03 agosto 2009

La autopsia de la narración

UNO. A mediados de los años sesenta, se descubrieron en Guanajuato unos crímenes que provocaron un enorme impacto en la sociedad mexicana. Las hermanas Gonzáles, que habían regentado varios prostíbulos en el estado de Guanajuato, fueron condenadas por el asesinato de once hombres, ochenta mujeres y un número sin determinar de neonatos, además de por la práctica clandestina de numerosos abortos. La presión social, intensificada por la cobertura que dio al caso la revista Alarma, hizo que, aunque no existieran pruebas concluyentes de que fueran las dos hermanas condenadas las autoras materiales de los asesinatos, u otras dos hermanas más que no han quedado como cabecillas y han caído en el río del olvido, se las condenase a los cuarenta años de condena que es la pena máxima existente en México. El caso de las Poquianchis, como fueron conocidas popularmente, sirvió como punto de partida para una película de Felipe Cazals, estrenada en el año 1976, y para un libro de Jorge Ibargüengoitia, publicado en el año 1977 bajo el título de Las muertas.

DOS. Se escribe sobre hechos ocurridos, para intentar, de algún modo, encontrar respuestas a las dudas que plantea el conocimiento de esa realidad que nos rodea. En el caso de Las muertas, su autor ha trabajado sobre la investigación. De algún modo se transforma en un forense, en el juez instructor de la causa, y va cotejando las pruebas, los testimonios para hacer un dibujo claro de lo que sucedió. El narrador quiere saber y por eso narra, escribió Belén Gopegui en su prólogo a La conquista del aire. En este caso se puede decir que el narrador quiere desvelar y se enzarza por eso en la investigación de los hechos.
No se trata de una novela policial o de serie negra, donde importa más el asesino o los porqués. Todo eso lo sabe muy bien tanto el autor como el narrador que elije para su novela: los asesinos, de modo directo o como inductores, son las dos hermanas que regentan con mano férrea sus lupanares. El porqué está claro también: dinero, poder. Las dos saben que su negocio depende en buena medida de saber controlar a sus trabajadoras, y cuando el negocio comienza a decaer por las nuevas regulaciones legales con que se van topando, lo que no quieren es perder a las criadas que ahora poseen o tener que pagarlas y liberarlas de su tutela. La denuncia social no es tanto sobre el crimen o la prostitución, sino sobre la esclavitud que tiene lugar de facto en el seno de los negocios de las Baladro (trasunto de las Gonzáles). Las dos hermanas, bautizadas irónicamente por Ibargüengoitia como Arcángela y Serafina, disponen de las vidas de las prostitutas como si fueran posesiones suyas. Eso es, sin duda, lo que más le llamó la atención al autor. Cómo mantenían el orden en su casa y por qué las mujeres no se revelaban o huían de allí. Cuando los prostíbulos están todavía en funcionamiento uno entiende que pudieran esperar la llegada de vientos más favorables. Pero, en el momento en que se ven recluidas en una casa donde no entran clientes y en la que apenas tienen pequeños destellos de libertad, hasta el punto de verse obligadas a acceder a la casa a través del edificio vecino, ¿por qué no hacen nada? No hay respuesta tampoco a todas esas cuestiones, ya que no es la intención del narrador explicar, sino tan sólo narrar, poner en manos del lector los hechos para que tome conciencia de ellos, para que los conozca. Dar testimonio, no hacer justicia. Un narrador fisgón que quiere saber.

TRES. Lo más interesante, con todo, de la novela de Ibargüengoitia es el discurso, o, lo que es lo mismo, la capacidad de modular un estilo creíble y coherente que le permita contar la historia con la misma fascinación con la que la irá descubriendo el lector. Por eso toma como punto de partida los textos de la investigación. Declaraciones, testimonios y pruebas que coteja a lo largo del libro. El narrador no ha presenciado nada, todo lo sabe por los documentos que parece consultar y contrastar. Más aún, la novela está constituida por la continua reproducción de esos hipotéticos documentos legales. Es una novela que reproduce un collage, el de las historias, los recuerdos y las versiones de lo sucedido que aportan cada uno de los implicados. Salvo las dos protagonistas, claro, que no testifican, que no dicen nada. Escuchamos lo que dicen los vecinos, los amantes, las prostitutas. Un fresco hecho de muchas voces, como vendría a ser el sumario del caso, que apenas nos permite intuir, pero no esclarecer, los hechos.
Además la novela se ubica en un lugar muy interesante, mestizo y por lo tanto fecundo y atrayente. No es, de modo estricto, la narración de los hechos históricos de las Poquianchis, sino que se ha basado en ellos. Por otro lado, siendo una novela, hay que repetirlo: ficción, está preñada de realidad al usar registros legales, policiales y periodísticos que conforman un tejido más cercano a la crónica o al reportaje que a la ficción habitual.
Pero, y es lo más importante, cuando se dan este tipo de novelas se construye la figura de un narrador interesado en, conmovido por, envuelto sin saber muy bien cómo, etc. Pero el narrador de Las muertas es invisible, no es más que una voz, la que une e hilvana los testimonios ficcionales escritos como si fueran verdad. De modo explícito, en la novela se expresa el deseo de que en todo momento se entienda el libro como ficción, pero los recursos que pone en marcha parecen desmentir ese deseo. De esa ambigüedad brota la fuerza de la novela. De modo más o menos involuntario cobra el peso exacto de la palabra, la capacidad de esclarecimiento de los hechos y su espíritu generador de realidad. Más allá de tópicos como que la realidad supera a la ficción, libros como Las muertas hacen patente que la realidad está hecha de ficciones, otro tema es que nosotros seamos más o menos capaces de darnos cuenta de ello.
Jorge Ibargüengoitia, Las muertas, RBA, Barcelona, 2009

01 agosto 2009

En Babelia

Escribo este post rozando la media noche del sábado 1 de agosto extraordinariamente contento. De los vientidós artículos del Babelia colgados en la web de El País, el que he escrito sobre las novedades literarias que se han editado en España en lo que va de año de autores argentinos es el que ha sido votado más veces. Más incluso que la columna de Muñoz Molina que es el siguiente. Estoy muy sorprendido y halagado. Gracias.
Y gracias a los que han llamado, mensajeado o mailizado a lo largo del día.
Artículo sobre novedades literarias de autores argentinos en Babelia de El País
Pasados dos días me sorprendo al ver que en la web de El País resetean cada día el contador de valoraciones de los artículos, ya que día tras día, sospechosamente, va menguando.

31 julio 2009

Alta costura


El librófilo es un espécimen extraño que disfruta por el simple hecho de tener un libro entre las manos. Algunos, que no son buenos miembros de la secta, piensan que un libro bonito es aquel con una foto o viñeta agradable, o el que está encuadernado en piel con letras de pan de oro, y demás desvaríos que demuestran lo poco que sabe de libros. Un libro bonito es aquel que sirve de envoltorio inmejorable al texto. O sea, que aunque lo verdaderamente importante de un libro es, a fin de cuentas, las ideas o sensaciones que encierra el texto, es evidente que con un libro bien editado tenemos más ganas de conocerlas y el tránsito por ellas se hace más placentero. Lo importante en las personas es el interior, nos han dicho hasta la saciedad, pero todos estaremos de acuerdo en que un buen exterior llama la atención para conocer a la persona y hace más apetecible el proceso de conocimiento.

Quizás uno de los diseños de colección más bellos y atractivos que he visto en los últimos años sea el que ha hecho Sandra Zahirovic para la colección Space Opera de la británica Orion Publishing. Por lo que cuenta la propia Sandra, la idea de partida era trabajar el contraste entre el contenido de alta tecnología de los textos, una colección de ciencia-ficción, y una estética basada en materiales comunes, low tech, algo tan sencillo como el papel. Automáticamente se interesó por la estética origami y los procesos de almacenamiento de papel. Realizó un estudio de una imagen significativa para cada uno de los libros dependiendo de su temática y decidió que la imagen de cubierta desvelara de un modo muy ingenuo el proceso mismo de creación de la imagen.

Lo más sorprendente fue la elección del acabado final: título y autor del libro se imprimieron en el papel antes de sufrir cada uno de los procesos de transformación. Y las imágenes están tomadas con luz lo más natural posible, sin retoques posteriores de programas informáticos.
Por otro lado, Sandra era plenamente consciente de que la estética logra dar una idea de unidad a la colección que se hace visible al primer golpe de vista de las cubiertas, pero normalmente los libros se almacenan en estanterías donde tan sólo se ve el lomo. Por eso decició añadir un detalle importante: además del logo de la colección y de las indispensables indicaciones de título y autor, en cada lomo hay un pequeño icono relacionado con la imagen de cubierta que singulariza cada uno de los volúmenes.
Los tipos elegidos: Andale Mono y Din 1451 obedecen a una intención de que, por un lado, no sean excesivamente futuristas, esto es, no tengan ese look de sci-fi que tan rápidamente queda trasnochado, y que al mismo tiempo, mantengan un aspecto sencillo y moderno. Es obvio que el acierto ha sido total.
Como curiosidad, en principio el diseño se pensó para ser editado como sobrecubiertas en papel satinado y brillante. Pero el elevado coste y lo delicado de su manipulación -se quedan muy grabadas las huellas de los dedos en esa edición- desaconsejaron ese diseño. Aquí pueden verse unas muestras de ese primer diseño.


























La decisión final fue, pues, editar directamente en rústica, sin ningún tipo de camisa o sobrecubierta y hacerlo en acabado mate que resaltara la textura del papel que se había utilizado en las fotografías de cada uno de los títulos. El resultado final ha llamado la atención de todos y cada uno de los verdaderos amantes de los libros. Hasta tal punto ha sido exitoso el diseño que ha recibido numerosos elogios en blogs, revistas y demás entornos dedicados al diseño gráfico. Sandra Zahirovic está especialmente contenta porque sabe que el público ha sabido ver lo oportuno del diseño respecto al producto, la adecuación de las imágenes al concepto de la colección y sus textos. Eso es, desde luego, lo que, más allá de su belleza, convierte a los libros de esta colección en algo especialmente remarcable.

Hay mucha más información en faceout books, web interesantísima (actualización semanal)
administrada por Jason Gabbert y Charles Brock, miembros de The DesignWorks Group

29 julio 2009

Quince años no es nada


Hace quince años, la niña bonita, que se publicó El que apaga la luz. Hace quince años que comenzó una historia durante un examen de literatura de COU. Mi profesor leía el libro de Juan Bonilla, del que yo había oído hablar, y cuando entregué el examen le pregunté si me lo podría prestar cuando lo terminase. Lo hizo y aquel libro fue el comienzo de una amistad ya algo descuidada que me brindó la oportunidad de conocer muchos otros autores y muchos otros libros. Él también me dejó, poco tiempo después, un libro que compró tras leer El que apaga la luz aunque se había editado antes: Veinticinco años de éxitos. Lo editaba una editorial extraña, con el mismo nombre de un bar de copas y alterne, La Carbonería, que durante unos meses se dedicó a la quimérica labor de conseguir que sus visitantes leyesen. Es el único libro de Bonilla que no he podido conseguir para mi biblioteca. Al profesor le regalé el otro único libro que he conocido de esa editorial, el Manual del veraneante perpetuo de Fernando Ortiz. Por lo visto él y Ortiz habían sido compañeros en la facultad. Me sigue pareciendo a día de hoy la editorial con el catálogo más excelso que he conocido, y con los mejores títulos. Tan sólo dos, pero los dos valían un Potosí. Cuando fui a Sevilla me empeñé en conocer el bar, pero aquello no debía tener ya mucho que ver con lo que debió haber sido, así que tras una cerveza me fuí.
Me compré mi ejemplar de El que apaga la luz para releerlo. No habría pasado un mes desde que lo leí por vez primera. Fue el primer libro de Pre-Textos que compré, por cierto. Tanto lo leí y tanto lo elogié que mi mejor amiga me lo pidió para poder leerlo también. Lo perdió en un bar al lado de la plaza de Vázquez de Mella que se llamaba El purgatorio. No habría sido más oportuno ni haciéndolo con intención. Volvió al bar preguntando por el libro, pensaba que se debió caer del bolso y tal vez alguien lo habría devuelto en la barra. Nadie roba libros suele decir toda la gente que no lee casi nunca. Pero este libro sí debió llamar la atención del que lo encontrase. Nunca apareció. Cuando me dijo que lo había perdido me llevé un buen berrinche, claro. Un libro era una cantidad de dinero importante para la economía de un estudiante de dieciocho años. Se comprometió a comprarme otro y vino con él a los pocos días. Era casi igual, salvo por un detalle: el perdido era una primera edición y ése era una segunda. Sí había tenido éxito, sí, porque ya iba por la segunda edición. Con la estupidez propia de un adolescente demasiado preocupado por detalles intrascendentes, debí dar a entender que me molestaba haberme quedado sin mi ejemplar de la primera edición. La culpa, en cierta medida, era del propio Bonilla, que en sus artículos hablaba de esas primeras ediciones con dedicatorias entre escritores o las búsquedas, que entonces me parecían exóticas y llenas de encanto, de libros únicos de librería de viejo en librería de viejo. A los dos o tres meses mi amiga apareció con un ejemplar de la primera edición de El que apaga la luz. Imaginarla a lo largo de ese tiempo aprovechando cada vez que encontraba una librería para buscar el dichoso ejemplar de la primera edición me dio entonces una medida bastante clara del valor que debía darle a su amistad. Hoy creo que si le tengo tanto cariño a ese libro es porque cada vez que lo tengo entre las manos me recuerda a ella.
A ella, además, le parecía que Bonilla era muy guapo. La fotografía de la solapa, desde luego, lo vendía bastante bien. Por eso le regalé el ejemplar de la segunda edición, que tan sólo durante unos meses fue mío porque estaba destinado a ser suyo. También le pedí que me acompañase cuando le hice una entrevista para la primera revista “profesional” en la que colaboré. Fuimos tres, ella, otro amigo y yo. Ellos dos con cámaras y yo con una grabadora, un cuaderno y todos los libros de Bonilla. Menos el de La Carbonería, claro. Cuando recuerdo aquella tarde en el Café Central de Madrid pienso que debimos asustarle. Sobre todo yo. Lo recordaba todo, cada entrevista suya que había leído, cada pasaje de sus cuentos. Incluso me emocioné cuando me enteré de que los dos compartíamos padres dedicados al transporte. Creo que el suyo era camionero o algo así, y el mío tiene una pequeña empresa de autocares. Todo mientras mis dos amigos le cegaban con una lluvia constante de flashes y de chasquidos con sus cámaras de fotos. Antes de irnos me dedicó mi ejemplar de El que apaga la luz. Me permitiré copiar la dedicatoria, ya que él las colecciona: “Para Antonio este El que apaga la luz deseando tener en un futuro mil fans más como él”. Yo le había dicho al presentarnos en el café que yo era fan suyo, un fan de veinte años, así que me gustó mucho la dedicatoria. La entrevista quedó bien, tengo la cinta todavía por ahí. Me habló de una novela preciosa que al final no escribió nunca, o que al menos no ha publicado. Mi amigo hizo un par de dibujos sobre sus fotos y las de mi amiga que ilustraron el artículo de la revista. Quedé con Bonilla por segunda vez para entregarle uno de los dibujos, dedicado de una manera algo exagerada por mi amigo –hoy creo que yo era tan vehemente que ellos, les gustase o no, pensaban que estaban ante un futuro premio Nobel-, pero me dio plantón. Luego lo comenté con un amigo, también escritor, y me dijo que a veces con Bonilla pasaban esas cosas. Pero que no me lo tomase a mal. Y no me lo tomé a mal. De hecho pienso que fue una de las mejores lecciones de mi vida, esa de no ilusionarse más de lo necesario con las cosas. Todavía no la he debido aprender bien, de todos modos.
Hace dos meses, cuando comenzó la Feria del Libro de Madrid, me dijo un amigo que atendía en la caseta de Pre-Textos que a finales de junio aparecería una nueva edición de El que apaga la luz. Apenas tuve el libro en las manos me lancé a leerlo de nuevo, con la misma alegría de mis dieciocho. Y no me ha defraudado nada.
El que apaga la luz de Juan Bonilla
acaba de ser reeditado por Pre-Textos con cinco nuevos textos

27 julio 2009

Una caja de bombones

UNO. A Don McLean le sacudió lo sucedido el tres de febrero de 1959. Lo llamó “El día que murió la música”. Una avioneta se estrellaba en un campo de maíz del estado de Iowa. Dentro de ella volaban Buddy Holly, Ritchie Valens y Big Bopper.
El veintisiete de noviembre de 1983 se estrelló un avión en Mejorada del Campo durante la maniobra de aproximación al aeropuerto de Barajas, donde estaba prevista la escala del vuelo entre París y Bogotá. Dentro de ese avión viajaban Manuel Scorza, el matrimonio formado por Ángel Rama y María Traba y el mexicano Jorge Ibargüengoitia.
Rama contaba con cincuenta y siete años, Scorza e Ibargüengoitia cincuenta y cinco, Traba cincuenta y tres. Si estuviéramos hablando de deportistas de alta competición, por ejemplo, podríamos decir que ya habían entregado a la Historia todo lo que se esperaba de ellos, pero tratándose de escritores hay que señalar que aquel día nos quedamos sin unos veinticinco o treinta años de trabajo a pleno rendimiento de los cuatro.
No soy Paul Auster, por suerte o por desgracia, así que no intentaré establecer un hilo que hable de estos dos hechos como casualidades. Cada uno lo entienda como quiera.

DOS. A lo largo del último año se han editado dos libros de Jorge Ibargüengoitia, un autor que estaba casi desaparecido de los estantes de las librerías españolas.
La primera de esas novedades fue la recopilación de columnas y textos periodísticos que Juan Villoro reunió bajo el título de Revolución en el jardín. Editada en esa colección extraña, caprichosa e irregular que dirige Javier Marías, llamada Reino de Redonda.
La selección de Villoro es, como acostumbra en casi todo lo que emprende, generosísima. Cincuenta y ocho textos de diversa extensión que sirven como carta de presentación de una de las facetas más transitadas por Ibargüengoitia: la del humor mordaz e iconoclasta aplicado tanto a la crónica como al columnismo periodísticos.
Su retrato de la sociedad mexicana, de los usos y costumbres del tiempo que le tocó vivir, de las pequeñas miserias humanas que asoman en los gestos más nimios y, en principio, intrascendentes, lo convirtieron en uno de esos escritores que corre el peor de los peligros posibles: el de no ser tomado en serio. Una de las realidades más paradigmáticas de la recepción que se hace de los textos y de los autores tiene mucho que ver con la idea que tenemos de lo relevante. Rara vez aparecen en los noticieros o en los periódicos noticias simpáticas, aunque muchos de los hechos que nos suceden a diario lo sean. Parece que no dejasen cicatrices, porque asociamos las cicatrices, las huellas, al dolor y no al humor o la risa. Por eso, el común de los ciudadanos asocia lo relevante a lo doloroso, y el humor a lo más liviano, menos importante por tanto.
También, conviene no ser demasiado espléndidos, otro de los motivos que ha alejado a la escritura humorística de los altos peldaños del escalafón artístico ha sido el uso que los creadores hacían de ella. A menudo, el humor es meramente epidérmico, contingente, no socavador o iluminador. Muchos artistas se limitan a provocar la risa fácil o la sonrisa complaciente de un público que quiere reír un rato para poder descargar tensiones y volverse a casa tan tranquilos. Una risa cómoda, o acomodaticia, que puede ser lo mismo. No es esa risa que se queda congelada cuando vemos que más allá de la mera broma había una intención de retratarnos y de decirnos cosas sobre nosotros mismos que no podemos soportar desde la tragedia o la confesión. Se podría hacer una lista extensísima de artistas que se han quedado ahí. Y eso no los convierte en mejores o peores, sino que nos da una idea más exacta de su talla, del rastro que pueden dejar en nuestra experiencia. Muchas veces casi invisible, caer en el olvido sin la menor trascendencia.
Finalmente llegamos al momento en que toca decidirse por un camino u otro. Pero resulta difícil. Este libro podría, perfectamente, entrar en una u otra categoría. O sea, que en el baúl donde todo cabe, cincuenta y ocho textos nada menos, no puede mantener una misma intensidad de principio a fin. Hay de todo, claro.
La columna, el artículo, son textos para sprinters, donde hay que demostrar rapidez de reflejos, amplia zancada y capacidad de ir acelerando a medida que avanza la carrera. Dicho de otro modo: para ser un buen velocista hay que saber comenzar con fuerza y no sólo mantener el impulso sino acrecentarlo camino del final. Y estos textos lo logran sólo a veces. Hay algunos textos antológicos, verdaderas piezas maestras del periodismo literario. Hay crónicas inolvidables pese a su sátira facilona, como la crónica de la recepción del premio Casa de las Américas de La Habana que da título al volumen. Pero también hay mucha quincalla, textos prescindibles que nos hablan de las fechas de entrega y de las necesidades económicas de un autor sometido a los exiguos pagos de las publicaciones periódicas.
Juan Villoro, como ya se ha dicho, es un tipo generoso. Lo repito porque tengo la certeza de que aquí está todo, o casi todo, el Ibargüengoitia periodístico digno de rescate. Y aún así se aprecia una evidente falta de intensidad que convierte al volumen en una lectura muy larga y, por momentos, tediosa. Y no tengo la menor duda de que eso horripilaría al propio autor. Tal vez se deba a lo excesivo del volumen: más de trescientas páginas de artículos.

TRES. Conviene cerrar pues este texto con una reflexión, o, mejor dicho, con una invitación a la reflexión. ¿Es lo más conveniente presentar unos textos ideados para funcionar por sí solos, leídos en apenas cinco minutos mientras tomamos un café, a la carrera muchas veces, e hijos de y por lo tanto añejos al contexto histórico y social del momento en extensas reuniones? La verdad, no. Esos fervientes inventarios parecen destinados más a las Obras completas para estudiosos y fanáticos, pero quizás puedan empachar a los que se conforman con un bombón y no necesitan una caja entera para quedar saciados.
Jorge Ibargüengoitia, Revolución en el jardín, Reino de Redonda, 2008
La fotografía es de Paulina Lavista

17 julio 2009

Burroughs operando


William Burroughs interpretando al doctor Benway en una pieza con la colaboración de Jackie Curtis como la enfermera.
Por cierto, como YouTube censura, hay que aclarar que el pitido se ahorra el "fucking" de la frase: "Some fucking drug addict cut my cocaine with Saniflush." Vivimos en una era idiota, como demuestra la estupidez de los responsables de YouTube.

09 julio 2009

Sobre ideas superadas e ideologías disfrazadas

Cada vez que a algún político español se le llena la boca para hacer hincapié en la relevancia actual en el mundo de nuestro país me dan ganas de mearme de risa. No ya porque para ellos el signo inequívoco de esa importancia sea que José Luis Zapatero se vaya con otros ocho colegas a ver los efectos de un terremoto que todavía tiene a miles de personas “de campamento”, sino porque en España hace tiempo que se ha establecido la certeza de que ya estamos “a la misma altura” que los países más desarrollados. España, por una vez, se han enganchado al tren de la modernidad, no como venía sucediendo desde que, hace siglos, comenzó la decadencia de la dinastías de los Habsburgo. No sé si la medida de la modernidad la da el número de marcas comerciales entre las que elige el consumidor en una tienda.
Y, sin embargo, basta con echarle un vistazo a lo que ocurre en realidad en esos lugares donde sí se indica por dónde anda la modernidad para ver que lo de España sigue siendo cómico. Vamos a poner un sencillo ejemplo: el comunismo. Anatemizado, no se puede nombrar el comunismo si uno pretende pasar por alguien serio. Ya cayó el comunismo en el ochenta y nueve dicen unos –aunque sigue habiendo gobiernos comunistas en el mundo-, eso es una cosa del pasado –aunque al influencia del pensamiento de Marx y Engels se siga apreciando, sobre todo, en los textos teóricos de los think tanks straussistas-, y despacharlo con una apelación irónica a “todas esas ideas que se han demostrado utópicas” suelen ser las salidas habituales. En España el Partido Comunista se ha camuflado bajo unas siglas en las que se engloba toda una coalición progresista que, formada por militantes cada día más alejados de la realidad y reticentes a nuevas ideas, ve cómo tras cada cita electoral su presencia es menos relevante. E, incluso, se aprecia un desdén por parte de eso que se ha dado en llamar “alteridad” o “movimientos antiglobalización” hacia el comunismo, y un miedo casi atroz a ser calificados como tales cuando se habla de ellos en cualquier medio de comunicación.
Hasta cierto punto es normal. Algunos de los regímenes que se han reconocido como comunistas han quedado fijados en la historia como sanguinarios e inhumanos. Normalmente los que recuerdan de modo insistente esto suelen olvidar todos los desmanes de otros gobiernos dictatoriales o la salvaje depredación, ecológica y humana, que el capitalismo ejerce. Pero bueno, que unos sean unos desalmados no sirve como permiso para que lo sean otros. Un dictador de una ideología no justifica a otro de la contraria, eso es cierto, aunque muchas veces se olvide.

Lo curioso es que en España haya una tendencia casi unánime a olvidar la existencia de todo el pensamiento socialista, a ignorarlo. Esa España moderna se ha quedado, se conoce, en El fin de la historia y el último hombre –si citamos, citemos bien- de Fukuyama. Pero, lo que es peor, se han quedado en los resúmenes apresurados de los suplementos dominicales. Repasemos el libro de Fukuyama: La teoría que pretende demostrar es que el neoliberalismo ha logrado una de las tesis marxistas, la de una sociedad sin lucha de clases. Una sociedad sin debate ideológico, donde tan sólo las medidas económicas a tomar sean motivo de controversia. O sea: una mirada materialista. Puro marxismo. Otra cosa es que no sea un libro a favor del comunismo, pero está cimentado sobre él. Y sí, es que el capitalismo está montado sobre el pensamiento de Marx. Guste o no es lo que hay.
Quizás habría que recordar el interesante seminario que en el mes de marzo tuvo lugar en la universidad londinense de Birkbeck tuvo lugar: “Sobre la idea del comunismo”. Un debate en un marco universitario sobre esa “desfasada” realidad. Uno puede imaginarse a un grupo de viejos parlamentarios laboristas, algunos sindicalistas jubilados hace dos décadas y algunos jovencitos con poco gusto en peluquería. Eso es lo que muchos querrían pensar, que aquellas reuniones eran una muestra más de lo marginal de su presencia. Pero no, la nómina de participantes en el congreso es de altísimo nivel, posiblemente están algunos de los grandes pensadores del mundo de hoy: Badiou, Zizek, Negri, Eagleton, Hardt, Ranciere, Vattimo, entre otros. Casi nada. Por supuesto, no había un solo invitado español, quizás porque todavía están asimilando el libro de Fukuyama y, por descontado, no saben otra cosa de los de Negri y Hardt que el hecho de que están en las librerías. En España, incluso los catedráticos que postulan visiones marxistas se alejan del adjetivo como un gato frente a un barreño.
Hay que ser un poco más inteligentes y estar un poco más en el mundo. La influencia del pensamiento marxista sigue siendo hoy vigente, basta con echar un vistazo a cualquier edición de El capital, por ejemplo. Y, más todavía, entre los que parecen comulgar menos con el ideólogo del socialismo. Una de las muestras más evidente de la fragilidad de un discurso es la negación de cualquier otro discurso que pueda oponerse a él. Eso sucede con el neoliberalismo, y quizás es en ese flanco donde deberían meditar más sus apologetas. Por otro lado, lo que sucede en América latina, o la presencia en las sociedades más industrializadas de numerosos grupos “antisistema” son una muestra más de que, lejos de estar periclitado, el pensamiento marxista sigue siendo fértil.
Es una lástima que no haya ninguna institución cultural española que se atreva a afrontar un encuentro serio de la categoría del celebrado en Londres en que se deje espacio, sobre todo, al pensamiento. Pero, eso sí, lo importante es que a Zapatero le inviten Sarko y Papi a los Abruzzos. Y que CR7 sabe contar hasta tres.
Las ilustraciones son de Alexander Kosolapov,

17 junio 2009

Juan Carlos Onetti

Pocas cosas se pueden decir de este vídeo, más allá de que es un documento único.

13 junio 2009

Lost in translation


Muchos de los blogueros y escritores más o menos anónimos que opinan desde este maremagnum llamado Internet creen que una de las cosas más execrables –ellos usan este tipo de palabras- que puede hacer alguien es acudir a los saraos literarios. Algunos, por lo que he podido comprobar, incluso lo usan como arma arrojadiza contra el que escribe estas líneas -¿tendré yo la culpa de caer mejor a los que organizan dichas fiestas, tal vez el problema radica en que a ellos no les invitan así que se queden vacíos los salones?-, porque no hay nada más alejado de la labor pura y solitaria del “artista” que esos lugares llenos de cotilleos donde se evidencia la calidad moral de cada uno. Y, sin embargo, tanto en el pasado Sant Jordi de Barcelona como en esta Feria del libro de Madrid, ha asistido uno a varios de estos encuentros que le han servido para muchas cosas. Ver a viejos amigos y conocer a nuevos, intercambiar pareceres sobre ciertos aspectos de la edición y comprobar la importancia de una buena promoción editorial. Aunque, lo más definitivo, ha sido las múltiples conversaciones que han girado sobre la traducción y los traductores.
Uno de ellos, por ejemplo, me informó de ciertos detalles que yo no conocía. Como ya expliqué anteriormente en un post de hace ya año y medio, Miguel Martínez-Lage escribió un atinado artículo sobre la deficiente traducción de las Memorias de ultratumba que editó Acantilado. En dicho post yo comentaba que la razonada exposición de los defectos en la traducción y errores en la edición le había valido el encargo de la traducción de otra obra monumental. Nada menos que la “Vida de Samuel Johnson” de James Boswell. Y resulta que no, que don Miguel Martínez-Lage, que ha obtenido el Premio Nacional a la mejor traducción que otorga el Ministerio de Cultura por dicho trabajo, llevaba ya tres años traduciéndolo. Y que sólo cuando la editorial que iba a publicar en principio dicho libro decidió prescindir del proyecto fue tocando puertas de diversas editoriales hasta que encontró un sí en Acantilado. De todos modos, en la nota de la presentación del libro no se hizo referencia especial a su labor, aunque sí se hacía hincapié en que era la primera traducción completa al castellano. No es, de hecho, el primero de los traductores que cuestiona ciertas prácticas editoriales en Acantilado. A Traven lo han editado con las traducciones mexicanas de hace cincuenta años con un barniz de actualización que permite cuestionar el texto que el lector se lleva a la cabeza. En uno de esos secretos que corre de boca en boca –por las cosas corren de boca en boca por mucho que García Márquez y doscientos loros se empeñen en la tontería del boca oreja- en los saraos, y por lo que merece la pena ir allí.
Pero se habla más de traductores, y en muchos casos mal. Vamos a poner las cartas sobre la mesa: muchos de los editores se ven obligados no a corregir, sino casi a rehacer muchas de las traducciones que les llegan. Casi todos los editores que se han lanzado a la difusión de otras literaturas en la nuestra comentan lo mismo: lo caras que salen las correcciones de las traducciones. Sobre todo cuando se trata de lenguas menos frecuentadas, en las que aparecen sospechosos calcos del inglés o del francés en la sintaxis. Luego los traductores, que tienen la fea costumbre de comer, exigen unas tarifas mínimas sin hacer la menor labor de autocrítica. Y, en medio de todos estos rifirafes, un puñado de traductores intachables a los que no hay que enmendar prácticamente nada cuando entregan el manuscrito traducido.
Dentro de este grupo están, sin duda, los tres Premios Nacionales que entrevistó esta semana Javier Rodríguez Marcos para El País: Miguel Sáenz, José Luis López Muñoz y María Teresa Gallego Urrutia. Si uno lee la entrevista, podrá comprobar que se barajan allí muchos problemas que casi nunca tienen que ver con las editoriales comandadas por verdaderos profesionales del sector. Quizás el problema de estas declaraciones de los traductores reside en que cuando a uno le ponen un micrófono ante la boca aprovecha para hacer patente su descontento con ciertas cosas, y no para agradecer otros.
Los tres traductores, por ejemplo, han trabajado para Anagrama, que es una de las editoriales que cuenta con más prestigio dentro de la literatura traducida gracias, entre otras cosas, a que contrata a buenos traductores y los remunera de una manera adecuada. Lo mismo pasa con otras editoriales, pequeñas pero bien gestionadas, cuyos editores no regatean tarifas, pagan anticipos puntualmente y, en algunos casos, lo único que consiguen es un recibo pagado por un manuscrito impublicable a cambio. También, compañeros traductores, hay que hablar de esos casos: de las traducciones hechas con prisas y a las bravas o de la poca profesionalidad de muchos del gremio. Hasta que no aprendamos que primero debemos exigirnos a nosotros mismos antes de exigir al resto habremos andado poco camino.
La fotografía de la construcción del rascacielos Woolworth
pertenece a los fondos de la Biblioteca Pública de Nueva York.

22 mayo 2009

Ángel González García

Ángel González García
Con la edición de “Arte y terror” (Mudito & Co.), Ángel González García analiza las relaciones entre el arte contemporáneao y el terror en el mundo de hoy, usando como excusa las figuras de artistas que han sido terroristas. Cierra así el año más prolífico de su producción editorial, ya que, además de recuperar el libro “El Resto”, Premio Nacional de Ensayo en 2001, ha publicado “Pintar sin tener ni idea” (Lampreave & Millán). En este libro señala, por ejemplo, que un hecho tan trascendente como fue la Revolución francesa tuvo su reverso en la política del Terror que eliminó a buena parte de los que participaron en su desarrollo. Pero no es habla de metáforas, sino de hechos reales: “Félix Fénéon, el mayor impulsor del arte nuevo a finales del siglo XIX en Francia, era un terrorista. Un anarquista que puso bombas con víctimas. O Topino-Lebraun, que participó en un complot para acabar con el Primer Cónsul francés.”
No quiere, en cualquier caso, dar a entender que entienda que el terrorismo sea un modo de plantear la lucha política para el artista. Es más, no cree que el arte deba ser campo de lucha ideológica. “El arte es algo que tiene como objeto hacer más habitable el mundo. Me temo, sin embargo, que los artistas hoy intentan hacer del arte un instrumento de denuncia. Es una tonta manera de hacerle la competencia a la política. Pero como ya nadie quiere hacer política…”. Sobre todo porque considera que el artista politizado es, sobre todo, un terrorista de salón, ya que “los pobres sólo son un pretexto para contarles cuatro cuentos a los ricos”. Descree del arte como transmisor ideológico y reivindica un “arte sin ideas, a mí las ideas en el arte no me interesan, porque cuando se pintan ideas son las de los que mandan o los que están a punto de mandar.”· Y remata el argumento con un contundente: “Si la política ahora la van a hacer los artistas la hemos cagado.” Pero, más aún que de los supuestos objetivos de los artistas de vanguardia, descree de sus métodos. “José Valdelomar me decía que el arte de hoy se parecía a las máquinas de toques que hay en algunos bares de México, donde gana el que más tiempo aguanta la descarga eléctrica que suelta la máquina.”
Hoy lo verdaderamente revulsivo es hablar del cuerpo. Es el cuerpo lo que se quebranta en el trabajo y es el cuerpo lo que revientan los terroristas. “Vivimos en una época del alma. Cuando se habla tanto del cuerpo es que no hay cuerpo. Pertenecemos a un mundo espiritual, de fantasmagoría, con abstracciones como el dinero, que es invisible, inmaterial. Yo reivindico la materialidad, la corporeidad, la fisicidad del arte. El arte es un asunto del cuerpo.” No olvida, por eso, señalar lo absurdo del mercadeo del arte. “Esos objetos que se venden en las tiendas de los museos pervierten la idea del arte. Las imágenes no son el arte, son el desencadenante del arte. El arte es la sensación física con la que uno vuelve a casa del museo, no un souvenir.”
Con todo este inventario de artistas marginales y de sucesos sorprendentes pretende, al final, señalar cuál es el papel verdadero del arte: el de modelar el modo en que miramos el mundo. “Lo que salió verdaderamente mancillado de Auschwitz fue la risa, no la poesía. A los judíos se les gastaba una broma espantosa: sacaos la ropa, vamos a daros una ducha. Por eso hablo de cómo la caricatura acaba convirtiéndose en algo demoledor. Y eso viene de los ambientes artísticos.”
Esta entrevista se realizó tras la edición del libro Pintar sin tener ni idea, y fue rescrita tras la publicación de Arte y terror. Nunca fue publicada en el periódico que la solicitó.
La excelente fotografía es de Dani Pozo.
En su blog se puede disfrutar de una muestra de su espléndida labor.

20 mayo 2009

Los primeros libros

Qué complicado es armar un buen libro de cuentos. Y más aún cuando es el primero y debe servir como carta de presentación. Todo escritor se ve, antes o después, enfrentado a la ardua labor de editarse, de buscar un sentido en un puñado de textos que ha ido surgiendo de una manera espontánea y que deberían ser más bien el reflejo de la diversidad de todo proceso de aprendizaje que la síntesis de una obra. Y, sin embargo, lo más habitual es encontrar entre los comentarios críticos de todo tipo –desde los sesudos que vienen avalados por el marchamo académico o universitario hasta los más impresionistas de los blogueros, pasando por los críticos de mercado y ocasión de la prensa- la misma mirada recurrente: qué bien está este autor, pero en este su primer libro podemos apenas intuirlo ya que algunos de los textos son más flojos que otros y es una pena que no haya una mayor unión temática en la colección de narraciones. Ya sabemos, lo de siempre poco más o menos.
Yo coincido plenamente con Juan Bonilla en el deleite del surtido. En uno de sus libros él citó a Monterroso para hablar del “horror diversitatis” que parece planear sobre reseñistas y editores. Frente a ello, el autor se ve reducido, en cierta manera diezmado, ya que a él le surge de una manera natural esos registros diferentes que parecen ser su más pesada losa. A mí me gusta que los libros estén llenos de cosas procedentes de mil lugares distintos. Más todavía si son textos breves. Puede molestarme en una novela, pero no en libro de cuentos o una miscelánea de artículos. Es más, habría que reivindicarlo como única posibilidad válida. Aquel que tan sólo sepa hablar de una cosa, que escriba una novela sobre ello y deje de marear con diversos textos sobre el asunto, ¿no?
Más problemático es el criterio de la desigual calidad de los textos. Por un lado hay que dejar claro que lo más complicado del mundo es encontrar un libro que mantenga la tensión estilística a lo largo de todas y cada una de sus páginas. O sea, que no hay que extrañarse de que convivan cuentos magníficos con otros más cuestionables. Quizás las críticas se dirijan a lo temático, esto es, se pretende que un autor, desde el comienzo muestre ya unas obsesiones argumentales definidas. No sé qué decir. Por un lado me reafirmo en lo dicho en el anterior párrafo, ya que a mí me gustan los autores con muchas preocupaciones. Por otro lado me llama la atención la proyección que el reseñista realiza sobre la escritora del autor novel: “habla de esto que será el modo de que siga hablando de ti”, parece decirle. O sea, habla de lo que a mí me preocupa, que es el modo de hacer camino, chico. Encuentro normal los altibajos de un libro primerizo. Por la falta de oficio y por la ansiedad que el joven autor siente por publicar. Pero, también por la indefinición lógica en toda voz en formación. Es muy probable que el autor haga, con el tiempo, una lectura distante y distanciada de su libro, y eso le sirva para ver qué senderos estaban ya marcados desde sus primeros textos, y en qué medida ha seguido indagando en ellos con acierto o no, y qué caminos ha desechado con acierto o sin él. Como un viejo álbum de fotos, sirve al final para comprobar cómo hemos cambiado y lo que se dejaba entrever de nuestro presente en el pasado. Poco más, y como tal deberían ser leídos esos libros primeros, que no primerizos.

12 mayo 2009

Un concurso de relato

Me piden los amigos del taller de cuento del Patio Maravillas que os informe de que está a punto de cerrarse el plazo de entrega de un texto para su concurso de relato. Toda la info la tenéis aquí.
No cree uno mucho en esto de los concursos y no termina de ver muy claro lo de que un proyecto asociativo recurra a los mismos mecanismos que las instituciones integradas en -y por lo tanto cómplices de- el sistema, pero bueno, son amigos y me han pedido que lo difunda...
Suerte al que se anime.

08 mayo 2009

Algún avispado

Me manda Patricio Pron esta instantánea que ha tomado en la Avenida de América de Madrid. Demuestra que hay muchos avispados que se han dado cuenta de que algunos de los viajes más sorprendentes y satisfactorios que se pueden hacer hoy pasan por abrir un libro firmado por César Aira. Pues eso, para que luego digan que la gente no lee...

04 mayo 2009

Otro cuento

Como parece ser que Ruleta rusa ha sido una novedad para algunos queridos y asiduos lectores, recuerdo que hace tiempo apareció este otro en el Internet. Se trata de Encías, en la revista El Perro, el ladrido que llega desde Pachuca.
Ojo que muerde.

Ecos transoceánicos

No hay mejor manera para comenzar una semana que una ración de ego acariciado.
Me desayuno con la noticia de que en la web Three Percent, el site de la Universidad de Rochester sobre literatura extranjera y traducción de referencia dentro del entorno universitario estadounidense y, desde la fundación de Open Letter Books, de buena parte de la vanguardia editorial del planeta -por cierto, este mes publican a Rodoreda en los Estados Unidos, ahí es nada, y echen un vistazo a los preciosos diseños de los libros-, destacan la aparición del nuevo número de la revista Hermano Cerdo, el 23. De entre los contenidos de dicho número hay un enlace a la curiosa fusión de dos entradas de este blog sobre Sergio Chejfec que Mauricio Salvador, generosamente, ha editado y ha conseguido que, unidas como un sólo texto, logren ser algo diferentes de lo que fueron aquí por separado.
No sé, comienza uno la semana con buen sabor de boca sabiendo que en un rincón del estado de Nueva York con vistas a Canadá le leen a uno profesores universitarios de esos de las películas. Qué provinciano es uno a veces...

19 abril 2009

Ruleta rusa en las 54 semanas de Erik Molgora

Pues eso, que Erik Molgora acaba de colgar el relato con el que me invitó a participar en su interesante proyecto 54 semanas. Espero que, cuanto menos, no disguste.
Él manda unas fotos para que uno escriba lo que quiera, y el resultado es ése.
Más que nada, me alegra la invitación de Molgora, previa recomendación del gran Patricio Pron, y me resulta muy placentero compartir aventura con escritores que uno admira como Ronaldo Menéndez, Rodrigo Hasbún, Eduardo Halfon, Edmundo Paz Soldán, Maximiliano Barrientos, Sergio Galarza o el propio Pron. (Además, se ha sorprendido mucho al ver que hay tres bolivianos, tres, entre los que ha citado. O santacrucinos si lo prefieren, que no busca uno andar provocando.)

17 abril 2009

Y la novela voló por los aires

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UNO. El 5 de enero de 2008 cualquier lector del diario argentino Página 12 podía adquirir, junto a su ejemplar del periódico, una novela por apenas diez pesos -dos euros al cambio. Se trataba de Las primas, de Aurora Venturini. En ese momento comenzó un nuevo capítulo dentro de un episodio único dentro de la historia de la literatura argentina: los lectores podían, por fin, acceder a un título que, en apenas un mes, se había rodeado de un aura casi mítica. Quizás convenga hacer un repaso cronológico de los hechos.
El quince de mayo de 2007 se publicaron en el periódico las bases del certamen. El eslogan era claro, conciso, directo: “Traenos el original, nosotros lo editamos”. Treinta mil pesos destinados al ganador de un certamen denominado “Premio Nueva Novela”. Lo organizaban el propio rotativo y el Banco de la Provincia de Buenos Aires. En las bases se explicitaba el deseo de una literatura innovadora, tanto era así que la competición estaba abierta incluso a autores que todavía no contaran con la mayoría de edad legal. Una comisión elegiría a diez finalistas entre los que el jurado decidiría al vencedor. El certamen no podía ser declarado desierto. Los miembros del jurado hacían augurar un veredicto interesante: Rodrigo Fresán, Juan Forn, Alan Pauls, Sandra Russo, Guillermo Saccomano, Juan Sasturain y Juan Boido. Finalmente, además, fue un veredicto limpio.
Liliana Viola, Mariana Enriquez, Marisa Avigliano y Claudio Zeiger se encargaron de elegir entre los 650 manuscritos que se presentaron al concurso a los diez finalistas, cuya lista apareció en el diario el 27 de noviembre. Allí aparecía ya el título final de la novela que había de resultar ganadora, Las primas, y un seudónimo: Beatriz Poltrinarik.
Por lo que han contado los miembros del jurado, a lo largo de las deliberaciones todos estuvieron de acuerdo con la excepcionalidad de la novela. La presentación de la misma hacía pensar, con todo, en que todo aquello debía ser una broma. El manuscrito estaba escrito en una vieja máquina de escribir. El texto presentaba enmiendas que se habían realizado con un corrector líquido de los que se aplican con un pincel. O bien aquella original novela era fruto de una mente joven y algo desquiciada, o se trataba de una broma urdida con astucia y meticulosidad por algún escritor consagrado dispuesto a dar la campanada aprovechando la cobertura mediática del certamen. Algunos de los miembros del jurado han reconocido, bajo cuerda, que llegaron a estar convencidos de que tras esa novela estaba César Aira.
Aún así hicieron algo que los dignifica: premiaron a la que consideraron la mejor novela presentada, sin detenerse a pensar si estaban o no ante una trampa genial o el descubrimiento de una nueva y poderosa voz.
Cuando abrieron la plica del concurso comprobaron, con sorpresa, que estaban equivocados. De plano. La autora ganadora resultó ser Aurora Venturini. Ochenta y cinco años. Ella era la ganadora del Premio Nueva Novela organizado por el diario Página 12 y el Banco de la Provincia de Buenos Aires. En el acto de entrega del premio celebrado en el Centro Cultural de La Recoleta, la autora comenzó con las palabras: “Al fin un jurado honesto”.

DOS. Aurora Venturini distaba mucho de ser una recién llegada al mundo de la literatura. En 1948 recibió de las manos de Borges el Premio Iniciación por su libro El solitario. Tenía más de treinta libros publicados. Licenciada en psicología, había sido amiga y colaboradora de Evita y se exilió a París cuando la Revolución libertadora derrocó el primer gobierno de Juan Domingo Perón. Allí trabó amistad con Sartre, Simone de Beauvoir, Camus, Ionesco o Juliette Grecó –sí, parece mentira, pero se conoce que para nombrar a los hombres basta con el apellido y para que todos reconozcan a las mujeres se necesita el nombre de pila también, qué le vamos a hacer- y trabajó sobre la obra de Lautrémont, Villon o Rimbaud. Por último, me sabe muy mal la costumbre de indicarlo en primer lugar como no si no fuera nada más que “la señora de”, es la esposa del historiador Fermín Chávez. Una mujer que a los ochenta y siete años vive sola en la ciudad de La Plata, donde fue homenajeada en 1991 como ciudadana ilustre con la inauguración de una biblioteca que lleva su nombre y que celebra su labor como docente –en su ciudad de residencia y en Lomas de Zamora, otra ciudad del conurbano bonaerense- y su intensa labor como escritora. No era, desde luego, una "recién llegada".
Todos se preguntaba qué es lo que hace esta mujer para mantenerse en plena forma: “Yo ronco y escribo ocho horas diarias", conesta lacónica.

TRES. Alan Pauls trazó un buen resumen de la sensación que experimenta el lector durante la lectura de la novela al hacer público el veredicto del que formaba parte:
Las mitologías del barrio, la familia, la sexualidad femenina y el ascenso social a través de la práctica de las Bellas Artes aparecen puestas en escena y desmenuzados por la voz inconfundible de la narradora, Yuna, una primera persona que contempla el mundo con una mirada salvaje, a la vez cándida y brutal, perspicaz y ensimismada, y lo narra con una prosa que pone en peligro todas las convenciones del lenguaje literario. A mitad de camino entre la autobiografía delirante y el ejercicio impúdico de la etnografía íntima, Las primas es una novela única, extrema, de una originalidad desconcertante, que obliga al lector a hacerse muchas de las preguntas que los libros suelen ignorar o mantener cuidadosamente en silencio.
Pauls acierta a destacar dos hechos básicos dentro de la aventura narrativa que traza Venturini en este libro. Por un lado el lenguaje. La fascinación de la narrativa hacia los seres con problemas en su desarrollo mental no es tan un solo un fenómeno curioso, es algo perfectamente comprensible si partimos de la esencia misma de esa realidad poco definida a la que podríamos llamar “saber narrativo”. Quizás el ejemplo más famoso sea el Benji de El ruido y la furia, pero hay muchos más. En el caso de Yuna, y de toda su familia, se da esa misma paradoja: frente a la tendencia natural del ser humano a pasar por encima de la realidad en busca de conceptos que permitan sistematizar y conceptualizar la realidad, esa huida de lo real hacia lo simbólico, un retrasado se aferra a esa materia, a esa realidad que tiene ante los ojos, y su lenguaje es un fiel correlato de ese modo de aprehender la realidad sin conceptos apriorísticos o posteriores análisis. La realidad no es sistematizada, tan sólo es, está ahí como una realidad vigente, ineludible. El saber narrativo, caso de que exista, se basa en la construcción de una realidad que permita al lector convertir en experiencia su lectura, y sacar de ellas las conclusiones que estime oportuno. No se trata de ofrecer las conclusiones a las que llega el autor o el narrador, sino de entregar al lector un mundo lleno de estímulos para que él mismo extraiga las suyas. Su estilo construye por lo tanto ese yo, lo refleja para que el lector lo viva. La aparición del diccionario al que recurre Yuna para buscar esas palabras que desconoce pero que dice necesitar –y que en realidad aparecen como una convención más muchas veces innecesaria del arte de narrar-, y la violencia que ejerce sobre la puntuación obligan al lector a preguntarse de modo recurrente cómo está hecha la realidad y en qué consiste la asimilación de la misma, si es que ese proceso existe. La realidad se impone, hecha de palabras simples que solo de vez en cuando se ven acompañadas de palabras de diccionario, y lo hace con sus propias reglas de puntuación, que apenas sirven como delimitación de la fuerza con la que la realidad se torna vida en estas páginas.
Por otro lado, señala Pauls que Venturini se ha atrevido a arrojar luz sobre aspectos de la realidad que estamos acostumbrados a ignorar. No sólo por la protagonista y su entorno, al que, por cierto, Venturini, alude de modo flaubertiano en la entrevista que le hiciera Liliana Viola: “Las primas soy yo, señorita, es mi familia. Nosotros no éramos normales. En casa todas mis hermanas eran retardadas... Y yo también.” No, sobre todo porque usa esa perspectiva, carente de toda pretenciosidad, para retratar el alma humana. Yuna, más allá de esa ingenuidad que suele atribuirse a los retrasados con el candor y la prepotencia del que es "normal", es directa, clara, no encubre la realidad que ve con ningún velo, ni social ni íntimo. Todo está a la vista, retratado con la misma mirada, y de esa mirada carente de una categorización surge la fuerza de la novela. Todo es susceptible de ser narrado, y todo se narra del mismo modo. No hay jerarquías ni destilaciones, todo aparece en bruto y es el lector el que debe establecer su propia lectura, estimar en qué momentos Yuna está mirando la realidad con escándalo o con mera curiosidad, lo que sucede en la mayoría de las ocasiones.
Una novela que, más allá de su crudeza o de la curiosidad por la vida de su autora, se impone como la vida, con la fuerza y la falta de prejuicios con que la realidad se nos presenta cada día.

12 abril 2009

Un juego de niños

Desconozco qué aspecto tenía el rostro de Helen Levitt. Por mucho que he rastreado en Internet jamás he visto un autorretrato o alguna instantánea en la que aparezcan los rasgos de Helen Levitt. Y, sin embargo, hay pocos fotógrafos que tengan para mí un cara más reconocible. Para mí, Helen Levitt tiene el semblante de alguien enamorado de la vida, que sabe que la vida es poco más que un juego, un elaborado y sofisticado entretenimiento que se nos puede pasar volando, como una tarde de los veranos de la infancia, llena de carreras, de risas y de alegría. No creo ser alguien especialmente observador, llegar a esa conclusión me ha resultado fácil, ha sido suficiente con mirar durante horas y horas la enorme cantidad de fotografías que hizo de niños sumergidos en sus juegos, ajenos a la mirada con la que un aparato mecánico fijaba para siempre ese segundo.

En la mirada que Levitt despliega sobre esos niños no hay, nunca, la búsqueda de los rasgos del adulto que serán. No le interesa la infancia porque represente una madurez en proyecto, ni tan siquiera, y podría ser más elaborado, porque en sus gestos, sus actos, pueda uno inventar el pasado que le hubiera gustado tener. No hay nunca en cada uno de los segundos que extrajo del natural transcurso temporal una intención de lanzar un mensaje, de encontrar herramientas para hablar del mundo, de que sus imágenes sirvan de metáfora o símbolo de nada. Helen Levitt salía a la calle tan limpia de prejuicios, tan desnuda de ideas preconcebidas, que encontraba en esos niños algo puro y simple como su mirada. Los juegos de los niños que retrató Helen Levitt no son la sinécdoque de la vida, son, en sí, la vida.

Los niños de las fotografías de Helen Levitt aparecen, a veces, maquillados, o enmascarados, o bien utilizan para sus juegos carritos, marcos, papeles, pañuelos, cualquier cosa. Porque los niños ponen en práctica el más atávico y necesario de los actos del hombre: crear vida. Cuando los primeros teólogos hebreos, que lo fueron sin saberlo, utilizaron la imagen de un dios que creaba la vida desde la tierra mojada, desde el barro, lo más abundante y barato que puede encontrar cualquiera, estaban señalando una de las pocas certezas sobre cómo funciona el ser humano -que creó a Dios a su imagen y semejanza. Los niños convierten un palo en una pistola o en una varita mágica, una servilleta en una capa de un superhéroe o en el embozo del malvado, los niños son capaces de buscar bajo un coche un poco de materia que convertirán en parte de un mundo, su mundo, que irán construyendo poco a poco hasta que la sociedad se encargue de imponerles el otro, nuestro mundo, y las reglas que en él deben seguir. Un nuevo juego donde ya no son ellos, son otros, los que imponen las normas.

En las imágenes de Helen Levitt los niños juegan a ser mayores, con la misma ingenuidad con la que los adultos juegan a ser médicos, contables o pilotos de vuelo, para pasar el tiempo. Lo que sucede es que aunque su realidad, en la que ellos son todo eso, y todo cuanto quieran ser, se ve muy a menudo oprimida, expulsada, por la realidad de los mayores. Se podría decir que Levitt los fotografía siempre en las aceras porque es donde los encuentra, es ahí donde pueden ser fotografiados por un transeúnte cualquiera. Es verdad. Pero no lo es menos que son los adultos los que se refugian en las casas, donde ellos mandan, y que es en la calzada donde un niño no puede hacer frente a la fuerza y la violencia de la sociedad, que los arrasa por no tenerlos en cuenta. Por eso cuando están en casas los niños aparecen en las ventanas, y tan sólo bajan a la calzada cuando los coches están aparcados y les sirven como barrera. Y todavía en algunos momentos se les ve queriendo meterse en el juego mucho más seductor de los asultos, ese que tiene escenarios tan dispares como las cabinas telefónicas o las tiendas. Pero en esos casos deben compartir el espacio con los adultos en los pocos huecos que les dejan, o bien camuflarse de adultos, imitando sus indumentarias, sus poses, para poder pasar desapercibidos en ese juego, que es igual al suyo salvo en que está mutilado, porque sus leyes son inmutables y no pueden adaptarse a las necesidades de cada momento, salvo, claro está, que uno sea el que impone esas normas y pueda modificarlas a su antojo.

Helen Levitt no veía lo lúdico en la vida, sino que supo distinguir desde el principio que la existencia tan sólo puede ser entendida como un juego. Ese juego de la oca que nos parece infantil, arbitrario, repetitivo, pero que es, sin duda, lo más parecido a unas memorias -las de cualquiera- que podemos encontrar. No deja de sorprenderme, siempre, la opinión de que las piezas artísticas -sea cual sea su soporte- no deben necesitar de que el receptor de las mismas las complete. Yo no entiendo no ya que la obra, sino la vida en sí, no lo sea. Qué sentido tiene una fotografía, que no es más que la eterna congelación -que bella imagen, por cierto, lo de congelar, preservar, la imagen-, sino el que le quiere dar el que la observa. Cómo saber si las lágrimas del representado son de tristeza o de alegría.

Los adultos, aparecen en las instantáneas de Helen Levitt jugando, siendo los mismos niños que se enmascaran, hacen cosas que se salen de la norma o, mejor dicho, establecen sus propias normas, y de ese modo pueden ser aceptados en el mundo de los niños, en el entorno del juego. Son, ahora sí, dignos participantes de ese mundo profundo y subterráneo que sostiene el otro, el que creemos importante sin saberlo en realidad. Pero, y ahí reside otro de los aciertos de la fascinante mirada de Levitt, estos niños que ya no lo son, no pueden volver a un lugar de los que el crecimiento y la (de)formación los han sacado. Los objetos que utilizan permanecen siendo lo que son. Unos anteojos son unos anteojos, un bastón es un bastón, una lupa es una lupa, y, salvo apelando al recurso del humor, que transforma un maniquí en algo temible que puede ser combatido, no pueden transformar esos objetos a través de la magia creadora del juego en nada más de lo que son. Y, por eso, no saben cómo transformar la empuñadura de un sable láser en el sable láser en sí.


Helen Levitt hizo muchas fotografías de los dibujos, de las pintadas que, con tiza, realizaban los niños en las calles. Con la clásica obsesión de todo artista por el trabajo de otros como él, se daba cuenta de que esas huellas eran similares a las instantáneas que ella extraía de la realidad. La mirada de la mirada que se plasma en ella es la fascinación por la sencillez, por el endeble retrato que somos capaces de hacer de la imponente realidad en la que nos vemos inmersos. Toda fotografía es, en sí, una ficción, apenas el segmento de una línea eterna, de un continuo fluir, de un movimiento perpetuo que es la vida. Esos momentos que se han fijado en la película, y más tarde en nuestra retina, son tan falsos como cualquier novela o ficción. Y, al mismo tiempo tan verdaderos como estemos dispuestos a conceder. No hay en sí una verdad. Como recuerda Fogwill en una de sus novelas las mentiras se dicen, pero no se hacen. Toda novela, toda fotografía, es una verdad, porque existe, porque es una reproducción honesta de la realidad que pretende convertirse en realidad misma. Otra cosa es que, con ella, se digan mentiras.


Hace unos días, Helen Levitt ha muerto. Para mí ha supuesto un impacto importante. Desde que conocí su obra me he sentido muy cercano a una fotografía que tengo como uno de los fondos de escritorio de mi ordenador, que tengo pegada en la pared y que ilustra el fondo de pantalla de mi móvil. Hay pocas imágenes en el mundo que digan tanto de mí sin tener absolutamente nada que ver conmigo. Más de una vez he buscado en Internet alguna galería en la que estuviera a la venta una copia de la imagen, y me he interesado por un precio que nunca he podido pagar. He intentado localizar algún póster donde aparezca decentemente reproducida. Sigue siendo una tarea imposible. Sea como fuere, no podía dejar de señalar que ha muerto una de las grandes de la fotografía. A la edad de noventa y cinco años. Los que, sin haberla conocido y sin tener la más mínima idea de cómo era, la admiramos, no podemos hacer otra cosa que homenajearla. Aunque sea de este modo tan modesto.

09 abril 2009

Semana argentina en Madrid


Me entero por el blog de Maximiliano Tomas que ya se puede uno bajar el último número de la excelente revista peruana Etiqueta Negra. En él se encuentra el reportaje que realizó Patricio Pron sobre la minigira de promoción de La joven guardia. Por ahí salgo yo. Así que sólo por eso merece la pena leerlo (mi abuela bien, gracias).
Además, ahora que sé que el lunes llega de nuevo Juan Terranova a Alcalá de Henares, que el lunes siguiente tenemos a César Aira por los madriles y que el fin de semana de Sant Jordi me tomaré unas cañas con Maxi, me dan todavía más ganas de compartirlo. Diego, Samanta, tan sólo me faltáis vosotros. ¡Volved!
La foto, que no tiene nada que ver con el texto pero me gusta mucho, es del álbum caboverdiano de Belén García Abia.

07 abril 2009

Una noche de cuento


sweep up, little sweeper boy
It's you who's got the wig on here
sweep up, little sweeper boy, sweep up

yellow is the color of my true love's crossbow
yellow is the color of the sun
and black is the color of
a strangled rainbow
that's the color of my loss
black is the color of my true love's arrow
that's the color of human blood

you got a shot of shampoo
though it was made thirty years ago
you got a shot of shampoo
though you were made twenty years ago

speak up, little sweeper boy
they are hard of hearing
anything that anyone has to say

o they say
yellow is the color of my true love's crossbow
yellow is the color of the sun
black is the color of
a strangled rainbow
the color of my loss
and black is the color of my true love's arrow
that's the color of my blood

03 abril 2009

22 marzo 2009

Modelos de pose de escritor


Fogwill ofrece nuevos modos de posar para las solapas de los libros y los suplementos culturales en los que invitan al artista a mostrar su intimidad.
La foto es de Julieta Cecchi para No retornable.

21 marzo 2009

Literatura post-google

A pesar de contar con poco más de diez años, cualquiera puede ver que la existencia de Google ha modificado de modo drástico la concepción del mundo. Y de una parte de él: las expresiones artísticas y, entre ellas, la literatura. Jordi Carrión, que es uno de los más atentos autores que tenemos, ha organizado una serie de encuentros en Mataró para dilucidar cómo el buscador del logaritmo ha revolucionado los modos de la creación. Los que tengan la suerte de andar por Mataró podrán verlo en vivo y en directo, los que no pueden echarle un vistazo a las crónicas que, amablemente, está escribiendo el propio Jordi en su blog. Al menos es lo que estoy haciendo yo.

20 marzo 2009

La construcción de la realidad

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Una de las cosas más divertidas que tiene la literatura es comprobar las versiones no ya diferenciadas o casi opuestas que pueden darse de algunas experiencias. Es muy enriquecedor poder comprobar lo parecidas o diferentes que son las unas de las otras, cuando si lo único que importa es la historia, deberían ser iguales. Y, por supuesto, cuando uno ha vivido esas anécdotas, es al mismo tiempo divertido y entrañable.
Por eso me he pasado un buen, y delicioso, rato leyendo las crónicas que de su viaje a Barcelona y Madrid está realizando Juan Terranova en el blog colectivo Hacia el bicentenario.
Uno puede aprender mucho comprobando como modela la realidad, como la inventa, como la omite, como la recrea, que a fin de cuentas es para lo que sirve la literatura.
Disfruten, que no están los tiempos como para despreciar estos gestos generosos.

09 marzo 2009

El dulce sabor del fracaso

UNO. Libros inacabables, listados que sirven, acaso, para inventariar el mundo, que nos hablan de la necesidad constante del ser humano de buscar, de crear, un orden para el caos en el que se ve inmerso. Ese tipo de libros son una delicia que, de vez en cuando, nos hablan del idealismo que subyace bajo cualquier proyecto humano. Georges Perec ha pasado, con toda justicia, a encabezar la lista de autores encargados de dar a luz esas muestras de la necesidad enciclopédica del ser humano. Pero hay otro libro que es perfectamente conocido por todo lector que está más cerca del libro que centra estas líneas. Se trata de los Ejercicios de estilo de Raymond Queneau, que está compuesto por noventa y nueve variantes posibles de narrar un mismo hecho anecdótico. Todo escritor está obligado a acercarse a ese libro, porque nos habla de lo que es, realmente, la literatura, que nunca es el argumento sobre el que esta tiene lugar. Como señaló Albert Boadella cuando dijo que el teatro es todo aquello que no está en el texto teatral, la literatura se construye sobre todo aquello que no es la historia. Por eso son tan importantes esas noventa y nueve maneras de decir lo mismo, porque nunca pueden ser, ni remotamente, lo mismo. Camilien Roy ha sido capaz de trasladar esa certeza a un contexto interesantísimo: las cartas de rechazo de una novela. Hay muchos escritores, conocidos o no, publicados e inéditos, que han guardado celosamente las cartas de rechazo de sus libros. De algún modo son el documento de que ellos también se vieron obligados a asumir el fracaso. Lo que no es tan normal es que un autor se esfuerce en construir un libro divertidísimo sobre esas cartas que suponen, las más de las veces, un verdadero mazazo para la autoestima del escritor. Y, como hiciera Queneau, lo ha hecho mediante noventa y nueve texto, noventa y nueve maneras de decir que no, que son una verdadera delicia.

DOS. La literatura está hecha de homenajes y de robos. La diferencia estriba en una cuestión de educación, en explicitar o no de dónde se han sacado las cosas. Octavio Paz, astutamente, indicaba que si copiaba punto por punto un libro le llamarían, con razón, plagiario, pero que si hacía un libro copiando de diez le llamaban erudito. Roy es un erudito, un erudito sagaz y divertido que saquea de modo hábil no sólo el libro de Queneau, sino buena parte de la literatura francesa. En algunos casos de modo explícito, como en la carta de rechazo durasiana o la de Pascal Quignard, y en otros de modo más subterráneo. Juega también con la poesía –el haiku de rechazo es delicado como la mejor poesía japonesa-, y con los recursos tipográficos –la carta de rechazo del aficionado está editada con un tipo de letra que alude al hecho de que como buen aficionado debe ser manuscrita, y la del telegrama tiene la misma presentación de un texto en mayúsculas que tendría el telegrama original-. Pero, sin duda, los más acertados textos del volumen son los que juegan a plasmar de modo brillante cada uno de los modos. La ampulosa, la racista, la maternal, la descriptiva, etc. son aciertos constantes, y nos hablan de un texto trabajadísimo, que se lee con enorme soltura y placer porque es el fruto de muchas horas de trabajo, de pulido –incluso bruñido- obsesivo con el único fin de que el discurso sea el verdadero mensaje. Si, como no nos cansamos de repetir todos los profesores, el medio es el mensaje, y toda forma debe estar indisolublemente unida al fondo hasta el punto de que no se entienda éste sin aquella, el libro de Roy sería, sin dudarlo, uno de los más brillantes textos que puede caer en las manos de un lector. Es más, voy a cometer el sacrilegio de aventurar una valoración incómoda, si bien este libro nunca habría existido sin el de Queneau, es en cambio mucho más divertido, ya que frente a la anécdota y las variaciones un tanto repetitivas del modelo original, Roy ha sabido usar más el humor y mostrar más variaciones, más registros, para su libro.

TRES. Aunque el elemento decisivo es, sin duda, la narratividad. Pese a que nos encontramos ante un texto de una formalidad cara, poco más que un instrumento comercial o empresarial, Roy ha sabido exprimir al máximo una idea afortunadísima: son textos destinados a escritores, que van a saber valorar el envoltorio tanto o más que el mensaje. Cuando uno recibe un sobre de una editorial sin un contrato dentro ya sabe que se trata de una carta de rechazo, y que, por lo tanto, lo de menos es el cómo. Pero no es así, porque si hay algo que diferencia a un escritor del resto de la humanidad es que le da tanta o más importancia al modo en que se dice que a lo que se dice. A un carnicero o al funcionario les importa tan sólo el qué, el mensaje es un mero instrumento, pero el escritor concibe el mensaje como el objetivo en sí. Por eso el concepto del libro es doblemente acertado, ya que si hay alguien que debería valorar esas ejemplificaciones estilísticas del mensaje ese alguien es un escritor.
Y la narratividad. Otro de los aciertos es que, en medio de este inventario de formulismos y patrones, yace una de las historias más divertidas que uno haya leído en mucho tiempo. El malentendido que sufre uno de los manuscritos, que es enviado a una ferretería en vez de a una editorial, pone en marcha una divertidísima historia en la que un ferretero se muestra dispuesto a llevar a su familia a la ruina con tal de seguir disfrutando de las narraciones de ese autor. En medio de tanto rechazo, un editor entusiasta hasta el peligro de la miseria, ¿quién puede pedir más?
Camilien Roy El arte de rechazar una novela Bruguera, Barcelona, 2008

07 marzo 2009

Un ladrido desde Pachuca


Bueno, o mejor muchos, muchos ladridos, porque ya ha salido a la calle el número décimo, dedicado al vicio, de El Perro, la revista que Yuri Herrera, Daniel Fragoso Torres, Alejandro Bellazetín y Juan Álvarez Gámez elaboran fielmente desde Pachuca (Hidalgo, México) y que se puede encontrar en las mejores librerías hispanohablantes -siempre me ha encantado ese reclamo de los trailers cinematográficos-. Pero es que, además, han puesto al día la página web para que se puedan leer buena parte de los números anteriores. Ahí les dejo en enlace, para que lo disfruten: http://elperro.com.mx/
Hay muchas revistas, pero sólo una como El Perro.

05 marzo 2009

Una amistad literaria única

UNO. Hay libros que han pasado a la Historia por su capacidad de retratar la vida cotidiana, con todas sus intimidades, y los orígenes del pensamiento de algunos grandes autores. Sería el caso de la Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, las Conversaciones con Goethe de Eckerman o Juan Ramón de viva voz de Juan Guerrero Ruiz, por poner tres ejemplos claros. Este de Maupassant sobre Flaubert tiene dos particularidades que lo diferencian de los anteriores: una es que su autor ha pasado a la historia por mucho más que por su relación con el genio del que escribe. El tiempo es cruel, y hoy quizás, pese a la excelencia de esos libros, nada sabríamos de Boswell, Eckerman o Guerrero, de no haber sabido hilar tan fino con los grandes monstruos de la creación con los que trataron. Y no es, precisamente, algo fácil, ni el tratar con el artista ni el reflejar con tanto tino su pensamiento, pero en todos los casos uno sabe que serían pasto del olvido de no haber sido por sus amistades. Con Maupassant no sucede eso, ya que su labor como escritor es incuestionable, lo que hace doblemente interesante este libro.
La segunda de las particularidades mencionadas es que este libro, como tal, no existe salvo en esta edición. Aunque los dos textos se pueden encontrar en las Obras completas (en francés) de Maupassant, nunca habían sido recogidos de este modo en libro. Así que, de algún modo, el libro es en cierta medida fruto de la labor de Manuel Arranz, que sirve para que se difundan los documentos de una de las relaciones más fructíferas de la Historia de la Literatura: la de Flaubert y su discípulo Maupassant.

DOS. El primero de los textos fue el prólogo a la edición que apenas cuatro años después de la muerte de Flaubert y ocho de la de George Sand se hizo de la correspondencia entre ambos. Es un texto del que, en buena medida, han bebido casi todos los exégetas de Flaubert. En él se dan los datos precisos para acercarse a las tres grandes novelas del escritor de Rouen: Madame Bovary, La educación sentimental y la inacabada -el proyecto era infinito y, por lo tanto, inacabable-, Bouvard y Pécuchet, y también una descripción de las intenciones de Flaubert cuando encaró la redacción de cada uno de sus libros.
Y mucho más, se da también información sobre su estudio de la estupidez humana que estaba destinado a la redacción de esa última novada inacabable, de un proyecto de pequeña obra dramática, de su mecánica de trabajo. Más allá de una información preciosa para todo seguidor de Flaubert, se trata de un prólogo lleno de interesantes y sugestivas ideas e informaciones sobre qué es esa cosa tan escurridiza y extraña a la que llamamos escritor, y, sobre todo de qué era eso que Flaubert llamó “estilo” y que por estos pagos siempre se ha entendido como pavoneo y hueco retoricismo.
Más intenso, y quizás mucho más emotivo, es el segundo de los textos del libro, aparecido en una publicación parisina diez años después de la muerte del maestro. Si hubo algo que siempre se esforzó por dejar en un segundo plano –por no decir sepultado- Flaubert, ese algo fue su vida privada. Y, precisamente, este texto es bellísimo porque sirve para retratar esas costumbres, sus rutinas de trabajo, su indumentaria, cómo era su despacho y sus ritos a la hora de trabajar, cómo se comportaba en su salón parisino –la nómina de los frecuentadores del mismo es para ponerse verde envidia, sobre todo hoy que con cuatro pelagatos de medio pelo ya quieren convencernos de que habrá una conversación de cierta altura intelectual-, etc. En definitiva, el testimonio de primera mano de un hombre que fue su amigo y tuvo acceso a actitudes que muy pocos conocieron.
Conviene que el lector se deje deslizar hasta el final del libro porque su cierre es, sin duda, el momento más intenso y subyugante del libro: la incineración de las cartas y recuerdos que Flaubert no quería que le sobreviviese. Esa noche en la que un hombre va remontando su memoria y llega a quemar una rosa, un pañuelo y un zapato de un viejo amor está narrada con la fuerza de los mejores relatos de Maupassant. De algún modo antecede esa búsqueda de la memoria que sólo en El tiempo recobrado puede saborear el ya enfermo Marcel.
Un libro lleno de pasajes únicos y que está sustentado por la amistad y la admiración, quizás los sentimientos más puros y desinteresados que puede disfrutar un hombre.

TRES. No se puede obviar un hecho curioso cada vez que se habla de Flaubert, y es comprobar en qué medida su legado novelesco no ha sido, todavía, convenientemente asimilado por los escritores de este vigésimo primer siglo recién comenzado. En una carta a Louise Colet del 16 de enero de 1852 habla de su deseo de escribir un libro sobre la nada, “sin relación con nada exterior, que se sostendría por sí mismo debido a la fuerza interna de su estilo”, un “libro que apenas tendría argumento o, por lo menos, cuyo argumento sería casi invisible, si tal fuera posible”. Cuando un lector de hoy se acerca a la obra de Aira, Piglia, Fogwill, Pauls, Chejfec, Tabarovsky, Louis-René des Forêts, Blanchot, David Toscana, etc., sí puede presenciar ese esfuerzo, sí tiene la sensación de que el legado de Flaubert es fecundo. Pero no sucede así con la mayoría de esos escritores anacrónicos, superficiales y acomodaticios a los que les escuchamos repetir como loros la tontería de que quieren contar historias. Pues nada, entonces que hagan como los parroquianos del bar de mi calle: estar todo el día contando historias. Y lo hacen mejor que muchos de los escritores que nos quieren vender como literatura. Pero que dejen de joder con los bodrios que escriben. Eso sí, muchos de ellos no tienen empacho en nombrar a Flaubert cuando les preguntan por sus influencias, lo que hace sospechar muchas cosas, sobre todo que, si se han enterado de tan poco leyendo a Flaubert, habrá que ver qué imagen del mundo tienen estos en la cabeza. En fin, qué le vamos a hacer.
Guy de Maupassant Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert
Periférica, Cáceres, 2009