09 agosto 2008

A la luz cambian las cosas

Tenía pendientes un montón de envíos de libros y fotografías desde hacía meses y aprovechó que, desde que regresó de un viaje transatlántico, sufría un horario cambiado por lo que se despertó muy pronto para escribir las tarjetas que acompañarían los envíos, meterlo todo en sobres acolchados y acercarse a la estafeta de correos. En un mundo donde puede uno hablar en tiempo real con alguien que esté en Manchuria y mandar una fotografía enorme en unos diez segundos a través del correo electrónico, tiene lo de enviar cartas y paquetes un no se qué romántico y como anacrónico que le alegra a uno el día. Así que se está uno un cuarto de hora viendo desfilar a los que llegaron antes de que lo hiciera uno a la oficina de buen humor, con los quince sobres que ha preparado durante unas dos horas, escribiendo cartas personalizadas a cada uno de los destinatarios, y pensando en la alegría que da recibir hoy una carta que no contenga una factura o un extracto bancario. Por eso paga uno contento los treinta y pico euros que se ha dejado en correos para cartas a los cuatro puntos cardinales de la península y algunos del extranjero, y sale uno con el alma tan esponjada que se sienta a tomarse un café en la terraza de bar que hay junto al establecimiento postal.
Bueno, la verdad es que tampoco fue algo improvisado, porque de haberlo sido no habría llevado un libro para leer en alguna terraza junto a los sobres. Pero bueno, eso son detalles secundarios, porque pese a llevar el libro encima y sacarlo, lo que menos hizo uno fue leerlo.
La terraza, como he dicho, está junto a correos. En la carrera de San Francisco, en un recodo que hace la calle porque la fachada del edificio está retranqueada. Allí hay un quiosco de prensa que lleva años cerrado, y un par de cabinas -bueno, de teléfonos público, porque ya no hay cabina alguna-, además de un centro de asistencia del SAMUR social, ese invento cosmético del Ayuntamiento de Madrid para aparentar que hacen algo por la gente sin techo cuando en realidad no hacen más que maquillar las calles para que no se les vea mucho. El bar en cuestión lleva allí muchos años, pero recientemente le han dado un lavado de cara porque parece ser que tiene nuevos dueños. De todo esto me enteré el otro día tras un encuentro casual con el que fuera camarero de la cafetería del instituto donde uno cursó el bachillerato. Ahora el tipo ha dejado aquello y se dedica a ejercer de encargado en uno de los locales que regentan los propietarios de este bar. Deben tener unos siete negocios en la zona, por lo que le entran a uno ganas de conocerlos, por la fascinación que siempre ha sentido uno por los emporios, aunque sean de algo tan poco sofisticado como los bares de tapas de La Latina y las discotecas horteras.
Total, que uno no podía imaginar ni de lejos lo divertido que es tomarse un café con una tostada con tomate en esa terraza. Le entran a uno ganas de ir todas las mañanas, hacerse parroquiano y llevar una cámara para registrarlo todo.
Apenas me senté en una de las mesas de la terraza, la que estaba más recogida, justo en el esquinazo, vi al camarero comentando con el cliente de la mesa de al lado, que estaba con una niña de unos tres o cuatro años, tomando una cerveza, lo maleducados que eran muchos padres. Le contaba que otra clienta que acababa de largarse le estaba dejando a su hija pasear sobre la mesa como si fuera un patio de juegos. Y claro, él, como camarero, no podía permitir que alguien dejase huellas de las sucias aceras madrileñas donde luego tiene que depositar las consumiciones de los clientes. Desde luego tenía más razón que un santo, las cosas como son. Pero lo mejor del asunto es que no parecía comentarlo con este nuevo cliente como una curiosidad, sino advirtiéndole de que no hiciera él lo mismo con su hija. Una niña que, por cierto, estaba ya de pie en la silla, así que le estaba dejando restos de las basuras callejeras de la capital en la silla en la que más tarde se sentaría otro cliente. El padre de la niña -bueno, supongo que sería el padre, en estos casos tiene uno que suponer estas cosas, si comienza a pensar en otras razones se vuelve uno un poco loco, la verdad- contraatacó pidiéndole al camarero un poco de paciencia. Y usó el argumento más manido de estos casos: “Cómo se nota que no tienes hijos”.
Yo, desde luego, también habría pensado que el camarero no tiene hijos. Es un tipo de tez oscura, algo agitanado, que debe andar por los treinta y pocos. Tenía buen planta, muy buen tipo, con la camisa de un blanco impoluto metida dentro de unos pantalones negros que, al contrario de como se suele acostumbrar en el gremio, no tenían pinzas. Aunque al camisa era de manga larga -en un agosto tórrido con una ola de calor sahariano-, la llevaba remangada y se veían una de esas muñequeras de cuero que uno nunca ha entendido. Si uno es un tenista y debe estarse cinco horas dándole golpes a un melocotón blando, se comprende que uno lleve muñequera para secarse la frente cada poco tiempo, incluso tienen justificación esas horrorosas cintas de pelo que se calzan los jugadores. Pero las muñequeras de cuero, con sus dos hebillas, le hacen pensar a uno en el daño que hicieron las películas de Conan de los años ochenta. Estéticamente no tienen justificación, y funcionalmente tampoco, así que no entiende uno porque las usa la gente. Lo mejor de todo es que en la otra muñeca llevaba un reloj enorme, plateado, con doscientas esferas, que no pegaba con el cuero de la otra mano ni de rebote. Para rematar la faena estaba el peinado, uno de esos tocados a la moda, que uno debe esculpir cada mañana con la ayuda de gomina u otros afeites, y que recuerdan a una peineta incrustada en mitad de la cabeza. No, desde luego no habría pensado uno que el tipo tenía hijos. Pero, los tuviera o no, no se amilanó lo más mínimo y le espetó al cliente:
-Dos, tengo dos hijos. Pero los tengo bien educados.
Y se largó dejando en la mesa el doble de cerveza y el refresco de la niña y sin darle opción de réplica.
Se acercó a la mesa de uno y le pedí el ya mencionado café y la tostada con tomate, que es un desayuno muy oportuno cuando se sufre una ola de calor norteafricano.
Mientras despachaba la comanda el camarero dentro del bar, me fui fijando en el resto de la clientela. Una pareja de mediana edad, con la pinta de hippies trasnochados que tienen muchos de los vecinos del barrio. Gente que tiene bares, o trabaja en profesiones más o menos bohemias, que baja a desayunar al medio día como lo hace uno. Ella llevaba una falda con un estampado de flores y una blusa desteñida, él unos vaqueros ajustados y una camiseta negra que le bailaba debido a su extrema delgadez. Fumaba, él, tabaco de liar, pero se conoce que lo más barato del conjunto, el papel, no lo tenía. Cada cuarto de hora se daba una vuelta por las mesas para pedir un papelillo. Que alguien piense que en una terraza del centro de Madrid con siete mesas el resto va a tener papel de liar te deja claro en qué círculos se mueve. Uno de los clientes, muy amable, le indicó que a apenas cien metros tiene un estanco, y allí podía hacerse con un librillo de papel. Pero el tipo le dijo que esos cien metros era muy lejos, así que entró al bar a preguntar al camarero.
El hombre que le había sugerido lo del estanco era un tipo muy curioso. Delgado, muy bajo, se había sentado en la mesa junto a la mía al poco de hacerlo yo. Salía, también, de la estafeta. Portaba una caja de cartón enorme, un paquete recién recibido, supuse, que se dispuso a abrir en la mesa de la terraza. Sólo por eso merecería la pena acercarse hasta esta esquina todas las mañanas. Tiene que reconocer uno que es un poco cotilla, y eso de ver cómo abre la gente sus paquetes tiene un interés evidente para todo el que pueda presenciarlo. Algunos los abrirán ilusionados, otros temerosos, los menos curiosos, etc. Se podría hacer una clasificación de seres humanos dependiendo de la relación que tienen con los envíos que reciben. Por supuesto, me fije que en la caja ponía, en inglés, algo así como “asiento budista ergonómico”. Lo de asiento ergonómico tenía su lógica, lo de que fuera budista era muy gracioso. Había que contenerse mucho y aguantarse las ganas de mudarse con él a la mesa para ver en qué consistía ese prodigio. La verdad es que, quitando lo del asiento budista, fue el tipo más tranquilo y discreto de toda la mañana. Ojeó las instrucciones de montaje de la silla, se tomó su café, se echó un ducados y se largó sin darle guerra a nadie.
Lo mejor llegó entonces. Cuando el camarero me trajo el café me fijé en que había un loco, el típico hombre con pantalones de pana y una camisa de franela en una mañana de agosto mesetaria, con la melena sucia y que no se había afeitado en meses -o sea, que salvo lo de la ducha que había disfrutado por la mañana, de cuello para arriba era igual que uno-, pidiendo mesa por mesa un cigarro; y una mujer mayor -o sea, una vieja- vestida de negro andando también entre las mesas. La mujer miraba alternativamente al cielo y a las mesas de los clientes. Estos son los locos de esta esquina, me dije. Seguro que alguno de los dos la montarían en breve, me dije. Y en eso se descubre que uno es un malpensado contumaz, porque el loco se ofreció a acercarse al estanco a comprarle papel de liar al otro cliente con tal de poder echarse uno, ya que el ducados que le ofreció el hombre tranquilo no le convenció.
No, el que la lió fue otro. Casi se me cae el café cuando escuché unos golpes que estaba dando un tipo a la cabina telefónica con el auricular.
-Se ha tragado el euro, se ha tragado el euro la muy hija de puta. Mama, se ha tragado el euro.
Nos quedamos todos mirándole. No tanto por lo exagerado de los golpes y las voces que estaba dando, como por el vocativo. Las cabinas, al menos en Madrid, generan muchos problemas y escenas esperpénticas. Hace unos años, estando de copas por el barrio de Malasaña con un amigo barcelonés que estaba de visita, nos topamos con un tipo al que se le había quedado la mano enganchada en el mecanismo de la cabina por intentar recuperar unas monedas que el aparato no le retornaba. Salió en los telediarios y todo, porque ni la policía, ni la ambulancia, ni los bomberos resolvieron nada. Era divertidísimo ver uno tras otro los distintos vehículos en la calle Velarde. Tuvo que llegar un técnico de la compañía telefónica que, con una llave especial, abrió la carcasa en un minuto y liberó la mano del pobre avaro. Durante la espera que, por supuesto, contemplamos íntegra, fueron llegando coches de distintas televisiones para hacer recursos de cara a los noticiarios. Uno, que estaba ya algo achispado, no dejaba de gritar ironías como “A ver si aprendes y te compras un móvil”. O, “joder, te vas a dejar la mano por cien pelas” -todavía no había euro, creo-. Aunque de la que más orgulloso está uno fue de lo de “Llamen a Antonio Mercero, que si lo ve no se lo cree”. Además, debía gritar uno muy algo, porque luego familiares y amigos me dijeron que en las noticias se me escuchaba y que hicieron alguna broma similar con lo de López Vázquez y la cabina.
Total, que a uno no le extraña que alguien pierda los nervios porque la cabina le deja sin monedas y se líe a golpes con ella. No, lo mejor era que le hablase a su madre un tipo de unos sesenta años, canoso, con la camisa perfectamente planchada pero por fuera de los pantalones y unas gafas de sol de macarra discotequero. Todos, como era de esperar, nos pusimos a buscar a la madre, que debía ser una momia o una aparición divina que había bajado de los cielos. Y resultó que era la señora de luto que desfilaba de mesa en mesa, porque le contestó.
-Tranquilízate. Ya has llamado cinco veces esta mañana, no podemos estar así todo el día.
-Pero es que yo quiero hablar con mi mujer y esta cabina hija de puta -ahí volvía a golpearla- se me ha tragado el euro, mama.
-Bueno, venimos luego y pruebas.
-No, yo tengo que hablar con mi mujer. Dame otro euro, mama.
-¿Cómo te voy a dar otro euro, si van ya cinco llamadas esta mañana?
-Dame otro euro, mama.
-No, cómo te voy a dar otro.
-Dámelo.
Y la mujer se lo dio y volvió a alejarse, caminando de nuevo entre las mesas. Ahí nos mirábamos todos entre nosotros y al camarero, que había salido al dintel del bar cuando escuchó los golpes en la cabina.
-¡Otro euro se ha tragado esta otra hija de puta! Me cagüen... Mama, se ha tragado otro euro.
La mujer volvió a mirar la cielo pidiéndole una explicación de todo esto.
-Pues venga, hijo, vámonos a casa, que son ya dos euros los que has tirado.
El hombre golpeaba la cabina con verdadera saña.
-¡Pero qué tienen las cabinas en contra de mí! Esta otra hija de puta se ha tragado otro euro.
-Venga, vamos a casa.
-Has sido tú.
Ahí nos quedamos todos congelados, sin saber qué hacer o qué decir, porque aquello se estaba ya transformando de un chiste a algo trágico.
-Has sido tú, que tienes la negra y me la has pasado, mama.
-Si yo no me he acercado a la cabina aposta, para que no me dijera nada. Ahora dice que soy yo la que tiene la culpa -esto no lo decía por nosotros, sino con el mismo pensar en voz alta que deben usar los dos en casa, porque a esa altura estaba claro que los dos estaban locos.
-Has sido tú, que me quieres joder la vida. Has sido tú la que has estropeado las cabinas.
Aquello era increíble. La mujer, que se conoce que, pese a no andar muy cuerda, está mejor que el hijo, le conminó de nuevo a volver a casa y emprendió camino por la carrera de San Francisco arriba.
Pero el hijo se quedó allí renegando, dando golpes a las cabinas y diciendo que tenía la negra. Todos los clientes que salían de la estafeta se le quedaban mirando extrañados, y nos interrogaban a nosotros con la mirada, queriendo saber lo que había sucedido. En ese momento lo suyo sería haber montado una tertulia, y comentar lo sucedido a ver si entre la imaginación de la niña, la espiritualidad del budista y las alucinaciones del porrero llegábamos a alguna conclusión. Pero no, nos quedamos todos mirándonos y uno tras uno fuimos volviendo a nuestras cosas, no fuera a ser que el tipo se diese cuenta de la escena que había montado y nos encarase a nosotros ahora.
El tipo siguió golpeando la cabina y murmurando unos cinco minutos cada vez con menos fuerza, como una letanía. Y en esas volvió a aparecer la madre.
-Vamos a casa, hijo. Luego bajamos a llamar de nuevo.
-Pero yo tengo que hablar con mi mujer. Vete tú a casa.
-No, vamos los dos.
-Que no voy, que tienes la negra.
Y, dando un último golpe, dejó el aparato colgando y se largó a cruzar la calle. Desde donde yo estaba lo podía ver. Se sentó en el alféizar de una de las ventanas del edificio de enfrente, que es del Insalud o algo así. A la sombra de un arbolillo. La madre lo siguió, y debía de estar convenciéndole de que se largasen a casa. A ella no se la escuchaba. A él sí, porque de vez en cuando al gritaba que se fuera ella, que ya iría él luego. Pero ella, pacientemente, esperaba. Daba todo mucha pena, la verdad.
Le pidió uno al camarero la cuenta. Mientras la traía, el padre agarraba a su hija que amenazaba con subirse a la mesa como ya le advirtió el camarero que no hiciera. Hablaba por el móvil, supuso uno que con su mujer, y le decía que todo aquello era de locos, que estaba en un terraza al lado de San Francisco el Grande donde todo el mundo, hasta el camarero, estaba loco. Daban ganas de darle la razón, la verdad.
En ese momento pensé en que era todo demasiado extraño, en que alguna de esas escenas pueden suceder ante los ojos de un testigo, pero que no es normal que se den todas a la vez. Comencé a sospechar que se trataba de una de esas cámaras ocultas con las que se cachondean luego a costa de la buena voluntad del ciudadano. No podía ser otra cosa. Por eso, cuando llegó el camarero con la cuenta, le preguntó uno dónde estaban las cámaras.
Benítez Reyes, en su Prontuario en marcha, incluye esta definición de poema:
- "POEMA: Dícese en los medios de comunicación de aquellos rostros que muestran un estado lamentable por causas psicológicas relacionadas con el mundo del deporte: "Tras el gol, la cara del portero era todo un poema". (No suele utilizarse en sentido contrario: "Aquel poema parecía la cara de un portero tras un gol".)
Yo creo que la cara del camarero fue todo un poema, desde luego, porque no entendía nada. Estaba claro que todo aquello había sucedido de verdad, que no tenía a ningún productor hábil o un guionista ingenioso detrás. Incluso, para más INRI, yo creo que mi pregunta debió dejar al camarero totalmente perdido, porque hasta ese momento seguro que yo le parecía el único tipo medianamente normal que había pasado por allí. Ahora, después de la pregunta por la cámaras, habrá pensado que uno es el peor, desde luego, y que no puede uno fiarse de nadie. Y le habrá dado exactamente igual que, en una última intentona de arreglar mi imagen maltrecha, le haya dejado casi un euro de propina. Seguro que al volver dentro del bar le habrá comentado a su compañero de la barra:
-Se acaba de ir un idiota que se piensa que montamos espectáculos para distraer al personal. Hasta ha dejado un montón de pasta de más, como su fuéramos unos cómicos de los del paseo del lago del Retiro.

04 agosto 2008

La vida en unas hojas de color rosa

Hay días que, sin saber uno muy bien por qué, parecen correr como un helado de vainilla con cookies. Frescos, agradables, sabrosos. Serían lo contrario a uno de esos días rojos de Holly Golighty. Y lo más gracioso es que llegan de un modo casi estúpido.
El pasado sábado regresé de un viaje. El buzón estaba lleno de cartas -algunas que no son ni para mí, sino de la casera o de alguno de los inquilinos anteriores que, por el membrete del sobre, debe ser un tipo con muchos problemas de morosidad-, y entre ellas había una de La Casa Encendida. La verdad es que pensé que se trataba de la programación de los próximos meses. Me dije para mí, por fin alguno de los amigos y conocidos que trabajan allí se ha acordado de incluirme en el mailing de los folletos. Así podré estar informado de esas actividades a las que casi nunca me acerco, sobre todo por pereza, ya que el centro cultural en cuestión está a menos de cinco minutos andando de casa. Y, la verdad, dejé el sobre junto a las cartas del banco, las publicidades de tarjetas de crédito y demás, sin abrirlo.
Tengo al costumbre, no sé si sana, de abrir mi correspondencia en el retrete. Si, como un entretenimiento más. A lo mejor es porque de un modo automático, inconsciente, relaciono mis heces con la porquería que meten en mi buzón, a veces camuflada de sesudas e importantes cartas de instituciones comerciales. Así que no esperaba nada de la carta de La Casa Encendida. Pero, al abrirla, qué sorpresa. Nada de folletos, se trabaja de un precioso cuaderno hecho de páginas rosas reutilizadas. Y entonces supe quién estaba detrás de ese cuaderno, y con sólo haberlo recibido y saber de quién venía pareció el que sol brillaba más y calentaba un poco menos la mañana de este tórrido lunes de agosto.
Hace ya casi diez años me fui un año a vivir a Lisboa. La excusa fue una de las becas Sócrates-Erasmus que han servido a tantos jóvenes para tener un puñado de ciudades del mundo en las que ahorrarse el hotel cuando van de visita. La verdad es que uno hizo poca vida académica. No fui a Lisboa hasta entrado el mes de octubre porque se nos había avisado que la facultad de letras estaba de obras y hasta mediados de mes no abriría sus puertas. Lo mejor fue que hasta iniciado noviembre no hubo clases y que a lo largo de todo el año no estuvo disponible la biblioteca de la facultad. Con eso creo que lo he dicho casi todo.
Para mí ese año fue el del conocimiento de una cultura que desde entonces siento como mía -no es difícil, ya que siempre he sospechado que tengo algunos antepasados lusos por el origen de parte de mi familia-, y de trabar amistad con dos amigos estupendos: Laura y Sergio.
Hasta hace apenas un año ellos permanecieron en Lisboa. Allí construyeron un hogar, engendraron a su hija, y se dejaron la piel intentando sobrevivir en una ciudad amable y acogedora pero desesperante en algunos momentos.
Sergio es biólogo y vende bombas de vacío para laboratorios. Laura, que llegó a cursar el doctorado en biología, ha elegido en cambio senderos un poco más artísticos. Como intérprete y bailarina. Algunas veces la he visto en obras de teatro y en alguna “pieza” a medio camino entre la danza contemporánea y las “performances”. Y la mayoría de las veces me he quedado con la sensación de no haber entendido nada y de que me han hecho pensar mucho. Como en una clase de matemáticas avanzadas, que es una sensación agradable, al menos para mí. Pues bien, resulta que a mediados de junio me llamó para ofrecerme unas entradas para una obra en la que participaba. Los Torreznos había seleccionado a un grupo de actrices para una obra en torno al poder. Laura era una de ellas.
No sé muy bien cómo, pero terminé no sólo asistiendo, sino incluso escribiendo un artículo sobre la representación para el periódico. Un texto en que, como no podía ser de otro modo, daba a entender que no había entendido nada pero que me habían hecho pensar mucho, como en una clase de física.
A los pocos días quedé para comer con Laura y Sergio. Ella tuvo que irse pronto porque tenía que “preparar” la representación de esa noche. Por lo visto, los gestores de La Casa Encendida la habían contratado, además, a lo largo de todo el festival para acondicionar el patio donde se realizaban los pases de los distintos grupos teatrales o conjuntos interpretativos -parece que estuviera presentando la sección de coros y danzas del programa Gente Joven, en el que se estrenaron los Mecano-. Le pregunté qué tenía que hacer. Y entonces me dijo que había que desparramar por la sala y pasillos un montón de pliegos rosas. Eran los mismos pliegos rosas que algunos de los espectadores de la representación a la que asistí garabatearon, los que arrugábamos y echábamos al suelo para poder sentarnos en nuestras butacas -en realidad eran sillas tijera de ikea pero respetemos la terminología teatral-, los que provocaban un rumor estruendoso en los pases.
“¿Para qué narices lo llenáis todo de los dichosos papeles?” le pregunté.
Me respondió que ya lo vería.
Y hoy lo he visto, al abrir el sobre de La Cada Encendida. Un cuaderno de hojas rosas, con restos de los programas del día, con manchas de suelas -quizá de mis propios zapatos-, con algún garabato, con algún roto. Un cuaderno que tendré que rellenar antes o después de palabras, de dibujos, de un poco más de vida.
Para que, cuando se lo regale a Laura, tenga algunas experiencias y recuerdos más que cuando ella me lo envió, ya cargado con unas cuantas.

Buenos Aires Affair (4)


Una novela
Proust dedicó mucho tiempo de su vida, y un de las mejores novelas de la Historia a demostrar que tan sólo es modificable el pasado. En su particular búsqueda del tiempo perdido, el ya maduro Marcel reconstruye, casi mágicamente, un pasado llevadero, soportable, con el que cargar. Algo parecido pretenden hacer los hijos que sirven como narradores de la última novela de Eduardo Berti, La sombra del púgil, que se dedican a averiguar qué fue de esas historias que rodearon su infancia a través de su familia y las historias con que su padre amenizaba las veladas. La narración, el acto de escribir, de narrar, pasa siempre por la recreación, la ficcionalización de una realidad más o menos dúctil. Cualquier escritor lo sabe, cualquier adúltero con mala conciencia también, todo consiste en nuestra capacidad de revestir de verosimilitud esa ficción que pretendemos colar por realidad. La novela de Berti gira sobre las manipulaciones que ejercemos sobre el pasado, sobre cómo al ir averiguando cosas de las biografías de los que se fueron, al ir descubriendo nuevos datos, nuestro pasado cambia, se modifica, se viene abajo. Y es ahí donde debemos buscar el verdadero interés de la novela, en su concepción simbólica e intelectual. Porque, y esa la pega mayor que se le puede poner, la novela es demasiado fría, demasiado cerebral. No permite al lector sumergirse verdaderamente en ella. Es como si, tan preocupado como está el autor en trenzar la madeja de narradores, de informaciones recibidas de segunda y tercera mano, en manifestar de un modo constante que sus protagonistas caminan dentro de una densa niebla y que lo finalmente narrado no es más que la intuición de unas figuras que son apenas sombras, cambios de luz dentro de la espesa nube, se olvidase de que el lector no llega a entrar en esa historia. El viajo púgil y el campeón, el reloj averiado y las dos tías, el padre que pierde la capacidad de inventar historias. Todo eso aparece apenas referido, pero siempre desdibujado. El lector se ve más obligado a trabajar de oídas, sin poder tener la certeza, el gozo, de sumergirse en ese mundo que se le propone. Parece que, tantas veces ha escuchado Berti la cantinela de que es un autor frío y cerebral, clásico y apolíneo, que hubiera decidido darles la razón con una novela conceptual, fría y perfecta como un témpano de hielo, pero que rechaza al lector durante su lectura. Tantas veces se siente el que se acerca a sus páginas perdido en la niebla de un mundo donde tan sólo intuye sombras que lo sencillo es apartar la mirada de esa ventana, devolver los ojos al mundo real, donde pasan cosas que se ven, se huelen, se tocan y se saborean. No sé si estas novelas son fruto de la realidad virtual, de esa vida pixelizada a la que accedemos por una pequeña ventana con un teclado debajo y que, para algunos, parece estarse convirtiendo en más real que la propia vida.

El viaje
A medida que han ido avanzando los días del viaje -y más ahora, que corrijo y publico estas líneas ya desde mi casa porque durante la estadía en Buenos Aires se me puso un poco cuesta arriba encontrar el tiempo necesario- he ido reconstruyendo el pasado del mismo. Tanto la idea que tenía de lo que sería Buenos Aires como la que se ha ido forjando durante mi estancia allí, que ha sido tan arrebatadora que ha borrado la idea que tenía de la ciudad. Si ahora me pidieran que le describiese a alguien cómo era aquella imagen anterior al viaje tendría que reconocer que no podría hacerlo. No sé cómo me imaginaba la calle Florida -sí sé que no me la imaginaba peatonal, por ejemplo-, o cómo pensaba que sería la Avenida 9 de Julio -sí sé que la imaginaba más llevadera, menos ruidosa e inhumana, más parecida a unos Campos Elíseos pero más anchos. De un modo u otro, el pasado cercano ha barrido al remoto, posiblemente para que nunca llegue a retornar.
Pero ahora, de vuelta a Madrid, me sorprende incluso releer algunos de los post de este Buenos Aires Affair. Algunas de las cosas que están allí escritas han cambiado, otras se han intensificado, y muchas, de momento, siguen igual.
El penúltimo día del viaje quedé con César Aira para tomar un café. Me divirtió una anécdota que me refirió sobre Michel Laffón, su amigo y traductor al francés, uno de los mayores expertos de la obra de Borges y protagonista acaso involuntario del Fragmento de un diario en los Alpes. Parece ser que, cuando llegó a Buenos Aires, el propio Aira le llamó y se ofreció a acompañarle a dar una vuelta por la ciudad. Le preguntó qué cosas quería ver, y repasó de un moro superficial algunas de las posibilidades: la calle Florida, la Recoleta, etc. Parece ser que Laffon se mostró muy sorprendido al saber que todos esos lugares existían, que no eran fruto de la invención borgeana como creía hasta ese momento.
La intendencia municipal de Buenos Aires ha tenido a bien ejercer modificaciones del pasado. La calle Serrano, una de las más tradicionales del barrio de Palermo Viejo, ha perdido parte de su extensión. Han decidido que, durante unas cuantas cuadras pase a ser la calle Jorge Luis Borges. Un curioso homenaje que ha convertido en anacrónico el pasaje de su Fundación mítica de Buenos Aires:
Una manzana entera pero en mitá del campo
expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay y Gurruchaga.
En una casa rosada, como era tradición en la época, ya que con lo único que contaban para tintar la cal de las paredes era con la sangre de las reses. Hoy quedan pocas casas de color rosa en Palermo Viejo, que se ha transformado en dos barrios de moda: Palermo SoHo y Palermo Hollywood. Del mismo modo, el conventillo de La Boca en el que he estado durmiendo no es, hoy lo sé, un conventillo realmente. Los conventillos eran mucho más grandes, contaban con dos o más patios y en ellos vivían muchas familias. Yo he estado durmiendo en la casa de Martín y Nora, una casa que debe tener más de un siglo, construida en una madera vencida que forma pendientes en algunas habitaciones, y que en su parte inferior ha sido reforzada con ladrillo y cemento, lo que la hace más habitable para el invierno.

Las conclusiones
No es mejor mi viaje ahora por saber más cosas, por manejar más datos. Tan sólo es más exacto. Del mismo modo, los recuerdos de los hermanos que narran la novela de Berti no son más gozosos al final por saber qué fue realmente de sus dos tías, del viejo púgil, por conocer la historia del reloj que dominaba el salón de casa de sus tías. El conocimiento no implica, necesariamente, un alegría. Marcel, al final de su novela, no recobra el tiempo, sino que lo hace eterno mediante la creación de una ficción basada en los pequeños destellos que conserva en su memoria y que modifica mediante la ficción. Así quiero que qude fijada Buenos Aires en mi retina.

22 julio 2008

Buenos Aires Affair (3)


El pueblo
El fulgor argentino es una obra que lleva diez años programándose y colgando el no hay entradas de modo ininterrumpido en el Galpón de Catalinas, la sala del teatro Catalinas Sur que está en la calle Benito Pérez Galdós, en La Boca. El teatro Catalinas Sur es un grupo de teatro amateur que en el fondo resulta no serlo tanto. Muchos directores de cine ya reconocidos como Juan José Campanella reconocen que cuando quieren buscar caras nuevas se acercan al galpón. Y la verdad es que el montaje de sus obras no tiene nada que envidiar a los de cualquier compañía profesional.
Una de las cosas más sorprendentes de ir a ver esta obra es la lectura que hace el teatro Catalinas Sur de la historia argentina. En Vinimos de muy lejos, una obra que lleva ya más de quince años en cartel, recuerdan que La Boca, y por extensión Argentina, se formó con la llegada de inmigrantes que, al mezclarse, fueron creando el país que hoy conocemos. Le recuerdan, al que haya preferido olvidarlo, el origen humilde y esforzado del país, sus raíces, y, al mismo tiempo, no obvian el hecho de que la Argentina es algo más que la suma de los inmigrantes y de sus tierras de origen. Cuesta mucho evitar emocionarse al ver el momento en que las dos enormes piezas de atrezzo que sirven como cuerpo del Capitán Polonio, el barco en el que llegan los emigrantes se abre, como cuesta mucho no sentirse interpelado por la historia de esas personas que sobrevivieron a injusticias de todo tipo dejándose llevar por su ansias de vivir. El teatro Catalinas Sur le recuerda a todo el que quiera verlo y escucharlo cómo se formó el barrio de La Boca, y por extensión el resto del país.

Hablar de El fulgor argentino se me hace más complicado, por un lado porque repasa la historia del último siglo del país, no tan sólo del episodio puntual de la llegada de los pobladores, y por otro porque al verla no puedo dejar de pensar en lo que he leído de esa obra en el libro de Carrión y con el hecho de que los actores protagonistas están en el piso de abajo del conventillo en el que resido mientras estoy acá.

Muchas veces hemos hablado Jordi y yo de la posibilidad de que su visión de La Boca mediatice mi experiencia al respecto. Siempre hemos llegado a la conclusión de que no es así, de que cada una de las cosas que estoy viendo, oyendo y experimentando desde que llegué acá son especiales independientemente de que quién me haya facilitado acercarme a ellas o de la mirada que haya fijado sobre ellas al escribir su libro. Prefiero ver que en esto sucede como en el amor y en el sexo -me permitiré presentar ambas posibilidades por separado aunque todos sepamos que suelen venir juntas-, experiencias en las que, por mucho que te cuenten de qué van, cómo son, o qué puedes esperar de ellas, terminan siendo siempre mucho más interesantes y satisfactorias de lo que uno ha pensado. Yo creo que no puedo pagar lo que estoy viviendo en La Boca. Celebrar, como lo hice ayer, un cumpleaños rodeado de porteños y uruguayos, comiendo locro y choripanes en el merendero de la Bombonera no tiene precio. Poder visitar las instalaciones del Boca Juniors con vecinos que se han criado a la sombra de sus gradas, que conocen cada esquina de ellas, no es algo que se pueda tasar. Parece un anuncio de Mastercard, pero es algo estrictamente cierto.

Lo mismo sucede con las dos obra que he visto en el galpón. Y en especial con El fulgor argentino. Yo he leído de la importancia de esa obra en la historia de amor de Martín y Nora, de cómo su noviazgo fue cobrando fuerza a medida que avanzaban en los ensayos, de cómo Nora tuvo que dejar de interpretar una época la obra cuando se quedó embarazada de su primer hijo, Valentino. ¿Cómo hablar de la sensación que le embarga a uno al contemplar, una vez más, el tango en el que el personaje que interpreta Martín seduce al que interpreta Nora? ¿Cómo hablar de la extraña sensación de ver a Valentino, que tiene ya cinco años, interpretar el papel de su hijo a medida que avanza la obra? En qué medida se superponen la ficción del proscenio con la realidad que yo he visto, o la del reportaje de Carrión sobre mi percepción de esa realidad que, ahora sí, he hecho mía más allá de la lectura. Puede ser que uno esté siendo repetitivo con esta idea, pero no dejo de pensar en una idea que, repetidamente, se me presenta al ir conociendo más cosas de Buenos Aires: la idea de que es un país marcado de un modo dramático por la ficción.

Y por eso me parece más importante todavía un grupo teatral como el Catalinas Sur, porque, pese a su tendencia psicobolche -me he enterado, vía José Luis, que sí le ha dado al teatro, de en qué consiste eso de psicobolche-, es uno de los pocos lugares donde he visto que se reivindique la memoria como única posibilidad de conservar la libertad. Lo dicen de un modo explícito en la obra: sin memoria no se puede alcanzar la libertad. La única manera de evitar el bucle que parece simbolizar de un modo perfecto la historia argentina -las conversaciones con José Luis y Nana, regadas con Syrah, dan para mucho más que para recordar anécdotas del pasado- es no olvidar los orígenes y los errores del pasado. Y en esos dos objetivos se la juegan las obras. Vinimos de muy lejos habla sobre las raíces y lo doloroso de trasplantarlas. El fulgor argentino
de los errores del pasado y de lo peligroso de que caigan en el olvido.

La voz
En un momento dado de la representación de El fulgor argentino todo se acelera, la historia más reciente del país aparece en ráfagas, sketches cómicos que no dan tregua al espectador. Ya hemos visto el ascenso del peronismo, los sucesivos golpes de estado y gobiernos parciales que se sucedieron, los conflictivos años setenta y la represión de la junta militar -magníficamente representada como una lluvia que vacía el escenario y tres hombre con gafas oscuras y gabardina que obligan a los actores a abandonar el escenario, sólo vuelve a aparecer una actriz en el escenario para atarse el pañuelo blanco en la cabeza que hicieron famoso las madres de la plaza de Mayo. Pero, lo más significativo, para mí de la obra, son tres actores, una mujer, hombre y un niño, que no tienen una sola línea de texto. Se limitan a cruzar el escenario en dos ocasiones, vestidos con harapos, sucios, y empujando un carrito de supermercado lleno de cartones. Son la que quizás sea la plasmación más lúgubre del capitalismo feroz que se les impone a los países más desfavorecidos: la pobreza, en el caso de Argentina: los cartoneros, que están allí sin voz ni voto. Tan sólo pasean por el escenario, como por las calles. Nadie pregunta, nadie dice, nadie hace nada.

No deja de ser curioso que todo eso suceda en el país que vio nacer una de las fortunas más grandes de la historia reciente: la de Onassis. Onassis comenzó residiendo en La Boca, teniendo al nacionalidad argentina -había sido expulsado de Grecia- y aquí comenzó a labrar su enorme fortuna. Aquí hizo sus primeros negocios y aquí comenzó con su enorme flota naviera. Onassis llegó a Argentina buscando un futuro. A principios del siglo xx había dos El Dorados en América: los Estados Unidos y Argentina. Lo que sucede es que el modo en que se triunfaba en cada lugar era un poco distinto. En el norte del continente triunfaban los que sabían medrar dentro del sistema, los que, respetando el estado de cosas, la realidad existente, sabían trepar en la pirámide social. Pero en la Argentina el que triunfaba modificaba su entorno, comenzaba pues así su acto ficcionalizador. Como he salido poro de La Boca vamos a tirar del ejemplo más claro: Benito Quinquela, posiblemente el pintor más famoso del país. Cuando comenzó a triunfar fue, por este orden, cambiando su apellido -de Chinchella a Quinquela-, cambiando el aspecto de su barrio -creó Caminito, comenzó a regalar la pintura para los conventillos y asesorando sobre los colores que debían usar los habitantes-, y, finalmente los edificios en sí -financió escuelas, hospitales y muchas otras actividades sociales-. ¿Hasta dónde habría llegado la labor de Quinquela de haber vivido más años? Nadie lo sabe. Acaso lo podemos intuir tan sólo. Onassis, que no quería cambiar la realidad, sino tan sólo vivir harto de dinero en ella, se marchó de la Argentina.
Por eso es importante la labor de grupos de teatro como el Catalinas Sur, formado de vecinos, de gente de la calle que se une para no permitir que el olvido facilite un nuevo bucle. No olvidan el peronismo, ni sus años malos ni los buenos, no olvidan las represiones militares -casi constantes en la historia de casi toda Hispanoamérica-, no olvidan nada de todo ello. Y se encargan de que no lo olvide el resto. Raro es el viernes o el sábado que no cuelgan el cartel de “No hay entradas” en la boletería. Reconforta saberlo.

20 julio 2008

Buenos Aires Affair (2)

La ficción
Uno de los tópicos más reiterados sobre Buenos Aires, sobre “lo argentino” es el de que es un país inventado. De los grandes países que surgieron de la independencia de las colonias españolas en América, es el único que carecía de una población indígena de entidad suficiente como para dotar al país de una identidad histórica. Así se nos ha repetido durante muchos años. Una mentira como muchas otras. No fue así, por descontado. Había indios en lo que se llamó Buenos Aires. Que se lo pregunten a Pedro de Mendoza y a sus hombres. No, desde luego, negar los orígenes indígenas de la Argentina ha sido un acto ficcional, con una intención ficcional, para ser exactos, porque dicha negación ha sido bien real. Un gesto lógico en una nación dedicada a labrarse un futuro y un pasado propios. Determinada a forjar su propia identidad sin permitir que se la forjasen otros, como había sucedido hasta entonces. Quizá se deba a que es un país formado por emigrantes, que buscaban un futuro mejor o huían de su pasado y decidieron fabricarse uno con el que sentirse a gusto.
Martín Otaño, el dueño del conventillo donde vivió Jordi Carrión y donde hoy me alojo, me comentaba que la primera vez que entró a uno de esos conventillos le llamó la atención que estuvieran inclinados. En muchas ocasiones los emigrantes comenzaban a construir la estructura de los conventillos en los mismos barcos en los que llegaban a la Argentina. Era una manera de distraerse durante la larga travesía idónea, ya que suponía ahorrar tiempo y esfuerzos a la llegada a la tierra de promisión. Transportaban las estructuras desde el barco hasta sus futuros enclaves en carros, y ahí se descuadraban. Cuando, años más tarde, se podían permitir cambiar las paredes de madera y planchas de metal por muros de piedra o ladrillo, se veían obligados a improvisar cálculos más propios de un ingeniero que de un sencillo albañil que a penas tiene para ganarse la vida. Los emigrantes se van construyendo un futuro durante la travesía, y se ven obligados a hacer malabares para que no se venga abajo su pasado cuando disfrutan de un futuro mejor. Los conventillos, que Jordi me presentó y en los que Martín me ha obligado a profundizar, sirven una vez más como metáfora de La Boca y de la Argentina.
Carrión, en La piel de La Boca, recuerda al lector poco atento en varias ocasiones que ese referente de “lo argentino” que es Caminito -esa curva llena de tipismo que está a unos pasos del estadio , donde juega el Boca Juniors-, fue una invención. Tiene poco más de cincuenta años, no refleja ninguna arquitectura propia del lugar, no es más que un reclamo ingenioso y bien resuelto con el que atraer a las masas turísticas aprovechando una vía de tren abandonada. Una vez más, un barrio que elige su pasado, ya que el verdadero no termina de ser lo suficientemente atractivo ni lo satisfactorio que debería ser. Un emigrante busca construirse un futuro, ¿cómo va a hacerlo si no es modificando y reconstruyendo su pasado? También los habitantes de La Boca merecen un futuro. Pasear por sus calles, contemplar los planes de Mauricio Macri, hace pensar en que de aquí a diez años el barrio será el nuevo recinto de bobos (bourgeois-bohème) que comprarán a precios bajísmimos todos los conventillos y edificios que permanecen a la sombra del estadio Alberto J. Armando, más conocido como La Bombonera.
Buenos Aires, dice mi amigo José Luis, es una máscara. La de sus habitantes, la de sus calles, la de su historia. Está llena de mitos, de fundaciones inventadas que sustituyen el pasado milenario de sus naciones vecinas. La devoción por la ficción de los argentinos es proverbial. Quedan para comer y se regalan libros, novelas, cuentos, biografías -posiblemente los más exactos artefactos de la invención- los unos a los otros. Si uno camina por la Avenida 9 de Julio -la más ancha del mundo según los paseantes y las guías turísticas- contempla una sucesión de enormes edificios, de señoriales mansiones, de rascacielos. Una avenida acorde con la magnitud del proyecto que la ideó. Pero basta con doblar cualquiera de las esquinas de las calles que la cortan para encontrarse con edificios de una o dos plantas, enormes patios de manzana dedicados al estacionamiento, solares medio vacíos sombreados por la fachada posterior de las inmensas construcciones que dan a la avenida.

Ese hombre

Hay un hombre en Malabia con Gorriti que carece de pasado. O, al menos, nunca habla de él y, al no mencionarlo, lo ha borrado. No existe aquello que no se nombra, que permanece en la penumbra de lo no hablado. Su conversación está llena de libros, de películas, de anécdotas en las que él tan sólo participa como lector, como espectador, como testigo. Dialoga con ellas, las interpreta, las analiza hasta el delirio. Y con ellas construye su discurso. Un discurso que muestra en sus libros, el que comparte en las conversaciones de las cenas, el que exhibe en las conferencias a las que es invitado. El hombre de Malabia con Gorriti es un hombre que decidió, en algún momento, construir su pasado a su gusto, o, cuanto menos, no entregarlo a nadie de modo gratuito, impune. Dicen, bueno, él dice que su gran libro, en el que están incluidos cada uno de los que ha ido publicando a lo largo de estos cuarenta años y muchos otros que tan sólo podemos suponer, intuir, es un diario que ha escrito durante toda su vida. Un libro único, una vida entregada a una sola obra, o un período de tiempo entregado a la construcción de una vida, una ficción. Puede ser, como casi todo lo que dice, una más de las ficciones que ha leído y imaginado. Si alguien, uno que sea un verdadero amigo suyo, supiera la verdad y la compartiera con el resto, con los que le conocemos a través de sus libros, sus conferencias, sus conversaciones, se llevaría la sorpresa de que no le creeríamos. Se nos aparecería como alguien que construye, una vez más, esa ficción que el protagonista de todo esto ha sabido tejer como su gran obra. Pensaríamos en él como una marioneta más de las que transitan por su obra.
Tan cuidadoso ha sido en la confección de esa realidad, que se ha encargado de que nadie se acerque a su obra si no es siguiendo los parámetros que él mismo ha marcado. Ha conseguido la difícil labor de que todos asuman como una verdad literal cada una de sus palabras. Se ha erigido él mismo como intérprete único y exclusivo crítico de sus palabras. Se ha convertido, quizás, en el mayor escritor argentino, mayor aún que su admirado Borges, si seguimos la teoría de que ha sido capaz de anular toda interpretación personal, histórica, biográfica de su obra que no pase por los datos que él ha estimado necesarios y convenientes. El escritor más declaradamente bonaerense que pueda haber, verdadera metáfora de la ciudad en la que reside y en la que creció. No sólo ha elegido y dictado su obra, sino que él mismo ha elegido y dictado la lectura que se hace de ella, ah construido su vida y la mirada que se ejerce sobre ella: la de una vida.
Todos los títulos de sus libros parecen remitir a la idea de una ficción constante, de una mensaje equívoco, codificado, que se debe desvelar. Desde la inaugural La invasión, que parece prefigurar la idea de una violenta acción de la ficción sobre la realidad, hasta El último lector, donde analiza de forma atenta y detenida la relaciones entre la lecura y los lectores, o cómo la ficción modifica y ejerce una presión sobre la realidad, toda su obra no es sino la plasmación, la fijación en negro sobre blanco de sus obsesiones.
Hay un hombre, en Malabia y Gorriti, que como el Malabia de Onetti ha sido capaz de construir una ficción a la que huir y en la que vivir. Un hombre que ha sabido inventarse a sí mismo. Ayer estuve cenando con él, y con algunos amigos. En Hermans, un restaurante en Santa Fé y Armenia.


La lectura
Camino de día y de noche por la cuadrícula ordenada y laberíntica de Buenos Aires. Tras cualquier esquina puede estar la calle en la que comenzamos a caminar, todos los caminos están enlazados, no hay números que las ordenen como en Nueva York y que te entregue la certeza de en qué lugar del callejero estás. No, como en una tela de araña, las calles de Buenos Aires se retuercen sobre sí mismas, se enlazan de modos insospechados. Esta ciudad es un rizoma eterno y continuo, en el que cualquiera puede perderse, que cada uno recrea a su gusto. Cada viajero puede inventar, construir, su propio Buenos Aires. Y, con sorpresa, comprobar que a veces se parece al Buenos Aires del resto. Una ciudad ausente, una prisión perpetua. Todo queda al gusto del consumidor.

18 julio 2008

Buenos Aires Affair (1)

El extrañamiento
Una de las experiencias más curiosas que se pueden tener en esta vida es ir descubriendo una realidad que tienes frente a los ojos de un modo lateral, sesgado: a través del libro que, sobre esa realidad, escribió otro amigo, que te advierte antes de su lectura de los prejuicios en que puede desembocar, pero que, al mismo tiempo -y de modo más que lógico y comprensible-, no puede evitar pedirte que lo leas y le des tu opinión al respecto.
La piel de La Boca es un libro escrito por alguien enamorado pero que no termina de entender el por qué de ese enamoramiento. De alguien que no puede evitar sentirse atraído por un barrio del que todos parecen querer huir, que se erige como un bastión irreductible frente a la presión de la modernidad de su ciudad y su país, y que, al mismo tiempo, es el vínculo entre dos realidades que muchos querrían ajenas pero que están indisolublemente unidas: la de los barrios orgullosos del centro de Buenos Aires y las Villas miseria cada vez más grandes y vigentes al fondo del horizonte.
Digo que leer este libro es extraordinariamente raro, extraño, para mí porque, por los caprichos del destino, me encuentro alojado en la misma casa, en las mismas habitaciones, donde lo estuvo el escritor de sus páginas. Muchos de los personajes que desfilan por el libro están a mi alrededor, y ahora sé más de ellos por lo que he leído de lo que debería saber por el trato que he mantenido con ellos en este días que llevo en Buenos Aires. Una de las cosas más incómodas de esta sociedad de la información en la que nos hemos visto inmersos casi sin quererlo -y de las que disfrutamos con verdadera fruición, tampoco es cuestión de andar con hipocresías al respecto- es que podemos saber muchas cosas de alguien sin haber tenido trato con esa persona. A mí me sucedió recientemente: conoces a alguien en uno de los encuentros que la vida social ofrece y te llama poderosamente la atención. Con saber su nombre de pila y la amistad común que nos relacionaba logré encontrar en apenas un cuarto de hora a través del gran oráculo -Google- mucha más información de la que posiblemente habría recabado tras unas cuantas citas o encuentros. ¿Virtud o defecto de la sociedad de la información? No lo sé, pero constato su existencia, eso es todo.
Algo así me está sucediendo con Buenos Aires a través de este estupendo libro -lo he devorado junto a un café cortado y una empanada de jamón y queso en un pequeño bar de La Boca, rodeado de paisanos y habitantes del barrio que no terminaban de entender cómo ése gallego se había desviado tanto del paseo de Caminito y por qué desayunaba en un bar poco o nada llamativo desde una perspectiva turística-, exactamente eso: ahora mismo tengo que elegir entre construir mi propia mirada, mi propia experiencia de la ciudad, y del barrio en el que pernocto, o seguir la mirada que me ofrece Jordi Carrión a través de sus vivencias.

La llegada
Una de las cosas que más me han llamado la atención de Buenos Aires es su honestidad. No engaña, ofrece la que posiblemente sea su peor cara desde el principio al visitante que llega por avión: la de las villas miseria, la de los barrios industriales, la de los tacheros timadores, la de las autopistas atascadas, todo eso sin anestesia, desde el inicio, para que nadie se engañe. A alguien criado en Madrid, que residió un año en Lisboa y que conoce el resto del mundo de modo superficial, epidérmico, una ciudad como esta le resulta muy dura. Áspera. Y, sin embargo, desde el primer momento te va lanzando siempre un mensaje claro: esfuérzate y verás que, detrás de eso, hay una maravilla que te puede enamorar. Esa es la jugada de Buenos Aires, y esa, en cierta medida, es la jugada de la Boca.
En el libro destaca Carrión muchas veces lo erróneo de la concepción turística, que ofrece una parte por el todo -una sinécdoque- a la hora de presentar La Boca. El barrio no es sólo Caminito -ese genial invento turístico que metió un barrio obrero y pobre en las guías-, o la Bombonera -verdadero hito deportivo y extradeportivo que sirve como reclamo económico único-, pero yo me voy a atrever a hacer una curiosa comparación, o traslación, y diré que Jordi ha sometido a toda Buenos Aires a un curioso ejercicio: el de intentar contar sus contradicciones y su problemática desde un único barrio, La Boca. Lo que viene a ser otra sinécdoque a fin de cuentas.
Creo que en su labor sale bien parado. Ha sabido escoger los tipos, el paisanaje, idóneo para transmitir al lector todas esas sensaciones. Cuando uno lee de las vidas de Martín, de Nora, de Maruja o de Daniel, cuando presenta a un personaje tan contradictorio como Lito, todo eso, le lleva al lector a entender cómo funciona la ciudad al completo. Idealistas, esforzados, supervivientes natos, cada uno de los personajes que desfilan por el libro se nos hace cada vez más nuestro, lo entendemos como alguien propio. Y eso no es fácil. La mayoría de los libros de viajes se caen de las manos porque en ellos el autor parece contemplar la realidad con una mirada de entomólogo, una mirada ajena que escruta lo que tiene ante sí como algo a lo que no pertenece. Carrión se sumerge en esa realidad y lo hace de un modo gozoso, alegre. Sabe que sin la convivencia, sin la reflexión, son el diálogo con esa realidad, no hay manera de llegar hasta la esencia. La de un barrio tan peculiar como La Boca, la de una ciudad tan adusta como Buenos Aires.

Contrastes
Si uno sigue la Avenida Almirante G. Brown, y continúa por el paseo Colón, atravesando San Telmo, Montserrat, hasta llegar al Centro, puede tener la sensación de que La Boca no forma parte de Buenos Aires. Casi no hay edificios altos, los conventillos no comparecen en el resto de la ciudad, y todo, absolutamente todo, parece distinto. Pero a poco que uno se fije ve que el tejido de la ciudad no es tan diferente, que hay una misma esencia, y que esa cicatriz, en forma de vías del tren, que obliga en la Avenida a los colectivos y los autos a casi detenerse, ni escinde ni es algo que se pueda obviar porque sí. Es, como todo, un símbolo. Símbolo de la diferencia y también unión del barrio con el resto de la ciudad. La cicatrices pueden ser el resto de un corte o de una costura. Ambas posibilidades están ahí y debemos tenerlas en cuenta.
Lo mismo sucede con el libro, donde esas cicatrices que van compareciendo a medida que se avanza en la lectura: las que han vivido los protagonistas y sus antepasados, las que se establecen en las relaciones entre el autor y los personajes, las del pasado del propio autor, van estableciendo en todo momento las diferencias y las similitudes entre las experiencias de todos. Al final, uno puede pensar que la idea latente tras el libro es la de lo parecidos que somos todos, o los extraños vasos comunicantes que surgen a poco que sepamos verlos.

Los lugares
La Boca ha cambiado mucho desde que Jordi vivió aquí, desde los recuerdos con los que construyó el libro. El barrio está lleno de casas en venta que nadie compra, la Bombonera va a ser ampliada -nadie sabe cómo, porque es un estadio casi imposible ya en su construcción-, y Macri -el antiguo presidente de Boca y hoy alcalde de la ciudad- ha traído al barrio los contenedores de basura que tanta falta hacían. El tiempo ha pasado por el barrio, eso es indudable, pero no por el libro, que sigue lleno de verdades. La razón es bien sencilla, frente a la descripción detallada de un paisaje, de una realidad más o menos cambiante, Carrión ha elegido hablar de la vida, que está hecha de experiencias humanas y no de cosas y paisajes. Más allá de la atención a la arquitectura física del lugar, del barrio, se ha detenido en la construcción humana de él, y por eso, su retrato del barrio podrá perdurar durante mucho tiempo.

27 junio 2008

El futuro convertido en pasado

Algo original
Uno ha leído historias en las que una persona viaja en el tiempo y se sumerge en el pasado o el futuro y puede modificar de un modo drástico la realidad tal y como hoy la conocemos. Uno ha leído historias en las que el tiempo avanza hacia atrás y las gentes nacen viejos y mueren jóvenes. Uno ha leído historias que parecen videoclips en los que todo se reproduce al revés provocando efectos únicos y sorprendentes. Uno ha leído mil historias en las que los pliegues del espacio-tiempo –es una fórmula que parece sacada de una peli de los años cincuenta y por eso mola tanto decirla y repetirla- se deforman y cuestionan la realidad que vivimos día a día. Lo que no me había pasado hasta que leí El año del desierto de Pedro Mairal era encontrar una historia en la que el tiempo social, histórico, pareciera rebotar y comenzara a retroceder mientras que las vidas de los habitantes continuaran su normal discurrir. Tan sólo por eso, esta novela merecería pasar a los manuales de literatura. Ya sabemos que es difícil ser original y que mucha gente llega a verdaderas idioteces con tal de serlo. Por eso, alguien que lo hace con criterio es doblemente merecedor de elogio.

La trama
En el año 2001 una crisis económica de enorme magnitud destrozó a la sociedad argentina. Todavía hoy el país no ha terminado de reponerse del impacto económico de la misma y, en buena medida, del impacto social. De entre los sucesos más llamativos que provocó dicha crisis todos recordamos las caceloradas y protestas callejeras con las que el pueblo intentaba expresar su malestar ante una clase política tremendamente corrupta. En ese clima de revueltas sociales encuentra su inicio El año del desierto. Es en medio de dichas propuestas cuando se produce el pliegue temporal en el que se sume la ciudad –hay que señalar que toda la novela se desarrolla dentro de Buenos Aires, cuyo tejido urbano va menguando según avanza la novela y a medida que el campo lo recobra al revés de como sucedió históricamente-. En principio el lector se enfrenta a una narración distópica, a medio camino entre la novela de anticipación o la ciencia ficción posnuclear –son referentes que surgen de un modo casi inmediato al leer la novela, a qué mentirnos- pero pronto se da cuenta de que está sucediendo algo más extraño, más raro. En lugar de una sencilla crisis que provoca el desabastecimiento de los bienes de primera necesidad, lo que va sucediendo poco a poco es que estos dejan de existir. Y ahí es cuando el lector comprende que la ciudad está volviendo al pasado. Vuelven las guerras civiles, las escaramuzas en los barrios de las afueras, la ciudad va desapareciendo y llega un momento en que la protagonista pasa a ser una de las colonizadoras de la provincia y llega a formar parte de una tribu india. Para ella ha continuado el normal discurrir del tiempo hacia delante hasta que ha pasado un año, pero la ciudad, la sociedad ha retrocedido a los años de la colonización hispana.

La novela
La idea de representar la crisis en que se sume un país dando a entender que salta atrás en el tiempo, que retrocede, que deja de avanzar para sumirse en la propia miseria de su pasado es, desde luego, el gran acierto de Mairal. Luego uno reconocerá que lee el libro por afición a estas narraciones distópicas, por el interés de la novela en sí, o por lo que sea, porque el libro tiene de todo eso y mucho más, pero a mí me ha interesado sobre todo por la capacidad de construir una metáfora tan interesante a la hora de hablar del gran drama de la sociedad argentina actual.
Hay una tradición muy fecunda de estas metáforas, o narraciones alegóricas en la siempre fértil narrativa fantástica argentina. Bioy Casares, Arlt, Aira, la nómina se puede extender hasta el infinito y no me apetece cansar a la gente demostrano a cuántos autores conoce uno. No resulta aventurado indicar que el gran mérito de los políticos argentinos ha sido el de convertirse en grandes prestidigitadores, en narradores que construyen una ficción en la que el ciudadano medio se siente cómodo y a gusto, en la que parece ser que es feliz bajo el engaño. Desde el populismo de Perón hasta la conciliación de la época Alfonsín, por no mencionar esa genialidad de la paridad peso-dólar del menemismo, los políticos argentinos se han revelado como fabuladores de primer orden, constructores de mundos de ficción para la masa social, ansiosa de esos mundos en los que dar rienda suelta a su necesidad de escapismo.

21 junio 2008

Palabras sobre imágenes

¿Imagen vs palabra?
Una de las frases más idiotas, y quizás por ello más repetida, es la de que una imagen vale más que mil palabras. Dejando a un lado el evidente mensaje mercantil de la misma, eso del valor tiene un aire verdaderamente repugnante, revela la afición por la simplificación del pensamiento, de lo cómodo, de lo verdaderamente necio de mezclar las churras con las merinas. Una imagen no vale ni una palabra, del mismo modo que una palabra no vale ni una imagen. Una cosa tiene poco que ver con las otras.
Lo que sí se puede hacer es usar, por ejemplo, palabras para hablar de las imágenes. De eso hablaremos en este texto. En particular de dos modos interesantísimos de narrar con imágenes, de transmitir sensaciones y pensamientos, sentimientos por tanto, a través de la imagen.

Basilico, la lentitud de la mirada.
Uno de los tópicos más reiterados de la fotografía es la de que esta es la plasmación de un instante. La fantástica obra fotográfica y las insoslayables –perdón por parecer Armas Marcelo- reflexiones en torno a la fotografía de Cartier-Bresson han facilitado que para muchos la fotografía no sea más que ese instante decisivo del que hablo el fotógrafo galo. Y es cierto que la fotografía es eso, ese instante único, captado por el fotógrafo que pasaría desapercibido en la velocidad del perpetuum mobile que es la vida. La fotografía que nos revela rincones inéditos de la realidad en su capacidad de fijar artificialmente el transcurrir del tiempo.
Pero hay también otros modos de usar la fotografía en relación al tiempo, no sólo fijarlo sino, sorprendentemente, comprimirlo. La fotografía puede encapsular, guardar tiempo, y es ese tipo de imagen la que acerca la fotografía a la narrativa. El instante decisivo es una visión totalmente lírica, la fijación de una imagen significativa, pero ¿poder introducir el lento mirar, la lenta construcción de una imagen? Ahí tenemos una mirada narrativa. Una mirada que obliga al espectador a detenerse ante la imagen y a reconstruir el proceso de numerosos detalles, de sucesión temporal, que se produce en el lenguaje. Utilicemos a Borges, que viene muy bien para quedar posmoderno en los debates de los cafés. En El Aleph introduce de este modo la descripción de la visión del Aleph en el sótano de la casa de la familia Viterbo: “lo que vi fue simultáneo, lo de que describiré sucesivo, puesto que el lenguaje lo es” –cito de memoria, así que puede no estar perfecta. Uno, cuando mira las fotografías de Cartier-Bresson, las de Capa, las de la primavera checa de Koudelka, tiene la sensación de que la imagen es simultánea, que se ha fijado un instante en nuestro imaginario común. Pero no sucede lo mismo con la fotografía de Walker Evans, la de Koudelka cuando se dedicó a la fotografía más artística y no tanto al fotoperiodismo, y, cómo no, la de Basilico. En esas fotos uno tiene la sensación de que se ha encapsulado tiempo, que todo el proceso de esa fotografía, la meditada observación, la elección del enfoque, el tiempo necesario en determinar todos y cada uno de los elementos de la misma, debe ser devuelto por parte del espectador con la misma morosidad, con la misma atención, con la misma atenta y detenida mirada con la que se reconstruye en la cabeza un texto narrativo. Es una fotografía sucesiva, no simultánea, y por eso maravilla que el fotógrafo haya sabido ir más allá del mero acto mecánico de elegir la fotografía y apretar el disparador, hay un proceso de construcción de la imagen que debe recordar, obligatoriamente, al del escritor construyendo su discurso. No es el fogonazo lírico del poeta, sino la demorada meditación del narrador. Ojo, que nadie se confunda, lo uno no es mejor que lo otro, son distintos y punto.
No creo que sea casual la atención que Basilico ha dedicado a fotografiar edificios. El premio de la Fundación Astroc puede inducir a engaño. No se trata, tan sólo, de bellas fotografías de edificios, que parece ser lo que busca un premio así. Ni se trata de la mirada de un estudiante arquitectura que sabe buscar los mejores perfiles de esos edificios. No, se trata de profundas reflexiones sobre la construcción: la del edificio, la de la fotografía, la de la mirada. La de la vida.
No es casual que cuando uno se enfrente a una de las imágenes captadas por Basilico caiga en una relajación, la de la contemplación de la naturaleza. Basilico logra transmitir el vacío, el aire que contienen los edificios, la vida contenida dentro del arte, de la narrativa. A mí me interesa mucho su trabajo precisamente por eso, porque me parece que va mucho más allá de una fotografía estéticamente agradable.
Hay que celebrar, por ello, la edición de un libro con las reflexiones que, sobre su trabajo, se ha visto obligado, o necesitado a realizar. Un texto muy recomendable para los que gusten de su trabajo, para los que disfruten de la fotografía y para los que quieran leer pensamiento sobre la imagen. Y, para los que no conozcan el trabajo y la trayectoria del fotógrafo milanés, es una oportunidad única de dejar pasar muchos minutos observando las fotógrafías que se reproducen en el volumen. Una delicia.


Narrativa gráfica
El cine sonoro mató la espectacular evolución del cine en sus primeros años. No creo que esta afirmación escandalice a nadie, no soy el primero que lo dice ni el único que lo opina. Si uno estudia la narrativa cinematográfica apreciará que casi todos los recursos estaban ya en el cine mudo. Algo parecido sucede en el cómic, donde la presencia del bocadillo y de los textos de apoyo llega, a veces a sepultar la narrativa gráfica. Hay que aclarar, eso sí, que este texto debería estar incluido en una antología de ficción, porque, de hacer caso a los señores prostáticos de la RAE, no hay más lenguaje que el verbal ni más narrativa que la compuesta de palabras. Fascinante. Luego se extrañarán cuando les digan que son una institución anacrónica.
Además, una de las cosas más sorprendentes de la actual atención que está provocando el cómic, con verdaderas idioteces como la de utilizar la expresión “novela gráfica” para lo que siempre se ha llamado álbum, porque parece que le otorga prestigio lo de “novela”, es que dicha revalorización se está realizando a costa de la verdadera esencia del género. Un cómic no es literatura con dibujos, ni es cine con textos. Cuando uno lee que una obra estupenda como Maus es el mejor cómic de la historia no puede evitar sonrojarse, por vergüenza ajena, claro. Más allá de que toda obra sobre el Holocausto judío ya parece recibir una mayor y más benévola atención de la crítica y el público, resulta evidente que la capacidad de narrar con imágenes de Spiegelman es bastante escasa. Es un cómic muy reiterativo, plano gráficamente, lleno de texto, y está relacionado de modo palmario con la escritura. Algo parecido sucede con los trabajos de Joe Sacco, verdaderos muros de palabras con imágenes de una bisoñez disuasoria. Y se está obviando a autores que sí conocen los recursos del género. A todos estos parvenus a la lectura del cómic porque ahora se lleva habría que recordarles la existencia de una obra maestra, Entender el cómic de Scott McCloud. Se trata de un texto de máxima calidad que permite entender los mecanismos de un cómic, y comprender, por tanto, que el estupendo trabajo de Spiegelman y Sacco no investiga en todas las posibilidades del género y que esas valoraciones dan, sobre todo, la medida y criterio de los que las hacen.
Pues bien, todos estos comentarios van destinados a elogiar la labor de dibujantes tan arriesgados y puros –el elogio, lógico y natural, del mestizaje, no debe hacer olvidar las virtudes de la pureza-, como Thomas Ott. Su trabajo ha sido orillado en exceso por causas un tanto absurdas. ¿Su estética tiene demasiado que ver con los cómics de la EC? Pues sí, pero no creo que se deba despreciar una obra por cuestiones estéticas. Yo entiendo que alguien no cuelgue un cuadro surrealista en su salón, pero de ahí a despreciarlo por ser surrealista es tonto. Otra de las razones es lo macabro y algo feísta de su trabajo. La oscuridad y cierto aire lóbrego al trabajar con blanco sobre negro –bueno, realmente transmite la sensación de que raya la superficie negra para dejar ver el blanco que subyace-, es otra de sus personalísimas técnicas, que muchas veces parece alejar por su dureza al lector. Pero las razones para defenderlo son las mismas. Lo verdaderamente interesante es cómo es capaz de narrar tan sólo con imágenes. Los cómics de Ott cumplen con todos los preceptos de una narración gráfica de una pureza excepcional: no hay textos de apoyo, no hay bocadillos, tan sólo imágenes, una virtuosidad pasmosa de narrar tal y como lo hicieron los grandes cineastas expresionistas alemanes del cine mudo.
Por si no fuera suficiente reto narrar sin usar más que imágenes, en el último de sus álbumes, llamado El número 73303-23-4153-6-96-8. Dicha secuencia numérica, que encuentra el verdugo en la Biblia que tenía el condenado, marca todo el desarrollo argumental del libro, ya que todos los hechos que van ocurriendo siguen, siempre, dicha secuencia. Más allá del verdadero disfrute de comprobar la capacidad de Ott de mantener el interés del lector, sorprende lo férreo del trabajo de distribución de página. Siguiendo un esquema de cuatro viñetas, que pueden transmitir una sensación de cierta monotonía, logra conjugar viñetas a página completa, unir algunas para lograr composiciones de tres y demás. Lo que viene a ser lo mismo: lograr transmitir con cuatro posibilidades de que lo que se está poniendo en práctica es un catálogo infinito.
Se le puede pedir más: que a veces transmite cierto estatismo y parece más preocupado en lograr ilustraciones que en narrar a través de la secuencia de viñetas, que es algo reiterativo en sus temas. Sí, a todo hay que decir que sí, y que aún así logra contarnos lo que quiere y deleitarnos. Y sin una sola palabra, todo con imágenes. Narrativa gráfica –esa que según la RAE no existe- de primera categoría.

12 junio 2008

Poesía en mutación


Pues sí, ha llegado el final del ciclo, que coincide con el principio del verano -no hay mal que por bien no venga- y toca despedir el ciclo con una gala de altura. Elena Medel -obsérvese la acentuación para no pronunciar mal- y como presentador Juan Marqués. Canela fina, que diría Anson.
Ya saben: Biblioteca Regional de Madrid, Joaquin Leguina, el viernes 13 de junio a las 19 horas.

24 mayo 2008

Estar al lado y terminar siendo el protagonista


Vivimos tiempos curiosos, en los que los secundarios se convierten en protagonistas. Si uno hace una lectura seria y meditada de la realidad en que nos ha tocado vivir, puede pensar que se trata de una corrección, de la mejora social que implica comenzar a elegir como tema al secundario, esto es, al hombre común, antiretórico, antihéroe, ser humano común y vulgar que "doquiera que vaya lleva consigo su novela". Otra lectura, me temo que más real, surge de la tendencia actual a convertir a seres secundarios en héroes porque son más manejables, porque se ofrecen de un modo más cómodo a la manipulación que requiere el mercardo. La última, la más pesimista y negra, es que la sociedad espectacular en que nos vemos inmersos necesita convertir a todos en protagonistas para mantener esa ilusión espectacular con la que nos anestesiamos.
Tanto da. Lo importante es señalar la tendencia a entronizar a gente que tiene tan sólo un mérito en su haber: haber estado al lado de gente que ha hecho cosas importantes. Voy a ahorrarme la lista por poco interesante, pero todos tenemos a mucha gente en la cabeza cuando digo esto.
Lo peor es que hay ocasiones en que toda esta visión es injusta para algunas personas. Y ése sería el caso de Cornell Capa. Del mismo modo que Gerda Taro, que durante muchos años no fue más que la novia de Robert Capa que murió bajo la oruga de un tanque, la figura del hermano de Capa quedó ensombrecida por la magnitud de su hermano. Y hay que recordar que es injusto. Una buena muestra es la estupenda foto que Cornell Capa realizó durante el rodaje de The misfits (Vidas rebeldes) que ilustra esta entrada. Por cierto, perdón por las marcas anticopia de Magnum, pero no he encontrado otra versión sin ellas en la web.
Cornell demostró, una vez más, que era mucho más que el hermano de alguien. En este mundo donde todos intentan medrar por cualquier causa, incluso vendiendo alguna animalada que ha hecho su pariente, conviene no olvidar a los que han visto olvidada su labor por tener cerca algún hermano único, como es el caso de quien estamos hablando.
Un abrazo, Cornell. Descansa y gracias

19 mayo 2008

La lenta cristalización de una obra


Previa
Para escribir este texto he leído un montón de libros a lo largo de mi vida. Vamos, si uno no ha leído mucho no se pone a escribir y no tiene mucho criterio al hacerlo. ¿Merece la pena haber leído tanto para escribir de gratis en un blog? Yo creo que sí, y por eso no creo que haya que estar pregonándolo porque es algo obvio.

Río Quibú
Río situado al sur de La Habana –hay que buscar con atención en el Google Maps, ojo, no es fácil verlo-, que se ha convertido en una de las vergüenzas de la capital cubana. Encuentro en la web, ya que por desgracia nunca he estado allí, que es un río al que se asoman barriadas marginales como La Lisa, Los Pocitos, Coco Solo y Versalles. Pero, por encima de estos detalles, para ser que los pocos habaneros con tiempo para denunciar los desmanes ecológicos del régimen cubano llevan años criticando la degradación del río. No deja de ser curioso que sea precisamente la desembocadura del río Quibú, repleta de basura, de aguas contaminadas, la que baña la Marina Hemingway, en el barrio del Naútico, donde atracan los yates de los altos cargos de la nomenclatura y de los turistas ricos afines al régimen. Frank Delgado cantó al río degradado desde la perspectiva de un bañista, de uno de los bañistas pobres que tan sólo tienen el Quibú, ese desagua de lo peor de la miseria habanera que sale a la luz junto al barrio de los potentados y que da título a la nueva novela de Ronaldo Menéndez.

Serie negra
Hablar hoy de serie negra no quiere decir casi nada. Hace unos años suponía aceptar las normas de un género que, durante mucho tiempo, se consideró menor por parte de la crítica y una delicia por el público. ¿El éxito del género negreo tiene que ver con la influencia del mercado o no? Da lo mismo, pero sí que es cierto que la crítica social se ha convertido en parte sustancial de un género que lejos de huir de su realismo, incluso del costumbrismo, lo reivindica. Hoy es difícil encontrar un narrador que no sea de serie negra y reivindique una tradición costumbrista y una mirada realista sobre la sociedad y el mundo. Pero, quizá por ello, por mantener la mirada que siempre sedujo al público, se ha convertido en el género de cabecera de muchos lectores.
Una de las cosas que más les gusta a los lectores de serie negra es su velocidad. El género negro y el western son los únicos que han nacido a la vez dentro del cine y la literatura, y esa influencia se ha dejado sentir de un modo evidente en la escritura de sus novelas. La serie negra es veloz, es dinámica, y debe tener atrapado al lector de principio a fin. Río Quibú lo hace, desde luego. Peio Hernández Riaño ha señalado, acertadamente, que uno tiene la sensación de leer un cuento que se ramifica y presenta otro montón de pequeños cuentos en su interior. De ahí la sensación de extraordinaria tensión que transmite al lector. Pero, la pregunta sería, ¿se puede hacer otro tipo de novela negra en el siglo XXI? En qué medida los grandes superventas del género no hacen más que continuar de modo acrítico patrones que ya no son válidos. En el libro Escritura creativa: cuaderno de ideas, hay un texto de Ronaldo Menéndez donde habla del nuevo modo de narrar que el lector hiperestimulado de hoy demanda: una lectura llena de descargas, como una máquina de toques mexicana, en la que se ate al lector a base de imágenes espectaculares, las mismas que busca en otras formas de divertimento. La literatura del futuro que postule la importancia de la trama, como la serie negra, se la juega en ser tan o más espectacular que el cine o los videojuegos. Las continuas sorpresas, los sustos, las imágenes desagradables o sugerentes que ofrece Ronaldo Menéndez en Río Quibú responden a esa necesidad. La aparición de los conejos de altura, de los pavos de altura, la carne humana, los asesinatos y la violencia, el sexo omnipresente en la mirada de Julia que hereda su hijo Júnior. Toda esa narrativa de alto voltaje icónico, imaginario y sensorial busca crear esa realidad explosiva que atrapa al lector.
Pero, ¿qué busca un autor cuando elige sus códigos realistas y luego los pervierte desde el esperpento como hace Ronaldo Menéndez en Río Quibú? La lectura cómoda sería decir que esta novela, como la anterior, Las bestias, no es realista, no retrata la realidad, sino que asume ciertas características genéricas para poder trazar su historia metafórica. Y sí, es evidente que detrás de ambas novelas hay una metáfora y que puede parecer excesiva la turbia mirada de Menéndez sobre la realidad. Pero, si por algo destacan ambas novelas es porque ha sabido transmitir al lector en todo momento la idea de que la realidad es esperpéntica, y que no hay exageración en su mirada, sino selección. Una selección fruto de la destilación, del contraste de las experiencias vividas con las escuchadas y de la distancia. No sé si se podría haber escrito estas novelas viviendo en la isla.

La isla
Llegamos al nudo gordiano: ¿cómo hablar hoy de Cuba sin hacerle el juego al castrismo o al anticastrismo?
Repasemos las cosas increíbles que uno encuentra en Internet. Ronaldo Menéndez no menciona el nombre del país en ningún momento, lo que para algunos críticos, digamos los nombres: Francesco Manetto, es motivo de elogio. Por sorprendente que parezca hay lectores tan burdos que piensan que hablar del Malecón, de la Marina Hemingway y del río Quibú, del General, del Menú Insular no es nombrar la isla. Fascinante. La isla es una presencia constante, intensa, en la novela. Luego uno lee lo que quiere, y se ve que algunos leen mal.
Otros, José María Plaza, para ser exactos, cree que lo cubano no es el asunto del libro. Seamos claros: otro que no sabe leer. Se conoce que hablar de la pobreza de un lugar, de la política que aboca a la delincuencia a muchos de sus ciudadanos no es hablar de Cuba. Tanto en esta novela como en la anterior Ronaldo Menéndez habla a las claras del drama fundamental de los habaneros: todos, en mayor o menor medida, se han visto obligados a convertirse en pícaros y delincuentes. No es que todos sean moralmente detestables, es que la miseria provocada por las actuaciones políticas es un contexto donde la supervivencia cobra nuevos motivos, genera realidades.
El General, y su muerte, cobran una relevancia en esta novela que desactiva cualquiera de los acercamientos críticos que se han hecho a la obra de Menéndez en un tono amable, de los que no quieren criminalizar a su autor para no enemistarle con las autoridades del régimen -¿alguien cree que los jerarcas de la dictadura cubana tienen tiempo para leer las secciones de cultura de los medios españoles, tan creídos y fatuos son estos colaboradores de todo a cien?-, o bien por el contrario, porque la dictadura cubana todavía es otra cosa, de la que no se debe hablar mal, y el que lo hace no es de ello de lo que trata, sino de la miseria humana en general. Pues sí, señores, así hasta el final. En Río Quibú muere Castro, ya ya sé que no dice eso, dice que muere El General, pero a estas alturas vamos a comportarnos como adultos y llamar al pan, pan, y al vino, vino. Los que no estén por la labor pueden largarse ya, no vaya a ser que la verdad les manche. La verdad es que ninguno podríamos afirmar si eso es ficción anticipatoria, porque no sabemos si Fidel Castro está vivo. Yo, al menos, no lo sé. Pero sí que me parece muy interesante el retrato de una Cuba en la que los mafiosos toman el poder. Ha sucedido en Rusia, ¿por qué no en Cuba?
Cualquier lector con ojos en la cara, oídos en el mundo y un poco de cabeza entiende las referencias crípticas o explícitas, a los periodos de excepción, a las crisis de los balseros, a las sucesivas políticas del socialismo para hacer frente a los bloqueos. El cesante campo socialista ya no da para alimentar a sus ciudadanos. La metáfora del canibalismo trasladada al desprecio por los otros como única salida para el que quiere sobrevivir aparece ya en muchos textos de Ronaldo Menéndez. Si hay algo que logra transmitir es que pasar hambre es muy duro. Que antes de morir de hambre se hace lo que sea. En Cuba la gente ha tenido que hacerlo. Luego cada uno lee lo que quiera y se marca la paranoia de que La Habana es La aldea de Arce. Esta trilogía no existiría son Cuba y sin el Castrismo, cada uno que lo entienda como quiera.

Trilogía
Río Quibú es el segundo de una serie de tres libros que comenzó con Las bestias. Hay muchos puntos en común entre ambas, no sólo los personajes o el estilo, pero hay un cambio fundamental entre una y otra. Lo que en la primera eran referencias a una cultura caribeña, popular y arrabalera, que se plasmaba en canciones y sones montunos, aquí adquiere un nuevo grado. Ahora la propia narrativa de Menéndez se ve usada como referente, usada como un mundo que prefigura la existencia de esta novela. El derecho al pataleo de los ahorcados aparece explicitada en una referencia del libro a ese derecho al pataleo del que son privadas las víctimas, pero también en el uso de los puntos de vista, que en el desenlace de la novela se revela impecable. La piel de Inesa, nombre de la primera novela de Menéndez y de uno de los cuentos del libro ya mencionado, aparece en el tratamiento descarnado del sexo. De modo que esto es la muerte aparece de modo explícito como frase insertada, pero también en toda la metáfora caníbal que ya aparecía en Carne, el primer cuento del libro y de la sección titulada Hambre. Las bestias aparece de un modo omnipresente a lo largo de todo el libro, y no sólo por la reiteración de algunos personajes, sino por el mismo foco de atención del libro, y la presencia de ese escritor mafioso, el Gordo, que se está perfilando como una de las creaciones más interesantes de la narrativa de los últimos años.
Río Quibú supone mucho más que una novela negra o el segundo eslabón de una trilogía. Todo lector versado en la obra de Menéndez verá en ella un ordenamiento, una cristalización de un universo, de unas obsesiones y referencias que la enriquecen exponencialmente. Hay un texto, publicado en la revista Eñe, que quizá en una futura edición recopilatoria de la trilogía en un solo volumen sería un apéndice estupendo. La recreación del cuento borgeano El Aleph, sirvió para empezar a dar forma a muchas de las obsesiones en torno a la isla que tenía en la cabeza Menéndez. Aparecían en Las bestias y aparecen en esta novela. Creo poder intuir, releyendo una vez más Menú Insular, que era el nombre del texto, por dónde puede andar la próxima entrega de la trilogía, o, al menos, qué imágenes subyugadoras nos entregará ahora.
Las esperamos ansiosamente.
Ronaldo Menéndez Río Quibú Lengua de Trapo, Madrid, 2008

16 mayo 2008

Darle tiempo a la fruta para que madure

No es La paz perpetua, desde luego, la mejor de las piezas dramáticas de Juan Mayorga. Como suele ser habitual, los creadores reciben los parabienes del público algún tiempo después de haber destacado por las que sí son sus mejores obras. No quiere esto decir, tampoco, que La paz perpetua sea mala. Al contrario, es una buena obra, que consigue situar al espectador ante toda una serie de reflexiones sobre temas que nos competen a todos. Pero no lo hace del modo brillante al que nos tiene acostumbrados tras trabajos como Cartas de amor a Stalin, Himmelweg o Hamelin.
Reflexionar sobre el fenómenos del terrorismo es algo especialmente pertinente hoy en nuestro país. Son ya cuarenta años los que han pasado desde el primer muerto a manos de ETA y cuatro desde los atentados de Atocha. Y el terrorismo es algo que está presente en nuestro pensamiento de un modo habitual. Nosotros somos, quizás, de los ciudadanos que menos han visto como su vida ha cambiado tras los atentados de las Torres gemelas. En España, como siempre, estamos atrasados o adelantados, nunca al compás de la Historia –así, con mayúscula, para que parezca que hablamos de temas trascendentes-. Todo depende del historiador que analice lo ocurrido: o bien seguimos en el siglo anterior, o hemos servido como tablero de pruebas.
Mayorga elige una interesante sinécdoque, decide hablarnos de todo el fenómeno a través del proceso de selección de un perro para convertirse en un K7 que formará parte de la unidad que lucha contra el terrorismo. Los tres elegidos: un perro callejero que ejerce el rol del mercenario, un cruce genético que cumple la función del instrumento irreflexivo y un pastor alemán que aparece como el tipo reflexivo. Frente a ellos la agente que supervisa el proceso y un labrador que sirve como adiestrador y seleccionador. Sí, muchos animales hablando como para no pensar en una fábula. Una fábula válida y bien planteada, en la que aparecen las diversas maneras de enfrentarse al fenómeno terrorista y la manipulación que desde el poder se ejerce sobre el asunto.
No quiero desvelar aquí el final de la obra –aunque, como sabe cualquier asiduo del blog soy de los que piensa que nada más inocuo que saber el final de algo para su disfrute, al fin y al cabo todos sabemos cómo va a terminar nuestra vida y son pocos los que se suicidan-, pero sí que deseo afirmar mi coincidencia con el final planteado, donde vemos que el poder termina pareciéndose demasiado a menudo a aquello que afirma buscar combatir. El mensaje final de que todos somos carne de cañón para ambos oponentes es bastante claro.
No, lo que me ha preocupado más es la distribución de los elementos de la obra, su estructura, que es donde muestra su cara más débil. La obra dedica mucho tiempo al inicio a presentar las distintas personalidades de los perros, y cuando se quiere dar cuenta le falta mucho discurso por comunicar, y esa carga se produce al final, resultando por un lado intimidadora y, por otro, redundante y absurda. El opresivo discurso final de la agente resulta por un lado demasiado evidente, fácil, obvio, y cargante. ¿No habría sido más lógico ofrecer todas esas reflexiones al hilo de las distintas entrevistas personales con cada uno de los perros? El hecho de reservar ese discurso al humano, al manipulador, no deja de ser una excusa un poco fácil, ya que incluso los oprimidos saben y conocen por qué obran los poderosos, y el hecho de que no puedan disputar el poder u opinar no les exime de pensar, ni les imposibilita la conversación. Más aún cuando hemos visto a ese perro filósofo, Emmanuel, que es capaz de comprender y analizar los mecanismos de la existencia.
No sé, me he quedado con la sensación de que la obra es demasiado maniquea, demasiado obvia en muchas parcelas y aunque es atrevida y propone una reflexión meditada en torno a uno de los problemas más acuciantes de nuestro tiempo –y que tiene todo el aspecto de mantenerse como preocupación social durante mucho tiempo, y no sólo por la existencia de terroristas que acaben con vidas humanas, sino por asimilación de sus técnicas y de su discurso por parte de instituciones y empresas-, no termina de cuajar. Quizás ha faltado tiempo para cuajar más el discurso, la obra, tal vez Mayorga, al que ví en la representación, lo que demuestra que visita las representaciones y quizá de ese modo está analizando cómo funciona la pieza en escena en aras de pulirla o mejorarla para su edición o futuros montajes, no ha dispuesto de todo el tiempo que le habría gustado tener para la obra. Y allí llegamos a lo que más me inquieta de todo este asunto, puesto que este no deja de ser un blog literario y la razón que me ha llevado al teatro no ha sido el terrorismo sino el hecho de que ahí se representa un drama de Mayorga, que es el hecho de que el éxito pueda resultar un obstáculo para la creación. Muchas obras de Mayorga están en cartel y mucho ha trabajado en el último año para que estén allí. Quizá haya que espaciar más los trabajos para lograr una mayor calidad. Quizá el problema del reconocimiento es que uno no tiene tiempo para mantener en lo alto la calidad de su trabajo.
No quiero resultar tendencioso -bueno, sí, tampoco vamos a negar lo obvio-, pero me llama poderosamente la atención que si uno realiza una búsqueda en Google, casi todas las imágenes que aparecen son retratos de Mayorga. A mí me alegra enormemente que un buen autor obtenga el merecido éxito, pero desde luego, cuando uno ve La paz perpetua, se queda más con la estupenda interpretación de los actores, con la acertada puesta en escena, que con el texto. Y entonces mal andamos. Se ha hablado aquí muy bien de Mayorga, así que no creo necesario explicar que me gusta y lo considero el mejor dramaturgo que tenemos hoy por estos pagos, sobre todo comparándolo con otro exitoso dramaturgo que, ni por casualidad, trata de los profundos y arriesgados temas que Mayorga toca.

08 mayo 2008

Poesía de la realidad

Si por algo se ha caracterizado a lo largo de toda su producción poética Pablo García Casado (reunida en los libros Las afueras, El mapa de América y Dinero, todos editados por DVD) ha sido por no tener ningún miedo ni cortapisa a la hora de elegir los materiales con los que trabajar en su obra: sexo, dinero, objetos, todas esas cosas que forman parte de nuestra vida cotidiana y que desaparecían en el momento en que alguien decidía ejercitar su vertiente lírica, son el verdadero asunto de sus poemas. Porque García Casado es un poeta necesario que nos habla del mundo que habitamos, que tocamos y que olemos, y no de esas bellas y tiernas abstracciones con las que nos gusta relacionar la poesía. Y todo, que es lo más importante, sin abandonar una exigencia estilística y estética, ni abandonar la más elevada de las pretensiones líricas. Es, posiblemente, uno de los mejores poetas de este país y lo tendremos mañana viernes 9 de mayo dentro del ciclo Poesía en mutación. Ya sabéis: Biblioteca Regional de Madrid a las 19:00. La presentación correrá a cargo de Gonzalo Munilla y de un servidor. Están todos invitados.
Como botón de muestra:

PAREJAS
lentos los automóviles buscan un solar en las afueras
cada uno se adueña de su propio pedazo de cielo
en las líneas vacías de los planes urbanísticos

el profesor de biología con su alumna aventajada
el cantante de boleros con la cajera del supermercado
el asesino a sueldo con la hija del gobernador civil

lópez con paredes paredes con ruiz ruiz con ibáñez
en un lugar más extenso que todos los hoteles
más incierto que todos los amores a primera vista

jugando a combinar los primeros apellidos
de Las afueras Pablo García Casado