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01 septiembre 2015

La tentación del éxito


La feligresía de Julio Ramón Ribeyro es más extensa de lo que pudiera pensarse. Cada día lo compruebo con mayor regocijo. Lo que sucede es que, como un correlato lógico de la personalidad de Ribeyro, sus admiradores son gente huidiza y esquiva, poco dados a elevar la voz o hacerse notar. Vila-Matas inventó una anécdota sobre él que recoge en «Perder teorías», y la afilió a sus diarios, «La tentación del fracaso», donde dicha historia no aparece por lado alguno, que no deja de arrojar una luz bastante exacta sobre cómo podría ser Ribeyro en persona. El relato, en realidad se trata de un cuento camuflado, habla de una visita a una capital de provincia francesa donde había sido invitado a un congreso literario. Ribeyro se sube al tren con los boletos que le remitieron, fue al hotel donde le habían notificado que estaba hecha la reserva, y nadie apareció para presentarse o indicarle a dónde debía acudir. Pasadas dos noches pagadas en el hotel, usó el billete de vuelta para regresar a casa sin que nadie lo echara de menos, lo buscara, ni le pidiera razón alguna de lo que hizo o dejó de hacer. Es más que posible que Ribeyro fuera ese tipo de persona. 
Daniel Titinger se sintió tan fascinado por él como cualquier lector que se acerque a sus textos, y decidió, precisamente, trazar un perfil de un muerto, entrevistar a los seres cercanos –su familia, su viuda, su última amante con la que, a juicio de todos, pareció encontrar la felicidad, los amigos escritores, su biógrafo, oficial– para intentar conocer mejor al hombre flaco que tras pasar casi toda su vida exiliado en París decidió regresar a Lima para vivir allí sus últimos años, alejado de su esposa y reencontrándose al territorio que jamás dejó de retratar en todas y cada una de sus narraciones. El resultado es un libro que se devora y ofrece muchísima información sobre los que, precisamente, son los años más controvertidos de la vida del escritor: esos últimos años en Lima. Todas y cada una de las ciento sesenta y seis páginas del libro aportan a todo el interesado información valiosísima, y en muchos casos novedosa. 
El libro, casi en su comienzo, traza un resumen muy exacto de la vida de Ribeyro en el momento en que llega a Lima: 
En Francia había sido un respetable funcionario de la Unesco, un escritor latinoamericano sin boom, un ermitaño. De ese pasado sólo le quedaban el cuerpo enclenque, la salud menguada y una timidez que rayaba en la fobia. En el Perú, sin embargo, se le consideraba un escritor célebre, una leyenda que había sobrevivido a una enfermedad fatal, “el mejor cuentista de todos los tiempos”, decía la prensa. Pero era 1994 y él se sentía un ex escritor. Y estaba feliz de serlo. 
Sobre el perfil sobrevuela, en todo momento, la sombra de los diarios de Ribeyro. Unos diarios que su viuda y su hijo no quieren ver publicados pero cuya existencia se conoce y que, en contados casos, han sido leídos por especialistas, porque su familia guarda copias de los originales. Y, precisamente el litigio que envuelve a esos textos inéditos, es lo que sirve como eje en buena medida al texto, donde la viuda aparece de modo reiterado, y no siempre en buenos términos, aunque tampoco sale malparada del perfil. Alida de Ribeyro es, sí, alguien celosa de su imagen y del recuerdo de su esposo, y es más que probable que, como afirman muchos, los diarios recientes de Ribeyro no se hayan publicado por las afirmaciones que hace en ellos sobre su esposa. Pero por otro lado, tanto la viuda como el huérfano, dejan claro que los mueven motivos más estéticos, de respeto hacia la obra. Afirman que los diarios que se publicaron en vida de Ribeyro estaban meticulosamente corregidos. Lo que es fácilmente comprobable es que en dicha publicación, «La tentación del fracaso» no hay casi referencias a la esposa del autor. O sea que es muy probable que esa escrupulosa edición pasara por eliminar los cometarios que Alida pudiera considerar hirientes, o los que fueran susceptibles de molestar al hijo de ambos. Así que es más que probable que la verdad esté justo en medio, allí donde las dos posibilidades se cruzan: los diarios inéditos no han sido corregidos para no ofender a su esposa o herir a su hijo. Todo el mundo sabe que es cuestión de tiempo el poder tener acceso a ellos, porque la familia Ribeyro fue consciente desde los primeros pasos de la carrera literaria de Julio Ramón de su valía, y han atesorado, primero su hermano y más tarde la cuñada y sobrinos, todo lo relacionado con el miembro de la familia más reconocido en el país. 
Pero, con todo, más allá de los detalles cercanos a la prensa rosa, que son también objeto del estudio literario y no deben ser pasados por alto, lo más interesante del trabajo de Titinger pasa por dar herramientas para comprender tanto el éxito popular de Ribeyro en su país como el arduo camino que ha debido seguir hasta entrar en el parnaso literario. ¿Por qué algunos autores son recibidos como astronautas regresando de la luna y otros, en cambio, deben transitar por las calles secundarias de la crítica hasta ser aceptados en las páginas de los manuales? En realidad este libro exprime esa circunstancia. Y llega a conclusiones más que interesantes. Por ejemplo, en el libro puede leerse: 
Decir que Ribeyro era el mejor cuentista peruano ya era un lugar común, pero no se decía sólo eso. Por el realismo de sus cuentos y por su estilo sencillo, sin malabares ni técnicas innovadoras, por su admiración a Stendhal, Faulbert, Maupassant, se hablaba de él como el mejor escritor peruano del Siglo XIX. Esa broma nunca lo incomodó. 
¿Hasta qué punto esa broma surge de su propio entorno, de sus amistades? ¿De dónde la obsesión de postular la novela como género mayor de una literatura y acto seguido negar la calidad del único autor que puede competir con uno? ¿Hasta dónde hay detrás de todas estas valoraciones movimientos e intrigas de un autor destinado a obtener el premio Nobel? Algo de todo eso se apunta en el libro, sin llegar a explicitarlo, pero sin ocultarlo tampoco. La sombra de ciertos autores es muy alargada, y su ansiedad de poder no es menor. 
Con todo, el acierto de Titinger no pasa sólo por haber sabido mirar a la cara a sus fuentes y extraer de ellas todo lo posible, ni en haber armado un libro que el lector atraviesa arrebatado, sino por haber sabido mirar a la realidad con la mirada agradecida y benigna de Ribeyro. Quizás todo eso se trasluce en una de las declaraciones de Bryce Echenique, uno de sus amigos más íntimos, que recoge el libro: 
Era tímido pero audaz, y siempre terminaba en fracasos rotundos, eh. Un día hubo una fiesta en la Embajada del Perú [en París], y Julio llegó como llegaba siempre, por la puerta falsa. Las puertas principales estaban hechas para que llegara Vargas Llosa, pero el otro llegaba y nadie lo había visto. Yo me acerqué a él, empezamos a conversar y Julio me dice: ¿Sabes a quién he visto y está sola en el comedor? ¡A Mary Ann Sarmiento!, se emocionó, que fue Miss Perú en tal año. Mary Ann Sarmiento, me dijo, una de las mujeres más bellas del Perú, ¡allá voy!, me dijo, ¡la he esperado toda mi vida, carajo! Se metió al comedor y le dijo: Mary Ann, hace cuarenta años… y la otra, que ya estaba luchando con los años, ni lo dejó terminar: Cojudo, hace cuarenta años yo no había nacido.

17 agosto 2009

Una escritura diamantina

Echando la vista atrás, descubrimos que del cuarteto de grandes representantes del Boom Hispanoamericano de los años sesenta, el más interesado por la realidad de la calle de su país era Vargas Llosa. Ni García Márquez, entregado a la escritura de novelas fundacionales y míticas, ni Cortázar, lanzado a la narrativa fantástica y al experimentación, ni Fuentes, con una preocupación antropológica y política camuflada de un formalismo extremo, parecían muy preocupados por lo que pasaba en los barrios de sus ciudades. De hecho la mayoría de ellos ni tan siquiera residía en sus países de nacimiento. En cambio, la narrativa peruana de la época estaba volcada sobre esos hechos cotidianos. Siempre, eso sí, desde la perspectiva de los niños bien de Miraflores que, por diversas circunstancias, se veían envueltos en peripecias donde las fricciones con otros estratos sociales se representaban de un modo más palpable. Eso se ve de un modo claro en La ciudad y los perros, pero quizás se hace más evidente en Los geniecillos dominicales, la segunda novela de Julio Ramón Ribeyro que acaba de ser recuperada por la editorial RM en su colección Perfiles.
Frente a la restrictiva metáfora de la sociedad limeña encerrada en el colegio militar Leoncio Prado del texto de Vargas Llosa, la novela de Ribeyro deambula por todos los barrios de la ciudad. El protagonista, Ludo –el simbolismo subyacente en el uso de la raíz latina que significa “juego” permanece latente y no oculto-, abandona su trabajo en un bufete de abogados y se dedica a vivir la vida como si fuese un eterno día festivo. Tan sólo dos preocupaciones pasan por su mente: convertirse en ese escritor que quiere ser desde su más tierna adolescencia y las mujeres, bueno, seamos honestos, el sexo. Y lanzado a satisfacer ambos deseos se ve inmerso dentro del mundo de los "geniecillos dominicales" que da título a la historia: los estudiantes universitarios y jóvenes profesionales que verdaderamente viven para esas horas de asueto sin pensar en el futuro más allá de lo estrictamente necesario.
La novela narra a través de sus veinticuatro capítulos –las horas del día, por supuesto- el progresivo deterioro de la vida de Ludo. A los ojos de un lector de estos inicios del siglo veintiuno Ribeyro logra trazar un fresco de una vigencia sorprendente. No hay muchas diferencias entre ese dejar pasar el tiempo con total indolencia de los personajes de la novela y la vida hecha de sucedáneos de hoy. Pero, por encima de ello, hay una importante vuelta de tuerca en la propuesta de Ribeyro ya que donde creemos presenciar tan solo las anécdotas inanes de un hijo de la burguesía empobrecida estamos en realidad asistiendo a la forja de un delincuente. Lo que parecen en principio unos días de holganza se van convirtiendo en un verdadero desguace vital. Eso sí: el viaje desde la vida ordenada de la oficina a la del crimen carece de crítica moral. Ribeyro nos presenta los hechos para que nosotros juzguemos y, en esa escena final fantástica que desemboca en el afeitado del protagonista como único gesto tras su acto criminal, la creación de una nueva máscara, nos muestra a Ludo desechando la culpa y la penitencia, entregado al fin al disfraz que tan sólo busca evitar posibles identificaciones de algún testigo. Lo más inteligente del libro radica en que el lector no llega a saber si presencia el paso final de un progresivo proceso de enmascaramiento y ocultación o, por el contrario, el encuentro con su esencia desnuda a través de estas aventuras. Cada uno puede hacer la lectura que más le convenga de esta estupenda, vivaz y seductoramente vigente novela.
La misma claridad expresiva, se podría hablar casi de transparencia -fue, por cierto, Ribeyro uno de los más objetivos y honestos autores a la hora de reflexionar sobre los mecanismos del narrador, destacando el hecho de que todo intento narrativo es una impostura y la voluntad de deshacerla, de construir un discurso que no parezca literario es una de las imposturas más acentuadas en las que puede caer el narrador-, que siempre buscó el autor como vehículo idóneo de la narración, aunque vestida en este caso con el interés añadido de la autobiografía, se encuentra en la novela corta Sólo para fumadores, que ha editado de modo exento la editorial Menoscuarto en la bellísima colección Entretanto –no es menos agradable, por cierto, la colección de la editorial RM donde se ha editado la novela ya comentada-. Cualquier estanquero con ojo tendría una columna de ejemplares de este libro para regalar a sus clientes junto a la caja registradora, aunque la experiencia nos ha demostrado que el pequeño comercio español no destaca por su ingenio en las campañas promocionales. Ribeyro escribe una carta de amor a un vicio que estuvo a punto de llevarlo a la tumba pero que, sobre todo, se ha convertido para él en la excusa necesaria para el sosiego y disfrute de los placeres frente a la velocidad del mundo. Llega, incluso, a elaborar una teoría sobre el origen de la fascinación del hombre por el cigarro ya que piensa que la raíz está en el hecho de ser el único modo que tiene el hombre de tratar con el fuego, el único de los elementos euclidianos que podría acabar con él, del modo más directo posible. De todos modos conviene no confiarse: cuando pretende que creamos que es verdad es cuando más miente todo buen narrador.
Quizás el tiempo, que suele poner a todos en su sitio, está siendo especialmente generoso con este escritor que, por encima de todos los vicios con los que convivió, se dejó la vida en uno: el de narrar. La capacidad de Ribeyro de construir realidades con sus palabras sigue, al menos, intacta en cada uno de sus libros, y el paso de los años lo va ubicando de modo cada vez más inamovible como el mejor narrador peruano del siglo pasado.

Julio Ramón Ribeyro, Los geniecillos dominicales, Editorial RM, Barcelona, 2009
Julio Ramón Ribeyro, Sólo para fumadores, Menoscuarto, Palencia, 2009

16 marzo 2007

Un maestro excepcional

Cuando comencé a escribir este texto recordé una de las prosas de este libro:
Uno escribe dos o tres libros y luego se pasa la vida respondiendo a preguntas y dando explicaciones sobre estos libros. Lo que prueba que a la gente le interesa tanto o más las opiniones del autor sobre sus libros que sus propios libros. Y en gran parte a causa de ello no escribe nuevos libros o sólo libros sobre sus libros. Para contrarrestar este peligro, tener presente que una buena obra no tiene explicación, una mala obra no tiene excusa y una obra mediocre carece de todo interés. En consecuencia, los comentarios sobran.
Esto puede ser, a qué negarlo, bastante paralizante, porque lo que diga uno de la obra de Ribeyro no va a tener nunca tanto interés como la obra en sí. Pero precisamente eso, en vez de resultar un obstáculo, se me aparece como una ventaja, porque diga las tonterías que uno diga no le va a quitar el brillo a Ribeyro.
Yo oí hablar de Ribeyro de rebote, por pura casualidad. Acababa de entrar en la universidad, y una vez asistí a unas pocas clase me di cuenta de que la literatura tenía poco sitio allí. No es que les interesase la buena o la mala, la de los manuales o la de la actualidad, es que allí no había literatura por parte alguna. Así que yo me pasaba las tardes –yo iba al turno de tarde porque siempre he sido un poco perezoso, y porque repetí COU en un instituto nocturno y me gustó más ese ambiente que el matutino- en el césped de la facultad o en la cafetería, hablando con mis compañeros o leyendo, sobre todo leyendo, y aprovechaba cualquier excusa para oír hablar de literatura. Por entonces yo era uno de esos freaks que asisten a conferencias o a charlas, donde me encontraba con los amigos del conferenciante, los viejos que buscaban entretenimiento y cobijo y algún que otro despistado como uno.
Me enteré de que en la Casa de América le hacían un homenaje a un escritor peruano del que yo lo único que había leído era un decálogo sobre el cuento en los apéndices de una antología. Pero en la noticia se decía que hablaría Bryce Echenique, que era otro autor al que no había leído pero del que un par de amigos me hablaban a todas horas porque estaban fascinados con su Martín Romaña y su Octavia de Cádiz.
No recuerdo bien si Ribeyro había muerto ya o no. Creo que sí, porque sí recuerdo que Bryce, emocionado, estuvo todo el rato desgranando anécdotas sobre su relación. Hay una que siempre he recordado, porque se parece mucha a una de la que fue protagonista mi madre. Parece ser que Ribeyro y Bryce tuvieron que deshacerse de un animal, un gato creo, o un perro, no lo recuerdo. Y lo llevaron al Bois de Boulogne para abandonarlo, y el animal no quería irse. Parece ser que Ribeyro estuvo varios días llevándole comida a escondidas, sin decirle a nadie a dónde iba, no sé si por vergüenza o por pudor. A mí se me quedó grabado eso, porque creo que da el tono de toda la obra de Ribeyro.
Todavía conservo por ahí, entre los papeles que tengo en la casa familiar, el programa del homenaje, porque incluía un retrato muy respetuoso, muy bonito, del autor. No recuerdo el pintor, pero veo perfectamente el cuadro, era muy veraz, se reconoce en seguida a Ribeyro ahí.
Lo curioso es que pasó cierto tiempo antes de que leyese a Ribeyro. Un año o así. Por entonces yo frecuentaba un grupo de amigos, maravillosos, donde reuníamos dinero por el cumpleaños de cada uno para hacerle un regalo majo. Yo acostumbraba a hacer trampa, y me daba una vuelta por librerías con una de las amigas, tal vez la mejor, y le decía qué libros me hacía más ilusión tener. Luego, al regalármelos, me maravillaba el profundo conocimiento que tenían de mí mis amigos. Así fue como tomé posesión de los Cuentos completos de Ribeyro en la edición de Alfaguara.
Todavía hay cuentos de ese libro que no he leído, pero da igual. Cada cierto tiempo busco el libro y leo alguno. Buena muestra de que le tengo cariño es que es de los libros que no dudé en traerme de la casa familiar en cuanto me mudé.
Las Prosas apátridas las leí por primera vez cuando comencé a trabajar en mi actual empleo. Una de las ventajas de trabajar en un taller de escritura como en el que trabajo es que los libros forman parte de la decoración del trabajo, así que un día, buscando entre la biblioteca del taller me encontré un ejemplar precioso de la edición de 1975 diseñada por Clotet y Tusquets. Habría sido lo ideal que en las sucesivas ediciones se hubieran animado a mantener el originalísimo diseño del libro –hay que decir que, dentro de la colección Cuadernos marginales, en Tusquets se permitieron muchas alegrías con el diseño de los libros, porque La historia secreta de una novela, que es el texto de Vargas Llosa sobre cómo escribió La casa verde, salió editado con el texto en tinta verde. La portada era una reproducción de un pasaporte, donde podía apreciarse el sello de la Jefatura superior de policía y la firma del Inspector regional de servicios junto a la firma del propio Julio Ramón Ribeyro y una foto suya con los dos remaches para fijar la fotografía típicos de los pasaportes clásicos. Lo dicho, una preciosidad.
Aquel libro me deparó muchos momentos agradables, porque estaba lleno de verdades. Cada una de las ochenta y nueve prosas del libro era imprescindible, pero había algunas verdaderamente memorables.
Como ejemplo, y para darle un poco de altura a este texto, voy a citar otra prosa de Ribeyro:

Arte del relato: sensibilidad para percibir las significaciones de las cosas. Si yo digo: «El hombre del bar era un tipo calvo», hago una observación pueril. Pero puedo también decir: «Todas las calvicies son desgraciadas, pero hay calvicies que inspiran una profunda lástima. Son las calvicies obtenidas sin gloria, fruto de la rutina y no del placer, como la del hombre que bebía ayer cerveza en el Violín Gitano. Al verlo, yo me decía: “¡En qué dependencia pública habrá perdido este cristiano sus cabellos!”.» Sin embargo, quizás en la primera fórmula resida el arte de narrar.

¿Cómo no quedarse profundamente apelado por este texto? Es un verdadero canto a la naturalidad, a huir de la retórica como primer paso de todo creador. Porque la retórica es algo que sirve para hacer artefactos, artificios, pero no vida.
Leí y releí muchas veces este libro, y lo coloqué cerca del de sus cuentos, para tenerlos siempre a mano, para no olvidarlos. Cómo se puede expresar mejor la fidelidad, el respeto hacia un autor. Cuando en nuestra vida real decimos que queremos tener a alguien cerca –a nuestros familiares, a nuestros amigos, a nuestra pareja- estamos evidenciando, verbalizando, nuestro cariño.
La tentación del fracaso lo compré en una visita a una amiga en Barcelona. Fue un domingo por la mañana, en el Mercat de Sant Antoni, uno de los lugares mágicos que uno debe conocer. Las últimas veces que he acudido he quedado algo desilusionado. Como sucede en la vida real, los libros se están quedando arrinconados. Hay casa vez más puestos de videojuegos, de vendedores de CDs y demás consumibles informáticos. Uno no sabe si pedir al ayuntamiento de Barcelona que les abra un mercado nuevo a ellos o que les de otro lugar a los libreros. En mi última visita comprobé hasta qué punto uno puede odiar a la gente.
Lo encontré muy barato, a mitad de precio, en el puesto que tiene un novelista catalán muy simpático, que luce melena canosa y gorra de guerrillero. Me lo vendió su mujer, y recuerdo que al pagarlo me dijo: «Te llevas un libro magnífico». Le pregunté por qué, si era tan bueno, se desprendían de él, Me dijo que tenían la fea costumbre de moverse por la casa, y que con tanto libro no podían.
Leer las anotaciones de Ribeyro fue otro de los placeres que me deparó su obra. Por aquella época me convencí de que el mejor autor que ha dado Perú a la literatura es Ribeyro. Vargas Llosa es bueno, muy bueno, en algunas ocasiones. Pero a veces se deja llevar no ser si por presiones editoriales, económicas al fin y al cabo, o por su ideología. Desde que le dieron el Nobel a García Márquez, Vargas Llosa sólo ha entregado a la imprenta una buena novela, La fiesta del Chivo, y eso es algo que a Ribeyro nunca le hubiese pasado. Ahora es cuando el listo dice: ¿Qué pasa, que ese tal Ribeyro escribía siempre bien? Y uno puede contestar: No, seguramente Ribeyro paría muchas páginas horrorosas, pero luego las destruía, desde luego no llegaban a la imprenta. Esa lección no la ha aprendido Vargas Llosa, pero tampoco la ha aprendido, por ejemplo, Benedetti, y en su caso es peor, porque al menos Vargas Llosa sabe escribir. Me he ido por los cerros de Úbeda.
Convencido uno ya de la calidad indiscutible de su obra, cuando a comienzos de este año se publicaron las Prosas apátridas en edición completa uno se puso a dar saltos. De ochenta y nueve a doscientas. Bien es cierto que la media de calidad de las primeras está por encima de las nuevas, de las que no conocíamos, pero ¿quién estuviera a la altura de las nuevas? Ribeyro es un autor escaso, poco dado a enseñar su obra, pero cuando lo hace uno tiene la sensación de estar presenciando algo único. A veces es arbitrario, sí, ¿y qué? Siempre es brillante, siempre es él, único.
Literatura es afectación. Quien ha escogido para expresarse un medio derivado, la escritura, y no uno natural, la palabra, debe obedecer a las reglas del juego. De ahí que toda tentativa para dar la impresión de no ser afectado –monólogo interior, escritura automática, lenguaje coloquial- constituye a la postre una afectación a la segunda potencia. Tanto más afectado que un Proust pude ser un Céline o tanto más que un Borges un Rulfo. Lo que debe evitarse no es la afectación congénita a la escritura, sino la retórica que se añade a la afectación.
Como siempre exacto, como siempre maestro. Ribeyro huye de la retórica, de la impostura, porque para él la escritura, la literatura, no es un medio para ganarse la vida, no es un mero oficio. Es algo más, es un método de conocimiento. El escritor no escribe para los demás, lo hace para construirse un mundo, para tomar conciencia de sí mismo. Más que fijar un pasado lo construye mediante la escritura.
Ayer recordé súbitamente las noches de Miraflores y empecé a escribir una narración. Entonces y sólo entonces me di cuenta de que esas noches –dos o tres de la mañana- tenían una música particular. No eran silenciosas. En esa época, cuando vivíamos esas noches, decíamos incluso: «¡Qué tranquilidad! No se escucha nada.» Pero era falso. Sólo ahora, al rememorar esas noches con el propósito de describirlas, puedo darme cuenta de los rumores que las poblaban. Resacas de los acantilados, quejidos del lejano tranvía nocturno, ladridos de perros en las huecas y una especie de zumbido, de estampido persistente y ahogado, como el de una trompeta que gime en el fondo de un sótano. Comprendí entonces que escribir, más que transmitir un conocimiento, es acceder a un conocimiento. El acto de escribir nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva o caótica. Muchas cosas las conocemos o las comprendemos sólo cuando las escribimos. Porque escribir es escrutar en nosotros mismos y en el mundo con un instrumento mucho más riguroso que el pensamiento invisible: el pensamiento gráfico, visual, reversible, implacable de los signos alfabéticos.
Lo que sucede es que Ribeyro, además de conocerse y explicarse el mundo mediante su escritura, nos legó una herramienta única para conocernos a nosotros y a nuestro mundo a través de su obra.
Las Prosas apátridas son un breviario, una condensación de su literatura y su vida, de su filosofía –entiéndase esto con la benevolencia pertinente- y una puerta inmejorable a un mundo único. En ese mundo se nos va a pedir mucho, se nos va a exigir, pero aquél que esté dispuesto a lanzarse y jugársela saldrá recompensado con creces. Ribeyro no será nunca un autor de masas, hay que ser muy exigente con uno mismo para estar a la altura de su obra, y la gente, a qué mentirnos, no está por la labor.
Julio Ramón Ribeyro Prosas apátridas Seix-Barral, Barcelona, 2007