
Y uno lo entiende, pero no lo comparte. Ve uno defender tantas cosas a la gente, incluso a los políticos que, normalmente, sólo velan por su cuenta corriente, que no cree que porque se forme un partido político vayan a conseguir sus objetivos.
A mí me da más bien la sensación de que lo que este hombre busca es que los pederastas se empiecen a hacer visibles. Que dejen de ser el coco, el tabú por excelencia de los tiempos que corren. La pederastia es, a qué negarlo, un tema muy controvertido. Vaya desde ya, para que nadie se asuste, mi total repulsa a la idea de que un adulto se aproveche de un niño, sea sexualmente o de cualquier otro modo. Pero quiero expresar también mi repulsa ante la hipocresía de la sociedad con este tema.
Hace unos años se produjeron, casi al unísono, dos escándalos de pedofilia que hicieron correr ríos de tinta y, todavía hoy, colean en la memoria popular. Uno fue el llamado “Caso Arny” en el que se quiso hacer ver a la sociedad que había un caso de abusos a menores cuando dichos menores lo eran sólo legalmente –creo que la “víctima” más joven tenía más de catorce años, y si alguien considera que a esa edad sus hijos están medio alelados lo mejor es que se ponga a hablar de sexo con ellos a ver qué le enseñan- y, sobre todo, sirvió para airear el que se puede considerar el último escándalo “gay” de la sociedad española.
Más problemáticos y serios fueron los sucesos del Raval barcelonés. Allí sí que había niños pequeños y se acusó a algunos padres de “vender” o “alquilar” a sus hijos a cambio de dinero. Arcadi Espada, en el mejor libro que se ha hecho en España de momento sobre la influencia de los mass media en la sociedad y la manipulación que se puede ejercer de y desde los mismos, analizó, con estupor, la metodología de la policía, que no dudó en coaccionar a los niños en los interrogatorios –supongo que eso no es “abuso infantil”- para lograr declaraciones y culpables; la de los medios de comunicación, que no dudaron en airear y exagerar el caso para tener algo con lo que vender ejemplares en el aburrido periodo estival, sin medir ni por un momento el nivel de alarma social que estaban creando; la de los jueces, que instruyeron el caso a través de las exageraciones propias de un periodismo más cercano a la publicidad que a la información en vez de hacerlo desde el dossier del caso, que es como deben hacerlo y, en última instancia, el posible origen político –de hecho administrativo- de un escándalo que venía a reforzar la idea de barrio degradado social y moralmente que había que sanear –mediante actuaciones inmobiliarias millonarias en las que los menos beneficiados serían los propios habitantes del barrio.
Y todo ello enarbolando la bandera del gran temor actual, del gran tabú social de finales del cambio de siglo: la pederastia.
El libro, para quien quiera disfrutar con él –es lo mejor que ha hecho Espada- se llama Raval. Del amor a los niños y para mí fue, además de una luminosa lectura, la toma de contacto con otro gran narrador catalán: Sergi Pàmies. La razón de tan retorcida relación la explicaré otro día porque no deja de tener su gracia.
Y, para los poc0 dados a la lectura, indicarles que Jordá hizo un documental, De nens, con el libro de Espada como mapa de operaciones, no como itinerario establecido.
A mí me parece muy hipócrita cargar contra unos individuos que pueden ser tratados psicológicamente por dejarse influir hasta tal punto por los mecanismos de la sociedad. Porque, vamos a ser claros, criminalizamos al que, en última instancia, puede ejercer un daño físico al niño, pero nos olvidamos de muchos que son, en realidad, los responsables, y encima se lucran con ello.
Si yo abro una revista, una cualquiera, veo a niñas anunciando ropas y colonias, y no uso la palabra en el sentido de los profesionales de la moda, que la usan para denominar a cualquier modelo. No, yo quiero decir que son niñas, adolescentes a las que, en algunos casos, no se les aprecia ningún tipo de desarrollo –son casi andróginas- las que aparecen en dichos anuncios. Y son estos los que sostienen el ideal estético de mujeres aniñadas, de formas poco femeninas –tendentes a ese ideal andrógino del que se enamoraba el protagonista de La muerte en Venecia-, que impera hoy en nuestra sociedad.
Pero nadie detiene ni al modista, ni al fotógrafo, ni al publicista, ni al que retoca la foto, ni tan siquiera a los padres de las jóvenes. Todos ellos se lucran.
Tampoco lleva nadie a la cárcel a los responsables de marketing que van bajando cada vez más la edad de su target de mercado, que van creando consumidores cada vez más pequeños, niños a fin de cuentas que exigen, como pequeños tiranos que ostentan el poder en las familias que son, a sus padres una serie de productos y de marcas en sus vidas. Así que el mercado, la revolución industrial que está ya en su tercera fase, no se contenta con crear sus consumidores entre los adultos, sino que los busca cada vez más jóvenes para poder ampliar la cuota de mercado.
Y nadie ha llevado ante un tribunal a ningún dirigente político por llevar a jóvenes con acné a la guerra porque saben que a poco que hayan madurado van a proteger su vida antes que los intereses estratégicos del gobernante de turno. Lo hicieron los nazis, los japoneses en la Segunda guerra mundial, sí, pero también lo hicieron los rusos, los yanquis y los ingleses. Y los estadounidenses lo volvieron a hacer en Corea, en Vietnam, en el golfo, en Irak –el soldado que ha quedado como símbolo de las tropas norteamericanas de ocupación es un “veterano” de veintiún años con una lista de patologías psiquiátricas incurables que le han convertido en inválido y pensionista de por vida.

No quiero ser agorero, y tampoco quiero provocar. Pero a finales del siglo XIX hubo un hombre muy famoso –y por eso hoy se le recuerda, claro- que fue a la cárcel por conducta obscena y actitudes ofensivas. Se llamaba Oscar Wilde, su delito era ser homosexual, el tabú de su época.
Y tampoco quiero dar argumentos pero en la antigua Grecia, en la Roma clásica, era práctica habitual del mentor iniciar sexualmente a su alumno cuando estos eran bien niños.
Pero, sobre todo, ayudemos a estas pobres gentes que, en la mayoría de los casos, llegan a aceptar castraciones con tal de no seguir delinquiendo. Son enfermos, no delincuentes, sería un acto de misericordia por parte de una sociedad enferma.