08 noviembre 2006

De premios y reconocimientos

El programa de Radio Nacional de España El ojo crítico ha concedido su premio de narrativa a Julián Rodríguez por su novela Ninguna necesidad. Este programa cotinúa demostrando así dos cosas: un criterio afinado y una independencia refrescante. Vaya desde aquí mi enhorabuena al premiado, que se lo merece, a los premiadores, que demuestran una vez más su buen tino, y a los oyentes y lectores que encuentran así una fuente de información fiable.
También se ha hablado por estos pagos de otros dos libros de Julián Rodríguez: Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás y Mujeres, manzanas.
Hay días buenos, aunque a veces Holly Golightly no lo crea.

De cuentos y sueños

Hay una carencia evidente en la literatura española de reflexiones de los autores sobre su oficio, sobre su estética, sobre su creación. Vicente Luis Mora señalaba esa ausencia en el ámbito de la poesía en su libro Singularidades. El libro que nos ocupa viene a intentar parchear esa falta de reflexiones dentro del género del cuento. Es una ausencia extraña, todo hay que decirlo, porque precisamente el cuento se ha destacado siempre por las numerosas reflexiones realizadas por algunos de los más perspicaces escritores del género. Frente a la novela, en la que la vagancia o la dejadez de sus practicantes ha evidenciado esa carencia de reflexiones, el cuento siempre ha tenido multitud de autores dispuestos a plantear una “receta” sobre el modo de escribirlos.
Menos en España. Frente a las numerosas muestras de los autores hispanoamericanos, los autores españoles han dado pocas muestras de pensar sobre el género. Por eso resulta especialmente interesante la edición de El arquero inmóvil. La génesis del libro es una propuesta del profesor universitario Eduardo Becerra a veintidós autores para que realicen una poética de su trabajo con el relato breve. La selección de dicha nómina de autores ha correspondido en exclusiva al editor del libro, lo que asegura una independencia que, en la mayoría de los casos, no tienen estas aventuras, ya que la editorial se empeña en meter a autores de la casa, cosa que en este caso no ha ocurrido, porque se ha dejado a Becerra libertad total. Se podría, por supuesto, cuestionar algunos de los nombres y proponer otros, pero eso sería una mera cuestión subjetiva que no empaña los méritos de este libro.
Hay que decir que, para todo aquel que se acerque ahora o se haya acercado hace poco al cuento es una muy interesante muestra de los que los autores opinan sobre dicho género, y por eso mismo yo he recomendado a mis alumnos la lectura del libro. Así pues en el aspecto divulgativo hay que agradecer tanto a Eduardo Becerra como a la editorial Páginas de espuma su labor.
Ahora bien, desde una perspectiva más estricta, la de un lector de cuentos y de textos sobre el cuento ya entendido, el libro deja mucho que desear. En primer lugar se aprecia algo que ya señala el mencionado Mora en su libro a vueltas con los poetas, y es que la mayoría demuestran no ya unas lecturas mínimas sobre el género, del ensayo y de la crítica que este ha generado, sino que desconocen en su mayoría el mero significado de la palabra poética. La mayoría se dedican a explicar cómo han escrito sus cuentos –algunos tienen la desvergüenza de hablar incluso de la génesis de sus novelas- o hacen un refrito de la mayoría de las ideas ya comunes que se han vertido sobre el relato breve. Así pues no hay que lamentar que pocos se animen a escribir poéticas, sino que resulta casi un alivio que, si es eso lo que entienden como tales, no las hagan más a menudo.
Creo que uno de los errores que ha cometido Becerra y ha desembocado en un libro apto para profanos pero poco estimulante para los habituados es que muchos de los autores encuestados no son, en realidad, gente que se preocupe demasiado por el cuento. Me explico, son gente que escribe cuentos como podía escribir cualquier otra cosa –varios son autores de un libro de cuentos que pronto, una vez han dejado de ser autores inéditos- se han pasado a la novela para no recalar casi nunca en el relato breve y ante esa perspectiva es difícil que, si no han elegido el cuento como género por sus virtudes, sean capaces de hablar de él de un modo interesante.
Por otro lado, muchos son autores de una obra cuentística totalmente integrada en la doxa. Si uno pretende establecer una “nueva poética” debe, por necesidad, partir de autores que estén haciendo un cuento nuevo, que violenten las ideas preconcebidas sobre el mismo. Los que escriben textos como si Poe hubiera muerto ayer pueden ser, a qué mentirnos, autores interesantísimos y muy reconfortantes, pero seguramente podrán decir pocas cosas nuevas sobre el género. Por otro lado es alarmante la cantidad de autores que han refrito textos anteriores –como soy un lector avezado de estos asuntos, doy clases de ello, en cuento pesco un texto de estos lo leo, y me ha sorprendido ver lo vagos que son la mayoría de los encuestados- cuando no directamente usado textos que circulan por Internet hace años.
Afortunadamente hay autores que están recogidos en el libro y sí plantean ideas. El caso de Fresán es paradigmático, porque es posiblemente el autor que trufa todos sus relatos de poéticas, entendidas incluso como verdaderas cosmogonías, así que no es sorprendente que plantee asuntos interesantes en el texto que ha entregado aquí. Andrés Escapa y Enrigue plantean dos poéticas que son muy distintas pero que demuestran un interés común: establecer qué es el cuento y por qué ellos lo usan, algo que muchos parecen haber olvidado a la hora de completar la encuesta. Probablemente otra poética verdadera del libro la haya escrito Mercedes Cebrián, ya que es el único texto que explica por qué escribe sus cuentos de esa manera, y los justifica de un modo consistente y, lo que es más importante, convincente la extraña naturaleza de los mismos.
Caso aparte merecen los que son los dos textos más importantes del volumen. Uno es el epílogo de Ricardo Piglia –que en realidad es la trascripción de una charla que dio en la Universidad Autónoma de Madrid, y que parece metida con calzador dentro del volumen a juzgar por su temática, que no es otra que la nouvelle, y no el cuento, aunque por su calidad justifique su lectura- donde se analiza de un modo novedosos el género a la luz de la perspectiva del narrador dentro de la historia, y se llega a un nuevo paradigma de novela corta epistemológica, donde el narrador se dedica a intentar entender lo que cuenta y es la indefinición de lo narrado lo que le da verosimilitud, consistencia y, lo más importante, un sentido. No quiero olvidar el estupor que produce, eso sí, ver incluido el nombre de Piglia en la portada, no se entiende entonces la ausencia de los otros veintidós.
El otro texto fundamental es la poética de Ángel Zapata, llamada Habrá una vez. En él se alude a le recuperación del sustrato mítico, del acto de comunicación social que existía en el contar cuentos de la narrativa tradicional, frente a una sociedad llamada a la vivencia de sucedáneos impuestos desde fuera. El cuento como catalizador de la experiencia, como herramienta necesaria para exprimir nuestra vida más allá de la vida diaria, hasta llegar a la elaboración de un sueño, que posiblemente sea el de todos si sabemos construirlo. La propuesta de Zapata es subversiva, pero necesaria, ya que expone al cuento como terreno de comunicación y de experiencia, frente al solipsismo de la novela, a su voluntad de recrear el mundo, de imitarlo, el cuento es la posibilidad de un mundo otro, tal vez el que algunos ideólogos de la nueva izquierda predica, ese mundo posible que tenemos que construir de nuevo, no reparando el existente, sino sustituyéndolo por el nuevo. En esa labor de creación de un nuevo mundo, esa praxis, no temamos a la palabra, tenemos que llevar la voz cantante, la del verbo, ser dioses que nombran, y por tanto dan vida y existencia a nuevas realidades. Tal vez eso persiga el surrealismo, y desde luego lo hace el que practica Zapata desde La llave de los campos. De su posición activa, militante, libertaria, está surgiendo un nuevo cuento que puede servir como uno de los senderos de la narrativa del futuro. Ahí está no sólo la obra del propio Zapata, sino la de García Antón, la de Julio Jurado y la de los que vendrán. Una narrativa que va más allá de los modelos heredados, que pretende recrear el mundo. Soñar para construirlo.
Evidentemente no se llega hasta una poética tan evolucionada porque sí. Frente al caso de la mayoría de los antologazos, Zapata lleva ya veinte años dándole vueltas al género, pensando sobre él. No hay nadie hoy con dos libros sobre el género como él, y eso se nota.
Por habernos acercado los textos de Piglia y Zapata hay que darle las gracias Becerra, pero se echa en falta un poco más de capacidad de reflexión en la narrativa hispánica. Decepciona lo pobre de la media de las reflexiones aquí recogidas.

07 noviembre 2006

Treinta años no son nada, o lo son todo

Hay proyectos descabellados, que la mayoría de las veces no llegan a realizarse nunca, y precisamente en ello reside en buena parte su magia. Hay otros que parecen destinados a no realizarse, pero para sorpresa de todos sí que alguien logra ponerlos en pie. Uno de esos proyectos es la revista Matador. La idea es, todo el mundo puede reconocerlo, quimérica: sacar un número al año de una revista de gran formato, de diseño e impresión impecables, y en vez de numerarlas organizarlas por orden alfabético. El objetivo es llegar a los treinta años y completar así el alfabeto. Hoy, en un mundo en que todo debe hacerse ya, al momento, sin que importe demasiado la calidad del resultado, que alguien levante un proyecto a treinta años vista es, ya, toda una proeza.
Pero lo más impresionante es que el proyecto se está llevando a cabo, que puntualmente a lo largo de los diez primeros años ha aparecido un número anual, con alguna excusa temática que le de unidad, hasta el día de hoy.
Encontrar alguno de los números atrasados es una labor dificultosa, y poder hacer un repaso de los diez años de andadura es e objetivo de un libro-revista que acaba de aparecer. Publicado con el mismo mimo que la revista puede servir para que los recién llegados se hagan una idea del proyecto. Son quinientas cincuenta páginas en las que podemos ver los nombres de los fotógrafos –Matador y La Fabrica han sido, siempre un foro privilegiado para la fotografía- cuyas instantáneas se han reproducido en la revista, de los autores de los artículos –aunque no sea el formato de la revista el idóneo para la lectura, de ahí que en su hermana Eñe se hayan decidido por un formato más manejable para el lector pero en el que las ilustraciones lucen menos-, e incluso de las tipografías usadas –porque en Matador cada número lleva una tipografía, para recordar a los lectores la enorme variedad de tipos que hay más allá de la Arial y la Times New Roman.
Hay, también, espacio para la parte menos satisfactoria de la revista, las iniciativas más o menos lucrativas de la empresa que la edita, que incluye publicidad de instituciones y marcas de primera línea –presentadas elegante pero no discretamente- y algunas aventuras extrañas, como la bodega Matador, una de las más extrañas salidas de la empresa.
Pero, por encima de estos detalles que tal vez por no estar escondidos, por evidenciar que un proyecto –he estado a punto de llamarlo producto, lo que hace la presión de este mercado de sociedad- bien planteado puede resultar atractivo para un anunciante, se hacen más soportables, hay que reconocer el mérito indudable de una trayectoria con la que se puede estar de acuerdo o no, en esto como en todo, hay tantos gustos como colores, pero que revela una constancia y una coherencia encomiables –perdón por el tópico.
Uno no sabe si Matador llegará a cumplir los treinta años marcados, si terminará allí o, en vista del éxito que ha ido cosechando, continuará bajo nuevas metas. En cualquier caso, contemplar esa trayectoria habrá sido, cuanto menos, estimulante.

06 noviembre 2006

Yo soy un fracasado, ¿y usted?

Todos somos perdedores, porque el triunfo no es, desde luego, un objetivo especialmente deseable. Triunfar supone estar condicionado, presionado, por el entorno. El fracasado tiene la ventaja de que nadie espera nada de él, y puede ser por tanto libre para ser él mismo. La sociedad en la que vivimos, una sociedad de mercado que nos impone un precio, desprecia al fracasado, al perdedor, porque piensa que no es un producto vendible, que no es deseable. Pero no es así, la realidad es que la sociedad ha establecido un canon –para ello ha usado a los especialistas en mercadotecnia y publicidad- que nos venden a diestro y siniestro. Por ejemplo, yo recuerdo que a finales de los ochenta, incluso hasta mediados de los noventa, los únicos que llevaban teléfono movil eran ejecutivos, altos cargos de empresas que tenían que estar siempre localizables, y se veían obligados a cargar con pesadísimos aparatos que pagaba la empresa para que no tuvieran un momento de relax. Pero la sociedad, o el mercado, mejor dicho, pronto convirtió esos aparatos en una necesidad y todo el mundo los usa. Ahora somos todos unos triunfadores, porque todos tenemos móvil.
Yo, la verdad, prefiero ser un fracasado, y tengo móvil, sí, pero una de las razones es que vivo de alquiler y no tengo fijo. Ser fracasado es mejor para el cuerpo y para el alma. No estresa, y te deja equivocarte tantas veces como quieras.
He estado viendo una película maravillosa, se llama Little Miss Sunshine, y es una película de perdedores. De maravillosos perdedores que por serlo tienen el mundo a sus pies. A lo largo del metraje de la cinta vemos los sucesivos fracasos de cada uno de sus personajes, como caen reincidentemente en ellos, pero en realidad estamos viendo un film sobre la liberación, sobre el camino que debemos seguir para ser nosotros mismos.
No es casual que sea una road-movie –la más atípica road-movie que uno ha visto, por cierto- ni que esté impregnada en todo momento de un humor catárquico, que nos permite reírnos de nosotros mismos al vernos reflejados en los protagonistas.
Y, sobre todo, es una película sobre la importancia de la palabra, sobre cómo las palabras se nos quedan prendidas en el alma, las buenas y las malas, el modo en que estas nos duelen y nos sanan, y sobre una realidad que muchas veces olvidamos –porque el mercado de la sociedad, no me he equivocado, prefiere imágenes que carecen de alma, y el alma está en la palabra- y que no es otra que sólo mediante la comunicación, mediante lo que nos decimos los unos a los otros, existimos.
Marx –ese filósofo que algunos han querido olvidar para abrazarse a pensadores de todo a cien- dijo que la realidad no es independiente de las palabras que usamos para describirla, por eso hoy, un momento en que ese invento de la sociedad de la información se nos hace patente en la continua perversión que desde los medios se ejerce contra el lenguaje, Little Miss Sunshine es una perla a perseguir y disfrutar porque ataca esa perversión, ataca el mundo de la imagen y de las palabras carentes de sentido con que quieren anestesiarnos. Cuando uno sale de la sala de cine uno se siente muy vivo, y lleno de ganas de meter la pata. En un mundo tan aséptico como el que nos están construyendo ser un perdedor es la mejor manera de dinamitar el sistema.
Seamos todos terroristas, seamos todos fracasados.

04 noviembre 2006

Tentaciones

A mí me gustan las mujeres. Me gustan mucho. Para hablar con ellas, para trabajar, para tenerlas a mí alrededor, para mirarlas, para tocarlas. A mí me gustan mucho las mujeres. Y siempre he estado rodeado de ellas. Todos hemos salido del vientre de una mujer. Me crié con mi madre y mi hermana, sin padre alguno por casa. A veces mi abuela. A mi padre y mi abuelo los veía los fines de semana, la mañana de los sábados, dos o tres horas. Siempre he tenido muchas amigas, de hecho muchos de mis confesores son mujeres. No sé, me gustan las mujeres, estoy cómodo con ellas. No tengo que demostrar que soy más que nadie, sólo ser, y eso me gusta. Y puedo decir lo que se me pasa por la cabeza sin preocuparme demasiado de que sea más o menos sentimental. Uno habla, y a las mujeres les gusta que las hablen. Dios, que algo sabía de esto, es el verbo, y es en la palabra donde llega su mensaje, mientras que el Diablo crea imágenes, alucinaciones engañosas, para que el hombre actúe mal. En la imagen está la mentira, en la palabra la verdad. Lo divino se transmite por la palabra.
No creo que sea casual que Julián Rodríguez termine el prólogo de este libro, las Palabras preliminares, hablando de la fe. De la palabra, “fe”. Y que ofrezca el curioso dato de que Corominas haya demostrado que, desde 1140 la palabra nunca haya cambiado, que haya perdurado casi mil años del mismo modo, inmutable. Parece ser que significaba confianza, promesa y crédito. A mí son tres palabras que me vienen asociadas a la mujer, no sé por qué, pero me sucede. Y con las otras dos que él cita: vida y dignidad. Hay un algo en la mujer que la hace ser siempre digna. Uno se imagina a un hombre haciendo actos indignos, pero le cuesta más imaginarse a una mujer. Los hombres nos matamos más, y hay más hombres en las cárceles, y aunque eso sea sólo una verdad estadística –y por eso mismo seguramente será falsa- no puede uno evitar ver en eso una evidencia.
Julián Rodríguez ha escrito un libro de amor a las mujeres, pero no el que habría escrito un galán, un donjuán clorótico y enfebrecido de lecturas como el Neruda desesperado y enamoradizo. No, este es un libro en el que se trasluce el respeto, el cariño, la admiración por ellas. Y la fascinación, la del secreto, la del que sabe que nunca sabrá por entero como son. Posiblemente es un libro que una mujer nunca habría podido escribir, porque para hacerlo es necesario ese misterio, ese deseo de saber que Rodríguez tiene, y que para una mujer, posiblemente, sea lo más básico e insustancial del producto. Casi parece que uno pueda escucharla: “Ah, así que es eso lo que le ves a esa chica”, en el caso de que uno, ingenuo, contestase a esa pregunta retórica del “No sé qué le veis”.
Y para escribir esta carta de amor que no espera contestación, toda carta de amor verdadera no se escribe esperando contestación, y tal vez por eso todas las cartas de amor sean ridículas, ha reunido un grupo heterogéneo de vidas, de sufrimientos, que cuenta con el mismo afán alusivo y elíptico de toda su obra, transido de poesía y de silencio, y que se amalgaman en torno a poesías, a pequeñas prosas líricas, a relatos esbozados en los que siempre es una mujer la que nos habla, la que nos cuenta, la que se refleja en el narrador que escribe la historia. Y lo fascinante de este texto, como casi todos los de su autor, es la capacidad de contarlo todo en dos, tres detalles. A veces, como en el texto llamado Chejov en dos recuerdos y una tarde gris, otras, como en Nombres, contando toda una vida desde el modo de nombrar a una persona. Como es corto, lo copio:

Fue Eliza durante unas pocas semanas, cuando era niña. Eliza, Lily. Pronto lo cambió a Lil.

Más tarde fue Miss Steward en la carnicería. Y también mi amor, querida, madre.

Enviudó a los treinta. Volvió a trabajar como Mrs. Hand. Su hija creció, se casó y dio a luz un niño.

Ahora ella era Nanna. Todo el mundo me llama Nanna, solía decir a las visitas. Y eso hacían ellos. Incluso los dependientes y el médico.

En el geriátrico usaban los nombres cristianos de los pacientes. Lil, les dijimos nosotros. O Nanna. Pero aquello no constó en su expediente, y durante las desconcertantes últimas semanas fue Eliza una vez más.

¿Quiénes somos realmente? ¿Cuantás vidas vivimos? Muchas vidas, o muy pocas. Tal vez todas se parezcan. Al menos en lo importante. Y Rodríguez ha sabido apuntar hacia esa cosas que parece que no, pero realmente sí, son importantes.
Porque, haciendo arqueo final, no hay que olvidar que éste es un libro escrito por un hombre, y habla de mujeres, de ahí que posiblemente se trate de comprender que uno no es más que una parte, y que buscamos restaurar la unidad que se escindió con nuestro nacimiento.
Terminaré con una cita del Eclesiastés que incluye el propio autor en las Palabras finales: “Si dos duermen juntos se calientan, pero el que está solo ¿cómo se calentará?”

Julián Rodríguez Mujeres, manzanas Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2000

03 noviembre 2006

Hablar a la(s) c(l)ara(s)

¿Cuál es el camino para evitar la violencia? A mi juicio expresarse, ser totalmente libre a la hora de decir lo que se piensa. Parece ser que Raoul Vaneigem opina lo mismo que yo, y por eso ha escrito un libro, Nada es sagrado, todo se puede decir, que está destinado a no ser bien recibido en ninguna parte.
La recepción que se ha hecho de este libro, en las reseñas o críticas que he leído, es casi unánime: “está muy bien, pero no hay que tomárselo muy en serio”.
Unos no terminan de creer que es un libro pensado y meditado porque piensan que tiene que ver con la crisis de las caricaturas publicadas en el periódico danés que agitaron a los países árabes. La ingenuidad de los que piensan esto es fascinante. Habría que recordarles –perdón, enseñarles- que Vaneigem lleva décadas defendiendo estas ideas desde su militancia situacionista. Además, basta con echarle un vistazo a la página de créditos del libro para ver que la edición francesa es del año 2003. Los brotes de violencia que azotaron los suburbios de las ciudades francesas, sobre todo de París, que tan sólo parecía haber predicho Maffesoli, no estaban ni planeados.
Otros, como José Luis Pardo, que es un ejemplo perfecto de “pensador a la carta” lo ignora en un artículo aparecido el 20 de mayo en Babelia sobre las novedades situacionsitas que habían aparecido por esas fechas en las librerías españolas. Es, de hecho, un artículo muy interesante, destinado a desactivar el pensamiento de Debord y situarlo a medio camino de la “ingenuidad” vanguardista del periodo de entreguerras –que algunos, malos, malísimos, aprovecharon para lograr fines políticos, porque ya se sabe que la política la deben hacer los señores con corbata que pagan a Pardo y el resto de los asalariados de Prisa- y los artistas conceptuales –que se han contentado con unos pataleos de salón y venderle sus obras a los mismos señores de las corbatas para decorar los edificios de oficinas o las fundaciones que les permiten ahorrarse impuestos que irían a parar a todos los españoles. Sorprende un artículo así de alguien que ha hecho una traducción y edición del libro fundamental de Debord, La sociedad del espectáculo, para una editorial tan meticulosa como Pre-Textos. Una búsqueda sobre dicha edición en un buscador cualquiera de Internet sorprende por los numerosos artículos sobre lecturas erróneas y sus correcciones pertinentes que se hacen de esa traducción. Tal vez el problema de Pardo es que no debe entender muy bien a Debord, al que tilda de “quejica” que por lo utópico de sus planteamientos siempre tendrá motivos para la protesta pero que nunca aportará soluciones para dichos problemas. Aún en el caso de que así fuese, señor Pardo, hay que recordarle que uno no ha visto a Platón dando soluciones políticas, ni a Aristóteles –por no mencionar ya a Descartes, san Agustín, santo Tomás y así podríamos seguir con toda la lista de filósofos del manual- aunque él, como catedrático de filosofía que es, seguro que lo sabe, otra cosa es que prefiera ignorarlo. No sienta bien en el periódico en el que publica una crítica tan directa como la de Debord. O a lo mejor es que no llega a conocer a Platón, ni tan siquiera a Parménides, ya que como demostró en otro artículo del Babelia –lo siento, ése no lo guardo, la basura la saco de casa- donde se burlaba jocosamente de los grupos ecologistas o proteccionistas que pretendían otorgar a los simios derechos hasta ahora reconocidos a la especia humana. Por encima de que tengan razón o no los que lo solicitan, rebatir con sofismos y burlas sobre su uso de la sintaxis a otras personas es bastante pobre y lamentable viniendo un profesor universitario, a quien le presuponemos la capacidad de mostrar razones para su opinión, por encima de la burla del otro. No se demuestra de ese modo, señor Pardo, ni capacidad razonadora, ni inteligencia, tan sólo la capacidad para el desprecio de alguien acostumbrado a sus seminarios, a su limitado círculo de turiferarios que poco o nada aportan al mundo -¿tan importante cree que es un tocho de setecientas páginas que va poco más allá del nivel de El mundo de Sofía a la hora de explicar la filosofía?
Mayor fama de divulgador, de hombre cercano, tiene Fernando Savater, que fue el encargado de la crítica del libro en el mismo suplemento del que ya hemos hablado –ya sabemos todos, ese recinto de la alta cultura- pero sorprende mucho ver alguien al que, según tenemos entendido, amenazaron de muerte unos delincuentes por expresarse libremente, decir del libro de Vaneigem cosas como esta: “Aunque abunda en chispazos elocuentes, es más fácil compartir su buen ánimo que sus arrebatadas razones.” Tal vez el filósofo del hipódromo prefiere olvidar que una de las razones por las que cobró fuerza el nacionalismo radical vasco fue la falta de libertades del régimen anterior, y que hoy estamos todavía pagando aquellos errores y los problemas engendrados entonces. A lo mejor Savater piensa que a algunos habría que prohibirles hablar y expresarse –como puso en práctica el gobierno del PP con su “democrática” ley de partidos, donde no se perseguía la apología del terrorismo, sino las opiniones contrarias a la del gobierno- y seguramente porque no piensen como él.
Despachar un libro que deberían leer muchos diciendo: “De modo que este vehemente librito –panfleto, en el mejor sentido del término- de Raoul Vaneigem resulta estimulante y se hace simpático” es, a qué mentirnos, indignante. Lo primero porque el diminutivo es peyorativo, el Tractatus de Wittgenstein no ocupa mucho más, ni el Temor y temblor de Kierkegaard, y no creo que hable de ellos con ese cariñoso “diminutivo”. Y decir que es estimulante y se hace simpático es reducirlo al efecto de una Coca-Cola. Uno, que tiende a sorprenderse por casi todo, se sorprende de que alguien cuya aportación al pensamiento sea la Ética para Amador y unas divertidas, sinceras, pero poco más, incitaciones a la lectura despache así un libro con una clara intención desestabilizadora.
Uno no sabe si ese tono condescendiente de los reseñistas de ensayo del brazo armado de Prisa, que, todo hay que decirlo, en el mismo número ya referido –qué número el del ése día, Dios mío- terminan de “meterla” con el ensayo de Riechmann Biomímesis diciendo que es un libro “cargado de buenas intenciones, pero la economía tiene razones que el bueno del sentido común, tan cortoplacista como la economía, no siempre comparte”, decir eso, amigo Antonio Calvo Roy –eludo el chiste de decir que se habrá quedado como su apellido- es demostrar que uno no ha entendido nada, ya que es ése sentido común de culo gordo y calefacción central que tienes lo que ese libro quiere que cambies. Yo creo que contra Riechmann hay algo en ese periódico, y eso a pesar de que debe ser el único poeta español que lo ha incluido en el título de uno de sus libros.
Me he ido por otros derroteros, lo que me llama la atención es esa capacidad de los articulistas de El País para no rebatir, para no cuestionar, para no dudar ni por un momento de que ese neoliberalismo de adosado y vinos de marca que predica el mundo Prisa tenga algo de erróneo. A mí, desde muy chico, siempre me llamó la atención que mi padre descalificara El País como periódico de “sociatas” –desde su ABC bajo el brazo- cuando en el suplemento dominical no había un mueble, un trapito, un regalo que bajase de las veinte mil pelas, y hablo de los ochenta, no de este mundo absurdo de los ciento veinte euros.
Uno espera, y desea, que periódicos como ABC, La Razón –perdón por meterlo aquí-, El Mundo y demás no comulguen con Vaneigem, hasta ahí podíamos llegar. Pero que en El País se intente desactivar un libro tan cargado de verdad como este, que se limita a promover dos ideas: dejar que todos hablen y así sabremos qué esperar de ellos –en esta sociedad donde el poder tiende a ser opaco es normal que esto no siente bien-, y, mientras hablen no harán otras cosas –que es un poco reaccionario pero hay que reconocer que está cargado de razón-, que se intente rebajar como “librito” es descorazonador. Tal vez no se dan cuenta de que aplicando las tesis del libro, lo de “dejar que hablen y así se les ve el plumero” también va por ellos.
Aunque supongo que cuando entre la verdad del mundo y la propia hay un cheque con muchos ceros, uno no puede entender bien un libro.
Raoul Vaneigem Nada es sagrado, todo se puede decir Melusina, Barcelona, 2006

31 octubre 2006

De antros y tascas. Garitos demodé

Uno lo ha dicho ya muchas veces, pero nadie me hace caso. Todos mis amigos literatos me lo cuentan de cañas, me lo dicen de copas, me lo lloran en cafés: no ganan premios literarios pese a que se dejan las pestañas en escribir, las dioptrías en corregir y los cuartos en correos. Todos buscan a la posteridad -esa puta cara que no te deja satisfecho nunca- a través de los premios. También lo hizo Pedro Maestre -o se la encontró, vaya usted a saber- cuando ganó el premio Nadal con Matando dinosaurios con tirachinas. Han pasado los años y Maestre vuelve con su cuarta novela, de título largo, y que promociona su editorial como una "Novela para noctívagos. Una guía sentimental de la ciudad canalla". Uno, que se ha dejado las pestañas leyendo las cartas de los bares, las dioptrías en reconocer a las chicas guapas al otro lado del oscuro garito y los cuartos en whiskeys en cascada, destornilladores de vodka y antimosquitos con ginebra, encuentra poco interesante eso de la ciudad canalla. Y sabe que los noctívagos son como todos, pero más pálidos.
Eso sí, para llevarte el libro a casa hay que contar -a mí y al respetable- el bar más curioso, más cutre, más memorable que hayas visitado. Vivimos en España, será por bares...

28 octubre 2006

La tira del domingo

Liniers es muy, muy grande. ¿Quién dijo que no se le podían seguir dando vueltas a los clásicos?

26 octubre 2006

Lo trágico


Lo trágico del conejo es que, incluso muerto y esperando caer en la cazuela, parece sonreír.

25 octubre 2006

El poder de la palabra

Copiado del libro de Patricia Runfola, Praga en tiempos de Kafka:

En este relato Urdizil cuenta la historia de su encuentro con el desdichado Svatopluk Janda, un compañero de escuela, treinta años más tarde. El día en que casualmente se encuentran, Svatopluk le entrega un trozo de papel que había conservado celosamente durante todos esos años, donde el pequeño Urdizil había escrito varias veces esta frase: «No debo hablar ni soplar», que le había dictado como castigo el terrible maestro Petrak. Eran días negros, días en los cuales en las letrinas de los cafés «prosperaba el tráfico de pasaportes falsos», recordaba Urdizil. «Las joyas de la familia, valores y objetos preciosos eran entregados a personas hasta entonces desconocidas. Los que escribían cartas habían pactado con sus destinatarios un código secreto. Las cartas parecían poemas dadaístas: “El submarino está en el calentador… la gata está en la esquina de coser.”»
Con el último recuerdo del pasado en el bolsillo, Urdizil se dio a la fuga en un tren nocturno, a la hora precisa en que debía subir el guardia de frontera, que fatalmente se daría cuenta de que su visado de salida era falso. A las tres de la mañana oyó gritar en el pasillo el temido anuncio: «¡Control de frontera! ¡Visados de salida!» El empleado miró incrédulo los documentos que Urdizil se había sacado del bolsillo con disimulada desenvoltura. «Usted no tiene la cabeza en su sitio –le dijo-. “¡No debo hablar ni soplar!” ¿Qué significa?» Urdizil miró la hoja desconcertado. «Discúlpeme –repuso-, una hoja vieja se mezcló con mis papeles. Un viejo pedazo de papel de la época de la escuela.»
Buscó en sus bolsillos y añadió: «Aquí está, aquí, el visado de salida.» Los ojos del empleado se iluminaron. «Claro –dijo-, es eso –y se echó a reír-. No debo hablar ni soplar, también a mí me habrán hecho copiar algo parecido en mis tiempos, unas cincuenta veces quizás, es algo que pasa a menudo.» Y se moría de risa, tanto que hasta se le saltaban las lágrimas mientras sellaba el documento con el visado de salida falso. «No debo charlar ni soplar, mire un poco lo que me viene a ocurrir, y de noche», agregó, y se alejó riendo por el pasillo.

Así consiguió Urdizil huir de la ocupación nazi en Checoslovaquia y llegar a los Estados Unidos donde terminó su vida.
Hasta ahí llega el poder de la palabra.

24 octubre 2006

Historias en estado puro

Si uno hablase desde una perspectiva algo rancia, clasicista y apegada a las normas de la evolución –algunos dirán deriva- estilística, temática y, sobre todo, compositiva –atendiendo a la estructura de las narraciones- de los libros de cuentos de José Manuel Benítez Ariza, podría decir que su autor hace cada vez cuentos menos brillantes. Pero eso demostraría un apego a la retórica y no al poder de la historia.
Me viene ahora a la cabeza la primera clase que imparte el profesor que interpreta Robin Williams en El club de los poetas muertos –Dead poets’ society para los que nos leen desde las Américas-, cuando les pide a los alumnos que arranquen el prólogo del manual de literatura donde se da una fórmula para analizar la excelencia artística de los textos. Y tal vez me viene a la cabeza porque ando leyendo estos días un libro que recoge las “poéticas” –lo entrecomillo porque yo creo que muchos de esos cuentistas no han debido comprender qué es una poética- de un grupo de autores reunidas por el profesor universitario –qué miedo- Eduardo Becerra. En dichos textos muchos autores divagan en torno a algunas de las reflexiones que los clásicos han hecho sobre el género, y muchos llegan a la conclusión de que esas poéticas, normas, decálogos o lo que sea están para saltárselos. Yo coincido con ellos en el fondo. Pienso, también, que se debe escribir vulnerando esas normas, pero, al contrario que muchos de ellos, no lo pienso después de toparme con ellas y descubrir que no me vienen bien para definir o encuadrar mi obra, sino porque creo que una de las capacidades maravillosas que tiene el cuento como género es que crece en la medida en que el autor es capaz de violentar dichas barreras. Para resumirlo: yo creo que se debe ir contra la norma, muchos autores reniegan de ella cuando ven que ellos no están dentro.
En eso actúan igual que muchos editores que se pavonean en ferias y simposios como “editores independientes” cuando no lo son. Son editores pequeños, que no pueden competir por falta de pasivo y activo con los grandes editores, pero que no dudarían en cambiarse por ellos para tener un tresillo de piel de vaca. Ser editor independiente es otra cosa, y violentar los cánones también.
Benítez Ariza –no crean que me había olvidado de él- en su último libro, Lluvia ácida, pretende violentar esas ideas de los que debe ser el cuento. Uno de los tópicos más difundidos sobre el cuento –y que, como todo tópico, siempre tiene algo de cierto- es que de un cuento siempre se puede contar en voz alta su argumento pero que debe ser leído para entender realmente qué es lo que nos quiere decir el cuento. En dicha unión se pretende unir el origen oral, mítico del cuento, con su formulación literaria como género moderno, que comienza en el siglo xix de la mano de Poe.
Bien, todos los cuentos de este libro se pueden resumir en voz alta. Uno los podría contar a un amigo en un bar, entre caña y caña, como sucedidos más o menos sorprendentes. Pero lo peculiar del trabajo que ha realizado Benítez Ariza es que los ha escrito de ese modo, bajo ese contexto. No ha pretendido crear unos artificios retóricos con los que un profesor universitario pueda pasar el rato, ni un cadáver listo para la autopsia de un forense crítico. Lo curioso del trabajo de este libro es que los platos se sirven crudos, sin pasar por los fogones o el horno. La historia, desnuda, expuesta de un modo a veces anticlimático, a veces nunca llega el núcleo del cuento, a veces este se ha producido antes de que empezase la narración. Lluvia ácida es un libro de historias, y así parece darlo a entender en un epílogo que funciona como poética –cuántas veces la dichosa palabrita- y como narración a partes iguales. Allí recalca que hay gente que le dice que olvida los cuentos, y él se empeña en demostrarles que olvidan la narración, pero no la historia, y eso es lo importante. La gente, el lector, es igual que un niño: quiere historias, y eso se lo puede dar mejor que ningún otro género el cuento.
Si en vez de estar hablando de cuentos –aunque Benítez Ariza preferirá, como su paisano Quiñones, la palabra relato- hablásemos de un disco de música pop-rock, ahora yo estaría diciendo que este libro es un libro de rock puro, sin producción, sin arreglos, donde sólo tiene cabida la melodía, sin más aparato estilístico.
Pero no estamos hablando de un disco, ni de un libro de relatos, estamos hablando de un puñado de historias, algunas de las cuales sorprenden, otras conmueven, y algunas marcan. Un libro con un poquito de vida metida en sus páginas, ahí es nada.
José Manuel Benítez Ariza Lluvia ácida
Algaida-Fundación Municipal de Cultura del Excmo. Ayuntamiento de Cádiz, Madrid, 2006

23 octubre 2006

Asuntos planetarios o 134340

Todavía no ha aparecido el libro, así que sólo barajamos hipótesis, pero, ¿será el libro de Pombo un premio Planeta o será un libro de Pombo? La verdad es que no me quita el sueño este asunto -de hecho, como casi todo lo que tiene que ver con Planeta me da bastante sueño- pero sí me intriga. No creo que en este caso se haya rematado la novela para que entre en la convocatoria, incluso lo lógico es que fuera una buena novela para compensar lo del año pasado, porque de escándalos no se puede vivir muchos años seguidos, pero anda uno en la duda.
Lo primero, la sospecha de que Planeta anda detrás de Anagrama ahora que la gente de Prisa parece haber amainado. Vuelven a la carga con la Púertolas -¿recuerdan cuando ganó el premio estrella de la casa?- que pareció desoír los cantos de sirena de la gran editorial de los Lara, y que ahora es miembro del jurado. Tantean a Pombo -posiblemente el novelista de eso que se llamó "Nueva narrativa española" y que con el tiempo se ha convertido en la "Misma mediocridad de siempre" más fiel a Herralde y él se deja querer. Uno no quiere pensar en eso de que la fidelidad es un grado, pero... la verdad es que no veo otra salida.
Se acuerda uno del affaire Marías -Javier, por supuesto, que es el que más vende de la familia- con Herralde. Se saldó con la huida del novelista más británico de la literatura española -ese que escribe como si estuviera traducido pero se deja ver en las promociones de Random House como un amante de los clásicos españoles- en la manos de Prisa, que perdió un pastón con Negra espalda del tiempo -hasta los títulos parecen traducidos, Dios mío.
Ahora se conoce que no anda muy contento con la distribución y número de ventas de sus libros en bolsillo y se pasa a la competencia. Debolsillo, la sección de aeropuertos, estaciones de tren y demás lugares de despacho rápido de literatura es la nueva editora de Marías. Un ramillete de nuevas ediciones del autor son la gran novedad de la casa. Por supuesto, la gente del grupo Berstelmann ya está tirando del novelista madrileño para las distintas promos y actos de prensa.
O sea, que desde que dejó Anagrama, Marías se va arrastrando de editorial a editorial como puta por rastrojos -puta muy bien pagada, eso sí- pero cada día editada más a la brava. Misterios del ego.
No quiere uno pensar que esto vaya a pasar en el caso de Pombo. No pasó con Puértolas, no pasó com Tomeo, no tiene el por qué suceder con él. Pero anda uno con la mosca tras la oreja, la verdad.
Quien no pierde, gane quien gane, es Hacienda. Como te escriben media novela se quedan con la mitad del premio.
Qué poco se parece el munde editorial al astrofísico. Ellos no tienen piedad a la hora de borrar planetas de las enciclopedias, y las editoriales se pasan el día subiendo estrellas a los altares.

20 octubre 2006

El corazón en armas

Uno de los mecanismos que se pueden esgrimir a la hora de plantear la autoridad de uno para hablar de un libro es destacar lo temprano del momento en que uno se percató de la calidad del mismo. Lo suele uno escuchar muchas veces, podemos imginar muchas confesiones en esta onda: "Desde la primera vez que lo leí sabía que sería un libro único, merecía la pena publicarlo y acercárselo a los lectores de todo el mundo". Podría ser una frase de Gide hablando de Proust, o de Barral hablando de Cien años de soledad, por ejemplo, a lo mejor es lo que dijo el editor de Falcones o de Zafón, los caminos del Señor son inescrutables.
Pero yo lo voy a decir. El primero de los cuentos que leí de La vida ausente fue Mientras dicen adios. Lo leyó Ángel Zapata en uno de los encuentros -con habitual empalago cultureta los llamábamos tertulias- a los que asistí todas las tardes de los domingos durante un año hasta que quedío claro que no no pintábamos demasiado todos juntos allí. No creo que sea un mérito mío haberme dado cuenta en el mismo momento en que terminamos de leer ese cuento que era una maravilla. Se dieron cuenta los que lo premiaron en Huelva poco después, y lo editaron en una edición preciosa que atesoro en casa -qué bonitas las ediciones de los cuentos sueltos, qué lastima que haya tan pocas. No es un mérito mío como lector ver que el cuento es bueno, ni haberlo leído antes que muchos. El mérito del cuento es de su autor, de Ángel Zapata.
A lo largo de ese año pude leer otros dos cuentos de los que ahora están incluidos en este libro: Las otras vidas y de Un día vendrá. La sensación fue la misma, esos tres cuentos estaban cortados por una patronista espertísimo, rematados con un gusto de costurera de encaje, diseñados por un autor que quería llevar el cuento hasta límites inesplorados. En ese camino de hacer tejidos cada vez más perfectos, de desbordar el género hasta violentar sus fronteras Ángel se quedó algo solo. Le abandonó la voz.
Todavía recuero el medio año, aproximadamente, o tal vez fue más, en que Ángel no escribió. O lo hizo en silencio, emborronando hojas que acababan en la papelera -en la de reciclaje, no se preocupen los ecologistas. Tenía entre manos un texto único, extraño. Es lo que hoy se ha llamado La vida ausente. Es el cuento que abre el libro.
Víctor García Antón, con la agudeza y generosidad que le distingue a la hora de hablar de los amigos, dice que ese cuento está en el lugar idóneo, porque así nadie puede decir que Ángel no puede escribir como quiera. Me recuerda en eso a los que dicen que Picasso es grande porque ya demostró en las épocas azul y rosa que podía pintar bien y por eso algo debía querer hacer cuando pintaba mal. Pero al hacer este comentario yo estoy cayendo donde Víctor no lo haría. Se llama maldad, yo no soy generoso.
No seré el primero que hable de La vida ausente. Sí recuerdo que Ángel en su momento me pidió que averiguara si algún libro se llamaba así. También que me amenazó cuando me vio titual un post de este blog con ese título. Ángel sí es generoso, pero no es tonto. Haber conocido antes al título tampoco me sirve como argumento de autoridad. Es un buen título, cualquiera que lo escucha por primera vez puede darse cuenta.
Yo, cada vez que releo ese cuento -lo he hecho ya unas cinco veces desde que me lo entregó Ángel para que le diera mi opinión hace ya un año, cuando me dejó el manuscrito del libro para que le ayudase a corregirlo, cuando le ayudé con él poco antes de editarlo, dos veces con el libro ya editado en mis manos- veo la historia de todo escritor. Por eso creo que nos llega tanto a todos -a todos los que escribimos, claro. En ese cuento se narra la huida, la fuga necesaria -o la marginación, a fin de cuentas da lo mismo que se vaya uno a los márgenes o que lo echen, importa que acaba ahí- del artista de la doxa. El artista no puede trabajar dentro de ella. Ahí trabaja el mercader, el tendero, pero no el artista. Tal vez esa sea la tragedia de la literatura actual, que pasan muchos comerciantes por artistas.
Lo que hace especialmente original -y maravillosa- a la historia que se nos cuenta allí, y por lo que creo que le costó tanto a Ángel terminarla es porque, frente a la lectura que haría cualquiera, y que sería romántica -usando la historiografía, no el lenguaje adolescente- y hablaría de lo maravilloso de apartarse, lo que cuenta Zapata es que eso es algo enormemente doloroso. No hay nada bello en eso. El autor huye de lo cutre del mobiliario de su casa, de la simpleza de su familia, de lo gris de su barrio. Pero también huye de la vida. De algún modo todo artista renuncia a la vida. Eso no puede ser maravilloso. Y por eso, el joven que viste de un modo estrambótico, que pasa las tarde aferrado a su taza de té con leche en un café intentando no naufragar, que debería sentirse un elegeido porque no entiende las conversaciones grasientas y resobadas de sus compañeros de colegio, apenas contiene el llanto. No hay nada agradable ahí. No es más feliz el que ve lo real. Al contrario, saber que ese vacío está ahí es angustioso.
Y cómo investigar en ese vacío. Sumergiéndose en el yo. Para los que no lo sepan lo diré ya. Zapata es psicoanalista. Bucea en el yo, en el suyo y en el de otros. Zapata es surrealista, en el sentido político del término, no en el chistoso. Esas dos condiciones, ese contexto, hace de Ángel un especimen extraño en la literatura de este país. Y por eso las narraciones decantadamente surrealistas del libro extrañarán a muchos. Yo no termino de entenderlas. El otro día, tomando unas cañas, Víctor y Juan Jacinto Muñoz Rengel comentaban conmigo -y estábamos todos de acuerdo- en que no entendemos todas y cada una de las cosas que quiere decir Ángel en ellas. Pero no creo que eso importe, me interesa más lo que me sucede cuando las leo, lo que experimento en el acto de lectura de las mismas. A veces me inquieto, a veces siento vértigo. No entiendo por qué la literatura debe ser distinta a hacer el amor. Podemos buscar sensaciones en ambos terrenos. Uno no folla para transmitir ideas.
El último texto que me dejó Ángel antes de dar por acabado el texto es Belvedere. Lo leí en su casa, maravillado por un texto que es pura poesía, en el que Ángel nos hace sentir la ruina de la vida de la clase media, la sordidez del matrimonio, la falsedad de los deseos que se nos han impuesto a través del estado del bienestar. Esa vida es una ruina, no está ausente, está podrida.
No puedo ser imparcial con un libro como el de Ángel. No se puede ser imparcial con un amigo. No debo serlo. No quiero. Conozco demasiadas cosas del camino que han recorrido estos cuentos como para tenerlos cariño. Ignoro las suficientes como para que me sigan fascinando.
No es mérito mío haberme dado cuenta de que es un libro fantástico. Eso lo puede ver cualquiera que lo lea.
Ángel Zapata La vida ausente Páginas de espuma, Madrid, 2006

Para los que estén interesados, recordarles que el próximo viernes 27 de octubre a las 19:30, en el Círculo de Bellas Artes, Sala Ramón Gómez de la Serna, es la presentación del libro. Asistirán el autor, el editor, Eduardo García e Hipólito G. Navarro.

19 octubre 2006

Imprescindible

Una gran literatura debe, siempre, tener a mano a sus clásicos. Y en buenas ediciones. Precisamete esa es una de las trabas que todo buen lector encuentra en el mercado español del libro, más centrado en novedades y best-sellers que en fondo de librería, en textos que verdaderamente cimentan una cultura sólida.
Galdós, pese a los ataques que ha sufrido por parte de muchas voces menores y de lectores superciciales de su obra, ha conseguido evitar en parte ese destino. La calidad indiscutible de las historias, su veracidad y la capacidad de generar vida, su profunda capacidad de penetrar en la psicología de los personajes, y su siempre atinado estilo -que no ensalza nunca el tono y no olvida nunca que es literatura- han conseguido que hoy, tanto tiempo despuñes de su muerte, siga estando presente en ediciones de bolsillo -Alianza tiene casi toda su obra publicada y en Cátedra están realizando ediciones críticas de casi toda su obra- y en colecciones de mayor rango -como la que la Biblioteca Castro Turner le tiene dedicada. Pero el hecho de que esté en todos los manuales, de que sea un clásico siempre ha jugado en contra de Galdós. Sufre ese trato despectivo que el prejuicio impone a las lecturas del Insituto -cuántos se pierden el Quiijote porque son incapaces de separar la obra del profesor que les obligaba a leerla- y a lo mayoritario. ¿Cómo va a ser bueno un autor que también le gusta a mi abuela? -dice el moderno desde su pedestal idiota dispuesto a descubrir el Mediterráneo o el Atlántico.
Galdós está en todas las casas, pero no se lee por un reparo absurdo que habla mal del que lo tiene, no del que es objeto de él. El problema de no leer a Galdós no se reduce a no leer novela realista -qué estúpido el prejuicio de tildar a Galdós de realista, qué simple, qué lectura superficial se hace por parte de los que gustan de presumir de lectores de los profundos conocimientos del saber-, o a que tenga matices costumbristas -el alejamiento de la realidad es escapismo, no literatura; un buen autor, independientemente del estilo que elija para sus historias sabe que está inmerso en su mundo, su sociedad, su época, y realizar lo contrario sólo demuestra hasta que punto es uno incapaz de enfrentarse a sí mismo, a sus miedos y deseos, que son los mismos en todos nosotros.
Por los caprichos del destino Galdós es hoy un autor marginal, periférico, que no leen los modernos por considerarlo "carca", que no leen los nostálgicos por demasiado moderno, y que, por fin, puede ser pasto de verdaderos amantes de la literatura. Lectores carente de prejuicios que pueden disfrutar de una literatura que demuestra estar siempre viva y hablarnos siempre desde el presente. Donde los contemporáneos de Galdós veían un espejo al borde del camino, hoy los analistas ven a un novelista capaz de construir una epopeya como la de Fortunata y Jacinta siguiendo la historia de la I República española. Francisco Caudet, en un monumental trabajo que sirve como introducción a la edición crítica de Cátedra nos demuestra paso a pasdo como la historia de ambas mujeres es una alegoría perfecta del proceso político que comenzó lleno de esperanzas y precipitó el retorno de la casa monárquica que todavía hoy soportamos. Galdós era un hombre político, lo fue toda su vida, posiblemente uno de los más comprometidos con el pueblo.
Galdós ha sido tachado siempre de garbancero -mote que le puso un escritor individualista, originalísimo, firmemente independiente, que no dudó en aceptar un puesto del estado, un sueldo y todo lo que hizo falta cada vez que se le ofreció; un modelo a seguir, vamos- y se olvida que la primera de sus novelas es una precursora de lo fantástico, que en sus novelas contemporánes -esas que son la máxima muestra de realismo hispano- aparecen fantasmas, los vivos son visitados por los muertos, aparecen personajes plenamente simbólicos, se estudia la idea de la novela moderna y prefigura el diálogo nivolesco del final de Niebla -ahí está el amigo Manso, que se sabe personaje creado por su autor-, en su útima época le obsesionó la espiritualidad, el alma y los deseos del hombre, y algunos de sus últimos textos presentan técnicas como el flojo de conciencia o el subjetivismo tan cacareados durante el siglo XX. Galdós no fue un simple realista, era consciente de que el hombre vive en un plano real y desea en uno simbólico, y exploró ambos campos a la búsqueda de la verdad humana.
Por eso es una enorme alegría -y un síntoma del mundo en que vivimos- que una editorial recién nacida, pero llevada con mano esquisita en lo estético y lo ético, se haya lanzado a editar a Galdós. Y lo haya hecho con una pequeña novela que es la primera de un ciclo de cuatro donde dibuja una de sus más geniales creaciones, el prestamista Torquemada. La modernidad de esta novela de Galdós es envidiable, está -como sucede con La de bringas- construida sobre un sólo eje temático: la enfermedad y agonía del hijo del protagonista. Pero, como hemos dicho, el personaje central es el usurero. La tensión entre el deseo del protagonista y su realidad, el modo en que Galdós construye el torbellino de emociones que, en apenas unos días, transforma la vida del avaro, es única. A lo largo de las ciento y pico páginas del libro no se admite un momento en que la tensión decaiga, en que el lector pueda encontrar puntos muertos. Mucho tendría que aprender el escritor de hoy de la depurada técnica con que construye Galdós su texto.
Poco se puede decir, elucubrar, cuando un autor ha sido capaz de ponerlo todo en un texto. Las grandes obras, esa es la paradoja, sólo mueven al silencio. La admiración no admite el ruido.
Por eso, el esfuerzo de editar una guía de lectura que se puede descargar gratis por la web y que permite usar el texto como objeto de estudio en clase, en un club de lectura o en un taller hace que esta edición sea una decisión doblemente feliz.
Pero lo que hace fundamental a esta novela es la capacidad de transformación que ejerce en el lector. Su fuerza, la profundidad de sus intuiciones, la viveza de lo plasmado, la hace un pórtal único, exquisito, para comenzar a reencontrarse con uno de los mejores escritores de todos los tiempos. Un lector atento, sensible, no puede salir indemne de la lectura de esta novela.
Tal vez ahora, gracias a iniciativas como esta, se pueda, por fin, sacar a Galdós de la hoguera.
Benito Pérez Galdós Torquemada en la hoguera Periférica, Cáceres, 2006

18 octubre 2006

La memoria está llena de olvido

Alguien en la redacción del Babelia piensa, y me hace quedar mal en mis continuas quejas sobre la superficialidad y estulticia de los mal llamados suplementos "culturales" de los diarios de gran tirada. Tengo la sospecha de que debe ser Javier Rodríguez Marcos, pero como no lo sé con certeza no cometeré la imprudencia de señalarle como la mente pensante de la redacción, no vaya a ser que los jefes se enteren y le pongan de patitas en la calle por peligroso.
Pues bien, este sábado, apenas me había levantado y estaba tomando una catalana con jamón -aunque allí no la llaman catalana- en la Barceloneta, en la plaça de Hilari Salvadó para ser exactos, hojeando el periódico -porque desobedecí a Riechmann y compré El País- me encontré con una serie de artículos más que interesantes. La percha eran las confesiones que Grass ha hecho este verano sobre su pasado como soldado de las Waffen SS, pero lo acertado de los artículos es que de lo que había que hablar es de por qué en España nadie ha entonado un mea culpa similar, pese a que todos sabemos que muchos se valieron de su filiación al régimen franquista para medrar y mantener un estatus social e intelectual que, en realidad, nunca habían tenido.
Santos Juliá, agudo como acostumbra a ser, basa su artículo en la idea de que en la Transición todos tuvieron que olvidar -me gusta mucho la ironía de esa cursiva que se repite a lo largo del artículo- para construir un futuro. Para ello demuestra que muchos de los que trabajaron por la llegada de la democracia - es esto que llamamos democracia hoy, todo hay que decirlo, que sin ser la bomba es mejor que lo de Franco- estaban decididos a pasar por encima de rencores. Y eso es, a qué mentirnos, bueno. No se puede construir sobre el rencor -y eso deberían pensarlo las asociaciones de víctimas del terrorismo que reincidentemente boicitean el proceso de paz, sea más acertado o no, amparándose en un deseo de venganza enmascarado de sed de justicia- pero conviene no olvidar que tampoco hay que meterlo todo debajo de la alfombra cuando viene la suegra, porque antes o después se desborda todo.
Comparar la actitud de Laín Entralgo -un intelectual poco sólido que medró a la sombra del Caudillo y que mantuvo su prestigio gracias a un libro vergonzoso en que confesaba no estar de acuerdo con todo lo que había hecho el régimen pero publicado tras la muerte del dictador- con el caso de Aranguren -que de joven participó en la ideología del alzamiento pero que pronto se desvió de sus postulados y se enfrentó a ellos hasta sufrir la expulsión de su cátedra y el posterior exilio- es arrimar demasiado el ascua a su sardina. Y por eso el texto de Santos Juliá se queda a medias.
El de Juan Carlos Mainer sirva más como inventario de muchas conductas dudosas, de textos de segunda fila que hoy han quedado como notas a pie de página de los libros de Historia, nunca de los manuales de Literatura. Y en eso acierta, si bien hay poca intención de "mojarse" en el artículo, sino más bien se quiere presentar un panorama antes que entenderlo y valorarlo, sí que resulta revelador de cómo se mueve la literatura, o las informaciones en torno a ella, donde es más sencillo caer en el comadreo y el cotilleo que hacer una lectura seria de la obra de un autor.
Miguel Ángel Villena realiza un repaso a las opiniones de una serie de escritores, directores de cine, consultados. Y resulta muy reveladora porque evidencia que en los círculos de entendidos no se ha olvidado nunca lo que las instituciones, los manuales de Historia y los medios de comunicación han preferido obviar u olvidar. Por ejemplo, el pasado falangista de un autor por momentos excepcional como Torrente Ballester, o el oficio de delator que Cela ejerció con alegría, aunque se quiera olvidar para no manchar la imagen de un premio Nobel. Tanto Chávarri, Chirbes, Gil Calvo, Altares o Suso de Toro demuestran que los intelectuales de este país no olvidan algo que la sociedad sí parece haber querido olvidar. Pero viene a demostrar una realidad, que el pasado no está cerrado, que en la transición política y en la académica se ha querido cicatrizar una herdida que no había curado, y que quedan cosas, asuntos, por resolver.
Los de Trapiello e Isaac Rosa son contrapuestos y al mismo tiempo coincidentes. Son contrapuestos porque uno defiende la vigecia y la oportunidad del rescate de algunos autores que permanecieron fieles al franquismo y que se han visto relegados del canon por cuestiones ideológicas pese a su innegable calidad literaria, el otro defiende la recuperación de otros autores del exilio que siguen en la sombra porque su espacio en los manuales lo ocupan autores que se quedaron en España con mayor o menor fidelidad al régimen. Lo que hermana ambos puntos de vista es un interés en que ese ajuste y reordenamiento se haga desde una perspectiva literaria, que los intereses ideológicos o políticos se dejen de lado para construir una verdadera Historia de la Literatura.
Y creo, honestamente, que es ese el camino. Hay que tener en cuenta que una cosa es la literatura y otra la ética. ¿Cómo acercarse a la obra de Céline si uno no olvida su actitud? Sería imposible. Leer a Vargas Llosa supone pasar por encima de que es un intelectual orgánico vendido a todo el que le pague, que no duda en ceder su marca, su imagen siempre que haya un cheque de por medio, pero que pretende mantenerse como paladín de la libertad que ofrece el sistema neoliberal, olvidando, o pretendiendo hacerlo, que se ha convertido en un tendero que sencillamente valora la libertad de horarios de apertura y de precios que puede imponer en su puesto del mercado, pero que eso no es cultura.
Hay que rescatar la obra de autores franquistas y de exiliados y colocarla en su justo lugar, con lo que la de otros palidecerá y, con el tiempo, desaparecerá de los manuales. Y hay que ajustar cuentas judiciales y morales con otros, por supuesto. George Santayana dijo aquello de que "Aquel que olvida la historia está condenado a repetirla", pero yo creo que esto es aún peor, nosotros seguimos instalados en esa parcela de la historia, y parece que nadie esté dispuesto a que esto avance.

16 octubre 2006

De puente por Barcelona


He estado este fin de semana -¿o era un puente?- en Barcelona. Hacienco esas cosas que uno no hace nunca en Madrid como estar todo el día yendo de aquí para allá en bicicleta, preparando comidas -siempre de pinche, eso sí-, bebiendo pocas copas y mucho vino. Supongo que sientiéndome un poco europeo, que es lo que hacemos los españoles en Barcelona -y también los catalanes.
La ciudad estaba empapelada con un montón de carteles electorales, de hecho, en una ciudad donde quieren quitar los quioscos de animales de las Ramblas por "cutres" y exigir un mínimo de calidad a los mendigos con ínfulas artísticas -que son esos que se maquillan y hacen de estatua en las calles-, no tiene el empacho de tener la mitad de los árboles cubiertos con cartones "destinados a la propaganda electoral". Fascinante.
Me han gustado mucho los carteles. Por ejemplo, Montilla, que ha contratado a un humorista del Terrat para que le vaya haciendo los discursos -es de agradecer que haya contratado a alguien que trabaja con Buenafunte y no con Ana Obregón, todo hay que decirlo- tiene un eslógan un poco contradictorio: "Hechos, no palabras".
El de Iniciativa per Catalunya- Verds es muy bueno, porque une dos anacolutos: Hay una manera inteligente de ser de izquierdas y Hay una manera decente de hacer política. Bien, pero en ningún caso hay nada que nos haga pensar que la respuesta sean ellos.
Convergéncia i Unió se limita a expresar con garabatos que es mejor un garabato convergente que un nudo tripartito. Muy Tápies para mi gusto. Qué cruz.
Del PP no hablo -no gasto el tiempo en menudencias, y los populares en Catalunya lo son. De ERC he visto poca cosa, la verdad, así que creo que son los únicos que hacen verdadera política catalana -gasta poco, quiero decir.
Me ha gustado el de Ciutadans, que acompaña el post. Porque es el único que refleja cómo se siente el hombre de la calle ante los políticos: en pelotas, indefenso. El Espada me provoca bostezos, pero con Boadella me parto, paradojas de este partido.
Pero, a la hora de la verdad -y como no tengo derecho a voto en estas elecciones, ando empadronado en Madrid- haré como Empar Moliner, y me iré a un bar a provar alguno de esos cóctails de los que habla en su blog electoral. Por lo que leo de los autores de allí -Monzó, Pàmies, Moliner- gustan mucho los cocktails, la mezcla, igual que en el Parlament.

11 octubre 2006

Por comentar algo


Una de las cosas más interesantes y novedosas del fenómeno blog es la capacidad de crear un canal de comunicación entre el administrador de la bitácora -que normalmente es el mismo que escribe en él- y los visitantes que exponen sus opiniones en él. En buena medida se puede afirmar que un buen blog es aquel en el que se establece un canal de comunicación intenso y exigente entre ambas partes.
Por eso uno dejó de incluir enlaces a los blogs del "grupo extremeño" -así lo bauticé yo- que tienen sus blogs enlazados entre ellos -y creo que deben ser, casi, sus únicos lectores- formado por Álvaro Valverde, Gonzalo Hidalgo Bayal, Santos Domínguez -este es el mejor, de obviedad en obviedad sin decir nada interesante- que no dejan a los lectores opinar de sus post. Lo veo lógico, porque son unos espacios dedicados al autobombo -personal y del grupo- y a la vendetta, así que los lectores son meros convidados de piedra en el asunto.
Otros son los mediáticos -los que cuentan con el apoyo de alguna empresa que los difunde y promociona- como los de Arcadi Espada o de Alejandro Gándara. Allí opina todo el mundo, y es se nota. La media del intercambio es paupérrima, pero no ya sólo desde un lado -el del lector- sino desde ambos, porque la realidad es que uno crea su audiencia desde su tribuna, y la mejor manera de formar al grupo de lectores es plantear un debate de una cierta altura.
Eso sucede, por ejemplo, en el caso del blog de Vicente Luis Mora. Y sucede, exactamente, lo que acabo de comentar. Cuando el post trata de poesía y demás aparece una verdadera marabunta de potastros y demás seres que debería inventariar un entomólogo diciendo verdaderas tonterías, planteando riñas personales, y demás material escatológico. Pero, en otros momentos, el intercambio de ideas toma verdadero fuste, y nos hace creer que en esto de los blogs hay un futuro, un canal marginal en el que intentar apresar la verdad.
Por supuesto, he evitado incluir este blog en alguna de las categorías mencionadas. Me da miedo pensar en cuál está.

10 octubre 2006

De lo más increíble

A todos nos ha pasado algo que no nos creemos. No es ya que cuando lo contamos entre caña y caña nadie se trague lo que le contamos, por muy honestos que seamos, sino que nosotros mismos pensamos que, de venir otro y contarnos eso, tampoco le creeríamos. Pero nos suceden.
Pues de eso va este concurso, de cosas increíbles, inverosímiles que os han sucedido. Nadie las cree, nadie piensa que puedan ser verdad, pero lo son. Y este es el momento de contarlas. La mejor se lleva el libro Voinóvich, Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin. De Libros del Asteroide, el tipo de editorial que monta alguien después de haber andado por Planeta, con esos libros que te gustan y que nunca te dejaban editar los de mercadotecnia.
Suerte.

09 octubre 2006

Me gustaría haberlo dicho en hexámetros


Andar una hora desde la estación de metro de Estrecho hasta la plaza de Cascorro, a las siete de la mañana de un domingo, solo, caminando por la calzada a ver si uno pesca un taxi salvador que lo saque a uno los antes posible de esas calles en las que no ve más que borrachos volviendo a casa, peleas de prostitutas y chulos, algún pobre trabajador que no conoce eso del día del Señor, y, ya llegando casi a casa, a los primeros compradores del Rastro, es lo más parecido a ser Orfeo volviendo del Hades, confiando en que a su espalda le sigue Eurídice.
Pero lo peor de todo es saber que Eurídice había preferido quedarse en casa. Ni invitar a Orfeo a acompañarla en el infierno ni irse con él de vuelta a la tierra de los vivos.
Volver a casa solo, y sentirse abandonado.

08 octubre 2006

Las jornadas cotidianas

Con este título, que parece sacado de una novela balzaquiana, y en realidad es una traducción libérrima y algo porteña del título de una de las canciones inmortales que Robert Smith nos ha legado en los discos de The Cure, creo que uno dirige bastante bien el campo de actuación del libro de Kjell Askildsen que acaban de traducir en Lengua de Trapo: Los perros de Tesalónica.
La lectura del mismo puede hacer pensar lo contrario a un meriodional de los que tenemos las terrazas de los bares a nuestra disposición durante más de medio año, pero nos equivocaríamos. La frialdad, la incomunicación, el entorno turbio que sabe dibujar Askildsen en sus relatos no parece que sea algo excepcional. Lo más desasosegante de ese ambiente en el que se mueven los personajes es que uno no tiene ni por un momento la duda de que se trata de la rutina, del día a día de sus personajes, lo que hace sus vidas -ya la representación de las mismas en estos cuentos- tan inquietantes.
Los matrimonios que toman conciencia de que ya no se quieren, que se ocultan cosas, que se mienten, que pueden cambiar en cualquier momento de vida y de pareja sin que su vida se trastocase, los que recuerdan una imagen violenta de un país mediterráneo como ejemplo de ese calor que han perdido en su relación.
Un lector como lo somos nosotros, que conoce los fiordos por los documentales de la 2 y al que cualquier prado con una casita de madera se le asemeja mucho al "paraíso" que tanto ha soñado para vivir su jubilación, puede caer en la trampa de imaginar que esos paisajes aparentemente idílicos no cuadran con las historias que nos cuentan; pero esos lugares fríos y solitarios son un fiel reflejo de la angustia de los personajes que se mueven en ellos.
Los incestos nunca consumados, las infidelidades, la incomunicación se muestra así cotidiana, perfectamente reflejada en el entorno, en las rutinas. Y esa monotonía carente de actividades y llena de inquietud se transmite en una prosa seca, escueta -ahora se llama minimalismo, aunque nunca ninguna de las lumbreras de la modernidad haya dicho que la meseta castellana es minimalista-, de una austeridad cautivadora, que sirve como perfecto modelo de la escasez de comunicación de hechos, de los personajes. Traductor de Beckett al noruego, el autor de estos textos ha asimilado de un modo perfecto las posibilidades del "no decir", del transcurso soterrado de la existencia bajo una capa de silencio que no somos capaces de romper, como si se tratase de la grusa capa de hielo que condena la vida bajo las aguas de un lago en invierno.
Solitarios, incomunicados, la soledad de los personajes de Askildsen los hace ser observadores, voyeurs de su propia vida, que espían con la conciencia de culpabilidad de los que se saben inermes para solucionar su propia existencia. Y, usando un mecanismo prodigioso, logra que el lector se sienta también espía de esas vidas desoladas, y que, del mismo modo que esos personajes se espían entre sí buscando esa vida que la incomunicación les hurta, uno se sorprenda desgranando esos momentos en que se tiene la sensación de que no vivimos los días que nos han tocado.
Ayer regalé este libro de cuentos en un cumpleaños y lo leí la tarde anterior a la fiesta, como suelo hacer siempre con los libros que regalo para asegurarme de que no la he cagado, con una creciente ansiedad. Algunos de los invitados a la fiesta me comentaron que me notaban algo frío, me da miedo pensar que he interiorizado demasiado el libro. Es lo suficientemente bueno para que sea así.

Kjell Askildsen Los perros de Tesalónica Lengua de Trapo, Madrid, 2006