por los dedos para deshacerse del olor a ajo, un truco que había aprendido de Shoba. Eran las siete y media. A través de la ventana vio el cielo como un pequeño vacío negro. Todavía había sobre las banquetas algunos bancos disparejos de nieve, a pesar de que hacía el calor suficiente como para caminar sin gorro ni guantes. Habían caído casi noventa centímetros en la última tormenta, y la gente tenía que caminar en una sola fila, en surcos estrechos. Durante una semana ésa había sido la excusa de Shukumar para no salir de casa. Pero ahora los surcos se estaban ensanchando, y el agua escurría constantemente hacia los desagües en el pavimento.
“El cordero no va a estar listo a las ocho,” dijo Shukumar. “Vamos a tener que comer a oscuras.”
“Podemos prender velas,” sugirió Shoba. Se soltó el pelo, limpiamente recogido en la nuca durante el día, y se sacó las zapatillas sin desamarrarlas. “Voy a darme una ducha antes de que se vaya la luz”, dijo ella, dirigiéndose a la escalera. “Ahora bajo.”
Shukumar puso su morral y sus zapatillas a un costado del refrigerador. Ella nunca había sido así. Solía colgar su abrigo en una percha, sus zapatillas en el armario y pagaba las facturas tan pronto como llegaban; pero ahora ella trataba la casa como si ésta fuera un hotel. El hecho de que el sillón amarillo de la sala no combinara con la alfombra turca azul y marrón ya no le molestaba. En el porche de la parte trasera de la casa, sobre la silla de mimbre, había una bolsa blanca llena de encaje que ella alguna vez había pensado en convertir en cortinas.
Mientras Shoba se bañaba, Shukumar fue al baño de abajo y encontró un nuevo cepillo de dientes en su caja bajo el lavamanos. Las duras y baratas cerdas le hirieron las encías y escupió sangre en el lavabo. El cepillo que usaba era uno de los muchos almacenados en una caja de metal. Shoba los había comprado una vez en que estaban de descuento suponiendo que un invitado decidiera, a última hora, quedarse a pasar la noche.
Era típico de ella. Era del tipo que se prepara para las sorpresas, para las buenas y para las malas. Si encontraba una falda o un bolso que le gustara compraba dos. Guardaba las utilidades de su trabajo en una cuenta separada a su nombre. Eso no le había preocupado a él. Su propia madre se había destrozado cundo murió su padre, abandonando la casa en la que creció y regresando a Calcuta, dejando a Shukumar para que arreglara todo. Le gustaba que Shoba fuera diferente. Le asombraba la capacidad que tenía ella para pensar por adelantado. Cuando iba a hacer la compra, la despensa estaba siempre llena de botellas extra de aceite de oliva y de maíz, dependiendo de si iba a cocinar italiano o indio. Había innumerables cajas de pasta de todas las formas y colores, bolsas cerradas de arroz bastami, piernas enteras de cordero y de cabra de los carniceros musulmanes de Haymarket, cortadas y congeladas en interminables bolsas de plástico. Cada dos sábados recorrían el laberinto de puestos que Shukumar acabó aprendiendo de memoria. Observaba boquiabierto cómo ella compraba más comida, siguiéndola con bolsas de tela mientras ella se abría paso en la multitud, peleándose en el sol con niños demasiado jóvenes para afeitarse pero ya sin algunos dientes, que cerraban bolsas cafés de papel con alcachofas, ciruelas, raíces de jengibre y camotes, y los dejaban caer en sus básculas, y se los aventaban a Shoba uno por uno. A ella no le importaba que la trataran con brusquedad, ni siquiera cuando estaba embarazada. Era alta, y de hombros anchos, con unas caderas que la doctora aseguró estaban hechas para tener hijos. Durante el largo regreso en auto a casa, mientras el coche corría junto al Charles, invariablemente se maravillaban ante cuánta comida habían comprado.
Nunca se desperdiciaba nada. Cuando los amigos los visitaban, Shoba podía improvisar comidas que parecía que necesitaban medio día para prepararse, con cosas que había congelado y embotellado, no con cosas baratas de lata, sino con pimientos que ella misma había marinado en romero y chutneys que hacía los domingos, revolviendo jitomates y ciruelas en ollas hirviendo. Sus frascos etiquetados se alineaban en los estantes de la cocina, en un sinfín de pirámides selladas, suficientes, habían decidido, para durar hasta que sus nietos las probaran. Ahora ya se habían comido todo. Shukumar había ido usando las reservas continuamente, preparando comidas para los dos, sacando tazas de arroz, descongelando bolsas de carne día tras día. Cada tarde revisaba con cuidado los libros de cocina, siguiendo las instrucciones a lápiz de Shoba para usar dos cucharadas de cilantro molido y no una, o lentejas rojas en lugar de amarillas. Cada receta estaba fechada, diciendo la primera vez que habían comido ese platillo juntos. Dos de abril, col con hinojo. Catorce de enero, pollo con almendras y pasas. No tenía recuerdo de haber comido esas cosas y, sin embargo, ahí estaban anotadas con su limpia letra de correctora.
Shukumar disfrutaba cocinar ahora. Era lo que hacía que él se sintiera productivo. Si no fuera por él, sabía, Shoba se comería un plato de cereal para cenar.
Esa noche, sin luces, tendrían que cenar juntos. Durante meses se habían servido de la estufa y él se llevaba el plato al estudio, dejando que se enfriara la comida sobre la mesa antes de llevársela, sin pausa, a la boca, mientras que Shoba se llevaba el plato a la sala y veía los programas de concursos o corregía las pruebas con su arsenal de lápices de colores a la mano.
En algún momento de la tarde ella lo visitaba. Cuando él escuchaba que ella se aproximaba apartaba la novela y se ponía a teclear frases. Ella apoyaba las manos en sus hombros y lo miraba a la luz azul de la computadora. “No trabajes tanto”, le decía tras uno o dos minutos y se dirigía a la cama. Era la única vez en todo el día que ella lo buscaba y él, aún así, lo temía. Sabía que era algo que ella misma se obligaba a hacer. Ella miraría las paredes de la habitación que habían decorado juntos el verano pasado con una cenefa de patos desfilando y conejos tocando trompetas y tambores. A finales de agosto había una cuna de cerezo bajo la ventana, una mesa blanca transformable con empuñaduras verde-menta y una mecedora con cojines a cuadros. Shukumar lo había desmontado todo antes traer a Shoba de vuelta a casa del hospital, rascando con una espátula los conejos y los patos. Por alguna razón la habitación no le asustaba tanto como a Shoba. En enero, cuando dejó de trabajar en la biblioteca, puso en esa habitación, deliberadamente, su escritorio, en parte porque la habitación lo calmaba, en parte porque era un lugar que Shoba evitaba.
Shukumar regresó a la cocina y empezó a abrir cajones. Trató de localizar una vela entre las tijeras, los batidores, el mortero que ella había comprado en un bazar en Calcuta y que usaba para moler dientes de ajo y vainas de cardamomo, cuando solía cocinar. Encontró una linterna, pero no las pilas, y una caja de velitas de cumpleaños medio vacía. Shoba le había hecho una fiesta sorpresa el mayo anterior. Ciento veinte personas se habían amontonado en la casa: todos los amigos y los amigos de los amigos que ahora evadían sistemáticamente. Botellas de vino verde anidadas en una cama de hielo en la tina en el baño. Shoba estaba en su quinto mes, bebiendo ginger ale en una copa de martini. Había hecho un pastel de vainilla con natillas y caramelo. En la fiesta, toda la noche mantuvo los largos dedos de Shukumar entrelazados
con los suyos mientras caminaban entre los invitados.
Desde septiembre su único invitado había sido la madre de Shoba. Llegó desde Arizona y se quedó con ellos dos meses después de que Shoba regresase del hospital. Cocinaba la cena todas las noches, manejaba hasta el supermercado, lavaba la ropa, la guardaba. Era una mujer religiosa. Tenía un pequeño altar, una imagen enmarcada de una diosa con cara color lavanda y un plato con pétalos de caléndula en la mesita junto a su cama en el cuarto de invitados, y dos veces al día rezaba pidiendo nietos saludables en un futuro. Era amable con Shukumar sin ser amistosa. Doblaba sus suéteres con la habilidad que había aprendido de su trabajo en una tienda departamental. Remplazó un botón en su abrigo de invierno y le tejió una bufanda azul y beige presentándosela a Shukumar sin ninguna ceremonia, como si sólo se le hubiera caído y no se hubiera dado cuenta. Nunca le hablaba de Shoba. Una vez, cuando él mencionó la muerte del bebé, dejó de tejer, lo miró, y le dijo “Pero tú ni siquiera estabas ahí.”
Le pareció extraño que no hubiera velas de verdad en la casa; que Shoba no se hubiera preparado para una emergencia tan común. Ahora buscaba algo para poner las velitas de cumpleaños, y se conformó con la tierra de la maceta de una enredadera que normalmente se estaba en la ventana sobre la tarja. Aunque la planta estaba cerca, la tierra estaba tan seca que tuvo que regarla para que las velas pudieran mantenerse en pie. Apartó las cosas de la mesa de la cocina, el montón de correo, los libros sin leer de la biblioteca. Recordaba sus primeras comidas ahí, cuando estaban tan emocionados de estar casados, de estar viviendo, al fin, en la misma casa, que simplemente se buscaban el uno al otro a lo loco, que estaban más ansiosos de hacer el amor que de comer. Quitó de la mesa dos manteles, regalo de boda de una tía de Lucknow, y colocó los platos y las copas de vino que normalmente guardaban para cuando había invitados. Puso la hiedra en medio, con las hojas en forma de estrella y bordes blancos. Encendió el reloj-radio digital y lo puso en una estación de jazz.
“¿Qué es todo esto?” dijo Shoba cuando bajó las escaleras. Su pelo estaba envuelto en una toalla blanca muy apretada. Se quitó la toalla y la dejó sobre una silla, dejando que su pelo, oscuro y húmedo, cayera por su espalda. Mientras andaba ausente hacia la estufa deshizo algunos nudos con los dedos. Llevaba un pantaloncillo limpio, una playera, una bata vieja de franela. Su estómago lucía plano de nuevo, su cintura delgada antes de la protuberancia de las caderas, el cinturón de la bata atado con un nudo apretado.
Eran casi las ocho. Shukumar puso el arroz en la mesa y las lentejas del día anterior en el microondas, apretando los números en el contador.
“Hiciste rogan josh,” observó Shoba mirando el brillante estofado con páprika por la tapa de cristal.
Shukumar agarró un trozo de cordero con los dedos rápidamente para no quemarse. Agarró otro trozo, mayor, con un cucharón para asegurarse de que la carne salía limpiamente del hueso. “Está listo,” anunció.
El microondas pitó cuando se apagaron las luces y se fue la música.
“Justo a tiempo,” dijo Shoba.
“Sólo pude encontrar velitas de cumpleaños.” Encendió las de la enredadera, dejando el resto delas velitas y una caja de cerillos junto a su plato.
“No importa,” dijo, moviendo un dedo a lo largo de su copa. “Se ve hermoso.”
En la penumbra, él sabía cómo se sentaba ella, un poco adelantada en la silla, los tobillos cruzados contra ésta, el codo izquierdo en la mesa. Durante su búsqueda de velas, Shukumar había encontrado una botella de vino en una caja que pensaba estaba vacía. Detuvo la botella en sus rodillas mientras daba vueltas al sacacorchos. Para no tirar vino levantó los vasos y los sostuvo cerca de sus rodillas mientras los llenaba. Cada uno se sirvió, revolviendo el arroz con los tenedores, entrecerrando los ojos mientras extraían hojas y especias del guiso. Cada cierto tiempo, Shukumar encendía unas cuantas velitas más y las metía en la tierra de la maceta.
“Es como en la India,” dijo Shoba, observándolo cuidar su candelabro improvisado. “A veces la electricidad se va por horas. Una vez estuve en toda una ceremonia del arroz en la oscuridad. El bebé sólo lloraba y lloraba. Seguro hacía mucho calor.”
Su bebé nunca había llorado, reflexionó Shukumar. Su bebé nunca iba a tener una ceremonia del arroz, a pesar de que Shoba ya había hecho la lista de invitados y decidido a cuál de sus tres hermanos le iba a pedir que le diera al bebé su primer bocado de comida sólida, a los seis meses si era niño, a los siete si era niña.
“¿Tienes calor?” Le preguntó. Empujó la resplandeciente maceta al otro extremo de la mesa, más cerca de las pilas de libros y correo, haciendo todavía más difícil que se pudieran ver. De repente
le irritó no poder subir y sentarse enfrente de la computadora.
“No. Está delicioso,” dijo ella, golpeando el plato con su tenedor. “Lo está.”
Él le rellenó la copa. Ella se lo agradeció.
No eran así antes. Ahora él tenía que decir algo que le resultara interesante a ella, algo que la hiciera levantar la vista del plato o de sus galeradas. De hecho, él ya había desistido de entretenerla. Había aprendido a que no le afectaran los silencios.
“Recuerdo que durante los momentos que se iba la luz en casa de mi abuela, todos teníamos que contar algo”, continuó Shoba. Apenas podía ver su rostro pero por el tono de sus palabras él sabía que sus ojos estaban entornados como si intentara fijar su mirada en un objeto distante. Era uno de sus hábitos.
“¿Como qué?”
“No sé. Un poema. Un chiste. Un dato sobre el mundo. No sé por qué mis parientes siempre querían que les dijera el nombre de mis amigos de América. No sé por qué esa información era tan importante para ellos. La última vez que vi a mi tía me preguntó por cuatro muchachas que habían estudiado la primaria conmigo en Tucson. Apenas las recordaba.”
Shukumar no había pasado tanto tiempo en la India como Shoba. Sus padres, que se habían asentado en New Hampshire, solían regresar sin él. La primera vez que había ido, de niño, casi muere de disentería. Su padre, un tipo nervioso, tenía miedo de llevarlo otra vez, no fuera a ser que algo ocurriera, y lo dejaban con una tía y un tío en Concord. Como adolescente prefería ir a un campamento de vela o vender helados que pasar los veranos en Calcuta. No fue hasta que murió su padre, en su último año de universidad, que el país comenzó a interesarle y estudió su historia en los libros de texto como si fuera otra asignatura cualquiera. Ahora deseaba tener su propia historia de una infancia en la India.
“Hagámoslo,” dijo ella de repente.
“¿Hacer qué?”
“Decirnos algo en la oscuridad.”
“¿Cómo qué? No me sé ningún chiste.”
“No, chistes no.” Pensó un minuto. “¿Qué tal si nos contamos algo que nunca hayamos contado?”
“Yo jugaba este juego en la secundaria” recordó Shukumar, “cuando me emborrachaba.”
“Estás pensando en verdad o castigo. Esto es diferente. Bueno, yo empiezo.” Tomó un sorbo de vino. “La primera vez que estuve sola en tu departamento, miré en tu agenda para ver si me habías puesto. Creo que nos habíamos conocido hace dos semanas.”
“¿Yo dónde estaba?”
“Fuiste a contestar el teléfono en el otro cuarto. Era tu madre, y supuse que iba a ser una llamada larga. Quería saber si me habías ascendido de los márgenes de tu periódico.”
“¿Lo había hecho?”
“No. Pero no me rendí. Ahora es tu turno.”
No se le podía ocurrir nada, pero Shoba estaba esperando a que hablara. No había estado tan decidida en meses. ¿Qué quedaba que él le dijera? Recordó su primer encuentro, cuatro años antes en una sala de conferencias en Cambridge, donde un grupo de poetas bengalíes daban un recital. Terminaron uno al lado del otro, en sillas plegables de madera. Shukumar se aburrió rápido; era incapaz de descifrar la dicción literaria, y no podía unirse al resto del público mientras suspiraban y asentían solemnemente después de ciertas frases. Asomándoseal periódico doblado en sus piernas estudió la temperatura de distintas ciudades alrededor del mundo. Noventa y un grados ayer en Singapur, cincuenta y uno en Estocolmo. Cuando volvió la cabeza a la izquierda, vio junto a él a una mujer haciendo una lista de compras en la parte de atrás de un fólder, y se asombró al descubrir que era hermosa.
“Bueno” dijo, recordando. “La primera vez que salimos a cenar, en el restaurante portugués, se me olvidó dejarle propina al camarero. Regresé a la mañana siguiente, averigüé su nombre y le dejé el dinero al jefe de sala.”
“¿Regresaste desde Somerville sólo para darle la propina a un camarero?”
“Tomé un taxi.”
Las velas de cumpleaños se habían agotado pero él se imaginaba perfectamente la cara de ella en la oscuridad, los ojos abiertos y brillantes, los labios llenos y con tonalidad de uva, la caída a los dos años de una silla aún visible como una coma en su barbilla. Cada día, se había dado cuenta Shukumar, su belleza, que una vez lo había superado, parecía desvanecerse. El maquillaje que le había parecido superfluo ahora era necesario, no para mejorarla; sino para definirla.
“Pero al final de la cena tenía el raro presentimiento de que me casaría contigo,” dijo admitiéndolo para sí mismo y también para ella por primera vez. “Debo haberme distraído.”
La noche siguiente Shoba llegó a casa antes de lo normal. Estaba el cordero que había sobrado de la noche anterior y Shukumar lo calentó de tal modo que pudieran cenar a las siete. Ese día había salido, por entre la nieve que se fundía, y había comprado un paquete de velas en la tienda de la esquina y pilas para la linterna. Tenía las velas preparadas en la barra, en candelabros que semejaban lotos, pero comieron bajo la lámpara de techo color bronce que colgaba sobre la mesa.
Cuando terminaron de comer, Shukumar estaba sorprendido de ver que Shoba ponía su plato sobre el de él y después los llevaba a la tarja. Él había asumido que ella se retiraría a la sala, pertrechada detrás de su barricada de galeradas.
“No te preocupes de los platos,” dijo, quitándoselos de las manos.
“Me parece tonto no lavarlos,” respondió, dejando caer una gota de detergente en la esponja. “Ya son casi las ocho.”
Su corazón se aceleró. Todo el día Shukumar había esperado a que las luces se fueran. Pensó en lo que Shoba había dicho la noche anterior, que había mirado su agenda. Se sentía bien al recordarla como era antes, tan valiente y, sin embargo, tan nerviosa cuando se conocieron; tan esperanzada. Se pararon el uno junto al otro frente al fregadero, sus reflejos juntos enmarcados en la ventana. Lo hizo sentir tímido, de la misma manera que se sintió la primera vez que se habían visto juntos en un espejo. No podía recordar la última vez que los habían fotografiado. Habían dejado de asistir a fiestas, no iban a ningún lado juntos. El rollo de su cámara todavía tenía fotos de Shoba en el jardín, cuando estaba embarazada.
Después de terminar de lavar los platos, se apoyaron contra la repisa, secándose las manos con cada extremo de una toalla. A las ocho, la casa se apagó. Shukumar prendió las mechas de las velas, impresionado por sus largas y estables llamas.
“Vamos a sentarnos afuera” dijo Shoba. “Creo que todavía hace calor.”
Cada uno agarró una vela y se sentó en los escalones. Era extraño estar sentado afuera mientras todavía había manchas de nieve en la banqueta. Pero todos estaban fuera de sus casas esa noche, con una brisa lo suficientemente fría como para poner a la gente nerviosa. Se abrían y cerraban puertas con mosquiteros. Un pequeño desfile de vecinos pasó con linternas.
“Vamos a la librería a ojear los libros” dijo un hombre con el pelo plateado. Caminaba con su esposa, una señora delgada con rompevientos y que llevaba a un perro con su correa. Eran los Bradfords, y habían introducido una tarjeta de condolencia en su buzón en septiembre. “Escuché que tienen electricidad.”
“Eso espero” dijo Shukumar. “O si no van a tener que ojear en la oscuridad.”
La mujer se rió, pasando su brazo por el hueco que formaba el codo de su marido. “¿Quieren venir con nosotros?”
“No, gracias,” dijeron Shoba y Shukumar a la vez. A Shukumar le sorprendió que sus palabras coincidieran y se empataran con la voz de ella.
Se preguntaba qué le diría Shoba en la oscuridad. Las peores posibilidades ya habían corrido por su cabeza. Que tenía una aventura. Que no le respetaba por tener treinta y cinco y seguir siendo un estudiante. Que lo culpaba por estar en Baltimore como lo hacía la madre de ella. Pero sabía que esas cosas no eran ciertas. Ella había sido fiel como él lo había sido. Ella creía en él. Fue ella la que insistióque fuera a Baltimore. ¿Qué no sabían el uno del otro? Él sabía que ella cerraba los dedos cuando dormía, que ella temblaba en medio de las pesadillas. Sabía que prefería el melón dulce al melón normal. Sabía que cuando regresaron del hospital lo primero que ella hizo al entrar a la casa fue agarrar las cosas de ambos y tirarlas en el pasillo: libros de los estantes, plantas de las ventanas, cuadros de las paredes, fotografías de las mesas, cacerolas y sartenes que colgaban de ganchos sobre la estufa. Shukumar se había apartado de su lado observándola conforme se movía metódicamente de habitación en habitación. Cuando estuvo satisfecha se quedó allí mirando la pila que había hecho, loslabios hacia atrás con tal gesto de disgusto que Shukumar pensaba que iba a escupir. Después, empezó a llorar.
Empezó a sentirse frío mientras estaban ahí sentados en las escaleras. Sentía que ella debía hablar primero para comportarse recíprocamente.
“Aquella vez que vino tu madre a visitarnos,” dijo ella al fin. “Cuando te dije que tenía que quedarme a trabajar hasta tarde, me fui con Gillian a tomar un martini.”
Él miró su rostro, la nariz delgada, la forma casi masculina de su mandíbula. Recordaba aquella noche bien. Comiendo con su madre, cansado de dar dos clases seguidas, deseando que Shoba estuviera ahí para decir las cosas adecuadas pues a él sólo se le ocurrían las inadecuadas. Habían pasado doce años desde que su padre murió, y su madre había venido a pasar dos semanas con él y Shoba para que pudieran honrar la memoria de su padre juntos. Cada noche, su madre cocinaba algo que le gustaba a su padre, pero estaba demasiado afligida como para comer, y sus ojos se humedecían mientras Shoba acariciaba su mano. “Es tan conmovedor” le había dicho Shoba en esa época. Ahora se imaginaba a Shoba con Gillian, en el bar con sillones de terciopelo a rayas, al que solían ir después del cine, ella asegurándose de que le pusieran una aceituna extra, pidiéndole a Gillian un cigarrillo. La imaginó quejándose, y a Gillian simpatizando sobre las visitas de los suegros. Fue Gillian el que llevó a Shoba al hospital.
“Te toca” le dijo, deteniendo sus pensamientos.
Shukumar escuchó, viniendo del final de la calle, el ruido de un taladro y a los electricistas gritando. Miró las fachadas oscurecidas de las casas alineadas en la calle. Brillaban velas en las ventanas de una. A pesar del calor, salía humo de la chimenea.
“Hice trampa en mi examen de Civilización Oriental en la universidad” dijo. “Era mi último semestre, los últimos exámenes. Mi padre había
muerto unos meses antes. Podía ver el libro azul del tipo sentado junto a mí. Era un tipo americano, un maníaco. Sabía urdu y sánscrito. No me acordaba si el verso que teníamos que identificar era ejemplo de un ghazal o no. Vi su respuesta y la copié.”
Había sucedido hacía más de quince años. No se sintió aliviado al haberlo dicho.
Ella lo volteó a ver, mirando no su cara sino sus zapatos (mocasines viejos que usaba como pantuflas, el cuero de la parte de atrás permanentemente aplastado). Él se preguntó si le había molestado lo que había dicho, lo que diría ella. Tomó su mano y la apretó. “No tienes que decirme por qué lo hiciste,” dijo ella acercándose a él.
Se sentaron juntos hasta las nueve que regresó la luz. Oyeron que la gente en la calle aplaudía en los porches y las televisiones que se prendían. Los Bradfords regresaron por la calle, comiendo helado y los saludaron con la mano. Shoba y Shukumar devolvieron el saludo. Después se levantaron, la mano de él todavía en la de ella y entraron a la casa.
De algún modo, sin decir nada, se había convertido en eso. En un intercambio de confesiones, los modos en que se herían o se decepcionaban el uno al otro y a sí mismos. Al día siguiente, Shukumar se puso a pensar durante horas en lo que iba a decirle. Estaba dividido entre admitir que una vez había arrancado una fotografía de una mujer de una de las revistas de moda a las que ella estaba suscrita y la había llevado entre sus libros una semana o decirle que en realidad no había perdido el chaleco que ella le había regalado para su tercer aniversario sino que lo había cambiado por dinero en Filene’s y que se había emborrachado a mitad del día en el bar de un hotel. Para su primer aniversario, Shoba había cocinado una cena de diez platos para él. El chaleco le había deprimido. “Mi esposa me regaló un chaleco para nuestro aniversario,” se quejó con el cantinero, con la cabeza pesada por el coñac. “¿Qué esperaba?” respondió el cantinero. “Está casado.”
Él no sabía por qué había arrancado la fotografía de la mujer. No era tan hermosa como Shoba. Llevaba un vestido de lentejuelas y tenía un rostro tosco y magro, piernas masculinas. Sus brazos desnudos estaban alzados, los puños alrededor de la cabeza como si estuviera a punto de golpearse las orejas. Era un anuncio de medias. Shoba estaba embarazada en aquella época, su estómago de repente inmenso, a tal punto que Shukumar ya no la quería tocar. La primera vez que él vio la foto estaba en la cama acostado junto a ella, observándola mientras leía. Cuando descubrió la revista en la pila de reciclaje encontró a la mujer y arrancó la página lo más cuidadosamente que pudo. Durante una semana la estuvo mirando cada día. Sentía un deseo inmenso hacia la mujer, pero era un deseo que se convertía en asco después de uno o dos minutos. Era lo más cerca que había estado de la infidelidad.
Le contó a Shoba lo del chaleco la tercera noche, lo de la foto en la cuarta. Ella no dijo nada mientras él hablaba, no expresó protestas ni reproches. Simplemente lo escuchó, y luego agarró su mano, apretándola como hacía antes. La tercer noche ella le contó que una vez después de una conferencia a la que habían ido, lo dejó hablar con el jefe de su departamento sin decirle que tenía un poquito de paté en la barbilla. Estaba molesta con él por alguna razón y lo había dejado hablar y hablar acerca de asegurar su beca el próximo semestre, sin llevarse un dedo a su propia barbilla como señal. En la cuarta noche, dijo que nunca le había gustado el único poema que él había publicado en toda su vida, en una revista literaria de Utah. Había escrito el poema después de conocer a Shoba. Añadió que le parecía cursi.
Algo pasaba cuando la casa estaba oscura. Eran capaces de hablarse nuevamente. La tercera noche, después de cenar, se sentaron juntos en el sillón, y una vez que estuvo oscuro la empezó a besar torpemente en la frente y la cara y, aunque estaba oscuro, cerró los ojos y supo que ella también los cerró. La cuarta noche subieron cuidadosamente a la cama, buscando juntos con los pies el último escalón antes del descanso e hicieron el amor con una desesperación que habían olvidado. Ella lloró pero sin sonido y susurró su nombre y dibujó sus cejas con sus dedos en la oscuridad. Cuando le hacía el amor él se preguntaba lo que le diría la noche siguiente y lo que ella diría. Pensar en eso le excitaba. “Abrázame,” dijo él, “abrázame en tus brazos,” Para cuando regresaron las luces, se habían quedado dormidos.
La mañana de la quinta noche Shukumar encontró otra nota de la compañía eléctrica. Los cables habían sido reparados antes de lo previsto, decía. Se enojó. Él había planeado hacer camarón malai para Shoba pero al llegar de la tienda ya no se sintió con ganas de cocinar. No era lo mismo, pensaba, saber que las luces no se irían. En la tienda, el camarón parecía delgado y gris. La leche de coco estaba llena de polvo y era cara. Aún así, los compró, y también compró una vela de cera de abeja y dos botellas de vino.
Ella llegó a casa a la siete y media. “Supongo que es el final de nuestro juego” dijo él cuando la vio leer la nota.
Ella lo miró. “Si quieres puedes prender las velas.” Ella no había ido al gimnasio. Llevaba un traje debajo del abrigo. Se había retocado el maquillaje hacía poco.
Cuando ella subió las escaleras para cambiarse, Shukumar se sirvió vino y puso un disco, un álbum de Thelonius Monk que sabía que a ella le gustaba.Cuando bajó, cenaron juntos. Ella no le agradeció ni lo elogió. Simplemente comieron en una habitación oscura a la luz de una vela de cera de abeja. Habían sobrevivido una época difícil. Se terminaron los camarones. Se terminaron la primera botella de vino y comenzaron con la segunda. Se sentaron juntos hasta que la vela ardió casi por completo. Ella se movió en su silla y Shukumar pensaba que iba a decir algo. Pero ella se levantó, apagó la vela, se puso de pie, prendió la luz y se sentó de nuevo.
“¿No deberíamos seguir sin luz?” preguntó Shukumar.
Ella hizo su plato a un lado y puso sus manos sobre la mesa. “Quiero que me veas mientras te digo esto” dijo con suavidad.
El corazón de Shukumar empezó a latir con fuerza. Cuando le dijo que estaba embarazada usó las mismas palabras, las dijo con la misma suave manera, apagando el partido de básquetbol que él estaba viendo en la televisión. No había estado preparado entonces. Ahora sí lo estaba.
Sólo que él no quería que ella estuviera embarazada otra vez. No quería tener que fingir estar feliz.
“He estado buscando un departamento y encontré uno” dijo, fijando los ojos en algo que parecía estar por encima de su hombro derecho. “No es culpa de nadie,” continuó. Había soportado demasiadas cosas. Necesitaba estar sola un tiempo. Tenía algo de dinero ahorrado para hacer el primer depósito. El departamento estaba en la calle Beacon, y podía ir caminando al trabajo. Había firmado los papeles esa noche antes de llegar a casa.
Ella no lo veía, pero él la observaba. Era obvio que había practicado las líneas. Todo este tiempo había estado buscando un departamento, probando la presión del agua, preguntando si la calefacción y el agua caliente estaban incluidas en la renta.
A Shukumar le daba asco saber que había pasado los últimos tres días preparándose para una vida sin él. Se sentía aliviado y, a la vez, asqueado. Eso era lo que le estuvo tratando de decir estas últimas veladas. Ése era el objetivo de su juego.
Ahora le tocaba hablar a él. Había algo que había
jurado nunca le iba a decir, y por seis meses había hecho todo lo posible para sacarlo de su mente. Antes
del ultrasonido ella le había pedido al doctor que no le dijera el sexo de su bebé, y Shukumar estuvo de acuerdo. Ella quería que fuera una sorpresa.
Después, aquellas pocas veces que habían hablado
de lo ocurrido ella dijo que, por lo menos, se habían ahorrado saber eso. De alguna manera estaba
orgullosa de su decisión, pues la dejaba refugiarse en el misterio. Él sabía que ella asumía que era un misterio para él también. Él había llegado demasiado
tarde de Baltimore, cuando ya todo había terminado
y ella estaba tumbada en la cama de hospital. Pero no. Él había llegado lo suficientemente pronto como para ver a su bebe y abrazarlo antes de que lo cremaran. Al principio había rechazado la sugerencia
pero el doctor le había dicho que abrazar al bebé podía ayudarle con el proceso del duelo. Shoba
estaba dormida. Habían limpiado al bebé que tenía los párpados hinchados y cerrados con fuerza al mundo.
“Nuestro bebé fue niño”, dijo él. “Su piel era más roja que marrón. Tenía el pelo negro. Pesó casi dos kilos y medio. Sus dedos estaban cerrados como los tuyos por la noche.”
Shoba ahora lo miraba con el rostro retorcido por la pena. Él había copiado en un examen, arrancado
la fotografía de una mujer de una revista. Había
devuelto un chaleco y se había emborrachado a mitad del día. Había sostenido contra el pecho a su hijo, que sólo había conocido vida dentro de ella, en una habitación de hospital oscura en un ala desconocida
del edificio. Lo había abrazado hasta que una enfermera tocó a la puerta y se llevó al bebé y él se prometió a sí mismo ese día que nunca le diría a Shoba porque por aquel entonces aún la amaba y era lo único en la vida de ella que ella querría que fuera un misterio.
Shukumar se levantó y puso su plato sobre el de ella. Llevó los platos hasta el fregadero pero en lugar de dejar correr el agua miró por la ventana. Afuera la noche aún era templada y los Bradford paseaban del brazo. Mientras observaba a la pareja la habitación
se oscureció y él se dio la vuelta. Shoba había apagado la luz. Ella regresó a la mesa y se sentó y, al momento, Sukumar se le unió. Lloraron juntos por todas las cosas que ahora sabían.
era lo que le estuvo tratando de decir estas últimas veladas. Ése era el objetivo de su juego.
Ahora le tocaba hablar a él. Había algo que había jurado nunca le iba a decir, y por seis meses había hecho todo lo posible para sacarlo de su mente. Antes del ultrasonido ella le había pedido al doctor que no le dijera el sexo de su bebé, y Shukumar estuvo de acuerdo. Ella quería que fuera una sorpresa.
Después, aquellas pocas veces que habían hablado de lo ocurrido ella dijo que, por lo menos, se habían ahorrado saber eso. De alguna manera estaba orgullosa de su decisión, pues la dejaba refugiarse en el misterio. Él sabía que ella asumía que era un misterio para él también. Él había llegado demasiado tarde de Baltimore, cuando ya todo había terminado y ella estaba tumbada en la cama de hospital. Pero no. Él había llegado lo suficientemente pronto como para ver a su bebe y abrazarlo antes de que lo cremaran. Al principio había rechazado la sugerencia
pero el doctor le había dicho que abrazar al bebé podía ayudarle con el proceso del duelo. Shoba estaba dormida. Habían limpiado al bebé que tenía los párpados hinchados y cerrados con fuerza al mundo.
“Nuestro bebé fue niño”, dijo él. “Su piel era más roja que marrón. Tenía el pelo negro. Pesó casi dos kilos y medio. Sus dedos estaban cerrados como los tuyos por la noche.”
Shoba ahora lo miraba con el rostro retorcido por la pena. Él había copiado en un examen, arrancado la fotografía de una mujer de una revista. Había devuelto un chaleco y se había emborrachado a mitad del día. Había sostenido contra el pecho a su hijo, que sólo había conocido vida dentro de ella, en una habitación de hospital oscura en un ala desconocida del edificio. Lo había abrazado hasta que una enfermera tocó a la puerta y se llevó al bebé y él se prometió a sí mismo ese día que nunca le diría a Shoba porque por aquel entonces aún la amaba y era lo único en la vida de ella que ella querría que fuera un misterio.
Shukumar se levantó y puso su plato sobre el de ella. Llevó los platos hasta el fregadero pero en lugar de dejar correr el agua miró por la ventana. Afuera la noche aún era templada y los Bradford paseaban del brazo. Mientras observaba a la pareja la habitación se oscureció y él se dio la vuelta. Shoba había apagado la luz. Ella regresó a la mesa y se sentó y, al momento, Sukumar se le unió. Lloraron juntos por todas las cosas que ahora sabían.
Jhumpa Lahiri