19 junio 2006

Vivo en la jungla

Después de un fin de semana dedicado, por un lado, a las labores profesionales propias de mi condición -perdón por esta manera tan rebuscada de hablar pero es que he recordado los comentarios de un periodista deportivo cuando hablaba de que un jugador se había podido romper los huesos propios del pie-, en fin, que estuve corregiendo ejercicios de los alumnos de mis talleres de cuento; y, como eso no suele ser suficiente, de excederme un poco con la ginebra, porque no me bastó con ir bebiendo al buen tuntún Beefeater y Tanqueray dependiendo del bar al que fuera, incluso creo que cayó algo de Bombay, aunque lo de Sapphire creo que fue el miércoles en la inauguración de la terraza Skynight, diseñada por Nouvel, del hotel Puerta de América -qué quieren, ya sé que es contradictorio estar siempre hablando mal del mercado y evidenciar esta superficialidad, pero uno es humano, y había barra libre, si no puedes vencerlos desde fuera no está mal la táctica de guerrillas, y además un poco de buena vida no vuelve a nadie tonto-, total que no me auerdo ya ni de las copas de este semana, y eso debido a que además de la ginebra cayeron antes un montón de cervezas. Por eso llegué al domingo con el hígado algo perjudicado y tremendamente cansado, necesitado de sueño.
El domingo transcurrió entre partidos de fútbol, aburridísimos los jugadores, más aún los locutores, y el libro de Mercedes Cebrián, del que ya hablaremos un día de estos, no se preocupen, aunque fue lo mejor del domigo, la verdad.
Así que poca cosa me apetecía contar hoy y, para colmo, he estado todo el día buscando contactos para promocionar los talleres intensivos de verano de la empresa para la que trabajo, así que tampoco he tenido tiempo de meditar mucho qué decir aquí.
Podría haberme puesto a despotricar contra la variedad de medias verdades a vueltas del referéndum con que los rotativos nos han recibido esta mañana. Mañana que, por cierto, ha empezado muy pronto para mí porque el amigo Gonzalo quería que hiciese de profesor para una delicia en forma de corto que se llamará Benelux y que hemos estado rodando esta mañana en el aula donde pasé tercero, cuarto y quinto de EGB. ¿Quién me iba a decir que acabaría haciendo de profesor en ella? No se impacienten, en cuanto esté acabado el corto intentaremos que lo vean, aunque sea a través de You Tube.
O podría haber comentado los curiosos cambios en el organigrama de El País, en los que el hasta ahora jefe de deportes pasa a cultura. Total, como en El País a nadie le preocupa informar, tampoco hay que extrañarse de que uno pase de Butragueño o Ronaldo a Heidegger. También podría haber colgado el segundo capítulo, esperemos que el último, de la historia de Iker Jiménez -no puede ser de mi familia, nadie de mi familia puede ser tan tonto- y el "cosmonauta fasntasma". El muy caradura ni tan siquiera reconoce que la ha cagado. Eso sí, el colaborador que trajo la historia, por lo visto, a la puta calle. Lo explican muy bien en Magonia.
Total, que había tanta tontería en el ambiente que he aprovechado la hora de la comida para navegar un poco y encontrarme con que en Microsiervos hay otro fanático de Escher como yo. Alvy ha colgado unas cuantas imágenes en Flickr para los que, como he hecho yo, quieran utilizarlas.
He escogido esta no porque me parezca la mejor de Escher, al igual que Alvy posiblemente la que más me gusta sea el mural Metamorfosis -que, por cierto, estamos nostálgicos y escolares hoy, fue una de las imágenes que tuve en mi carpeta de escolar desde tercero de bachillerato hasta tercero o cuarto de carrera-, sino porque al lado de mi casa, en la calle Conde Romanones 14 o 16, ahora no recuerdo bien, están terminando de rehabilitar un edificio y en el enfoscado de la fachada han usado la trama de lagartos claros y oscuros encadenados como tópico de la decoración. Y, desde el primer día que lo vi -y paso por allí a menudo-, me ha llamado la atención ese pequeño rincon escheriano en la parte más romana de Madrid.
Vaya por Maurits Cornelius Escher, que se permitó el lujo de mandar a paseo a Mick Jagger cuando le pidió una imagen para la portada de un disco.

17 junio 2006

El cuento del fin de semana (14)


Lo prometido es deuda, así que aquí está el cuento con el que Ricardo Menéndez Salmón ganó el Premio José Nogales de la Diputación de Huelva en su edición del año 2005. Como broche a toda la historia que se ha ido comentando en el blog, su autor ha tenido a bien enivarlo para que pudiérais disfrutarlo todos. Parece ser que, en un futuro no muy lejano, habrá libro nuevo en Seix-Barral. Lo esperamos.
Y entre tanto aquí está el cuento. Disfrutadlo, creo que lo merece.

Gritar
Para Ignacio del Valle
La primera vez que Balboa leyó el anuncio no pudo evitar sonreír:

«SE ALQUILA HABITACIÓN PARA GRITAR.
ECONÓMICA. ABSOLUTA DISCRECIÓN.»

Y aunque pasó la página del diario buscando las necrológicas, algo lo retuvo, una fuerza que tiró de él obligándole a volver atrás, a leer por segunda vez, muy despacio, con extraordinaria atención, como si cada una de aquellas ocho palabras pudiera contener un enigma, el texto que hacía sólo un instante acababa de arrancarle una sonrisa.

«SE ALQUILA HABITACIÓN PARA GRITAR.
ECONÓMICA. ABSOLUTA DISCRECIÓN.»

El anuncio, estratégicamente situado entre los avisos de inmobiliarias y los de compraventa de muebles, automóviles y joyas, brillaba con luz propia, como un faro en la noche. Entonces, al leerlo por segunda vez, la sonrisa de Balboa dejó paso a la curiosidad.
En efecto, minutos más tarde, mientras llamaba al número de teléfono indicado e imaginaba la clase de voz que respondería al otro lado de la línea, el ánimo de burla y la más pura admiración jugaban dentro de él una partida confusa. En cualquier caso, se sintió bastante reconfortado cuando una voz de hombre, una voz viril y autoritaria, un poco insolente, le comunicó un precio y le sugirió una hora.
Balboa recordaría siempre aquella primera visita con una mezcla de placer y pudor, como si estuviera yendo a un burdel o acudiendo a presenciar, en lo más cerrado de la noche, una pelea clandestina de perros.
La casa le sorprendió por el buen gusto con que sus paredes estaban decoradas, la profusión de libros que adornaban las estanterías, las flores que perfumaban cada estancia. El propietario, el hombre que respondió al teléfono, vestía un traje de un corte exquisito.
—No quiero saber su nombre —le dijo a Balboa tras estrechar su mano, invitarle a sentarse y ofrecerle un café—. Y espero que usted no me pregunte el mío. Lo que haga allí dentro es cosa suya. Así que disfrute. —Y añadió, mirándose largo rato las uñas—: Y no se preocupe por el ruido. El inmueble está insonorizado. Grite cuanto quiera.
El grito, tan ancestral, nos inflama de vergüenza. Pocos actos como el grito nos permiten comprobar hasta qué punto hemos olvidado nuestra animalidad y nuestro pasado, los lugares de donde procedemos. Incluso quien sube a lo alto de una colina para gritar, aun sabiendo que está completamente solo, experimenta cierto sonrojo al emitir sus primeros gritos. Sólo los niños, que tienen una experiencia de la libertad que los adultos hemos olvidado, y los agonizantes, a quienes ya no afecta la escuela de las buenas costumbres, gritan sin avergonzarse.
En consecuencia, el primer encierro no fue el más memorable para Balboa.
Al comienzo sus gritos se le antojaron absurdos y falsos, impostados, carentes de sentido, y aunque al final de los treinta minutos (ese era el tiempo convenido) se fue sintiendo más confiado, más seguro de sí mismo y del resquemor no del todo desagradable que notaba en la garganta, abandonó la habitación prometiéndose no volver.
Su decisión duró apenas cuarenta y ocho horas. El viernes por la tarde, al salir del trabajo y pisar la calle, echó algo de menos, como dicen que los mutilados extrañan un miembro amputado o que los ex fumadores añoran la nicotina décadas después de dejar el tabaco. Una dulce pero rotunda nostalgia le había pillado desprevenido, como un hombre al que disparan por la espalda. Acababa de descubrir que necesitaba gritar a toda costa.
De modo que, en vez de ir andando, cogió un taxi para llegar a casa lo antes posible, subió las escaleras casi corriendo, se quitó el traje y la corbata, se encerró en el baño, se aclaró la garganta y…
Y siguió callado.
Al descubrir su cara blanca y algo avejentada en el espejo, al percatarse de la flacidez de las mejillas y la falta de carácter del mentón, supo que no podía gritar allí dentro, que su lugar era otro, la cálida y cómoda casa del hombre que se miraba las uñas al hablar.
Así que llamó, concertó una cita y respiró aliviado.

*****

Desde aquel viernes, indefectiblemente, Balboa acudía a gritar media hora a la habitación del anuncio.
Aquello duró, más o menos, un mes. Balboa había alcanzado un gran dominio sobre su grito, se había convertido en un perito ciertamente diestro, en un notable gestor del ruido. En líneas generales, podría decirse que estaba satisfecho. Pero también era consciente de que algo le faltaba, de que su grito, al tiempo que ganaba perfección, perdía frescura.
Fue por eso que una tarde, al despedirse del dueño, se atrevió a hacerle una oferta.
—Perdone que le moleste —dijo—, pero quiero proponerle algo.
El hombre le invitó a sentarse.
—Usted dirá, querido amigo. Le escucho.
La casa estaba tan silenciosa que las palabras parecían poseer relieve, como si fueran de mármol.
Balboa no vaciló. Le dijo que le gustaría gritarle a él, al dueño de la casa, en vez de hacerlo a la habitación vacía. Inmediatamente se sintió traicionado por su propia voz, ganado por el pánico, y recordó la advertencia que, a propósito de los límites de su intimidad, el hombre le había hecho durante su primera visita. Comprendió entonces que había cruzado un punto sin retorno: le iban a echar sin mediar palabra…
Pero Balboa se equivocaba.
—En fin —dijo el hombre mirándose las uñas como quien mira un prodigio—, es una proposición un tanto insólita. Nunca antes nadie me la había planteado…
—Por supuesto —le interrumpió Balboa recuperando el pulso— le pagaré más dinero.
Así fue como comenzó el segundo mes de alquiler. Balboa había encontrado a quien gritarle.

*****

Es probable que la esencia del grito sea la insatisfacción. Gritamos porque no somos felices, porque estamos hambrientos, porque queremos dormir, porque nos han abandonado o porque no aceptamos la muerte. Gritamos lo que no tenemos.
Durante aquel segundo mes Balboa gritó al dueño de la casa como si éste fuera la encarnación de todas sus desdichas. El dueño cumplía su papel estoicamente. A Balboa le recordaba a Laurence Olivier interpretando a un senador romano o a un cínico aristócrata educado en Eton, con una sonrisa displicente flotando siempre en sus labios. Cada tarde, alrededor de las siete, incluidos los fines de semana, Balboa se encerraba con su cómplice y empezaba la representación.
La habitación, en la que había una cama de hierro, dos sillas, un espejo de cuerpo entero y una jofaina con agua y toallas para las abluciones, deslumbraba por su austeridad. Balboa había descubierto en ella cuanto más fácil es gritar en un ambiente espartano que en un salón de la alta sociedad.
A menudo el dueño se tumbaba en la cama, aunque Balboa prefería que se mantuviera sentado en cualquiera de las sillas. (En todo caso nunca se atrevió a exigírselo, pues el miedo a que el hombre diera marcha atrás no dejó de acompañar a Balboa durante aquella segunda etapa.) Balboa procedía siempre del mismo modo. Se quitaba la chaqueta del traje, que colgaba meticulosamente del respaldo de una de las sillas, se remangaba los puños de la camisa hasta la altura del codo, se aflojaba la corbata, se lavaba las manos, los antebrazos y la cara, se secaba vigorosamente, hasta que la piel enrojecía, y entonces, de pie en el centro geométrico de la estancia, encaraba a su oyente. Sesión tras sesión, la destreza adquirida en el arte de gritar le permitía acompañar su voz con elocuentes gestos de brazos y piernas, hasta el punto de que, en ocasiones, se podría pensar que, trasunto de un derviche atrapado por su musa, Balboa danzaba a la búsqueda de alguna enigmática forma de inmortalidad.
El hombre es un animal de costumbres, cierto, acaso lo mejor de su legado proceda de ahí, de su capacidad para reglar el tiempo, crear una rutina y ordenar el caos. Pero el hombre es también un animal disconforme, y muchas de sus grandes conquistas —el hallazgo de la belleza, su capacidad como arquitecto o inventor, el dominio de la naturaleza— proceden de esa fuente de insatisfacción en la que a menudo abreva.
Por eso, al final de aquel segundo mes, Balboa decidió dar un nuevo paso en su experiencia del grito.

*****

La cosa empezó un sábado por la tarde, mientras Balboa se hacía el nudo de la corbata en el portal de la casa. Hasta ese día, y aunque era consciente de que otros hombres y mujeres acudían allí para gritar (en más de una ocasión había oído cómo la puerta de la habitación del grito se abría y cerraba), jamás se le había ocurrido abordar a uno de sus correligionarios.
Pero esa tarde, envalentonado acaso por una sesión excepcionalmente fecunda por la calidad y la cantidad de los gritos proferidos, se sintió con ánimo de presentarse a un hombre que, consultando su reloj de pulsera, le hizo una breve inclinación de cabeza al cruzar el umbral.
Las palabras que empleó no importan; sus argumentos, en cualquier caso, debieron ser harto convincentes, pues a los pocos minutos no sólo había salvado la inicial reticencia del hombre, sino que le había convencido para subir juntos y exponerle al dueño la nueva idea.
Ésta, por otro lado consecuente con el rumbo que los acontecimientos habían ido tomando en los últimos tiempos, consistía en ampliar el teatro de los participantes en la ceremonia del grito, de modo que, a partir de ahora, serían dos, y no una sola, las personas que gritarían al propietario de la casa y, llegado el caso, se gritarían también la una a la otra.
Al cabo de quince días, y salvo entre un puñado de escépticos que prefirieron mantener su independencia, la idea de Balboa se había extendido como un virus entre los usufructuarios de la habitación del grito, quienes en grupos más o menos nutridos, y de forma periódica (Balboa era el único que acudía todos los días a la casa y, como instigador de la idea, el único al que se le concedía el privilegio de gritar con todos los grupos), se encerraban para satisfacer su íntimo deseo de aullar. Estas comunidades, autodenominadas «falansterios del grito», adquirieron pronto una serie de peculiaridades (intensidad, frecuencia, carácter homo o heterosexual del grito) de las que se sirvieron para diferenciarse unas de otras.

*****

Balboa conoció a la mujer en una de las sesiones de los falansterios.
No le llamaron la atención sus ojos, ciertamente hermosos, ni sus formas, en verdad rotundas, sino la gran distancia que mediaba entre su rostro cuando entraba en la habitación y ese mismo rostro cuando se entregaba al éxtasis del grito.
De modo que se enamoró sin remedio.
A ella le sucedió lo mismo, aunque en su caso es más que probable que el prestigio adquirido por Balboa dentro de la casa jugara un papel no del todo despreciable.
Fue así como en horas insólitas, cuando ya nadie acudía a la casa, ambos buscaban un hueco en sus agendas para poder encontrarse y gritar a dúo al hombre que se miraba las uñas, quien, por lo demás, no había perdido, a pesar del diluvio de gritos que ahora soportaba cada día, un ápice de aquel aspecto laurenceoliveriano que tanto admiraba a Balboa. (El mundo es un lugar muy extraño, y es razonable deducir que también él, el propietario de la casa, había hallado, por caminos insospechados, una vocación genuina: la de ser gritado.)
Y también fue así como cada vez ambos sintieron con mayor fuerza la necesidad de apartarse del resto de gritadores, al punto de que Balboa fingía toda clase de excusas (persistentes ronqueras, inexcusables obligaciones laborales, misteriosas enfermedades de misteriosos familiares) para eludir la casa durante las horas de luz y ya sólo acudía cerca de la medianoche para encontrarse con la mujer.
Su amor, huelga decirlo, era purísimo, no contaminado por contacto físico alguno. Se amaban a distancia, a través de sus gargantas, expresando en aquellos gritos todo lo que millones de amantes a lo largo y ancho del planeta, las más de las veces de forma infructuosa, trataban de expresar mediante besos, abrazos y coitos. De hecho, al abandonar la casa cada uno se iba por su lado, y en muy raras ocasiones, por pura cortesía, se dirigían la palabra el uno al otro.
Precisamente fue en una de aquellas raras ocasiones en que Balboa le habló a la mujer, una noche tan fría que la voz temblaba como hojas en el viento, cuando se atrevió a contarle su nueva idea.
—Me aterra perderla —le dijo sin mirarla a los ojos, avergonzado como un chiquillo que declarara su amor a una compañera de pupitre.
Pero cuando Balboa le propuso no volver nunca a aquella casa, sino citarse en su propio apartamento de soltero para gritarse a solas, sin la presencia de un tercero vigilante, por vez primera desde que se conocían (y también por vez última, pues jamás volvió a hacerlo) ella le tocó una mejilla y dijo:
—Estaba deseando que me lo propusiera.

*****

Desde entonces, cada medianoche, en la sosegada vigilia de su vida solitaria, Balboa aguardaba la llegada de la mujer con una emoción imprecisa. Se sentía al borde de algo, a punto para arrojarse al abismo, pero no sabía qué encontraría allá abajo una vez dado el salto, si una recompensa o una condena.
Y cada medianoche, solventado el trámite de la cordialidad, tras colgar el abrigo de la mujer de una percha y obviando todo preámbulo que pudiera resultar enojoso, ambos se encerraban en la cocina.
Balboa había optado por la cocina por ser la pieza más alejada de la entrada, en la que menos podían molestar a los vecinos, y porque sugerir el dormitorio le había parecido ofensivo, un rasgo inoportuno de seducción. Allí, entre la fría mecánica de los electrodomésticos y la aséptica funcionalidad del suelo de gres, se entregaban a aquel canto gutural, a aquella sinfonía anhelante en la que ambos sudaban como esforzados luchadores y en la que sus carótidas, como cuerdas de violín, se tensaban a punto de romperse.
Qué insólitas músicas no compondrían durante aquellas largas jornadas. A qué grado de audacia, de vértigo, de nostalgia de edades ya idas no llegarían con sus gritos. Y cómo no admirarlos allí reunidos, a veces hasta que rompía el día, igual que pioneros a punto de descubrir un nuevo país.
Por eso no es de extrañar que un miércoles, tras una apabullante sesión que los dejó demacrados y exhaustos, como regresados de una guerra, la mujer le pidiera permiso a Balboa para pasar lo que restaba de noche en el sofá. Estaba tan rendida que la mera idea de volver a su casa se le antojaba absurda, como levantar una pirámide con agua en vez de con piedra. Balboa, todo un caballero, se deshizo en atenciones y le cedió su propia cama, un gesto que ella aceptó con una mirada profunda en la que había más gratitud que deseo.
A la mañana siguiente, cuando Balboa despertó de un agitado sueño en el que aparecían cantantes de ópera y cristales que se rompían, se dirigió a la cocina para preparar el desayuno, pero se encontró a la mujer esperándole con el café, la leche y las tostadas ya sobre la mesa. Ella no dijo nada, limitándose a señalar el desayuno y a gritarle con toda su alma. Balboa suspiró, sonrió y le devolvió el barrito de amor, como un elefante en celo. Al fin había tocado con los dedos el fondo del abismo. Y era dulce. Dulce como un grito.
Entonces los dos supieron que lo habían logrado. Había llegado el momento de gritarse a todas horas, sin protocolo, sin pautas establecidas, sin otro antojo que el de la expresión de su amor.
Al fin, como los primeros hombres, ambos estaban más allá de las palabras.
Ricardo Menéndez Salmón

16 junio 2006

Animación a la lectura

Qué tonto soy, no darme cuenta de que los cuentos de Quim Monzó son pornografía para haberme puesto a leerlos sujetando el libro con una sola mano. Si al final van a tener razón mis amigos: no es que no ligues, tío, es que no te das cuenta de cuando las tienes a punto de nieve.
Visita uno un poco los sitios de este universo paralelo -domésticamente lo llamo Uqbar y ése es el nombre de mi alias, en el mundo PC es conocido como acceso directo, del navegador en el escritorio- y no puede hacer otra cosa que quedarse gratamente sorprendido al ver que en la Generalitat -sí, chicos, lo escribo en catalán porque la palabra Generalidad me da un poco de irisipela y además soy como Aznar, hablo catalán en círculos íntimos, y le leo a Ana Botella mis poemas- ha puesto en marcha otra posibilidad de "animación a la lectura" que ya se me ocurrió a mí cuando cursaba COU. Lamento ponerme las medallas, pero es que es así, pueden constatarlo los compañeros que dormitaban conmigo en los pupitres del instituto en aquellos años.
Recuerdo que en la asignatura de Literatura española del siglo XX había dos lecturas de narrativa hispanoamericana propuestas de las que había que escoger una: o Pédro Páramo o Cien años de soledad. En mis instituto la obligatoria era la de García Márquez, y los enfermos -de literatura- nos leíamos las dos. Bueno, aunque quede inmodesto, yo ya las había leído, así que a mí me tocó Rayuela. Muchos de mis compañeros se quejaban de que el libro era muy gordo -ya lo habían hecho con La colmena- y recordé que lo que más les gustaba a todos de la novela de Cela eran los pasajes más sexuales -decir sensuales para caracterizarlos me parece sonrojante. Así que, en medio de clase, sin cortarme un pelo, dije que la novela del colmbiano era mejor que la del gallego porque había más polvos. Lo dije así, y la verdad es que la profesora no me corrigió.
Pues bien, apelar a los bajos instintos, ésa es otra técnica que, cada vez más, se descubre infalible para acercar a la gente a los libros. Se dio cuenta de ello Vargas Llosa en La ciudad y los perros, y se han dado cuenta de ello en la Generalitat. Así que han decidido colocar como lectura del programa el libro de Quim Monzó Olivetti, Moulinex, Chaffoteaux et Maury. Que es un libro magnífico, como todos los de Monzó.
Pues bien, en ese libro hay pasajes que a los siempre brillantes cerebros de los colaboradores de la COPE, de Libertad digital, y de demás medios que se caracterizan por su aprecio por la cultura, a la que ceden todo su espacio, les parecen pornográficos. Al que no lo crea, le invito a que lea, por sí mismo, la noticia. Es más, se ha encargado de que su lector promedio pueda leer todo lo que soporta leer de un tirón, que es foilio y medio, y se ahorre los ocho euros del libro. La muestra de la selección pornográfica está aquí.
La verdad es que la lectura de estos artículos a uno le reconforta. Primero porque supone que la estela reaccionaria de este país -Catalunya, amigos, es también España- sigue siendo tan cateta como ha sido siempre, sin saber leer y entender cabalmente un libro. Lo segundo porque uno estaba ya preocupado con las nuevas técnicas filomarxistas del PP -manifestaciones, convertirse en adalides de la libertad de expresión y de la libertad en general- y ya las cosas han vuelto a su cauce. Menos mal que todavía hay políticos como Dios -o Rouco Varela- manda.
En la Genralitat hay alguien con cabeza. Aprovecho para sugerirles otro título para el año que viene, también es un autor catalán y es todavía más descarnado. Se trata del libro de Sergi Pàmies: La gran novel.la sobre Barcelona. Una maravilla, sobre todo el cuento del tipo que, por divertirse un fin de semana se marca una orgía homosexual con drogas y todo. A lo de la COPE les va a encantar, y a los chavales también, todos contentos.

15 junio 2006

El milagro del secreto

Para el niño todo es misterio, todo es un mundo por descubrir, y por eso miran con ojos golosos todo lo que se pone a tiro de su mirada. Pocos seres hay más desagradables que esos que parecen "estar de vuelta de todo", cínicos que consideran que ya han visto todo, que todo lo conocen, que la vida no les ofrece ningún misterio que les haga verla con deseo.
Necesitamos del misterio, del secreto. Nos sentimos atraídos por todo lo que se nos oculta. ¿Qué explicaría sino el misterio el éxito de engrudos intragables como los centones de Dan Brown o las estupideces hercianas o catódicas de Iker Jiménez -¡por Dios que no seamos familia, por favor!-y demás seudocultura de baratillo?
Por eso sorprende el afán que ahora exhiben los masones españoles por ser conocidos por todos: hacen jornadas de puertas abiertas, publican revistas, cualquier cosa para que la sociedad les conozca, sepa cuáles son sus objetivos, sus métodos, etc. Pero uno, que algo ha viajado, cuando ha estado por esos mundos de Dios -dos veces la palabrita en un post, para que luego la Conferencia Episcopal se queje de que la Iglesia ya no tiene presencia en la vida diaria de los hombres-, y a veces ha sacado el comentario -yo soy así, si estoy en el boulevard Raspail no hablo de Balzac, sino de masones- con los nativos de los lugares se ha quedado siempre sorprendido de la escasa importancia que tiene la masonería por ahí. Y supongo que es porque nunca han sido perseguidos, siempre ha sido cosa de cuatro iniciados y punto.
Si alguien busca en la base de datos del ISBN libros sobre masonería, verá que en España es un tema que interesa mucho, pero que eso sucede porque durante cuarenta años había conjuras imposibles entre la Hidra judeomarxista y los masones -vaya un cóctel, la verdad- que eran los causantes de todos los males que aquejaban a la reserva espiritual de occidente. Y durante todos esos años ser masón era tan guay, tan cool, tan trendy -la de revistas fashion que leo-, como tener el carné del partido comunista clandestino, llamarse Francisco o Federico Sánchez -tampoco soy asiduo de Semprún-, o leer las ediciones de libros socialistas editadas en América que llegaban de estraperlo a las librerías de Madrid -y vendía Jesús Ayuso a rojetes del momento como mi padre en San Bernardo 48.
Pero ahora que se van a convertir en un club más, con sus normas públicas, sus departamento de comunicación y hasta publicaciones, ¿quién va a querer ser masón? Los aburridos, los que están en los clubs de fans, o en los de golf, o hasta los socios del Madrid -que deben ser todos los madrileños, porque de no ser así no se explica el despliegue mediático en torno a las elecciones a la presidencia de este club, que, como diría algún culé, a fin de cuentas no es más que un club. Hoy, si alguien quiere estar en una sociedad secreta se va a la iglesia de Tom Cruise en la calle del Prado, con dos narices.
A todos nos gusta el secreto. Es lo que nos llama la atención. Nos atrae más una desconocida que nuestra mujer, de quien ya sabemos hasta cómo se hace la pedicura o se depila las piernas. El poder es enigmático porque no sabemos de qué modo actúa, cómo se mueve para lograr sus objetivos. Decía Faulkner que en sus novelas había sexo pero no amor, porque del amor no se habla, requiere el secreto. Y por eso a todos nos atrae el amor.
Ahora, que hay tantas campañas de fomento de la lectura y cada vez se lee menos, no sabe uno si la mejor manera de hacer que la gente lea es prohibírselo, hablar de los libros como si se tratase de drogas ilegales y venderlos de tapadillo, como hacen los camellos en las esquinas o en los parques. Seguro que, de ese modo, a todos les parecerían los libros objetos deseables y su lectura algo arriesgado y atractivo, digno de emplear tiempo en ello, y de presumir que uno lo hace.

14 junio 2006

De la necesidad del error



Cada vez que releo alguno de mis textos, y procuro hacerlo varias veces antes de darlo por bueno, me encuentro siempre con pequeños detalles: erratas, construcciones sintácticas, palabras, que no me gustan, bien porque me resultan desagradables o poco estéticas, o bien porque me sorprendo al ver que puedo no estar diciendo lo que quiero decir. Todo esto antes de dar el texto por bueno.
Por eso me he dado cuenta de la importancia que tiene la errata, el error –sea achacable a la mano el hombre o no- como incentivo para la continua depuración del texto.
Supongo que a muchos no les gustará escuchar esto, pero en mi caso no hay nada que me incite más a rescribir un texto, a darle una nueva vuelta para mejorarlo, que encontrar errores en él cuando lo leo. No hace muchos días me contaba un reconocido autor de relatos que uno de sus cuentos había nacido de la lectura de un cuento de otro reconocido autor que él había encontrado manifiestamente mejorable. Me lo confesaba cuando yo le indiqué la cercanía de tema y trama entre ambos textos. Pero no hizo otra cosa que arreglar, corregir el texto que el autor primero había dejado a medio hacer.
Así funciona la labor del escritor. Primero se ve obligado a rellenar huecos, matices, significados, en la producción literaria o a mejorar los existentes. Ese es el inicio del acto de escritura, la voluntad de corregir los fallos que la creación ha dejado en su camino.
Cuando escribe, normalmente, se deja llevar por la emoción o la intención primigenia y el escritor corrige poco o nada. Pero luego debe releer el texto hasta dejarlo, a su juicio, acabado. Y lo hará muchas veces más hasta que entregue el libro al editor que se anime a sacarlo a la luz, a colocarlo en las mesas de las novedades de las librerías, en su catálogo, en su página de Internet. Porque no hay otro camino hacia la excelencia que la corrección. Esa es la suerte del escritor, que puede corregir los errores que ha cometido a través de sus textos. Muchas veces creo que no es otra la voluntad primera que lleva a una persona, a un ser humano perfectamente normal, a encarar el trabajo de convertirse en escritor. De vivir cada uno de nuestros momentos con plenitud y exactitud no necesitaríamos escribir, no necesitaríamos rescribir nuestras vidas. Pero el escritor no hace otra cosa que eso: percibe un error e intenta eliminarlo, borrarlo, corregirlo, subsanarlo. Y emprende el arduo trayecto que le lleva hasta el libro editado que ya hemos comentado.

Pero, aunque haya sido meticuloso en el proceso, cuando tenga en las manos el libro, como el que tenéis vosotros ahora fruto de vuestro esfuerzo, se dará cuenta de que todavía hay errores en él. Lo lógico es sentir primero un poco de rabia, la misma que sentimos ante un atentado aunque sepamos que ni por acción u omisión hubiéramos podido cambiar nada de lo que ha sucedido.
Luego uno asume el error como parte inevitable del ser humano. El propio escritor, el corrector, el impresor, hasta el programador de ordenadores que hizo la aplicación con la que ahora maquetamos los libros son seres humanos, y el error está en sus genes.
Y, finalmente, llegamos a la alegría. Hay que entender el error como un regalo, una posibilidad de mejora. Una obra perfecta es hermética. No permite el acceso a ella, porque penetrar en ella, aunque sea como lector, la hace imperfecta, la vicia, la hiere de muerte al hacerle perder su principal virtud: la de la perfección. Pero un error es una puerta abierta, es una invitación a entrar, a conocer cada uno de los recovecos de la obra para encontrar una solución, algo que podamos hacer que la haga ser más perfecta, algo que nos haga ver que nuestra intervención es necesaria.

13 junio 2006

La ficción y la televisión

La vida rara vez imita a la literatura que uno practica
y demasiadas veces a la literatura que uno desprecia.

Rodrigo Fresán

Desde hace unas semanas dedico el final de la semana, la noche de los domingos, al siempre divertido deporte de la adicción televisiva. Como si se hubieran puesto de acuerdo, en la noche del día del señor las televisiones sacan sus mejores galas, los trajes del domingo, para entretener al personal. Ayer, tras una llamada telefónica que me desveló -el partido Portugal-Angola se había encargado de dormirme-, estuve transitando entre dos perlas de la programación. Por un lado La hora de la verdad, donde la gente se somete a test de paternidad y sesiones de polígrafo con una facilidad pasmosa. Y deben ser muchos más, porque han conseguido que unos laboratorios dedicados a estos análisis les patrocinen parte del programa. Ayer apareció una tierna pareja de jóvenes gallegos en la que él, enfermo de celos al ver marcas en el cuello de su mujer, se dedicaba a limpiar pulcramente el retrete de su casa tras sus micciones para poder encontrar restos de otros orines masculinos de alguien más descuidado, supone él que serán del amante que, mucho más sucio, no se encarga de limpiarlos. Así, de golpe, ofrecen la solución al problema que más reproches genera en la convivencia conyugal: Señora, hágase unas marcas en el cuello que parezcan chupetones y su marido, celoso irredento, le tendrá no sólo la taza del retrete, sino toda la casa, como una patena en su busca de evidencias de adulterio. Si a cualquier escritor o guionista se le ocurriese algo así lo tacharían de inverosímil, pero, una vez más, se demuestra aquello de que la realidad va más allá que la ficción.
Aunque más refinada fue la cagada -la verdad es que son irónicas las relaciones a las que se establecen en el pensamiento y en la pantalla gracias al zaping- del famosísimo Iker Jiménez. En su traslación de El Caso a sustrato catódico Iker es capaz de soltar cualquier cosa por la pantalla, y la de ayer fue muy buena. Comienza a hablar de la poco conocida carrera espacial soviética, de las purgas y, lo que es más sorprendente, de los montajes fotográficos a que tan aficionadas eran las autoridades del Polit Buró en lo referente a la modificación de la historia. Qué interesante se ponía el asunto, por fin algo con un poco de sustancia en la pantalla, un asunto orwelliano de primer orden.
Comienzan a aparecer fotografías de un supuesto cosmonauta depurado por las autoridades soviéticas y, para sorpresa del que escribe, se ve una extraña textura en las fotografías que se muestran. Se comparan dos fotografías, en una de ellas hay un hombre más que en la otra, situado entre otras dos figuras, y se nos dice que la retocada es aquella en la que dicho hombre no está -aunque a simple vista esta parece mucho más verdadera, aunque, luego lo veremos, es, como todas, falsa, no como foto sino como documento histórico.
Hasta aquí no es más sorprendente que otros casos que uno ha leído. Lo mejor es que, acto seguido, nos ponen una fotografía que es, a primera vista, el primer plano de un astronauta con su escafandra. Se nos dice que es el retrato de Ivan Istochnikov, el cosmonauta depurado tras fracasar en su misión. Pero es la cara de Joan Fontcuberta. La misma que mete en todas sus exposiciones, en cada una de sus series en las que juega a hacer falsos documentales. Es Fontcuberta, por Dios, es un fotógrafo español, qué me están diciendo.
Enciendo el ordenador y tecleo "Fontcuberta", y me voy a su página web. Allí, entre sus diferentes series, hay una, llamada Sputnik, que estuvo hace diez años dando vueltas por las salas de exposiciones de medio mundo.
A poco que uno busque llega a la web que contenía el proyecto Sputnik con varios textos del catálogo. Para ir a ella hagan click aquí. Fascinante.
Y, como por arte de birlibirloque, el programa sobre los misterios y el ocultismo de Iker Jiménez se convirtió en monotemático. Ya sólo hay un misterio que resolver: ¿cómo demonios se puede ser tan tonto y demostrar que se sabe tan poco? Nadie, en todo el programa, ha oído hablar de Fontcuberta, ni del retoque fotográfico, ni por lo visto, de casi nada. Sorprendente. Todo un misterio. Supongo que es porque, para hacer un programa así, uno no se documenta, va a un adivino o a una sesión de Ouija y "to pa'lante".
O tal vez es todo mucho más refinado, y la realidad es que el programa lo lleva un ser sibilino que va filtrando hechos ficcionales como reales con tal de socavar la noción real del universo. Todo un misterio.

12 junio 2006

Apostillas a Umberto Eco

No he leído, como muchísimos españoles, El nombre de la rosa. Pero sí he leído las Apostillas a El nombre de la rosa. He de reconocer que, aunque tengo la novela en casa –como casi todos los españoles, de ahí el comentario de la frase anterior- nunca me ha llamado demasiado la atención. Pero el otro día me animé a leer las ochenta y pico páginas que tiene las Apostillas. Y creo que voy a seguir sin leer la novela, pero las Apostillas me parece un libro extraordinario. Uno, que siempre ha sentido un respeto enorme por Umberto Eco, y que le considera uno de los intelectuales más sólidos que existen hoy, y uno de los que mejor saben transmitir sus conocimientos en sus textos, sólo puede leer fascinado estas confesiones en las que, más que puntualizar ciertos aspectos sobre la novela –hay un par de pinceladas y son insignificantes para lo que debe ser la novela-, lo que quiere Eco es realizar una poética, la de su narrativa para ser exactos y que luego aplicó a sus otras tres novelas, y dilucidar su pertenencia o no a eso que se ha llamado “posmodernismo”. Y son, siempre, unas líneas magistrales.
Eco es un novelista que sigue, casi a pie juntillas, muchas de las actitudes y usos de la novela decimonónica, pero que es plenamente consciente de aquellos detalles que no son hoy válidos y que, por lo tanto, deben ser adaptados a los tiempos actuales. Defiende la trama, defiende el entretenimiento, defiende los pasajes didácticos de la novela, pero siempre desde la perspectiva de un escritor que conoce la evolución del laberinto desde el ideal clásico al moderno rizoma, que sabe que el posmodernismo es, más que un movimiento, una manera de encarar la creación y el análisis del arte –lo denomina Kunstwollen.
Así que lo que está haciendo es indicar al posible comentarista por dónde debe dirigir sus pasos. Está, para el que sepa entenderlo, una primera crítica de su novela. Es algo inevitable en un autor tan intelectualizado como Eco, que antes de ponerse a escribir narrativa ha sido uno de los teóricos punteros no ya sólo de la literatura, sino del signo en sí, del acto de comunicación por extenso. Uno tiene la certeza de que el propio Eco escribió su novela con la mente de un crítico, lo que la convierte en una novela posmoderna y en una obra de referencia que todavía hoy marca a muchos “escribidores” de novela histórica que se han quedado apenas con el maquillaje de la obra de Eco. El nombre de la rosa es una novela única, un hito, que marca un antes y un después en la manera de entenderse la literatura y, lo que es más preocupante, el mercado de la misma. Su enorme éxito popular se debe a la capacidad analítica de Eco de saber refrescar fórmulas perfectamente asimiladas por la sociedad y permitir por ello una digestión exitosa del libro. Y la gracia de estas Apostillas es saber defender las razones y los métodos de dicha actualización.
Que numerosos epígonos hayan venido detrás publicando pálidos reflejos de su novela no es, evidentemente, un problema suyo, y habría que pedir responsabilidades a los editores todo lo más, pero no a él. Porque lo que todos esos clones no podrán escribir nunca es estas Apostillas, que son las que marcan la diferencia entre el original y las copias.

10 junio 2006

El cuento del fin de semana (13)

No se puede ser demasiado objetivo con la obra de un amigo, aunque tal vez deberíamos serlo más que con la de los desconocidos, ya que tan sólo aparecen en nuestras vidas si nosotros queremos abrir sus libros. Un amigo no, un amigo es un visitante muchas veces inoportuno que, por eso mismo, conoce tus flaquezas y tus virtudes. Si yo estoy hoy donde estoy es porque trabé buena relación con Ángel Zapata, y si Ángel está aquí es porque me ha dejado transitar de modo inoportuno por su vida.
A punto de publicar un nuevo libro de relatos que hará temblar a críticos y autores -los unos porque se sentirán enormemente perdidos, los otros verdes de envidia- es el momento de recuperar uno de sus cuentos más celebrados. Incluido en Las buenas intenciones y otros cuentos, es una muestra de la asimilación de la estética del absurdo por parte de esta trituradora de los movimientos estéticos y contraculturales del siglo pasado.
El lector superficial encontrará un retrato humorístico de una escena algo absurda, el atento podrá intuir que, bajo el barniz del humor, se nos está indicando la profunda frustración que todos sentimos en nuestras carnes por el mero hecho de existir.
Degústenlo.

La dura realidad
-Quería un bombón de nata -le digo al hombre de los helados.
-No me quedan -me contesta él.
-¡Vaya! Pues tenía yo capricho con la nata, ya ve. En fin. Entonces deme uno de vainilla. De los que llevan almendra.
-No hay.
-Ya bien… pues un polo de hielo, venga. De estos de aquí: de naranja.
-Se han acabado -dice.
-¿Está usted seguro de que vende helados?
-Sí.
-Muy bien: pues deme un polo de limón.
-Tampoco hay.
-Entiendo. ¿Y un heladito del corte?¿No tendrá usted por casualidad un heladito del corte?
-No me quedan galletas.
-Ajá. Oiga: ¿y si en vez de este cartel que pone “Helados” coloca otro que diga “Se fastidia a la gente”?¿No piensa que sería más comercial?
-Puede.
-Porque polo de fresa tampoco tendrá.
-No.
-Y de pistacho, mucho menos; claro.
-Se han terminado.
-Está bien. Ahora deje que lo adivine yo: si le digo si tiene tarrinas, me va a decir usted que no le quedan cucharillas ¿a que sí?
-Eso es.
-Ya. Mire: dígame una cosa y acabamos antes: ¿de que leches le quedan helados?
-Me queda lo que ve. Caramelos y latas frías.
-Pero helados no tiene.
-No.
-Y en cambio aquí arriba, en el cartel del puesto, dice “Helados”. No dice: “Se da por saco con caramelos y latas frías”. Dice “Helados”. Yo lo leo perfectamente: “Helados”.
-Sí.
-Ya. Oiga, dígame otra cosa: hay una cámaro oculta ¿no es eso? Dentro de un momentito va a salir de aquella furgoneta un gilipichis trajeado, con un micrófono en la mano y un montón de helados de nata. Lo he acertado ¿verdad?
-No.
-Entonces es cierto que no vende helados.
-Sí vendo helados.
-No: no me quiera hacer ver lo blanco negro. Usted no vende helados. Usted tiene un puesto de no vender helados.
-Vendo helados.
-Está bien. Pues véndame uno. Quería un bombón de nata por favor.
-No me quedan.
-Bien… pues uno de vainilla entonces. De los que llevan almendra.
-No hay.
-¿Lo ve?
-Qué.
-Que usted no vende helados después de todo.
-Sí vendo helados.
-No señor. No los vende. ¿O es que me toma por idiota? Usted está aquí, en su puesto, haciendo como si vendiera helados, con el único fin de enmierdar a la gente. Esa es la realidad.
-No. La realidad no es esa. Yo vendo helados. ¿No lo ha leído? Lo dice aquí, en el cartel del puesto: “Helados”. De qué se extraña. No hay cámaras ocultas. Esto es la dura realidad.
-De acuerdo. Usted gana. ¿Qué tal si comenzamos otra vez? Vamos a ver: no importa el tiempo que nos lleve ¿vale? Quiero un helado. Sólo eso. Es todo lo que quiero es esta vida. Usted los vende ¿no? Muy bien. Pues véndame entonces una mierda de helado.
-De qué lo quiere.
-De nata. Lo que yo quiero es un bombón de nata -le digo al hombre de los helados.
-No me quedan -me contesta él.

Ángel Zapata

09 junio 2006

El fin de las librerías


Con la hipocresía habitual, los dirigentes de las asociaciones más o menos profesionales dedicadas al libro –y que pagamos un poco todos- se lamentan de la desaparición de la pequeña librería, del librero independiente que “no puede hacer frente” a las cadenas o grandes superficies de librería y que la única salida es mantener el precio fijo del libro. Digo hipocresía porque sí veo dinero público malgastado en mantener otros negocios igual, por lo visto de ruinosos, así que no sé por qué no gastarlo en este.
Por un lado hay que señalar que seguir reivindicando el precio fijo como única receta de defensa del librero es, a todas luces, muy ingenuo. El precio fijo ha estado establecido desde hace años y el número de librerías no deja de descender. Siempre queda la misma excusa, que sale siempre a colación, y que no es otra que el libro de texto. El Director General del Libro, Rogelio Blanco, señala que la solución sería la gratuidad del libro de texto, que el estado se encargue de pagar dicho material escolar. Yo, en tal caso, sólo veo beneficios para el editor –que podría fijar un precio que el estado pagaría y punto-, pero no para el librero, que se queda sin poder vender dichos libros.
Así que, salvo que el comportamiento social cambie –esto lo podría analizar mejor un sociólogo que yo- creo que no va a cambiar una tendencia que es natural y que está provocada por otra causa que, uno no sabe si por vergüenza o por piedad, no se dice: que muchas librerías cierran porque no son librerías. Cuando uno se imagina una librería piensa en un comercio que va más allá del mero receptáculo de mercancía con un precio marcado que se paga por dichos objetos. Uno se imagina un lugar donde además de mercado hay cultura, donde el dependiente puede asesorarle a uno, donde hay un cariño por el objeto que se vende y que pasa por no considerar un libro como un legajo de papeles cosidos, sino como un contenedor de pensamiento a la espera de ser vaciado por un lector.
Pero la práctica demuestra que no es así en la mayoría de los casos. Por un lado porque se llama librería a comercios que son entendibles como tal en un pueblo pero no en una capital de provincia y menos aún en una ciudad de más de un millón de habitantes. Llamar librería a ese local donde se pueden encargar los libros de texto de los dos colegios del barrio, donde hay una nutrida variedad de material escolar, algunos juguetes y una mesa, de un metro cuadrado como mucho, con algunas novedades editoriales –las mismas siempre, por cierto, que se encuentra uno en un hipermercado- y un par de ediciones escolares o de bolsillo de los libros que exige el profesor de turno es de una hipocresía notable. Es en esos establecimientos donde se cumple lo que indican los estudios del sector: que se sustituyen los libros por prensa y chucherías. Pero es que no se sustituye nada, porque para los que regentan esos locales un libro no es muy distinto de una caja de gominolas, de hecho es muy probable que la caja de gominolas sea más apetecible para ellos. Si los establecimientos que mueren son esos uno sólo puede decir, sinceramente, que se alegra.
Porque lo que yo veo –y esto sí que hay que circunscribirlo a una gran ciudad como Madrid- es que hay más librerías que antes. Son más pequeñas y sus dueños, que por regla general son seres atravesados por una locura doble: la del lector y la del Quijote que se mete a batallas perdidas, demuestran conocer un poco mejor, pese a su ingenuidad, el mundo que les rodea.
La nueva librería, y la clásica que se mantiene, o bien está especializada o bien es un territorio mestizo donde se genera un entorno cultural. Hace unos años en Madrid no había casi ninguna librería especializada en libro infantil. Hoy hay unas cuantas, y algunas son deliciosas, como la Biblioketa, Leo el Dragón lector, y más que me dejo en el tintero. En otros casos se crean entornos donde a uno le apetezca pasar el rato, como la librería de los Pita Púertolas, El bandido doblemente armado, donde uno puede tomar algo en la barra o en las mesas, comprar libros –están especializados en novela negra-, música o cómics.
Pero incluso las librería general, si está bien planteada, funciona. Ahí está La Central, que tiene ya cinco tiendas y cuya única receta ha sido contratar a gente a la que le gustan los libros, considerar que el lector moderno está interesado en una variedad de materias y por lo tanto ofrecerlas al lector, hacerlo en numerosos idiomas –en un mundo globalizado una librería de verdad no puede ser local-, y tener fondo –porque eso de “se lo encargo” es uno de los coitus interruptus más desagradables para un lector.
Y por otro lado están las librerías de viejo. Cada vez hay más, tienen más negocio y está montado de un modo más inteligente. Si hay un sector que ha entendido fantásticamente las posibilidades de Internet, ése es el del librero de viejo. Hoy, con una página web y un poco de cabeza no hace falta ni pagar un local comercial donde tener los libros, basta un trastero bien ordenado.
Que las librerías están muriendo… yo la verdad es que no sé a qué se dedican estos gerentes del mundo del libro. Está claro que a leer y a comprar libros no.

08 junio 2006

Gritar

En los seis meses que tiene esta bitácora de vida han pasado pocas cosas que fueran más allá de la anécdota. Entre ellas estuvieron las reacciones que despertó mi comentario a tres libros de relatos de autores jóvenes. Uno de ellos era Ricardo Menéndez Salmón. Los asiduos –que son pocos- del blog recordarán la lamentable intervención que realizó un lector cuestionando mi capacidad de juicio sobre una obra literaria. Por supuesto, de un modo coherente con su incapacidad para juzgar los actos de los demás –y con su lamentable uso de la prosa que ha demostrado en sus colaboraciones con otro blog de críticas de libros diarios, como ya le han hecho notar varios lectores de la misma- dichos comentarios los hizo de un modo encubierto, bajo seudónimo, y hubo que exigirle que, ya que se columpiaba de ese modo, al menos tuviera el coraje de hacerlo dando la cara. Eso fue, recapitulado, lo que se puede leer en los archivos de esta bitácora.
Algunos de mis amigos me comentaron de modo privado el rifi-rafe y uno en particular me informó de la excelencia de un relato, llamado “Gritar” con el que Menéndez Salmón se había hecho con el Premio José Nogales por la cabezonería de dicho amigo. Me comentó por encima el asunto del texto y no puede evitar quedarme con ganas de leerlo, sobre todo porque ni temática ni estilísticamente parecía tener nada que ver con los que tan poco me habían gustado del libro que comenté.
Lo más sorprendente para mí fue el correo electrónico que, de modo privado, me dirigió el autor del libro a los cuatro días de esta conversación que he referido. Mucho más mesurado, bastante mejor escrito que la intervención de su estólido fan, me indicaba los puntos de mis comentarios con los que no estaba de acuerdo. Tras el intercambio de un par de correctísimos correos, en los que, en honor del propio Menéndez Salmón diré que demostró tener un arte importante para manejar el toro que tenía entre manos y salir airoso de la plaza, se comprometió a mandarme un ejemplar de la edición no venal que se hace el relato ganador en el certamen comentado.
De este modo, al mes o así del comentario en la bitácora de su libro Los caballos azules, apareció en mi buzón un ejemplar de “Gritar” dedicado por el propio autor con un escueto: “Para Antonio, desapasionadamente".
Por supuesto, lo leí al instante y me pareció un muy buen cuento. Me gusta mucho por que subvierte la dinámica habitual de los relatos –y de la vida- en la que se pasa de la normalidad a lo delirante. En este caso el cuento se inicia en un contexto marcadamente extraño y termina por desembocar en la más gris normalidad. Además de una narración que investiga los mecanismos y estructuras tradicionales del cuento, me gustó porque pervierte en cierto modo la dinámica propia de una pareja, ya que comienzan por los gritos para desembocar en el amor, y disecciones de un modo irónico las relaciones de pareja.
Tampoco voy a extenderme demasiado porque, si el propio Menéndez Salmón tiene a bien permitírmelo –y remitirme el documento de Word, qué demonios- intentaré colgar el cuento aquí para que todo lector que ande por estos lares pueda disfrutarlo. Bien lo merece.
Aunque, lo que más me ha sorprendido –o me sorprendió cuando lo leí, y ahora de nuevo cuando he vuelto a leerlo para hacer esta entrada, que he postergado no por pereza, sino porque me parecía que había que dejar correr un poco el agua- es lo diferente que es a los que incluyó el propio autor en su libro. Donde los otros resultaban pretenciosos este es ambicioso, donde los otros eran rimbombantes, algo redichos, este es seco y directo como la hoja de un bisturí. Cualquier lector atento sabrá ya que me alegro mucho de la evolución que parece estar experimentando su autor.
Algunas cosas ha habido, en estos seis meses, que me hayan hecho alegrarme de ponerme manos a la obra con este invento. Toda esta historia de Menéndez Salmón –no sé si me puedo tomar la licencia todavía de llamarlo Ricardo a secas-, y sobre todo el cómo se ha resuelto, es de lo mejor. Y sobre todo el poder decir que espero un futuro libro “apasionadamente”.

07 junio 2006

Los libros más vendidos

Una de las cosas que a cualquier lector atento le hace sospechar de los suplmentos culturales de los periódicos de gran tirada es la inclusión -con la pérdida irreparable de espacio que eso supone- de una página dedicada a mostrar la lista de los libros más vendidos. Curiosamente el Bobelia es el único que no cae en ello pero por la sencilla razón de que, como brazo armado e intrumento de prestigio de un grupo editorial con la potencia económica de Prisa, no puede consentir en ningún momento que haya otras editoriales copando dicha lista.
Pero tanto el Gutural del Mundo, como el ABCDario o el Postura/s sí que ceden espacio del suplemento a dichas listas.
En dichas secciones se especifica, normalmente, la procedencia de los datos, pero no se avala con ningún tipo de acreditación que nos permita creer lo que allí se dice. Algo parecido sucedía en la Feria del Libro hasta hace unos años con lo de la lista de los libros más vendidos. El método, muy artesanal, no consistía en dotar a cada caseta de una caja registradora automatizada con un lector de código de barras que fuera registrando los IBAN de cada libro -aprovecho el momento para recordarle a Teodoro que sería un modo algo costoso pero muy útil desde el punto de vista estadístico para analizar el éxito de esta cita anual, así como el caprichoso sistema de reparto de casetas, en el que las pequeñas editoriales son las que, siempre, salen malparadas, en tanto que son editoriales y ni libreros ni distribuidores les quieren para repartirse el pastel, y como son pequeñas no pueden ejercer presión como las grandes-, no, consistía en el reparto de un folio fotocopiado en el que el dependiente de la caseta debía pormenrizar título, autor, ISBN, precio y número de ejemplares vendidos. Tanto un amiguete mío como yo decidimos reventar el invento y poníamos unas cifras abultadísimas de ventas de los libros más raros de las editoriales donde trabajábamos. Pero esos libros nunca aparecieron en las listas, así que, como no entendíamos por qué no se tomaban en serio nuestras listas, pero sí lo hacían con las de las casetas de Alfaguara o Planeta, decidimos dejar de entregarlas. A la luz de lo que se indica debajo de esas listas en los suplementos culturales no puede uno fiarse mucho más de ellas.
Pero vayamos más allá, seamos audaces, y demos por buenas las listas. Todas, incluidas las de paises extranjeros del Gutural, la de libros en catalán de Postura/s -¿por qué no aparecen dichos libros en una lista sin más?, ah, porque no aparecerían, claro-, cualquier lista de libros vendidos vale. Si un charcutero colocase una lista de piezas más vendidas, ¿estarían las primeras las mejores? Pues no, seguramente el jamón de bellota no estaría en la lista. Estaría el chopped, la mortadela, un jamón de york de tipo medio, algo de queso, un choricito común para el bocadillo de los niños... Y nadie en su sano juicio vendrá a decirnos que el chopped es mejor que el jamón de Guijuelo -como sucede hoy en el mundo del libro por cuestiones de mercado. O, lo que sucede con muchos autores que nos intentan colar de rondón como gran literatura por el mero hecho de que vendan libros -algunos incluso llegan a académicos-, cuando nos intentan hacer ver que el chopped es, directamente, un cinco jotas.

06 junio 2006

El caminante

Al inicio del “Manual de instrucciones” de sus Historias de cronopios y famas, Cortázar nos da una de las poéticas no sólo literarias, sino vitales, más hermosas que he leído. Viene a decirnos que debemos ser capaces de convertir todas las facetas de nuestra vida cotidiana en una aventura, que en la compra del periódico de cada mañana hay que saber ver lo que de safari tiene dicha actividad. Lo que sucede es que uno, normalmente, se olvida de hacerlo. Por un lado por despiste, y por otro por pereza, que es una de las razones que, lo queramos reconocer o no, más nos mueve –o, mejor dicho, nos frena.
Pero, para mi sorpresa, cayó hace unos días en mi mano la plasmación más fiel, a mi juicio, de esa poética cortazariana. Se trata de un tebeo manga llamado El caminante, que es de lo mejor que he leído dentro del manga. No es uno, la verdad, una autoridad en el cómic oriental, pero desde que, con trece años, descubrí en un quiosco de prensa que estaba frene al hotel donde pasaba mi viaje fin de curso en Lloret de Mar el número tres de la edición española de Akira –posiblemente fue Akira lo mejor de todo el viaje- sí que he frecuentado el manga. Pero desde aquella revelación y descubrimiento de Otomo, no me había impactado tanto otro autor de manga hasta el descubrimiento de Jiro Taniguchi.
Leí una maravilla, los dos volúmenes de que consta Barrio lejano, porque los cogí prestados de la biblioteca de al lado de casa. Es una maravilla. No tiene nada que envidiar a la mejor novela o a la mejor película. Es una obra tan ambiciosa como modesta, tan fascinante como reveladora. Narra el extraño viaje atrás en el tiempo de un hombre que puede vivir de nuevo un año de su adolescencia. Con esa premisa fantástica como punto de partida asistimos a una narración de aprendizaje, un bildungroman, pervertido, en el que el niño no lo es, es ya un adulto, y lo que pasa ante sus ojos es rápidamente descodificado, todo es entendido en seguida en base a los recuerdos de lo ya vivido, pero ese conocimiento no le permite llegar a cambiar los hechos que tanto dolor le causaron. Sólo ese concepto, la refutación de la frase tantas veces escuchada del “si yo volviera a ser joven no cometería tantos errores”, ya hace que la lectura del tebeo se haga obligatoria. Pero es, más que eso, la maravillosa manera de narrar con imágenes, con secuencias gráficas impecables y un lenguaje muy natural, lo que hace esta historia inolvidable.
Este fervor por Taniguchi lo comparto, para mi sorpresa, con Hipólito G. Navarro y su hijo Poli. Cuando estuvieron aquí, con motivo de la entrega del premio NH que se llevó a casa con sus últimos percances, aprovechamos que la organización no quería dar de comer a dos personas en vez de sólo una y nos fuimos a comer juntos –los dos Polis, Zapata y yo: lo más parecido que pueda encontrarse uno a los hermanos Marx- y luego nos fuimos los González y yo de tiendas de cómic, porque Hipólito le había prometido a Poli un par de tebeos. Y hablando del asunto, Poli chico es un verdadero mangamaníaco, resultó que Taniguchi era el que nos gustaba a los tres, y juntar a un chico de catorce, un viajo de treinta y un niño de cuarenta y cinco entre tus fans es todo un mérito.
Así que el otro día me acerqué a una tienda de cómics y apenas me topé con El caminante no me contuve y me lo llevé a casa. Y sólo puedo decir que es delicioso. La narrativa visual es todavía más depurada que en Barrio lejano, sobre todo porque son historias más simples, que no necesitan de textos de apoyo ni voces en off. Pero, por encima de detalles técnicos, lo mejor es el canto a lo maravilloso de la vida, a encontrar el máximo placer en cosas tan sencillas, y a las que damos tan poca importancia como una persiana de carrizo que nos da sombra, el canto de unos pájaros, la nieve, la lluvia, todo lo que se va encontrando el protagonista mientras pasea. Porque pasear, barzonear, ya nos lo demostró Baudelaire, es una de las actividades más modernas e interesantes que todo ser humano puede realizar.
En estas historias sólo conocemos un nombre, el del perro que se encuentra el protagonista en uno de sus paseos. Pero esa es otra de las muestras de la sutil inteligencia de Taniguchi, que nos está invitando a todos a ser ese protagonista.
Hablar de este tebeo, de lo que cuenta, es absurdo. Lo maravilloso es la mirada de constante fascinación, de eterno descubrimiento de cada una de las minucias de la vida que exhibe. Porque un artista es, lo dice Gonzalo Munilla y se lo adscribe e Truffaut, porque es creíble, su mirada. Y lo único que desea uno desde que ha leído estos dos tebeos es, por un lado, leer más piezas de este maravilloso autor, y por otro tener la suerte de tomarse con él un café o un par de cañas, porque alguien así no puede defraudar.
Sí, como nos decía Leopardi, una buena obra de arte es aquella que os hace ser mejores, que nos enseña la futilidad de la vida para que la amemos más aún en su delicadeza, El caminante es uno de esos amigos para no olvidar.

05 junio 2006

DeGeneraciones

Ahora resulta que en literatura también hay Big Bang. Juan Palomo, en su columna de El Gutural -que al fin y al cabo dirige- hablaba del Big Bang a vueltas de la especial atención que en la Feria del Libro de Madrid -que tiene más de feria que de libro, eso está claro, y se nota más cada año le pese a quien le pese-, y hoy en la sección de Cultura -¿Cultura o mecado de la cultura?- de El País se nos brinda un "big bang" nuevo. Para nuestra sorpresa, cuando aún no nos habíamos acostumbrado a lo del boom, el posboom, el crack, y cuantas etiquetas estúpidas acuñan los periodistas -esos publicistas frustrados- cada cierto tiempo, no sabe uno si por cosecha propia o bien porque se lo indica así algún avispado de una editorial -lo más probable-, nos llega ahora una nueva acuñación.
Como todas esas "denominaciones de marca" destaca por su arbitrariedad, tanto en la elección del nombre -que tiene que sonar a algo explosivo, o al menos ruidoso, de no ser así no llama la atención mediáticamente, y tener pocas sílabas, a ser posible, con una pronunicación anglófona o onomatopéyica, para que la puedan memorizar con rapidez, como un eslogan-, como en la inconsistencia del denominador común que reúne a los autores a los que se mete en la nómina. Y digo inconsistencia porque lo único que tienen en común es que son autores muertos o poco conocidos que viven ahora una segunda juventud con la reedición o edición, de sus libros.
En el artículo se cita a Marai, que evidentemente sí que es un éxito impredecible y muy curioso, ya que se ha convertido en un superventas, y en eso tal vez tenga mucho que ver con el toque kitsch de su literatura, que acerca al lector común de un modo más nítido y masticado al lector las preocupaciones de otros autores nostálgicos de esa Mitteleuropa austrohúngara -vaya por Berlanga- como Joseph Roth. De no creerlo ahí tienen El último encuentro -mucho más bonito el nombre del libro en la edición en inglés: Embers (Brasas)- donde la tensión del final de un mundo de libros como La cripta de los capuchinos o El busto del emperador. Mientras estos libros se ven encadenados al pudor, con esa técnica fascinante que permite a Roth mostrar como unos seres educados en la sobriedad del Imperio no pueden actuar en el nuevo mundo en el que se encuentran sumidos del modo más literario posible, mostrando la misma contención en el estilo de la que hacen gala los personajes, en el de Marai todo eso se transforma en un folletín de alto rango, en una telenovela exigente pero telenovela a fin de cuentas, donde se nos dice como nos debemos sentir, como debemos asimilar la historia, que al final se revela un poco estúpida, algo simplona para tanta vuelta como se le ha dado.
Pero también se cita a Schnitzler o Zweig, que son autores de segunda fila que deben, sí ser reeditados y puestos al alcance del lector pero que no están, ni mucho menos, a la altura de los grandes de la literatura germana de su época, como el citado Roth o, Mann o Musil. Y desde hay se van desgranando una serie de autores menores, justamente menores, que están siendo ahora recuperados no porque se haya visto en ellos unas genialidades que, hasta ahora, pasasen desapercibidas, sino porque, frente a la banalidad imperante, resultan especialmente profundos. Y así sucede con casi todos los que se van nombrando en el artículo.
Que a un lector medio le parezca la Novela de Ajedrez de Zweig una gran novela está directamente relacionado con que la "lilteratura" que se vende sean cosas como el Da Vinci, Follet o las catedrales marinas. Porque, claro, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Supongo que es más fácil enfrentarse a ciento y pico páginas de generosa tipografía -en Acantilado hacen los libros bien- que acometer las mil y pico de La montaña mágica, pero es que, evidentemente, la diferencia es mucha.
Pero no vamos a ser tan crueles. Ciñámonos a novelas de similar tamaño, como La muerte en Venecia o el Jacob Von Gunten de Walser. Y no hay color, y uno sabe que las comparaciones son odiosas, pero sobre todo por lo clarificadoras que resultan, ya que no entendemos el calor si el frío, ni lo blanco sin lo negro, etc. A mí la novela de Zweig me parece una inicación inmejorable en la literatura, como lo fue, en mi caso, la lectura del Demian de Hesse con mis catorce años. Pero con catorce. Cuando uno ve a un adulto hecho y derecho haciendo una apología entusiasta de Zweig uno sonríe, porque es importante que un enorme grupo de autores que permanecieron en lo más lóbrego de las bibliotecas vuelvan a ser conocidos, pero si acto seguido uno escucha cosas del tipo de que Zweig es el mayor autor en lengua alemana de entreguerras a uno se le suben los colores. Hay que leer un poco más y pontificar un poco menos, hombre. Al final lo que suelen descubrir estas cosas es lo poco que ha leído gente que presume de hacerlo mucho.
Recuerdo una conversación simpatiquísima de un grupo de chicos de unos dieciocho o veinte años, serían cuatro o cinco, que escuché en un vagón de metro hará unos tres años -justo antes de que estrenaran la primera de las películas de la trilogía de El señor de los anillos- en la que uno de ellos, convencido de la calidad del libro, les exhortaba al resto a su lectura. "Es fantástico" -les decía- "uno empieza a leer y se le van las horas". Y uno, que es ingenuo, pensaba que ahí tenía a uno de los suyos, un lector proselitista que pasa libros como un camello dosis, sin importar mentir para encontrar nuevos clientes. Pero en esto le escuché: "Además, Tolkien es un gran escritor, comparable a Cervantes, y la epopeya del Señor de los anillos es más grande que la Ilíada y la Odisea juntas". Uno escucha muchas tonterías a lo largo del día, sobre todo en el bar en el que como entre diario, como ya sabrán los asiduos de la bitácora, y ha aprendido a escuchar esas tonterías como quien oye llover. Pero he de reconocer que eso me llegó al alma. Así que me tuve que girar y decirle al simpático chico, con sus pantalones de chándal, su camiseta negra con estampado de banda de rock duro y su aire imberbe, qué recuerdos: "¿Pero tú has leído a Homero o a Cervantes para decir las tontunas que dices? ¿Sabes inglés para valorar la calidad literaria de Tolkien? ¿Te has leído realmente las mil quinientas páginas -edición en tres volúmens de Minotauro que yo leí- como para decir lo que dices o estás repitiendo como un loro lo que decían en el Making of que has visto en la tele?" El chico y sus amigos se me quedaron mirando como lo hacíamos mis amigos y yo cuando algunos de los numerosos locos de mi barrio nos abordaban con preguntas estrafalarias en los parques donde jugábamos. Así que prefirí no insistir, me di cuenta de que, una vez más, no había sabido controlarme. Porque lo que debe hacer uno es dejar que la gente se crea lo que le dicen, sobre todo si le hace feliz. Y más si así descubren lo de Jesús tuvo hijos, y la leche de Sión...
Supongo que es lo que debería haber hecho al leer el artículo del periódico. Haber pensado: cuantás cosas no se leen hoy, Dios mío. Pero la verdad es que no es así. Lo que indica que muchos de estos autores estén llegando a España ahora es, por un lado, que por fin hay en estas tierras un nutrido grupo de traductores competentes de lenguas eslavas, que nos están permitiendo conocer unas literaturas maravillosas que hasta ahora se habían traducido poco -o nada- y mal. A esfuerzos como los de Acantilado tenemos que agradecer libros como El distrito de Sinistra de Bodor, que es de lo mejor que he leído en años. O la recuperación de títulos inencontrables de Roth -lo que daría uno porque Edhasa puliera la traducción de La marcha Radetzky-, y muchos de los autores que se citan en el artículo. Pero, dejémoslo claro ya, ni todo el cine yanqui es malo, ni todo el iraní es bueno.
Que los pequeños editores, a falta de poder poner las manos sobre autores de mayor caché, estén tirando de reediciones y publicaciones de autores menores o poco conocidos, es algo lógico. Que los vendan como autores "imprescindibles" es, también, normal, porque estos editores tienen la fea costumbre de querer comer. Que algunos de ellos sean excelentes es algo previsible ante todo lo que se publica -y un justo castigo a las grandes editoriales, aferradas a los grandes nombres e incapaces de leer un sólo manuscrito o un sólo libro extranjero cuyo autor no conozcan-, pero de ahí a agruparlos y acuñar un nuevo término comercial va un largo trecho.
A mí me recuerdan estas cosas a las simpáticas explicacines de una chica, recién salida de la facultad, que vino a hacer las prácticas a mi clase de literatura de COU -de segundo de COU para ser exactos. Primero nos explicó la "literatura hispanoamericana del siglo XX", donde sólo existía el boom -Ruben Darío, Rulfo, Borges, por citar a los incontestables, no le sonaban- y resulta que todos los escritores de ese "movimiento" -lo juro, lo llamó así, movimiento, como el obrero- destacaban por su fusión de la fantasía con la realidad cotidiana. A lo que yo le dije que sí, que eso es lo que hacía Vargas Llosa, que acababa de citar, y Fuentes, que también había citado, y Sábato -al que no conocía-, y casi toda la obra de Cortázar y el propio García Márquez. Lo mejor de todo es que ella no se enteró de nada, porque me dijo que sí, que claro, que eran buenos ejemplos.
Este es el panorama, donde las ferias se parecen más a las de ganado -con todo mi respeto a las ferias de ganado, que saben en qué consiste su trabajo y lo hacen muy bien- con los autores estabulando en las casetas, y las publicaciones se denominan lanzamientos -como los de un nuevo coche o un detergente- y a los libros que se van a vender o se venden "acontecimientos editoriales" en vez del más sincero "éxito de ventas", cualquier cosa puede suceder.

03 junio 2006

El cuento del fin de semana (12)

Una de las ventajas que tiene trabajar en un taller de escritura, y más particularmente de hacerlo desde una perspectiva más o menos directiva como es la de coordinador -que es ese correveidile entre el jefe y los trabajadores- es el estar obligado a ver qué sucede en el mundo y qué gente hace que dichas cosas sucedan. De ahí surgió mi relación con Ronaldo Menéndez, que es un autor que, con el tiempo, se le hará cada vez más cotidiano al lector. Narrador irónico, divertido, que exhibe con descaro las lecturas filosóficas que ha transitado junto a las canciones que ha escuchado desde bien niño en La Habana, su literatura es un muestrario perfecto de lo que los críticos llamaron "posmodernismo" y los manuales de literatura han sancionado como modernidad.
Este texto es una muestra de que el pastiche puede producir buenos resultados para un autor atento y hábil. La lectura de su última novela, Las bestias, le supondrá al lector la posibilidad de volver a leer algunos de los fragmentos de este relato en nuevos contextos. Pero deberá leer este cuento, a medio camino del texto por encargo que da de comer al buen profesional y la revisión irónica y suculenta del aleph borgiano, para apreciar la riqueza de la comida cubana y la capacidad de construir imágenes seductoras y sorprendentes que te retienen pegado al texto de este vagabundo con, por lo visto, mucha nostalgia de su tierra.

Menú insular
La candente mañana de marzo en que anunciaron oficialmente que iban a racionar el pan y los huevos, después de un imperioso rumor que no se rebajó ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de las bodegas habían renovado sus anuncios sustituyéndolos por un rotundo: “Pan y huevos, cuando el Estado los asigne”. El hecho me dolió, pues comprendí que el cesante campo socialista se apartaba de nosotros, y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el campo socialista pero yo no, pensé con melancólica vanidad. Alguna vez, lo confieso, mi entusiasta devoción había exasperado a mis colegas escépticos. Muerto el socialismo, podría dedicarme a medirlo, sin esperanzas, pero también sin exasperación. Decidí seguir de cerca lo que a partir de entonces sería nuestro Menú Insular. Consideré que el domingo 10 de marzo era el cumpleaños de mi hija, visitar aquel día el zoológico de la calle 26 era un acto paternal irreprochable, tal vez ineludible. Esa fue la última vez que, con su injustificada felicidad de rejas, vimos a
Pancho
El avestruz del zoo. Solía ser tan dócil que durante la misma hora de todas las mañanas, estiraba su cuello periscópico fuera de la jaula hasta alcanzar la ventana siempre abierta del director. El director le regalaba trozos de pan viejo y cáscaras de plátano. ¡Ah, Pancho! Nunca un ave tan fea había sido el bonito orgullo de un Director. Pero el avestruz un día desapareció sin dejar rastro. Luego de pesquisas inquisitoriales, el azar dio indefectiblemente con la respuesta. Una de las niñas del barrio comentó en el colegio, sin que viniera del todo al caso, que en su casa no había qué comer y su papá había preparado para la cena un muslo de pollo ASÍ, y al decir esto último abrió sus brazos tanto como pudo. La maestra continuó indagando y la niña orgullosa confesó que el pescuezo del pollo también era ASÍ, y el corazón y las alas eran ASÍ. Así fue como se supo que el Director del zoo había engordado a Pancho y lo había servido en su mesa doméstica, pues casualmente la niña era la hija del director. El mal ejemplo cundió, y poco a poco fue diezmada la comunidad de cocodrilos, ciertas especies de monos, todas las aves, algún que otro camélido y otros herbívoros. Al final el zoo se redujo a las hienas y los osos que trataban de comerse los unos a los otros, pues para ellos tampoco había comida.
Nunca pude comprobar qué había de cierto en aquella historia, y dónde el entusiasmo vernáculo había decidido abrir compuertas a las turbias aguas de la fabulación. Opté medicinalmente por aquel precepto según el cual ‘ser es ser percibido’, y como yo nunca había visto la susodicha ave exótica servida, y mucho menos al director caníbal (téngase en cuenta que las fuentes populares enfatizaban en lo mucho de humano que tiene todo avestruz), decidí descreer de lo que no había visto. Lo que sí vi, escuché y olí profundamente, fueron
Los cerdos
Que desde tiempo inmemorial habían constituido la carne angular del soporte gastronómico dentro de la isla. A nadie nunca se le había ocurrido que aquellos animales, que eran máquinas de devorar todo lo que no fuera su propio cuerpo, podían domesticarse en las zonas más residenciales de la urbe. Como los departamentos no contaban con la adecuada infraestructura para la cría de cerdos, la gente comenzó a criarlos dentro de las bañeras. Era el lugar idóneo, pues permitía, al abrir la ducha, canalizar los abundantes y muy olorosos detritos que la máquina de devorar todo lo que no fuera su propio cuerpo producía. Por lo demás, una vez que la bestia pasaba de peso pluma a peso welter, y decidía dar la batalla por su libertad (no hay nada más inquieto que un cerdo citadino), los bordes redondeados y resbaladizos de la bañera anulaban tobogánicamente toda posibilidad de éxito. El animal podía patalear cuanto le viniera en gana, hasta que de tanto revolcarse hacia el fondo terminaba agotado y hambriento. Pero quedaba un grave problema por solucionar: el escándalo. Como cada mañana, yo y todo el vecindario despertábamos escuchando que un horizonte de cerdos chillaba muy lejos del río y muy cerca de nuestras vidas. Pero he aquí que un extraño día se hizo el silencio, y aunque ya mi madre me había explicado la extraordinaria causa de esto, quise verificarlo con mis propios ojos, por aquello de ‘ver para creer’. Entré a casa del último vecino que poseía un cerdo escandaloso, y allí estaba
El veterinario
Comencemos, dice.
Entonces he aquí lo que observo. El veterinario abre su típica maletita de médico rural, trastea adentro por unos segundos, y de pronto alza el brazo enarbolando una jeringa con aguja metálica como de dentista, pero mucho más gruesa. Así que el experto se posiciona con virtuosismo, exactamente como lo haría un torero a punto del pase de banderillas, y no se me escapa que el puerco ha captado con esa sensibilidad de asado en potencia todo aquel tejemaneje amenazador. El cerdo desconfía y se arrincona en la bañera. El torero de la jeringa se aproxima, y es el momento en que la máquina de devorar todo lo que no sea su propio cuerpo decide proteger su pellejo, para ello se abalanza minotauricamente contra el mataor, pero éste sabe su oficio, de modo que se aparta en abanico y mientras la bestia se va en blanco el hombre del estilete baja su brazo con velocidad de avispa y le clava la jeringa en el lomo. Con este disparo todo hubiera seguido un curso clínicamente previsible. Pero he aquí que el cerdo se revuelve dando alaridos ensordecedores, se restriega contra la pared tratando de sacarse la aguja, que se ha zafado de la jeringa y permanece clavada en su lomo negro. Pero la aguja no tarda en caer al suelo, y mientras el rostro del veterinario se va ensombreciendo, el cerdo parece haber olvidado el asunto (incluidos los pseudoverdugos allí presentes), estira su hocico áspero, se mete la aguja enorme a la boca y comienza a masticarla. El veterinario se ha puesto muy serio, pues a pesar de que la aguja se le clava una y otra vez en las encías, el cerdo insiste en masticar. Pero ya la anestesia comienza a hacer su efecto, de modo que el animal empieza a bambolearse y no tarda en caer al suelo, con la lengua colgando y la aguja colgando de la lengua. El rostro del veterinario vuelve a ser una fruta en primavera. Entonces le dice al vecino: su puerco se ha hecho un piercing en la lengua, dicen que es bueno para el sexo oral. Se agacha, extrae de la maletita un par de pinzas enormes y un escalpelo. Ayúdame a sujetarle la mandíbula, dice. Y mientras mi vecino acomete la temblorosa tarea de agarrar la superficie áspera y pegajosa de babasangre, el veterinario introduce la pinza y el venablo, trastea durante un par de minutos, y va extrayendo esos pedacitos de carne rosada que son las cuerdas vocales. Ya está listo, nunca volverá a hacer escándalos. Cuando la oscura máquina de devorar todo lo que no sea su propio cuerpo regresa de la anestesia local, se revuelca como una lombriz inflada y escupe espumarajos verdirrojos. Pero nunca pierde el apetito. Ahora sus reclamos no pasan de resoplidos mudos.
Pero a pesar de la ingeniosa solución y lo felices que se ponen todos en el barrio al ver instalado otra vez en el menú la carne de cerdo asada, aparecen los Inspectores prohibiendo y multando a todos aquellos que insisten en criar cerdos en sus bañeras. Ya se sabe, a toda represión (por muy socialista que sea) suele oponerse una reacción. Es así que el recurso antagónico, aunque parece una metáfora de la forma de la isla, es literal y ontológicamente
El cocodrilo
De mi vecina Nieves. Y aunque no se trata de una metáfora, sino de algo concreto y singular, en honor a las verdades que aquí expongo es necesario consignar que tampoco fue un caso generalizado. No obstante, este hallazgo me permitió reforzar el mito popular de la desaparición de ciertas especies endémicas del zoológico. Es sabido por todos dentro de este universo que llaman barrio (cuyo centro está en todas partes y cuyo perímetro se traslada al infinito) que Nieves se dedica a la confección casera de balsas, esos artefactos donde los isleños se fugan a un más allá que sobrepasa el perímetro del barrio. Con ese olfato que le ha granjeado a Nieves fama de experta negociante, ha conseguido también criar su propio sustento. Cuando llego, primero me enseña el taller clandestino de balsas y luego el cocodrilo. El primero está en su patio al descampado, el segundo también yace en el patio, pero amarrado. Nieves me explica que un cocodrilo es de lo más rentable: come cualquier cosa, por tanto, cuando no hay comida lo alimenta con un mejunje de trapos sancochados y cartones remojados con azúcar. Jamás monta un escándalo. Persuade a los bándalos del barrio de no robarle las piezas para las balsas, posee una apetitosa carne tierna, y una vez sacrificado su piel es harto codiciada por los turistas. Y lo que es aun mejor: no existe una ley que le prohíba a la gente tener su cocodrilo amarrado en el patio. De modo que ni siquiera es ilegal. Es así como cada domingo se instala en la mesa de Nieves el estofado de cocodrilo.
Regresé a mi casa, la casa de mis padres, la vieja casa inveterada del barrio de Buenavista, donde mi madre fungía como abuela de mi hija, sin tener casi nada que poner en la mesa nuestra de cada día. Pero he aquí que esa noche, en la precisa hora en que un ser ventrílocuo había encarnado en mí, reclamando todo aquello que ya mi gestión no podía procurarle, mi señora madre nos coloca en la mesa la inesperada fuente de un
Conejo asado
Devoramos como solo pueden hacerlo camélidos humanos con sed de carne en el desierto insular. Harto satisfechos, y emitidos los eructos de rigor, pasé a preguntarle a mi madre la procedencia de aquel fastuoso menú. Me explicó en dos palabras de qué se trataba: conejo de altura. Y al ver el estupor como un acné repentino sobre mi rostro, me dijo: Anda, sube y compruébalo por ti mismo, claro está que si nada vez, tu incapacidad no invalida mi testimonio. Al escalar el techo constaté, como en un laberinto de espejos, que la totalidad del vecindario enviaba a sus vástagos avituallados para la pesca. El barrio se ensombrecía a causa de los apagones y de la escasez de bombillos. Alguien, probablemente uno de los hijos de Nieves, me impuso el más cauto silencio por medio de ostensibles gestos, y se ofreció incluso a compartir la sección de alero que le correspondía, para enseñarme los procedimientos técnicos de la pesca de alturas. Se lanza en enérgica parábola la plomada con su gold fish enganchado al anzuelo, de tal modo que permanezca hundida en algún vericueto oscuro de un techo vecino. Esto era lo principal. Lo demás es el tacto de relojero, la experiencia y el rigor de la batalla. Cuando el gato muerde el gold fish se verifica un leve corrimiento del sedal, progresivo, hipócrita. Luego el gato se traga la carnada y empieza la lucha, porque el histérico genuflexo no comprende lo que le está sucediendo. Se voltea bocarriba, profiere alaridos desnaturalizados que parecen los de un recién nacido, aferra sus manos felinas a cuanta superficie encuentra a su paso, da saltos electrizados. La única manera de vencerlo es dando sedal, otorgándole un respiro que deprima sus fuerzas, otra vez recogiendo, otra vez dándole sedal y otra vez recogiendo drásticamente hasta que su cuerpo con ojos de loco quede colgando en la punta de la caña. Una vez despellejado y descabezado, se hace prácticamente imposible distinguir a un gato de un conejo. El nuevo espécimen había sido bautizado rigurosamente como ‘conejo de altura’.
Antes de bajar del techo, miré la luna. Sentí un confuso malestar que traté de atribuir a mi rigidez y no a la impresión de la violenta pesca de alturas. Abrí, cerré los ojos, miré dentro de mí, entonces pude volver a ver el Menú Insular.
Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten: ¿Cómo transmitir a los otros el infinito Menú Insular, que mi temerosa memoria apenas abarca? Lo que vieron mis ojos dentro de mí fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Vi el populoso mar que rodea la isla, y del mar vi redes y de las redes vi muchedumbres de camarones y langostinos, los vi poblando largas mesas familiares bajo rostros risueños, vi fuentes de aguacates en lascas y lascas y lascas, haciendo de la cerámica una cebra verde, vi rabo de toro encendido bajo crema de ají, vi pulpos y calamares ahogados en su tinta, vi plátanos, mameyes, caimitos, zapotes, anones, chirimoyas y mangos, vi langostas de talla extralarga dejando que su olor tocara por igual todas las narices, vi un laberinto restaurado (era La Habana), vi en un traspatio de una calle de Buenavista una larga mesa dominical poblada de un oloroso cerdo asado criado en una finca y no de una bañera, vi tasajo en salsa roja con guarnición de boniatos, vi malanga hervida entrando por los ojos de un solo niño de muchos rostros, vi pepinos, rabanitos, tomates, berro, nabos, zanahorias, lechugas tiernas y coles macizas como mujeres rusas, vi un círculo de tierra fértil en la vereda donde aun permanecía un almendro, vi en una librería de la calle 70 un ejemplar de la primera versión de ‘Recetas criollas’, las de Nitza Villapol, vi su censurado programa televisivo otra vez divulgando aquello de ‘recetas fáciles de hacer para todo el barrio’, vi pescado fresco en las pescaderías, panes al horno, perdices a la cacerola, ostiones en vasos cortos, quesos de superficie lunar, Rochefort, Parmesano, Crema, vi barras de chocolate entrando en la boca de negros sudorosos, vi a mi madre riendo ante una barroca despensa, vi el supermercado Ciar otra vez poblado de pueblo y no de turistas, vi pimientos asados, vi un niño de doce años bebiendo leche (desde los 11 la habían excluido del menú infantil), vi frijoles multicolores y arroz en blanco y negro como moros y cristianos, vi brazos gitanos, pastelería francesa, arroz chino, papas a la gallega y manjar oriental, vi picadillo a la habanera que era el preferido de Piñera, vi el boniatillo que tanto gustaba a Lezama, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido un cerdo de nochevieja, vi el engranaje de la gula y la modificación del hambre, vi el Menú Insular desde todas las casas, vi en el Menú mi casa, y en mi casa otra vez el Menú y en el Menú mi casa, vi mi boca y mis tripas, vi tu boca llena, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese referente secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los isleños, pero que ningún isleño desde hace largo tiempo ha visto: el increíble Menú Insular.
Sentí infinita veneración, infinita lástima. Temí que no me abandonara jamás la impresión de lo que había perdido, de lo que me habían quitado. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio, me trabajó otra vez el olvido.
¿Existe ese Menú en lo íntimo de mi alma? ¿Lo he visto cuando aquella noche miré dentro de mí y ya lo he olvidado? Nuestra memoria insular –huelga decirlo– es porosa para el olvido. Yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, el justo sabor del huevo y del pan de cada día.
Ronaldo Menéndez

02 junio 2006

Amores no correspondidos


Van a quedar, esta entrada y la anterior, como un díptico, creo, ya que los temas serán cercanos. Hablaba ayer de una sociedad que genera monstruos y los criminaliza sin hacerse responsable de haberlos generado, y hoy quiero hablar de como algunos de esos miembros de la sociedad se han atrevido a acercase al monstruo que llevan dentro.
El monstruo, tal y como lo define el DRAE, es algo feo, que atenta contra el orden de la naturaleza, pero Eco, que no sé si sabe más que la reunión prostática de la academia, pero al menos sí que parece que usa más la cabeza, lo analiza como el "diferente". Tan monstruo es un siamés con su hermano unido a él como un Jano bifronte como uno de esos portentos físicos que idoltramos como héroes del deporte. Pero a unos los amamos y los otros nos repugnan. He ahí una de las contradicciones del monstruo.
Algunos se han sabido monstruos o no han tenido miedo de encarar ese y siniestro que llevan dentro. Uno de ellos fue Thomas Mann, que vivió una homosexualidad más o menos soterrada toda su vida, y que se atrevió a verbalizar sus deseos y enfrentarse a ellos en esa joya -pequeña y reluciente como una piedra preciosa- que es La muerte en Venecia. Podemos hacer una lectura en la que Aschenbach sea un trasunto del propio Mann, como lectores y críticos podemos hacer lo que queramos, ¿no? Y en esa lectura podemos entender la fascinación que el viejo escritor siente por el joven Tadzio como una confesión de la que Mann sentiría ante un joven que todavía no se ha desarrollado, y que personifica un ideal andrógino del que Mann, apolíneo, siempre estuvo enamorado. Pero esa pasión se produce en un escenario sórdido y enfermizo. El clima lacustre de la Serenísima, una epidemia que diezma la población, y un protagonista que decide quedarse allí a esperar la muerte que sabe que se alcanzará. ¿Ese ambiente enfermizo, ha sido el contexto de esa pasión o lo ha producido el propio Aschenbach?
Nabokov tenía una mujer a la que, suponemos, quería. Con ella llegó a los Estados Unidos en 1940 y ella le acompañó hasta la muerte. Pero de la mente de este escritor surgió el último arquetipo que nos ha dado la literatura: Lolita. Este hombre, más bien tímido, algo soso, dedicado a su colección de mariposas, estaba destinado a la obsesión por el detalle. De esa osbsesión nació un inglés único -con una respiración distinta a la de cualquier otro autor-, una nación que nadie salvo él había visto hasta entonces -y que desde entonces ha sido no sólo copiada sino entendida como la arquetípica de ese país, con sus moteles de carretera y sus autopistas infinitas-, y una literatura que, como un telescopio invertido, hace que lo pequeño, lo escurridizo, lo que pasa desapercibido a los ojos de casi todos se apodere de la narración, de la literatura.
Por eso supo ver un detalle lúbrico que anidaba en su interior -y en el fondo en el de todo hombre- y que llamó nínfulas, aunque para todos sean ya lolitas. Todo hombre guarda dentro de sí un amor nunca realizado con Lolita -o Mari, Puri, o como quiera que se llame.
Uno de los más atentos lectores del libro de Nabokov ha sido Juan Bonilla. Uno de los más atentos y de los más perspicaces y constantes. Hasta escribir una nouvelle que se debe leer como ficción y crítica al mismo tiempo -supongo que es como se debe leer siempre tanto la ficción como la crítica, como un todo permeable, pero más en este caso- donde recrea una historia de amor entre un entrenador de tenis de segunda fila y una niña checa. Lo más interesante de este libro es que en él se nos cuenta la experiencia de un hombre que, mientras cumple su condena, conoce la existencia de la historia de Nabokov y se ve reflejado en ella. Si toda la gran poesía es aquella que ilumina partes de nuestro yo que hasta entonces no veíamos, hay que imaginar la sensación de alguien que descubre un libro donde es su propia historia lo que encuentra: sólo cabe la fascinación, por supuesto. Eso es lo que narra Bonilla en Humbert Humbert, la historia de un hombre que relee una y otra vez la novela que le puede explicar su vida. Dicho de otro modo, una metáfora perfecta del lector y la literatura.
ESo sí, en los tres ejemplos citados podemos ver como no hay margen para otra cosa que no se la tragedia, que es el final exigido por estas historias.
Todos nosotros albergamos un monstruo. Pero sólo algunos pierden la capacidad de mantenerlo bajo control. La literatura, el arte, ha sabido bucear en esas sensaciones, en las pasiones que habitan nuestros sueños.