
Y ahí radica su genialidad, en que supo convertir materiales de desecho, de saldo, en una obra sólida que excluye la vida y que se centra en los mecanismos del arte. Por eso es tan apetecible como pasto de estudiosos universitarios, de diseccionadores, y no como objeto de disfrute vital.
Ahora bien, lo que demuestra su caracter visionario es que supo anticiparse a nuestra época. Hoy, en el que la ficción y la realidad se entrecruzan en múltiples expresiones artísticas, en que vemos como las fronteras que tan bien les venían a los libreros para ordenar las estanterías se diluyen, no deja de ser curioso que se censure de un modo brutal a los que han evidenciado la necesidad del ser humano de creer en algo y comulgar con ruedas de molino si hiciera falta.
Hará en breve un par de años del caso del genial David Kelley, que se convirtió en uno de los periodistas de referencia de los Estados Unidos con sus crónicas inventadas. Eso sí, a mucha gente no el gustó que, en vez de llamar literatura o cine a lo que hacía, Borges y Welles fueron más prudentes, lo llamase periodismo.
Ahora surge un nuevo tipo de genial simulador: el científico. Por un lado Woo-suk Hwang, que se inventó un mundo a la medida de Aldous Huxley, un Nuevo y valiente mundo, en el que todos quisieron creer, ahora un bufón llamado Jon Subdo ha evidenciado la total falta de profesionalidad de las publicaciones científicas, ya que con artículos carentes de toda lógica médica se labró un prestigio notable.
Vivimos en el mundo de la tecnología y de la velocidad. Creemos ciegamente a los científicos y los intelectuales carecen de tiempo -y conocimientos, todo hay que reconocerlo- para cuestionar las nuevas verdades. Tampoco hay que echarse las manos a la cabeza, a lo largo de la historia tenemos ejemplos de geniales simuladores que edificaron edificios sobre cimientos menos sólidos. Ahí tenemos a Jesús, Mahoma, Lutero...