26 octubre 2007

Quinta columnistas

Leo el artículo de José Andrés Rojo –un poco superficial, como todos los suyos, porque ha aprendido bien la doctrina-estética del periódico en el que trabaja- de ayer sobre Slavoj Zizek. Me sorprenden muchas cosas, por ejemplo que utilice el adverbio todavía cuando se refiere a la influencia que el pensamiento de Marx ejerce sobre el pensador esloveno. Sólo alguien muy estúpido –y sé que Rojo no lo es, pero a veces se conoce que todos jugamos a parecerlo- negaría la vigencia del pensamiento de Marx. Una de la cosas más sorprendentes del mundo que nos ha tocado vivir es que haya tantos intelectuales –entendiendo esta palabra como gente que trabaja con el intelecto, ya sean periodistas, escritores o cualquier otra cosa que exija palabras y razones- que insistan en considerar que el pensamiento de Marx está caduco, que ha periclitado. Hay mucha gente que, erróneamente, considera que el pensamiento marxista está ya cerrado, que no tiene espacio en el mundo de hoy. La razón es bien sencilla: muchos países que, durante años, tuvieron gobiernos comunistas, han dejado de tenerlos. Bien, por esa absurda regla de tres, el capitalismo feroz ha periclitado también, porque no dejan de caer gobiernos que han dejado que el ultraliberalismo y el straussismo campara a sus anchas durante legislaturas. Decir hoy que alguien todavía defiende el marxismo es verdaderamente estúpido. Es como decir que alguien va por el mundo, todavía, defendiendo a Kant, a Descartes o a Wittgenstein. Por favor, señor Rojo, Marx es un pensador que, precisamente, es fundamental para entender la política globalizadora en la que nos vemos inmersos. El cambio que supuso la visión de Marx –junto con Freud y Einstein padres de la realidad en la que hoy nos movemos- es incalculable como pensador.
Lo que sucede es que, cuando se critica el marxismo se quiere poner en tela de juicio su praxis. Es algo que, en El País, donde consideran que Chávez, un presidente que puede gustar o no pero que está elegido por los ciudadanos venezolanos, es un dictador. O Evo Morales, o Rafael Correa, o quien sea. Vamos a ser serios. El comunismo es una ideología, y como tal no puede ser negada ni considerada extinta. Eso demuestra, sobre todo, la ingenuidad del que enuncia esa oración. Zizek, como cualquier persona con dos dedos de frente, sabe que el pensamiento marxista está en continua revisión y que es, sin duda, uno de los más fértiles semilleros de pensamiento que tenemos en un mundo de marcas, spots y consumo alocado. Lenin, otro pensador que, según Rojo –qué ironía este apellido- estará caduco, dijo que “Todo es irreal, menos la Revolución”, y verdaderamente dijo una verdad. Si uno analiza lo que sucede en el mundo vemos que la única política real, que no se basa en hechos virtuales, en cuentas corrientes desorbitadas que indican unas cantidades que ningún banco podrá, nunca, avalar, que no está construida sobre el vacío, es la política de izquierdas, la revolucionaria, que se está llevando a cabo en muchos de esos países sudamericanos que han dado un giro a la izquierda. Precisamente la gran baza del Partido de los Trabajadores que llevó a Lula al poder en Brasil son los presupuestos participativos, que es un modo de hacer la política real para los ciudadanos.
Pero es que, yendo más allá, y centrándonos al mismo tiempo en el trabajo de Zizek, es que el pensamiento marxista, el comunista, de hecho -no olvidemos que Rojo evidencia que ha leído poco o nada al esloveno antes de ir a darle la tabarra al hotel- en los textos de Zizek hay influencias estalinistas o maoístas, que son ya los dos cocos de los que no se puede hablar en el mundo capitalista. Pero, si uno lee a Zizek, se descubre que ese pensamiento, lejos de estar cerrado o ajeno al mundo que nos ha tocado vivir, permanece plenamente vigente. El proceso de desactivación del pensamiento marxista, como el de Bakunin o Kropotkin, es una herramienta fundamental del nuevo capitalismo. Es, de hecho, la puesta en práctica de la censura tal y como la entiende el mercado. No se puede tapar la boca a la gente y prohibirle que piense –eso es algo que el sistema ya ha comprobado-, pero sí se puede utilizar todo el mecanismo de propaganda que se tenga para convertir al disidente, al que no comparte el discurso mayoritario, en un loco. Cuando alguien demuestra que se puede construir pensamiento –y pensamiento válido, coherente e iluminador- desde ciertos moldes, automáticamente hay que convertirlo en algo ajeno, extraño, iluso, loco, ido, etc. “Zizek todavía defiende la lucidez de Marx”, efectivamente, porque Marx es extraordinariamente lúcido, y su pensamiento no está cerrado, ni ha dejado de ser válido para leer el mundo hoy. Lo sabe la gente que piensa un poco más, como Zizek, como Martín Kohan en su estupenda novela Museo de la revolución, lo sabe Belén Gopegui al cuestionar el estado del bienestar, lo sabe Tabarovsky al poner en tela de juicio el discurso del poder y el mercado, lo sabe Andrés Rivera al hacernos recordar de dónde venimos y lo sabe mucha más gente que, como mínimo, ha leído a Marx.
Ahora, está muy bien, es muy lindo indignarse de que en el Hotel Santo Mauro, a donde se ha ido a hacer la entrevista, le cobren a uno treinta y dos euros con diez por un café, un refresco y dos cruasanes. Pero, amigo Rojo, te estás comportando como un lacayo del sistema que encuentra en ese hotel un escaparate. Háztelo mirar.