También se ha hablado por estos pagos de otros dos libros de Julián Rodríguez: Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás y Mujeres, manzanas.
Hay días buenos, aunque a veces Holly Golightly no lo crea.
«La ética es la estética del futuro.»
Lenin
«La verdad es siempre revolucionaria.»
Gramsci
«Y es que el público es un examinador, pero sin duda uno distraído.»
W. Benjamin
Hay proyectos descabellados, que la mayoría de las veces no llegan a realizarse nunca, y precisamente en ello reside en buena parte su magia. Hay otros que parecen destinados a no realizarse, pero para sorpresa de todos sí que alguien logra ponerlos en pie. Uno de esos proyectos es la revista Matador. La idea es, todo el mundo puede reconocerlo, quimérica: sacar un número al año de una revista de gran formato, de diseño e impresión impecables, y en vez de numerarlas organizarlas por orden alfabético. El objetivo es llegar a los treinta años y completar así el alfabeto. Hoy, en un mundo en que todo debe hacerse ya, al momento, sin que importe demasiado la calidad del resultado, que alguien levante un proyecto a treinta años vista es, ya, toda una proeza.
Todos somos perdedores, porque el triunfo no es, desde luego, un objetivo especialmente deseable. Triunfar supone estar condicionado, presionado, por el entorno. El fracasado tiene la ventaja de que nadie espera nada de él, y puede ser por tanto libre para ser él mismo. La sociedad en la que vivimos, una sociedad de mercado que nos impone un precio, desprecia al fracasado, al perdedor, porque piensa que no es un producto vendible, que no es deseable. Pero no es así, la realidad es que la sociedad ha establecido un canon –para ello ha usado a los especialistas en mercadotecnia y publicidad- que nos venden a diestro y siniestro. Por ejemplo, yo recuerdo que a finales de los ochenta, incluso hasta mediados de los noventa, los únicos que llevaban teléfono movil eran ejecutivos, altos cargos de empresas que tenían que estar siempre localizables, y se veían obligados a cargar con pesadísimos aparatos que pagaba la empresa para que no tuvieran un momento de relax. Pero la sociedad, o el mercado, mejor dicho, pronto convirtió esos aparatos en una necesidad y todo el mundo los usa. Ahora somos todos unos triunfadores, porque todos tenemos móvil.
A mí me gustan las mujeres. Me gustan mucho. Para hablar con ellas, para trabajar, para tenerlas a mí alrededor, para mirarlas, para tocarlas. A mí me gustan mucho las mujeres. Y siempre he estado rodeado de ellas. Todos hemos salido del vientre de una mujer. Me crié con mi madre y mi hermana, sin padre alguno por casa. A veces mi abuela. A mi padre y mi abuelo los veía los fines de semana, la mañana de los sábados, dos o tres horas. Siempre he tenido muchas amigas, de hecho muchos de mis confesores son mujeres. No sé, me gustan las mujeres, estoy cómodo con ellas. No tengo que demostrar que soy más que nadie, sólo ser, y eso me gusta. Y puedo decir lo que se me pasa por la cabeza sin preocuparme demasiado de que sea más o menos sentimental. Uno habla, y a las mujeres les gusta que las hablen. Dios, que algo sabía de esto, es el verbo, y es en la palabra donde llega su mensaje, mientras que el Diablo crea imágenes, alucinaciones engañosas, para que el hombre actúe mal. En la imagen está la mentira, en la palabra la verdad. Lo divino se transmite por la palabra.Fue Eliza durante unas pocas semanas, cuando era niña. Eliza, Lily. Pronto lo cambió a Lil.
Más tarde fue Miss Steward en la carnicería. Y también mi amor, querida, madre.
Enviudó a los treinta. Volvió a trabajar como Mrs. Hand. Su hija creció, se casó y dio a luz un niño.
Ahora ella era Nanna. Todo el mundo me llama Nanna, solía decir a las visitas. Y eso hacían ellos. Incluso los dependientes y el médico.
En el geriátrico usaban los nombres cristianos de los pacientes. Lil, les dijimos nosotros. O Nanna. Pero aquello no constó en su expediente, y durante las desconcertantes últimas semanas fue Eliza una vez más.
¿Quiénes somos realmente? ¿Cuantás vidas vivimos? Muchas vidas, o muy pocas. Tal vez todas se parezcan. Al menos en lo importante. Y Rodríguez ha sabido apuntar hacia esa cosas que parece que no, pero realmente sí, son importantes.
Porque, haciendo arqueo final, no hay que olvidar que éste es un libro escrito por un hombre, y habla de mujeres, de ahí que posiblemente se trate de comprender que uno no es más que una parte, y que buscamos restaurar la unidad que se escindió con nuestro nacimiento.
Terminaré con una cita del Eclesiastés que incluye el propio autor en las Palabras finales: “Si dos duermen juntos se calientan, pero el que está solo ¿cómo se calentará?”
¿Cuál es el camino para evitar la violencia? A mi juicio expresarse, ser totalmente libre a la hora de decir lo que se piensa. Parece ser que Raoul Vaneigem opina lo mismo que yo, y por eso ha escrito un libro, Nada es sagrado, todo se puede decir, que está destinado a no ser bien recibido en ninguna parte.
Uno lo ha dicho ya muchas veces, pero nadie me hace caso. Todos mis amigos literatos me lo cuentan de cañas, me lo dicen de copas, me lo lloran en cafés: no ganan premios literarios pese a que se dejan las pestañas en escribir, las dioptrías en corregir y los cuartos en correos. Todos buscan a la posteridad -esa puta cara que no te deja satisfecho nunca- a través de los premios. También lo hizo Pedro Maestre -o se la encontró, vaya usted a saber- cuando ganó el premio Nadal con Matando dinosaurios con tirachinas. Han pasado los años y Maestre vuelve con su cuarta novela, de título largo, y que promociona su editorial como una "Novela para noctívagos. Una guía sentimental de la ciudad canalla". Uno, que se ha dejado las pestañas leyendo las cartas de los bares, las dioptrías en reconocer a las chicas guapas al otro lado del oscuro garito y los cuartos en whiskeys en cascada, destornilladores de vodka y antimosquitos con ginebra, encuentra poco interesante eso de la ciudad canalla. Y sabe que los noctívagos son como todos, pero más pálidos.
Copiado del libro de Patricia Runfola, Praga en tiempos de Kafka:En este relato Urdizil cuenta la historia de su encuentro con el desdichado Svatopluk Janda, un compañero de escuela, treinta años más tarde. El día en que casualmente se encuentran, Svatopluk le entrega un trozo de papel que había conservado celosamente durante todos esos años, donde el pequeño Urdizil había escrito varias veces esta frase: «No debo hablar ni soplar», que le había dictado como castigo el terrible maestro Petrak. Eran días negros, días en los cuales en las letrinas de los cafés «prosperaba el tráfico de pasaportes falsos», recordaba Urdizil. «Las joyas de la familia, valores y objetos preciosos eran entregados a personas hasta entonces desconocidas. Los que escribían cartas habían pactado con sus destinatarios un código secreto. Las cartas parecían poemas dadaístas: “El submarino está en el calentador… la gata está en la esquina de coser.”»
Con el último recuerdo del pasado en el bolsillo, Urdizil se dio a la fuga en un tren nocturno, a la hora precisa en que debía subir el guardia de frontera, que fatalmente se daría cuenta de que su visado de salida era falso. A las tres de la mañana oyó gritar en el pasillo el temido anuncio: «¡Control de frontera! ¡Visados de salida!» El empleado miró incrédulo los documentos que Urdizil se había sacado del bolsillo con disimulada desenvoltura. «Usted no tiene la cabeza en su sitio –le dijo-. “¡No debo hablar ni soplar!” ¿Qué significa?» Urdizil miró la hoja desconcertado. «Discúlpeme –repuso-, una hoja vieja se mezcló con mis papeles. Un viejo pedazo de papel de la época de la escuela.»
Buscó en sus bolsillos y añadió: «Aquí está, aquí, el visado de salida.» Los ojos del empleado se iluminaron. «Claro –dijo-, es eso –y se echó a reír-. No debo hablar ni soplar, también a mí me habrán hecho copiar algo parecido en mis tiempos, unas cincuenta veces quizás, es algo que pasa a menudo.» Y se moría de risa, tanto que hasta se le saltaban las lágrimas mientras sellaba el documento con el visado de salida falso. «No debo charlar ni soplar, mire un poco lo que me viene a ocurrir, y de noche», agregó, y se alejó riendo por el pasillo.
Así consiguió Urdizil huir de la ocupación nazi en Checoslovaquia y llegar a los Estados Unidos donde terminó su vida.
Hasta ahí llega el poder de la palabra.
Si uno hablase desde una perspectiva algo rancia, clasicista y apegada a las normas de la evolución –algunos dirán deriva- estilística, temática y, sobre todo, compositiva –atendiendo a la estructura de las narraciones- de los libros de cuentos de José Manuel Benítez Ariza, podría decir que su autor hace cada vez cuentos menos brillantes. Pero eso demostraría un apego a la retórica y no al poder de la historia.
Todavía no ha aparecido el libro, así que sólo barajamos hipótesis, pero, ¿será el libro de Pombo un premio Planeta o será un libro de Pombo? La verdad es que no me quita el sueño este asunto -de hecho, como casi todo lo que tiene que ver con Planeta me da bastante sueño- pero sí me intriga. No creo que en este caso se haya rematado la novela para que entre en la convocatoria, incluso lo lógico es que fuera una buena novela para compensar lo del año pasado, porque de escándalos no se puede vivir muchos años seguidos, pero anda uno en la duda.
Uno de los mecanismos que se pueden esgrimir a la hora de plantear la autoridad de uno para hablar de un libro es destacar lo temprano del momento en que uno se percató de la calidad del mismo. Lo suele uno escuchar muchas veces, podemos imginar muchas confesiones en esta onda: "Desde la primera vez que lo leí sabía que sería un libro único, merecía la pena publicarlo y acercárselo a los lectores de todo el mundo". Podría ser una frase de Gide hablando de Proust, o de Barral hablando de Cien años de soledad, por ejemplo, a lo mejor es lo que dijo el editor de Falcones o de Zafón, los caminos del Señor son inescrutables.
Una gran literatura debe, siempre, tener a mano a sus clásicos. Y en buenas ediciones. Precisamete esa es una de las trabas que todo buen lector encuentra en el mercado español del libro, más centrado en novedades y best-sellers que en fondo de librería, en textos que verdaderamente cimentan una cultura sólida.
Alguien en la redacción del Babelia piensa, y me hace quedar mal en mis continuas quejas sobre la superficialidad y estulticia de los mal llamados suplementos "culturales" de los diarios de gran tirada. Tengo la sospecha de que debe ser Javier Rodríguez Marcos, pero como no lo sé con certeza no cometeré la imprudencia de señalarle como la mente pensante de la redacción, no vaya a ser que los jefes se enteren y le pongan de patitas en la calle por peligroso.


Con este título, que parece sacado de una novela balzaquiana, y en realidad es una traducción libérrima y algo porteña del título de una de las canciones inmortales que Robert Smith nos ha legado en los discos de The Cure, creo que uno dirige bastante bien el campo de actuación del libro de Kjell Askildsen que acaban de traducir en Lengua de Trapo: Los perros de Tesalónica.