30 octubre 2008

De olores

Datos, tan sólo datos, y alguna apostilla para que los fanáticos del blog no piensen que uno se ha ablandado.

En un país no muy lejano existía una banda de salteadores que se dedicaban a repartirse entre ellos los botines más cuantiosos. Uno de ellos, entregado por las empresas que se dedican a enriquecerse con el monopolio de los ferrocarriles de este país del que hablamos, se producían sospechosos fenómenos en las deliberaciones de los jurados.
Para que nadie diga que estos son opiniones subjetivas:

Premiado Cuento 2008: Benjamín Prado -ese gran narrador y mejor cuentista-.
Miembros del jurado: Luis García Montero (Coordinador del Comité de Lectura de Cuento) -no, no es broma, alguien ha decidido pagar a García Montero para que valore la calidad de unos cuentos, quién tenga curiosidad por conocer la competencia de este como narrador puede echar un vistazo a la antología que Pre-Textos editó con motivo de su trigésimo aniversario, Nosotros, los solitarios, y comprobará que el de García Montero es el peor del libro, y mira que los había malos en el librito-; Jesús García Sánchez (Coordinador del Comité de Lectura de Poesía) -o sea, Chus Visor, donde Prado y García Montero tienen patente de corso.

Premiado Poesía 2004: Bejamín Prado
Premiado Cuento 2004: Vicente Gallego -sí, como cuentista, no es broma.
En el jurado, por supuesto, García Montero, Chus Visor y Carlos Marzal -¿también valenciano, también poeta, amigo de Gallego? Sospechoso.

Premiado Poesía 2003: Carlos Marzal
Segundo premio 2003 de poesía: Felipe Benítez Reyes
En el jurado estaban Chus Visor, como siempre, y Vicente Gallego -véase el año anterior para entender el concepto de un año me lo llevó yo y el siguiente te lo doy a ti.

Premiado Poesía 2002: Vicente Gallego -de no ser una broma fácil se podría decir que este hombre ni cuando deja de trabajar deja de estar entre basura.
Segundo premio poesía 2002: Luís Muñoz
En el jurado el eterno Chus Visor, y nadie más, lo que hace pensar que en este caso es posible que sí hubiera un poco de limpieza en las deliberaciones.

Con los datos aportados -obtenido de la propia FFE, no me los he inventado yo, podemos considerar que:
a) La perpetuación de unos mismos miembros en el jurado favorece la corrupción -lo sabe cualqueira menos los de la FFE.
b) Que, no contentos con su situación hegemónica en el Parnaso poético hispano, los poetas del grupillo de Rota -a fin de cuentas es donde veranean todos- también quieren quedarse con la plata de los premios de prosa.
c) Ni un sólo año hay un cuentista competente en el jurado, lo que desluce mucho el premio.
d) Como más de uno estará pensando esto le digo desde ya que los premios de Fundaciones se hacen con el dinero de todos -es dinero que las empresas dejan de tributar al fisco, de donde se supone que debe salir el dinero para todos los españoles sin distintición alguna- y que por lo tanto estamos en nuestros derecho de criticar sus acciones.

Recuerdo que el primero premio son 15.000 euros y el segundo son 5000. O sea, que no estamos hablando del dinero que cuesta una bolsa de pipas.

Buen fin de semana.

21 septiembre 2008

Lo incómodo


En su libro Cómo hablar de los libros que no se han leído, Pierre Bayard describe el libro interior: la imagen del libro leído que cada lector construye en su mente. Se da el caso de que los prejuicios son, sin duda, uno de los aspectos más determinantes a la hora de la construcción de ese libro interior en cada lector. Es evidente que tendemos a pensar mejor de los libros de autores queridos o admirados que de los detestados o despreciados. Cualquier lector de este blog sabe que a mí me cuesta horrores encontrar algo interesante salido de la cabeza de Javier Marías, o que prácticamente cualquier cosa que escriba Julián Rodríguez me va a interesar. Tampoco me preocupa mucho lo que se desprenda de ello porque cualquiera sabe que soy humano, y cualquier lector inteligente verá que mi criterio es muy interesante y justificado, o sea, que es mejor Rodríguez que cualquier Marías. [Los comentarios al respecto pueden guardárselos, gracias.]
Todo este preámbulo viene justificado por el libro del que voy a hablar: Un pistoletazo en medio de un concierto. La posición de compromiso político de su autora ha hecho que los acercamientos críticos a sus libros sean, por decirlo de un modo educado, controvertidos. Si uno busca en el oráculo encontrará, por ejemplo, la reseña que Diego Salazar escribió sobre el libro en Letras Libres. ¿Sobre el libro? No, cualquiera que haya leído el libro y el texto de Salazar se dará cuenta de que Diego -me voy a permitir el tuteo porque nos conocemos, me cae muy bien y el hecho de que haya escrito ese artículo no modifica el respeto que le tengo-, antes de leer una sola línea, iba a buscar cualquier resquicio por el que atacar a una autora cuyo compromiso ideológico ni comparte ni respeta. Resultado: del libro en sí, de las tesis expuestas en esa conferencia, Salazar habla poco o nada. O sea, que hace un artículo, pero no sobre el libro de Gopegui, sino sobre la imagen que de ella tiene como autora comprometida con el comunismo y, en particular, con el castrismo cubano.
Excurso a la manera Foster Wallace (ya lo estamos echando de menos):
Como detalle, por cierto, invito a la lectura de uno de los comentaristas del texto de Salazar, un tal Roberto M. (Visitante), con un comentario que es toda una joya de la ignorancia. Como desconoce el origen del título del libro de Gopegui, y del otro, que vamos a suponer que sí ha leído, de Cristopher Domínguez Michael, piensa que Gopegui ha copiado al tal Domínguez. Amigo Roberto: Stendhal, leamos a "ese desconocido" llamado Stendhal, y luego nos dedicamos a hacer comentarios más o menos idiotas en la blogosfera.
El libro de Gopegui, como puede entender cualquiera que lo lea -vale sólo tres euros, así que hay pocas excusas-, versa sobre lo polémico de la aparición de la política en la narrativa, y en particular, en la novela, que es el género narrativo más influyente hoy en día -vamos a ahorrarnos el análisis del por qué-. Para hacerlo utiliza un recurso muy interesante: el de usar otra voz, en este caso, la de un joven revolucionario de nuestros días, Diego -no confundir con Diego Salazar, que ni es revolucionario ni es un personaje de ficción, sino un simpático periodista que ha descuidado este detalle al hacer su comentario del libro de Gopegui-, logrando una distancia muy interesante para hablar de ideas que hizo ya famosa Coetzee en los libros protagonizados por Elizabeth Costello. La idea es muy sencilla, pero implica ideas y soluciones complejas: la conferencia no la da el autor, sino un personaje con su propia visión del mundo y su biografía. Más allá de un juego, como se podría pensar, supone un inteligente recurso para evitar esas ideas preconcebidas de los comentaristas del libro, está bien, llamémoslos prejuicios, y coloca una pregunta sobre la mesa: ¿las ideas que se exponen en el libro, son las del autor o las del personaje? En el caso de Coetzee y de Gopegui la solución vendría a ser la misma: es evidente que el autor tiene una clara simpatía por esas ideas de las que habla el libro, pero el hecho de que no aparezcan como directamente suyas le permite ir hasta el final en su defensa de las mismas, porque son las ideas de un ser de ficción. Esto debe ser muy complicado porque no lo tienen en cuenta muchos lectores. Es lo que permite a un autor escribir desde Jack el Destripador sin haber abierto a nadie en canal nunca, o desde la Madre Teresa de Calcuta sin dar una sola limosna en la calle. Algo difícil de entender también debe ser la diferencia entre un texto de ensayos o de debate político y una novela, que es ficción. Usar a un personaje como enunciante de la conferencia es modificar los presupuestos de dicha conferencia. Pero bueno, a lo mejor es una idea muy sofisticada y hace falta un doctorado para entenderla y tenerla en cuenta.
Bien, lo que Diego, personaje, defiende en su disertación es, por un lado, el derecho a hablar de política en la novela, a mostrar una ideolodía en la novela. Permitir al autor y a los personajes, de ahí viene lo del punto de vista democrático y para todos, tener opinión y manifestarla. Como bien señala Diego, uno de los mecanismos más reiterados del poder real de este mercado en el que vivimos -o sea, de aquel que tiene el dinero-, es el de desactivar cualquier discurso enfrentado a su posición tildándolo de adjetivos que van desde el de ingenuo hasta el de perverso. En un mundo donde lo único real son los números -los del DNI, la cuenta bancaria, las tarjetas de crédito y el saldo del banco-, proponer otro discurso, basado en la palabra es, cuanto menos, iluso. Diego presenta en su conferencia un ejemplo muy claro de ese maniqueísmo, la novela de Phillip Roth Me casé con una comunista. Yo, advierto desde ya, no he leído casi nada de Roth, me interesa poco/nada tanto su mirada a la realidad como su obra. Coincido en esto bastante con Foster Wallace, que con la percha de la crítica de un horror de novela escrito por Updike comentaba lo poco que le interesaba la mirada solipsista y ególatra de Roth. Por supuesto, no he leído el libro que usa Diego en su discurso, pero sí que pienso, como él, que su retrato de una comunista es de una superficialidad pasmosa. Supongo que con esa capacidad de construcción de personajes es con la que sus hagiógrafos defienden su candidatura al Nobel, que es un premio que le vendría muy bien para reforzar su ego. [Por cierto, recomiendo a los fanáticos de Roth lo mismo que a los fanáticos de Marías, que me ahorren los comentarios.]
Pero, pasemos con esta percha al verdadero meollo del libro de Gopegui, y lo que lo hace verdaderamente interesante a cualquier lector que sepa abrir los ojos sin prejuicios a lo que se dice en él. Lo que señala es que esa utilización de la política es, o esquemática y prototípica, como en el caso del libro de Roth, o bien tan hermética y elusiva que apenas uno la siente como tal, caso de la obra de Onetti o Piglia, por hablar de dos autores interesantísimos donde la política está siempre presente pero bajo una clave que debe ser descifrada. Lo que sucede, y lo que molesta más porque cumple con los prejuicios de los lectores a los que denominaremos liberales -siempre que uso la palabra con ese significado me viene a la cabeza que pensaría Cervantes si viera en qué se ha convertido su "amante generoso", da escalofríos sólo de pensarlo-, es que Gopegui es revolucionaria y en el ejemplo que busca para su personaje aparece la plasmación del estereotipo que ha construido el capitalismo de un revolucionario. O sea, el problema fundamental de este textos de Gopegui es que no escurre el bulto y no agacha la cabeza, que presenta su texto de un modo directo y honesto. Así que vamos a hacer un ejercicio interesante, que es contraponer un ejemplo contrario, el de un libro con clara vocación progresista donde el autor ha caído, también, en el maniqueísmo.
Isaac Rosa es, desde luego, uno de los autores más interesantes del actual panorama literario. En breve hablaremos de su última novela. Pero vamos a ir a la primera. Se llamó La malamemoria, se publicó en el año 1999, cuando su autor contaba con veinticinco años. El propio Rosa, con la ironía y acierto a que nos está acostumbrando, realizó una "relectura" de ese libro a la que llamó ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!, que se publicó en el año 2007. ¿En qué consistió esa relectura? Básicamente en hacer esa autocrítica que el pope Roth nunca se plantearía hacer sobre su propia obra. El autor que ahora es Rosa relee, con ironía y distancia, con acierto y ausencia de piedad alguna, al que fue ocho años antes. Desde entonces ha publicado una novela fundamental como es El vano ayer y está escribiendo y planificando El país del miedo, dos novelas donde la ingenuidad de su primer libro ha desaparecido. Si leemos todos los comentarios jocosos que hace ese "lector" de La malamemoria, vemos que, dejando a un lado los cuestionamientos estilísticos -todo autor inteligente se va dando cuenta de lo innecesario de la retórica y de los adornos en la prosa-, todas sus críticas se dirigen al esquematismo con que presenta a esos autócratas del régimen franquista que no dudaron en llegar hasta donde hizo falta para obtener dinero y poder. Critica no ya el punto de partida del libro -en El vano ayer desde unos mimbres parecidos cuajó una novela estupenda-, sino el propio proceso y lo obvio de los recursos, lo simplista de la caracterización de ese personaje cuya verdad busca el protagonista del libro. Lo ingenuo de esa mirada es lo que se pone en duda. Y no tan sólo porque de ese modo se ajustan las cuentas con el pasado del escritor, sino porque está buscando el modo de ser mucho más eficaz en sus objetivos. Rosa tiene una intención claramente política, se da cuenta de que su primera novela era de una candidez pasmosa, de que perdía su fuerza en lo simplista de su planteamientos. O sea, Rosa se da cuenta con treinta y pocos años de algo que el prostático Roth no se da cuenta a su edad: de lo vacuo de los tópicos a la hora de escribir novelas. Pueden valer para otras cosas, desde las charlas con los taxistas hasta los comentarios simpáticos en una cena, pero no para hacer literatura. O sea, que a lo que renuncia Rosa no es a hacer política -porque la política se hace-, sino a hacerla de un modo simplista y, por eso, ineficaz para sus objetivos.
Como siempre se ha dicho, no hay que dejar de repetirlo, una de las cosas más interesantes de la ideología revolucionaria es que en ella siempre se ha debatido, que hay voces discordantes y que se aprecia una continua necesidad de renovación y ajuste con el presente. O sea, que se hace autocrítica y revisión, algo que no se produce en otras tendencias, como, por ejemplo las liberales. Ha querido la casualidad que, el mismo día en que escribo estas líneas, se anuncie la mayor intervención estatal en la economía desde el Crack del 29. El gobierno Bush, alimentado por los think tank neoconservadores, esos filántropos ultraliberales, inyecta caudales públicos y ejerce de flotador para unas empresas privadas mal gestionadas. O sea, todos los ciudadanos, con sus impuestos, salvándole el culo a los empresarios que viven en mansiones. Lo más parecido, bueno, es idéntico, a este estalinismo que tanto dicen detestar que se ha visto en muchos años. A lo mejor va a resultar que Koba está más vigente de lo que pretenden vendernos.
De eso habla Gopegui a través de la voz de Diego en Un pistoletazo en medio de un concierto. De la necesidad de hacer buena literatura para hacer política, de la necesidad de que la política se traslade a la literatura del modo más exigente y meditado. Esto puede resultar sorprendente para alguien acostumbrado a las simplificaciones demagógicas del debate político, los matices y la necesidad de esa ironía que exige una novela pueden pasar desapercibidos para muchos. Más aún en un país como el nuestro con la clase política que tenemos -Aznar leyendo las Habitaciones separadas de García Montero en un debate sobre el estado de la nación por recomendación de sus asesores-, o con los periodistas que se encargan de analizarla -por ejemplo, Jesús Maraña que, además de ir a debates de alto nivel en la televisión, considera El juego del ángel de Ruíz Zafón como una magnífica metáfora del intrincado navajeo político y mediático del PP-. La realidad es que nos toca vivir en un mundo donde lo único medianamente refinado son los mensajes publicitarios, que están ideados muchas veces por poetas y narradores, pero lo demás aparece de modo bastante basto y grueso. Es una pena que no se sepa leer un libro más allá de prejuicios, y, sobre todo, que se haga de una manera tan superficial. Bayard habla del terror que sienten los autores cuando se les habla de sus libros, porque saben que en la mayoría de los casos van a descubrir lo mal que se ha entendido su mensaje. Imaginemos el caso en que ni tan siquiera se lee el libro, sino que uno ya sabe lo que va a pensar de él... Pues eso.

10 septiembre 2008

Mucho de novela, poco de gráfica

Introducción
Mucho he leído sobre este libro desde que se editase, y he ido comprobando como ha ido realizando un camino lleno de elogios y de recomendaciones, que hacen augurar un buen futuro para el libro. Por otro lado, he leído que en algunas instituciones educativas tienen ya el libro entre las lecturas que se recomiendan al alumnado, y que alguno de ellos ha llegado a presentar una demanda para que el libro fuera considerado pornografía y retirado de esas lecturas recomendadas. Dejando a un lado la enorme cantidad de obras artísticas que deberían, siguiendo ese criterio moralista e hipócrita, ser prohibidas es fascinante -yo comenzaría con todas las pinturas, frescos y grabados en los que se ve a Cristo desnudo, a Adán y Eva desnudos y demás, a fin de cuentas, no sabemos qué pensamientos pueden despertar en la turbia mente de los jóvenes-.
Bien, dejando a un lado ese aspecto, creo que la obra de Alison Bechdel serviría para abrir un debate interesantísimo sobre cómo se producen estos éxitos populares y, en qué medida, dan una clara imagen de la pobreza cultural del mundo en el que estamos viviendo.
A mí la lectura de este libro -voy a insistir en no llamarlo cómic, tebeo o novela gráfica por lo que iré explicando a lo largo del texto- se me ha hecho sumamente incómoda, tediosa, y eso se debe, sin lugar a dudas a la pobreza narrativa del mismo. No deja de ser curioso que haya triunfado del modo en que lo ha hecho un término tan idiota como "novela gráfica", que es, quizás, lo único malo que se sacó de la manga Will Eisner.

La novela gráfica
Cuando, dentro de unos años, alguien venga a hacer la historia del cómic en España, se reirá mucho al pensar en cómo dimos un salto atrás sin apenas darnos cuenta. Hace muchos años, unos treinta para ser exactos, Will Eisner se inventó un nuevo término para vender una historia que tenía entre manos, se trataba de "Un contrato con Dios". Eisner, que había revolucionado el mundo del pulp con las historias de The Spirit, llevaba tiempo queriendo contar historias largas y ambiciosas, pero el mercado de los USA no tenía espacio para ellas. Entonces se fijó en Europa, y en particular en los álbumes que inundaban el mercado franco-belga. Por aquellos años, el cómic tenía un estatus muy distinto en el viejo continente. Aquí los autores podían publicar sus cómics dos veces. Primero por entregas, en revistas como Metal Hurlant, cabecera histórica para entender la evolución de la narrativa gráfica de aquellos años, y luego en álbumes. Podían tocar cualquier tema, tanto de índole personal como ficcional, erótico y a veces hasta pornográfico. Un año antes de que Eisner acuñase el término para colocar sus álbumes en el mercado yanqui, Moebius -heterónimo de Jean Giraud- había publicado El garage hermético, una obra fundamental para entener la libertad temática y creativa a la que llegaron los autores europeos por esos años -ejemplo de lo hondo que caló el tebeo entre los lectores de aquella generación es la cantidad de bares que, por toda Europa, rinden homenaje a aquel libro-. Así que Eisner se sacó de la manga una nueva realidad dentro del mercado de su país, pero de ahí a que lo sea para nosotros hay un largo trecho, en España leíamos muchos álbumes antes de que nadie comenzara a publicar aquí "novelas gráficas".
Lo curioso es que hoy uno se encuentre con una verdadera multitud de lectores que se acercaron al cómic desde sus lecturas de género superheroico y hayan entendido al buscar las raíces del trabajo de autores como Frank Miller que eso de las "historias adultas", largas y demás, se llama novela gráfica. Ahí comenzó el lío. Porque, aunque nos pese, la realidad es que la media dentro del periodismo -incluso el de sectores tan minoritarios como el del tebeo- es más bien baja, y normalmente un periodista repetirá como un loro lo que le han contado sin cuestionarlo ni investigar sobre ello-. Así que, un término como novela gráfica viene muy bien, porque permite ignorar la carga peyorativa de la palabra tebeo -se conoce que Mortadelo y Filemón no están a la altura-, o la carga "cultureta" de cómic -que se refiere a los que leen los raritos que tienen pósters de Tintín en casa, y de hecho los llaman affiches, los muy...-; y, al mismo tiempo, lo acercamos al "siempre prestigioso" terreno de la novela -ignorando que a lo largo del siglo veinte la novela ha legado desde Proust o Faulkner hasta Ricardo Boffil hijo o el cuñado de Ana Rosa Quintana-. Así es como se acuña un término que suene bien aunque no aporte absolutamente nada. Me recuerda a cuando los señores de Iberia decidieron que las aeromozas debían llamarse azafatas, que era un tipo de camarera de corte ya inexistente. Hoy tenemos azafatas en los aviones, en los congresos y hasta en las promociones de embutidos de los supermercados. Porque suena más bonito.

Narrativa gráfica
De todos modos, que se inventen un nombre para vender algo mejor no es algo nuevo, y no estoy tan loco como para que eso me aleje del disfrute de esos libros. No, lo problemático es que generan una nueva percepción de lo que es un cómic. El otro día comentaba con una amiga, fanática de Thomas Ott, uno de los más interesantes narradores gráficos de que disfrutamos hoy, que a mí de pequeño siempre me encantó El príncipe valiente. Entre otros argumentos para burlarse de esa afición infantil -la verdad es que yo disfrutaba mucho de esos cómics de niño, pero no sé si hoy me los metería entre pecho y espalda-, ella expuso que, en realidad, no se trataba de un cómic, que eran ilustraciones con pies de foto. Y en buena medida tenía toda la razón del mundo, porque cualquiera que ha leído la obra de Hal Foster sabe que se trata de postales a las que añadía los textos a pie de página. Las razones del por qué lo hicera pueden ser variadíasimas. Yo siempre he creído que es por una finalidad estética: este hombre dibujaba tan condenadamente bien que le tenía miedo a que un bocadillo tapara alguna filigrana o detalle que le había llevado horas. Hoy en día, después de la evolución que facilitaron creadores europeos como el mencionado Giraud o Hugo Pratt, después de Tintín y la línea clara, después de la invasión del manga -totalmente lógica si atendemos a los sofisticado de sus planteamientos estéticos y narrativos-, las historias del príncipe Val de Thule se han quedado muy, muy añejas. Casi hay que quitarles el polvo para poder disfrutarlas.
Lo curioso es que las "novelas gráficas" que hoy en día se nos colocan insistentemente abundan, de modo maquillado, eso sí, en el mismo defecto de carencia total de narratividad gráfica. Vamos a enumerar algunos ejemplos. Comencemos por Joe Sacco. Si uno lee algunos de los cómics de Sacco comprobará que sigue la estética más o menos feísta que se impuso en el underground yanqui a raíz del éxito de Crumb o Shelton, y que calza muy bien con esos reportajes cercanos al documental que él trabaja. Pero una de las cosas que hacen no incómoda, sino angustiosa la lectura de los mismos, son los bocadillos llenos de palabras que se comen a veces las viñetas. O sea, es un cómic donde la palabra tiene una presencia apabullante, y la narrativa gráfica queda en suspenso, a un lado. Al menos, eso sí, Sacco de vez en cuando se marca viñetas enormes con enfoques sorprendentes o composiciones arriesgadas, tonto no es, desde luego, pero leer En la franja de Gaza es someterse a una dura penitencia: la de leer muchísimo texto escrito con las mayúsculas nerviosas y vibrantes de una rotulación manual -lo que es doblemente cansado para la vista y, por extensión, para la lectura.
Maus, ya lo comentamos aquí, es considerado el "mejor cómic de la historia" porque trata el tema del Holocausto judío, lo hace de una manera atrevida, novedosa -siguiendo la estética aparentemente inocente de los funny animals pero llevándola más allá-, y eficaz. Tan eficaz que se hizo con un premio Pulitzer y, desde entonces, parece que hizo más respetable al género. Sirva como detalle decir que los dos primeros álbumes de Paracuellos no tienen nada que envidiar a la obra de Spiegelman ni en calidad, ni en compromiso, ni en capacidad de reflejar la maldad humana y, además, están mucho mejor dibujados y poseen una narrativa gráfica mucho más potente. Pero no tiene el Pulitzer, claro. Lo más curioso es que esa gente que habla del estupendo -porque es estupendo, ojo-, libro de Spiegelman como el "mejor cómic de la historia son, en la inmensa mayoría de los casos, gente que ha leído muy pocos tebeos. Incluso del Super Humor o de Pulgarcito. Muy poco. Porque de haber leído más se habrían dado cuenta de que la narración es muy torpe, hay una reiteración de planos que la hace algo cansina, una enormidad de textos que, muchas veces son pleonásticos y que no hacen más que repetir lo que se narra con las imágenes y que el esquematismo del dibujo hace que, en algunos pasajes, la historia pierda efectividad. Es lo que tiene la isocefalia, o la poca destreza en el dibujo. O sea, una vez más, estamos ante un cómic que les gusta a los que no han leído muchos cómics.
Y, para terminar esta enumeración, hablemos del libro que nos ocupa: Fun home. Una familia tragicómica de Alison Bechdel.

Mucha literatura y poca narrativa gráfica
Si uno se acerca a este libro verá que, para su elaboración, su autora ha leído mucho. Ha leído a Proust, ha leído a Wilde, a Colette, a Scott Fitzgerald, y muchos otros textos. Todas esas lecturas se ven perfectamente reflejadas en el texto, pero no a efectos internos, de estructura, de construcción de la trama. O sea, no son alimento creativo, sino que hay una cierta exhibición de las mismas. A lo largo de las viñetas del libro vemos que su protagonista, la autora, lee mucho, pero que mucho, como lo hacía su padre. Y que todas esas lecturas, siempre cercanas a las experiencias homosexuales o lésbicas -la verdad es que en el libro hay poco más que eso, se ve por ahí a Tolkien y poco más, quizá haya que ver en la amistad de Frodo y Sam una relación homoerótica-, se han usado como continuo espejo para la narración. Uno llega a pensar que en esta narración autobiográfica, memorialística, hay un exceso de literatura. Como si el hecho de que hubiera tanto libro le da mayor empaque a la historia, le da una mayor altura. Toda la narración usa, muchas veces de un modo distorsionado e interesado -lo que no está mal, la cita se transforma en todo texto dependiendo de las necesidades el autor que cita-, esos libros para entregar información al lector. Citas, cartas -que aparecen con una rotulación que, supongo, pretende reflejar de modo verosímil lo que es una carta manuscrita o un diario, pero que en muchos casos se hace casi imposible de leer- y textos de apoyo. Una continua voz en off, una marcada concesión a la radionovela, al narrador cómodo, a lo que sólo cuando es imprescindible se debe rebajar un narrador gráfico. ¿Para qué hacer un cómic, narrar con imágenes, con viñetas, si uno finalmente opta por la palabra? Yo me he estado haciendo esa pregunta en todo momento mientras leía el libro.
Un libro que se lee, de todos modos, hasta el final. Porque la historia en sí tiene su interés: una chica lesbiana se entera de que su padre ha tenido relaciones homosexuales y se clarifica así ese extraño vínculo especial que siempre les unió hasta la trágica muerte del padre. La sinopsis es atractiva, desde luego, y la autobiografía de la autora es interesante y la transmite de un modo fresco, simpático. Bien es cierto que uno se pregunta, también, si no ve lógico que hubiera una relación especial con su padre por ser su única hija, frente a sus dos hermanos varones, o por su afición lectora. Pero, ya que todos habitamos en una ficción, es lícito que cada uno se construya la suya, y si ella prefiere entender que ese lazo tenía que ver con el modo en que ambos viven su sexualidad, pues no hay más que darle la razón.
Lo que no se comprende es que no haya escrito un libro ya que, desde luego, lo de narrar con imágenes no es lo suyo. Antes de que nadie se me eche encima, reconozco que hay narraciones visuales, películas, entregadas a la palabra, a la escritura. Todos los trabajos de la Duras en cine, por ejemplo, llegan a hacerse cargantes por eso, porque la omnipresencia de la voz en off y las imágenes de escritura demuestran hasta qué punto hay una escritora detrás de esos fotogramas. Una escritora, no una cineasta -por eso sus mejores trabajos fueron aquellos en los que buscó colaboradores que rellenaran sus huecos-, y ella nunca renunció a su labor de escritura.

¿Cuando sacan la película?
Al final, sí, llega la exposición de la teoría, el intento de explicarme el por qué de esta predilección por cómics marcadamente torpes. Yo creo que vivimos en una era de la imagen, nuestra educación es visual -la misma lectura es algo visual, en cualquier caso-, y más todavía audiovisual. Nos hemos acostumbrado a recibir las historias con imágenes, y parece ser que cada día cuesta más leer un libro, entregarse a una página llena de símbolos que requeiren de una labor de construcción del universo que nos proponen enteramente propia. Un libro no nos da fotos, dibujos, sino que tan sólo nos da palabras. Umbral decía, y Masats lo recuerda con gran oportunidad, que "una imagen vale más que mil palabras, sobre todo si la imagen es de Baudelaire".
Leer un libro con imágenes es, siempre, más socorrido. Los libros infantiles están llenos de imágenes, no sólo para que el niño se divierta o se vea atraído por ellas, sino porque le entregan un mundo. Cuando se es niño uno no ha almacenado toda la realidad que los adultos tienen en la cabeza, se necesitan iconos, imágenes, para que la imaginación -sí, fíjense en las raíces, semánticas, que no es casual- se ponga en marcha. Se conoce que este mercado voraz, al que llamamos contemporaneidad para no hacernos daño, sabe que ha conseguido prolongar nuestra niñez y adolescencia para poder colocarnos mejor los productos que nos quiere vender. Ya se sabe lo fuerte que es el deseo cuando se es joven. Y por eso nos entrega libros ilustrados que calmen la necesidad de esos libros de la infancia. En realidad, Sacco podría hacer reportajes como los de Kapuscinski si supiera escribir mejor, y Bechdel podría hacer una novela autobiográfica si escribiera mejor, y Spiegelman podría haberle pasado los guiones a un dibujante más hábil. En el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Hay un montón de testimonios sobre el despertar sexual, las relaciones paternas y la familia en las bibliotecas, pero muy pocos en la sección de cómic. Es más fácil destacar ahí. No digo que haya una elección consciente de dedicarse a un género más pequeño para poder despuntar en él. No, pero sí que es evidente que, con menos méritos, uno recibe más atención. Se dice muy a menudo que estamos viviendo una época de esplendor en el cómic, pero la realidad es que la mayoría de esas "piezas fundamentales" que se editan son reediciones o rescates de trabajos de hace años. Algo parecido pasa con la literatura, pero nadie dice que "estamos viviendo un momento de esplendor", ni monsergas por el estilo.
Este auge del cómic pobretón, cómodo y de escasa calidad, viene muy bien para que esos conocidos poco amigos de la lectura puedan cambiar la pregunta de "¿para cuando hacen la peli?" con que entraban en nuestras conversaciones sobre libros, por un "¿has leído tal o cual cómic?". Se siguen enterando de lo mismo, pero al menos ya no es el cuarto de baño el único lugar donde hay celulosa en sus casas.
Alison Bechdel Fun Home. Una familia tragicómica Mondadori, Barcelona, 2008

09 septiembre 2008

El viaje virtual

Uno puede cometer el error de pensar que estos viajes son "falsos". Pero eso supondría entrar en colisión con la idea de verdad. ¿Un viaje es tan sólo un desplazamiento? De ser así, viajar es cruzar a ciudad para comprar una lámpara y una cubertería barata pero con aspecto bonito en el IKEA. De ser así, viajar es el turismo de masas en el que todo consiste en comprobar lo fidedigno de las fotografías que uno ha visto mil veces en las revistas y largarse luego al macdonalds más cercano porque sabemos cómo va a saber la doble con queso. No, viajar es otra cosa, y este libro es un modo idóneo de demostrarlo. Hoy para viajar no hace falta tener que empazar la ropa y aguantar las colas de facturación de las compañías de bajo coste, disfrutar del paisaje como nos vende Renfe, o disfrutar de las procesiones de semana santa a la entrada y salida de las ciudades. No, hoy se viaja en el ciberespacio, el la mente, y en la cultura. Todos los viajes de este libro, estos trece proyectos de viaje. generados en un laboratorio con la intención de experimentar una serie de sensaciones y conservar un inventario de recuerdos más o menos creíbles son, en realidad, los viajes del futuro. No me cuesta imaginar un mundo en que los viajes alrededor del mundo sean experiencias que en realidad tenemos casa noche conectados a nuestros ordenador, y donde las experiencias comunes pueden ser vistas desde la distancia con la conveniente dosis de ironía. Ligeros, intrascendentes como las escapadas llenas de encanto que se nos venden desde los suplementos de viajes de los diarios, en estos viajes uno puede hallar, por encima de cualquier otra cosa, la mirada de su autora -me voy a permitir obviar el trabajo, correcto y poco más, que no es poco, del ilustrador-, que es capaz de hacernos meditar sobre lo que es el viaje en sí, sobre cómo asimilamos nuestros periplos y en qué medida esa asimilación no es otra cosa que un mimbre social más. Lejos de experimentar de modo personal, singular, esos viajes, parece que uno se viera obligado a contrastar el lugar que visita con el que habita, de remarcar las diferencias y las semejanzas en los modos de vida, y dejar a un lado la sencilla observación descargada de prejuicios y puntos de vista manidos. Hay un poema de Pessoa, un hombre que viajó poco, apenas la marcha a Sudáfrica siendo niño y el retorno a su patria de elección, Lisboa -y no Portugal-, en la adolescencia, donde se explica muy bien esto. el viajero pretende que el viento esté cargado de historias, el río de voces y el sol de recuerdos, mientras que el lugareño ve tan sólo el fluir del río, se calienta con el sol y se refresca con la brisa. Y basta. Quizá es ese viaje el que se ha perdido en el fondo de la memoria y el que conviene recuperar. Cebrián juega en sus textos a otra carta, una más cercana a Salgari -otro que no salió se movió de su Verona pese a escribir todas las novelas de Sandokán-, donde se usan los tópicos de cada uno de los lugares, de cada uno de los viajes. Pero, donde el escritor prototipo, el de las novelas previsibles a la venta en el VIPS y las columnas en el suplemento dominical con tono de abuelo cebolleta, usa los hitos y los lugares comunes para dar color -se puede ver esto fenomenalmente explicado en el texto que abre el Afterpop de Fernández Porta, donde se muestra la diferencia entre usar la cultura como referente superficial: Javier Marías, o como elemento constructivo de la historia: Ray Loriga, independientemente de la calidad de cada uno de los textos-, pues bien, en los textos de Cebrián, esas marcas que "dan color" son cuestionadas y analizadas, intentando encontrar el verdadero sentido de las mismas. O sea, que, esos "viajes falsos", no lo son en realidad. En estos viajes in vitro se recoge el espíritu de los verdaderos fundadores de la literatura de viajes, que pretendían dar fe de lo visto y entender sus causas. Hoy, cuando la realidad en la que nos movemos es ficcional, no se puede sino hacer un viaje cultural, metafórico y semiológico, desde el salón de casa, en el que intentemos entender esta ficción en la que vivimos y que construimos día a día.
Mercedes Cebrián & Ismael García Abad, 13 viajes in vitro, Blur ediciones, Madrid, 2008

30 agosto 2008

Buenos Aires Affair (5)

Esa novela
Salvatierra es una novela sobre el padre, sobre todas las cosas que no sabemos de nuestros padres y que descubrimos tan sólo cuando ellos han muerto. Sobre la herencia. Sobre la vida. Tan sólo una apreciación enteramente subjetiva: me ha gustado, y mucho. La leí una tarde de invierno austral sentado en un sillón y tapado con una manta, sintiéndome un poco Balzac en un conventillo -que en realidad no lo es- de La Boca.
Ya se ha hablado en este blog de Pedro Mairal y de su estupenda novela El año del desierto. Se hizo de una manera quizá algo apresurada, e insistiendo tan sólo en la particularidad de su planteamiento. Con esta nueva novela, Mairal demuestra por qué es uno de los jóvenes escritores argentinos más exitosos y por qué ha llamado la atención de los editores españoles y va a ser publicado de nuevo en España -todavía se encuentran ejemplares de su primera novela, Una noche con Sabrina Love, que editó Anagrama-. Frente a la mayoría de la literatura que se está haciendo hoy en Argentina -antes de que alguien comience a lanzarme piedras reconozco desde ya mismo lo inútil y absurdo de hacer generalizaciones o diagnosticar una realidad desde quince mil kilómetros de distancia, pero aún así cometeremos la atrevida acción de generalizar, aunque sea ta sólo porque es divertido-, donde se aprecia la influencia de Arlt y de las vanguardias históricas, ya plenamente asimiladas, y en cierta medida desactivadas, frente a dicha narrativa, la de Mairal es de una sobriedad sorprendente, de un clasicismo que brilla más todavía por el escaso eco que su rotundidad parece suscitar. Incluso se podría afirmar que en Salvatierra ha pulido los pocos defectos de su anterior novela para cuajar una narración que funciona como un mecanismo de ingeniería extraordinario.
Salvatierra es el protagonista ausente de esta novela. Un pintor de provincias, mudo, que pinta unos enormes rollos de tela, a razón de uno por año, que heredan sus hijos a su muerte. Ahí comienza la trama del libro. Dos líneas argumentales se superponen. Por un lado la labor de descubrimiento e investigación en la obra del pintor de uno de los hijos, que va conociendo la enorme tarea en que se embarcó su padre, y la búsqueda del rollo de un año, que parece ser el único que falta en el galpón donde está guardada toda la obra del padre. A medida que va tomando conciencia de esa obra e intenta buscarle acomodo en algún museo, va recapitulando la biografía paterna. El acierto de Mairal reside en haber cuajado una estructura que es aparentemente sencilla, pero que se revela muy meditada y en la que todos los elementos encajan de modo perfecto, puesto que, hasta que no recupera el rollo perdido no puede completar la biografía del padre, tener de nuevo toda su obra. Obviamente, tanto el rollo como lo que descubre durante su búsqueda modifican de un modo drástico la imagen que el protagonista y narrador tienen de su padre, esto es una novela, y una clásica y excelente .
Pero Mairal, astuto, ha ido, también, construyendo una trama simbólica especialmente interesante: un museo holandés que es, no es casual -nada lo es en esta novela-, donde se inicia y termina la narración. A través de las gestiones que realiza el narrador para colocar en un museo la obra de su padre, consigue que de un museo envíen a un par de técnicos encargados de escanear todos los rollos que su padre pintó. O, lo que es lo mismo, que reproduzcan toda la obra, lease vida, que la dupliquen y la salven -sí, me voy a permitir usar barbarismos y calcos lingüísticos que hacen más explícito lo que quiero transmitir, señores prostáticos de la RAE y seguidos, absténganse de comentarios-, que el narrador ya conoce del padre. El único rollo que no pueden escanear es el que falta, lease la parte desconocida de la vida del padre, que, paradójicamente, será el único que pueda ser conservado al final de la historia. De este modo tan inteligente, tan fino, reproduce Mairal los mecanismos de nuestra mente y de nuestros afectos. Descuidamos lo que siempre tuvimos delante nuestro, que era lo más nutrido cuantitativamente, la parte importante, para perseguir lo mínimo, el detalle, y llegamos a perderlo todo. Por fortuna para el narrador, la tecnología le permite recuperar lo perdido y poder disfrutar, aunque sea virtualmente, de la vida de su padre. Porque, y ahí reside otro de los aciertos -en una novela repleta de ellos- del libro, ya desde la primera página se nos han entregado las claves para la lectura del libro:
Si digo que mi padre tardó setenta años en pintarlo, parece como si se hubiese impuesto la tarea de completar una obra gigante. Es más justo decir que lo pintó a lo largo de setenta años.
Modifica el tópico del artista entregado a una obra que justifica su vida para hablarnos de una obra que es reflejo, metáfora y símbolo de su vida.
Estupendamente escrita, genialmente concebida y muy, muy bien acabada, Salvatierra es una de esas novelas que disfrutan de la doble condición de artefacto narrativo perfectamente trabado y de semillero de ideas, de pensamientos, que suscita, siempre, nuevas lecturas.

Ese hombre
Martín Otaño no habla mucho de él. Tan sólo cuando se pone melancólico o cuando bebe. Se trata de su padre, claro. Lo admira, y al mismo tiempo parece odiarlo como se odia a un futuro que sabemos seguro, inexorable, y en el que no queremos terminar -quizá al escribir esto estoy proyectando mis miedos, quizá el mundo en el que me muevo no sea más que una fantasía que yo he creado. Cuando Martín Otaño habla de su padre, el Bocho Otaño, se mezcla el orgullo de saberse el hijo de un estupendo abogado que al final de su vida no llevaba ya casos porque las minutas serían tan excesivas que los clientes no podrían pagarlas, pero que al mismo tiempo no dudaba en asesorar a los abogados que llegaban a pedirle consejo si creía que sus clientes lo merecían. Si Martín Otaño habla de su padre lo hace lleno de melancolía y cierta envidia, porque en los bares del Bajo donde algunas veces se ha emborrachado tienen vasos con el nombre de su padre, porque su padre era, también, cliente asiduo, y llegaron a guardarle vasos de los que él tan sólo podía beber, llegando a singularizarlos con su nombre para que nadie, ni por error, acercara sus labios al cristal que era tan sólo para el Bocho Otaño. En la cocina de Martín Otaño hay una fotografía en la que su padre y Polaco Goyeneche parecen un espejo el uno del otro. La misma pose, una cara parecida. Se van a abrazar, a saludarse, pero en realidad parece que el abogado de Olavarría es un espejo de Garganta de arena. O de que el Polaco es un doble del Bocho, tanto da. Martín recita tangos, él dice que los reparte, y en su dicción sobre el escenario hay mucho de un abogado que seduce al público, al jurado, para que guarden silencio y escuchen la verdadera historia de los hechos, de las peleas a cuchillo en las esquinas de Palermo Viejo, para que absuelvan a ese hombre que empuñó el puñal por el amor de una atorranta. La madre de Martín vive en una clínica en Mar del Plata, o en Bahía Blanca, ya no lo recuerdo bien, y no hace más que echar de menos a su marido, y Martín se lanza a putear el nombre de su padre cuando le toca hacer alguna chapuza de fontanería en casa y la tubería no cede o la llave de grifo se le escapa. Martín lucha contra la herencia del padre, sabiendo demasiado de ella y desconociendo lo fundamental, la cifra que le permitiría comprenderlo de una santa vez y poder, no matarlo, sino enterrarlo de una maldita vez.
Y entretanto, sin casi darse cuenta -bueno, o sin meditarlo mucho porque tampoco conviene darle más vueltas de lo necesario y volverse un poco loco-, Martín es ahora padre, y sin pretenderlo va dejando una huella en Valentino y Bautista. Valentino algunas veces ha pasado miedo cuando ha visto a su padre recitar el capítulo siete de Rayuela -que para Martín es lo único bueno que salió de la pluma de ese porteño nacido en Bruselas-, o alguno de los poemas de Evaristo Carriego de los que se enamoró, como Borges, desde su primera lectura. Martín va forjando una sombra sobre la que andarán sus hijos, que antes o después tendrán que enterrarlo, como el hijo de Salvatierra a su padre, para poder construir la sombra sobre la que vivirán sus hijos, los nietos de Martín y Nora.

11 agosto 2008

A la luz cambian las cosas (y 2)

Como sucede siempre, hasta el día siguiente no se dio cuenta de que se había dejado algunos sobre por enviar. Basta con revisar las libretas junto al ordenador, la de la bolsa, la del teléfono, para encontrar unas cuantas notas de libros, discos y demás envíos pendientes. Después de la experiencia del día anterior no le quedaban muchas ganas de volver a correos, y menos todavía de tomarse algo en la terraza que está junto a la estafeta, pero recordó que había quedado para desayunar con una amiga que vive enfrene de la oficina postal. Lo lógico sería tomar algo allí mismo. Pensó que tendría su gracia ver la cara del camarero al ver de nuevo al cliente que estaba convencido de que allí hacían cualquier cosa con tal de entretener a la clientela.
Pero quiso la casualidad que la amiga se negase a tomar el café allí porque aludió a que “al estar enfrente de casa no tengo la sensación de que he salido a dar una vuelta, vamos mejor a alguna de las de la plaza de la Paja”. De ese modo quedó abortada la posibilidad de poder disfrutar de las expresiones del camarero o de alguna otra función improvisada en la esquina de la terraza.
De todos modos, la conversación transitó por los hechos del día anterior, como no podía ser de otro modo. Tanto a uno como a la otra les pareció que salir de casa se estaba convirtiendo, cada día más, en una aventura que, al menos en algunas ocasiones, resultaba divertida. Una vez se pusieron de acuerdo en eso continuaron repasando todos esos asuntos intrascendentes de los que están hechas las conversaciones de café, por fortuna, ya que uno siente verdadero miedo ante la gente que, en cualquier situación y contexto, saca a colación temas como el cambio climático, el paro, la carestía de la vida y demás asunto que a uno le llevan a pensar que hay tertuliano radiofónico latiendo en cada español. Los españoles de verdad somos así, tenemos opinión sobre todo, mucho más firme y convincente cuanto menos sabemos de lo que hablamos.
Afortunadamente, la conversación giró más en torno a la gente rara con que se cruza uno. Después de contarle yo la escena del día anterior, ella me contó cómo le entró una vez un tipo mientras leía un poco en los jardines del Príncipe de Anglona. O sea, que los dos nos pusimos de acuerdo sobre la cantidad de raros con que uno se cruza por las calles.
En esas estábamos cuando uno sintió un golpe en la silla. Un cliente, que debía ser parroquiano del bar a juzgar por el modo en que se dirigía al camarero, escuché como le decía “Sí, hoy me quedo a comer, tráeme la carta”, se había sentado de un modo no muy delicado en la mesa que estaba junto a la nuestra. A menudo piensa uno que es un poco maniático, porque le molesta mucho la gente que tiene la costumbre de sentarse junto a uno. Si el bar, el autobús o la sala de espera está abarrotada uno comprende que el asiento que está junto a uno sea ocupado porque el que llega. Lo que no me entra en la cabeza es la gente que se sienta junto a uno en un autobús vacío, o que le hace mover la bolsa en la sala de espera y, sin tener en cuenta que uno tiene un libro en las manos, le empieza a hablar o hacer preguntas a uno. Durante muchos años uno ha sido lo que se suele decir “educado”. ¿En qué consiste? Pues en aguantarse con el codo del vecino mientras el autobús, vacío, sigue su camino; o en cerrar el libro y responder a todas las preguntas absurdas que la viejecita de turno te hace en la sala de espera -no sé por qué, pero normalmente son viejecitos los que se lanzan a pegar la hebra en esos casos-. Pero de hace un tiempo a esta parte, la verdad es que uno no se corta lo más mínimo y toma medidas drásticas. Si se le sienta alguien al lado en el autobús le mira mal y le hace levantarse para cambiarse uno de asiento. Algunas veces el tipo en cuestión se indigna y hace algún comentario, algo sobre su olor corporal o su aliento. La mayoría de las veces uno le dice que si no se hubiera puesto tan cerca de uno no se habría dado cuenta de que sí, de que verdaderamente huele mal. Con las salas de espera es todavía mejor, porque uno levanta el libro y se lo muestra al que le hace la pregunta. Normalmente dicen algo así como “Sí, un libro, ya lo he visto.” A lo que uno puede contestar tranquilamente que si conoce el objeto, conocerá cómo se usa y que eso pasa por no hablar con nadie. También ponen mala cara, pero al menos a uno le dejan en paz.
En los bares y las terrazas pasa más o menos lo mismo. Yo entiendo que si el recinto está lleno uno se siente al lado de uno, pero si está, como estaba, la terraza casi completamente vacía -me parece que estaban tres mesas ocupadas de las quince o veinte que deben tener-, que se sienten al lado de uno y encima le empujen la silla no lo ve uno muy lógico. Se conoce que, por muy gallito que acostumbre a ser uno, cuando hay amistades más o menos recientes cerca uno se modera, porque pasé por encima de la cuestión para que mi amiga no se asustase de uno. Y tuve que aguantarme mucho, porque el tipo era el clásico enfermo que iba trajeado y con la corbata en pleno agosto, y llevaba un maletín rígidos de esos de cuarina, con claves de seguridad, que dan risa sólo de verlos. O sea, que era uno de esos tipos que demuestran la teoría de los arquetipos platónicos: parece tonto y lo es.
Lo mejor fue que, a los segundos de sentarse en la mesa, el tipo comenzó a estornudar y moquear como un descosido. Yo lo escuchaba todo, puesto que lo tenía espalda con espalda, pero mi amiga iba poniendo una de esas caras de lástima que se le ponen a las mujeres cuando ven a un perro herido o a un niño llorando, ese afán protector que tienen tan agudizado. Lo lógico sería haber pedido la cuenta en ese momento y largarse, porque uno, que sabe que las desgracias nunca vienen solas, estaba comenzando a temerse una mañana como la anterior. De hecho pensé que se estaba poniendo imposible bajar a tomarse algo por el barrio ante el incremento de freakies que se estaba dejando notar en las calles.
A los cinco minutos de estornudar como un descosido, el tipo nos dirigió la palabra, y tuvo que coincidir con una llamada que me hacían al móvil. Por un lado yo estaba manteniendo una conferencia con Dinamarca en la que me preguntaban si había comprado ya el billete de avión para una boda a la que estaba invitado. Lo lógico sería haber dicho que llamaba uno en un par de horas, o que le llamaran, porque desde luego en ese contexto no estaba uno en la mejor disposición de hablar de nada. Pero, como uno es un poco rata, y la llamada la tendría que hacer a Dinamarca, uno siguió hablando, y entonces pudo asistir como espectador a la conversación del tipo estornudante con la amiga de uno.
-¿Quieres un antihistamínico, no? Te ha dado un ataque de alergia.
-Sí, me ha dado un ataque, pero un antihistamínico no hace nada. Es que soy muy alérgico a un ingrediente que se usa en perfumería. ¿Tú no usarás Chanson de Paris?
Yo en ese momento no me corté y me di la vuelta para verle la cara al tipo. Uno ha escuchado muchas historias más o menos raras, pero la de ese tipo era de las más increíbles que había escuchado en mucho tiempo.
-No, yo no uso ese perfume.
-¿Y él? ¿Es tu chico o es sólo un amigo?
Ahí ya me mosqueé un poco. Vale que un tipo pueda ser alérgico, vale que le de un ataque porque sí, pero lo de andar preguntando a la gente por las terrazas cosas personales me pareció más de lo soportable. En esta vida cada uno tiene sus manías y la mía es que no soporto a la gente que me hace preguntas personales sin conocerme de nada. Por ejemplo: Tú estás en tu casa, tan tranquilo, y suena el teléfono. Uno atiende, claro, porque piensa que le llama un ser querido o un familiar -sólo a veces ambos grupos comparten miembros, repasen la intersección en la teoría de los grupos de Cantor-, pero no, es un imbécil que te pregunta quién eres, si tienes ordenador o no, si te gusta la tele, y demás gilipolleces por el estilo. Durante una temporada colgaba, pero lo mejor de todo es que a veces sonaba el teléfono de nuevo porque pensaban que se había cortado, no que les había colgado. Ahora espero hasta que me hacen una pregunta y entonces les digo que no les pienso contestar a anda y que tengan un buen día. Algunas veces los oigo protestar mientras estoy colgando el aparato.
Pues algo así me apetecía hacer con el tipo ese, la verdad, pero decidí ir por partes. Le dije a mi amiga que iba a terminar de atender la llamada telefónica y que ahora volvía.
Según me levantaba todavía le escuché preguntar:
-A lo mejor su chica sí que usa ese perfume.
Estuve a punto de explicarle que uno se ducha todos los días, y que es un poco difícil que a uno se le queden restos del perfume de otra persona después de haber pasado por la ducha, pero preferí dejarlo. Me levanté, no sin echarle una mirada asesina al tipo, y me mantuve a unos cinco metros, contemplando lo que ocurría y hablando con la casamentera, que le da al teléfono que es una gloria, supongo que porque, ya que decide a llamar desde Jutlandia, aprovecha.
Pues bien, se conoce que el tipo comenzó a preguntarle a mi amiga si usaba ese perfume o no y, cuando esta lo negó de nuevo, comenzó a buscar soluciones a la situación. Apareció un camarero y le pidió a mi amiga que nos cambiáramos de mesa. En ese momento estuve a punto de colgar para decirle al camarero que algo estaba haciendo mal. Quien debía cambiarse era el tipo que había llegado después y que era, a fin de cuentas, el que tenía el problema. A nosotros nos daba bastante igual que ese hombre estornudara o que se tirase por un puente, la verdad. Pero, al mismo tiempo, me daba un poco igual todo, y de hecho estaba pensando en pedir la cuenta ya y largarnos de allí. Estaba claro que no se puede salir a tomarse un café tranquilo por mi barrio.
Entonces fue cuando vi que mi amiga se acercaba a una mesa que estaba junto a donde yo hablaba por teléfono con un vaso prácticamente vacío y nuestros dos libros. Mientras, veía como el tipo se había sacado del maletín un pulverizador con el que estaba rociando la mesa en la que habíamos estado sentados. En un banco, que estaba al otro lado de la terraza, dos tipos y una chica se estaban descojonando de toda la escena.
-Le he dicho que no nos importaba cambiarnos de mesa -me explicó mi amiga.
Yo asentí, para darle a entender que me parecía una buena opción. Y le dije que, incluso, teniendo en cuenta la hora que era ya -creo que eran ya las dos-, lo mejor era pedir la cuenta. Ella se dirigió al bar para pagar los dos cafés y yo me quedé hablando por el móvil y alucinando con el tipo. Seguía limpiando las mesas y las sillas con un trapo, como un loco.
Apenas volvió mi amiga decidimos irnos de la plaza en dirección a la calle Segovia. Yo me estaba despidiendo ya de mi amiga “danesa” cuando veo que uno de los dos tipos que se estaban cagando de risa en el banco se acerca a mi amiga a decirle algo. Ella se ríe y se gira hacia mí. Al acercarme escucho que están hablando de una autorización para utilizar el material grabado.
Increíble, directamente increíble. Le dije a mi interlocutora que no podía seguir hablando con ella y que ya hablábamos. Me dirigí directamente al tipo que estaba hablando con mi amiga.
-Perdona, ¿todo esto era una cámara oculta?
-Sí, no creo que la usemos porque vosotros habéis sido muy enrollados y no habéis discutido para nada con él, pero por si acaso necesito que me firméis una autorización.
Mi amiga, coqueta como toda mujer, se hizo de rogar un poco más pretextando que le gustaría ver las imágenes antes de dar el visto bueno. Yo no, yo firmé inmediatamente sin poner pega alguna. Estaba aliviado incluso al ver que todo aquello estaba montado para ser grabado, no como lo del día anterior. Al final, mi amiga decidió darles el visto bueno sin ver las imágenes, al ver la poca importancia que le daba yo al asunto. El tipo nos dio las gracias y nos deseó buen día.
-Una cosa -le dije yo-, en esta terraza hay muy poca gente y os va a llevar un rato grabar los recursos que os hacen falta. Yo me iría a una terraza que hay en la carrera de San Francisco, al lado de la oficina de Correos. Justo al lado de la calle San Isidro. Allí hay siempre más gente.
Me dijo que era un buen soplo y que si veían que llegaba poca gente se moverían hacia allá.

09 agosto 2008

A la luz cambian las cosas

Tenía pendientes un montón de envíos de libros y fotografías desde hacía meses y aprovechó que, desde que regresó de un viaje transatlántico, sufría un horario cambiado por lo que se despertó muy pronto para escribir las tarjetas que acompañarían los envíos, meterlo todo en sobres acolchados y acercarse a la estafeta de correos. En un mundo donde puede uno hablar en tiempo real con alguien que esté en Manchuria y mandar una fotografía enorme en unos diez segundos a través del correo electrónico, tiene lo de enviar cartas y paquetes un no se qué romántico y como anacrónico que le alegra a uno el día. Así que se está uno un cuarto de hora viendo desfilar a los que llegaron antes de que lo hiciera uno a la oficina de buen humor, con los quince sobres que ha preparado durante unas dos horas, escribiendo cartas personalizadas a cada uno de los destinatarios, y pensando en la alegría que da recibir hoy una carta que no contenga una factura o un extracto bancario. Por eso paga uno contento los treinta y pico euros que se ha dejado en correos para cartas a los cuatro puntos cardinales de la península y algunos del extranjero, y sale uno con el alma tan esponjada que se sienta a tomarse un café en la terraza de bar que hay junto al establecimiento postal.
Bueno, la verdad es que tampoco fue algo improvisado, porque de haberlo sido no habría llevado un libro para leer en alguna terraza junto a los sobres. Pero bueno, eso son detalles secundarios, porque pese a llevar el libro encima y sacarlo, lo que menos hizo uno fue leerlo.
La terraza, como he dicho, está junto a correos. En la carrera de San Francisco, en un recodo que hace la calle porque la fachada del edificio está retranqueada. Allí hay un quiosco de prensa que lleva años cerrado, y un par de cabinas -bueno, de teléfonos público, porque ya no hay cabina alguna-, además de un centro de asistencia del SAMUR social, ese invento cosmético del Ayuntamiento de Madrid para aparentar que hacen algo por la gente sin techo cuando en realidad no hacen más que maquillar las calles para que no se les vea mucho. El bar en cuestión lleva allí muchos años, pero recientemente le han dado un lavado de cara porque parece ser que tiene nuevos dueños. De todo esto me enteré el otro día tras un encuentro casual con el que fuera camarero de la cafetería del instituto donde uno cursó el bachillerato. Ahora el tipo ha dejado aquello y se dedica a ejercer de encargado en uno de los locales que regentan los propietarios de este bar. Deben tener unos siete negocios en la zona, por lo que le entran a uno ganas de conocerlos, por la fascinación que siempre ha sentido uno por los emporios, aunque sean de algo tan poco sofisticado como los bares de tapas de La Latina y las discotecas horteras.
Total, que uno no podía imaginar ni de lejos lo divertido que es tomarse un café con una tostada con tomate en esa terraza. Le entran a uno ganas de ir todas las mañanas, hacerse parroquiano y llevar una cámara para registrarlo todo.
Apenas me senté en una de las mesas de la terraza, la que estaba más recogida, justo en el esquinazo, vi al camarero comentando con el cliente de la mesa de al lado, que estaba con una niña de unos tres o cuatro años, tomando una cerveza, lo maleducados que eran muchos padres. Le contaba que otra clienta que acababa de largarse le estaba dejando a su hija pasear sobre la mesa como si fuera un patio de juegos. Y claro, él, como camarero, no podía permitir que alguien dejase huellas de las sucias aceras madrileñas donde luego tiene que depositar las consumiciones de los clientes. Desde luego tenía más razón que un santo, las cosas como son. Pero lo mejor del asunto es que no parecía comentarlo con este nuevo cliente como una curiosidad, sino advirtiéndole de que no hiciera él lo mismo con su hija. Una niña que, por cierto, estaba ya de pie en la silla, así que le estaba dejando restos de las basuras callejeras de la capital en la silla en la que más tarde se sentaría otro cliente. El padre de la niña -bueno, supongo que sería el padre, en estos casos tiene uno que suponer estas cosas, si comienza a pensar en otras razones se vuelve uno un poco loco, la verdad- contraatacó pidiéndole al camarero un poco de paciencia. Y usó el argumento más manido de estos casos: “Cómo se nota que no tienes hijos”.
Yo, desde luego, también habría pensado que el camarero no tiene hijos. Es un tipo de tez oscura, algo agitanado, que debe andar por los treinta y pocos. Tenía buen planta, muy buen tipo, con la camisa de un blanco impoluto metida dentro de unos pantalones negros que, al contrario de como se suele acostumbrar en el gremio, no tenían pinzas. Aunque al camisa era de manga larga -en un agosto tórrido con una ola de calor sahariano-, la llevaba remangada y se veían una de esas muñequeras de cuero que uno nunca ha entendido. Si uno es un tenista y debe estarse cinco horas dándole golpes a un melocotón blando, se comprende que uno lleve muñequera para secarse la frente cada poco tiempo, incluso tienen justificación esas horrorosas cintas de pelo que se calzan los jugadores. Pero las muñequeras de cuero, con sus dos hebillas, le hacen pensar a uno en el daño que hicieron las películas de Conan de los años ochenta. Estéticamente no tienen justificación, y funcionalmente tampoco, así que no entiende uno porque las usa la gente. Lo mejor de todo es que en la otra muñeca llevaba un reloj enorme, plateado, con doscientas esferas, que no pegaba con el cuero de la otra mano ni de rebote. Para rematar la faena estaba el peinado, uno de esos tocados a la moda, que uno debe esculpir cada mañana con la ayuda de gomina u otros afeites, y que recuerdan a una peineta incrustada en mitad de la cabeza. No, desde luego no habría pensado uno que el tipo tenía hijos. Pero, los tuviera o no, no se amilanó lo más mínimo y le espetó al cliente:
-Dos, tengo dos hijos. Pero los tengo bien educados.
Y se largó dejando en la mesa el doble de cerveza y el refresco de la niña y sin darle opción de réplica.
Se acercó a la mesa de uno y le pedí el ya mencionado café y la tostada con tomate, que es un desayuno muy oportuno cuando se sufre una ola de calor norteafricano.
Mientras despachaba la comanda el camarero dentro del bar, me fui fijando en el resto de la clientela. Una pareja de mediana edad, con la pinta de hippies trasnochados que tienen muchos de los vecinos del barrio. Gente que tiene bares, o trabaja en profesiones más o menos bohemias, que baja a desayunar al medio día como lo hace uno. Ella llevaba una falda con un estampado de flores y una blusa desteñida, él unos vaqueros ajustados y una camiseta negra que le bailaba debido a su extrema delgadez. Fumaba, él, tabaco de liar, pero se conoce que lo más barato del conjunto, el papel, no lo tenía. Cada cuarto de hora se daba una vuelta por las mesas para pedir un papelillo. Que alguien piense que en una terraza del centro de Madrid con siete mesas el resto va a tener papel de liar te deja claro en qué círculos se mueve. Uno de los clientes, muy amable, le indicó que a apenas cien metros tiene un estanco, y allí podía hacerse con un librillo de papel. Pero el tipo le dijo que esos cien metros era muy lejos, así que entró al bar a preguntar al camarero.
El hombre que le había sugerido lo del estanco era un tipo muy curioso. Delgado, muy bajo, se había sentado en la mesa junto a la mía al poco de hacerlo yo. Salía, también, de la estafeta. Portaba una caja de cartón enorme, un paquete recién recibido, supuse, que se dispuso a abrir en la mesa de la terraza. Sólo por eso merecería la pena acercarse hasta esta esquina todas las mañanas. Tiene que reconocer uno que es un poco cotilla, y eso de ver cómo abre la gente sus paquetes tiene un interés evidente para todo el que pueda presenciarlo. Algunos los abrirán ilusionados, otros temerosos, los menos curiosos, etc. Se podría hacer una clasificación de seres humanos dependiendo de la relación que tienen con los envíos que reciben. Por supuesto, me fije que en la caja ponía, en inglés, algo así como “asiento budista ergonómico”. Lo de asiento ergonómico tenía su lógica, lo de que fuera budista era muy gracioso. Había que contenerse mucho y aguantarse las ganas de mudarse con él a la mesa para ver en qué consistía ese prodigio. La verdad es que, quitando lo del asiento budista, fue el tipo más tranquilo y discreto de toda la mañana. Ojeó las instrucciones de montaje de la silla, se tomó su café, se echó un ducados y se largó sin darle guerra a nadie.
Lo mejor llegó entonces. Cuando el camarero me trajo el café me fijé en que había un loco, el típico hombre con pantalones de pana y una camisa de franela en una mañana de agosto mesetaria, con la melena sucia y que no se había afeitado en meses -o sea, que salvo lo de la ducha que había disfrutado por la mañana, de cuello para arriba era igual que uno-, pidiendo mesa por mesa un cigarro; y una mujer mayor -o sea, una vieja- vestida de negro andando también entre las mesas. La mujer miraba alternativamente al cielo y a las mesas de los clientes. Estos son los locos de esta esquina, me dije. Seguro que alguno de los dos la montarían en breve, me dije. Y en eso se descubre que uno es un malpensado contumaz, porque el loco se ofreció a acercarse al estanco a comprarle papel de liar al otro cliente con tal de poder echarse uno, ya que el ducados que le ofreció el hombre tranquilo no le convenció.
No, el que la lió fue otro. Casi se me cae el café cuando escuché unos golpes que estaba dando un tipo a la cabina telefónica con el auricular.
-Se ha tragado el euro, se ha tragado el euro la muy hija de puta. Mama, se ha tragado el euro.
Nos quedamos todos mirándole. No tanto por lo exagerado de los golpes y las voces que estaba dando, como por el vocativo. Las cabinas, al menos en Madrid, generan muchos problemas y escenas esperpénticas. Hace unos años, estando de copas por el barrio de Malasaña con un amigo barcelonés que estaba de visita, nos topamos con un tipo al que se le había quedado la mano enganchada en el mecanismo de la cabina por intentar recuperar unas monedas que el aparato no le retornaba. Salió en los telediarios y todo, porque ni la policía, ni la ambulancia, ni los bomberos resolvieron nada. Era divertidísimo ver uno tras otro los distintos vehículos en la calle Velarde. Tuvo que llegar un técnico de la compañía telefónica que, con una llave especial, abrió la carcasa en un minuto y liberó la mano del pobre avaro. Durante la espera que, por supuesto, contemplamos íntegra, fueron llegando coches de distintas televisiones para hacer recursos de cara a los noticiarios. Uno, que estaba ya algo achispado, no dejaba de gritar ironías como “A ver si aprendes y te compras un móvil”. O, “joder, te vas a dejar la mano por cien pelas” -todavía no había euro, creo-. Aunque de la que más orgulloso está uno fue de lo de “Llamen a Antonio Mercero, que si lo ve no se lo cree”. Además, debía gritar uno muy algo, porque luego familiares y amigos me dijeron que en las noticias se me escuchaba y que hicieron alguna broma similar con lo de López Vázquez y la cabina.
Total, que a uno no le extraña que alguien pierda los nervios porque la cabina le deja sin monedas y se líe a golpes con ella. No, lo mejor era que le hablase a su madre un tipo de unos sesenta años, canoso, con la camisa perfectamente planchada pero por fuera de los pantalones y unas gafas de sol de macarra discotequero. Todos, como era de esperar, nos pusimos a buscar a la madre, que debía ser una momia o una aparición divina que había bajado de los cielos. Y resultó que era la señora de luto que desfilaba de mesa en mesa, porque le contestó.
-Tranquilízate. Ya has llamado cinco veces esta mañana, no podemos estar así todo el día.
-Pero es que yo quiero hablar con mi mujer y esta cabina hija de puta -ahí volvía a golpearla- se me ha tragado el euro, mama.
-Bueno, venimos luego y pruebas.
-No, yo tengo que hablar con mi mujer. Dame otro euro, mama.
-¿Cómo te voy a dar otro euro, si van ya cinco llamadas esta mañana?
-Dame otro euro, mama.
-No, cómo te voy a dar otro.
-Dámelo.
Y la mujer se lo dio y volvió a alejarse, caminando de nuevo entre las mesas. Ahí nos mirábamos todos entre nosotros y al camarero, que había salido al dintel del bar cuando escuchó los golpes en la cabina.
-¡Otro euro se ha tragado esta otra hija de puta! Me cagüen... Mama, se ha tragado otro euro.
La mujer volvió a mirar la cielo pidiéndole una explicación de todo esto.
-Pues venga, hijo, vámonos a casa, que son ya dos euros los que has tirado.
El hombre golpeaba la cabina con verdadera saña.
-¡Pero qué tienen las cabinas en contra de mí! Esta otra hija de puta se ha tragado otro euro.
-Venga, vamos a casa.
-Has sido tú.
Ahí nos quedamos todos congelados, sin saber qué hacer o qué decir, porque aquello se estaba ya transformando de un chiste a algo trágico.
-Has sido tú, que tienes la negra y me la has pasado, mama.
-Si yo no me he acercado a la cabina aposta, para que no me dijera nada. Ahora dice que soy yo la que tiene la culpa -esto no lo decía por nosotros, sino con el mismo pensar en voz alta que deben usar los dos en casa, porque a esa altura estaba claro que los dos estaban locos.
-Has sido tú, que me quieres joder la vida. Has sido tú la que has estropeado las cabinas.
Aquello era increíble. La mujer, que se conoce que, pese a no andar muy cuerda, está mejor que el hijo, le conminó de nuevo a volver a casa y emprendió camino por la carrera de San Francisco arriba.
Pero el hijo se quedó allí renegando, dando golpes a las cabinas y diciendo que tenía la negra. Todos los clientes que salían de la estafeta se le quedaban mirando extrañados, y nos interrogaban a nosotros con la mirada, queriendo saber lo que había sucedido. En ese momento lo suyo sería haber montado una tertulia, y comentar lo sucedido a ver si entre la imaginación de la niña, la espiritualidad del budista y las alucinaciones del porrero llegábamos a alguna conclusión. Pero no, nos quedamos todos mirándonos y uno tras uno fuimos volviendo a nuestras cosas, no fuera a ser que el tipo se diese cuenta de la escena que había montado y nos encarase a nosotros ahora.
El tipo siguió golpeando la cabina y murmurando unos cinco minutos cada vez con menos fuerza, como una letanía. Y en esas volvió a aparecer la madre.
-Vamos a casa, hijo. Luego bajamos a llamar de nuevo.
-Pero yo tengo que hablar con mi mujer. Vete tú a casa.
-No, vamos los dos.
-Que no voy, que tienes la negra.
Y, dando un último golpe, dejó el aparato colgando y se largó a cruzar la calle. Desde donde yo estaba lo podía ver. Se sentó en el alféizar de una de las ventanas del edificio de enfrente, que es del Insalud o algo así. A la sombra de un arbolillo. La madre lo siguió, y debía de estar convenciéndole de que se largasen a casa. A ella no se la escuchaba. A él sí, porque de vez en cuando al gritaba que se fuera ella, que ya iría él luego. Pero ella, pacientemente, esperaba. Daba todo mucha pena, la verdad.
Le pidió uno al camarero la cuenta. Mientras la traía, el padre agarraba a su hija que amenazaba con subirse a la mesa como ya le advirtió el camarero que no hiciera. Hablaba por el móvil, supuso uno que con su mujer, y le decía que todo aquello era de locos, que estaba en un terraza al lado de San Francisco el Grande donde todo el mundo, hasta el camarero, estaba loco. Daban ganas de darle la razón, la verdad.
En ese momento pensé en que era todo demasiado extraño, en que alguna de esas escenas pueden suceder ante los ojos de un testigo, pero que no es normal que se den todas a la vez. Comencé a sospechar que se trataba de una de esas cámaras ocultas con las que se cachondean luego a costa de la buena voluntad del ciudadano. No podía ser otra cosa. Por eso, cuando llegó el camarero con la cuenta, le preguntó uno dónde estaban las cámaras.
Benítez Reyes, en su Prontuario en marcha, incluye esta definición de poema:
- "POEMA: Dícese en los medios de comunicación de aquellos rostros que muestran un estado lamentable por causas psicológicas relacionadas con el mundo del deporte: "Tras el gol, la cara del portero era todo un poema". (No suele utilizarse en sentido contrario: "Aquel poema parecía la cara de un portero tras un gol".)
Yo creo que la cara del camarero fue todo un poema, desde luego, porque no entendía nada. Estaba claro que todo aquello había sucedido de verdad, que no tenía a ningún productor hábil o un guionista ingenioso detrás. Incluso, para más INRI, yo creo que mi pregunta debió dejar al camarero totalmente perdido, porque hasta ese momento seguro que yo le parecía el único tipo medianamente normal que había pasado por allí. Ahora, después de la pregunta por la cámaras, habrá pensado que uno es el peor, desde luego, y que no puede uno fiarse de nadie. Y le habrá dado exactamente igual que, en una última intentona de arreglar mi imagen maltrecha, le haya dejado casi un euro de propina. Seguro que al volver dentro del bar le habrá comentado a su compañero de la barra:
-Se acaba de ir un idiota que se piensa que montamos espectáculos para distraer al personal. Hasta ha dejado un montón de pasta de más, como su fuéramos unos cómicos de los del paseo del lago del Retiro.

04 agosto 2008

La vida en unas hojas de color rosa

Hay días que, sin saber uno muy bien por qué, parecen correr como un helado de vainilla con cookies. Frescos, agradables, sabrosos. Serían lo contrario a uno de esos días rojos de Holly Golighty. Y lo más gracioso es que llegan de un modo casi estúpido.
El pasado sábado regresé de un viaje. El buzón estaba lleno de cartas -algunas que no son ni para mí, sino de la casera o de alguno de los inquilinos anteriores que, por el membrete del sobre, debe ser un tipo con muchos problemas de morosidad-, y entre ellas había una de La Casa Encendida. La verdad es que pensé que se trataba de la programación de los próximos meses. Me dije para mí, por fin alguno de los amigos y conocidos que trabajan allí se ha acordado de incluirme en el mailing de los folletos. Así podré estar informado de esas actividades a las que casi nunca me acerco, sobre todo por pereza, ya que el centro cultural en cuestión está a menos de cinco minutos andando de casa. Y, la verdad, dejé el sobre junto a las cartas del banco, las publicidades de tarjetas de crédito y demás, sin abrirlo.
Tengo al costumbre, no sé si sana, de abrir mi correspondencia en el retrete. Si, como un entretenimiento más. A lo mejor es porque de un modo automático, inconsciente, relaciono mis heces con la porquería que meten en mi buzón, a veces camuflada de sesudas e importantes cartas de instituciones comerciales. Así que no esperaba nada de la carta de La Casa Encendida. Pero, al abrirla, qué sorpresa. Nada de folletos, se trabaja de un precioso cuaderno hecho de páginas rosas reutilizadas. Y entonces supe quién estaba detrás de ese cuaderno, y con sólo haberlo recibido y saber de quién venía pareció el que sol brillaba más y calentaba un poco menos la mañana de este tórrido lunes de agosto.
Hace ya casi diez años me fui un año a vivir a Lisboa. La excusa fue una de las becas Sócrates-Erasmus que han servido a tantos jóvenes para tener un puñado de ciudades del mundo en las que ahorrarse el hotel cuando van de visita. La verdad es que uno hizo poca vida académica. No fui a Lisboa hasta entrado el mes de octubre porque se nos había avisado que la facultad de letras estaba de obras y hasta mediados de mes no abriría sus puertas. Lo mejor fue que hasta iniciado noviembre no hubo clases y que a lo largo de todo el año no estuvo disponible la biblioteca de la facultad. Con eso creo que lo he dicho casi todo.
Para mí ese año fue el del conocimiento de una cultura que desde entonces siento como mía -no es difícil, ya que siempre he sospechado que tengo algunos antepasados lusos por el origen de parte de mi familia-, y de trabar amistad con dos amigos estupendos: Laura y Sergio.
Hasta hace apenas un año ellos permanecieron en Lisboa. Allí construyeron un hogar, engendraron a su hija, y se dejaron la piel intentando sobrevivir en una ciudad amable y acogedora pero desesperante en algunos momentos.
Sergio es biólogo y vende bombas de vacío para laboratorios. Laura, que llegó a cursar el doctorado en biología, ha elegido en cambio senderos un poco más artísticos. Como intérprete y bailarina. Algunas veces la he visto en obras de teatro y en alguna “pieza” a medio camino entre la danza contemporánea y las “performances”. Y la mayoría de las veces me he quedado con la sensación de no haber entendido nada y de que me han hecho pensar mucho. Como en una clase de matemáticas avanzadas, que es una sensación agradable, al menos para mí. Pues bien, resulta que a mediados de junio me llamó para ofrecerme unas entradas para una obra en la que participaba. Los Torreznos había seleccionado a un grupo de actrices para una obra en torno al poder. Laura era una de ellas.
No sé muy bien cómo, pero terminé no sólo asistiendo, sino incluso escribiendo un artículo sobre la representación para el periódico. Un texto en que, como no podía ser de otro modo, daba a entender que no había entendido nada pero que me habían hecho pensar mucho, como en una clase de física.
A los pocos días quedé para comer con Laura y Sergio. Ella tuvo que irse pronto porque tenía que “preparar” la representación de esa noche. Por lo visto, los gestores de La Casa Encendida la habían contratado, además, a lo largo de todo el festival para acondicionar el patio donde se realizaban los pases de los distintos grupos teatrales o conjuntos interpretativos -parece que estuviera presentando la sección de coros y danzas del programa Gente Joven, en el que se estrenaron los Mecano-. Le pregunté qué tenía que hacer. Y entonces me dijo que había que desparramar por la sala y pasillos un montón de pliegos rosas. Eran los mismos pliegos rosas que algunos de los espectadores de la representación a la que asistí garabatearon, los que arrugábamos y echábamos al suelo para poder sentarnos en nuestras butacas -en realidad eran sillas tijera de ikea pero respetemos la terminología teatral-, los que provocaban un rumor estruendoso en los pases.
“¿Para qué narices lo llenáis todo de los dichosos papeles?” le pregunté.
Me respondió que ya lo vería.
Y hoy lo he visto, al abrir el sobre de La Cada Encendida. Un cuaderno de hojas rosas, con restos de los programas del día, con manchas de suelas -quizá de mis propios zapatos-, con algún garabato, con algún roto. Un cuaderno que tendré que rellenar antes o después de palabras, de dibujos, de un poco más de vida.
Para que, cuando se lo regale a Laura, tenga algunas experiencias y recuerdos más que cuando ella me lo envió, ya cargado con unas cuantas.

Buenos Aires Affair (4)


Una novela
Proust dedicó mucho tiempo de su vida, y un de las mejores novelas de la Historia a demostrar que tan sólo es modificable el pasado. En su particular búsqueda del tiempo perdido, el ya maduro Marcel reconstruye, casi mágicamente, un pasado llevadero, soportable, con el que cargar. Algo parecido pretenden hacer los hijos que sirven como narradores de la última novela de Eduardo Berti, La sombra del púgil, que se dedican a averiguar qué fue de esas historias que rodearon su infancia a través de su familia y las historias con que su padre amenizaba las veladas. La narración, el acto de escribir, de narrar, pasa siempre por la recreación, la ficcionalización de una realidad más o menos dúctil. Cualquier escritor lo sabe, cualquier adúltero con mala conciencia también, todo consiste en nuestra capacidad de revestir de verosimilitud esa ficción que pretendemos colar por realidad. La novela de Berti gira sobre las manipulaciones que ejercemos sobre el pasado, sobre cómo al ir averiguando cosas de las biografías de los que se fueron, al ir descubriendo nuevos datos, nuestro pasado cambia, se modifica, se viene abajo. Y es ahí donde debemos buscar el verdadero interés de la novela, en su concepción simbólica e intelectual. Porque, y esa la pega mayor que se le puede poner, la novela es demasiado fría, demasiado cerebral. No permite al lector sumergirse verdaderamente en ella. Es como si, tan preocupado como está el autor en trenzar la madeja de narradores, de informaciones recibidas de segunda y tercera mano, en manifestar de un modo constante que sus protagonistas caminan dentro de una densa niebla y que lo finalmente narrado no es más que la intuición de unas figuras que son apenas sombras, cambios de luz dentro de la espesa nube, se olvidase de que el lector no llega a entrar en esa historia. El viajo púgil y el campeón, el reloj averiado y las dos tías, el padre que pierde la capacidad de inventar historias. Todo eso aparece apenas referido, pero siempre desdibujado. El lector se ve más obligado a trabajar de oídas, sin poder tener la certeza, el gozo, de sumergirse en ese mundo que se le propone. Parece que, tantas veces ha escuchado Berti la cantinela de que es un autor frío y cerebral, clásico y apolíneo, que hubiera decidido darles la razón con una novela conceptual, fría y perfecta como un témpano de hielo, pero que rechaza al lector durante su lectura. Tantas veces se siente el que se acerca a sus páginas perdido en la niebla de un mundo donde tan sólo intuye sombras que lo sencillo es apartar la mirada de esa ventana, devolver los ojos al mundo real, donde pasan cosas que se ven, se huelen, se tocan y se saborean. No sé si estas novelas son fruto de la realidad virtual, de esa vida pixelizada a la que accedemos por una pequeña ventana con un teclado debajo y que, para algunos, parece estarse convirtiendo en más real que la propia vida.

El viaje
A medida que han ido avanzando los días del viaje -y más ahora, que corrijo y publico estas líneas ya desde mi casa porque durante la estadía en Buenos Aires se me puso un poco cuesta arriba encontrar el tiempo necesario- he ido reconstruyendo el pasado del mismo. Tanto la idea que tenía de lo que sería Buenos Aires como la que se ha ido forjando durante mi estancia allí, que ha sido tan arrebatadora que ha borrado la idea que tenía de la ciudad. Si ahora me pidieran que le describiese a alguien cómo era aquella imagen anterior al viaje tendría que reconocer que no podría hacerlo. No sé cómo me imaginaba la calle Florida -sí sé que no me la imaginaba peatonal, por ejemplo-, o cómo pensaba que sería la Avenida 9 de Julio -sí sé que la imaginaba más llevadera, menos ruidosa e inhumana, más parecida a unos Campos Elíseos pero más anchos. De un modo u otro, el pasado cercano ha barrido al remoto, posiblemente para que nunca llegue a retornar.
Pero ahora, de vuelta a Madrid, me sorprende incluso releer algunos de los post de este Buenos Aires Affair. Algunas de las cosas que están allí escritas han cambiado, otras se han intensificado, y muchas, de momento, siguen igual.
El penúltimo día del viaje quedé con César Aira para tomar un café. Me divirtió una anécdota que me refirió sobre Michel Laffón, su amigo y traductor al francés, uno de los mayores expertos de la obra de Borges y protagonista acaso involuntario del Fragmento de un diario en los Alpes. Parece ser que, cuando llegó a Buenos Aires, el propio Aira le llamó y se ofreció a acompañarle a dar una vuelta por la ciudad. Le preguntó qué cosas quería ver, y repasó de un moro superficial algunas de las posibilidades: la calle Florida, la Recoleta, etc. Parece ser que Laffon se mostró muy sorprendido al saber que todos esos lugares existían, que no eran fruto de la invención borgeana como creía hasta ese momento.
La intendencia municipal de Buenos Aires ha tenido a bien ejercer modificaciones del pasado. La calle Serrano, una de las más tradicionales del barrio de Palermo Viejo, ha perdido parte de su extensión. Han decidido que, durante unas cuantas cuadras pase a ser la calle Jorge Luis Borges. Un curioso homenaje que ha convertido en anacrónico el pasaje de su Fundación mítica de Buenos Aires:
Una manzana entera pero en mitá del campo
expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay y Gurruchaga.
En una casa rosada, como era tradición en la época, ya que con lo único que contaban para tintar la cal de las paredes era con la sangre de las reses. Hoy quedan pocas casas de color rosa en Palermo Viejo, que se ha transformado en dos barrios de moda: Palermo SoHo y Palermo Hollywood. Del mismo modo, el conventillo de La Boca en el que he estado durmiendo no es, hoy lo sé, un conventillo realmente. Los conventillos eran mucho más grandes, contaban con dos o más patios y en ellos vivían muchas familias. Yo he estado durmiendo en la casa de Martín y Nora, una casa que debe tener más de un siglo, construida en una madera vencida que forma pendientes en algunas habitaciones, y que en su parte inferior ha sido reforzada con ladrillo y cemento, lo que la hace más habitable para el invierno.

Las conclusiones
No es mejor mi viaje ahora por saber más cosas, por manejar más datos. Tan sólo es más exacto. Del mismo modo, los recuerdos de los hermanos que narran la novela de Berti no son más gozosos al final por saber qué fue realmente de sus dos tías, del viejo púgil, por conocer la historia del reloj que dominaba el salón de casa de sus tías. El conocimiento no implica, necesariamente, un alegría. Marcel, al final de su novela, no recobra el tiempo, sino que lo hace eterno mediante la creación de una ficción basada en los pequeños destellos que conserva en su memoria y que modifica mediante la ficción. Así quiero que qude fijada Buenos Aires en mi retina.

22 julio 2008

Buenos Aires Affair (3)


El pueblo
El fulgor argentino es una obra que lleva diez años programándose y colgando el no hay entradas de modo ininterrumpido en el Galpón de Catalinas, la sala del teatro Catalinas Sur que está en la calle Benito Pérez Galdós, en La Boca. El teatro Catalinas Sur es un grupo de teatro amateur que en el fondo resulta no serlo tanto. Muchos directores de cine ya reconocidos como Juan José Campanella reconocen que cuando quieren buscar caras nuevas se acercan al galpón. Y la verdad es que el montaje de sus obras no tiene nada que envidiar a los de cualquier compañía profesional.
Una de las cosas más sorprendentes de ir a ver esta obra es la lectura que hace el teatro Catalinas Sur de la historia argentina. En Vinimos de muy lejos, una obra que lleva ya más de quince años en cartel, recuerdan que La Boca, y por extensión Argentina, se formó con la llegada de inmigrantes que, al mezclarse, fueron creando el país que hoy conocemos. Le recuerdan, al que haya preferido olvidarlo, el origen humilde y esforzado del país, sus raíces, y, al mismo tiempo, no obvian el hecho de que la Argentina es algo más que la suma de los inmigrantes y de sus tierras de origen. Cuesta mucho evitar emocionarse al ver el momento en que las dos enormes piezas de atrezzo que sirven como cuerpo del Capitán Polonio, el barco en el que llegan los emigrantes se abre, como cuesta mucho no sentirse interpelado por la historia de esas personas que sobrevivieron a injusticias de todo tipo dejándose llevar por su ansias de vivir. El teatro Catalinas Sur le recuerda a todo el que quiera verlo y escucharlo cómo se formó el barrio de La Boca, y por extensión el resto del país.

Hablar de El fulgor argentino se me hace más complicado, por un lado porque repasa la historia del último siglo del país, no tan sólo del episodio puntual de la llegada de los pobladores, y por otro porque al verla no puedo dejar de pensar en lo que he leído de esa obra en el libro de Carrión y con el hecho de que los actores protagonistas están en el piso de abajo del conventillo en el que resido mientras estoy acá.

Muchas veces hemos hablado Jordi y yo de la posibilidad de que su visión de La Boca mediatice mi experiencia al respecto. Siempre hemos llegado a la conclusión de que no es así, de que cada una de las cosas que estoy viendo, oyendo y experimentando desde que llegué acá son especiales independientemente de que quién me haya facilitado acercarme a ellas o de la mirada que haya fijado sobre ellas al escribir su libro. Prefiero ver que en esto sucede como en el amor y en el sexo -me permitiré presentar ambas posibilidades por separado aunque todos sepamos que suelen venir juntas-, experiencias en las que, por mucho que te cuenten de qué van, cómo son, o qué puedes esperar de ellas, terminan siendo siempre mucho más interesantes y satisfactorias de lo que uno ha pensado. Yo creo que no puedo pagar lo que estoy viviendo en La Boca. Celebrar, como lo hice ayer, un cumpleaños rodeado de porteños y uruguayos, comiendo locro y choripanes en el merendero de la Bombonera no tiene precio. Poder visitar las instalaciones del Boca Juniors con vecinos que se han criado a la sombra de sus gradas, que conocen cada esquina de ellas, no es algo que se pueda tasar. Parece un anuncio de Mastercard, pero es algo estrictamente cierto.

Lo mismo sucede con las dos obra que he visto en el galpón. Y en especial con El fulgor argentino. Yo he leído de la importancia de esa obra en la historia de amor de Martín y Nora, de cómo su noviazgo fue cobrando fuerza a medida que avanzaban en los ensayos, de cómo Nora tuvo que dejar de interpretar una época la obra cuando se quedó embarazada de su primer hijo, Valentino. ¿Cómo hablar de la sensación que le embarga a uno al contemplar, una vez más, el tango en el que el personaje que interpreta Martín seduce al que interpreta Nora? ¿Cómo hablar de la extraña sensación de ver a Valentino, que tiene ya cinco años, interpretar el papel de su hijo a medida que avanza la obra? En qué medida se superponen la ficción del proscenio con la realidad que yo he visto, o la del reportaje de Carrión sobre mi percepción de esa realidad que, ahora sí, he hecho mía más allá de la lectura. Puede ser que uno esté siendo repetitivo con esta idea, pero no dejo de pensar en una idea que, repetidamente, se me presenta al ir conociendo más cosas de Buenos Aires: la idea de que es un país marcado de un modo dramático por la ficción.

Y por eso me parece más importante todavía un grupo teatral como el Catalinas Sur, porque, pese a su tendencia psicobolche -me he enterado, vía José Luis, que sí le ha dado al teatro, de en qué consiste eso de psicobolche-, es uno de los pocos lugares donde he visto que se reivindique la memoria como única posibilidad de conservar la libertad. Lo dicen de un modo explícito en la obra: sin memoria no se puede alcanzar la libertad. La única manera de evitar el bucle que parece simbolizar de un modo perfecto la historia argentina -las conversaciones con José Luis y Nana, regadas con Syrah, dan para mucho más que para recordar anécdotas del pasado- es no olvidar los orígenes y los errores del pasado. Y en esos dos objetivos se la juegan las obras. Vinimos de muy lejos habla sobre las raíces y lo doloroso de trasplantarlas. El fulgor argentino
de los errores del pasado y de lo peligroso de que caigan en el olvido.

La voz
En un momento dado de la representación de El fulgor argentino todo se acelera, la historia más reciente del país aparece en ráfagas, sketches cómicos que no dan tregua al espectador. Ya hemos visto el ascenso del peronismo, los sucesivos golpes de estado y gobiernos parciales que se sucedieron, los conflictivos años setenta y la represión de la junta militar -magníficamente representada como una lluvia que vacía el escenario y tres hombre con gafas oscuras y gabardina que obligan a los actores a abandonar el escenario, sólo vuelve a aparecer una actriz en el escenario para atarse el pañuelo blanco en la cabeza que hicieron famoso las madres de la plaza de Mayo. Pero, lo más significativo, para mí de la obra, son tres actores, una mujer, hombre y un niño, que no tienen una sola línea de texto. Se limitan a cruzar el escenario en dos ocasiones, vestidos con harapos, sucios, y empujando un carrito de supermercado lleno de cartones. Son la que quizás sea la plasmación más lúgubre del capitalismo feroz que se les impone a los países más desfavorecidos: la pobreza, en el caso de Argentina: los cartoneros, que están allí sin voz ni voto. Tan sólo pasean por el escenario, como por las calles. Nadie pregunta, nadie dice, nadie hace nada.

No deja de ser curioso que todo eso suceda en el país que vio nacer una de las fortunas más grandes de la historia reciente: la de Onassis. Onassis comenzó residiendo en La Boca, teniendo al nacionalidad argentina -había sido expulsado de Grecia- y aquí comenzó a labrar su enorme fortuna. Aquí hizo sus primeros negocios y aquí comenzó con su enorme flota naviera. Onassis llegó a Argentina buscando un futuro. A principios del siglo xx había dos El Dorados en América: los Estados Unidos y Argentina. Lo que sucede es que el modo en que se triunfaba en cada lugar era un poco distinto. En el norte del continente triunfaban los que sabían medrar dentro del sistema, los que, respetando el estado de cosas, la realidad existente, sabían trepar en la pirámide social. Pero en la Argentina el que triunfaba modificaba su entorno, comenzaba pues así su acto ficcionalizador. Como he salido poro de La Boca vamos a tirar del ejemplo más claro: Benito Quinquela, posiblemente el pintor más famoso del país. Cuando comenzó a triunfar fue, por este orden, cambiando su apellido -de Chinchella a Quinquela-, cambiando el aspecto de su barrio -creó Caminito, comenzó a regalar la pintura para los conventillos y asesorando sobre los colores que debían usar los habitantes-, y, finalmente los edificios en sí -financió escuelas, hospitales y muchas otras actividades sociales-. ¿Hasta dónde habría llegado la labor de Quinquela de haber vivido más años? Nadie lo sabe. Acaso lo podemos intuir tan sólo. Onassis, que no quería cambiar la realidad, sino tan sólo vivir harto de dinero en ella, se marchó de la Argentina.
Por eso es importante la labor de grupos de teatro como el Catalinas Sur, formado de vecinos, de gente de la calle que se une para no permitir que el olvido facilite un nuevo bucle. No olvidan el peronismo, ni sus años malos ni los buenos, no olvidan las represiones militares -casi constantes en la historia de casi toda Hispanoamérica-, no olvidan nada de todo ello. Y se encargan de que no lo olvide el resto. Raro es el viernes o el sábado que no cuelgan el cartel de “No hay entradas” en la boletería. Reconforta saberlo.