08 julio 2006

Diarios de todo a cien

Con seis números a la espalda –año y medio-, ya se puede hablar de ciertos éxitos y de ciertos fracasos en la trayectoria de una publicación como Eñe. El interés creciente que ha despertado el género del diario literario, fomentado por el éxito de propuestas como las de Andrés Trapiello o Miguel Sánchez-Ostiz, las polémicas generadas por las entregas de los diarios de José Luís García Martín, la atención renovada a la relevancia del género en el mundo catalán –ahí está Pla o Llop- y el aumento evidente de las traducciones de grandes diarios europeos, amén de epistolarios y memorias, es algo que no había pasado desapercibido a los editores de La Fábrica. Por eso en un principio parecía una idea muy atrayente colocar como apertura de cada número una muestra del trabajo autobiográfico de diversos escritores. El problema surge cuando se leen esos textos, que no sabemos si fragmentos de proyectos de mayor ambición o encargos de circunstancia, y evidencian la total falta de pericia de los invitados. Lorenzo Silva, Juan José Armas Marcelo, Luis García Montero, Jorge Edwards, Laura Freixas y Muñoz Molina han entregado textos más dedicados a menesteres de autopromoción y agitación cultural o política que verdaderos diarios. Un diario debe estar escrito para uno mismo, y ese es el tono que deben conservar. Su capacidad de generar polémica o indignación en el caso de ser publicados tiene que ser algo secundario y la voluntad verdadera del autor debe ser la de escribir literatura. Trapiello, del que tan mal se habla en la mayoría de las ocasiones de oídas, ya que normalmente no se toman la molestia de leerlo, comprendió desde el primer momento que el secreto del diario está en considerarlo, en primer lugar, un género tan válido como cualquier otro, y, en segundo lugar, en construirlo como un género íntimo pero no autobiográfico en el sentido estricto. Hablando en plata, el Andrés de los diarios –el que nos relata lo que ve en sus paseos- no es la misma persona que Andrés García Trapiello, ciudadano que paga sus impuestos y cuyo nombre profesional aparece en la portada del libro. Si ya hemos logrado que todo lector separe de un modo claro al personaje del autor, y ningún lector serio confunde al yo poético con el poeta, deberíamos ser capaces de diferenciar al yo diarístico del autor del libro. Otra cosa sería los diarios que son más taller, banco de pruebas, making of de otras obras, que suelen ser rescatados tras la muerte del autor por algún especialista, y que no son tanto diarios íntimos como parte del trabajo cotidiano del escritor. Son materiales de trabajo, no objetivos de trabajo en sí. Y precisamente –más allá de su escritura bastante banal e indulgente consigo mismos que demuestran- donde han fallado, de momento los colaboradores de Eñe que han mostrado su diario. Obvio decir que pretenden ser diarios íntimos, pero en ellos se aprecia de un modo evidente que el yo escritor, el yo intelectual, el yo figura pública que opina sobre los sucesos informativos de su alrededor pesan más que la voluntad real de hacer literatura. Están más preocupados por la galería que por la verdad de su actuación, y así no se es actor, se es otra cosa, pero no actor. Hay por lo tanto que agradecer a Eñe que, con estas muestras tan prescindibles, revelen la verdadera importancia de los referentes del género, y señalen la incapacidad de muchos escritores aplaudidos por el sistema para adaptarse a nuevos retos.

05 julio 2006

Las noches blancas

Sé que no me lo agradeceréis los suficiente, pero aún así me quito horas de sueño para poder teneros al tanto de lo que sucede por estos mundos de dios. Ayer fue el programa de Sánchez Dragó –la verdad es que no me gusta nada como escritor y tampoco mucho como director de programas culturales pero, teniendo en cuenta lo que hay, en el país de los ciegos el tuerto es el rey- el que me robó horas de sueño. La razón, bien sencilla, es que, al zapear por los canales disponibles –ejercicio que me lleva cada vez más tiempo gracias a la inflación de canales nacionales y locales que vivimos- me encontré con que el amigo Sánchez Dragó había reunido a Pote Huerta, Andrés Barba, Rafael Reig, Irene Zoe Alameda, José María Mijangos, David Barba y una chica muy joven de la que no retuve el nombre –soy algo despistado, de los otros me acuerdo porque les conocía- y de la que se olvidaron los rotulistas del programa.
Por encima de los comentarios que fueron surgiendo en el programa y que se apagaban a la misma velocidad, como fuegos de artificio, llenos de la necesidad casi imperiosa de todo autor joven de marcar territorio y hacerse nombre, y con una voluntad un poco macarra de demostrar lo airados que son, me quedo con el momento en que Andrés Barba se atrevió a hacer lo que muchos piensan y pocos hacen, que no es otra cosa que tirar a ese baúl de libros deleznables el tostón del Gárgoris y Habidis del propio Sánchez Dragó. Y además lo justificó con acierto evidente, ya que es un libro que, como bien dijo, se pierde en detalles banales y absurdos en vez de ir al verdadero centro de la cuestión, que es la religión en España.
Como muestra del pensamiento centrífugo de Sánchez Dragó una perla que soltó ayer en el programa: Irene Zoe Alameda le tuvo que recordar que en el Quijote el cura y el barbero queman los libros de caballerías del hidalgo. El autor más espiritual de la literatura hispana se debía pensar que el humo de la hoguera serían la sobrina y el ama quemando incienso en plena meditación budista, como si estuvieran en un ashram.

Concurso: Los peores libros para el verano

Como no me parece mala la idea de Sánchez Dragó, y soy de los que están convencidos de que terminar de leer un libro que a uno no le gusta no es un acto de tenacidad sino de masoquismo, voy a darle algo de vidilla a los comentarios proponiéndoos unos "concursillos" que serán recompensados con un libro. Habrá varios "certámenes" a lo largo del verano para que los cibercafés de las playas saquen algo de dinero con vuestra codicia.
Pues bien, este primero consiste en imitar a Andrés Barba y decir qué libro hay que mandar a la hoguera y por qué. O, si lo preferís, que libro le colocariais en la bolsa de mano a vuestra pareja para ese vuelo intercontinental después de esa sonora discusión causada por los comentarios de su madre. En fin, os dejo a la imaginación vuestras razones. Escoged un mal libro.
El método para decirlo: hacer un comentario a esta entrada.
El que más gracias me haga -y si no me hace gracia ninguno lo haremos al azar- se lleva un Manual de la venganza de Pal D. Ekran, editado por La Fábrica. Ya veremos como se lo hacemos llegar.

04 julio 2006

La vuelta al mundo en cuatro calles


Hoy me han despertado, como cada mañana, las conversaciones de mis vecinos: los franceses de la puerta de al lado, las italianas que viven encima suyo y los brasileños que viven encima mío. Tras ducharme y vestirme me he echado a la calle de mi barrio, que es lo más parecido que hay a una medina o una ciudad africana o que parece Chinatown porque es donde se acumulan todos los mayoristas de orientales de Madrid –aparte de Cobo Calleja, claro. En Cascorro están, como siempre, todos los patriarcas gitanos del barrio con sus señoras, sentados a la fresca a la espera de que apriete un poco más el sol para bajar a Vara del Rey y Mira el Río donde tienen sus almonedas. Luego atravieso la zona más romana de Madrid, con el sol reflejado en las torres de la basílica de San Miguel, saliendo de Concepción Jerónima y guiando mis pasos hasta la plaza Mayor. Lo llaman Madrid de los Austrias, pero en esa plaza siempre hay gente de todas partes. Luego me deslizo por Hileras hasta Ópera, por unas callejas que están a medio camino de Nápoles o de Lisboa, con ese aire medio degradado, protegido de la agitada vida comercial que comienza en Arenal, pero tan lleno de nostalgia, de tiempos mejores. Subo por la Costanilla de los Ángeles, que tiene un aire de calle comercial de cualquier capital de provincias castellana, en plano proceso de aggiornamento a través de todas esas tiendas de discos que parecen sacadas de una película de la transición, hasta la plaza de Santo Domingo, a la que le han quitado el piano de cola que servía para ambientar las noches de la Gran Vía, y la han dejado con un evidente vacío en el que están confrontadas unas fachadas con un aire de capital de provincias francesa, de viviendas de burguesía decimonónica, frente a unos edificios franquistas con un deje de hoteles del otro lado del telón de acero, de antiguas viviendas del KOMINTERN reconvertidas en hotel varsoviano. Y cuando uno cae en la Gran Vía, que es lo más parecido a una gran ciudad yanqui con esos luminosos a lo Times Square y los edificios más escuela de Chicago de todo Madrid, uno ha tenido la sensación de que ha dado media vuelta al mundo.
Este trayecto lo hace uno cada mañana y más o menos lo repite cada tarde –a veces varío la ruta- y en este julio de calor pertinaz de Madrid, sin tener las vacaciones a la vista, me ayuda a pensar que algo de turismo hago, aunque sea sin salir de mi aldea.

La foto, como casi siempre que son buenas, es de Imagenaciones

02 julio 2006

Más de cuarenta ladrones

En el diccionario de la Real Academia aparecen todas las definiciones del término ladrón:
ladrón, na. (Del lat. latro, -ōnis, bandido). 1. adj. Que hurta o roba. U. m. c. s./ 2. m. Portillo que se hace en un río para sangrarlo, o en las acequias o presas de los molinos o aceñas, para robar el agua por aquel conducto./ 3. m. Toma clandestina de electricidad./ 4. m. Clavija que tiene salida para varias tomas de la corriente eléctrica./ 5. m. coloq. granuja (pícaro). U. t. c. adj.
Yo, supongo que como todos, hago lectura particular de estas definiciones. Me ha llamado la atención mucho la quinta, que propone dos sinónimos: granuja y pícaro.
Digo que me ha llamado mucho la atención porque conocía la primera acepción, la del que hurta o roba, y por eso suelo aplicar este adjetivo a los dirigente de la SGAE y a todos los que reciben dinero a costa del canon que nos hacen pagar a todos por comprar material informático. A fin de cuentas, los señores de la SGAE me roban una cantidad por cada compacto que compro para pasarle datos a la imprenta, por cada compacto que compro para pasar unos archivos de mi casa al trabajo o al revés, etc. También pago un canon por los cartuchos de tinta de mi impresora que gasto en hacer copias físicas de mis textos, y pago canon por el mero hecho de comprar material informático. Como todos esos aparatos no los uso para copiar y vender copias del trabajo de la gente que cobra de la SGAE, puedo afirmar sin miedo que me hurtan, y puedo llamar a Teddy Bautista ladrón.
Sobre todo porque no le tiembra la voz a la hora de sacar pecho y decir claramente que a él lo que le interesa es que se pague. Para muestra un botón:



Pido, por lo tanto, que comencemos a movernos un poco para que dejen de robarnos. Cada vez que compréis material informático pedir una factura desglosada en la que aparezca el importe que se paga en concepto de canon de pago de derechos de autor. Luego, dirigiros a la SGAE, la central está en el palacio de Longoria en Madrid (C/ Fernando VI, 4) y la lista de delegaciones se puede consultar en su página web (para acceder a su sitio web basta con buscar con la palabra ladrones en Google), y pedir la devolución de esa cantidad, ya que vosotros no vais por ahí vendiendo nada a nadie, y hay que recordar a estos listos, pícaros, granujas -de ahí lo oportuno de la quinta acepción- que la copia privada es legal, y si no, como dice el propio Bautista en el vídeo, que le vayan a pedir cuentas al legislador.

01 julio 2006

Un nuevo catedrático

Por cierto, no quiero dejar de felicitar -se me pasó hacerlo ayer- a Javier Marías por haber resultado vencedor en la apretada votación de la que ha salido elegido miembro de la Real Academia. Logró veintinueve votos de los cuarenta y dos posibles, esto es, más de dos tercios de los académicos le votaron a él.
No sabemos por qué los otros trece no le han votado, máxime teniendo en cuenta que era un candidato único sin rival.
Por cierto, quiero felicitar también a Polanco que ya ha metido a otro de la banda en la guarida.

El cuento del fin de semana (16)

Como evitarlo no iba a solucionar nada, me ha parecido que ya iba siendo hora de incluir por estos senderos algo de Julio Cortázar. A mí me parece un autor fundamental, que está indisolublemente ligado a mi juventud -tal vez debería haber escrito adolescencia para evitar suspicacias- y con el que he disfrutado en un sin fin de ocasiones. Cortázar es, además, uno de los responsables de las escasas Matrículas de honor que saqué en la carrera -y, por lo tanto, que es lo más importante, de ahorrarme la matrícula de una asignatura al año siguiente- y de alguna que otra noche tonta con un amigo armados con nuestros ejemplares de Rayuela -qué horrible la edición de Andrés Amorós para Cátedra, por cierto, de lo peor que ha leído uno- entre otras cosas. Pero, por encima de eso, es el responsable de algunos de los mejores momentos que me ha dado la literatura. Yo no puedo pasar mucho tiempo sin leer alguno de sus cuentos -los de Bestiario, por ejemplo- y aunque sé del peligro latente en la lectura de Cortázar -cuántos jovenes escritores no se quedan anclados en la imitación de su estilo, como sucede con Borges, por cierto, hasta convertirse en caducos y avejentados aprendices de escritor- no puedo evitar frecuentarlo cada cierto tiempo.
A veces hasta me enciendo un cigarro y pongo algo de Charlie Parker o de Bix Beiderbecke para leerlo, a veces me basta con Glenda. No sé. A veces siento que un cuento de Cortázar lo arregla todo.

Página asesina
En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida
en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar
las tres de la tarde, muere.
Julio Cortázar

30 junio 2006

La senda de los rinocerontes

Salir a la calle buscando la primera de las novelas de Beckett –Molloy- y volver a casa con un libro de artículos de Camba –Sobre casi nada- a alguno le podría parecer una muestra evidente de la falta de coherencia que rige la vida de uno o de los extraños giros que demuestra tener la existencia. Pero se equivocaría. Que uno, algo perplejo por el espectáculo del mundo, se lance como un adicto a la búsqueda del libro de un autor que, frente al absurdo de la existencia señaló el vacío sobre la que esta gira y la incapacidad del hombre para nombrarlo, demuestra que los años en la enseñanza pública –colegio, institutos y universidad pública, todo el cursus honorum para el paro- no se han ido por el retrete. Beckett es un autor que fusiona al autor terminal –es casi imposible ir más allá de donde el llegó- con el seminal –no conozco a nadie que lo haya leído al que no se le note la influencia en estilo y temas- y por eso tiene asegurado, y cada vez más reforzado, su lugar en el canon.
Camba, por el contrario, parece condenado a tener que batirse siempre por un plato de lentejas. Al fin y al cabo no fue otra la razón que le llevó a practicar un periodismo de opinión muy zumbón, algo verbenero, pero de una plasticidad única. Lo primero que salta a la vista cuando se lee a Camba es la modernidad de su estilo. Frente a otros columnistas de la época, Camba huye de la retórica, se escuda sólo en el ingenio de sus ideas, en el fulgor de su capacidad de encontrar nexos entre aspectos casi inverosímiles, y en penetrar hasta los tejidos más profundos de la realidad con el bisturí del humor. La mayoría de los sesenta y pico textos que componen el volumen que he leído podrían publicarse sin problema alguno en un periódico de hoy. Alguno, cínico, dirá que eso es porque las noticias de hoy vienen a ser las mismas que las de antes, pero yo creo que es porque Camba supo ver las verdaderas causas de las cosas, y esas causas no cambiarán hasta que no se acabe el hombre.
Devorar las columnas de Camba no es un mérito de nadie, están escritas con la delicadeza de unos pinchos vascos de primer orden, deliciosos, para comer en dos bocados y dejar un sabor de boca único. Porque Camba fue más de tapear que de sentarse en la mesa a comer de carta. Y no por esnobismo, no, sino porque desde la barra se ven más cosas, se escucha a más gente, tiene uno una impresión más certera de qué es todo esto.
Por eso, donde Beckett se pasma y se ve abocado al silencio y el absurdo, Camba observa la sinrazón de la existencia y no puede hacer otra cosa que reflexionar en voz alta sobre ello, ponerle voz a la otra cara de la moneda de la visión de Beckett: la del humor desenfadado, rápido, sutil y fino que practicaba Camba en casa uno de sus textos, y que es una manera única de enfrentarse a la vida.
Alguno podría pensar que hice algo raro aquella tarde de librerías de viejo, pero creo que no, que ya que no encontré el libro que buscaba me llevé al hermano gemelo a casa.

29 junio 2006

Por el mar corren las liebres

ABC lanza una nueva campaña de promoción en televisión. La gente del grupo Vocento ha decidido que el buque insignia del sector prensa destaque en su publicidad la importancia que se le otorga en el periódico a la palabra frente al resto de los diarios, que cada día se centran más en la imagen –a ser posible a todo color y bien grande- a imitación de los modos de la prensa deportiva o del corazón, que son los que realmente venden. Que en un medio escrito haya que darle más importancia a la palabra, y hacer gala de ello, revela hasta dónde hemos llegado en la idiotización progresiva y preocupante de los medios de comunicación.
A uno le gustaría por otro lado que en el ABC le dieran importancia no sólo a las palabras –la palabrería es otra de las posibilidades de alguien que se centra en la palabra, como sabe cualquiera- sino a la información, a ser posible lo más veraz e imparcial posible –ya ven que al final es uno ingenuo y todavía busca estas cosas, pero tampoco va a andar por ahí diciéndolo, no vaya a ser que los “enteraos” le señalen a uno por la calle como a un bicho raro- que es lo que se espera.
Pero lo que más me ha sorprendido es que esta campaña encuentre su principal medio de difusión en la televisión –que no es un medio precisamente escrito ni muy leído- y que el anuncio se dedique a resaltar la emisión radiofónica del Mercury Thatre comandado por Welles como un modelo a seguir.
No quiero yo sacarles los colores a los directivos del ABC y del grupo Vocento en general, ni tampoco a los publicistas que han montado la campaña, pero me gustaría señalar la incoherencia de destacar una emisión ficcional que logró engañar a un buen número de oyentes a pesar de su falsedad, con la idea de información “veraz” y “contrastada” que uno asocia con un medio de comunicación. Supongo que al periodista del Usa Today que se inventaba las crónicas le habrán ofrecido un contrato en el ABC, o al periodista de guerra que mandaba las noticias sobre la guerra –no sé si la del Golfo, la de Yugoslavia, la de Afganistán o la de Iraq, hay tantas guerras tontas- desde el salón de su casa.
Tampoco quiero parecer listillo, pero tampoco supondría una novedad respecto a la línea habitual. Yo cuando hojeo el ABC, y lo hago casi todos los sábados cuando lo compro por el suplemento cultural, tengo la sensación de que se lo inventan todo, porque las noticias y los enfoques parecen de otro mundo, como de Marte, a lo mejor por eso les gusta tanto la retransmisión del gran Orson Welles.

28 junio 2006

El libro de la industria

Soy uno de los más fervorosos lectores de libros de editores. Supongo que porque uno tiene una vocación suicida y ha decidido ser editor –como uno puede elegir cualquier otra manera de autoflagelación-y cada uno tiene derecho a destrozarse la vida como quiera. Y, regalo de una empresa dedicada a la formación de futuros editores y trabajadores de la industria, me cayó en las manos el libro de Jason Epstein donde mezcla sus memorias y experiencias narradas como editor –para el que no le conozca decir que es una figura importantísima en la edición estadounidense porque estuvo muchos años al frente de Random House y es el creador de la New York Review of Books, otra institución en el mundo de la lectura norteamericana, y de la edición en rústica de calidad a través de la colección Anchor Books- con una serie de reflexiones sobre el futuro del negocio editorial.
Tal vez lo que más se echa de menos en el libro sea un poco más de literatura, pero no hay duda de que es una lectura enriquecedora. Se hace evidente desde el prefacio que hay una serie de ideas sobre el futuro de la edición que son las que han movido a Epstein a escribir el libro. Parece ser que el origen fueron unas charlas, y el proceso posterior ha sido engrosar el libro trufando esas ideas con ejemplos de cómo el mundo editorial estadounidense ha ido cambiando a lo largo de los últimos cincuenta años hasta llegar a convertirse en una industria en la que participan grandes emporios de la comunicación pero que sigue evidenciando que, para funcionar realmente, necesita de la labor de pequeños corpúsculos, sea integrados en grandes grupos o de modo independiente.
Muchos de los problemas a los que se enfrenta hoy la edición están reflejados en este libro, donde se acierta a indicar las causas de esos problemas y encauzar unas posibles terapias, pero no soluciones mágicas, lo que demuestra la experiencia del autor en estas cuestiones. Resulta curioso que la mayoría de esos obstáculos que señala dentro de la industria de su país se estén repitiendo en este en el que vivo, pero supongo que es un síntoma de que al adoptar los métodos estamos también, de un modo claro, asumiendo las consecuencias de una política editorial errónea, en la que los grandes grupos manejan las editoriales como si se tratase de una empresa más, sin tener en cuentas las particularidades de un negocio como el de la edición. De ahí nacen al situación tan absurda a la que nos enfrentamos, en la que cualquier mesa de novedades de una librería demuestra como se intenta matar moscas con cañones.
Lo mejor del libro en cualquier caso es el entusiasmo del que hace gala. El autor deja claro desde el inicio –lo peor del libro es que leído el prólogo se conoce ya casi todo lo que ampliará a lo largo del libro- que la edición sobrevivirá. Seguramente modificará de un modo radical sus mecanismos, pero habrá edición de textos durante muchos siglos y, seguramente, libros impresos en papel para una buena temporada. Pero la industria se deberá modificar de un modo integral. Frente a la acumulación de editoriales, autores y monopolización de los puestos de venta, Epstein intuye las librerías del futuro más parecidas a las farmacias yanquis, donde un bote espera al paciente con el tratamiento prescrito por el doctor, sin necesidad de tener amplios lugares de almacenamiento de existencias. Uno solicita un libro, el dependiente lo solicita a su vez al editor que envía el archivo electrónico para que la máquina que tiene el librero en su local imprima el libro y lo encuaderne, listo para que el cliente lo lleve a casa. Dentro de una industria montada de ese modo es evidente que tanto los distribuidores como las grandes industrias editoriales dejan de tener razón de ser, y un editor se basta con su ordenador, una conexión a Internet y algo de tiempo para poder mantener su negocio. Incluso se puede dar el caso de que sea el propio autor el que se encargue de editarse a sí mismo –posibilidad cada día más difundida gracias a la tecnología e Internet- lo que supondría una atomización de la industria pero, al mismo tiempo, una liberación sin precedentes.
Epstein no revela verdades originales, no fascina por la variedad de sus anécdotas y tampoco escribe de un modo embriagador, pero, por encima de esos detalles, nos traslada un diagnóstico agudo y exacto del panorama actual, y se atreve a proponer tratamientos para un futuro mejor.

27 junio 2006

Contar las olas

Uno no sabe si termina de estar de acuerdo con las antologías o no. A través de algunas de ellas ha descubierto uno a autores que, hoy, le resultan fundamentales, pero eso no hace olvidar que, en la mayoría de los casos, resulten una pérdida de tiempo. Sobre todo las temáticas. Si a mí me dieran la opción de montar un menú degustación haría una lista de platos que cocino bien y que fueran variados, pero no me centraría en una variación constante de la misma carne o pescado. ¿Imaginan un menú en torno a la anchoa? Por razones como esas termina uno siempre pensando que una antología es un mal menor.
Además, de un tiempo a esta parte uno hace con las antologías lo mismo que con los sucesivos platos que le sirven en un banquete, uno de boda por ejemplo, que no es otra cosa que probarlo y, si no me convence demasiado, dejar el plato lleno, sin el más mínimo temor a que alguien vea que el guiso no me ha gustado.
Que la antología –que tiene un nombre muy bonito, por cierto, las cosas como son- aparezca a la venta justo cuando todo el mundo está preparando las lecturas del veraneo, y que la temática de la antología sea el mar –o, mejor dicho, la costa, ya que son cuentos para bañistas-, no deja de ser una percha evidente y oportuna. Porque, como dijo Carlos Segarra, el cantante de Los Rebeldes en una entrevista que vi una vez, “si lanzo a la venta Mediterráneo [nada que ver con Serrat, es un hit de éxito en los ochenta, revisen la web en su búsqueda] en verano me llaman oportunista, y si lo hago en diciembre me llaman imbécil, así que puestos a elegir me quedo con lo de oportunista.” Evidentemente, poner a la venta una colección de trece relatos para bañistas en el mes de noviembre demostraría una estupidez evidente. AL menos si se publica en España, seguramente en el cono sur no sería así.
Lo que sucede es que las antologías temáticas es, todavía, más arriesgado que lo de las generacionales o nacionales. Sobre todo si no se hacen con el tiempo suficiente, o si se pretende que dicha antología esté formada por textos inéditos o de difícil alcance. Yo creo que el objetivo de Ronaldo Menéndez y Pote Huerta al idear esta antología iba por ahí, por ofrecer al lector material inédito para leer en la playa, bajo una sombrilla y con una bebida bien fría al lado, si es posible. Para el que no lo haya entendido: que sea una lectura refrescante. Pero creo que el objetivo no se ha logrado, la verdad.
Por un lado por que creo que, obrando con cierta lógica, han echado mano de lo que había, esto es, autores de la casa, que seguramente habían puesto la existencia de estos textos en conocimiento de la editorial –y sería el caso, intuyo, de Cerrada, Frabetti, F.M., Menéndez, Monteserín, Reig y Royuela, que presentan, todos, relatos inéditos-, o de amistades del seleccionador con los que es fácil contactar y conseguir un texto rápido, que es lo que hacemos todos cuando vemos que se nos echa la fecha límite de entrega encima.
Pero es que una antología de este tipo, temática, requiere más tiempo. Cortázar, que fue un archivo viviente en lo tocante a los cuentos, los tenía perfectamente catalogados en su cabeza por temática y por técnica. Es curioso que dos escritores que parecen hoy tan alejados –y digo parecen porque en realidad nunca han sido vidas más paralelas y simétricas como ahora- como son García Márquez y Vargas Llosa hayan aludido en sendos textos de circunstancias a esa capacidad del autor de Bestiario para tener fichados todos los relatos que había leído. Sospecha uno que la idea de la antología le debe haber rondado a uno la cabeza mucho tiempo para que pueda salir un libro de referencia.
Escoger textos que tengan el nexo común del verano, de las vacaciones, y de la costa o la playa, es por un lado cómodo porque ha habido muchos, pero es un arduo trabajo si de entre ese numeroso corpus hay que espigar los verdaderamente buenos. Y eso requiere tiempo.
Ronaldo Menéndez, que lleva unos años por aquí y posee una tradición más hispanoamericana que hispánica de lecturas, ha olvidado –o tal vez no lo conoce, no olvidemos que nadie nace sabiendo- el que posiblemente es el mejor, o al menos de los mejores, relatos que se han escrito sobre el mar, los bañistas y el veraneo. Se trata de “El mar”, de Medardo Fraile, con el que ganó en su momento el premio Hucha de Oro y que merecería estar en todas las antologías, sean o no marineras, que se hagan. No sé si se debe a también parece haber un criterio generacional en la elección, ya que todos los autores están entre los treinta y cinco y los cuarenta y pico, a excepción de Monteserín y Frabetti que están ya más talluditos pero que, no se olvide, son autores que “juegan en casa”. No puedo olvidar, en cualquier caso, mencionar ese cuento como el que ha sabido expresar mejor que ningún otro la soledad del hombre frente a lo que no entiende, y como la revelación se esconde en la rutina menos cotidiana que uno puede imaginar.
De todos modos, más que el proceso de selección seguido, que parece más dictado por las circunstancias que otra cosa, lo que menos convence del volumen es la posible voluntad “refrescante” del mismo. Me explico. La verdad es que, de los trece relatos que componen el volumen a mí sólo me parece memorable uno, hay otros tres que merecen una lectura completa y algo de digestión posterior, y otros nueve que, la verdad, son muy poco interesantes. Como me parece de mal carácter dar nombres lo voy a obviar, que es una manera tan sencilla como cualquier otra para lograr que Ronaldo se enfade conmigo y todos y cada uno de los otros doce autores antologados le sigan en la irritación –lo que, añadido al hecho de que trabajo frecuentemente con dos de ellos y veo con asiduidad, o colaboran con nosotros, otros tres autores, me coloca en una situación bastante incómoda.
Pero bueno, qué demonios, no escribe uno el blog para hacer amigos. En el de Bonilla, el propio autor reconoce –tengo la nota de prensa donde lo explica- que lo de ambientarlo en la playa es porque la imagen del escultor de figuras en la arena era imprescindible, y por eso necesitaba la playa. Por lo demás el texto transcurre en una playa como podía hacerlo en Manhattan. Lo mismo sucede con el cuento de Paz Soldán, donde la playa es apenas un sustantivo en una frase de un texto que transcurre en unas navidades en Miami –por cierto, ¿cuál es el gentilicio o al menos el adjetivo de Miami?-, o en el e Menéndez, donde hay playa como podía haber monte. Tan sólo el de F.M. transcurre plenamente en la playa, en un ambiente de bañistas, chiringuitos, humedad y actos sin sentido.
Y ahí es donde radica, a mi parecer, el problema de la antología, en que parece estar pillada por los pelos, por un lado, y en que parece una antología de textos estivales más por lo adocenado, lo perezoso de su redacción que por lo refrescante de las narraciones. La mayoría están redactadas de un modo clásico, poco intenso, con los “tricks” del perfecto cuentista en la cabeza, como si fuesen encargo de una edición estival –algunos lo son, otros puede que lo sean para esta antología- y en la mayoría de los casos se aprecia una monotonía, una falta de ambición, muy notable.
Paz Soldán juega muy bien la baza del segundo giro y del punto de vista infantil de su narración, F.M. vence por puntos en el sabio tratamiento de la familia moderna en descomposición y los modos de actuación de los miembros de la misma, Menéndez hace una relectura al menos astuta de los pilares de la tradición, en este caso Cortázar frente a Borges del texto que se incluyó en esta bitácora, y Bonilla usa con desenfado un texto más natural, menos artificioso, y se permite un análisis profundo del conflicto de sus personajes y de su narración.
Pero por lo demás hay poco que mencionar, y tal vez por eso parece que sea un buen libro para el verano. Ligerito, amanerado, con pocas sorpresas agradables o no, previsible y relajado. Un libro perfectamente olvidable. Como las vacaciones que, lo reconozcamos o no, queremos todos.

26 junio 2006

Las lecturas del verano

De un tiempo a esta parte me pregunta la gente qué voy a leer en verano. Y la mayoría de las veces no se qué contestar. Pero esta sí.
Como me paso el año leyendo los ejercicios de los alumnos, los libros para las reseñas y demás, o sea que estoy todo el día rodeado de literatura, he decidido que, este verano, me voy a dar un atracón de textos cotidianos. Nada de esos enormes libros que todo el mundo guarda para el verano –y que al final suponen sobrepeso de equipaje a la ida y sobrepeso a la vuelta-, como los de Mann o Dostoievsky –el crimen es empezarlo y el castigo terminarlo-, o aprovechar la lejanía de los conocidos para leer esos libros con los que nos da vergüenza que nos vean –como el del croasán o el de Ana Rosa.
Me voy a leer, así, del tirón, las instrucciones de la crema protectora, porque debo ser tonto y, por mucho que la uso -mi madre siempre insistió en eso-, siempre me quemo. Y no hay nada más latoso que intentar dormir en uno de esos cojines de gomaespuma –siempre que vas a visitar a un amigo con casa en la playa coincides con ciento y la madre y te toca dormir en el colchón de gomaespuma del sofá-nido o en la colchoneta de plástico, no falla- con la espalda quemada.
Me voy a leer también la letra pequeña del folleto de la agencia de viajes, porque siempre hay un hotel, un transfer, algo de lo que me han hecho pagar sin que yo lo supiera o a veces sabiéndolo que no es como aparece en el catálogo de la mayorista. Así que me lo voy a leer todo, las dos o tres páginas de letra minúscula y el reverso del billete. Así al menos me la harán igual que siempre, pero cuando discuta con el guía que nos lleva de una tienda de cristales a una talabartería porque se saca comisión en todas partes, no me podrá torear como lo hace siempre, y al menos por una vez mi novia no me calentará la cabeza en la habitación repitiéndome, como siempre, que me dejó comer por todo el mundo.
Me voy a leer todas las cartas de los restaurantes. Nada de pedir la recomendación del camarero, que encima siempre me coloca lo que está a punto de pasarse, y uno está siempre en el trono en la habitación del hotel de turno. No, me voy a leer la carta entera, aunque no entienda ni jota, para ver todos los platos que tengan, a ver si hay un poco de suerte y tienen una tortillita o algo así. Porque que a uno le hayan convencido de que hay que dejar la casa sola e ir por esos mundos de dios a ver cómo es la gente tiene un pase, pero que encima tenga uno que comer las asquerosidades que se meten para el cuerpo…
Voy a leerme, enteros, de cabo a rabo, los folletos de la oficina de turismo del país en cuestión al que me marche de vacaciones, porque cada año tengo la misma sensación de imbécil cuando vuelvo a la oficina y me pregunta qué tal estaba tal o cuál sitio maravilloso al que van todos los turistas. Entonces yo les recuerdo que al lugar que yo me he ido de vacaciones es X, noY, que se deben estar equivocando. Pero me responden que no, que ellos ya estuvieron en X y vieron tofdas esas cosas. Y por si me quedan dudas siempre llega alguien de otro departamento -casi siempre es contabilidad, como se nota que no se les pasa una- y me dice que claro, que ahí se llega haciendo tal o cuál camino, y que él tiene unas fotos muy bonitas. Ya me las pasará. No, no te molestes, hombre. No, si no es molestia, si te las envío por correo electrónico y punto. Y cuando te llegan están ahí, todos sonrientes, delante de un montón de ruinas con la bandera del país en el que tú has estado.
Voy a leerlo todo. Todo lo que nunca leo. Y voy a dejar de pasar el verano como hago siempre, todo el día leyendo tirado en la playa o en el sofá de casa.
O a lo mejor no, lo mejor es que haga como siempre –no lo comentéis por ahí- que es decirle a todos que me ido a Pernambuco, desconectar la roseta del teléfono, y quedarme los quince días tirado en el sofá leyendo. Cualquier cosa, hasta la fecha de caducidad de las cervezas.

24 junio 2006

El cuento del fin de semana (15)

Nunca he sido un aficionado especialmente vehemente de Conan Doyle. Bueno, la verdad, no he leído casi nada, por no decir nada de Conan Doyle. No soy un fan de Sherlock Holmes, y menos aún del doctor Watson. Y sin embargo creo que he visto casi todas las películas que han hecho sobre los libros, algunas, como la de Billy Wilder me parece magistral. Y no me duelen prendas al decir que es uno de los personajes más envidiables que puede crear cualquier escritor. A mí me gustaría que, como le paso a Doyle, una multitud de lectores me escribieran solicitándome la resurrección de mi personaje, incluida su propia madre.
Pero, al mismo tiempo, no me gustaría ser Doyle. Lo primero porque llegó a sir, y a mí eso de la nobleza inducida por el éxito comercial no me convence demasiado. Por el mismo aro pasó Cela, Marqués de Iria Flavia a los ochenta y cartero honorario catorce años antes, o Valle-Inclán, que se pasó la vida presumiendo de un título del que carecía y que el rey -como se estira este tío, ¿eh?- le dio a sus herederos, y, puesto a pasar por un Haro, me quedo con el de la Rioja, donde tienen muy buen vino.
Y tampoco me gustaría ser Conan Doyle porque al final de su vida se le fue la cabeza más aún que durante su madurez y unas niñas le engañaron con un par de trucajes fotográficos que él tomó por reales. Para muestra de la locura ahí está foto.
Pero, por encima de esos detalles, tuvo destellos geniales como este breve cuento, más que cuento ocurrencia, pero que es de una naturalidad que sobrecoje. Me parece una de las definiciones más certeras de lo fantástico, del terror, que se pueden encontrar. Disfrútenla.


La cabeza del perro

Estoy arrellanado en el sillón junto a la chimenea en que crepita el fuego. Tengo la copa de coñac en la mano derecha. Con la mano izquierda, caída descuidadamente, acaricio la cabeza de mi perro... hasta que recuerdo que no tengo perro.
Arthur Conan Doyle

23 junio 2006

Non olet

Me encontré ayer, apenas había puesto un pie en la calle, con el que fue mi profesor de literatura de mi segundo de COU: Alejo Martínez Martín, culpable de buena parte de las adicciones que me aquejan y de algunas que me han aquejado. Me refiero a las literarias, no clamen al cielo imaginándose un profesor de esos que les da porros a sus alumnos -de esos también he tenido, pero no viene al caso-, y nos ha sorprendido ver que los dos teníamos el mismo plan para el día: pagar a Hacienda.
Uno nunca piensa que paga a la sociedad, ni a la comunidad como diría un yanqui, sino que el dinero se lo suelta a esos señores que están al otro lado de las mesas y mostradores de las oficinas de la agencia tributaria para que hagan con él lo que les venga en gana. Y si tiene esa sensación es porque esos señores son confesores a los que uno les dice cosas que ni a su señora le confesaría, les enseña facturas que no conoce ni su socio, y se inventa gastos que ni el gestor -qué curiosa la idea de alguien que está más al tanto de lo que sucede en tu empresa que tú mismo- podría imaginar. Toda esa información que uno les facilita alegremente sirve para saber qué lugar ocupa uno en la sociedad. En la sociedad anónima que somos todos -o somos tontos como dicen las pintadas- y a la que se supone que debemos mantener.
Me decía Alejo, con su sorna habitual, que Hacienda es maravillosa, porque ha conseguido que los ricos paguen para que los pobres tengan servicios sociales. Y lo dice con toda la retranca del que, como yo, se ve en el brete de ser un soltero con un salario saneado y sin familiares con los que desgravar. O sea, que uno es lo suficientemente rico como para tener que pagar en la Declaración de la Renta, y lo suficientemente pobre como para no poder tener unos gestores que se encarguen de escamotearle dinero a Hacienda para no tener que declararlo.
Así que se siente uno como los imbéciles que siempre, pero siempre, sacan el dinero al ir a pagar unas cañas -con la sorpresa de que el otro no lo saca nunca, y que otras tiene que sacar la cartera cuando el otro saca una tarjeta de crédito que, casualmente, nunca acepta el camarero.
Al final no le queda a uno otra salida que emborracharse para olvidarse de todo, y sólo a veces se encuentra uno con un camarero amable y comprensivo que nos invita a alguna ronda.

22 junio 2006

Chico Buarque y el urbanismo

Han pasado ocho años, pero si uno sabe que está en el camino cierto, hay pocas razones para andar dando bandazos estúpidos. En la ONU andan alertados porque el hombre, siguiendo las intuiciones de Aristóteles, ha decido convertirse, del todo, en un animal político –esto es, que vive en la polis, la ciudad- y desde este año hay más gente viviendo en las urbes que hay repartidas por este mundo que en zonas rurales.
Por cierto que hace nada nos dieron una noticia que se contradice un poco con esta y era que, por primera vez en la historia, había más almas –en este caso, ahora verán, queda mejor almas que hombres- caminando sobre la tierra que la que se calcula que se ha muerto a lo largo de toda la historia. Y, uno, que para estas cosas –para estas y para entender un poco a Góngora- sigue a Dámaso Alonso, se acuerda de aquello de la ciudad de un millón de cadáveres según las últimas estadísticas.
Lo que sucede es que esta nutrida población urbana no vive, precisamente, en palacios –ni tan siquiera en esas viviendas de la ministra Trujillo que, con dieciocho añitos, a mí me habrían sabido a gloria, a qué mentirnos- sino que habita en chabolas. Los nombres, vayan aprendiéndolos, son los nuevos pseudónimos de la injusticia, son muy variados: villas miseria, favelas, iskwaters, hoods, shammasas, y hay más. Las ciudades del futuro son tropicales, carecen de casco histórico y en su carencia de historia puede estar su principal recurso para proyectarse hacia el futuro. No lo digo yo, lo dice Rem Koolhas. Pero, a la espera de que los países donde están puedan tener una renta per cápita real –que cada ciudadano se vea con dinero, hablemos claro- la realidad de esas ciudades es el conflicto. Y es en esa realidad donde radica la fascinación que ejercen.
Como le sucede a Chico Buarque. En numerosas entrevistas destaca que Rio de Janeiro –una megaurbe de más de diez millones de personas censadas, muchos de los favelistas no están controlados estadísticamente- es una ciudad enclavada en un entorno privilegiado, construida con un mal gusto evidente, en la que los ricos, riquísimos, conviven con la mayor pobreza. Él mismo dice que el rico, desde su condominio fechado, puede escuchar los tiros de la calle.
Por eso le ha dedicado su último disco, Carioca, a la ciudad en la que habita. Un disco que, por cierto, se abre con una canción sobe los suburbios, esos que siempre van al final en las estadísticas, que no aparecen en las guías de viaje, de los que nadie habla.
Pero tampoco hay que sorprenderse de esta preocupación urbanística –y política- de Buarque. Su disco anterior, lanzado hace ya ocho años, se llama As cidades. Y si en este último la portada muestra a Chico Buarque de blanco impoluto como pantalla de una proyección de un mapa de Rio, y las fotos del libreto son numerosos planos de la ciudad fluminense, en el disco anterior la portada era un tratamiento digital del rostro de Buarque transformado en ejemplos de las diversas razas que habitan su país y las diez metaciudades de las que nos alerta la ONU, al mismo tiempo que el libreto era una secesión de representaciones de soluciones urbanísticas de todo tipo.
Pero es que, además, la novela que escribió entre ambos discos tiene el nombre de una ciudad, Budapest, en la que un escritor anónimo, un negro se pierde, hasta el punto de, seducido por la lengua magiar, abandonar a su mujer para quedarse a vivir con una joven traductora que ha conocido en las ciudades del Danubio, porque no es casual que la novela tenga como marco a dos ciudades: Buda y Pest, que se unieron, como hacen las modernas conurbaciones, para formar una realidad más grande.
Buarque está obsesionado por la incomunicación y los nexos que nos unen en ese entorno que el hombre ha sido capaz de imponer al entorno. La ciudad es el gran invento del hombre: hay ciudades en el Sahara, las hay en el altiplano boliviano, en entornos de clima extremo como Canadá o sobre aguas debido a la necesidad de un suelo a veces inexistente, como en Bangkok o Hong Kong.
La ciudad es el hombre, y el hombre es la ciudad. Por eso no entiendo la voluntad de tantos hombres de vivir con alegría desaforada en esos chalets adosados a las afueras de a ciudad, prolongando hasta el infinito un rizoma invertebrado, sucedáneo descafeinado del original, o en los nuevos barrios que toman eriales llenos de urbanizaciones cerradas con guardia de seguridad en la puerta que protege el interior del castillo al mismo tiempo que señala de modo evidente los lugares idóneos para el latrocinio. Guetos voluntarios en los que el burgués de la tercera era del capitalismo se siente virtualmente seguro.
Nunca como hasta ahora hemos tenido tanta capacidad de comunicarnos, nunca como hasta ahora ha habido tanto miedo al otro, aquel que es un clon de nosotros mismos y con el que compartimos las cuerdas de tender la ropa.
Chico Buarque se dio cuenta hace tiempo de esto, y en vez de dar bandazos estúpidos está trabajando sobre ello.

21 junio 2006

Yo, que imaginaba el paraíso bajo la especie de una… librería

Uno tiene muchos defectos –bueno, también virtudes, pero no está bien airearlas uno mismo- y uno de los mayores es la manía, casi compulsiva, de comprar libros. Pero, y esto es importante, no un libro cualquiera. O sea, no me vale con bajar la Ribera de Curtidores hasta el VIPS y comprar el primer libro de oferta o uno de los pocos de novedades –de fondo ni hablamos- que tienen. No, yo no busco “un libro cualquiera”, lo que hace que la afición lectora se vuelva un defecto es que cuando quiero un libro quiero ése y tan sólo ese. Así que no puedo ir a una tienda cualquiera de esas en las que venden libros como si se tratase de clavos, toallas o unas zapatillas. No, uno tiene que irse a una librería, una de las de verdad.
El otro día comentaba que eso no es muy frecuente –lo de que haya librerías como Dios manda-, y por eso acostumbra a andar uno como alma en pena de librería en librería en busca de ese libro que quiere.
Tengo suerte, dentro de lo que cabe, de vivir en una ciudad más o menos bien surtida de librerías, y de habitar en un barrio suficientemente céntrico para que no me caigan muy retiradas de mi casa. Y aún así creo que hay pocas, y aún así hay veces que me vuelvo a casa sin el libro que quería.
A veces uno vuelve acompañado por otro. Este es otro de mis defectos, que tengo una visión del mundo, y por lo tanto de la satisfacción de mis deseos, por extensión de mis necesidades, suficientemente dócil como para no tener que retirarme a casa y cortarme las venas. Y digo que es un defecto porque esa docilidad y adaptabilidad la pongo en práctica no sólo con los libros, sino también por ejemplo a la hora de ligar. Yo creo, como Bauman, que la modernidad es líquida, y que hay que saber adaptarse igual que hace la modernidad a las situaciones.
Pero esto siempre choca con las limitaciones propias del entorno. Por ejemplo, no hay manera de ligar con una persona u otra si no hay personas con las que ligar y, del mismo modo, no hay manera de conseguir ese libro si no hay donde comprarlo.
Así que estos días me he alegrado mucho de vivir aquí y no en Cáceres. Llevo un par de días leyendo con cierta angustia la historia de la librería Boxoyo, que han cerrado sin dar demasiadas explicaciones. Del asunto me he enterado por el blog de Álvaro Valverde –lo tienen en la lista de enlaces del lateral, así me ahorro tener que andar generando otro en mitad del texto, que los hipervínculos son poco agradables estéticamente- en el que se da buena cuenta de los sucedido.
Parece ser que no es la primera vez que los lectores de Cáceres se ven en una de estas, ya que los libreros –que tuvieron el detalle de llevarse la librería del centro histórico, moderno y algo descafeinado como todos los centros urbanos de las capitales de provincia que se construyeron en el franquismo, al casco histórico, y así les pagan- ya se vieron obligados, por la denuncia de un vecino al que le preocupaba el peso de los libros en las estanterías, a reducir la oferta de este paraíso –Borges, veinte años lejos de nosotros, dixit- y dejar a los lectores un poco más desamparados. Le sorprende a uno que, la misma técnica que se usa para acabar con los bares y las salas de fiesta –el control de aforo- sea la misma con la que se cierren las librerías en Cáceres. Supongo que el vecino debe seguir la vieja doctrina franquista –a más sean, y si actúan en comandita, más peligrosos son.
Yo creo que esto se soluciona de un modo muy sencillo. Basta con que el ayuntamiento mande un perito y que decida cuántos libros aguantan las paredes del inmueble. Que indique si hay algún tipo de reforma estructural que permita a los libreros llevar tantos libros como deseen y, en caso de haberla, que la pague el ayuntamiento –si el libro es un bien cultural hay que ponerlo al alcance del dueño, que bastante tiene con pagar la letra del local-, y, para eliminar futuros problemas, que realoje al vecino latoso en algún barrio descafeinado de casas de hormigón sin estanterías cargadas que pongan en peligro su estructura.
Y que dejen a la gente morirse a gusto entre libros, coño, que no hacen daño a nadie de ese modo.

20 junio 2006

De camisetas y balones

El fútbol no vende, como afición propia de escritor quiero decir -no se vayan a asustar los publicistas- porque parece que juntar palabras está reñido con darle patadas a un balón. En Sudamérica tienen la ventaja de que esto no es así, pero aquí en el Viejo continente las cosas no parece que tengan mucho aire de cambiar. Y eso que cada vez más escritores no tienen el más mínimo reparo en confesar su afición balompié. A mí, a bote pronto -leo en el Diccionario de Manuel Seco que el origen de dicha expresión tiene un origen político-, se me ocurre Juan Bonilla, por ejemplo, y sé que hay más, pero no me apetece citarlos.
A mí me gustan poses como la de Trapiello, que cuando le piden un cuento sobre fútbol hace uno sobre el futbolín -por cierto, qué fino estilista he sido yo en los billares, la de noches que he pasado siendo del Real o del Atleti alternativamente- y queda la mar de bien, porque del mismo modo que un campo de fútbol puede ser el reflejo del universo puede serlo también el pequeño recinto de los muñecos ensartados por un hierro, de hecho a mí me parece una imagen más vanguardista y acabada.
Además, en unas fechas como estas, en que la gente sale a la calle con banderas rojigualdas con siluetas de toros -¿le habrán dado alguna vez a Manolo Prieto derechos de autor por el dichoso toro los del brandy?- no queda muy cool ir diciendo por ahí que en lo que va de mes se va uno corriendo de la oficina a casa para poder ver los partidos a las nueve de la noche. Pero es lo que hay, y es lo que uno hace, a quien no le guste tiene otros cinco canales.
No, los escritores no suelen confesar que les gustan los deportes. Sobre todo verlos, como cualquier hijo de vecina, tirado en el sillón con una cerveza. Pero, qué demonios, hay pocas cosas tan divertidas como estar con unos colegas, cañas de por medio, comentando los errores en los que está cayendo tal o cual equipo -todos los españoles somos seleccionadores, ya lo dijo Camacho- y dar un grito cuando tu equipo -del que eres aficionado, no se confundan, que ya sabemos que Dimitri Piterman hay solo uno- mete un gol.
Lo peor de todo es que uno, que de fanático tiene poco, se pone más cerril cuando alguien le quiere afear o prohibir algo. Así que a mí, que me gusta el fútbol lo justo y que no renunciaría a demasiados planes por ver un partido, me sale el futbolero que llevo dentro si me dicen que no debo serlo.
Me pasó el otro día, estaba tomando un par de cañas con un amigo en un bar en el que tenían puesto el fútbol, y me llamó una chica a la que conocí en una fiesta una semana antes. Al escuchar el ruido de fondo me dijo: ¿Estás en un bar viendo el fútbol? No pensé que fueras de "esos".
Por fortuna en ese momento me dejé guiar por la intuición -Valdano dice que todo buen delantero debe tener intuición, la velocidad punta de la inteligencia, para definir la jugada, y no se si lo sabe o no pero entronca así con el pensamiento medieval de Dante- para contestar, y yo, que de "esos" no me he sentido nunca, en ese momento dije que sí, que he pedido vacaciones en el trabajo para poder verme todos los partidos, que le he dicho al quiosquero que, en vez de un periódico de verdad, me guarde el Marca, y que lo de vernos lo dejamos para mediados de julio, cuando haya terminado el Mundial.
Y eso si no me engancho al Tour, qué leches.

19 junio 2006

Vivo en la jungla

Después de un fin de semana dedicado, por un lado, a las labores profesionales propias de mi condición -perdón por esta manera tan rebuscada de hablar pero es que he recordado los comentarios de un periodista deportivo cuando hablaba de que un jugador se había podido romper los huesos propios del pie-, en fin, que estuve corregiendo ejercicios de los alumnos de mis talleres de cuento; y, como eso no suele ser suficiente, de excederme un poco con la ginebra, porque no me bastó con ir bebiendo al buen tuntún Beefeater y Tanqueray dependiendo del bar al que fuera, incluso creo que cayó algo de Bombay, aunque lo de Sapphire creo que fue el miércoles en la inauguración de la terraza Skynight, diseñada por Nouvel, del hotel Puerta de América -qué quieren, ya sé que es contradictorio estar siempre hablando mal del mercado y evidenciar esta superficialidad, pero uno es humano, y había barra libre, si no puedes vencerlos desde fuera no está mal la táctica de guerrillas, y además un poco de buena vida no vuelve a nadie tonto-, total que no me auerdo ya ni de las copas de este semana, y eso debido a que además de la ginebra cayeron antes un montón de cervezas. Por eso llegué al domingo con el hígado algo perjudicado y tremendamente cansado, necesitado de sueño.
El domingo transcurrió entre partidos de fútbol, aburridísimos los jugadores, más aún los locutores, y el libro de Mercedes Cebrián, del que ya hablaremos un día de estos, no se preocupen, aunque fue lo mejor del domigo, la verdad.
Así que poca cosa me apetecía contar hoy y, para colmo, he estado todo el día buscando contactos para promocionar los talleres intensivos de verano de la empresa para la que trabajo, así que tampoco he tenido tiempo de meditar mucho qué decir aquí.
Podría haberme puesto a despotricar contra la variedad de medias verdades a vueltas del referéndum con que los rotativos nos han recibido esta mañana. Mañana que, por cierto, ha empezado muy pronto para mí porque el amigo Gonzalo quería que hiciese de profesor para una delicia en forma de corto que se llamará Benelux y que hemos estado rodando esta mañana en el aula donde pasé tercero, cuarto y quinto de EGB. ¿Quién me iba a decir que acabaría haciendo de profesor en ella? No se impacienten, en cuanto esté acabado el corto intentaremos que lo vean, aunque sea a través de You Tube.
O podría haber comentado los curiosos cambios en el organigrama de El País, en los que el hasta ahora jefe de deportes pasa a cultura. Total, como en El País a nadie le preocupa informar, tampoco hay que extrañarse de que uno pase de Butragueño o Ronaldo a Heidegger. También podría haber colgado el segundo capítulo, esperemos que el último, de la historia de Iker Jiménez -no puede ser de mi familia, nadie de mi familia puede ser tan tonto- y el "cosmonauta fasntasma". El muy caradura ni tan siquiera reconoce que la ha cagado. Eso sí, el colaborador que trajo la historia, por lo visto, a la puta calle. Lo explican muy bien en Magonia.
Total, que había tanta tontería en el ambiente que he aprovechado la hora de la comida para navegar un poco y encontrarme con que en Microsiervos hay otro fanático de Escher como yo. Alvy ha colgado unas cuantas imágenes en Flickr para los que, como he hecho yo, quieran utilizarlas.
He escogido esta no porque me parezca la mejor de Escher, al igual que Alvy posiblemente la que más me gusta sea el mural Metamorfosis -que, por cierto, estamos nostálgicos y escolares hoy, fue una de las imágenes que tuve en mi carpeta de escolar desde tercero de bachillerato hasta tercero o cuarto de carrera-, sino porque al lado de mi casa, en la calle Conde Romanones 14 o 16, ahora no recuerdo bien, están terminando de rehabilitar un edificio y en el enfoscado de la fachada han usado la trama de lagartos claros y oscuros encadenados como tópico de la decoración. Y, desde el primer día que lo vi -y paso por allí a menudo-, me ha llamado la atención ese pequeño rincon escheriano en la parte más romana de Madrid.
Vaya por Maurits Cornelius Escher, que se permitó el lujo de mandar a paseo a Mick Jagger cuando le pidió una imagen para la portada de un disco.

17 junio 2006

El cuento del fin de semana (14)


Lo prometido es deuda, así que aquí está el cuento con el que Ricardo Menéndez Salmón ganó el Premio José Nogales de la Diputación de Huelva en su edición del año 2005. Como broche a toda la historia que se ha ido comentando en el blog, su autor ha tenido a bien enivarlo para que pudiérais disfrutarlo todos. Parece ser que, en un futuro no muy lejano, habrá libro nuevo en Seix-Barral. Lo esperamos.
Y entre tanto aquí está el cuento. Disfrutadlo, creo que lo merece.

Gritar
Para Ignacio del Valle
La primera vez que Balboa leyó el anuncio no pudo evitar sonreír:

«SE ALQUILA HABITACIÓN PARA GRITAR.
ECONÓMICA. ABSOLUTA DISCRECIÓN.»

Y aunque pasó la página del diario buscando las necrológicas, algo lo retuvo, una fuerza que tiró de él obligándole a volver atrás, a leer por segunda vez, muy despacio, con extraordinaria atención, como si cada una de aquellas ocho palabras pudiera contener un enigma, el texto que hacía sólo un instante acababa de arrancarle una sonrisa.

«SE ALQUILA HABITACIÓN PARA GRITAR.
ECONÓMICA. ABSOLUTA DISCRECIÓN.»

El anuncio, estratégicamente situado entre los avisos de inmobiliarias y los de compraventa de muebles, automóviles y joyas, brillaba con luz propia, como un faro en la noche. Entonces, al leerlo por segunda vez, la sonrisa de Balboa dejó paso a la curiosidad.
En efecto, minutos más tarde, mientras llamaba al número de teléfono indicado e imaginaba la clase de voz que respondería al otro lado de la línea, el ánimo de burla y la más pura admiración jugaban dentro de él una partida confusa. En cualquier caso, se sintió bastante reconfortado cuando una voz de hombre, una voz viril y autoritaria, un poco insolente, le comunicó un precio y le sugirió una hora.
Balboa recordaría siempre aquella primera visita con una mezcla de placer y pudor, como si estuviera yendo a un burdel o acudiendo a presenciar, en lo más cerrado de la noche, una pelea clandestina de perros.
La casa le sorprendió por el buen gusto con que sus paredes estaban decoradas, la profusión de libros que adornaban las estanterías, las flores que perfumaban cada estancia. El propietario, el hombre que respondió al teléfono, vestía un traje de un corte exquisito.
—No quiero saber su nombre —le dijo a Balboa tras estrechar su mano, invitarle a sentarse y ofrecerle un café—. Y espero que usted no me pregunte el mío. Lo que haga allí dentro es cosa suya. Así que disfrute. —Y añadió, mirándose largo rato las uñas—: Y no se preocupe por el ruido. El inmueble está insonorizado. Grite cuanto quiera.
El grito, tan ancestral, nos inflama de vergüenza. Pocos actos como el grito nos permiten comprobar hasta qué punto hemos olvidado nuestra animalidad y nuestro pasado, los lugares de donde procedemos. Incluso quien sube a lo alto de una colina para gritar, aun sabiendo que está completamente solo, experimenta cierto sonrojo al emitir sus primeros gritos. Sólo los niños, que tienen una experiencia de la libertad que los adultos hemos olvidado, y los agonizantes, a quienes ya no afecta la escuela de las buenas costumbres, gritan sin avergonzarse.
En consecuencia, el primer encierro no fue el más memorable para Balboa.
Al comienzo sus gritos se le antojaron absurdos y falsos, impostados, carentes de sentido, y aunque al final de los treinta minutos (ese era el tiempo convenido) se fue sintiendo más confiado, más seguro de sí mismo y del resquemor no del todo desagradable que notaba en la garganta, abandonó la habitación prometiéndose no volver.
Su decisión duró apenas cuarenta y ocho horas. El viernes por la tarde, al salir del trabajo y pisar la calle, echó algo de menos, como dicen que los mutilados extrañan un miembro amputado o que los ex fumadores añoran la nicotina décadas después de dejar el tabaco. Una dulce pero rotunda nostalgia le había pillado desprevenido, como un hombre al que disparan por la espalda. Acababa de descubrir que necesitaba gritar a toda costa.
De modo que, en vez de ir andando, cogió un taxi para llegar a casa lo antes posible, subió las escaleras casi corriendo, se quitó el traje y la corbata, se encerró en el baño, se aclaró la garganta y…
Y siguió callado.
Al descubrir su cara blanca y algo avejentada en el espejo, al percatarse de la flacidez de las mejillas y la falta de carácter del mentón, supo que no podía gritar allí dentro, que su lugar era otro, la cálida y cómoda casa del hombre que se miraba las uñas al hablar.
Así que llamó, concertó una cita y respiró aliviado.

*****

Desde aquel viernes, indefectiblemente, Balboa acudía a gritar media hora a la habitación del anuncio.
Aquello duró, más o menos, un mes. Balboa había alcanzado un gran dominio sobre su grito, se había convertido en un perito ciertamente diestro, en un notable gestor del ruido. En líneas generales, podría decirse que estaba satisfecho. Pero también era consciente de que algo le faltaba, de que su grito, al tiempo que ganaba perfección, perdía frescura.
Fue por eso que una tarde, al despedirse del dueño, se atrevió a hacerle una oferta.
—Perdone que le moleste —dijo—, pero quiero proponerle algo.
El hombre le invitó a sentarse.
—Usted dirá, querido amigo. Le escucho.
La casa estaba tan silenciosa que las palabras parecían poseer relieve, como si fueran de mármol.
Balboa no vaciló. Le dijo que le gustaría gritarle a él, al dueño de la casa, en vez de hacerlo a la habitación vacía. Inmediatamente se sintió traicionado por su propia voz, ganado por el pánico, y recordó la advertencia que, a propósito de los límites de su intimidad, el hombre le había hecho durante su primera visita. Comprendió entonces que había cruzado un punto sin retorno: le iban a echar sin mediar palabra…
Pero Balboa se equivocaba.
—En fin —dijo el hombre mirándose las uñas como quien mira un prodigio—, es una proposición un tanto insólita. Nunca antes nadie me la había planteado…
—Por supuesto —le interrumpió Balboa recuperando el pulso— le pagaré más dinero.
Así fue como comenzó el segundo mes de alquiler. Balboa había encontrado a quien gritarle.

*****

Es probable que la esencia del grito sea la insatisfacción. Gritamos porque no somos felices, porque estamos hambrientos, porque queremos dormir, porque nos han abandonado o porque no aceptamos la muerte. Gritamos lo que no tenemos.
Durante aquel segundo mes Balboa gritó al dueño de la casa como si éste fuera la encarnación de todas sus desdichas. El dueño cumplía su papel estoicamente. A Balboa le recordaba a Laurence Olivier interpretando a un senador romano o a un cínico aristócrata educado en Eton, con una sonrisa displicente flotando siempre en sus labios. Cada tarde, alrededor de las siete, incluidos los fines de semana, Balboa se encerraba con su cómplice y empezaba la representación.
La habitación, en la que había una cama de hierro, dos sillas, un espejo de cuerpo entero y una jofaina con agua y toallas para las abluciones, deslumbraba por su austeridad. Balboa había descubierto en ella cuanto más fácil es gritar en un ambiente espartano que en un salón de la alta sociedad.
A menudo el dueño se tumbaba en la cama, aunque Balboa prefería que se mantuviera sentado en cualquiera de las sillas. (En todo caso nunca se atrevió a exigírselo, pues el miedo a que el hombre diera marcha atrás no dejó de acompañar a Balboa durante aquella segunda etapa.) Balboa procedía siempre del mismo modo. Se quitaba la chaqueta del traje, que colgaba meticulosamente del respaldo de una de las sillas, se remangaba los puños de la camisa hasta la altura del codo, se aflojaba la corbata, se lavaba las manos, los antebrazos y la cara, se secaba vigorosamente, hasta que la piel enrojecía, y entonces, de pie en el centro geométrico de la estancia, encaraba a su oyente. Sesión tras sesión, la destreza adquirida en el arte de gritar le permitía acompañar su voz con elocuentes gestos de brazos y piernas, hasta el punto de que, en ocasiones, se podría pensar que, trasunto de un derviche atrapado por su musa, Balboa danzaba a la búsqueda de alguna enigmática forma de inmortalidad.
El hombre es un animal de costumbres, cierto, acaso lo mejor de su legado proceda de ahí, de su capacidad para reglar el tiempo, crear una rutina y ordenar el caos. Pero el hombre es también un animal disconforme, y muchas de sus grandes conquistas —el hallazgo de la belleza, su capacidad como arquitecto o inventor, el dominio de la naturaleza— proceden de esa fuente de insatisfacción en la que a menudo abreva.
Por eso, al final de aquel segundo mes, Balboa decidió dar un nuevo paso en su experiencia del grito.

*****

La cosa empezó un sábado por la tarde, mientras Balboa se hacía el nudo de la corbata en el portal de la casa. Hasta ese día, y aunque era consciente de que otros hombres y mujeres acudían allí para gritar (en más de una ocasión había oído cómo la puerta de la habitación del grito se abría y cerraba), jamás se le había ocurrido abordar a uno de sus correligionarios.
Pero esa tarde, envalentonado acaso por una sesión excepcionalmente fecunda por la calidad y la cantidad de los gritos proferidos, se sintió con ánimo de presentarse a un hombre que, consultando su reloj de pulsera, le hizo una breve inclinación de cabeza al cruzar el umbral.
Las palabras que empleó no importan; sus argumentos, en cualquier caso, debieron ser harto convincentes, pues a los pocos minutos no sólo había salvado la inicial reticencia del hombre, sino que le había convencido para subir juntos y exponerle al dueño la nueva idea.
Ésta, por otro lado consecuente con el rumbo que los acontecimientos habían ido tomando en los últimos tiempos, consistía en ampliar el teatro de los participantes en la ceremonia del grito, de modo que, a partir de ahora, serían dos, y no una sola, las personas que gritarían al propietario de la casa y, llegado el caso, se gritarían también la una a la otra.
Al cabo de quince días, y salvo entre un puñado de escépticos que prefirieron mantener su independencia, la idea de Balboa se había extendido como un virus entre los usufructuarios de la habitación del grito, quienes en grupos más o menos nutridos, y de forma periódica (Balboa era el único que acudía todos los días a la casa y, como instigador de la idea, el único al que se le concedía el privilegio de gritar con todos los grupos), se encerraban para satisfacer su íntimo deseo de aullar. Estas comunidades, autodenominadas «falansterios del grito», adquirieron pronto una serie de peculiaridades (intensidad, frecuencia, carácter homo o heterosexual del grito) de las que se sirvieron para diferenciarse unas de otras.

*****

Balboa conoció a la mujer en una de las sesiones de los falansterios.
No le llamaron la atención sus ojos, ciertamente hermosos, ni sus formas, en verdad rotundas, sino la gran distancia que mediaba entre su rostro cuando entraba en la habitación y ese mismo rostro cuando se entregaba al éxtasis del grito.
De modo que se enamoró sin remedio.
A ella le sucedió lo mismo, aunque en su caso es más que probable que el prestigio adquirido por Balboa dentro de la casa jugara un papel no del todo despreciable.
Fue así como en horas insólitas, cuando ya nadie acudía a la casa, ambos buscaban un hueco en sus agendas para poder encontrarse y gritar a dúo al hombre que se miraba las uñas, quien, por lo demás, no había perdido, a pesar del diluvio de gritos que ahora soportaba cada día, un ápice de aquel aspecto laurenceoliveriano que tanto admiraba a Balboa. (El mundo es un lugar muy extraño, y es razonable deducir que también él, el propietario de la casa, había hallado, por caminos insospechados, una vocación genuina: la de ser gritado.)
Y también fue así como cada vez ambos sintieron con mayor fuerza la necesidad de apartarse del resto de gritadores, al punto de que Balboa fingía toda clase de excusas (persistentes ronqueras, inexcusables obligaciones laborales, misteriosas enfermedades de misteriosos familiares) para eludir la casa durante las horas de luz y ya sólo acudía cerca de la medianoche para encontrarse con la mujer.
Su amor, huelga decirlo, era purísimo, no contaminado por contacto físico alguno. Se amaban a distancia, a través de sus gargantas, expresando en aquellos gritos todo lo que millones de amantes a lo largo y ancho del planeta, las más de las veces de forma infructuosa, trataban de expresar mediante besos, abrazos y coitos. De hecho, al abandonar la casa cada uno se iba por su lado, y en muy raras ocasiones, por pura cortesía, se dirigían la palabra el uno al otro.
Precisamente fue en una de aquellas raras ocasiones en que Balboa le habló a la mujer, una noche tan fría que la voz temblaba como hojas en el viento, cuando se atrevió a contarle su nueva idea.
—Me aterra perderla —le dijo sin mirarla a los ojos, avergonzado como un chiquillo que declarara su amor a una compañera de pupitre.
Pero cuando Balboa le propuso no volver nunca a aquella casa, sino citarse en su propio apartamento de soltero para gritarse a solas, sin la presencia de un tercero vigilante, por vez primera desde que se conocían (y también por vez última, pues jamás volvió a hacerlo) ella le tocó una mejilla y dijo:
—Estaba deseando que me lo propusiera.

*****

Desde entonces, cada medianoche, en la sosegada vigilia de su vida solitaria, Balboa aguardaba la llegada de la mujer con una emoción imprecisa. Se sentía al borde de algo, a punto para arrojarse al abismo, pero no sabía qué encontraría allá abajo una vez dado el salto, si una recompensa o una condena.
Y cada medianoche, solventado el trámite de la cordialidad, tras colgar el abrigo de la mujer de una percha y obviando todo preámbulo que pudiera resultar enojoso, ambos se encerraban en la cocina.
Balboa había optado por la cocina por ser la pieza más alejada de la entrada, en la que menos podían molestar a los vecinos, y porque sugerir el dormitorio le había parecido ofensivo, un rasgo inoportuno de seducción. Allí, entre la fría mecánica de los electrodomésticos y la aséptica funcionalidad del suelo de gres, se entregaban a aquel canto gutural, a aquella sinfonía anhelante en la que ambos sudaban como esforzados luchadores y en la que sus carótidas, como cuerdas de violín, se tensaban a punto de romperse.
Qué insólitas músicas no compondrían durante aquellas largas jornadas. A qué grado de audacia, de vértigo, de nostalgia de edades ya idas no llegarían con sus gritos. Y cómo no admirarlos allí reunidos, a veces hasta que rompía el día, igual que pioneros a punto de descubrir un nuevo país.
Por eso no es de extrañar que un miércoles, tras una apabullante sesión que los dejó demacrados y exhaustos, como regresados de una guerra, la mujer le pidiera permiso a Balboa para pasar lo que restaba de noche en el sofá. Estaba tan rendida que la mera idea de volver a su casa se le antojaba absurda, como levantar una pirámide con agua en vez de con piedra. Balboa, todo un caballero, se deshizo en atenciones y le cedió su propia cama, un gesto que ella aceptó con una mirada profunda en la que había más gratitud que deseo.
A la mañana siguiente, cuando Balboa despertó de un agitado sueño en el que aparecían cantantes de ópera y cristales que se rompían, se dirigió a la cocina para preparar el desayuno, pero se encontró a la mujer esperándole con el café, la leche y las tostadas ya sobre la mesa. Ella no dijo nada, limitándose a señalar el desayuno y a gritarle con toda su alma. Balboa suspiró, sonrió y le devolvió el barrito de amor, como un elefante en celo. Al fin había tocado con los dedos el fondo del abismo. Y era dulce. Dulce como un grito.
Entonces los dos supieron que lo habían logrado. Había llegado el momento de gritarse a todas horas, sin protocolo, sin pautas establecidas, sin otro antojo que el de la expresión de su amor.
Al fin, como los primeros hombres, ambos estaban más allá de las palabras.
Ricardo Menéndez Salmón

16 junio 2006

Animación a la lectura

Qué tonto soy, no darme cuenta de que los cuentos de Quim Monzó son pornografía para haberme puesto a leerlos sujetando el libro con una sola mano. Si al final van a tener razón mis amigos: no es que no ligues, tío, es que no te das cuenta de cuando las tienes a punto de nieve.
Visita uno un poco los sitios de este universo paralelo -domésticamente lo llamo Uqbar y ése es el nombre de mi alias, en el mundo PC es conocido como acceso directo, del navegador en el escritorio- y no puede hacer otra cosa que quedarse gratamente sorprendido al ver que en la Generalitat -sí, chicos, lo escribo en catalán porque la palabra Generalidad me da un poco de irisipela y además soy como Aznar, hablo catalán en círculos íntimos, y le leo a Ana Botella mis poemas- ha puesto en marcha otra posibilidad de "animación a la lectura" que ya se me ocurrió a mí cuando cursaba COU. Lamento ponerme las medallas, pero es que es así, pueden constatarlo los compañeros que dormitaban conmigo en los pupitres del instituto en aquellos años.
Recuerdo que en la asignatura de Literatura española del siglo XX había dos lecturas de narrativa hispanoamericana propuestas de las que había que escoger una: o Pédro Páramo o Cien años de soledad. En mis instituto la obligatoria era la de García Márquez, y los enfermos -de literatura- nos leíamos las dos. Bueno, aunque quede inmodesto, yo ya las había leído, así que a mí me tocó Rayuela. Muchos de mis compañeros se quejaban de que el libro era muy gordo -ya lo habían hecho con La colmena- y recordé que lo que más les gustaba a todos de la novela de Cela eran los pasajes más sexuales -decir sensuales para caracterizarlos me parece sonrojante. Así que, en medio de clase, sin cortarme un pelo, dije que la novela del colmbiano era mejor que la del gallego porque había más polvos. Lo dije así, y la verdad es que la profesora no me corrigió.
Pues bien, apelar a los bajos instintos, ésa es otra técnica que, cada vez más, se descubre infalible para acercar a la gente a los libros. Se dio cuenta de ello Vargas Llosa en La ciudad y los perros, y se han dado cuenta de ello en la Generalitat. Así que han decidido colocar como lectura del programa el libro de Quim Monzó Olivetti, Moulinex, Chaffoteaux et Maury. Que es un libro magnífico, como todos los de Monzó.
Pues bien, en ese libro hay pasajes que a los siempre brillantes cerebros de los colaboradores de la COPE, de Libertad digital, y de demás medios que se caracterizan por su aprecio por la cultura, a la que ceden todo su espacio, les parecen pornográficos. Al que no lo crea, le invito a que lea, por sí mismo, la noticia. Es más, se ha encargado de que su lector promedio pueda leer todo lo que soporta leer de un tirón, que es foilio y medio, y se ahorre los ocho euros del libro. La muestra de la selección pornográfica está aquí.
La verdad es que la lectura de estos artículos a uno le reconforta. Primero porque supone que la estela reaccionaria de este país -Catalunya, amigos, es también España- sigue siendo tan cateta como ha sido siempre, sin saber leer y entender cabalmente un libro. Lo segundo porque uno estaba ya preocupado con las nuevas técnicas filomarxistas del PP -manifestaciones, convertirse en adalides de la libertad de expresión y de la libertad en general- y ya las cosas han vuelto a su cauce. Menos mal que todavía hay políticos como Dios -o Rouco Varela- manda.
En la Genralitat hay alguien con cabeza. Aprovecho para sugerirles otro título para el año que viene, también es un autor catalán y es todavía más descarnado. Se trata del libro de Sergi Pàmies: La gran novel.la sobre Barcelona. Una maravilla, sobre todo el cuento del tipo que, por divertirse un fin de semana se marca una orgía homosexual con drogas y todo. A lo de la COPE les va a encantar, y a los chavales también, todos contentos.