09 noviembre 2007

Registrar la realidad

Creo que hace no muchos días –podría echar un vistazo a través del Google y dar con la fecha exacta pero… qué más da-. Hará como un mes… Estuvo por Madrid Alan Pauls. La excusa fue el festival VivAmérica y dio un par de charlas en la capital. En una de ellas elaboró una interesante teoría sobre la evolución de la sociedad en la que vivimos. Hace unos años estábamos sumergidos en la era de la cultura, luego pasamos a la de la información –en esa están todavía los ingenuos ministros y políticos del ramo- y nos vemos inmersos ya en la del registro. Es verdad, hoy, sencillamente se archiva todo. Las cámaras, los servidores de Internet. Todo ser humano que camina sobre el planeta va dejando un rastro que es fácil de seguir. No importa tan siquiera tener controlada toda esa información, basta con tenerla archivada, indexada para que cualquier archivista nos la facilite cuando se la solicitemos. Guardamos incluso lo que nunca ha existido. Esa misma tarde me compré un disco duro externo de chorrocientos megas que voy poco a poco rellenando a la espera de poder decir que he estado en el mundo.
Al día siguiente entrevisté a Pauls. Tenía un libro calentito a la espera de que lo publicase Anagrama y me parecía una excusa inmejorable para sacarle unas cuentas palabras e ideas. Sé que, ahora mismo, Pauls está pletórico de forma. Tanto en Segovia como en Madrid cada cosa que decía tenía su miga, y era cuestión de aprovecharlo.
La entrevista fue ideal. Él estuvo generoso, habló de su nuevo libro y de los anteriores, de la película que ha hecho Babenco adaptando El pasado. Una delicia. Toda la conversación se estaba registrando en una grabadora de MP3 barata, obsequio de la empresa más poderosa del mundo de la informática. Al llegar a casa no había grabación alguna. Nada había quedado registrado de esa conversación, y, finalmente, esa hora y media de charla se había ido por el retrete.
Reconstruí esa misma tarde la conversación tirando de memoria y de intuición, y le envié el archivo resultante a Pauls explicándole lo sucedido. Él, generosamente, retocó sus palabras –que en realidad eran las palabras que mi memoria había guardado- y consiguió incluso que las mías que aparecen intercaladas sonaran más inteligentes.
Ayer se publicó la entrevista cercenada en el diario Público –el espacio manda, y había que meter otras informaciones más interesantes, se conoce-, así que he decidido colgar aquí el archivo tal y como me lo devolvió Alan Pauls tras echarle un vistazo y corregirlo.
Creo que merece la pena.

“Quería reconstruir la excitación casi erótica que sentía de adolescente cuando leía las revistas de las organizaciones guerrilleras”.

Alan Pauls publica su nueva novela, Historia del llanto (Anagrama), cuatro años después de ganar el premio Herralde con El pasado, cuya adaptación cinematográfica, llevada a cabo por Héctor Babenco, se estrenará en breve en España.

Alan Pauls ha decidido no permanecer en el cómodo diván desde el que analizó el amor en su anterior novela. Como autor descarta la tentación de convertirse en un autor de un solo libro a repetir eternamente para satisfacción de lectores y editor, y apuesta por un cambio en su trayectoria. “Yo no sé adónde voy cuando escribo. Con este libro me sucedió lo mismo que con El pasado: lo escribí a ciegas, sin saber hasta dónde llegaría. Pero tengo la impresión de que con Historia del llanto algo nuevo se abre. Ya lo intuí en La vida descalzo, y continúa en lo que estoy escribiendo ahora.”
No sabía hasta donde llegaría, pero sí sabía de dónde quería partir. “Los años setenta en la Argentina van desde el sueño peronista y revolucionario de la primera mitad a la sangre y el terror de la dictadura militar. Ésa fue quizá la época más intensa de mi vida. En aquellos años me convertí en quien soy. Son los años en que comencé realmente a leer y a escribir, en que conocí a mis maestros y experimenté las primeras pasiones”.
“Uno de los problemas con esa época en Argentina es que los ’70 parecen ser patrimonio exclusivo de los que los protagonizaron. De ahí que la época se aborde a menudo con la intención, consciente o no, de justificar algún tipo de comportamiento. Yo quería acercarme a todo aquello desde una posición doble, a la vez interna y externa, y por eso elegí como “héroe” a un joven como el que yo fui entonces”.
La novela está protagonizada por un chico extraordinariamente sensible, capaz de arrancarle las confesiones más recónditas a cualquier adulto con el que se cruce. Un confesor involuntario que asiste al delirio político que vive el país y lo descifra desde una perspectiva íntima y personal.
“Ése es el deseo que está en el origen del libro: fundir lo político y lo íntimo en un registro donde ambas dimensiones sean indistinguibles. Literatura y política rara vez han funcionado bien juntas; siempre es una la que ha preponderado. O bien el “mensaje político” sojuzgaba a la literatura, o bien la literatura reducía lo político al rango de un tema o un marco. En Historia del llanto las dos dimensiones se anudan en una posición específica: la posición de lector. El protagonista del libro no milita en política ni está en ningún grupo armado, pero lee con verdadero frenesí las revistas en las que la guerrilla narra sus epopeyas. Por ejemplo, la extraordinaria crónica del asesinato del general Aramburu que publicó La causa peronista, el órgano de prensa del grupo Montoneros. [El relato, contado por sus responsables, Mario Firmenich y Norma Arrostito, puede encontrarse en Internet.] Yo quería trabajar los 70 desde esa perspectiva extraña: la de un adolescente que consume lucha armada como otros, hoy, pueden consumir videojuegos”.
En esa línea, Pauls se inserta en la tendencia de otros autores, como Martín Kohan y su Museo de la revolución. “Me gustó mucho la novela de Martín, y es muy interesante porque él tiene treinta y pico años y su visión de los años setenta no tiene los lastres que tienen las de sus protagonistas históricos. Quizá por eso hay gente que no la acepta del todo bien: es una visión que se resiste a ser domesticada.” Aunque, puestos a buscar un referente para esa fusión de lo público y lo privado, Pauls señala a Manuel Puig. “Es la estela de Puig la que me ha servido como referente; especialmente el trabajo radical con lo íntimo y lo político que hay en El beso de la mujer araña.” Conviene no olvidar que Pauls escribió un libro de referencia sobre Puig.
Pauls, que se atrevió a escribir en El pasado sobre el amor –ese tema del que casi nadie se atreve a hablar en voz alta, y menos por escrito hoy en día- ha quedado satisfecho con la adaptación al cine llevada a cabo por Héctor Babenco. “Condensar casi seiscientas páginas, con diversos niveles de referencias y de lecturas, es algo muy complicado. Babenco eligió centrarse en la historia de dependencia amorosa, en la obsesión sentimental de Rímini y Sofía.” Lo que más le ha interesado a Pauls de la cinta ha sido el modo en que la tragedia se toca todo el tiempo con la risa y el extraño “desfase temporal con que Babenco ha trabajado el relato. La historia transcurre a lo largo de veinte años, pero es muy difícil identificar la época en que suceden las escenas. A veces todo parece indicar que están en los ochenta, pero siempre hay un detalle en un vestido, un coche que se cruza, una manera de hablar, que desplazan la acción hacia otra época. Todo sucede en una especie de tiempo interno que avanza y retrocede y nunca termina de pasar: el tiempo de la pesadilla”.
La obra de Alan Pauls se va tornando, cada día, más indispensable para entender el devenir de la literatura en castellano, una literatura que, para él, se distingue en que “una de las pocas prácticas que nos permiten hoy producir y encapsular tiempo; es decir: escapar del despotismo de la inmediatez. Tal vez ésa —inyectarle tiempo al mundo— sea la función que caracteriza hoy al arte”.

02 noviembre 2007

La vida potenciada

Casi todos los escritores trabajan, en mayor o menor medida, con sus recuerdos, sus vivencias y los manipulan para convertirlos en material ficcionable, en literatura. Por eso resulta especialmente interesante la única novela que, como tal, publicó Jorge Baron Biza, El desierto y su semilla.
El autor es hijo de un notable escritor y político argentino, descendiente de una rica familia de la ciudad de Córdoba, Raúl Baron Biza, que aparece ficcionalizado en la novela como Arón, y de Rosa Clotilde Sabattini, que aparece en la novela como Eligia. La relación entre ambos fue tormentosa. Su episodio final tuvo lugar el 16 de agosto de 1964, cuando se habían reunido en el domicilio de él, en la calle Esmeralda número 1200, con los abogados de ambos para discutir aspectos del divorcio. Raúl Baron Biza, radical revolucionario y pornógrafo profesional, se sirvió unos whiskeys. En un momento dado le tiró el contenido de uno de esos vasos a su mujer, pero en vez de contener la bebida alcohólica, lo había rellenado con ácido clorhídrico. De ese modo desfiguró el rostro de su mujer, hija de un caudillo cordobés del radicalismo y prestigiosa educadora. No sólo su rostro, que tuvo que ser convertido en una calavera por los cirujanos plásticos antes de su reconstrucción, sino otras partes de su cuerpo quedaron para siempre deformes. Cuando volvieron a buscarle a su domicilio para detenerle, Raúl Baron Biza se había pegado un tiro en la sien mientras permanecía tumbado en su cama.
Todo esto no se cuenta en la novela, que se inicia con el viaje que debe realizar Eligia a Milán para que le reconstruyan la cara. Todo nos lo narra su hijo, pese a que al principio de la novela oculta esa filiación, que permanecerá al lado de su madre los veinte meses que durará el tratamiento en tierras italianas. Tratamiento que terminará con la escasa fortuna familiar que no había dilapidado el padre con sus excesos.
La novela se cierra con otro suicidio, en este caso el de la madre que, catorce años después de aquél incidente, se arrojará por la ventana de la casa en la que su marido la atacó. Si la literatura se midiese, como quisieran en algunas redacciones de revistas del corazón, por la desgraciada biografía de sus autores, desde luego la de Jorge Baron Biza sería, sin duda, la más glorificada.
No es casual que el propio Baron Biza escribiese una vez “Una gran corriente de consuelos afluyó hacia mí cuando se produjo el primer suicidio en la familia. Cuando se desencadenó el segundo, la corriente se convirtió en océano vacilante y sin horizontes. Después del tercero, las personas corren a cerrar la ventana cada vez que entro en una habitación que está a más de tres pisos. En una secuencia como esta quedó atrapada mi soledad”.
Esas líneas cobran especial importancia si atendemos a sus últimos años de vida. En 1998 publicó El desierto y su semilla. Lo hizo en una editorial pequeña, excéntrica –como lo fue toda su vida- de la ciudad de Córdoba. Eso impidió una buena distribución y que se produjese un éxito clamoroso entre la crítica argentina. Y aún así, de un modo espaciado, se le fue reconociendo poco a poco la importancia de su novela dentro del canon argentino. Por eso sorprendió que siguiese el extraño destino fatal que le había sido impuesto un domingo de inicios de septiembre del año 2001, apenas dos días antes de que dos aviones echasen abajo las Torres gemelas, dejándose caer desde un duodécimo piso en un edificio de viviendas de la ciudad de Córdoba.
Con semejante biografía a cuestas, se corre el riesgo de que esta eclipse la obra hasta el punto de que se hable más de la desgracia del autor que de la fortuna de su novela. El propio Barón Biza fue consciente de ello: “El libro fue bien recibido, sí. Pero se leyó mucho lo autobiográfico y el sufrimiento no legitima la literatura. Lo que legitima la literatura es el texto” confesó en una entrevista publicada en Página/30 en 1999.
Y es verdad cada una de sus palabras. No se puede leer este libro sin un mínimo de escándalo, como bien dice Daniel Link en un precioso artículo de homenaje publicado en Página/12 –de donde se ha extraído la excelente cita que aparece en la cubierta del libro en la edición española. La verdad que aporta, su voluntad de no huir ni echarse atrás ante nada, desde los horrores físicos de la enfermedad y sufrimiento de la madre hasta las escenas de sexo explícito y extremo que salpican en el texto, es única. Todas las cosas que nos son mostradas son verdaderas, reales, pero siempre aparecen potenciadas, transmutadas en algo más mediante el mecanismo de la ficción. No pretende Baron Biza levantar un testimonio de sufrimiento, no es el suyo un libro destinado a purgar mediante la escritura el dolor y horror vivido o presenciado –libros estos de los que el siglo pasado nos ofreció numerosas y en algunos casos valiosas aportaciones. No, Baron Biza busca narrar, levantar una realidad desde modelos autobiográficos que sirva para preguntarse quiénes somos, cuál es nuestra esencia, si nuestra cara es verdaderamente nuestro rostro o apenas una máscara que no sabemos distinguir.
Las sucesivas operaciones a que es sometida Eligia, primero para retirar todos los tejidos dañados por el ácido, y luego para devolverle un rostro, sirven apenas como marco para las numerosas reflexiones que el alcoholizado hijo va realizando. En todo momento permanece el narrador junto al protagonista, todo lo sabemos por él, y todo nos es dado por él, y sin embargo tenemos la sensación de conocer a todos y cada uno de los personajes del relato. La madre, la prostituta, el doctor Calcaterra. Todos aparecen a través del filtro de un hombre que se ve, por mucho que le duela, mucho más parecido a su padre de lo que le gustaría reconocer, y que, al mismo tiempo, no puede dejar de sentirse cercano a su madre, que sufre la reconstrucción de sí misma en la camilla del hospital. ¿Cómo escribir, cómo hacer literatura de una tragedia semejante? Posiblemente mediante la distancia, mediante la exactitud y pulcritud con que nos va narrando cada operación o proceso de la curación –como el depilado del párpado- o mediante la parodia –paródicos son los discursos de los médicos; las escenas pornográficas que protagoniza con Dina, la prostituta callejera, parecen parodias de las escenas que imaginó Arón, el padre, como pornógrafo profesional.
Del mismo modo, sobre todo en Europa, la crítica se acercó siempre desde una perspectiva simbólica. La carne derretida por el ácido y su desfiguración representaban la trayectoria de un sector político importante en los años sesenta, ese progresismo elitista que choca con la masa proletaria que es más permeable a la política del mercado, que es más materialista, que nunca podrá ser comprendida por la gauche caviar a la que pertenece Eligia. Vila-Matas, por ejemplo, tal y como aparece en la contracubierta del libro, se inventa –es muy típico en Vila-Matas, inventar significados y mensajes en los libros de los otros, quizá esa sea, sin duda, su mayor virtud, la de crítico imaginario- una relación metafórica entre la reconstrucción del rostro de Eligia y la desfigurada Argentina del siglo xx. Llama la atención porque yo, al menos, no sé cómo era esa Argentina ideal que se fue viendo desfigurada.
Y, sin embargo, lo más importante es el texto en sí, de no ser porque suena muy gastado se podría decir que el esfuerzo es titánico, porque en este libro todo encuentra su discurso apropiado, no hay un sometimiento del discurso al estilo, sino que este se adapta de un modo casi inverosímil a lo que el escritor quiere construir mediante la palabra. Por ejemplo, el tratamiento del cocoliche, que es el habla de los emigrantes italianos y sus descendientes que se hace en el libro. O la plasmación sintáctica de los diferentes idiomas que aparecen en el texto: el italiano, el inglés, etc. Daniel Link, en su artículo, hace referencia a la tensión idiomática argentina, ya que su lengua es una lengua inexistente, como el lenguaje literario, que es una convención, y la novela plasma la reconstrucción de esa lengua mediante la metáfora de las operaciones a que es sometida la madre del protagonista.
Puede ser, en cualquier caso la lectura de esta novela impresiona en el perfilado de un nuevo personaje que añadir a la nómina de seres vacíos, carentes de sentimientos y de pulsiones que nos ha dado la literatura contemporánea. En la línea del Bartleby, que preferiría no hacerlo, se enmarca este Mario Gageac.
Novela sobre una enfermedad: la desintegración de un mundo, que puede apreciarse en cada uno de los síntomas que uno quiera. Esta novela nos transmite una porción de verdad, de sentimientos, que es poco común en la mayoría de los títulos que desde el mercado –y sus folletos publicitarios: las secciones de cultura de los diversos medios de comunicación- nos quieren colocar. Gracias al detalle que ha tenido la gente de 451 podemos leer en España este libro. Ahora toca a los lectores aceptar el desafío que supone su lectura.
Espero que este comentario fuera del agrado de Jorge Baron Biza, que dejó escrito este breviario que procuro seguir –esto es, no cayendo en los errores que indica- en cada uno de los comentarios de este blog:

EL DECÁLOGO DE LA MALA CRÍTICA 1. De un libro sólo se habla para explicarle al autor cómo debiera haberlo escrito. Privilegiar siempre lo negativo.
2. La crítica es el espacio ideal para ajustar cuentas con ese otro crítico al que invitaron al congreso en Acapulco en vez de invitarme a mí. Los escritores son piezas de ajedrez en ese juego. Los escritores de mi rival son una porquería; los míos, unos genios. Cualquier encono o teoría literaria o política sirve para dividir la literatura argentina.
3. No informar nunca al lector. Aburrirlo siempre. No analizar nada.
4. Los cheques se leen, los libros se hojean. No caer en el error de creer que un libro puede portar ideas y expresar tendencias. No descubrirlas, no sintetizarlas, no comunicarlas.
5. Publicar recensiones incomprensiblemente memorables. Si alguien se acuerda del libro que quiero reseñar, es problema de él. Yo me acuerdo de Susana Giménez gritando “shock”; la marca de jabón qué me importa. (Y lavarme, menos.)
6. Dejar siempre en el tintero estupideces como a qué género pertenece el libro, qué calidad tiene, a qué público se dirige, y si es o no aburrido.
7. No hacer crítica si se pueden hacer entrevistas, pastillitas con chimentos, contar cuál es el vicio del escritor o publicar alguna foto.
8. No olvidar que siempre el chiste triunfa sobre la verdad, que todo puede ser dicho con conventillera malignidad.
9. La imparcialidad es la mejor excusa para no decir nada. La neutralidad será el disfraz de tu nulidad.
10. Aceptar todas las invitaciones de las grandes editoriales porque este rebusque de crítico me sirve sólo hasta que publique mi libro. Entonces, van a ver esos escritores pelandrunes lo que es literatura en serio.

27 octubre 2007

Al menos los de IKEA me traen el catálogo a casa

Si me descuido lo tiro, como lo cuento, igual que he hecho con la revista de IKEA que me he encontrado en el buzón. Apenas había pagado al quiosquero y, antes de que me diera tiempo a doblarlo y metérmelo debajo del brazo camino del bar, se deslizaron los folletos que encartan habitualmente los sábados y los domingos en los diarios: Un supermercado de electrodomésticos, una marca de ordenadores y un catálogo de una marca de ropa. Estaba doblándolos para tirarlos a la papelera cuando me fijé en la marca del catálogo. Babelia. Parece publicidad de Ralph Laurent, de Tommy Hillfiger, pero no, resulta que ESO es el nuevo Babelia.
Fotos, más fotos y nuevas fotos. No fotos maravillosas –hay una doble página dedicada a la fotografía, pero las fotos del suplemento no son buenas. Son publicitarias. Porque en El País, como ya se dijo aquí hace unos días, no deben mandar periodistas. Mandan publicistas. Este nuevo Babelia no es un suplemento cultural, es un folleto publicitario de la industria cultural. Hace marca, la de esta semana es Jonathan Littell, un escritor mediocre que refríe la historia del siglo pasado y la deja suficientemente triturada para que la puedan vender en enormes potitos –sí, en otro suplemento he leído una columna donde el mérito del libro es que es gordo, las cosas que tiene este mundo. Portada y cinco páginas –cuatro de ellas en fotografías del autor, parece más una estrella del cinema que un tipo que escribe. Otra página con una foto medio desenfocada de Auschwitz que ocupa más de la mitad de la hoja y un mediocre artículo lleno de lugares comunes que duelen, y que lanza el confuso mensaje de que si podemos imaginarnos el Holocausto judío es a través de las obras artísticas que sobre él se han hecho. Y no, amigo Altares –qué apellido, Dios, qué apellido-, uno puede imaginarse el Holocausto sin todo eso. Precisamente lo terrible de aquello es que todas esas obras –y la de Littell, ¿por qué no Little?, menos- no pueden hacernos ni imaginar aquello. Lo que señaló Adorno es la imposibilidad, quizá real, de recrear aquello aunque sea a través del arte, de entenderlo. No deja de ser curioso, por cierto, que las obras que menciona en su repaso Altares sean las mismas que Rodríguez Marcos analiza con mayor profundidad en la página del reverso –no quiero dar a entender que uno sepa y haya leído y otro, por ser el jefe, se aproveche del trabajo del subordinado. Una página más para la reseña de José Carlos Mainer –en la que no hay valoración alguna de la obra, así que no sabe uno si merece la pena leer o no las mil páginas que, Mainer, eficiente en su tarea de publicista, resume y glosa. Ocho páginas con la percha de un libro. En dos páginas se reseñan otros doce. Y un par de ellos, el libro de la semana y otro, han merecido una página para ellos solos.
El nuevo Babelia se reconoce así como parte más de esa industria del libro en la que las ventas de diez títulos crecen mientras que decrecen las de los otros treinta y pico mil que se publican. No es, por tanto, un suplemento destinado a la cultura, sino a la industria del libro, a vender esos títulos que las grandes editoriales quieren vender.
Hay más secciones, sí, pero menos texto, porque ese montón de espacio que iban a suponer las páginas nuevas se las han comido imágenes. Y, como ya digo imágenes burdas, destinadas a hacer marca, no a comunicar, no a cultivar, sino a vender.
Se lo he dicho ya varias veces, amigos de Prisa, pero se ve que no quieren escucharme: la gente que compra un periódico quiere leerlo. Para ver imágenes está Internet, está la tele. ¿Ustedes son tontos? En una carta les remito mis señas para que, si tienen a bien, me envíen a casa sus folletos publicitarios. Del mismo modo que no visto ropa que sirva como soporte publicitario a la propia marca que me la vende, no pienso desplazarme hasta el quiosco a comprar publicidad.
Gracias.

26 octubre 2007

Quinta columnistas

Leo el artículo de José Andrés Rojo –un poco superficial, como todos los suyos, porque ha aprendido bien la doctrina-estética del periódico en el que trabaja- de ayer sobre Slavoj Zizek. Me sorprenden muchas cosas, por ejemplo que utilice el adverbio todavía cuando se refiere a la influencia que el pensamiento de Marx ejerce sobre el pensador esloveno. Sólo alguien muy estúpido –y sé que Rojo no lo es, pero a veces se conoce que todos jugamos a parecerlo- negaría la vigencia del pensamiento de Marx. Una de la cosas más sorprendentes del mundo que nos ha tocado vivir es que haya tantos intelectuales –entendiendo esta palabra como gente que trabaja con el intelecto, ya sean periodistas, escritores o cualquier otra cosa que exija palabras y razones- que insistan en considerar que el pensamiento de Marx está caduco, que ha periclitado. Hay mucha gente que, erróneamente, considera que el pensamiento marxista está ya cerrado, que no tiene espacio en el mundo de hoy. La razón es bien sencilla: muchos países que, durante años, tuvieron gobiernos comunistas, han dejado de tenerlos. Bien, por esa absurda regla de tres, el capitalismo feroz ha periclitado también, porque no dejan de caer gobiernos que han dejado que el ultraliberalismo y el straussismo campara a sus anchas durante legislaturas. Decir hoy que alguien todavía defiende el marxismo es verdaderamente estúpido. Es como decir que alguien va por el mundo, todavía, defendiendo a Kant, a Descartes o a Wittgenstein. Por favor, señor Rojo, Marx es un pensador que, precisamente, es fundamental para entender la política globalizadora en la que nos vemos inmersos. El cambio que supuso la visión de Marx –junto con Freud y Einstein padres de la realidad en la que hoy nos movemos- es incalculable como pensador.
Lo que sucede es que, cuando se critica el marxismo se quiere poner en tela de juicio su praxis. Es algo que, en El País, donde consideran que Chávez, un presidente que puede gustar o no pero que está elegido por los ciudadanos venezolanos, es un dictador. O Evo Morales, o Rafael Correa, o quien sea. Vamos a ser serios. El comunismo es una ideología, y como tal no puede ser negada ni considerada extinta. Eso demuestra, sobre todo, la ingenuidad del que enuncia esa oración. Zizek, como cualquier persona con dos dedos de frente, sabe que el pensamiento marxista está en continua revisión y que es, sin duda, uno de los más fértiles semilleros de pensamiento que tenemos en un mundo de marcas, spots y consumo alocado. Lenin, otro pensador que, según Rojo –qué ironía este apellido- estará caduco, dijo que “Todo es irreal, menos la Revolución”, y verdaderamente dijo una verdad. Si uno analiza lo que sucede en el mundo vemos que la única política real, que no se basa en hechos virtuales, en cuentas corrientes desorbitadas que indican unas cantidades que ningún banco podrá, nunca, avalar, que no está construida sobre el vacío, es la política de izquierdas, la revolucionaria, que se está llevando a cabo en muchos de esos países sudamericanos que han dado un giro a la izquierda. Precisamente la gran baza del Partido de los Trabajadores que llevó a Lula al poder en Brasil son los presupuestos participativos, que es un modo de hacer la política real para los ciudadanos.
Pero es que, yendo más allá, y centrándonos al mismo tiempo en el trabajo de Zizek, es que el pensamiento marxista, el comunista, de hecho -no olvidemos que Rojo evidencia que ha leído poco o nada al esloveno antes de ir a darle la tabarra al hotel- en los textos de Zizek hay influencias estalinistas o maoístas, que son ya los dos cocos de los que no se puede hablar en el mundo capitalista. Pero, si uno lee a Zizek, se descubre que ese pensamiento, lejos de estar cerrado o ajeno al mundo que nos ha tocado vivir, permanece plenamente vigente. El proceso de desactivación del pensamiento marxista, como el de Bakunin o Kropotkin, es una herramienta fundamental del nuevo capitalismo. Es, de hecho, la puesta en práctica de la censura tal y como la entiende el mercado. No se puede tapar la boca a la gente y prohibirle que piense –eso es algo que el sistema ya ha comprobado-, pero sí se puede utilizar todo el mecanismo de propaganda que se tenga para convertir al disidente, al que no comparte el discurso mayoritario, en un loco. Cuando alguien demuestra que se puede construir pensamiento –y pensamiento válido, coherente e iluminador- desde ciertos moldes, automáticamente hay que convertirlo en algo ajeno, extraño, iluso, loco, ido, etc. “Zizek todavía defiende la lucidez de Marx”, efectivamente, porque Marx es extraordinariamente lúcido, y su pensamiento no está cerrado, ni ha dejado de ser válido para leer el mundo hoy. Lo sabe la gente que piensa un poco más, como Zizek, como Martín Kohan en su estupenda novela Museo de la revolución, lo sabe Belén Gopegui al cuestionar el estado del bienestar, lo sabe Tabarovsky al poner en tela de juicio el discurso del poder y el mercado, lo sabe Andrés Rivera al hacernos recordar de dónde venimos y lo sabe mucha más gente que, como mínimo, ha leído a Marx.
Ahora, está muy bien, es muy lindo indignarse de que en el Hotel Santo Mauro, a donde se ha ido a hacer la entrevista, le cobren a uno treinta y dos euros con diez por un café, un refresco y dos cruasanes. Pero, amigo Rojo, te estás comportando como un lacayo del sistema que encuentra en ese hotel un escaparate. Háztelo mirar.

25 octubre 2007

Conversación sobre enfermedades comunes y síntomas divergentes


Mañana, si la salud no lo impide, en la Biblioteca Regional de Madrid, nos reuniremos Damián Tabarovsky,la gente que tenga a bien asistir y un servidor para hablar de literatura. Una enfermedad común que, para colmo de males, parecemos hasta disfrutar a veces.
Eso sí, para hacer el acto más divertido -una charla entre hipocondríacos no es, desde luego, el mejor de los planes posibles- aprovecharemos para diseccionar los síntomas. Y lo haremos haciendo un somero repaso a las dos obras publicadas por Tabarovsky en las tierras hispanas (La expectativa y Autobiografía médica, ambas en Caballo de Troya) y el ensayo que puede encontrarse importado en las mejores librerías -tenemos que adaptar ya el discurso de las salas de exhibición a nuestro vocabulario-: Literarura de izquierda (Beatriz Viterbo).
A las 19:00, traigan bocata y bota de vino, esperamos salir por la puerta grande.

23 octubre 2007

Juegos de luces

No les voy a venir a contar quién es Rafael Azcona. El que no lo sepa que tire de Google o que meta la cabeza en el primer agujero que encuentre. De un tiempo a esta parte, como suele suceder cuando un artista se va haciendo mayor, se suceden las reediciones de antiguos libros suyos y se publican textos nuevos sobre su obra. Ni en un lado ni en otro cabría que encajar estas Memorias de un señor bajito que la gentes de Pepitas de Calabaza acaban de editar.
Digo que ni en un lado ni en otro porque se podría pensar que este volumen recoge los textos que, en sus días, publicó Azcona en La Codorniz y que se editaron en libro en su momento. Pero no, porque el propio Azcona ha corregido, ampliado –la censura tenía estas cosas- los textos, y este libro tiene, por tanto, el tinte de lo inédito, que siempre queda muy bien a la hora de vender el libro.
La lectura de este libro nos demuestra muchas cosas. Lo primero que Alfonso Guerra debió cumplir lo que prometió, y a esta España de ahora no la conoce ni la madre que la parió y, recíprocamente, esta España se parece ya muy poco a la que originó estos textos. Se podría, como se suele proceder en estos casos, haciendo la vista gorda y decir que no, que no hemos cambiado tanto y que leyendo estos textos se ve que las cosas no han cambiado nada. Pero la verdad es que sí han cambiado, y no tanto las cosas como el modo de mirarlas, de acercarse a ellas. El tono que despliega en estos textos su autor suena hoy un poco ligero, ni parece llegar hasta el final de las posibilidades de algunas situaciones, ni parece ver realidades que han surgido hoy y que darían mucho juego frente a las historias propuestas. El lector se encuentra, así, ante un libro que no niega ser hijo de su tiempo, los años cincuenta, pero que tampoco parece haberse puesto al día para sonar más propio del nuevo siglo. Han pasado cincuenta años, y eso no se puede obviar.
Por otro lado este libro viene a demostrar lo que todo lector atento descubrió hace mucho tiempo, y es que, si escribir para cine –para cualquier medio audiovisual- es tan complicado como hacer un libro, también es cierto que no todas las personas están dotadas para hacer ambas cosas. No quiero decir que Azcona sea un mal escritor, porque no lo es. Tiene ingenio, capacidad de urdir situaciones y diálogos brillantes y logra entretener a cualquiera que se acerque a lo salido de su mano. A veces deslumbrar. Lo que sucede es que escribir para cine requiere una destreza notable en el desarrollo de las tramas, en el manejo del tempo narrativo, tener oído para trazar diálogos naturales y penetración psicológica a la hora de construir los personajes. Pero lo que nunca se le pedirá a un guionista es que le dé cuerpo a sus historias, que levante realidades con ellas. Un guión es una obra literaria de pleno derecho, pero al mismo tiempo es un instrumento que debe pasar, más adelante, por la mano del realizador, de producción, que se encargan de la puesta en escena. Y es ahí, en una faceta que no se le pide al guionista pero sí al novelista o al cuentista, donde Azcona –como les sucede a muchos guionistas- yerra. La puesta en escena es algo que en un libro depende del autor, y en una película no.
Cuando uno lee este libro de Azcona, y sucede lo mismo en el resto de sus textos, no hay manera de sumergirse en el mundo que se le coloca ante los ojos. Uno escucha personajes, a veces sabe qué aspecto tienen, sabe qué sucede, pero no lo ve todo encajado ante sus ojos. Falta la labor del director, que enlaza esos elementos en el plano. No creo que sea casual que, como han analizado muchos críticos cinematográficos, cuando los guionistas se lanzan a la realización, cuidan mucho la atmósfera, la puesta en escena de la cinta. Porque saben que es un terreno vedado por costumbre y deben dar ahí el do de pecho.
Leer las Memorias de un señor bajito produce la sensación de una pantalla de cine, tal cual. Vemos moverse cosas, las oímos, pero siempre sobre una pantalla plana sobre la que son proyectadas, no como realidades ante nuestros ojos, palpables, vivas. Las buenas novelas, los buenos cuentos, incluso las grandes películas –como Plácido o El verdugo- sí logran hacerse presentes ante nosotros.
Rafael Azcona Memorias de un señor bajito Pepitas de calabaza, Logroño, 2007

22 octubre 2007

Yo sueño libros mejores

Todavía recuerdo un estupendo artículo de Juan Bonilla que escribió cuando se estrenó la película El embrujo de Sanghai. En ella hablaba no de la película mediocre y chata de Trueba –por cierto, el último acercamiento a la ficción del realizador-, sino de la de Erice, la que él esperaba ver. Con la adaptación de la novela de Marsé hemos tenido, al mismo tiempo, la desgracia de ver que Erice no la firmó, de no poder ver la película que Erice habría podido hacer, y, por otro lado, la suerte de poder leer La promesa de Sanghai, que viene a ser una especie de boceto, de plan de trabajo, de lo que “pudo ser”. Leyendo el libro puede uno construirse una película mejor que la que se vio en los cines, y eso, más o menos, hizo Bonilla, y así lo reflejó en su artículo.
Es algo parecido a la exposición que sobre José Palacios se montó hace unos años en una de sus obras más emblemáticas: el Círculo de Bellas Artes. Allí, además de las fotografías y planos de los edificios que levantó se pudo ver una realidad que “pudo haber sido”. Las fotografías de sus maquetas para Vigo, los planos para la reforma de la zona de los alrededores de la Puerta del Sol o los bocetos de una plaza de Colón muy distinta de la que hoy conocemos, con edificios que parecen extraídos de la Metrópolis de Fritz Lang. Un Madrid que podría haber sido, demasiado neoyorkino para la ciudad manchega que por entonces era, y que quizá todavía es.
Ha salido a la venta un libro que comprarán muchos fans de Bob Dylan y algún curioso, que recopila las letras de sus canciones. Es un libro que está, por así decirlo, bonito. Pero a todos los seguidores de Dylan nos deja un sabor de boca amargo. Hace tiempo el proyecto era mucho más bonito, se iba a encargar Fresán de él. Si hay alguien en las letras españolas –y al decir esto me refiero a gente que escribe en castellano, independientemente de la nacionalidad que aparezca en su documentación- que sabe de Dylan, que lo ha tratado y utilizado como nadie, ese es Fresán. Por ejemplo, en Mantra, la importancia de Visions of Johanna, es determinante no ya para el asunto de la novela, como para el tono. No sé si, alguna vez, podremos leer las traducciones y comentarios de Rodrigo Fresán sobre las letras de Dylan. Sí sé que en mi cabeza había un libro mejor que el que tengo entre las manos, como en esos versos de Verlaine donde él soñaba libros mejores.
No conozco las razones de las desavenencias que han llevado a editor y traductor a no entenderse -aprovecho la circunstancia para invitar a ambos a que nos las transmitan- pero sí sé que es una verdadera pena que los lectores hayan perdido la oportunidad de leer un libro único. Hay gente que quiere para Dylan el Nobel de Literatura -con la ingenuidad de los que piensan que ese premio se otorga a autores de obra excelsa- y algún amigo mío me comentó entre risas que puestos a darle un premio de esos casi mejor que le den el Príncipe de Asturias, que es el de las Letras, y eso sería más exacto. Lo que sí sé es que la traducción que se ha publicado en muchas canciones es de una candidez abrumadora. Los versos de Dylan no pretenden comunicar pensamiento, sino trasladar sensaciones, y eso se conoce que no lo deben saber ni los que traducen fidedignamente una letra ni la editorial que acepta esos trueques.
Diego Manrique, con una ironía algo estólida que últimamente deja traslucir más menudo de lo que sería deseable, decía en su reseña de Babelia que a los fans de Dylan no les gusta el libro porque consideran sus letras intocables y que lo consideran un Dios inefable. Y no es eso, Manrique, no es eso, es que el libro, tal y como ha salido, es mediocre. No es el libro de la semana, desde luego. No es que no se pueda traducir a Dylan, sino que hay que tener un poco más de categoría para hacerlo, porque a la vista de los resultados...

Visiones de Johanna (Versión y comentarios de Rodrigo Fresán)
¿No es propio de la noche confundirte cuando tratas de evitarlo?
Estamos equivocados, aunque nos esforcemos por negarlo
Y Louise sostiene un puñado de lluvia, tentándote para desafiarlo
Las luces parpadean en el loft de enfrente

En esta habitación la calefacción tose
La emisora de country suena suave
Pero no hay nada de nada que apagar
Sólo Louise y su amante entrelazados
Y estas visiones de Johanna que me asedian

En el solar donde las damas juegan a la gallina ciega con el llavero
Y las noctámbulas murmuran escapadas en el tren "D"
Podemos oír al sereno encender su linterna,
Preguntarse si es él o son ellas quien está loco
Louise está bien, tan sólo cerca
Es delicada y se parece al espejo
Pero deja perfectamente claro
Que Johanna no está aquí
El fantasma de la electricidad aúlla en sus huesos faciales
Donde estas visiones de Johanna ya ocupan mi lugar

El niñito extraviado se toma tan en serio
Se jacta de su desgracia, le gusta vivir al límite
Y cuando menciona el nombre de ella
Menciona un beso de adiós
Tiene arrestos ser tan inútil
Soltar nimiedades cuando estoy en el salón
¿Cómo lo explico?
Oh, es tan difícil seguir
Y estas visiones de Johanna, me desvelaron hasta el alba

Dentro de los museos, el Infinito va a juicio
Las voces repiten que a la postre así debería salvarse
Pero Mona Lisa debe haber sentido nostalgia de autopista
Se ve por el modo en que sonríe
Mira cómo se congela ese alhelí ancestral
Cuando las mujeres de rostro gelatinoso estornudan
Escucha a la bigotuda, "Jesús,
no puedo encontrar mis rodillas"
Oh, joyas y anteojos cuelgan de la cabeza de la mula
Pero estas visiones de Johanna, hacen que todo parezca tan cruel

El vendedor ambulante le habla a la condesa que finge preocuparse
Diciendo, "Nombra a alguien que no sea un parásito y saldré y rezaré por él"
Pero como Louise suele decir
"No puedes abarcar mucho, ¿verdad, tío?"
Y ella misma se prepara para él
Y Madonna sigue sin aparecer
Vemos que la jaula vacía se oxida
Donde su capa teatral ondeaba
El violinista se pone en camino
Escribe que se devolvió lo debido
En la parte trasera del camión de pescado que carga
Mientras mi conciencia estalla
Las armónicas tocan las llaves maestras y la lluvia
Y estas visiones de Johanna son lo único que queda.

Anfitriona del, se dice, mejor verso en todo Dylan: "The ghost of 'lectricity howls in the bones of her face". Y también, junto a "Like a Rolling Stone" y "Tangled Up in Blue", habitual ganadora como mejor canción del hombre. Existen varias versiones (todas formidables; también variaciones acústicas de su gira ?66 en Biograph y en The Bootleg Series, Volume 4: Live 1966 The Royal Albert Hall ) porque Dylan no podía encontrar el tono justo de lo que en principio se tituló "Freeze Out" o "Seems Like a Freeze Out" y que -puede pensarse, las fechas de su composición coinciden- trata de un triángulo amoroso y del momento en que Dylan y Joan Baez rompieron y el momento en que Dylan y Sara Lownds se casaron. Y es exactamente el mismo momento. Así que quizá (atender a la tercera estrofa) por una vez Dylan esté pidiendo disculpas mientras escribe todo esto en una habitación del Chelsea Hotel, famoso -entre muchas otras cosas- por el ruido que hacían las cañerías de la calefacción que no dejaban dormir a los huéspedes. En un artículo de Tom Doyle publicado en la revista inglesa Q se lee: "A Dylan le atormentaba la interpretación literal de sus letras que hacían tanto críticos como fans, que las tomaban como si se tratase de confesiones autobiográficas. Aunque puede que esta percepción fuera algo cierta en lo que a Visions of Johanna se refiere." No en vano, desde 1965 Dylan había mantenido relaciones paralelas con Sara Lownds y Joan Baez. "Al final, Sara y yo nos hicimos amigas, explica Joan Baez, y nos pusimos a hablar durante horas de los tiempos en que el vagabundo primigenio jugaba a dos bandas con nosotras". Al Kooper, por su parte, recuerda cuando la esposa de Dylan se presentó en el estudio de Nashville y le hicieron escuchar la canción: "Se apareció ahí una tarde y él puso "Visions of Johanna". Ella dijo: 'Esto es bastante fuerte'". El mismo Dylan, lateralmente, apoyó esta última idea sin comprometerse demasiado cuando, en un concierto de su gira por Inglaterra, la presentó así: "Esta canción es el típico exponente de lo que los medios británicos consideraran una canción sobre las drogas. Pero no lo es. No lo digo para defenderme o algo por el estilo, no es tan sólo una canción sobre las drogas. Es muy vulgar pensar que lo es". Y agregó: "Estoy cansado de la gente que pregunta qué significa. ¿Qué significa? No significa nada." Mención aparte merecen los músicos que, con delicadeza sobrenatural (ese toque mágico de platillos casi zen), parecen acompañar cada palabra y fraseo de Dylan. Siguiéndolo y acompañándolo al mismo tiempo. Dijo Robyn Hitchcock: "¿Es sobre Joan Baez? ¿Es sobre Edie Sedgwick? ¿Es sobre Nico? ¿Quién sabe? Yo sólo sé que cuando la escuché por primera vez en mi adolescencia, la letra y la música resumían a la perfección el sitio donde yo quería estar. Nunca volví a ser el mismo". "Cada una de las palabras significa tanto para mí cada vez que la canto. Es una de las que continúa siendo importante. Tal vez sea más importante ahora que nunca", comentó Dylan hace poco. Tiempo después, los siempre serviciales Rolling Stones reproducirían los versos que hablan de joyas y binoculares colgando de la cabeza del mulo para la carátula de su Get Yer Ya Ya?s Out. En el último verso "esas ¿skeleton keys' pueden entenderse tanto como 'llaves maestras' o, tratándose de una armónica, mutar a 'tonos esqueléticos'". Y para cerrar con otra mutación de esta canción mutante: En 1999, en un club de Manhattan, Dylan modificó título y letra y la cantó como "Visions of Madonna" porque "hay foto de ellos dos juntos después del concierto" Madonna estaba entre el público. Años atrás, en una entrevista, Dylan afirmó que "el entretenimirento pop no significa nada para mí. Nada. Pero, sabes, Madonna es buena, tiene talento, se ha preparado, ha aprendido... Pero es el tipo de cosa que te lleva años y años de tu vida alcanzar. Tienes que sacrificarte mucho para llegar allí. Sacrificio. Si quieres triunfar a lo grande tienes que sacrificar muchas cosas. Siempre es igual. Siempre es igual...".
Una indiscutida obra maestra. Una catedral de canción. El equivalente a "A Day in the Life" en Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band. Nadie ha escrito y cantado y sonado mejor ni volverá a sonar y cantar y escribir mejor acerca de lo que significa padecer y disfrutar el insomnio del amor.

21 octubre 2007

El traje nuevo del emperador

Mañana el discurso será que se ha tratado de un éxito. Y hay que reconocer que, siguiendo sus varemos, lo será. Yo he tenido que estar dando vueltas de quiosco de prensa en quiosco de prensa durante media hora para comprar un ejemplar del “nuevo” periódico global en castellano. Así que se ha agotado, y eso, que es un triunfo económico, empresarial, será la excusa para hablar de éxito. Yo, la verdad, me alegro por ellos, porque son muchas familias comiendo de la empresa y no es cuestión de que se queden todas en la calle.Ahora, la verdad es que hojear el periódico ha sido decepcionante. Le han hecho, sí, un lavado de cara. La tipografía es muy bonita –le han puesto la tilde a la cabecera, después de treinta años- y el color queda muy bien, y el aspecto de la página es más descargado, aparece menos abigarrado que antes. O sea, que les ha quedado un periódico muy bonito, muy de lo que se lleva ahora, que parezca que se debe leer poco, que es ligerito.
Pero lo importante de un periódico, que son los textos, los periodistas, los columnistas, sigue igual que siempre. ¿Para cuando una renovación real del periódico? Es evidente que este lavado de cara, que muy posiblemente estaba planeado desde hace tiempo, antes de la muerte de Polanco, se ha acelerado con la aparición de un nuevo diario que pretende, descaradamente, crecer a base de lectores potenciales de El País. Ahora bien, ¿por qué el análisis que se hace es que basta con lavarle la cara al periódico? No se dan cuenta que el problema es de fondo, de contenido. Hace ya muchos años que los directores de mercadotecnia y los diseñadores tomaron posiciones de privilegio en los grandes grupos mediáticos. Y en la sociedad de mercado en que nos ha tocado vivir se han convertido en los amos del cotarro. Pero si se han apoderado de esa parcela de poder es porque los directivos, los consejeros delegados y demás mandamases con cargos de estilo rococó y rimbombante, son bastante estúpidos.
Yo entiendo que en una televisión se tenga en cuenta la accesibilidad, o en la radio, o incluso en Internet, que son medios de acceso fácil, gratuito –siempre y cuando uno tenga el aparato o la conexión- y que, por lo tanto, deben atraer al “consumidor” con un reclamo llamativo. Pero, ¿un periódico que cuesta un euro cada día y que compite con diarios gratuitos debe seguir los mismos criterios? Evidentemente, no, y ahí es donde caen, todavía, y pese a los trajes nuevos, los directivos de El País. Si este periódico ha perdido poder de influencia y no crece dentro de la población joven –en las reuniones de la empresa lo llaman target, eso seguro, porque no saben que existe la palabra objetivo- no es porque sea en blanco y negro, porque tenga mucho texto o porque la Times New Roman sea peor tipo de letra que la Magerit. Si no crece es porque cualquier lector con un mínimo de formación, algo entrenado en los mecanismos y herramientas de mercado, y con dos dedos de frente, se aburre soberanamente al leer el folleto que pretenden hacerle pasar como periódico. El suplemento de fin de semana es un catálogo en toda regla, donde importa más vender –lean cualquier artículo, desde los de la sección “estilo” a los reportajes sobre artistas o hechos noticiables, donde también se vende la obra del autor o el proyecto humanitario- que informar. Y el periódico está más dirigido a crear tendencia que a facilitar datos e información a sus lectores.
Mientras los cuatro tontos encorbatados con los Audi y los Mercedes en la puerta de Miguel Yuste se masturban con las nuevas páginas a color de su diario, y mientras los tres bobos con gafas de pasta están contentísimos en su estudio, decorado con botellas de Vodka y carteles de películas de Almodóvar, de haber diseñado un periódico; mientras todo eso sucede, ese “nicho de mercado” que tanto les interesa está conectado a Internet leyendo blogs con diseños horrorosos, dejándose las pestañas en leer textos larguísimos en la pantalla, por el simple hecho de que les dicen cosas, de que son honestos. Ese precioso suplemento llamado Domingo sigue teniendo como columnista a un mastuerzo del calibre de Javier Rioyo, que ha leído cuatro libros en su vida y no se ha enterado de la mitad de lo que ha leído, pero como es de la estirpe de Juan Cruz –esos que se creen tan buenos o inteligentes como la gente con la que comen o toman copas-, piensa que él puede hablar de libros y escritores.
Para arreglar un periódico hay que pensar –sé que no es estila mucho eso de pensar, pero qué le vamos a hacer- y dar a la gente algo en que pensar. Ahora ya sabemos que El País tiene un nuevo aspecto, pero por muy vestida de seda que esté al leer los artículos nos encontramos con la misma mona de siempre.

19 octubre 2007

Yo leo poesía, ¿y tú?


Hacerse autopromoción está feo, pero si la promoción está dirigida, realmente, a acercar la obra de otros, es justificable. Esta tarde, a las 19:00, en la Biblioteca Regional de Madrid, se estrena el proyecto penúltiMa, y lo hace con el ciclo poético Poesía en mutación.
La ventaja de montar un ciclo como este es que uno ha podido contar con un equipo de ensueño -lo de dream team me parece muy sajón- de poetas geniales que, encima, son majos y están por la labor de acercar el asunto a la gente. La nómina es, desde luego, la envidia de cualquier editor: Elena Medel, Pablo García Casado, Esperanza López Parada, Julieta Valero, Mariano Peyrou, Ana Gorría, Mercedes Cebrián, Martín López-Vega y el invitado de hoy: Carlos Pardo.
Y, para mayor alegría, tendremos como invitado para presentar a Carlos Pardo a otro poetas excepcional, Andrés Navarro, uno de los becarios de este año de la Residencia de Estudiantes.
Estáis todos invitados, porque todos leemos poesía. ¿O tú no?

17 octubre 2007

¿Ficción?, ¿y eso qué es?

Si uno es, como lo somos yo y buena parte de los lectores de este blog, enfermos del cuento –me parece que enfermo es más exacto que fan o lectores, porque lo nuestro es una verdadera enfermedad-, lo lógico es que tengamos mitificada una cabecera como Esquire. En esa revista publicaron buena parte de los grandes cuentistas de la tradición estadounidense esos cuentos que otras publicaciones más clásicas como The New Yorker rechazaba. Los relatos de Esquire eran, cuanto menos, arriesgados, difíciles, o sexualmente explícitos –más picantes que los de la correcta revista neoyorquina. Por ejemplo, una figura tan interesante como Gordon Lish fue el editor de ficción de la revista desde el año 1969 hasta 1976. Allí publicó a Carver, a Ford y a T.C. Boyle, entre otros. Luego, ya trabajando con Alfred A. Knopf, se convirtió en el primer editor de Carver –y posiblemente en el artífice de su duro y seco estilo, pero esa es otra historia.
Por eso cuando se anunció que alguien se lanzaba a la aventura de editar Esquire en castellano uno comenzase a hacerse esperanzas. Como el primer número ha sido objeto de una campaña intensísima de promoción que ha puesto la cara de Woody Allen en casi todos los quioscos de mi ciudad, y costaba tan sólo dos euros, me decidí a comprarla. No le demos vueltas: una verdadera decepción.
Supongo que habrá lectores que encuentren originalísima y profunda hasta más no poder esta revista, a estas alturas del mundo a uno no le extraña casi nada, la verdad; pero sí que puedo afirmar que cualquier persona que se acercase a esta revista pensando en esa referencia mítica de la literatura norteamericana se sentirá enormemente estafado.
La revista presume de estar dirigida a hombres, pero, al contrario que la mayoría de las revistas masculinas que pueden comprarse en el quiosco, está dirigida de cintura parra arriba. Y leyendo este estreno uno comprueba que es así, porque de la página setenta y tres a las setenta y seis aparecen cinco chaquetas y la más barata cuesta quinientos veinticinco euros. Desde luego es una revista pensada de cintura para arriba, pero eso no quiere decir que entre sus objetivos esté el cerebro.
El único rastro literario de la revista es un artículo de José Ángel Mañas sobre Haruki Murakami. O lo que viene a ser lo mismo, el del cotolengo hablando del charcutero. Perdonen mi sinceridad, pero cualquier lector un poco entrenado –cien libros en veinte años es una marca suficiente- comprende la vacuidad de Murakami y las ventajas de no ir más allá de la estética del momento. Planteemos esta cuestión de un modo silogístico. ¿De repente todo el mundo se ha vuelto superculto y lee a Nabokov? No, de repente todo el mundo lee a Murakami, y creo que es evidente que “todo el mundo” no está por la labor de esforzarse mucho, y más con la lectura.
Con Mañas no voy a perder ni tiempo, yo leí en su momento lo del Kronen –era la moda, yo iba de vez en cuando al bar que ponía título al libro, esas cosas de la juventud. En fin, observen que en este párrafo no he mencionado una sola palabra que tenga que ver con literatura o cultura.
Pues bien, lo mejor de todo es que si uno lee el artículo resulta que Mañas se ha leído cuatro libros de Murakami. Sólo cuatro, y un par de entrevistas. Porque para rellenar las cuatro páginas de revista que tiene el artículo se tiene que poner a hablar de Japón –tópicos, por supuesto- porque con los tres libros que se ha leído –si los ha leído- no le llega.
No voy a incidir más en el asunto.
Si uno le echa un ojo a la página web de la revista en su versión hispana contempla un remedo algo escaso y burdo de la yanqui. Misma cabecera, misma distribución de las secciones, pero, sin sección de ficción. Pueden comprobarlo ustedes mismos, en la web de la revista original aparecen las secciones Women, Features, Style y -¡oh, sorpresa!-, Fiction. Incluso en la home aparece un destacado de The Napkin Fiction Project, que ha consistido en reclamar un relato que quepa en una servilleta de papel a doscientos cincuenta autores. Sirva como ejemplo el texto de Alarcón que también ilustra estas líneas.
En la española vemos Moda, Estilo, Ocio, Negocio y Reportajes. ¿Ficción?, no gracias. Eso para los yanquis, que son muy tontos y eligen elección tras elección a Bush. Aquí somos mucho más cultos, y europeos si me descuido. Desde luego, hojear las doscientas cuarenta y cuatro páginas de la revista demuestra que libros se leen pocos en la redacción. Una página, la cincuenta y dos, está dedicada a los libros. Aparece una originalísima fotografía de Diego Martínez en la que se ve los libros, puestos en pie sobre una mesa, desde arriba. O sea, que se ven hojas, podrían ser los libros de los que se habla u otros cualesquiera. Son cinco, y el texto de Daniel Entrialgo en el que, a razón de veinticinco palabras por libro, se limita a no decir nada de ellos, es lógico, con sólo dos docenas de palabras es difícil que se evidencie que uno no los ha leído.
Han sido sólo dos euros y media hora de mi vida, pero qué mal me ha sabido. Ahórrense el esfuerzo ustedes, que han sido más sabios y han esperado a que otro pasase el mal trago.

15 octubre 2007

Seven eleven


Como ya no existe la compañía que da nombre a este post, me puedo permitir titularlo así. Parece ser que esto del Internet está abierto todo el día y a cualqueir hora puede uno entrar, leer estas líneas y opinar sobre ellas. Esa es la razón de que Félix de Azúa llamase al libro que le han editado con las entradas de su blog Abierto a todas horas.
Yo, la verdad, no he podido tener mucho rato abierto su libro, porque me he aburrido como una ameba. A lo mejor es que a mí las pretenciosidades intelectualoides del señor Azúa me dan bastante sopor. No hay un sólo texto que no rebose de esa idea de "alta cultura" amenazada por este mundo de cómida rápida y arte barato.
A modo de ejemplo del estilo esforzado y la esclavitud que la supuso la escritura del blog, el texto de la contracubierta. No tiene desperdicio:
Durante un año traté de mantener una sana esperanza y no escribir sino palabras verdaderas. Todos los días, sin descanso, me deslomé como los antiguos trabajadores de las canteras de Carrara, los cuales creían estar proporcionando bloques a los grandes escultores del Renacimiento cuando, en realidad, estaban tallando el paisaje más bello de Italia, un abismo blanco de escalones de mármol que desciende hasta el corazón de la tierra. Paisaje, por cierto, que se divisa desde el tren. Así un año entero, sin descanso, como un galeote.
Algunos días mis palabras resbalaban sobre el éter como grasa atacada por detergente y comprendía que aquellas frases no eran verdaderas y que si las miraba más de cerca no me las creía ni yo. En ocasiones tenía que decir insensateces o trivialidades para no mentir, balbuceando como un chiquillo que no se sabe la lección. Alguna vez me parece que incluso traté de silbar. En fin hice el ridículo.
Ahí está como botón de muestra de que no me invento nada. En fin, supongo que para gustos colores. Seguro que hay gente que disfrutará leyendo este libro, como hay gente que se desplaza hasta Segovia para escuchar los mismos tópicos de siempre del señor Marías, Rodríguez Rivero -lugarteniente oficial- mediante.
Para llevarse el libro a casa hay que trabajar con el texto citado de Azúa. Se puede corregir, reescribir en un estilo más pretencioso si cabe -lo del galeote no tiene precio, aunque uno sospeche que no le han debido pagar mal el libro y el año de escritura en el blog- o corregir para que esté escrito como dios manda -aviso para navegantes: ¿por qué no escribió "y escribir palabras verdaderas"?, ¿le pagarán al peso y por eso hay un cuarenta por ciento de palabras inútiles?.En fin, hacer con el texto de Azúa lo que os apetezca. Hasta alabarlo; qué leches, se admiten hagiografías.
Y el que gane se llevará el libro a casa.

13 octubre 2007

Trajes de baratillo

No es uno nadie para decirle a un editor cómo tiene que hacer su trabajo, pero de un par de semanas a hoy me están llegando muchas historias extrañas que demuestran a las claras el deterioro de la profesión. En el festival Hay de Segovia estuve hablando con unos cuantos autores y uno de ellos le contaba a otro que la imagen de la cubierta del libro en su edición americana fue una decisión en la que ni siquiera le dejaron opinar. De hecho le enseñaron una maqueta prácticamente definitiva y le preguntaron si se oponía seriamente a que fuera esa la portada del mismo. Como dijo que no, así se quedó la portada. Me he acordado de esto porque hoy mismo, en la Casa de América, hemos vuelto a hablar sobre el tema de las cubiertas de los libros otro grupo de escritores porque uno de ellos tenía un ejemplar de su nuevo libro, que se va a poner a la venta la semana que viene, y, siendo generosos, se puede decir que la cubierta es horrorosa. Un dolor de fea, la verdad. El otro le decía que él impone la imagen de cubierta al editor, de hecho, de ser por él, se cambiaría hasta la maqueta, pero ahí ya el editor no da bola, que se suele decir en estas conversaciones.
Pero no sólo hay poca o ninguna preocupación por lo que opine el autor del aspecto de sus libros. También veo poca en lo tocante a la recepción del texto por parte del lector. He citado muchas veces a Juan Ramón cuando decía que un libro, editado de un modo u otro, dice cosas diferentes, y los que no han debido escucharme son los chicos de Seix-Barral. Me ha llamado mucho la atención de que haya sido esta editorial, que normalmente edita con buen criterio, maqueta generosamente y demás detalles que hacen la lectura más placentera, la que de un tiempo a esta parte esté teniendo deslices como el de La vida plural de Fernando Pessoa, reedición del estudio fundamental que Angel Crespo le dedicó al genio luso, que apareció con una mancha imposible, de hecho tenía todo el aspecto de ser un refrito de la anterior edición en la misma editorial. Pero un refrito impreso con los mismos fotolitos –o con el libro antiguo escaneado- sin tener en cuenta que el formato es ahora otro, y que lo lógico habría sido maquetar de nuevo el texto.
Yo creía que esto era un episodio pasajero hasta que hojeé El aliento del cielo, la edición de los cuentos completos de Carson McCullers –que, por cierto, el libro aparece en la página web de la editorial como “novela”, no es broma- que se acaba de editar. Es un libro encuadernado en cartoné con sobrecubierta, páginas gruesas, letra aceptable que carece de márgenes. No, tampoco es broma, la mancha del texto se va hasta el extremo del papel y mis pulgares –y háganme caso, tengo las manos pequeñas, algún amigo las llama "muñones"- no cabían. ¿Tanto dinero suponía haber impreso cincuenta páginas más por ejemplar y haber realizado una edición canónica? Todas estas cosas sorprenden porque, al mismo tiempo, en Seix-Barral tienen la colección Únicos, que ha ganado premios de diseño, donde se demuestra que, cuando se quiere, se edita muy bien.
Entretanto uno sospecha que es verdad eso de que en las editoriales mandan más lo de mercadotecnia que los de edición, y tratándose de hacer libros eso no habla muy bien del estado de las cosas.

12 octubre 2007

Aquellas pequeñas cosas


Hay libros que se van ganando, poco a poco, con el paso del tiempo. Otros, desde el mismo momento de su publicación, reciben un cálido recibimiento por parte de todos sus lectores. Pero los hay, escasos pero los hay, que antes incluso de existir como tales tienen ya un montón de lectores ganados. Estos libros, que parecen venir con un pan debajo del brazo, están compuestos muchas veces por textos que ya habían aparecido en publicaciones periódicas y similares, y por eso cuentan con admiradores antes de tener lomo suficiente como para que un editor se anime a mandarlos a la imprenta. Manual del distraído, de Alejandro Rossi, es uno de ellos. Libro extraño, curioso, en que todo tiene cabida siempre y cuando no esté catalogado de un modo inequívoco, fue apareciendo, primero en dosis controladas, en la revista Plural, que dirigía Octavio Paz, y luego tomo cuerpo como libro en el año 1978.
En España había tenido un par de ediciones, la del ochenta en Anagrama y una reedición, diecisiete años más tarde, en la misma editorial y en Círculo de Lectores –no es que me haya dado un ataque de rafaelcontitis, sino que desde que tengo Internet en mi domicilio me es mucho más sencillo hacer consultas de este tipo. Que en los muchos años que llevo ruando los pasillos de las librerías de nuevo y de viejo no me hubiera topado nunca con este libro revela que es de esos extraños libros de los que no se desprenden los lectores. Todo aficionado a la lectura conoce libros que están, siempre, en las mesas y estantes de las librerías de viejo. Son libros que nadie quiere conservar –de unos meses a este me encuentro mucho el libro de Curri Valenzuela, por ejemplo- o que fueron un fracaso editorial –y debemos entender como tales esos libros de los que se tiraron muchos más ejemplares de los que el mercado podía realmente asumir, y que se van desgastando en las cajas de los almacenes hasta que los saldan en las librerías de lance.
Lo dicho, nunca me crucé con el libro de Rossi, de ahí que cuando me enteré de la edición del mismo en Debolsillo no lo pensase mucho –lo pensé tan poco que ni siquiera lo pedía al departamento de prensa y me lancé a comprarlo en la librería de al lado de la oficina- y me hiciese con él.
El libro ha sido mi compañero constante a lo largo de dos días en que no se ha separado de mí. Lo llevaba en el bolsillo de la chaqueta y ha estado a mi lado en cada una de las clases que he dado, ha contemplado mi trabajo desde la mesa del trabajo, y ha hecho más llevaderos los ratos en que he usado el transporta público o he tenido un tiempo muerto –uno de esos que lleno, siempre, con un libro. Lo he leído del tirón, como suele decirse, disfrutando muchas veces de la erudición demostrada en un artículo, de las referencias literarias que exhibe o, en las menos ocasiones, algo distraído de la historia que me contaba Rossi. Es curioso, porque en cada uno de los textos que forman el libro, el autor ha realizado, casi siempre, la misma operación, que es la de distraer al lector, la de confundir sus expectativas sobre el texto. Si uno espera, a tenor de cómo se inicia el texto, una narración, normalmente termina la lectura del fragmento convencido de que se trataba de un ensayo, si, por el contrario, se ha hecho a la idea de que está ante un ensayo, normalmente se le entrega una narración. El mecanismo es, casi siempre, el mismo, una distracción, una narración ejemplificativa de lo que luego será el razonamiento que sostiene el ensayo, o bien una digresión sobre el asunto del que tratará la narración. Quizá por eso, piensa uno por momentos que el libro debería llamarse, tal vez, Manual de distracción, pero luego se dice uno que no, que Rossi ha sido muy irónico, y destaca en el título del libro la incapacidad que tiene el distraído no ya de reparar en lo que sucede a su alrededor, sino en darse cuenta de, tan siquiera, lo que está realmente haciendo.
Supongo que cada lector que se haya acercado al libro tendrá sus preferencias en torno a los textos reunidos. A mí me han resultado más estimulantes los que resultan ser más ensayísticos, más dirigidos a la reflexión, salpimentados con narraciones y referencias. Por el contrario, los pequeños relatos me parecen desvaídos, poco vívidos, textos que evidencian las carencias de Rossi como creador de realidades, de universos en los que dejar moverse a sus personajes.
Aún así, tienen la ventaja los textos de Rossi de ser permeables, porosos, y permitir una lectura amena, que, incluso cuando no nos saca de nuestra realidad, se sobrelleva con gusto. Tabarovsky, en otro libro que he leído recientemente, señala que su personaje ha perseguido siempre libros ligeros, imperfectos, que en su falta de ambiciones retratan el mundo de un modo mas fiel y exacto que las grandes obras que ambicionan abarcarlo todo y servir como brújula para generaciones venideras. Tal vez sea, este de Rossi, uno de esos libros, como esas amistades que, sin pretenderlo, se nos van metiendo en la vida hasta que se convierten en parte insustituible de ella.
Alejandro Rossi Manual del distraído Debolsillo, Barcelona, 2007

23 septiembre 2007

Un libro de transición

En varias ocasiones he comentado por aquí que uno de los grandes problemas a los que se enfrenta el lector que busca consejo sobre un libro es la tendencia natural de la crítica a beatificar a unos autores y dar por bueno todo lo que salga de sus manos. Es, por ejemplo, lo que ha sucedido con el último libro de Pàmies, Si te comes un limón sin hacer muecas, que ha sido recibido con parabienes por parte de la crítica establecida y del mercado, pero con abiertas reticencias en medios minoritarios como Internet.
No creo que vayamos a descubrirle a ningún lector habitual de cuentos las excelencias de Sergi Pàmies. Su obra está ahí para hablar por él mismo, y no creo que ningún lector lo dude –salvo los que se las dan de enterados cuando en realidad están muy distraídos y siguen rebuznando ideas peregrinas como que Pàmies imita a Monzó o que sigue su estela y demás comentarios que evidencian sus carencias como lectores-. Pero, del mismo modo, yo creo que los numerosos parabienes que ha recibido este libro vienen, precisamente, originados por la obra anterior de Pámies, pero no por esta colección de relatos. Ni un bodrio –es muy difícil que un autor con cabeza y sentido estético pierda el norte como para entregar una bazofia- ni un libro magistral. No, este libro de Pàmies no es otra cosa que un libro de transición. Ni más ni menos. Siete años sin publicar un libro de relatos –esto sorprenderá a esos autores que publican un libro por año, así les luce el pelo-, dedicado mucho más a sus colaboraciones en prensa, pueden ser, sin duda, mucho tiempo para que la máquina esté engrasada.
Pero, por encima del estado de forma del autor, se aprecia que hay un giro temático y estético que está por concretarse. Por un lado hay una voluntad acaso excesiva de adelgazar los textos, de convertirlos en apenas esquemas de narraciones, en las que se entrega al lector un esbozo, una primera versión de un texto. Pàmies parece estar buscando una narración sintética, que de unos frutos mínimos pero que se esperan sabrosos. Y eso no ocurre. Habría que analizar en profundidad el daño que el microcuento está generando en el relato breve. Parece que muchos autores no se han percatado que los microrrelatos verdaderamente geniales y canónicos no narran, sino que enuncian una paradoja o axioma, pero que se desvanecen por su falta de entidad. Para que se vea más claro, un libro de aforismos. Los aforismos necesitan de ir acompañados, bien en manada, dentro de las páginas de un grueso libro que recoja los diversos chispazos de ingenio de su autor –a mi lado tengo mi libro de Lichtenberg que es, sin duda, la mejor muestra de lo que digo- o bien como apostilla. Pero, por sí solos, se quedan un poco huérfanos, desamparados, como una noche de sábado sólo en casa con el televisor estropeado. Parece que realmente no hubiera nada. Con un chispazo no se salva una noche, y con un microcuento no se cala en la memoria del lector. Vayamos al microcuento más famoso de la historia, el dichoso dinosaurio de Monterroso –por cierto, cómo me revienta la gente que escribe Tito Monterroso, o a la que escribe Gabo- que la mayoría de la gente cita mal, y eso se debe a que toda la gracia del asunto está en una acertada conjugación sintáctica. No hay más. Un uso acertado del lenguaje, pero no hay sentimientos, historia, nada que nos toque como lectores. Pàmies ha adelgazado sus cuentos hasta convertirlos en esquemas, en parodias de cuentos que no llegan al lector. En algunas entrevistas ha confesado que el proceso que ha llevado a cabo con ellos ha sido ese, el de ponerlos a una severa dieta en la que, como Shylock, ha ido cortando libra tras libra la carne de la historia hasta dejarla convertida en nada, en apenas un hueso roído del que el lector debe sacar un jamón. Y no, eso no funciona así. Tal vez en un futuro, al seguir investigando esa línea, consiga plasmar más sentimiento, más emociones –y por lo tanto suscitarlas en el lector- en esos breves cuentos. Pero en esta ocasión no lo ha logrado.
Por otro lado hay planteamientos que producen sonrojo. El cuento de la gota de agua, con la metáfora de esa caída desde el grifo a la pila como alegoría de la existencia es, digámoslo claramente, adolescente. Parece un cuento sacado de una revista de instituto –escrito con más oficio, claro, pero sacado de un fanzine de universitarios a lo sumo- y hay varios textos que se mueven dentro de esas mismas coordenadas. Una alegoría precisa, igualmente, de un referente externo. No existe por sí sola, funciona en tanto que el lector sepa ver la referencia y construir por tanto la relación entre referente original e imagen metaforizada. Son cuentos que, también, se quedan cortos, necesitados de un complemento. Y, lo peor en algunos casos, es que el autor se ha dado cuenta de que quizá se le estaba yendo la mano y ha intentado frenarlos, limarles las aristas, y mediante remiendos, rebajar parte del alcance de esas metáforas. Y ahí ha malogrado algunos textos.
Y, por último, están los cuentos que parecen abocados al silencio de la escritura, a la nada de lo real, que posiblemente son lo mejor del libro y los que logran un tono más interesante. Con esas negaciones del mismo hecho de narrar, de los senderos que puede trazar. El cuento “Nuestra guerra” es un ejemplo perfecto de cuento retórico, metaliterario que, finalmente, hace aguas porque no llega a concretarse, no llega a levantar una historia en torno a la que funcionar. Mientras ese tipo de historias a Beckett le sirve para colocarnos frente a la nada, en el caso de los textos de Pàmies de este libro nos demuestra la nada que albergan esos cuentos. Y, aunque puedan parecer cosas muy parecidas son, en realidad, muy distintas.
Pàmies es, sin duda, un escritor plenamente capaz de hacer lo que quiera con un lector. Sabes adentrarse hasta lo más profundo del ser humano y sacar a la luz nuestras contradicciones, y sabe echarnos a la cara todas nuestras miserias sin por ello resultar un cínico o un amoral. Pàmies ha sabido siempre ser tierno, piadoso, con sus criaturas, que a fin de cuentas son seres humanos llenos de defectos y perdidos en el mundo que les ha tocado vivir. Y una buena muestra de todo lo que he dicho está en esa genialidad que era y es “La maquina de hacer cosquillas”, uno de los mejores cuentos que se han escrito nunca, que sabe transitar por una delgadísima línea que separa el melodrama de la vacuidad, pero que sobrevive construyendo un texto que no condesciende a lo fácil y que al mismo tiempo nos deja profundamente tocados. En este Si te comes un limón sin hacer muecas creo que falta esa humanidad. Parece que a Pàmies le ha dado miedo, no se ha visto preparado para transitar esa frontera, y ante el miedo de sonar sensiblero, se ha ido al otro lado. Los cuentos resultantes son fríos, retóricos, estrictamente preocupados por su dicción y no por su calor. Y eso lo convierte en un libro fallido.
Como ha ido con prólogo de ese bluff que se llama Vila-Matas y demás, se conoce que ha vendido mucho. Pero la realidad es que este libro es una mera muestra de una transición, un camino que puede traernos a un Pàmies renovado en sus formas e interesante como siempre o que puede llevar a Pàmies en convertirse en un verdadero tostón. Sólo el tiempo dirá en qué queda todo esto. Alguien debería explicarle a Pàmies que lo normal al comerse un limón es hacer muecas, porque eso demuestra que uno está vivo, que siente, que respira. Los cuentos de este libro son fríos, carentes de humor, y parecen un limón incapaz de provocarnos, aunque sea, esas muecas.
Sergi Pàmies Si te comes un limón sin hacer muecas Anagrama, Barcelona, 2007

21 septiembre 2007

Aprender a escribir

Ando un poco preocupado con el nivel de la crítica española. Esta afirmación no es algo que se diga por vez primera en este blog. Muchas veces el verdadero asunto de los comentarios que he deslizado en él era la incapacidad de muchos críticos –críticos que publican en medios grandes y de prestigio- de entender los textos de los que hablaban. Lo que ya no sucede tan a menudo es que pueda uno directamente cuestionar la capacidad verbal de un crítico. ¿Cómo puede valorar una persona que no sabe escribir el texto de un autor? Yo, que no soy cocinero, y que las dos cosas que hago entre fogones son muy modestas y destinadas más a matar el hambre que a otra cosa, cuando voy a un buen restaurante puedo llegar a decir: esto me gusta mucho, está sabrosísimo o delicioso. Lo que no sé es valorar la capacidad profesional del cocinero. No sé si es mucho más complicado hacer una tortilla de patatas o un soufflé de pollo confitado con berenjenas y leves aires cantábricos, por ejemplo. Por eso me sorprende que haya críticos carentes de una formación mínima, algo tan sencillo en alguien que debe leer un texto y escribir sobre él como pedirle que conozca el lenguaje en que se ha escrito el texto y en el que debe expresarse para escribir su reseña.
Todo esto viene a cuento de que estaba hace un par de horas preguntándome qué tal estará la nueva novela de José María Merino. Medardo Fraile me habló bien de ella –pero Medardo quiere a Merino como a un hijo y uno siempre es benévolo con los hijos-, así que me animé a buscar críticas de la misma en Internet. Y de lo primero que me salió fue la que firmó Juan Ángel Juristo en el ABCD, titulada Arcadia por horas. La verdad es que del susto que me he llevado el único responsable soy yo por andar leyendo lo que no debo, y más si, como se da el caso, uno ya conoce al señor Juristo. En fin, me he quedado tan abducido –creo que podemos considerar a este crítico un extraterrestre, porque considerarle humano es ser muy generoso- que me he visto obligado a glosar esta pieza de orfebrería que debería ser lectura obligada en todas las facultades de periodismo y de filología sobre cómo no se debe hacer, nunca, una reseña de un libro.
Vamos allá.
“De la vasta geografía temática de la obra del autor, el refugio ocupa un lugar central.”
La primera en la frente. Vamos a repasar la sintaxis de esta oración. Lo haremos usando el tradicional método que se empleaba en el colegio, que es el de reubicar la frase de un modo más habitual. Bien, la oración, en tal caso sería así: El refugio ocupa un lugar central en la vasta geografía temática de la obra de su autor. O sea, que venir a usar un genitivo partitivo –y luego me suspenden la Historia de la Lengua- está muy bien, pero no tiene razón de ser aquí. El señor Juristo no sabe usar las preposiciones. “No es un asunto muy importante en el castellano”, pensará el señor Juristo, “porque son sólo diecinueve palabras de las más de cincuenta y cuatro mil que reúne el diccionario de la Real Academia. No voy a molestarme en aprender a usar tan sólo veinte”. Uno no puede sino darle la razón a Juristo, ¿para qué aprender a usar las preposiciones si uno tan sólo va a escribir en castellano? Podríamos extendernos con el abuso de la pragmática que implica ese sintagma “de la obra del autor” que parece designar toda obra de todo autor, pero tampoco es cuestión de partir pelos en tres.
“Puede ser un barrio de una populosa ciudad como Madrid, muy a menudo un territorio que, día a día, se escapa de los mapas para entrar en el recuerdo, como ciertas zonas y costumbres de su Noroeste español, en este punto hay unas semejanzas con Miguel Torga que no deberían dejarse pasar por alto, o, también, enormes sitios que eran inmensos continentes y cuya épica ocurrió en otros tiempos y de los que Merino ha dado cuenta en su ciclo de narraciones sobre América, o sencillamente un estado mental, como en esta última narración.”
Analicemos esta frase. Encontramos por ahí dos oes disyuntivos que parecen segmentar los tipos de refugio a los que alude Juristo analizando la obra de Merino. Voy a parafrasear lo que yo entiendo al leer tan sólo esa única partícula disyuntiva: Un refugio sería un barrio de una populosa ciudad como Madrid, que es un territorio que, día a día, se escapa de los mapas para entrar en el recuerdo, como ciertas zonas y costumbres de su Noroeste español. El otro refugio serían los enormes sitios que eran inmensos continentes y cuya épica ocurrió en otros tiempos y de los que Merino ha dado cuenta en sus narraciones sobre América. Y el tercer tipo de refugio sería un estado mental, como en la narración que ocupa al genial Juristo. Uno, que algo ha leído a Merino, va desentrañando las metáforas. Merino tiene un libro de cuentos llamado Cuentos del barrio del Refugio, con narraciones ambientadas en torno al barrio del Conde Duque de Madrid, y otro llamado Cuentos del reino secreto, en el que recoge cuentos con un aire de leyendas muy propias del paisaje leonés en el que se crió. Juristo los debe de confundir, porque entre ambos no hay disyuntiva, sino que son el mismo o al menos funcionan como una comparación gracias a ese como del texto. Muy distintos refugio son esos enormes sitios que eran inmensos continentes. La retórica le juega una mala pasada a Juristo. Por encima del hecho de que se ve que es una frase pensada para rellenar los caracteres que le pide el periódico para la reseña, la verdad es que considerar un refugio a un “enormes sitios”, que, por cierto, han dejado de ser “inmensos continentes” –eso deja entrever el pretérito- y que carecen de épica contemporánea –con lo que todas las novelas de dictadores, por poner sólo un ejemplo, deben ser inventos de colegas de Tolkien-, lo mejor de todo es que la frase debe tener relación con la trilogía protagonizada por Miguel Villacel Yölot y cuya autoría recae también en José María Merino.
Lo del estado mental como refugio es en lo único en que estoy de acuerdo. No sé si el que está en Babia –el estado mental, no ese terreno que desaparece del mapa- es el propio Juristo o el director del ABCD que, con cosas como esta, no le echa a la puta calle. Si un cirujano hiciera una operación como este hombre ha hecho una crítica estaría en el calabozo a la espera de juicio. Pero en la sociedad de hoy un crítico que no sabe escribir, que se limita a rellenar el hueco que la editorial pide dentro del folleto que los sábados se entrega con el periódico, vive de ello.
Luego dirán que exagero.

20 septiembre 2007

¿A cuántas palabras la imagen?

Ahora todo el mundo lee cómics, y no voy a ser tan estúpido de decir que me parece mal que tanta gente se haya apuntado al carro –porque me parece que todavía es muy poca gente la que disfruta con los tebeos-, pero sí me sorprende la “adaptabilidad” que están demostrando los expertos, críticos y demás gente dedicada al medio con la terminología. Ya he señalado aquí que me parece verdaderamente estúpido eso de la “novela gráfica”, término que ahora todos usan sin entender que, cuando Eisner lo acuñó era para diferenciar el álbum –nombre con el que siempre se ha conocido en Europa- del comic-book yanqui de superhéroes. Dentro de poco escucharemos a los “entendidos” utilizar nombres como “sagas gráficas” para hablar de las enormes seriales de clásicos como Spiderman o X-Men. Quién sabe cómo llamarán dentro de poco a las tiras de prensa.
Y, sin embargo, la mayoría de los expertos ignora –prefiero pensar que es ignorancia y no desprecio- la obra de narradores gráficos que realmente se la juegan en cada historia. Porque usan sólo imágenes, no recurren a la palabra como recurso fácil para transmitir lo que no saben recrear con el dibujo. En esto andan las cosas muy parecidas al cine, donde una de las cosas que trajo el sonoro fue un frenazo en la investigación de métodos narrativos en la que los grandes directores del cine mudo se enfrascaron. ¿Cómo transmitir un sentimiento con imágenes? ¿Cómo recrear sentimientos e historias una imagen tras otra sin recurrir a la palabra? La mayoría de los dibujantes desisten pronto, y los que trabajan con guionista saben que, además, a este le gusta colocar sus diálogos, sus textos de apoyo, en la obra final.
Precisamente es muy raro por eso encontrar obras como Cinema Panopticum del suizo Thomas Ott. Este genial narrador gráfico –esto sí se puede usar, señores, porque es alguien que narra con imágenes- es uno de los más puros artistas de su medio. Sus historias no contienen palabras. No hay diálogos, no hay textos de apoyo, todo se cuenta, se traslada, a través de la imagen.
La estética de Ott es muy curiosa, es deudora al mismo tiempo de los tebeos clásicos de terror de EC Cómics –Tales from the crypt, Creepy­- y del expresionismo alemán. Por eso sus trabajos poseen una sugerente atmósfera, y cuentan historias de horror que conjugan lo explícito con lo aludido, por lo que son doblemente eficaces.
Además, Ott usa una curiosa técnica pictórica, ya que, en vez del tradicional negro sobre blanco, él usa blanco sobre negro, logrando una estética muy parecida a la del aguafuerte, ya que parece trabajar más con un punzón y un buril que con lápices o plumillas.
Y, pese a todo lo dicho, lo mejor de Ott es la capacidad de trabajar con paginaciones reiterativas sin que el lector perciba la más mínima sensación de monotonía. En Cinema Panopticum, por ejemplo, divide en cuatro la plancha –fiel reflejo de las cuatro historias de que se compone el álbum-, y como mucho se permite unir en algunos casos las viñetas horizontalmente o hacer una que ocupe toda la plancha. Pero casi siempre mantiene las cuatro viñetas sin que el lector perciba en momento alguno ese estatismo. Esa regularidad es la que acentúa los espectaculares aciertos en el modo de contar la historia, de trabajar con las imágenes de tal modo que el lector encadena con una naturalidad pasmosa a esos personajes en movimiento sin necesidad de escucharles hablar o pensar. Ese distanciamiento no atenúa los espectaculares aciertos que logra en las historias, engarzadas en lo mejor de la tradición fantástica o simbólica de la narrativa del siglo pasado.
La obra de Ott es, en verdad, de las que no ya dignifica, sino que engrandece un medio de expresión en el que demasiado a menudo nos quieren dar gato por liebre, y aprovecharse de cualquier cosa que huela a historia adulta o sofisticada para hacernos creer que, sólo por eso, estamos ante una obra importante. Los álbumes de Ott no decepcionan, y van construyendo, paso a paso, una de las trayctorias más consistentes y originales que se pueden encontrar hoy.
Thomas Ott Cinema Panopticum La Cúpula, Barcelona, 2005
Para Gonza, que me regaló el tebeo

19 septiembre 2007

La quimera de entrar en los manuales

Ha querido la casualidad, esa lógica que no entendemos, que haya coincidido la redacción que tenía en marcha de las impresiones que me había despertado el libro Afterpop de Eloy Fernández Porta con la lectura de un artículo de Javier Calvo publicado en el suplemento Costura/s de La Vanguardia sobre eso que se ha dado en llamar “Generación Nocilla”.
El artículo de Javier Calvo resulta especialmente interesante porque lo ha escrito alguien que se ha visto metido, de repente, en un grupo con el que, posiblemente, tiene poco o mucho en común pero con el que no se siente identificado. Y en el artículo recalca, por encima de otras cuestiones, que, muchas de esas señas de identidad están creadas por los propios miembros del grupo y amplificadas con el objeto de despertar un mayor interés mediático. Este artículo –bueno, mejor estos, tanto el de Calvo como el mío- servirán, por encima de otras cuestiones, para dar mayor bombo al asunto. Todos, hace tiempo, sabemos que no hay publicidad mala o buena, sino tan sólo publicidad, y este post es echar más leña al fuego y, por lo tanto, avivar la llama.
Yo he leído algunos de los libros de esos “jóvenes autores” que están incluyendo en la nómina de la dichosa generación –por cierto, qué degeneración eso de tener siempre que aludir a la dichosa palabrita cuando se trata de hablar de literatura- y estoy todavía a la espera de esa revolución que tanto anuncian. Coincido plenamente con Calvo –y es muy curioso que coincida tanto con él con lo espeluznante que fue para mí la lectura de El dios reflectante, que me pareció un horror y me ha quitado las ganas de volver a leer otro libro suyo- en que la característica principal de ese grupo cohesionado en torno a la nueva etapa de la revista Quimera –aprovecho para proponer un nuevo nombre: Grupo Quimera- es que están dedicándose de un modo muy activo a la autopromoción. Eso que llama Calvo Do It Yourself es, sencillamente, autopromoción. Uno elige una serie de virtudes –o de características que entiende como virtudes- y se dedica a propalar la buena nueva a los cuatro vientos. Eso es, más o menos, lo que está sucediendo con el núcleo más duro –y más sólido, tampoco nos engañemos- del grupo. Porque, curiosamente, los parabienes hacia Nocilla dream han venido, justamente, de los propios colaboradores de la revista Quimera. O sea, que un grupo de amiguetes han elegido el libro de otro como mejor novela del año –por cierto, uno de esos amiguetes no se ha cortado un pelo en decir que no le parece, propiamente, una novela, opinión con la que coincido. Y esa es, más o menos la técnica seguida por parte del grupo, lo que me recuerda mucho al anuncio este del yogur griego donde se nos dice que una asociación de catadores –o sea, de expertos en vino- y un notario han elegido ese yogur como el mejor del mercado.
Pero, lo más curioso es, como señala Javier Calvo en su artículo –bueno, la novela de los japos en Londres me pareció un coñazo, pero el cuento de los finlandeses de Eñe no estaba tan mal- han decidido dinamitar su credibilidad ignorando lo que se ha hecho antes en la literatura hispana La nómina que enhebra: Loriga, Fresán o Casavella –me voy a limitar a los de unas edades parecidas- es incontestable. De hecho, en El hombre que inventó Manhattan enlazó una novela fragmentaria que bebe de la estética cinematográfica y beat de un modo más fecundo e interesante que Nocilla dream de Fernández Mallo. Y Fresán en Mantra recoge de un modo enciclopédico sin dar a luz un tostón académico esa cultura “afterpop” de la que habla Fernández Porta en su libro. Incluso, siendo un poco malvados, podríamos señalar que las aventuras de narrativa distópica de algunos de los miembros del grupo son pálidos reflejos de la de Ballard. Y que, incluso desde una perspectiva estrictamente estilística, el español de esos libros es, por momentos, infame –mucho Internet, mucha revista yanqui y muy pocas novelas para aprender a expresarse.
Pero sí que reconozco, como lo hace Calvo –otra coincidencia, ay, ay, al final me veo leyendo más cosas de este hombre-, que el libro de obligada referencia para entender todo este tinglado es Afterpop. La literatura de la implosión mediática. Publicado por Berenice, la hija cool del emporio cordobés de Pimentel –tampoco son editoriales tan minúsculas, Javier, qué perra tenéis la gente que publicáis en las grandes-, este libro destaca, sobre todo como intento de generar una nueva concepción crítica, como golpe en la mesa destinado a llamar la atención sobre otros métodos –no nuevos, desde luego, pero sí poco explorados en España- de los que suele usar la crítica mercenaria o académica establecida.
Los artículos reunidos aquí se caracterizan, sobre todo, porque huyen de concepciones prejuiciadas de lo que es o deja de ser cultura. La cultura, sea de masas o de élites, es cultura y, como tal referente. En el texto que abre el libro, uno de los más interesantes del mismo, se analiza esa cuestión. La costumbre que siempre se ha dado aquí es la de ubicar a priori el texto en uno u otro cajón. Así, hay críticos “serios” que sólo leen las obras de los grandes autores bendecidos por el prestigio del canon, y otros quedan abandonados al espectro de la subcultura o medios minoritarios como fanzines y demás. Sirva como botón de muestra el desprecio que, históricamente, se ha mantenido con la obra de Ballard por parte de los suplementos de los grandes diarios o por la cultura académica, que se debe, en la mayoría de los casos, a la incapacidad de hacer una lectura competente de dichos textos. No entro ya en ejemplos como Gibson porque sería de llorar. Esa es otra de las características que reivindican para sí los miembros de este Grupo Quimera –no sé por qué voy a ser menos que unas redactoras del Gutural del Mundo a la hora de bautizar movimientos, y también podían ser los Fernández, porque hay varios-, la utilización de referencias científicas y tecnológicas. Pero, si por un lado es evidente y palmario que la literatura española parece vivir todavía en los años de los teléfonos de baquelita, tampoco hay que exagerar a la hora de sacar pecho. La tecnología y ciencia que se exhibe en los textos de estos autores es, por decirlo educadamente, de usuario. Pero bastan esas pinceladas, esos detalles, para fascinar a un lector que también abre la boca sorprendido por los “experimentos científicos” que lleva Flipy al programa El Hormiguero.
Afterpop, y los autores del grupo en general, destacan, sobre todo, porque al menos le dan algo de color al prostático panorama literario hispano, repleto de autores que, ancianos con cuarenta años, pueden entrar ya en la Real Academia –véase el caso de Muñoz Molina, caso de progeria espeluznante-. Pero de ahí a lanzar las campanas al vuelo como está haciendo cierta crítica, que demuestra así unas ganas locas de pasar a la letra pequeña de la Wikipedia, es exagerado. Ni la poesía, ni la narrativa de estos autores es, a fecha de hoy, un hito de la literatura hispana. Puede que en el futuro lo sea y ya se encargará el mercado de imponerlos como tales –Fernández Mallo lo será en breve, porque ese será el leit motiv de la promoción que el harán en Alfaguara, seguro-, pero que estemos presenciando un caso claro de utilización del mito del rebelde y contestatario para lograr un hueco en el mercado es un hecho que no debe olvidarse.
Algunas de las teorías, de las lecturas que lanza Fernández Porta en su libro son, evidentemente, interesantes, meditadas y sugerentes. Otras son delirios más o menos revestidos de una hábil retórica que se apropia de las técnicas posmodernas –todo vale, todo es lo mismo, el análisis de un episodio de Family Guy tiene la importancia y relevancia de uno de El padrino- para, en el fondo, cuestionar ese mismo panorama intelectual en el que nos movemos. Artículos como el que abre el libro, que debería ser de lectura obligada para todos esos colaboradores de suplementos culturales y gestores que consideran pop a Loriga y culto a Javier Marías, así como el tono y la elaborada redacción del libro, lo convierten en una lectura más que saludable y beneficiosa.
Es, sin duda, lo más interesante que ha publicado un miembro de este grupo. Sería injusto para esos lectores que, escamados por las tácticas de guerrilla de los miembros del mismo y afines, estén pensando en ignorar este libro que yo les recomendase que se abstuvieran de su lectura. Es un libro escrito por alguien inteligente y aporta ideas. Y eso no es algo que suceda muy a menudo.
Eloy Fernández Porta Afterpop Berenice, Córdoba, 2007