19 marzo 2008

Lo que no entienden

Hemos sabido estos días el nombre del piloto alemán que, supuestamente, derribó el avión que pilotaba Antoine de Saint-Exupéry. Horst Rippert ha dicho a los que le han entrevistado -los autores del libro Saint-Exupéry, l'ultime secret y, tras al avance del mismo en Le Figaro, a todos los periodistas que han querido preguntarle- que desde entonces lo ha lamentado. Porque siempre ha fue un admirador de la obra del francés. Ha dicho que, de haber sabido que el piloto era él, no habría abatido el avión. Y ahí es donde uno no puede evitar indignarse. ¿Merecía más vivir el autor de El Principito sólo por serlo? ¿No lamentaría el hecho de haber matado al resto de los pilotos que seguramente se ha llevado por delante, como seguramente hizo, porque no creo que, como piloto de la Lutwaffe, se limitase a esta acción? El problema de Rippert es que no se ha dado cuenta que el acto deleznable es matar a alguien. Y que no importa que fuera Saint-Exupéry o cualquier otro es lo que no han aprendido los que trabajan en los medios de comunicación.

28 febrero 2008

Me utilizan sin permiso

He recordado hoy una cosa que me sorprendió cuando tenía unos nueve años -sí, fui un niño un poco politizado-, y que fue el uso de la canción de Bruce Springsteen Born in the USA en la campaña de Ronald Reagan para la reelección -sí, también fui un niño con gustos musicales precoces-. Al Boss no le sentó nada bien que alguien tan opuesto a su modo de ver el mundo usase su canción. De hecho, venía a confirmar que no la habían escuchado tan siquiera.
Hace un par de minutos acabo de ver uno de los videos electorales de la Falange Española de las JONS. No es ya que usen la canción de Nelly Furtado -por cierto, sus representantes legales en España deberían hacer algo ya al respecto-, sino que introducen imágenes de Los lunes al sol, en concreto unas en las que Nieve de Medina está trabajando en la envasadora de pescados, creo. Está entre el minuto y cuarenta segundos y el minuto y cuarenta y siete segundos.
Por lo que he visto en Internet, a los falangistas les gustó mucho la película. Se conoce que les gusta confirmar que son un poco tontos, porque el mensaje de la película no es, precisamente, a favor de unos obreros patrios, sino en contra de las grandes corporacions y de sus manejos.


Yo creo que toca denuncia, pero Fernando León de Aranoa deberá hacer lo que estime oportuno.

24 febrero 2008

El cine como reflejo de la realidad

Ha querido la ¿casualidad? que haya coincidido la polémica en torno al aborto con el estreno de dos cintas de temática parecida y posturas divergentes: Cuatro meses, tres semanas y dos días y Juno. Por encima de lo vergonzoso de posturas que pretenden criminalizar, de nuevo, el aborto, o de la hipocresía oficial de un sistema sanitario que no realiza prácticas abortivas ni en los casos permitidos por la ley –el grueso de las intervenciones se realiza en clínicas privadas-, ambas películas vienen a alimentar el debate vigente.
La película norteamericana, Juno, es una deliciosa comedia que aboga por la vida del feto y que huye del momento de especial tensión con una escena tan banal como gratuita. De todos modos, es evidente que ni a la guionista, Diablo Cody, ni al director, Jason Reitman, les interesa demasiado el asunto del aborto. Su película habla más de la madurez y de las relaciones humanas. Del respeto y del lugar del deseo. Y lo hace de un modo efectivo, divertido en algunos momentos, y dibujando un personaje, el de la adolescente Juno, lleno de encanto y humanidad. No es, desde luego, Juno, otra cosa que una película bien resuelta, que usa los tópicos y técnicas del cine mainstream para hablar de asuntos algo más profundos de lo que acostumbra el cine yanqui. El éxito de Juno radica en que, frente a las disparatadas comedias yanquis de adolescentes, es como leer a Kant.
Mucho más interesante es, desde luego, la película rumana de Cristian Mungiu. En primer lugar por su inteligente narrativa, llena de planos largos, a veces larguísimos, carentes de todo efectismo y que dejan a los actores cargar con el peso de la cinta Por otro lado el manejo del tiempo, porque esta contada casi a tiempo real. Pudorosa, evita siempre mostrar los momentos que puedan resultar morbosos al espectador –salvo el aspecto del feto cuando la embarazada lo ha expulsado-, y logra transmitir de un modo intensísimo una cosa que muchas veces los que pretenden criminalizar a una mujer que se ve obligada a abortar olvidan –conviene no caer en el paternalismo con esos asuntos, pero tampoco hay que olvidar nunca que el aborto no es ago que se haga por diversión-: la pérdida y el dolor para la mujer siempre existen en todo aborto y la experiencia es, desde todos los puntos de vista, traumática. No ya por el pago de la intervención, sino por lo que viven y con lo que han de vivir. Al final del la cinta, una de las dos mujeres –se ha dicho, acertadamente, que esta película habla en realidad de la amistad entre dos mujeres, y no andan muy desencaminados quienes piensan así- le dice a la otra que lo mejor es que no vuelvan a hablar de todo el asunto. Dejar que el olvido se apodere del trauma, que lo borre. Lo que, por cierto, me trae a la memoria el estupendo poema que ha colgado en su blog Vicente Luis Mora –en los enlaces de la derecha tienes el blog, no sé qué has estado haciendo estos dos años si todavía no has usado el hipervínculo-. Es de Demetria Martínez:

Another Way to End a Relationship
If you can’t pull it up
By roots,

Take it out
Of the sun, stop

Watering it

[Traducción de Héctor Contreras y Carmen Julia Holguín, arreglada siguiendo los oportunos comentarios de una exbecaria en general:]

Otra forma de terminar una relación

Si no puedes arrancarla
de raíz,

quítala
del sol, deja

de regarla

Íntima, sincera y de una humanidad y sabiduría deslumbrante, Cuatro meses, tres semanas y dos días nos sitúa ante una historia ante la que sólo uno puede relajarse creyéndola propia de una dictadura estalinista de los ochenta en un país pobre del este de Europa. La sola sospecha de que, además del golpe del aborto, una mujer tenga que pasar por lo que pasan las dos protagonistas del film pone los pelos de punta. Y, sin embargo, está contada de tal manera, con tal acierto, que subraya lo cotidiano de esa atroz realidad. No hay espacio para el melodrama ni la compasión. La vida se presenta tal y como es en esta representación naturalista en la que la mirada del director pretende suavizar, hacer soportable, una realidad que, muchas veces, da miedo mirar. El fuera de campo se usa en toda la película salvo en ese plano. Jonás Trueba, en su blog, defiende que Mungiu nos tenía que haber ahorrado ese plano, ya que tan sólo sirve como argumento para los antiabortistas que ven en dicha escena un argumento más para hablar de asesinato cuando se refieren al aborto. Me sorprende, de todos modos, que se critique tanto ese plano y se obvie los siguientes, donde vemos a la protagonista de la cinta –por cierto, no deja de ser interesantísmimo, y sobre eso apenas he leído nada, que la verdadera protagonista de la película sea no la que aborta, sino la que la apoya y sirve como testigo y cómplice de los hechos- deshacerse del cuerpo como lo haría un criminal del cadáver. En esas escenas, más cercanas a Crimen y castigo que ninguna otra de la cinta, habría mucho más material para hablar de una posición que cuestiona el aborto como práctica.
Yo creo, en cualquier caso, que la postura de Mungiu es clara: toda la película nos habla de la libertad de las mujeres y de las trabas administrativas que las criminalizan. Haber obviado la imagen del feto es una opción que habría convertido al cinta en un debate filosófico y ético muy interesante, pero que, por su exceso de pudor, habría resultado demasiado discursiva, etérea, poco narrativa. Y ese plano es, en el fondo, una apuesta de una valentía elogiable. En ese plano se ve un cacho de carne, no un niño. Somos nosotros los que vemos algo más, yo, que tengo una copia en DVD, la he pasado varias veces y sé que ahí no hay un niño. Lo vemos, pero no lo hay, y en buena medida esa es la aportación decisiva e irónica del director. No es un niño lo que ha salido del vientre de la protagonista, sino un pedazo de carne. No muy diferente a los que echamos en las sartenes para que se hagan vuelta y vuelta. Yo creo que, frente a la idea de que humaniza al feto, yo creo que sucede justo lo contrario, lo sitúa en el lugar verdadero de lo que es: un pedazo de carne, no un ser vivo, no una persona. Viene, por tanto, a situar en su verdadero lugar a los antiabortistas que suponen una vida humana en el feto: para mí equiparables a los que defienden los ataques preventivos. No se puede condenar a alguien por un delito no cometido y no se puede considerar vida a un ser que todavía no está formado. Considerar el aborto un asesinato supone que cada tortilla que nos hacemos en casa es una masacre. No banalizo, sino que reduzco al absurdo un argumento que es una falacia sostenida basándose en la cortesía y educación de las mujeres que han tenido que abortar. Por fortuna, no sé lo que es hacerlo, pero sí se que lo que está en ese vientre no es todavía una vida, y creo que Mungiu muestra ese plano porque piensa lo mismo. Es una prueba, tan sólo eso.

19 febrero 2008

Pasaporte a otro mundo

¿Por qué un hombre decide dibujarse a sí mismo como un conejo? Pues no lo sé, la verdad, pero es algo que llevamos ya mucho tiempo disfrutando los que seguimos la labor de Ricardo Liniers Siri, para los seguidores Liniers a secas, en su blog personal. La labor de Liniers es un secreto que ya conocen masas, porque basta con acercarse a uno de los Macanudos para quedarse enganchado. Tanto es así que yo tengo locos a los amigos que viajan a Buenos Aires con los encargos de libros de Liniers, de agendas, de Bonjour y lo que se tercie. La verdad, con Liniers me he vuelto totalmente acrítico. ¿Por qué? Porque nunca me defrauda. Como los buenos amigos, uno no puede dejar pasar ocasión de verle, en este caso de leerle. A lo mejor no es siempre genial, a lo mejor no es siempre divertido, pero desde luego es entrañable, y te ayuda a pasar un buen rato siempre. No sé cómo medirá cada uno de esto de la amistad, pero para mí se acerca mucho a esto.
Este libro tiene, además, una particularidad, ya que se trata del primer libro de Liniers que podemos leer aquí antes que los argentinos –sí, es cruel e infantil, pero me produce un cierto placer poder ir a una librería y comprarlo sin tener que pedirlo por Internet o liar a otro amigo para me lo traiga en la maleta-. La idea del libro salió de Mónica Carmona, editora de Reservoir Books, que se animó a proponerle a Liniers que, de entre los numerosos cuadernos en los que va dando cuenta de su vida y anécdotas, de los que de vez en cuando enseña algo en su blog –lo tienes en los enlaces de la columna de la derecha desde hace años, en qué estabas pensando que todavía no has usado el dichoso hipervínculo-, sacase los que van sirviendo como documento de los viajes que realiza por medio mundo. El resultado es este Conejo de viaje, donde contemplamos una nueva manera de ver sus periplos por Sudamérica, Europa, Canadá y la Antártida –Dios bendito, al escribir Antártida compruebo, indignado, que el corrector del Word me señala la palabra o me la corrige por Antártica, en qué coño piensa Guillermo Puentes-.
Aquí podemos comprobar, de primera mano, de dónde nace la mirada de Liniers, por qué se fija en las cosas en que se fija, la habilidad que tiene para el dibujo –los bocetos de casas y panorámicas son una buena muestra de ello-, pero, por encima de todas estas cuestiones, el entusiasmo con el que vive su vocación ilustradora. Y eso es contagioso, siempre lo es.
Y luego, como quien no quisiera, se cuela ese peculiar humor de Liniers, donde, por ejemplo, nos da a entender que a lo largo de cinco días en Madrid ha tenido una vida social tan ajetreada que apenas ha podido dibujar una página, o el placentero modo de retratar la tranquilidad de Ubatuba, etc.
Una delicia magníficamente editada –la tela de la cubierta, el papel, los cantos redondeados…-, todo nos remite a una edición cuidadísima. Una delicia para los seguidores de Liniers y una suerte para los que todavía no se han puesto en contacto con él.

08 febrero 2008

Me gusta John Ford y la tortilla de patatas

El otro día eché la tarde a los perros porque me empeñé en la, por lo visto, ingenua labor de comprarme camisas. Yo quería un par de camisas. Una blanca y una negra. Unas camisas normales, sin bordados, sin detalles ni remates extraños, sin zurzidos ni hilvanados, a ser posible sin bolsillos. Unas camisas sobrias. Unas camisas sin un corte ajustado, de esas que nunca puedes cerrarte porque están hechas para que se vea el canalillo de los pectorales. Unas camisas sin cuellos exagerados que se deben llevar levantados las noches de marcha y discoteca. Unas camisas de las de toda la vida, discretas, sobrias, aburridas. Unas camisas que lo mismo te puedes poner para un funeral que para una boda, para ir al trabajo que para un paseo dominical. No hubo manera. Una dependienta, muy amable, me dijo que era porque esta temporada no se hacían. Que no se llevaban. No sé cómo se puede llevar algo que no se fabrica, es como una pescadilla. Se sirvió a explicarme que algo parecido pasaba con los jeans –o bluyin, como acepta la Academia, independientemente del color de los mismos-, que el año pasado sólo los tenían con rotos o lavados a la piedra, que no había manera de comprarse un pantalón que pareciera nuevo. Total, me fui a casa sin las camisas que quería y, por supuesto, sin ninguna otra. Si el mercado no tiene el producto que yo necesito no voy a estar yo llevándome los productos que el mercado quiera. Hasta ahí podíamos llegar.
Se lo comenté luego a un amigo y me dijo que era algo parecido a lo de las comidas. Se está poniendo imposible comer algo normal. Los restaurantes se especializan en comidas de distintos países o regiones. Y cuando no lo hacen topográfiamente se convierten en cocina de diseño, creativa y que te deja casi siempre con hambre. Porque se ve que en eso un chef lo tiene claro: la creación hay que ofrecerla siempre en cantidades pequeñas, porque podemos indigestarnos. Yo, cuando he ido a uno de estos sitios –fuera un menú o de tapas, que también las hay originales y creativas-, me he quedado siempre con hambre. Me jode soberanamente tener que soltar treinta euros y luego llegar a casa y tener que picar algo. Una ración de chorizo son tres cachos y un poco de mermelada en el centro del plato, por ejemplo.
No es que a uno no le guste que se innove, que se produzcan modas y ciclos, pero de vez en cuando se echa uno a soñar con algo clásico y bien hecho. Una cosa que siga unos patrones de un modo correcto y eficaz, que deje buen sabor de boca, algo que, sin sorprendernos, nos deje satisfechos.
Y eso se puede lograr leyendo, por ejemplo, el libro de cuentos de Juan Pimentel, Corazones sagrados, que ha editado el modesto en repercusión pero ambicioso en planteamiento proyecto que se ha dado en llamar Ediciones de la Discreta (Academia).
El libro está compuesto por ocho cuentos clásicos, bien trabados y construidos, en los que el lector puede encontrar esas cosas que no llaman la atención en los blogs vanguardistas o en las páginas de los suplementos culturales a la búsqueda de lo último: una buena historia, unos personajes bien construidos y una narración que se adapta del modo más eficaz posible a lo que quiere narrar. Uno comenta muy a menudo las películas que ve con los amigos. Son, siempre, tertulias muy interesantes, en las que fumamos y sacamos a la luz nuestra cultura cinematográfica. Decimos cosas del tipo: “Es lo de siempre, del guionista nadie se acuerda, y sin un buen guión no hay película que se sostenga en pie. Nadie se acuerda de David Peoples, pero el tipo escribió el guión de Unforgiven(Sin perdón) en el año setenta y seis, y firmó con Hampton Fancher el guión de Blade-Runner porque éste no se hablaba con Ridley Scott”. Y nos quedamos tan anchos, como si eso se pudiera decir en voz alta en un bar sin sentir un poco de vergüenza. Una de las cosas en la que siempre insistimos, o al menos así lo hago yo, es en que me gustan las películas sin estridencias, donde los planos están planificados como lo hacía John Ford, poniendo la cámara en el mejor sitio posible para captar todo, sin mover la cámara más de lo necesario, sin alardes absurdos, sin “marcas de autor” que normalmente son lo que hace a las películas pretenciosas e insoportables. Esa capacidad de poner la cámara donde se debe, por ejemplo, es algo que tiene M. Night Shamalayan, y que tienen sus películas. Y luego el guión está mejor en unas y peor en otras, pero se ve que el tipo sabe rodar y montar una película, que no necesita demostrarte que ha visto las películas de Godard.
A esa gente, que le gustan las historias contadas de un modo claro, de las que se sale sin dudas, teniendo claro qué ha pasado, qué nos han querido contar. Donde el narrador no tiene miedo a hablarnos de los sentimientos de los personajes, a explicar y hacer comentarios sobre lo narrado. Unas historias que no temen hablar de momentos cenitales en la vida de los personajes. Unas narraciones centradas en la adolescencia, cuando se forja nuestro modo de ser y de asumir la realidad. Unos cuentos clásicos, bien hechos, mejor escritos –sin una sintaxis violenta o rocambolesca, sin la doble afectación de imitar al habla, sin la grasa retórica del que quiere demostrar que tiene un diccionario de sinónimos-, que uno disfruta, que le dejan buen sabor de boca, satisfecho y contento. Un libro de piezas clásicas, donde importa qué se cuenta más que el cómo. Un libro que nos habla a la cara sin aspavientos, de un modo honesto. A quien le guste todo eso, puede acercarse a Corazones sagrados.
Luego, dependiendo de la imagen que quiera dar a sus amigos, a los conocidos, reconocerá que ha disfrutado o no de ellos, divagará sobre la ausencia de experimentación, sobre lo clásico de su escritura, lo evidente de los significados profundos de las historias, etc. Lo reconocerá o no, pero para entonces ya habrá disfrutado del libro y recordará las historias que contiene.

06 febrero 2008

Para fiarse de los suplementos

La lectura postergada, cuando ya han pasado de fecha, de los folletos publicitarios es, verdaderamente, interesante. Uno puede ver lo buena que era la oferta por esa lavadora o aquel frigorífico, sin tener la ansiedad de comprarlos, porque sabe que la oferta ya ha pasado. No digo yo que para los anunciantes sea una buena noticia saber que algunos leemos su publicidad cuando ya no sirve para nada, ahora, hay algunos que vivimos así y somos, relativamente, felices.
Por la misma razón, hace ya tiempo que no acostumbro a comprar los diarios, y menos los días en que se entregan junto al periódico los mal llamados “suplementos culturales”. Yo espero a que mis alumnos, siempre atentos y cariñosos, me hagan la selección de lo que había por esas páginas. Ya se ha dicho muchas veces que en el periodismo actual los suplementos han pasado a convertirse en propagandas más o menos encubiertas y que las páginas de cultura son, las más de las veces, extensiones de la sección de economía. O sea que la Cultura, como tal, brilla por su ausencia en las redacciones de los diarios.
Ahora, lo mejor es ver cómo se trabaja en algunos de ellos. Recodarán que hace unos meses se editó en España, a bombo y platillo, con portadas, destacados, entrevistas y demás un engendro de mil páginas repetitivo y que sonaba desde el principio a algo mil veces leído que se llamaba La benévolas. Pues bien, para sorpresa del que esto escribe, el director de uno de estos folletos publicitarios que dan con los periódicos, para ser concreto el Sutura/s de La Retraguardia, se desmarca en su columnita diciendo que basta con leer cuatrocientas de las mil páginas de la novela. Que con eso vale para darse cuenta de lo bien que escribe el amigo Littell, de lo que quiere hablar –el amigo Vila-Sanjuán tarda en darse cuenta de por dónde van los libros, aunque a lo mejor en el otro sesenta por ciento de la novela le dicen otras cosas-, y de la ambición del autor.
No sabe uno qué decir. Para ver si un autor escribe bien le debería bastar a un lector un poco experto con dos o tres páginas –e incluso le estamos ya dando mucho material-, para saber de qué quiere hablar suele estar la contracubierta, y para la ambición basta con ver el volumen del libro y la escasa densidad de su contenido. Ya saben, burro grande ande o no ande, aunque haya autores a los que trescientas páginas les hayan bastado para estar en el Parnaso –no sé si el director del suplemento en cuestión ha leído, por ejemplo, a Rulfo-.
Muchas veces ha escuchado uno que al Quijote le sobran páginas, Borges decía que a Cien años de soledad le sobraban unos cincuenta años, y muchas veces se ha repetido que no hay poeta que no mejore en una antología bien realizada de sus versos. No sabe uno muy bien si la gente que dice eso se considera más preparada para haber escrito todas esas páginas prescindibles mejor de lo que lo hizo el autor. No sé si Vila-Sanjuán nos habría regalado esas mil páginas mejor escritas –lo dudo, la verdad, ya que lo que uno ha leído de este hombre es siempre muy mediocre-, pero sí sabe que desde la publicación que dirige se animó al lector a leerlas enteritas. Ahora resulta que ya sólo merece la pena el cuarenta por ciento –posiblemente porque es lo que él tardó en dejar el libro, no por ninguna otra razón, o porque conozca las mil-, y uno se pregunta si habría que leer sólo el cuarenta por ciento de los libros que tanto se alaban en dicha publicación. En fin, tampoco pretende uno que un director de un medio “cultural” tenga cultura o que esté al tanto de todo lo que se hace, eso es imposible. Y más cuando el medio que dirige es prescindible y no se salva, si quiera, un cuarenta por ciento del mismo. Ni un treinta, ni un veinte, ni un diez.

05 febrero 2008

La soledad o el buen cine que debemos hacer

Por circunstancias que no vienen al caso, el pasado domingo estaba fuera de mi casa, aburrido, y me puse a ver la gala de los Goya –con media hora de retraso, porque así lo han querido los directores del ente público, porque dicen que de ese modo es más dinámica, aunque sigue siendo igual de aburrida- y, como no me llegaba el sueño, puede llegar hasta el final y llevarme una de las alegrías más grandes que he tenido en mucho tiempo. Frente al cine de consumo, copia más o menos lucida de las producciones de bajo coste yanquis –no nos engañemos, esa cosa llamada El orfanato en Hollywood es una producción de segunda, y lo del Goya al mejor guión nos sigue señalando a las carencias lectoras de buena parte de la profesión cinematográfica española-, a la enésima película sobre la Guerra Civil –las Trece rosas es una película más de la guerra de los abuelos que ni la novedad del asunto ni la profesionalidad de su director convierten en algo memorable-, o a una película más del cine español de siempre –esas Siete mesas de billar francés correcta pero carente de todo riesgo-, se impuso algo nuevo, algo distinto y que envía un mensaje muy importante al espectador y a la industria del cine. La soledad, una de las películas más interesantes de los últimos años, se llevó el gato al agua.
Yo vi la película de Rosales donde había que verla, en una sala de proyección este verano –concretamente el 8 de julio, para que tomen nota mis biógrafos- y me quedé totalmente impactado. Ayer he escuchado cosas, como las estupideces de Ayanta Barilli –ya saben, la hija de Sánchez-Dragó que no sabía interpetar y ahora se dedica, dice, a escribir y a que su papaíto le de un espacio en su programa humorístico de cada noche donde ambos demuestran que la idiotez es algo que sí se transmite genéticamente- sobre le película que nos dicen mucho de cómo está el asunto. Según la experta crítica de cine –que, al menos, en un rapto de sinceridad, reconoció que no había visto la película y había buscado el DVD para poder hablar de ella- la película era un tostón. Y estoy totalmente de acuerdo. La película es un tostón porque a) no utiliza trucos argumentales más propios de un fuego de campamento que de la narración de un adulto como en el caso de Los otros o El orfanato, por mencionar dos películas iguales, igual de efectistas y burdas, claro; b) habla de seres comunes, no de heroínas de la Guerra Civil de las que nadie se acuerda, malos y desmemoriados somos todos en un país donde el ciudadano medio por no leer no ha leído ni un libro completo en toda su vida; c) deja respirar cada uno de los planos y contar con otro ritmo, un ritmo más cercano al de los sentimientos, ese que usan directores como Bergman, Ozu, Renoir y demás creadores de obras aburridas, muy alejadas de las delicias de las obras maestras de Roland Emmerich, Alex Proyas o Michael Bay, todas blocbusters de consumo, olvidables, pero que los nuevos críticos de cine, esos a los que les preocupa más la taquilla que la calidad de la cinta, siempre ponen como ejemplo de ese cine “que lleva al espectador a la sala” y que la industria española debería imitar, esos que parecen sacados de las páginas de color sepia, y que, por no saber, se piensan que un “plano americano” es uno en al que se le ha echado agua. No, todo eso demuestra hasta qué punto los que votaron en los Goya saben mucho más de cine que los acostumbrados voceros que no acuden nunca a las salas pero se permiten opinar sobre ello. Me recuerdan a los periodistas con pretensión de pensadores de medio pelo que les dicen a los novelistas como deben hacer la “novela del futuro”.
La soledad es una obra interesantísima. Y lo es porque nos habla de cosas perfectamente comunes: la muerte, el amor, la familia, la ausencia, el dolor, los sueños, la realidad, la amistad, y lo hace de un modo honesto, novedoso. Lo sencillo habría sido, con esos mimbres, con las historias que maneja, hacer un melodrama lacrimógeno al uso, muy cercano a un cine que ya interesa poco o nada al espectador medianamente curtido. No, lo interesante es que Rosales nos presenta unas historias en las que huye de los momentos fáciles, de los momentos en que todo es intenso y evidente –no hay imágenes del atentado, de los muertos, tan sólo de un autobús que se detiene tras la detonación, no hay un primer plano durante la muerte de la anciana, sino que imaginamos fuera del encuadre la agonía y apenas vemos la caída del cuerpo-, y, por el contrario, consigue mostrarnos las consecuencias de esos hechos. No nos habla de lo fácil, que es la acción, la representación casi obscena del dolor, sino en lo que sucede luego, cuando ya no están ahí las cámaras, cuando toca olvidar al familiar fallecido. Cuando hay que convivir con la soledad.
También he escuchado mucho, cuando se habla del film, centrarse en algo tan secundario como la polivisión. No he escuchado a esta gente hacer sesudos comentarios sobre el mismo efecto en el Hulk de Ang Lee, donde lograba remedar el efecto de un cómic en la pantalla, pero en este caso sí se sorprenden de que se haga en una película española. Como mucho se soportan los retoques digitales de Mortadelo y Filemón –da igual cuál de las dos, son iguales-, pero algo tan sencillo como dividir la pantalla en dos les rechina.
Si fuera algo importante merecería la pena más comentario, una misma escena narrada desde dos puntos de vista distintos que se superponen en la pantalla. Un curioso fuego cruzado de miradas desde el que, aún así, en muchas ocasiones no se llega a ver al personaje y sus movimientos. La pantalla aparece así muchas veces vacía de todo punto de atención, reducida a un escenario en el que no hay nadie, un proscenio abandonado en el que, pese a todo, transcurre la vida aunque muchas veces no sepamos verla. Qué interés tiene hablar de un recurso si no se analiza lo que se nos quiere contar con él. Me recuerda a esos compañeros de clase, todos estupendos y reputados profesionales de los campos de la ingeniería, la banca o la automoción, que cuando tenían que hacer el comentario de texto de una poesía medían todos y cada uno de los versos, estudiaban todas las rimas, buscaban cada uno de los tropos, y era incapaz de saber qué les decía en poema. Uno de los principales problemas que tiene la sociedad es que no sabe leer, no sabe mirar, no sabe escuchar, no sabe tocar, no sabe oler o saborear. Prefieren buscar, quedarse aferrados a los árboles y no dar un solo paso atrás para ver el bosque. En mi trabajo como profesor de talleres me sorprendo siempre al ver que los alumnos se cierran en banda ante la lectura de cualquier texto que les implique, que les meta en el texto y les haga tener que montarlo, sentirlo o completarlo. Supongo que esos receptores estarían igualmente incómodos ante un trabajo como el de Rosales en La soledad. Porque es una historia hecha a base de juntar momentos anticlimáticos y alguno, pero solo alguno, verdaderamente intenso. Y lo que hay en medio no es que no exista, no es que no esté dado, sino que hay que completarlo, hilarlo, rematarlo, por así decirlo.
No caiga nadie en el otro recurso fácil, el de emparentar una película como esta con muchas otras obras de una vanguardia mal entendida en la que el artista camufla su incapacidad con la idea de que “cada uno interpretará la historia a su modo”, en la que, abusando de la estética de la recepción, se pretende que todo valga, y que una obra no terminada pase por tal. Tabarovsky, en su primer libro, decía irónico: “No faltará el estúpido que diga que esta novela debe interpretarse por sus blancos”. Nada más equivocado, porque lo importante es lo dicho, a lo que apunta. Sólo un estúpido confundiría el decir con el mostrar. El cine muestra una cosa, porque no puede decir lo que en realidad quiere decir. Hay un algo indecible en torno a lo que pivota toda creación, todo arte verdaderamente ambicioso. No se trata de que haya huecos para que el espectador los rellene como buenamente quiera, sino que en películas como La soledad se nos coloca en otro lugar, el de testigos, que no pueden sino sentirse implicados con lo que han visto, porque saben que señala a ese algo que, incluso a nosotros mismos, nos da miedo decirnos.

Mucha tinta ha corrido desde hace dos días con el “mensaje” que manda una industria moribunda eligiendo una película para “entendidos” frente a otros títulos de mayor tirón de taquilla. No me apetece andarme con medias tintas: decir esas cosas es demostrar que los que las dicen no tienen ni puta idea de cómo va este mundo.
Nuestras películas “taquilleras” no las ven en ningún lado fuera de aquí, pasan sin pena ni gloria por medio mundo y no las compra nadie cuando se editan en DVD. ¿Por qué? Porque esas películas son pálidos reflejos de otras mucho mejor hechas en Hollywood, con más dinero, con mejores actores y directores que saben hacer películas de acción. Tenemos el ejemplo de una industria cinematográfica saneada como la francesa –con leyes proteccionistas- donde el negocio lo salvan cuatro películas que no llegan nunca aquí porque son malasy prescindibles. Cosas como Taxi y sus secuelas son las que llenan las salas de las distribuidoras galas. Ahora bien. Hay un cine español que vende en el mundo entero. Pero lo hace a otro ritmo. Se trata del de Víctor Erice. Tres películas propias, una compartida, un corto y ahora una correspondencia cinematográfica con Abbas Kierostami, esa es toda su producción. Pero los DVD de su obra los compran en Japón a puñados, se vende en cualquier tienda de París, de Londres, de Sao Paulo, de Buenos Aires. ¿Cómo que no da dinero el cine arriesgado, el cine artístico? En todas las industrias españolas –pienso en el calzado, el textil, la alimentación- se emplean recursos en convertirse en industrias de lujo, de productos selectos y precios exclusivos –y excluyentes- que evitan competir con otros países mucho más baratos. ¿Por qué el cine español debe competir con la bazofia de Hollywood? ¿Por qué no con Bollywood, ya puestos? –recuerdo ahora que el año pasado Colomo hizo una cosa así, qué miedo-. No, en España se producen, todavía, fenómenos inexplicables. Stallone viene a España a presentar un bodrio y en todos los noticiarios de las distintas televisiones se hacen eco de su visita. Buenafuente ironiza sobre la decisión de la distribuidora de la cinta, Manga, de tan sólo conceder entrevistas a uno o dos medios. A día de hoy, Andreu, Vigalondo, no tiene ni distribuidora para una película que triunfa allí donde va, que podría ser un taquillazo, y su director iría cualqueir día a tu programa. Lo lamentable es que invites a Stallone. No, los miembros de la Academia parecen más despiertos que los periodistas de medio pelo, y se han dado cuenta de que hay que hacer calidad, tan sólo eso, y reconocerla y premiarla cuando tiene lugar.
Hemos enviado a los Oscars una película igual a unas doscientas que hacen todos los años para el circuito de exhibición de motocines. ¿Qué sucedería se hubiésemos mandado una película de calidad como La soledad?

28 enero 2008

Contra SGAE

Me ha llegado esto por correo, me ha parecido que resume la sensación que tiene cualquier tipo normal cada vez que oye hablar a alguno de los amigos de los ajeno de la SGAE, y por eso lo copio. No al canon, que Teddy Bautista y el resto de los amigos de Alí Babá se pongan a currar como todo hijo de vecino.
Esto lo escribió un currante indignado... con razones:

Dada la mierda que nos escupe diariamente la tele, radio, prensa y demás medios de comunicación, un grupo de disidentes hemos elaborado este manifiesto a favor (sí, A FAVOR) de la piratería. Si te mola, pásalo.
Si prefieres creerte las mentiras de la industria, haz con él lo que te salga del arco del triunfo.

De: El currante medio, aplastado por la hipoteca, la precariedad laboral, los horarios DE MIERDA y otros abusos sociales, como la caña de cerveza a 2 putos Euros.

A: Ese músico mediático que se duele detrás de unas gafas de sol en la Moncloa, forrado de pasta hasta los pendientes. Tiene cojones ir de rebelde por la vida y terminar en las escaleras del centro del Estado (por si no captáis las sutilezas, el ejemplo se refiere a Alejandro Sanz, aunque es extensible a todos los membrillos/impresentables que le acompañaban).

Mira, chavalote, en la gira que te vas a marcar este verano vas a ganar más pasta -haciendo algo que te gusta y que en teoría te llena- de lo que ganaré yo en toda mi puta vida de currito, cargando, además, con una actividad que no me aporta nada personalmente y con la que, si no fuera por el sueldo adicional de mi pareja, ni siquiera me daría para pagar el piso donde vivo.
'La música está muy mal' -gimes. Tú, chavalote, no sabes lo que es estar mal. ¿Qué sabes tú de hipotecas, de rebotar de un contrato a otro, de currar a turnos o de 7 a 7? ¿Qué sabes tú de llegar a fin de mes, o de lo que me cuesta a mí plantearme tener hijos con lo que piden en una guardería?
Porque te recuerdo que aquí, en el mundo real, curramos dos para pagarnos 70 metros cuadrados .

'La gente que compra en el top manta no ama la música' -escupe otro.
¿Con qué validez moral exigís vosotros, que vivís a todo trapo de camino entre Madrid y Miami, sin saber ni el dinero que tenéis, al currante que os pague los vicios y haga multimillonaria a la multinacional de turno
¿Cómo se puede tener la cara de plantarse en plan víctima sobre una vida de lujo?
La industria ha abusado -y abusa con los precios y las calidades.
Sólo ahora que se ve con el rabo en el culo ofrece lo que no pueden dar los piratas: DVD's con vídeos, extras y demás. Todo, curiosamente, al mismo precio que antes. ¿No llorabais que no se podían bajar los precios?
Cómo vale ahora un álbum que lleva 12 canciones en el CD y 16 en un DVD (verídico) lo mismo que antes el mismo álbum con el CD a pelo? ¿Cómo puede valer un mismo álbum en España 18 euros y en Alemania 20 (contrastado) cuando los alemanes ganan más del doble que un español?
Ahora que las mafias e Internet os revientan, ahora, que ya no tenéis la sartén por el mango, pasáis de la posición dominante y abusiva a la apelación más rastrera de sentimientos. Pues yo, y muchos como yo respondemos:

AHORA, QUE OS DEN POR CULO.

NADIE puede pedirme que le pague la colección de coches de lujo, el yate y las cuatro casonas en Miami, la Sierra o Marbella.

NADIE puede pedir moral desde la inmoralidad.

Ejemplo: Bustamante se acaba de comprar una casa de 500 kilos de las antiguas pesetas en solo CUATRO AÑOS DE CARRERA MUSICAL, claro ejemplo de
lo mal que está el panorama musical.

Firma: Cualquier anónimo hasta los güevos de sandeces.

PD: Cópialo, pégalo y pásalo. Si haces Reenvio se llena de molestos

PD 2: Si alguien sabe el correo de Ramoncín que haga el favor de pasárselo

22 enero 2008

Excelencia narrativa


Vivimos una época de una evidente superficialidad, donde los libros son considerados más como bienes de consumo que como cultura –ahí está la tan cacareada rotación de novedades en las librerías para demostrarlo, donde los libreros son más reponedores de mercancías que verdaderos lectores al tanto de lo que venden-, y, como en todo mercado, se imponen las modas por encima de la calidad de los productos. Tampoco pretende uno estar siempre nadando a contracorriente, pero no puede evitar anhelar aquellos años en que uno se compraba un buen traje que le duraba varios años, frente a la necesidad perentoria de tener un armario lleno de trapos como hoy. La literatura se ve envuelta en ese mismo contexto, lo que provoca que haya numerosos autores que llaman la atención de los periodistas y voceros de la cultura por cuestiones meramente cosméticas, por innovaciones absurdas que las más de las veces se quedan en la mera inclusión de un teléfono móvil en la trama de un cuento o en aludir a la existencia de Internet dentro de una novela. Frente a esa literatura postadolescente, que se apunta a las últimas tendencias como un método más de llamar la atención, se encuentra otra, escrita por escritores jóvenes, que apuesta más por la excelencia, por una narrativa tradicional en la que la solidez del texto y de su tema ahoguen toda crítica superficial con que se la ataque.
Uno de los ejemplos más llamativos es la obra de Juan Gabriel Vásquez. Sus dos novelas, Los informantes e Historia secreta de Costaguana, y su libro de relatos, Los amantes de Todos los Santos –todos en Alfaguara, donde, por cierto, en breve habrá una nueva edición del libro de relatos con inéditos-, demuestran que se puede hacer una literatura excelente sin una necesidad de incluir las últimas novedades de un modo irreflexivo. Frente a esa pasión por la moda, por lo último –que, como ya he dicho, apesta siempre a publicidad-, la narrativa de Vásquez se decanta por renovar desde dentro. Tramas, historia de la literatura, referencias, todas se ven renovadas por la utilización de las mismas que hace en sus textos. Los materiales históricos de Los informantes, con su mezcolanza de géneros –documental, ensayístico e histórico, además de narrativo-; la historia y la crítica literaria además de la recreación histórica en Historia secreta de Costaguana, y la escritura de cuentos de extensión, más dedicados al dibujo de los personajes y su circunstancia que a la trama, siguiendo más el modelo anglosajón que el de la literatura escrita en español, valdrían para situar a Vásquez entre los más interesantes autores de su generación. Bueno, de hecho fue uno de los invitados a Bogotá’39, así que tampoco soy yo el primero que se da cuenta.
Pero, por encima de cuestiones que interesan más a los que se mueven dentro del mundo literario, lo más importante es que sus novelas se leen siempre con interés porque están construidas con cuidado, porque tocan temas trascendentes e interesantes y porque en su prosa hay espacio para el humor, para la investigación de los diversos registros del lenguaje –y como prueba están las conversaciones telefónicas en Los informantes, donde el autor revela un oído asombroso para el habla coloquial-, y para tocar los temas desde una perspectiva siempre moderna, siempre actual. Porque en sus novelas, que siempre revelan un trasfondo histórico, estos hechos del pasado se conectan siempre con el presente. Nos hablan de las consecuencias que han generado y de su presencia entre nosotros, pero también de cómo desde el presente hemos modificado el pasado para modelarlo a nuestras necesidades. Y en esta tensión entre el pasado –lo que queremos ser- y el presente –lo que nos guste o no somos-, se mueve la narrativa de Vásquez.
Una narrativa necesaria, de inusual contundencia y que está escrita con una sabiduría evidente.

21 enero 2008

Marx 2.0

Ando muy liado con diversos temas en estas fechas y no tengo tiempo de actualizar el blog como desearía, así que he decidido hacer lo que muchos compañeros de profesión hacen. La profesión es profesional de la palabra, y consiste en que a uno le pagan por juntar palabras. Es lo que hay.
Esto apareció en el diario Público, se podría hacer un artículo mucho más extenso, y exacto, con este esquema, pero, como ya he dicho, ando mal de tiempo:

Mientras los partidos políticos manipulan las sentencias de los jueces o se echan la culpa mutuamente de los socavones de las obras, el precio de los alimentos se dispara y las hipotecas no dejan de subir. La política se vuelve cada vez más superficial y las ideologías parecen cosa de la ficción. Quizá por eso el debate sobre la realidad que nos rodea se ha trasladado de las páginas de política a las de cultura. Los autores parecen más conscientes del mundo que los dirigentes políticos. Y una buena muestra de ello es la revitalización que el pensamiento marxista, sobre todo en lo que tiene de dialéctico, está viviendo en las librerías españolas.
Más allá de las clásicas editoriales libertarias o progresistas, se aprecia un giro a la izquierda en las editoriales de primera línea. Novelas, narraciones, que construyen ideas a partir de la enorme potencia y fecundidad del marxismo.
Como “Museo de la Revolución”, del argentino Martín Kohan, donde se revisa el pensamiento del propio Marx, de Lenin y de Trotsky. A la luz de la peripecia de uno de los guerrilleros de extrema izquierda en los convulsos años d la dictadura, Kohan va más allá de una merca narración con excusa histórica. Las doctrinas comunistas son glosadas en una libreta para transmutarse en una poética de la novela, de los mecanismos con los que atrapa al lector la ficción y las herramientas que este encuentra en ella para analizar una realidad cada vez menos sólida.
Del análisis de esa realidad más cercana, casi cotidiana, Belén Gopegui construye sus ficciones, posiblemente las más incómodas del panorama español. No se puede leer “El padre de Blancanieves” sin indignación. Para unos por lo revolucionario de su propuesta, para otros por la sociedad que destripa con la precisión de un cirujano. Una sociedad de proletarios anestesiados con la ficción de pertenecer a un sucedáneo de clase media, encadenados por las hipotecas y un cada vez más incierto “bienestar”. La vida espectacular que ya denunció Debord se ha expandido a todos los registros de nuestra vida, que se nos presenta como un anuncio de cosmética del que no podemos que haya una persona tras esa cara. Al modo brechtiano -¿este tipo era marxista también, no?- la novela presenta una realidad que no puede presenciarse desde la indiferencia.
El mercado ha sufrido una metástasis, una hipertrofia tumorosa que amenaza con acabar con el paciente, la sociedad. Quizá Tabarovsky, en su “Autobiografía médica” ha atinado al definir los síntomas, las vidas de esas células que forman el tejido social. Un hombre que se deja llevar por el continuo ciclo de repeticiones, de las recaídas clínicas que no son más que la alegoría de la reproducción del cáncer en cada una de las cadenas de la sociedad.
Desactivar estos mensajes es uno de los deberes de los medios de comunicación dirigidos por el mercado. El arma elegida suele ser el fracaso de la utopía comunista en Europa. Quizá sea el momento de revisar la “Historia de la revolución rusa” de Trotsky que acaba de editar Veintisiete letras. Seguro que en los próximos meses habrá nuevos libros que hayan bebido de él.

13 enero 2008

Un himno para hombres

Vivimos en un país donde a nadie común, nunca, le ha importado ni poco ni mucho la poesía, salvo a los trescientos o cuatrocientos que la escriben y que terminarán, todos, por salir en Las afinidades electivas. Ahora bien, de repente a unos lumbreras se les ocurre que los futbolistas abren poco la boca –yo, personalmente, tengo comprobado que es casi mejor que la dejen bien cerradita- y que deben tener una letra para canturrear antes de los partidos. Se conoce que eso de que los futbolistas patrios no desafinen como hacen los foráneos hace que España sea menos España.
Así que un atajo de listos –me dice el diccionario de combinatoria que atajo se debe usar sólo con ladrones o bobos, que cada uno lea lo que quiera, por lo visto quien está detrás de lo del himno son la SGAE y el COE- decide que los españoles tenemos que tener una letra para nuestro himno.
Una marcha de granaderos que le regaló el rey Federico de Prusia a su ahijada cuando se casó con el que sería Carlos III. Espero, y deseo, que del mismo modo que las otras letras que ha tenido el himno español –yo, por cierto, me siento mucho más cómodo con el de Riego- esta no prospere, porque es una más de las idioteces que cada cierto tiempo se les ocurren a un montón de señoritos –ya sabemos todos quiénes mandan en el COE- con mucho tiempo libre.
Seamos sinceros. La letra que se ha difundido es una mierda, como lo era la de Pemán, la de Marquina y la de los carlistas. Es una puta marcha militar y tiene una métrica complicada, tiene mucho soniquete, y las letras de los himnos, llenas de nacionalismo inflamado, son una verdadera peste.
Ya puestos, voy a lanzar una propuesta, una que me parece que tanto de una perspectiva estética como ética sería mucho más interesante. Podría ser algún otro, pero creo que este es mejor que muchos, y es un verdadero himno. Cambie cada uno el nombre del primer verso y ponga el suyo, a mí, desde luego, no se me caería la cara de vergüenza con un himno así:
Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...
Y ya que no tendremos este himno, del que un hombre podría sentirse orgulloso, al menos que le regalen un libro de Ángel González al que ha escrito ese otro himno tan horrible. Es como si un 12 de enero le hubieran querido dar una cuchillada a la poesía.

10 enero 2008

Instantáneas salvadas del tiempo

Hay libros destinados a conservar entre sus páginas un tiempo y un mundo que se desvanecerán apenas hayan sido plasmados en sus páginas. Esa conquista de lo fugaz, de lo pasajero –que en su velocidad lleva inmerso en su seno lo eterno- es el principal logro de un regalo que nos llegó a fin de año y se llama Larga carretera de arena.
Un reportaje algo superficial, destinado a registrar un viaje por la costa italiana en el verano del cincuenta y nueve, se convierte, tocado por la gracia de la escritura de Pasolini, en un fragmento de vida encapsulado para el deleite del lector.
La carnalidad, la capacidad de transportar la materia de la vida, ese brutto del italiano, que encierra la fuerza y rotundidad de la vida, se mezcla con la sutileza del artista –da sonrojo encerrar a Pasolini en una sola de sus facetas- para retratar cada uno de los detalles que contempla.
Así, lo que a veces parece ligero, epidérmico, se nos muestra en verdad como la mirada del hombre que entiende el fenómeno, lo que se registra por los sentidos, como la única manera de investigar en la esencia de lo real. La vida, su materia, es apenas el síntoma, los indicios, de una verdad que se agazapa a la espera de que alguien la sepa ver, de que alguien se atreva a cazarla, a retratarla y vivirla.
Y si por algo destacó siempre Pasolini era por su coraje a la hora de enfrentarse a retos de todo tipo. Sirva como ejemplo la polémica desatada con el alcalde de Cutro tras la publicación en la revista Successo del reportaje. Allí, la voluntad poética del autor se enfrenta con el prosaísmo y corteza de miras no de la realidad, sino de la parte más espúrea y soez de la misma.
Por si la delicadeza y atrevimiento de la prosa de Pasolini no fuera suficiente regalo, la edición viene acompañada de las fotografías de Philippe Séclier, realizadas muchos años después de que Pasolini contornara la geografía itálica con su Fiat Millecento. Las instantáneas, reproducidas de un modo generoso, a página completa, reflejan el paso del tiempo –tanto el desgaste que unas veces ejerce como la extraña negación de su transcurso- por esa geografía costera que registró en su intrépido reportaje Pasolini.
No puedo, no quiero, obviar que en la edición se puede disfrutar también de las reproducciones de los mecanoscritos originales del autor, así como de un manuscrito y reproducciones del reportaje tal y como apareció en la revista en su momento.
Sin lugar a dudas se trata del mejor de los libros de la colección BlowUp hasta el momento, un regalo único que nos llegó, casualmente, cuando terminaba el año.
Disfrútenlo.
Pier Paolo Pasolini Larga carretera de arena La Fábrica, Madrid, 2007

09 enero 2008

El estado de la cultura

Como sabrán muchos de los lectores madrileños, hará cosa de un año se cerró el local que la librería Fuentetaja tenía en la calle San Bernardo, 48. Por aquellos entonces, a todos los que quisieron escucharme o que me pidieron opinión les decía que lo de la librería era una metáfora de situación paradigmática de las que enseñamos en los talleres de escritura: la ruina del edificio venía a evidenciar la ruina interna de la librería. Muchos distribuidores no querían saber nada de una librería que tardaba en pagar y el servicio dejaba mucho que desear –a mí me han llegado a decir que un libro que tenía en la mano no existía o que otro que compré en una librería a cien metros estaba descatalogado.
Cada año se cierran un montón de librerías en España por lo que dicen las estadísticas, pero en realidad cada año se cierran un montón de papelerías donde hay un par de libros. Las librerías de verdad gozan de salud. Decir lo contrario es no tener ojos en la cara. Lo que sucede es que el victimismo es siempre cómodo. Hay librerías que crecen año tras año, ¿pretenden hacernos creer que es por arte de magia?
Lo que sucede con la librería Fuentetaja es doblemente curioso. Se supone que la librería no tenía un duro y por eso tenía congelados los sueldos desde hace diez años. Ahora bien, cuando el edificio se declara en ruina y hay que salir de allí se pide a los trabajadores un esfuerzo suplementario, se trasladan a un local más caro y se venden promesas medios de comunicación por medio. No se tiene empacho en hacer una inauguración de la librería con ministro de por medio, o en hacer declaraciones como la de que en la época de Franco se vendían más libros.
Ahora bien, desde la inauguración de la nueva librería ha pasado ya medio año. El servicio sigue siendo bastante penoso, en muchas ocasiones no tiene novedades que están en otras librerías de menor raigambre, se privilegian libros de venta masiva que echan fuera a los que los clientes de librería buscan, y solicitar el encargo de un libro sigue siendo una odisea. Seamos sinceros, lo que queda en Fuentetaja es tan sólo historia, y si de algo se hace bandera es de ello, pero como librería tiene, hoy, mucho que mejorar, y no se puede vivir de las rentas y de las subvenciones, como el cine español, para siempre.
Como trabajador de los Talleres de escritura Fuentetaja, que siempre se ven relacionados con la librería, presenciar la ruina, la mala gestión y ahora estos actos vergonzosos resulta doblemente molesto e indignante.
Y, para colmo, nos enteramos de que cuando, de modo legítimo, unos trabajadores piden aquello a lo que por ley tienen derecho –un aumento de su sueldo acorde con el incremento del coste de la vida- se encuentran marginados por sus compañeros, y alguno hasta despedido por la empresa. Todos los detalles están en el blog donde se informa de la situación: http://huelgafuentetaja.blogspot.com/
Seamos sinceros de una vez: el único activo que le quedaba a la librería eran Íñigo y Amelia. No es momento de señalar a nadie, pero ni la atención, ni la gestión, ni lo vacío de las estanterías son, precisamente, argumentos que inviten a acudir a comprar en la librería. A fecha de hoy, tras el despido de Carlos y la marcha de Juan, los dos únicos libreros de veras de la empresa, a excepción de los jóvenes que podrían aprender mucho más de ellos que de los que se quedan dentro y ponen la mano a la miseria de aumento, están en la calle protestando.
El próximo 12 de enero hay convocada una concentración a las 13:00 en la puerta de la librería apoyando las reclamaciones de los trabajadores. Lo ideal sería estar ahí y mandarle un mensaje a Pedro Pablo Mansilla.
Mientras tanto recomiendo a todos los interesados en la cultura y la justicia que se compren los libros en otros lados. A estos lo único que les duele es la cartera, si no hay caja porque actúan de ese modo habrá que ver cuanto tardan en arreglar el desaguisado.

08 enero 2008

Crisol poético

Anda estos días gente a la que quiero preocupada por el futuro del libro y las posibilidades de que la blogosfera acabe con el desperdicio de papel –algunos, ingenuos, piensan todavía que el Interné nos salvará de la deforestación-, y se ha dado la casualidad de que Gachas me ha mandado un correo con un bello proyecto que incide en la idea de que el futuro del intercambio de opiniones literarias pasa por las bitácoras. No sabe uno si el libro morirá o no, yo soy de los que piensa que no, del mismo modo que no murió el vinilo, aunque la experiencia con el VHS no es, desde luego, tan halagüeña. En cualquier caso, enciclopedias, libros de referencia e inventarios tienen en el formato digital su futuro y presente -aunque haya instituciones que no vean esto-.
Se trata de un proyecto argentino llamado La infancia del procedimiento, blog donde abren sus puertas a todo aquel autor que quiera hacer llegar su poética, textos y fotos de infancia para intentar llegar a un retrato polimórfico –iba a escribir rizomático pero me corté al final- de la creación poética contemporánea. Una de las cosas que me parecen más interesantes a bote pronto es saber a qué tipo de conclusiones se puede llegar leyendo esas reflexiones sobre la creación. ¿Por qué, para quién, cómo, dónde, qué? Son preguntas que todo autor se ha hecho alguna vez, y está muy bien que alguien abra un foro donde todo el que lo desee pueda compartir esas inquietudes. Habrá mucho tostón, mucho tipo extraño, seguramente alguno peligroso, pero seguro que la diversión está asegurada.
También, no nos engañemos, da un poco de repelús lo que pueda salir de ahí. Imaginen, aunque de miedo sólo de pensarlo, lo que puede salir de semejante contubernio de poetas desmelenados dejándose llevar por su ego hipertrofiado y exhibiendo impúdicamente su intimidad. Todos sabemos que hay poetas que no entrarían en esta descripción, pero, precisamente por eso, uno puede irse de cañas con ellos.
Ya hay cien participantes y hasta el 10 de enero se pueden hacer llegar textos y demás por parte de los que quieran –tengo la sospecha de que si hay un poco de avalancha se alargará el plazo aunque allí sea verano y estén locos por largarse a la playa-.
Así que ¡ale!, a animarse y mandar cosas, que en la era del registro la poética que no circula por el ciberespacio ni es poética ni lírica ni es ná.

05 enero 2008

Los artículos de la sección de cultura

Leo, con cierto disgusto y sorpresa, el artículo que en la edición del día 4 de enero de El País ha publicado Carles Geli -la culpa es mía, por comprar un catálogo bajo el reclamo del DVD a un euro-. Digo con disgusto porque es un ejemplo más del tipo de periodismo cultural que se nos está imponiendo: la venta. Directamente, en el artículo vemos que el señor Geli vende los productos que los editores quieren que venda, pero no hay ninguna conciencia crítica ni de investigación en el reportaje.
Pasando por el hecho de que equipara Vida y destino y Las benévolas, lo que sólo puede hacerse desde la mesa de un contable, esto es, los dos han vendido mucho. Pero desde ahí traza un panorama sorprendente. Hay editoriales que apuestan por el libro de calidad frente al best-seller clásico. Efectivamente, se trata de las pequeñas editoriales o de los sellos minoritarios de las grandes que se costean con las ventas de esos superventas. Y siempre las ha habido, no es un fenómeno reciente o noticiable. Sí lo es, en cambio, y por eso se escribe el mencionado artículo, que Planeta y Alfaguara se hayan lanzado a inaugurar colecciones que se dirigen a “ese tipo de lector”. Un lector que, de lo que se desprende del artículo, es un tipo joven y un poco pijo que quiere libros en cartoné con sobrecubierta y no le importa pagar sesenta euros por ellos –es impagable, eso sí, el momento en que Vallcorba lanza un aviso para navegantes: en breve ese mismo libro os lo pongo a noventa y arreando, si no protesta nadie con el resto de las subidas no me la van a montar con un libro-.
No hay, eso sí, en ningún momento del artículo, una sola referencia a la calidad de los textos. Se habla, eso sí, de lectores de culto, de ediciones de calidad y de autores de prestigio. Pero en el artículo se comenta que Márai –ese escritor kitsch- ha vendido seiscientos mil ejemplares en España, y que Nèmirovsky lleva ochenta mil, y haciendo caja, tenía que haber rematado Geli.
Lo que no dice el artículo es que, por ejemplo, Libros del Asteroide cimentó buena parte de su crecimiento en la traducción de unos cuantos libros de la colección Clásicos modernos de The New York Review of Books, que había conocido a través del marido de Valerie Miles, editora de Alfaguara. Ahora, que está saqueado ya lo bueno, los picatostes de Prisa nos cascan la colección con la misma maqueta que la edición yanqui –los libros que ha diseñado Enric Jardí son mucho más bonitos de largo- y pretenden vendernos que es “un cuidado proyecto para lectores que exigen calidad”.
Porque, y aquí es donde reside la verdad de todo este asunto, todo esta pléyade de atentos editores, preocupados por la calidad de lo que editan, realmente están vendiendo bien el burro. Del mismo modo que lo hizo Tusquets durante tanto tiempo, ya se sabe, “nosotros editamos textos únicos”, cuando en realidad deberían decir: “editemos lo que editemos lo vamos a vender como textos maravillosos y de una calidad espeluznante de buena”, y para ello tienen a los cuatro voceros de la prensa dispuestos a repetir como loros lo que sea. ¿Hace cuántos años no sale elegida una novela de Tusquets como una de las mejores del año en las selecciones de los críticos de los suplementos? ¿Hace cuanto que, Mankell aparte, no copan las listas de los más vendidos?
Llama la atención que tanto Planeta como Alfaguara se hayan lanzado a la recuperación de los autores de segunda del siglo xx, siempre que escriban en inglés y que, a ser posible, tengan un apellido anglosajón. Hoy en España se vende mejor el mismo libro con un apellido de la lengua de Shakespeare que con uno de la de Dante, por ejemplo, las cifran hablan, y eso es una muestra más del papanatismo de la intelectualidad editora –no sé si eso existe-, de sus voceros y de los lectores que los atienden.
Pero, sin duda, uno de los casos más divertidos es el de Acantilado. Es un ejemplo perfecto de lo importante que es hacer marca, branding que diría un publicista, y echarse a dormir.
En Acantilado, esa editorial de prestigio que no tendrá empacho en poner un libro a noventa euros, se editaron las Memorias de Ultratumba de Chateaubriand –a ochenta y cuatro euros, por cierto-, con una traducción que a medida que iba uno avanzando en la lectura le provocaba erisipela. No soy el único que piensa así, ahí está Miguel Martínez-Lage, uno de los mejores traductores de este país, que lo indicó en un estupendo artículo en La casa de los Malfenti. Al menos a él le sirvió para algo, porque Vallcorba le encargó la no menos monumental Vida de Samuel Johnson.
Pero eso no se dice por ahí, no se dice que muchos de los libros de Acantilado salen con erratas bien gordas, con traducciones apresuradas, que en un par de ocasiones han tenido que retirar ediciones de las librerías porque tenían fallos que las hacían invendibles. Supongo que eso no es buena prensa para una editorial de prestigio.
La verdad es que me ha molestado mucho el artículo del amigo Geli, porque se enmarca en la molesta tendencia que pareció inaugurar Vila-Sanjuán de hablar de los libros como si fueran longanizas o sacos de arroz, esto es, como meros objetos de consumo que en nada se diferencian de cualquiera de los que compramos en el supermercado de la esquina. Y es una tendencia cada vez más acusada, porque se impone como medidor de la calidad, y si no fíjense en que estuvieron en España las Spice Girls y nadie hablaba de la mierda de música que cantan, de la mierda de espectáculo que tienen y de que no vendieron una mierda de entradas -perdón por esta sucesión escatológica-, sino en que se meten en el bolsillo quince millones de euros cada una por hacer la gira. Eso le interesará a Hacienda, pero a mí, la verdad, es que me la pela. ¿Por qué no hablan entonces de la puta gira en la sección de economía?
Los lectores que se cuidan, que buscan buenas lecturas, que quieren cosas diferentes, no creo que se lancen a la compra de los libros de estas colecciones. Por mucho que los siempre dispuestos sabuesos de la prensa les hagan la promo. Por cierto, ¿habrán hecho cálculos los editores de lo que se han ahorrado en páginas de publicidad en los periódicos con este tipo de artículos que no pretenden informar sino vender?

04 enero 2008

Empezamos mal el año


No lo digo porque los indicadores económicos indiquen que está la cosa muy mal, ni porque se haya publicado y distribuido como si de latas de berberechos se tratase la última novela de Follet. No, lo verdaderamente preocupante de este inicio de año es la desaparición del blog de Martín López Vega. Como sabrán los lectores asiduos a este blog, dicha bitácora fue elegida como la mejor de tema literario en castellano por el administrador del blog.
Todos los que estén interesados en convencer a Martín de que lo retome pueden usar los comentarios de este entrada para hacerlo.
Yo me voy a tomar unas copas a ver si se me pasa el disgusto.

03 enero 2008

Elegir el camino correcto

Ya se habló aquí de Menéndez Salmón en varias ocasiones y se comentó el affaire que hubo a vueltas de la valoración negativa que hice de su anterior libro de relatos. A raíz que ese asunto el propio autor me hizo llegar el archivo electrónico de un cuento antológico que es el que da nombre a este nuevo libro de relatos.
No voy a andarme por las ramas. Yo había manifestado en diversas ocasiones mis reticencias hacia el estilo excesivamente hinchado de retórica que a veces se apoderaba de la prosa de Menéndez Salmón, y esa tendencia retórica ha quedado, creo, ya casi totalmente esquinada a tenor de lo que muestra este libro. Estos cuentos siguen teniendo, todos, un base eminentemente literaria, se aprecia en cada uno de ellos la constante presencia de las lecturas, de las influencias, de la visión del mundo de un lector avezado como es Menéndez Salmón pero, donde antes había artificio, oraciones rebuscadas, sinónimos imposibles –cualquiera sabe que la sinonimia pura es imposible-, en estos cuentos se ha abierto paso la verdad, que se nos ofrece desnuda a través de un estilo mucho más seco, y por eso más acertado, mejor vehículo para las historias y las ideas, de lo que acostumbraba su autor.
No creo, de todos modos, que estemos ante un libro que nos muestre el estilo definitivo de Menéndez Salmón. Una lectura atenta de cada uno de los nueve cuentos de Gritar nos indica que estamos, todavía, leyendo un libro de transición, porque se aprecia en algunos un mayor gusto retórico mientras que en otros se aprecia más esa rotundidad a la que me he referido. Lo que sucede es que en las narraciones que todavía tiene ropajes más recargados este recargamiento está mucho más moderado que antaño. Y en medio de ellos brillan cuentos como el que da título al libro –hay que decirlo en voz muy alta, con un cuento como ese en su interior cualquier libro de relatos sería ya bueno, pero lo importante es que no está solo sustentando el libro-, o “Hablemos de Joyce si quiere” donde la escritura de Menéndez Salmón se adelgaza hasta casi desaparecer, ejerciendo como estricta herramienta de unas narraciones poderosas, convincentes, vivas.
Y es ese sendero el que puede hacer de Menéndez Salmón el gran escritor que está llamado a ser. La literatura le atraviesa pero ya no le lastra, el estilo se muestra servil en lugar de apoderarse del texto, y la historia y su capacidad simbólica se hacen más patentes, más verdaderas y reales, porque no hay grasa retórica distrayendo la atención del lector. Cuando abre el libro puede atrapar y dejarse seducir por la historia sin tener que apartar telones o cortinajes.
Si se me permite la imagen –y creo que siendo este mi blog se me va a permitir- es como si Menéndez Salmón hubiera descubierto la belleza de la estructura del edificio. Frente a los ornamentos barrocos, a las fachadas churriguerescas de los cuentos de anteriores libros, en estos parece que el autor hubiera elegido la belleza de líneas puras de los edificios de Van der Rohe. Nada de ornamento innecesario, las piezas exactas, las líneas definidas, puras, apenas lo imprescindible, pero unos edificios tan válidos como los anteriores, todavía más aptos para el hombre, acogedores y, al mismo tiempo, de una sugerencia estética única. Sí, de algún modo estoy diciendo que con este libro Menéndez Salmón emprende un viaje hacia la actualidad, hacia una literatura de calidad e interés que nos condesciende al recurso fácil de asumir una estética caduca pero que juega con la ventaja de que es lo que el lector común considera “estilo”.
Con Gritar, Menéndez Salmón nos entrega su libro más moderno, subyugador e interesante. Y consigue que esperamos con ansiedad siguientes entregas.
Ricardo Menéndez Salmón Gritar Lengua de Trapo, Madrid, 2007

30 diciembre 2007

El rostro y la máscara

Una de las cosas más divertidas de las que puede disfrutar un lector interesado hoy en día en España es de lo que Rafael Reig dio en llamar el “tam tam de Alfaguara” en una divertida entrega de su blog.
Por ejemplo, a día de hoy cualquier lector interesado puede encontrar un video de Internet donde el entrevistador dice que Javier Marías se prodiga poco –bueno, es una de las tonterías que se escuchan en esa entrevista como lo de que el de Marías es el “proyecto más ambicioso de la literatura española” sólo porque es una novela de unas dos mil y pico páginas; de medirse la ambición de un proyecto por el número de árboles cortados para su impresión es evidente que en España hoy gana Andrés Trapiello, que lleva ya catorce volúmenes de diarios a razón de unas seiscientas páginas de media, le dejamos a Antonio San José que haga cuentas y examen de conciencia-. Y uno está de acuerdo con la tontería si dijera que se prodiga poco cuando no saca libro, pero desde que apareció el libro de Javier Marías a finales de septiembre como lanzamiento estrella de la temporada en Alfaguara uno le ha visto, leído, escuchado en entrevistas en la tele, en la radio, en esos festivales horrorosos llenos de gentes dedicadas a la literatura que el “auténtico” Marías tanto aborrece. ¿De dónde se sacan esta máscara tan absurda, a quién quieren convencer de su bonhomía, por qué se empeñan en hacerse pasar por seres huraños?
Supongo que porque saben que la gente, y aclaro que cuando digo gente hablo de esos que se llevaban hoy de las librerías del centro la continuación de Los pilares de la tierra a razón de dos o tres ejemplares por cabeza –son los regalos de navidad me dijo uno que conocía-, con lo que se iban con cinco quilos y medio de papel –me he enterado por el artículo de Peio en Público de que cada ejemplar del librito pesa 1700 gramos, para que luego digan que no es un libro pesado-. Pues eso, que en Miguel Yuste 40 y en Torrelaguna 60 saben muy bien que el escritor tiene que ser un tipo alejado del mundanal ruido, donde no se le comprende, y que hay que dejarlo claro en todo momento. Ahora, uno, que no vive muy retirado del domicilio de Marías, lo ve con cierta asiduidad por la calle, y no tiene la sensación de que este hombre viva en otra galaxia. Sensación que sí tiene cuando lee sus artículos, la de que vive en la Galaxia Marías. Sí, él es el centro.
Algo parecido sucede con otro de los que provocan terremotos en la zona del metro de Torre Arias o al lado del puente de Arturo Soria: Mario Vargas Llosa. Don Mario –me parece que hay que ir adaptando la nomenclatura a las maneras- siempre se queja de que cuando está por los Madriles no tiene tiempo para escribir, y que por eso se escapa del Foro para pasar temporadas en sus otras viviendas, la de París y la de Londres. Edmundo Paz Soldán, que es un escritor joven –parece todavía más joven de lo que realmente es- y sólido, de esos que se van haciendo un hueco en el corazón de los lectores a pesar de las portadas que le hacen –por cierto, señores de Torrelaguna, aprovecho para pedir que despidan al diseñador que se ha encargado de realizar la portada de Palacio Quemado, la última novela de Paz Soldán, y del ejecutivo que la ha aprobado-, comenta en su blog que don Mario –dentro de poco El Don a secas- le dijo “Me paso la mitad de mi tiempo defendiendo la otra mitad de mi tiempo”, por la numerosas invitaciones a actos sociales y demás que recibe. Y uno piensa que estamos, de nuevo, ante otra máscara, otra hipócrita aseveración. ¿Realmente pretende El Don hacernos creer que no puede decir que no a estas invitaciones? Es de locos que alguien que genera tanto dinero como él se vea obligado a ir ejerciendo de correpasillos en fundaciones u organismos de todo tipo. Yo conozco a muchos escritores que, cuando les invitan a esos saraos, dicen que no y punto. Se quedan en su casa y escriben, y nadie les echa nada en cara. Ahora bien, El Don seguro que se siente a gusto con compañías tan intelectuales como Esperanza Aguirre –que le ha metido en el patronato del Teatro Real- o tan intachables como Ramón Calderón –Paz Soldán comenta en el blog que el acto al que iba lo organizaba la “Casa Blanca”, quizá El Don, equivocado, se pensó que la invitación era para otro sitio-, y por eso no le importa postergar su trabajo unas horas.
Hoy hace una semana que falleció en el hospital un hombre tranquilo, Louis Poirier, al que el mundo conoció como Julien Gracq. Era uno de los pocos autores que había vivido la alegría de verse incluido en La Pléiade en vida. Pero fue mucho más. Fue el autor de un panfleto durísimo contra los premios literarios, concretamente contra el Goncourt, que se llamó La Littérature à l'estomac. Al año siguiente de editar ese panfleto se vio elegido como uno de los finalistas al mismo premio que había vilipendiado por su novela El mar de las Sirtes. Escribió a la institución responsable solicitando que se excluyese su novela del galardón para evitarle el mal trago de tener que renunciar al premio. Pero la organización no le hizo caso y le premió. Gracq rechazó el premio, demostrando una coherencia que pocas veces se ve en el mundo de las letras. Más tarde rechazó también su inclusión en la Academia Francesa. Vivió alejado del mercado y de las obligaciones sociales que a otros parecen molestar tanto. Se limitó a no entrar en ellas, a no condescender.
Un escritor verdadero no necesita máscara, normalmente los que van enmascarados por la vida son los bandidos o los payasos. Cada uno que escoja.

29 diciembre 2007

Entrevistar

Vivimos en un mundo acelerado, donde la palabra no importa tanto como medio de comunicación o conocimiento sino como vehículo de venta. Basta con tener buen verbo, labia se decía antes, cuando la gente tenía más vocabulario, para engatusar a la gente. Es un don que se aprecia en los ramos de la venta y del ligoteo. Cuando leemos hoy la mayoría de las entrevistas que se hacen a los escritores tenemos la desagradable sensación de que, en la mayoría de los casos, no hay más que un ejercicio de masturbación cuando no directamente una felación. Y esos momentos todavía se pueden considerar como agradables porque en otras ocasiones el entrevistador pregunta lo que le indica el jefe de prensa de la editorial y estamos ante un publirreportaje con todas las de la ley.
Por eso hay que reivindicar la entrevista como mecanismo de conocimiento, de debate. Precisamente porque, al contrario de lo que pensarán muchas vacas sagradas, es cuando se coloca al entrevistado en esa posición cuando más respeto se le demuestra. Para hacerlo se presupone que piensa, que se pueden extraer ideas nuevas e interesantes de ese debate.
Quizá por eso son especialmente interesantes libros como The Paris Review Entrevistas. Como cualquier aficionado a la literatura, especialmente a la anglosajona, sabe, la revista la fundaron un grupo de escritores afincados en la capital francesa y, con el paso de los años, se ha destacado por albergar entrevistas cuidadísimas que, en cierto modo, han supuesto la entrada al Parnaso literario de los entrevistados. Por encima de opiniones sobre la valía de los autores entrevistados –basta echar una ojeada a los índices de la revista para ver que han sido muchos más los autores abiertamente prescindibles los protagonistas de las entrevistas-, lo mejor de estas sesiones es que son extensas, se centran, normalmente, en aspectos literarios, y cuentan con una corrección y visto bueno del propio autor sobre el texto que se publicará. Dicho de otro modo, la confección de la entrevista puede demorar muchas horas de trabajo, bien intensas en unos poco días o a lo largo de periodos más largos, pero en cualquier caso sabemos que si los autores las han querido utilizar como herramienta de pensamiento han podido hacerlo sin trabas. Incluso, cuando se topan con entrevistadores torpes, o poco despiertos, como en el caso de Naipaul, pueden avivar e incentivar el trabajo que realizan.
Este libro, que ha contado con una selección de Ignacio Echevarría no trae muchas novedades respecto a las ediciones ya realizadas en lengua española tanto por la mejicana Era como por la argentina El Ateneo, pero sirve para releer entrevistas maravillosas –la de Faulkner o la de Roth son, directamente, para estudiarlas en cualquier club de lectura o taller de escritura- y poner a disposición de muchos lectores los testimonios de algunos escritores fundamentales.
Aunque lo más importante del libro es, sin duda, mantener despierto el espíritu de las entrevistas de la revista, en las que, por encima de la velocidad impuesta por el mercado, obligado a reponer constantemente títulos en las librerías como si se tratase de paquetes de galletas, o la escasez de espacio de que se dispone en la prensa escrita, ese medio donde, haciendo palpable el oxímoron, cada día se cede más espacio a la imagen, la entrevista, la palabra y su representación gráfica, que es la escritura, cobra todo su valor. La conversación, la comunicación, requiere tiempo y espacio, esas dos cosas que parecen estar muy poco dispuestos a otorgar los medios. Una conversación como Dios manda requiere de un sofá, de una barra de bar o de una mesa de café, no de una descarga de YouTube o de un viaje durante unas cuantas paradas de metro.
Otra posibilidad es plantear una entrevista donde el entrevistador escuche al entrevistado en lugar de soltar la batería de preguntas que ha confeccionado –y esto sólo en el caso de los profesionales- antes de la entrevista. Si uno se deja llevar por el ritmo de la entrevista pueden tener lugar pequeñas maravillas, momentos en los que uno tiene la sensación de que, de no haberse realizado esa entrevista, nos habíamos perdido cosas importantes. Y sucede tan pocas veces poder disfrutar de esa sensación…
Me tomo la licencia de ser colaborador del periódico Público para reproducir aquí la entrevista que Peio Hernández Riaño ha realizado a Fogwill, donde se puede disfrutar de una muestra de lo hablado, donde entrevistado y entrevistador salen elevados tras la lectura del artículo porque han sabido hacer esa cosa tan rara que se llama comunicarse, tener una conversación luminosa de la que se aprende.

“Las fealdad es mi materia prima”

Por Peio Hernández Riaño
Acaba de publicar Help a él (Periférica), en el que se incluyen dos textos, que ni son relatos, ni son novelas, ni son cuentos, pero son tan intensos y bravos como cualquiera de ellos

Rodolfo Enrique Fogwill (Buenos Aires, 1941), dejó toda la fama como directivo de empresas de publicidad y de marketing, para darse a la vida de escritor. El mundo le conoció en 1992 con el cuento Muchacha Punk, pero ya había hecho historia diez años antes con la novela Los Pychyciegos.
¿Por qué decidió que estos dos textos apareciesen juntos en el mismo volumen, rechazando aquel tercero que aparecía en el título original Pájaros en la cabeza (1985)?
La omisión del tercero responde al formato editorial: demasiado grande para contener sólo un relato y demasiado pequeño como para agregar otro. Los dos textos publicados tienen en común la época de su escritura, el paisaje de fondo –la Argentina en vísperas de la transición a la democracia– la extensión parecida, los rasgos de estilo y –particularmente y con toda modestia– lo que yo y la crítica imaginamos: que son novelas jibarizadas o abortadas por razones dietéticas.
Y prefirió no engordarlos.
Son textos que cualquier profesional podría engordar hasta cumplir los requisitos de un concurso de novela. Pero yo no soy un escritor profesional, sino un profesional escritor: escribo novelas sólo cuando el género me parece indispensable para la idea que persigo. Con estos textos, y con otros tres o cuatro del mismo género pretendía narrar sólo lo esencial.
¿Podemos considerarlos como los antecedentes de su obra, con todos los síntomas de la literatura Fogwill?
Todos los síntomas Fogwill ya estaban en mis primeros relatos, los de los años 1977 a 1979. Desde entonces, no he progresado ni un milímetro.
En esa cierta entrega al feísmo, ¿qué es la belleza para usted?
La fealdad es mi materia prima. Jamás imaginé que narrar de verdad la verdad fuese feísmo.
Algo general, pero que me interesasaber: ¿somos algo más que deseo?
Tendrías que preguntárselo a tu analista, que sin duda, por interés gremial, te respondería que no, que (vosotros) sois sólo eso.
Si me lo preguntas a mí sabrás que te diré que sí: somos mucho más que deseo. Somos un poder y un saber natural que se valen del deseo para realizarse y pensarse respectivamente.
Entonces, ¿qué diablos es el deseo?
El deseo es una cuerda en la que siempre nos hemos movido y que, repentinamente, parece ser la única que vibra y se oye en un tiempo donde el saber se desacreditó y el poder perdió su carácter humano (o divino, que en definitiva, es algo humano por cuanto el temperamento de los dioses es una obra humana) y comenzó a operar desde un mas allá de lo humano.
Publicidad, marketing y literatura, son el rastro de su carrera (en muy resumidas cuentas). ¿Es un cóctel peligroso, un cóctel delicioso?
No sé: esa combinación es el único trago largo que experimenté en la vida.
Dice que empezó en la droga para anestesiarse, pero ¿de qué?
De dolor de ser sabiendo que ya no se es el hijo de Dios que uno esperaba.
Qué prefiere: ¿Textos lúcidos como la droga o turbios como la realidad?
Prefiero textos turbios que transparenten la verdad. No creo haberlos alcanzado. No creo que la droga sea algo lúcido ni que provoque lucidez. Si ser lúcido es saber lo que se hace, la droga, en mi experiencia, es todo lo contrario.
Help a él no es una novela cultural elevada. Se fuma, se folla, se droga y se corre mucho en coches rápidos. Creo que son elementos que le hicieron tomar ventaja y que nadie se había atrevido a tocar de un modo tan descarnado. ¿Tiene alguna explicación a esa atracción?
Me cago infinitamente en la cultura elevada. La desprecio tanto como a la cultura populista. El ideal sería producir cultura popular, pero ya nos está cerrado ese camino. La cultura popular es la mercancía dominante de la industria cultural.
No son relatos, tampoco cuentos, ni novelas, ¿cómo podemos llamarlos? Y, sobre todo, ¿qué tienen de cada uno de estos géneros?
Como relatan, son relatos. Pero que del mundo, narran sólo lo que es importante para el arte de narrar. Son novelas libres de marquesas que salen a las cinco y de hombres que cavilan encendiendo un cigarrillo. Si fuman, fuman de verdad en el texto.
Y lo político y la amenaza, siempre ahí. En nombre de la prosperidad y el progreso, nos han machacado a todos.
La amenaza no está siempre ahí, sino siempre aquí. Lo político en la narrativa es ponerla en acción y medir hasta donde es capaz de llegar.
En ambos relatos veo personajes sin compromisos, con un hastío total hacia lo familiar… ¿estoy equivocado?
Estoy seguro de que estás equivocado. En principio por el hecho mismo de ver a partir de lo que has leído. No has visto: has construido imágenes por efecto de artefactos narrativos montados hace… ¡veinticinco años!
Entonces, ¿qué me sucede?
Te sucede lo mismo que a mis personajes: ellos se mueven, hablan y se comportan así y, si quieres, desean así porque ignoran que son meros objetos de un mandato familiar. Efectivamente, la droga ayuda a eso, a ignorar lo que más duele: que en las realizaciones extremas de la más exacerbada voluntad se está cumpliendo un llamado de la especie.